miércoles, 22 de julio de 2015

¿Resistencia o conservadurismo?


Este texto aparecerá en el No. 5 de la revista Nini


A finales del siglo XV, cuando Italia atravesaba un proceso de transformación cultural y social sin precedentes que hoy conocemos como Renacimiento, sobresalió la figura de un personaje que opuso una tenaz resistencia a estos cambios. El fraile Girolamo Savonarola (1452-1498) estaba convencido de vivir en una era de decadencia moral, cuya máxima encarnación era el papado en manos de los Borgia. Para Savonarola no había nada de grandioso en el auge artístico que vivía Italia (y cuyo epicentro era su misma ciudad natal, Florencia), sino que veía en él la expresión más perversa de presunción y banalidad terrenales. La “alegría por la vida”, parte fundamental del espíritu humanista del Renacimiento, le parecía una aberración, que llevaba a hombres y mujeres a olvidarse de sus deberes con el Señor y a entregarse al disfrute de lujos y vanidades. Era la forma más horrible del hedonismo materialista moderno.

Savonarola veía con añoranza los siglos que hoy conocemos como Edad Media. Él creía en un pasado idílico, ya perdido, en el que los hombres vivían en austeridad y temor de Dios, conscientes de que esta vida era sólo una transición, un valle de lágrimas cuyo objetivo era servir como campo de pruebas para que hombres y mujeres se ganasen la entrada a la Vida Verdadera al demostrar su fe y viviendo acorde a Ley de Dios.

Convencido  de  sus  ideales,  Savonarola  dirigió  un  feroz  movimiento  de  resistencia  contra  el Renacimiento y a favor de los valores tradicionales del Medioevo. Mientras Maquiavelo sentaba las bases de la teoría política moderna y Da Vinci pintaba La Última Cena, Savonarola y sus seguidores recorrían las calles de Florencia invitando a todos a quemar sus joyas, adornos, libros, obras de arte y demás fruslerías en la hoguera de las vanidades.



Veamos otro ejemplo, uno más antiguo. Después de la conquista romana de Grecia, la cultura helénica llegó con gran fuerza y vigor al territorio romano. La literatura, el arte y la filosofía de Grecia tuvieron una enorme popularidad entre las generaciones más jóvenes de romanos, pues desde su  punto  de  vista,  se  estaban  civilizando  al  aprender  de  una  cultura  más  desarrollada.  Sin embargo,  muchos  romanos  de  mayor edad estaban  horrorizados  ante  la transformación que sufría su sociedad.

Catón el Viejo (234-149 a.C.), un insigne estadista, militar y escritor, es el mejor representante de esta resistencia  contra  la  helenización  de  la  cultura  romana.  Para  él,  la  civilización  griega  era decadente, materialista, hedonista y afeminada. Su tendencia a la contemplación y a la filosofía (una  actividad  superflua  e inútil) le  parecía  un  peligro  para  los  tradicionales  valores  romanos, fundamentados en la vida agrícola y militar, austera y jerárquica, que habían sido la clave del éxito y la gloria para estos descendientes de Rómulo. Los escritos de Catón se dirigían en contra de este proceso de erosión de su propio mundo por una influencia extranjera.

Savonarola y Catón tienen algo en común: ambos estaban oponiendo una vigorosa resistencia  en contra  de  lo  que  ellos  percibían  como  una  destrucción  de  su  cultura,  su  mundo  y  los valores tradicionales que daban sentido a su vida. Sus esfuerzos, podemos ver a la distancia del tiempo, estaban destinados al fracaso. Más aún, podemos encontrarlos chocantes si consideramos que tanto la helenización de Roma como el Renacimiento representaron grandes mejoras con respecto a lo que había antes  (la  brutal,  barbárica  e  iletrada  cultura  romana  y  el  Medioevo  teocéntrico,  feudal, supersticioso y analfabeta). 



Hoy en día nos encontramos ante casos de resistencia de las llamadas “sociedades tradicionales” (en particular los pueblos indígenas de América Latina) que se oponen a que sus sociedades sean transformadas  por  la  imposición  de  los  valores  y  costumbres  de  “la  cultura occidental”, que ostenta la hegemonía a nivel mundial. Desde el punto de vista de muchos entre los pueblos en resistencia (y de los occidentales que simpatizan con ellos), la cultura occidental es materialista, individualista, frívola, superficial, voraz y hedonista; en síntesis, una amenaza a sus valores, estilo de vida y cosmovisión.

¿Cómo es diferente la resistencia de estos pueblos que quieren preservar sus tradiciones a los esfuerzos de hombres como Catón, Savonarola? ¿Cómo es diferente esta resistencia a la de los conservadores (como los panistas mexicanos o el Tea Party gringo) que miran con horror cómo los valores tradicionales que antes eran la guía de toda su sociedad ahora se encuentran amenazados por una modernidad a la que ellos perciben decadente y materialista? ¿Acaso no caemos a menudo  en  una  idealización  del  pasado  pre-colonial de  la  misma  forma  en  que  Savonarola idealizaba  la  Edad  Media?[1]  ¿Por  qué  algunas  resistencias  parecen  heroicas  a  ojos  de  los izquierdistas mientras otras son descartadas y desestimadas como mero conservadurismo, si no reacción violenta?

Estas  preguntas  se  nos  plantean  desde  el  liberalismo  anglosajón  clásico  (que  en  México  está representado por intelectuales como Enrique Krauze) como una forma de evidenciar la falta de congruencia  en  las  ideologías  de  izquierda.  Y  aunque  es  válida  hasta  cierto  punto  y  tales incongruencias ocurren muy a menudo, la cuestión no es tan sencilla como se antoja a simple vista.

Veamos,  en  el  caso  de  Savonarola  hallamos  un  ejemplo  de  resistencia  en  contra  de  una transformación  que  provenía  (y  ésta  es la  clave)  del  seno  su  propia  cultura.  Había  influencias extranjeras  (provenientes  del  recién  destruido  Imperio  Bizantino),  pero  el  Renacimiento  era  un fenómeno fundamentalmente italiano. Catón se resistía a la influencia de una cultura extranjera, sí; pero los griegos habían sido conquistados por los romanos y carecían de todo poder militar o político,  mientras  que  los  romanos  fueron  quienes  adoptaron  libremente  la  cultura  griega, fascinados por ésta. Es decir, Catón, Savonarola, como los conservadores actuales en Occidente, se resisten contra cambios que se originan desde sus propias culturas. 



Las sociedades tradicionales del mundo, por otra parte, oponen resistencia contra cambios que les vienen  impuestos  por  civilizaciones  que  ostentan  la  hegemonía  política,  que  no  les  permiten escoger  cuáles  de  esos  rasgos  culturales  importados  les  convienen  y  cuáles  no,  cambios  que muchas  veces  penetran  en  su  mundo  con  tal  violencia  que  lo  desbaratan  y  provocan  la descomposición  de  su  tejido  social  (verdadera  descomposición,  no  como  la  que  alucinan  los conservadores que ocurrirá si, por ejemplo, se legaliza el matrimonio gay).

Más allá de los beneficios de los desarrollos culturales que Occidente podría brindar a cualquier ser humano (los conceptos de democracia, derechos humanos y equidad de género son de origen occidental, así como la noción de que todas las culturas merecen respeto por igual), hay que tener en cuenta la diferencia entre resistir ante la imposición externa y resistir ante el cambio inevitable que experimenta la propia sociedad. Esta diferencia no es suficiente para saldar la cuestión sin más argumentos, y desde luego que hay otros factores a tener en cuenta, pero es un elemento importante que no se debe descartar.

Un reclamo similar que desde el liberalismo clásico se hace a la izquierda es que mientras  en Europa la xenofobia (otra forma de resistencia) es propia de los círculos conservadores (y hasta reaccionarios), en América Latina es un rasgo de los grupos progresistas de izquierda. Pero si bien la  xenofobia  (entendida  como  el  rechazo  hacia  todo lo  extranjero)  es  una  actitud  sin  duda irracional,  en  Europa  tiene  su  origen  en  el  odio  a los  inmigrantes  pobres  que  llegan  a  buscar trabajo (provenientes de países que fueron alguna vez sus colonias), mientras que en América Latina  se  dirige  contra  los  dueños  de  grandes  corporaciones  que  llegan  a  explotar  recursos naturales  y  mano  de  obra  barata  (provenientes  de  países  que  históricamente  colonizaron  o explotaron estas tierras). Y esa no es una diferencia que se pueda simplemente desestimar.

En  conclusión,  el  conservadurismo  es  una  forma  de  resistencia,  y  algunas  resistencias  son  en principio  conservadurismo.  Un  izquierdista,  en  especial  un  izquierdista  occidental,  que  quiera subirse al carro de la defensa de las tradiciones de una cultura ajena a la suya, debe preguntarse en cada caso si lo que está apoyando es una resistencia basada en los principios de los derechos humanos,  el  antiimperialismo  y  el  anticolonialismo,  el  respeto  a  la  diversidad  cultural  y  el derecho de todas las personas a tener una identidad comunitaria, o si, por otro lado, está defendiendo alguna forma de conservadurismo cimentada en el aferrarse a la tradición y a un pasado idílico que nunca existió. De lo contrario, podríamos encontrarnos con que, lejos de ser progresistas, nos hemos subido al mismo barco que Savonarola y compañía.




[1]  Me viene a la mente Evo Morales diciendo que antes de la conquista los indígenas podían llegar a vivir 200 años, y otras afirmaciones por el estilo.

viernes, 17 de julio de 2015

Ser humano y sociedad




Hace mucho que no reseñaba un libro y esto fue porque había estado leyendo un mamotreto gigante (de dos tomos, hoja grande, letra pequeña, de 800 y 500 páginas respectivamente), que me tomó tres meses terminar.

Se trata de uno de los compendios que forman parte de la colección The Great Books of The Western World, de la Enciclopedia Británica. Ya les he hablado de esta grandiosa colección, que data de mediados del siglo XX y cuyo propósito era poner al alcance del mayor número de personas posible las grandes obras del pensamiento occidental. Además de los 54 tomos principales, la colección incluye 10 libros que sirven como guía de lectura y otros 10 volúmenes que contienen obras menores.
 
De éstos, los números 6 y 7 se llaman Man and Society y contienen ensayos o fragmentos seleccionados de textos más largos que tratan de la vida del ser humano en la sociedad. Los temas en realidad son muy variados: historia, historiografía, biografía, educación, divulgación del conocimiento, cultura, política, economía, psicología y crítica social. Como leer la obra de Bertrand Russell Historia de la filosofía occidental me dejó con ganas de conocer más sobre la evolución del pensamiento en nuestro hemisferio, me decidí a chutarme los dos tomos.

La lista de autores es impresionante: John Stuart Mill, Mark Twain, Jean de La Bruyère, Thomas Carlyle, Ralph Waldo Emerson, Nathaniel Hawthorne, Walt Whitman, Virgina Woolf, Xenofonte, Plinio, Tácito, Luciano de Samosata, William H. Prescott, Haniel Long, François Guizot, John Bagnell Bury, Jean de Crevecour, Henry Adams, Thomas Paine, George Washington, Thomas Jefferson, Benjamin Franklin, Alexis de Tocqueville, Henry David Thoreau, Abraham Lincoln, Francis Bacon, Jonathan Swift, David Hume, Plutarco, Robert Louis Stevenson, John Ruskin, William James, Arthur Schopenhauer, Michael Faraday, Edmund Burke, John C. Calhoun, Thomas Babington Macaulay, Voltaire, Dante Alighieri, Jean-Jacques Rousseau, Immanuel Kant, Karl von Clausewitz y Thomas Robert Malthus, además de documentos importantes como la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. [Pueden checar el índice de la colección completa aquí]



Habrán notado dos enormes deficiencias en este índice de autores. Primero, es terriblemente androcentrista; la única mujer es Virgina Woolf y su texto trata de algo no tan relevante que digamos (el arte de escribir biografías). Así de botepronto se me ocurren algunos nombres que bien podrían haber formado parte de este currículo: Mary Wollstonecraft, Jane Austen, Susan B. Anthony y Emma Goldman. De hecho, el androcentrismo es un problema de la colección en su totalidad.

El otro defecto es su anglocentrismo: la mayoría de los autores son británicos o estadounidenses. Los que no lo son, son en su mayoría de la Antigüedad grecolatina, más algunos franceses, alemanes y un italiano. Muchos de los franceses, además, tratan de Inglaterra o de Estados Unidos. Supongo que esto es de esperarse de una colección que fue concebida en la primera mitad del siglo pasado y que estaba pensada para un público anglosajón. Aún así, me parece difícil justificar la presencia de textos de autores hoy poco conocidos y de temas poco relevantes o redundantes y la ausencia de otros clásicos del pensamiento social y político. Por ejemplo, para tratar de la conquista española de México y de la expedición de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, los editores escogieron a sendos autores anglosajones. ¡Existiendo las crónicas de conquista de primera mano! Qué forma de desperdiciar la oportunidad de darle un espacio a los escritores hispánicos (el único en toda la colección es Cervantes).

Un defecto más es que tratándose de pensamiento político la colección tiende fuertemente a favorecer el liberalismo anglosajón. El Capital de Marx está entre los 54 libros principales, pero algunos de sus textos breves bien podrían haber cabido aquí; Nietszche y Bakunin están por completo ausentes. En conclusión, hay algunos autores y textos que yo sacaría sin pena para meter a más mujeres, más autores de otras nacionalidades y más puntos de vista diferentes al liberalismo.

Esto no quita que la colección en general sea excelente y que casi esté sin desperdicio. Revisar estos textos realmente me ha hecho aprender, reflexionar y echar a correr al hámster. Me gustaría reseñalos uno por uno, pero me da flojera escribir tanto y a ustedes les daría flojera leerlo. Por eso, mejor opté por seleccionar los 10 que más me impactaron y escribir una breve semblanza sobre cada uno.

Pongo los títulos en inglés tal como aparecen en la colección. Cuando se pudo, añadí un enlace a cada texto en su idioma original o en español.

Childhood and Youth
de John Stuart Mill



Es un fragmento de la autobiografía del filósofo liberal inglés John Stuart Mill. El texto se concentra en la educación recibida por el pequeño John desde que tuvo memoria; su principal interés es su formación intelectual y deja de lado cualquier otro aspecto de su vida. El padre de John, el filósofo James Mill, estaba decidido a convertir a su hijo en una eminencia, aplicando en él todas sus teorías con respecto a la educación.

Aislado de los otros niños de su edad, Mill se educó en casa, leyendo las grandes obras del pensamiento griego y latino (pero sobre todo del primero), escribiendo composiciones al respecto y sosteniendo largas conversaciones con su padre. Mill hace énfasis en haber sido educado no para memorizar, sino para comprender, analizar y dialogar, y dice que de toda su educación lo más valioso fue su entrenamiento en lógica, que desarrolló su capacidad para desmenuzar un discurso o incluso todo un sistema de pensamiento (ajeno o propio) y descubrir sus debilidades e incongruencias.

En un pasaje muy interesante, Mill habla del desarrollo de las ideas religiosas de su padre, que rechazaba el cristianismo por principios morales, pues consideraba que un Dios perfecto y amoroso no habría podido crear un infierno. James Mill optó por el deísmo, una postura compartida por otros hombres ilustres de su época.

Algo que llama la atención es que la relación de John Stuart Mill con su padre parece haber sido muy cordial y respetuosa, pero para nada afectiva. John le debe a su señor una gran admiración, fidelidad y gratitud, pero admite no sentir por él lo que se llama cariño. El componente emocional, así como el físico y el vital, estuvieron ausentes de la formación de John Stuart Mill en sus primeros años; luego se liberaría y emprendería su propio camino autodidacta. Lo cierto es que los métodos de James Mill formaron la mente de uno de los pensadores políticos más importantes de la historia.

Learning the River
de Mark Twain



Es parte de Life on the Mississippi, el relato autobiográfico del autor. En esta selección de algunos de los primeros capítulos del libro, Samuel Langhorne Clemens (nombre real de Mark Twain) narra sus años de aprendiz de piloto de un barco de vapor que navegaba por el río Mississippi. El autor mismo dice que era el sueño dorado de todo muchachito de su pueblo natal, Hannibal, Missouri.

Está claro por qué los editores de la colección pusieron este texto justo después del de Mill: son relatos autobiográficos sobre la educación de un joven. Pero si la educación de Mill había girado en torno a los libros y a la conversación con notorios intelectuales, la de Twain se centra en la práctica y la experiencia vital. El joven Samuel aprende el oficio (“la ciencia”, le llama) de piloto siendo aprendiz del diestro Mr. Bixby, acompañando al experimentado navegante  por sus viajes a lo largo del Mississippi, desde Nueva Orleans hasta San Luis.

Es impresionante el nivel de conocimientos que se requerían para ser un piloto y que sólo podían ser adquiridos de manera empírica. Un piloto tenía que conocer de memoria todo el río, con sus curvas, bancos, orillas y arrecifes; saber navegarlo río abajo o a contracorriente, de día o de noche, en invierno o verano; identificar cuándo su caudal está más alto y cuándo más bajo; “leer” el agua para entender lo que viene delante…

A menudo aquellos de nosotros que hemos recibido una educación más bien libresca, fallamos en comprender cuán valioso es el conocimiento de la gente práctica y cuán difícil es de adquirir. Las capacidades de memoria, análisis y decisión rápida requeridas por un piloto no son las que pueda tener cualquier persona. Poner este texto junto al de John Stuart Mill fue una gran idea, pues la lectura de ambos produce el tipo de contraste que desencadena una serie de reflexiones muy importantes sobre la educación y la vida.


The Hero as King
de Thomas Carlyle



Es un capítulo de la obra de Carlyle sobre los héroes, pues consideraba que los grandes hombres con el principal motor de la historia. En particular se refiere al héroe como rey, como autoridad absoluta, como el dirigente de hombres y naciones, al que todos le deben dar su obediencia; su ejemplo primordial es Oliver Cromwell.

Es un texto típicamente romántico. El decimonónico Carlyle rechaza al siglo XVIII y a la Ilustración, que con su escepticismo e incredulidad había reducido la concepción del mundo a una “máquina de vapor”; él en cambio ve en todo lo que existe una fuerza mística, una Verdad que sólo a algunos iluminados le puede ser revelada. Su estilo es grandilocuente e hiperbólico, lleno de metáforas y con signos de admiración por todas partes.

Exige que los pequeños hombres sometan su voluntad a la de los grandes. Rechaza la reflexión racional, la lógica, la discusión parlamentaria y el constitucionalismo. El héroe, como rey, sabe lo que tiene que hacer, conoce la Verdad por encima de las apariencias y va directamente hacia ella, sin necesidad de detenerse para meditaciones ni razonamientos, sin limitarse por leyes ni constituciones. El héroe sólo puede ser juzgado por Dios.

Es fácil ver cómo a partir de esta forma de pensar se puede justificar cualquier tiranía y despotismo. El déspota es un gran hombre guiado por una voluntad indoblegable y comprensión superior del mundo: si sus acciones nos parecen injustas, es porque somos hombres pequeños.  Podemos ver cómo de aquí provienen las ideas de Nietszche sobre el übermensch y las bases ideológicas del nazismo.

Pero no sólo la ultraderecha bebe de pensamientos como el de Carlyle. En lo personal, me recordó mucho a esa izquierda que practica un alarmante culto a la personalidad, que los lleva a defender a dictadores, bajo el argumento de que, como grandes hombres que eran, debían tomar los destinos de las naciones en sus manos, sin importar si se aplasta la democracia o las libertades civiles (preocupaciones de hombres pequeños), para llevar a cabo una misión superior: la Utopía. Los mismos argumentos que usa Carlyle para defender a Cromwell bien pueden ser usados para hacer apología de Hitler o de Stalin, de Pinochet o de Fidel Castro.


Observations on American Life and Governmet
de Alexis de Tocqueville


Son capítulos selectos de la magna obra de Tocqueville, La democracia en América. Es de un enorme interés y me dejó con ganas de leer la obra completa. Lo primero que llamó mi atención fue que Tocqueville muestra la visión que sobre la democracia se tenía en Europa en aquel tiempo: se le consideraba como un sistema de gobierno que sólo podría traer anarquía y miseria. El agudo autor demuestra que esto es falso al describir a la sociedad y el gobierno de la primera democracia del mundo moderno.

En una democracia como la americana, nos dice el autor, habrá menos esplendor que en los palacios de la aristocracia, también habrá una miseria menos frecuente; los placeres del entretenimiento serán menos excesivos, pero el confort será general; las ciencias serán menos cultivadas, pero la ignorancia será menos común; habrá más vicios, pero menos crímenes. En suma, los contrastes excesivos que se observaban en las aristocracias europeas serían inexistentes en la democracia americana.

Las críticas contemporáneas contra la democracia como forma de gobierno se dejan ver de dos formas: en las apologías que hace Tocqueville, en que por necesidad tiene que mencionar lo que otros pensadores opinan de la democracia, y en los defectos que el autor se ve obligado a admitir que tiene. De un lado encontramos la propensión al caos y a la injusticia; del otro, la falta de gloria y esplendor para la nación demócrata. Ambas críticas me recuerdan mucho a lo que hoy por hoy se dice del socialismo.

Son muchos temas los que aborda el francés, que van desde las leyes sobre la herencia, pasando por la libertad de prensa y hasta llegar a las relaciones familiares, pero en todos se puede ver su inquietud principal: cómo la democracia transforma la sociedad de una forma inédita en la historia del mundo.

Incluso las familias son diferentes; al tener los padres menor autoridad sobre los hijos, su relación se basa más en el respeto y el amor que en la obediencia. Entre los sexos, afirma, se ha desarrollado una equidad admirable, no en el sentido de que ambos sean exactamente iguales, sino en el de que cada uno es respetado y honrado dentro de su esfera “natural” y correspondiente. Dice que esto hace a las mujeres más independientes, virtuosas e inteligentes, aunque sin las gracias y encantos que poseen las mujeres europeas (hay algo de lamento en esto).

Los americanos, dice, valoran la igualdad sobre todas las cosas incluso a veces por encima de la libertad (ésta es una queja que muchos libertarianos actuales sostienen todavía) y en su igualitarismo desprecian a la aristocracia. El más sencillo comerciante puede participar en el gobierno de su comunidad y la libertad de prensa no tiene límites, incluso cuando se trata de atacar al presidente mismo (y cita un párrafo nada halagüeño sobre Andrew Jackson que apareció en un diario local). Me pregunto qué diría Tocqueville sobre en lo que se han convertido los Estados Unidos hoy en día.

Civil Disobedience
de Henry David Thoreau



Éste fue el texto del primer tomo que más me impactó. Por supuesto que ya conocía de nombre esta obra, así como su contenido general y su influencia en movimientos revolucionarios como el de Gandhi o el de Martin Luther King. Me impactó y me hizo sentir mal conmigo mismo porque he sido toda mi vida un tipo de palabras, y no de acciones, que es la clase de individuo que se necesita para transformar la sociedad.

Thoreau no aboga por la desaparición del gobierno, sino por la constitución de un mejor gobierno. Descarta la frivolidad de quienes se quejan de los gravámenes a ciertos bienes e importaciones; la ruptura con el estado no se da por nimiedades así. En cambio, asegura que su negativa a pagar no tiene que ver con que rechace el concepto en sí, sino a que sus principios y su consciencia le impiden sostener y obedecer a un gobierno criminal. (También señala el absurdo de que un gobierno exija impuestos para sostener a la Iglesia, pero no para financiar la educación).

¿Cuáles eran los crímenes del gobierno americano de entonces? Que permitía la esclavitud en su territorio y que había hecho una guerra de conquista contra el vecino México. Thoreau afirma que no se debe seguir una ley injusta ni colaborar con un gobierno criminal. Rechaza a los reformistas que pueden opinar en contra de las leyes, pero no dejan de seguirlas con la esperanza de cambiarlas, y que critican al gobierno pero no rompen su alianza con éste. Considera necio quedarse a esperar que el gobierno cambie gradualmente mientras se explota y asesina a miles de personas; un hombre de consciencia simplemente no puede deberle ninguna lealtad a dicho estado, sino romper con éste de inmediato y asumir las consecuencias, sea la prisión o la muerte.

Retomo dos citas que ilustran su pensamiento:

“Si mil hombres dejaran de pagar sus impuestos este año, ésa no sería una medida violenta ni sangrienta, como sí lo sería pagarlos y con ello permitir al estado cometer violencia y derramar sangre inocente.”
“Bajo un gobierno que encarcela injustamente, el lugar verdadero para un hombre justo es la prisión.”

Thoreau sostiene que la legitimidad de cualquier gobierno se encuentra en el consentimiento del gobernado. Opina que la historia del paso de una monarquía absoluta a una limitada, y de ésta a la democracia es un proceso progresivo hacia un respeto verdadero por el individuo. Pero, advierte, la democracia de su tiempo no tiene por qué ser la última mejoría posible, ni el último paso en el reconocimiento de los derechos del hombre. Le gusta imaginar un estado que tratara con justicia a todos los hombres y al individuo con respeto, que incluso respetara a los individuos que quisieran vivir fuera del estado, sin meterse con él ni recibirlo en su seno.


Of Refinement in the Arts
de David Hume



En este ensayo el filósofo escocés trata del refinamiento de la sociedad en diferentes aspectos de la vida, no solamente de las “bellas artes” en el sentido clasicista del término, sino de todas las actividades humanas, incluyendo lo que llamaríamos artesanía, la ciencia y la industria, todo lo cual produce fuentes de placer, e incluso lujo, para individuos y sociedades.

Hume empieza haciendo una defensa del lujo. Expone el punto de vista extremo, típico entre el ascetismo religioso y el rigor de los conservadores, de que todo placer y todo lujo más allá de lo estrictamente necesario para la supervivencia es pecaminoso y dañino para las personas. Su opuesto sería el punto de vista de los hedonistas irrestrictos que consideran la búsqueda del placer personal como el objetivo de la vida. Ante estas dos posturas, Hume sostiene que ningún placer, por sensual que sea, puede ser negativo en sí mismo, y que los lujos sólo son viciosos cuando quien los practica olvida sus obligaciones hacia su persona, su familia y la sociedad en la que vive.

Por otro lado, el refinamiento en los diferentes aspectos de la vida trae buenas consecuencias para la sociedad, pues estimula la industria y el trabajo, mejor los modales de las personas, hace que el conocimiento científico se desarrolle y avance, y produce épocas de esplendor artístico para las civilizaciones.

Uno de los puntos más interesantes del ensayo de Hume es su insistencia en que el refinamiento de las actividades humanas debe darse de forma generalizada: no se puede esperar que una sociedad dé a luz a grandes poetas, filósofos, políticos y generales si no tiene hábiles tejedores y carpinteros; ni se puede esperar que una sociedad produzca buenas piezas de tela sino ha desarrollado sus conocimientos en astronomía. Para Hume, todo está conectado.

En este ensayo se pueden detectar las bases ideológicas del liberalismo del cual Hume es uno de los principales exponentes, y cuyos principios serían en el futuro usados como defensa del orden capitalista. Rechaza la noción de que la virtud esté vinculada a la austeridad y la privación, mientras defiende que la búsqueda del placer y las comodidades materiales es un objetivo legítimo, que además puede ser benéfico para una nación. Me quedo con su idea de que para mejorar una sociedad se deben refinar todas las actividades y difundir el amor por las artes y las ciencias entre todos sus miembros.


On a Certain Blindness in Human Beings
de William James



Éste es uno de los ensayos que más me impactaron, no sólo por el tema y la forma en la que está expuesto, sino porque el estilo de James me pareció muy agradable, claro, preciso y que invita a seguir leyendo. Un excelente ejemplo de la buena ensayística.

James, un psicólogo con aptitudes filosóficas, reflexiona sobre la ceguera natural de los seres humanos que nos impide tener en consideración la forma en la que los demás ven el mundo. Empieza por decirnos que nuestros juicios sobre todas las cosas, grades o pequeñas, dependen de los sentimientos que esas cosas despiertan en nosotros, y que si no tuviéramos ningún sentimiento al respecto, nos sería imposible juzgar la importancia de unas cosas con respecto a otras. Nuestra ceguera, dice el autor, consiste en ignorar los sentimientos de los otros seres, y por lo tanto ser incapaces de comprender la importancia que las cosas pueden tener para ellos.

Algunos de sus ejemplos favoritos son tomados de las obras de ciertos poetas, los cuales son capaces de encontrar un significado profundo en los aspectos más cotidianos de la vida, como cruzar el río en ferry, o encontrarse solo durante unas horas en la naturaleza. Para la sociedad moderna, obsesionada con la productividad, tales fascinaciones son inútiles y ociosas, porque no pueden comprender la importancia que los poetas ven en ellas. También nos cuenta del caso de un jefe tribal (no explica de dónde) que se burló del excesivo esfuerzo de los “hombres civilizados”, que nunca dejan de trabajar, de forma que el día no les rinde, pues nunca podrán comprender el goce de no hacer nada ni pensar en nada, que junto con el sueño es lo más cercano a la muerte y por lo tanto a un estado de dicha.

William James rechaza esa noción de “tristeza y vacío” de la vida como la definía Schopenhauer y señala que quienes la sufren padecen de una incapacidad para encontrar significado en las cosas. Pone por ejemplo quienes han sido privados de su libertad o padecen una gran tragedia y entonces comienzan a apreciar el significado profundo de cosas mundanas, como poder comer cuando se tiene hambre, poder beber cuando se tiene sed y poder dormir cuando se tiene sueño.

“La ocasión y la experiencia” dice James “no son nada. Todo depende de la capacidad del alma para ser atrapada, para permitir que sus corrientes vitales sean absorbidas por lo que le es dado”.

Este ensayo me impactó porque me hizo repensar en mi propia actitud ante la vida (tiendo a ser melancólico y quejumbroso). Definitivamente me ha dejado con ganas de leer más de William James.


Observations on Mental Education
de Michael Faraday



Este texto, tomado de una conferencia del ilustre químico inglés, me gustó mucho porque es toda una lección en pensamiento crítico, escepticismo y cómo funciona la ciencia.

Faraday empieza advirtiendo que la sociedad de su tiempo tiene una grave deficiencia en cuanto a la educación del intelecto, en particular respecto a la capacidad de hacer juicios razonables. Las personas, nos dice, asumen que la educación termina en la niñez y que con lo que aprendieron sobre asuntos ordinarios pueden juzgar sobre cuestiones extraordinarias.

Señala también algunos fenómenos que hoy conocemos bien gracias a las ciencias cognitivas: nuestra excesiva confianza en lo que percibimos con los sentidos y nuestra tendencia a aceptar todo lo que apoye nuestras creencias preestablecidas y a rechazar lo que las contradiga. Asimismo, Faraday explica de manera sencilla algunos aspectos fundamentales de la ciencia: su capacidad de autocorrección y la necesidad de poner a prueba todas las hipótesis y de que lo que hace un científico sea analizado por sus pares.

Para ejemplificar sus puntos, Faraday aborda los temas sobrenaturales en voga entre la sociedad decimonónica: el mesmerimo, los médiums, la clarividencia, las sesiones espiritistas, y en particular los supuestos casos de las mesas que levitan. No objeta el hecho en sí, pues se trata de algo que bien puede ser sujeto a prueba (aunque poco prometedor); a lo que se opone es a la renuencia de sus defensores a que se investigue, a su temeridad al hacer afirmaciones categóricas, a la credulidad de los testigos, y a su tramposo intento de transferir la carga de la prueba hacia los escépticos.

La ciencia avanza cometiendo errores. Incluso quienes se equivocan dan con ello pasos en la marcha siempre hacia adelante del conocimiento científico, y quienes los corrigen hacen contribuciones invaluables. Faraday reta a los crédulos a responder cómo es que tantos videntes y profetas han sido incapaces de aportar un solo conocimiento útil a la humanidad (por qué, por ejemplo, no predijeron la invención de la fotografía o el descubrimiento de nuevos metales).

En palabras del químico, “el punto de la educación que consiste en enseñar a la mente a resistir sus propios deseos e inclinaciones hasta que se demuestre que están en lo correcto es el más importante de todos, no sólo en asuntos de ciencias, sino en todos los aspectos de la vida diaria.” Además, en muchas ocasiones el buen uso de la capacidad de razonamiento nos llevará a suspender cualquier conclusión, es decir, admitir ignorancia.

Faraday, sin embargo, no cree que esto se pueda aprender en la escuela, sino que debe ser adquirido de forma autodidacta, algo con lo que desde luego estoy en desacuerdo. Creo que se puede y se debe practicar en la escuela y que casi cualquier asignatura es buena para ello, pero en especial lógica, filosofía y las ciencias.

English Men and Ideas
de Voltaire



Fuera de los apartados que tratan de la organización política de Inglaterra, los textos que más llamaron mi atención fueron los dedicados a la ciencia como se estaba desarrollando en ese país en tiempos del autor francés. En primer lugar se refiere a las vacunas como un gran avance médico y hace de ellas una defensa tan elocuente y bien sustentada que en la actualidad podría ser blandida contra los anti-vacunas (si éstos pudieran ser convencidos por argumentos racionales).

Después habla de las aportaciones de Sir Isaac Newton, por quien muestra una gran admiración y respeto. Voltaire es el responsable de dar a conocer a Newton en Francia, donde en ese entonces la autoridad incuestionable era la de René Descartes. Voltaire reconoce la importancia de las aportaciones de su compatriota, en especial en el campo de las matemáticas y la geometría analítica, pero advierte que la verdadera revolución en el mundo de la filosofía estaba en la obra de Newton (en ese entonces, las ciencias eran llamadas “filosofía natural” y a Newton se le consideraba otro filósofo).

Newton había desbancado la autoridad de Aristóteles y acertado allí donde el mismo Descartes se había equivocado. Sus descubrimientos, pero sobre todo sus métodos empleados para llegar a ellos, significaban un cambio cualitativo en la forma de acceder a nuevos conocimientos.

Sus comentarios sobre otros dos grandes ingleses, Francis Bacon y John Locke, son también de sumo interés, además de que el estilo desenfadado e irreverente de Voltaire hace que leer sus textos sea una delicia.


The principle of population
de Thomas Malthus



Este texto es interesante, menos en sí mismo que por la forma en que ejemplifica el pensamiento de su época y en general la evolución de las ideas conservadoras.

Malthus empieza con una introducción muy centrada y sensata, en la que habla de las dos posturas opuestas de su época: los defensores del orden actual de cosas que tratan a los progresistas como soñadores que prometen una sociedad utópica, pero que sólo llevarán a la destrucción del mundo civilizado; y los que abogan por la perfectibilidad de la sociedad humana, que ven a los conservadores como esclavos de los prejuicios más mezquinos y estrechos que defienden el injusto sistema social sólo porque se benefician de él.

El autor advierte que tal polarización sólo puede darse en detrimento de la verdad, pues lleva a las personas a defender sus posturas a costa de las evidencias y a desestimar lo que sus opositores tengan que decir aunque sean cosas muy sensatas.

Después de esta por demás inteligente observación, Malthus afirma que él quisiera creer en la perfectibilidad indefinida de la sociedad, pero que encuentra un obstáculo insalvable. El argumento es ya  muy conocido por todos: la población humana crece geométricamente, mientras que la producción de alimentos sólo crece aritméticamente. Desde el punto de vista de Malthus, la humanidad está condenada a ciclos de prosperidad y crisis; la pobreza y la miseria son males que pueden paliarse, pero no remediarse y cualquier intento de hacerlo sólo empeorará las cosas.

Supongo que no se puede culpar al autor por no prever los avances tecnológicos que han permitido la producción de cada vez más y mejores alimentos. Se le puede acusar de ceguera por no considerar los métodos anticonceptivos como una opción: él los llama simplemente vicios y opina que de la atracción irremediable entre los sexos sólo pueden venir más y más nacimientos. Tampoco pudo haberse imaginado que la mejora en la calidad de vida en las sociedades conlleva una reducción en los índices de natalidad (se ve en Europa y Nortamérica). Pero sí cae muy mal esa vieja postura capitalista de que si se le da ayuda estatal a los pobres, gastarán su dinero en alcohol, se abaratará su mano de obra y tendrá menos incentivos para trabajar por sí mismos (nociones misántropas y clasistas que han quedado descartadas).

Así que lo importante de conocer el pensamiento de Malthus es que en él se pueden ver rancios argumentos aún esgrimidos por los conservadores; al conocerlos podemos deconstruirlos y empezar a refutarlos. Además, este famoso ensayo de Malthus fue una de las inspiraciones para la teoría evolutiva de Charles Darwin y es interesante encontrar las conexiones.




No puedo dejar de mencionar los tres ensayos sobre una federación de naciones y la esperanza de paz en Europa que escribieron Dante Alighieri, Jean-Jacques Rousseau e Immanuel Kant. Cada uno refleja la forma de pensar de su época y al leerlos de corrido se pueden hallar tanto puntos de contraste como ejes en común. Dante toma como autoridad los textos sagrados; Rousseau piensa en medidas a veces ambiguas y otras muy puntuales, y Kant, como de costumbre, abstrae todo hasta dejarlo en conceptos bastante complejos. Lo más interesante es ver la realización de estos ideales en la conformación de la Unión Europea. Quizá a los europeos actuales les vendría bien leerlos en estos tiempos de crisis.


Eso es todo por ahora, los dejo con las recomendaciones esperando que les hayan animado a leer algunos de estos textos para aprender y reflexionar. Saludos. 

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