viernes, 17 de abril de 2015

Todos fuimos otakus



Este post está dedicado a mi hermano Manolo. ¡Feliz cumple, Manu!


Es abril, y como es costumbre en este blog, por estos días no olvidamos de los asuntos importantes de la vida, la política y la cultura para sumergirnos en el masoquista placer de la nostalgia. En esta ocasión voy a complacer a algunos de mis contertulios que son un hato de subnormales otakus y les voy a hablar de ANIME...

"¡Oh, en nombre de todo lo que es bueno, Ego va a hablar de anime! ¡Santas orientalidades pretenciosas, Batman!" Pues sí, voy a hablarles de anime, para que los viejos recuerden conmigo y los jóvenes conozcan los caminos que hemos tenido que recorrer para llegar a donde estamos (a ver si así aprecian un poco lo que tienen, mentecatos).

Antecedentes

Regresemos en el pasado a mi más tierna infancia, que transcurre en la década más jodidamente extraña del siglo pasado: los 80. Mucho les he hablado de las caricaturas que veía en esa época, pero me había concentrado solamente en las series gringas. No recuerdo que en ese entonces tuviera yo mucha conciencia de que había algunas caricaturas hechas en japón; supongo que las veía diferentes a las demás, pero no sabía que tuvieran otro origen ni podía identificar bien en qué consistían esas diferencias. Lo que sí, es que ya sentía desde entonces que eso que estaba viendo no me gustaba tanto.

¿Y cómo me iba a gustar? Los animes que se podían ver en esa época eran bastante deprimentes y oscuros. Me hacían sentir muy mal, no sólo triste, sino que me causaban una verdadera hostilidad hacia ellas por haberme puesto triste de forma innecesaria. Creo que todos saben de lo que estamos hablando.

La Ranita Demetán podía parecer una caricatura sencilla de animalitos que viven en un estanque. Pero era un drama terrible en el que las criaturas vivían oprimidas por un tirano, la tragedia ocurría en cualquier momento, y la carretera era un lugar aterrador en el que cualquiera podía ser arrollado por un automóvil. Igual y si la hubiera visto siendo mayor la habría apreciado mejor como drama humano (¿batracio?), pero en ese entonces sólo me rompía el corazón.



De igual manera era una dulce tortura ver Remmy. Oh, por Deos, la historia de este niño huérfano que iba recorriendo el mundo en busca de su madre, a quien se le mueren TODOS. Todos se mueren, empezando por el abuelo, y siguiendo con todos sus animalitos. Es más, estoy seguro de que ese mono, Corazón Alegre, se muere por lo menos dos veces. ¿Por qué? ¿Qué necesidad de tanto dolor? 

Ah, pero para dramas innecesarios nada como Candy Candy. ¡Qué cosa! Mi hermana mayor amaba esta caricatura y por eso me obligaba a verla con ella. Entonces tenía que chutarme todos los dramas de esa rubia insípida, mientras suspiraba por Anthony y por Terry, y dejaba que todo el mundo la pisoteara, pero como era "buena, buenísima de corazón", todo lo aguantaba. Y lo siento, puedo apreciar la buena onda de Candy, pero tanta abnegación no la trago.




Más tarde conocí otros animes, y poco a poco empecé a entender que estas caricaturas eran diferentes porque provenían de Asia (decíamos indiferentes que eran "chinas"). Antes de que pregunten: no. No me gustaban Mazinger Z ni Robotech, simplemente porque nunca he sentido pasión alguna por los robots gigantes (razón por la cual tampoco me gustaba Transformers). Sin embargo, hubo un anime robótico que se ganó mi corazón: Astroboy.

Astro era un chico robot con un alma noble que trataba de encontrar su lugar en el mundo humano. Sus aventuras eran grandiosas (aunque me molestaba, incluso de niño, el cliché de que todo fuera "¡oh, sorpresa, ese personaje también es un robot!"). Las aventuras de Astro eran conmovedoras, divertidas y llenas de imaginación y situaciones asombrosas. Como plus, sus dosis de drama y violencia no eran tan elevados como para traumar a mi joven mentecita.




Otra serie japonesa que llegué a apreciar, aunque la vi pocas veces, fue la de Capitán Centella,  que trataba de una especie de superhéroe, o más bien un vigilante, que también era un experto motociclista y un as de las acrobacias motorizadas, y tenía muchas aventuras luchando contra el crimen. Como siempre, el drama, el suspenso y la acción hacían que esta serie se diferenciara de las caricaturas occidentales.

Como se habrán dado cuenta, muchas de esas caricaturas no eran contemporáneas o siquiera recientes, en el momento en que las vi. Otros de esos animes que ya eran viejitos cuando los transmitieron en México y que yo vi en algún momento de mi infancia fueron La princesa caballeroKimba el león blanco Meteoro, ninguna de las cuales me gustaba mucho. Entre que me llamaba la atención por lo rara y poco usual, está la adaptación japonesa de Peter Pan se quedó algo grabada en mi memoria; recuerdo que la veía para comprobar qué tan diferente era de la versión de Disney y de la serie animada de Fox, y que sin estar muy seguro de si me gustaba o no, no podía dejar de sentir cierta fascinación al verla.

Otro de los pocos animes que honestamente me gustó fue Fuerza G. Era anterior a series americanas ochenteras como Thundercats y Silverhawks, y supongo que fue un antecedente en cuanto a la dinámica de las aventuras que tenía este equipo de jóvenes héroes. Claro que por ser japonesa, Fuerza G se permitía ser muy intensa. Realmente me gustaba esta serie, quizá no tanto como las occidentales, pero le guardo mucho cariño.




Los japoneses no sólo eran buenos para el drama, sino que también tenían talento para la comedia. Una de las caricaturas (occidentales u orientales) más divertidas que jamás llegué a ver fue Los Gatos Samurái. No sé si eran en parte una parodia de las Tortugas Ninja (la canción del intro indicaba que sí, pero ignoro si ese mensaje se encontraba en el original), mas el caso es que llegó justo en el momento en el que las series de animales antropomorfos que tenían aventuras pegaban duro en occidente, y Los Gatos Samurái se sintió refrescante como una caricatura que no se tomaba nada en serio.

La Edad Dorada





Todas estas series fueron antecedentes al verdadero boom! del anime que se daría a principios de los 90 con Caballeros del Zodiaco; ésta fue un éxito inmediato porque ofrecía a los jovenzuelos aventuras con muchísima violencia y muchísimo drama, además de que, a diferencia de las series occidentales, tenía una continuidad, una historia que se iba desarrollando a lo largo de una saga completa, en oposición a las aventuras inconexas de un solo episodio de León-O y los otros.

Los personajes eran muy llamativos, y un chico prepúber bien podía identificarse con por lo menos alguno de ellos según su personalidad: Seya, Shiryu, Hyoga y Shun, los cuatro héroes básicos, crecían (como humanos y como guerreros), sufrían cambios definitivos o de plano podían morir. En sus aventuras se mezclaban elementos de diversas mitologías aunque vistas a través de la pátina del shintoísmo japonés, y ese misticismo le daba un sabor único y especial.

Por todo lo anterior, puedo entender por qué a tantos chicos y chicas de mi generación les gustó. A mí no. Lo siento, pero para mí era pura violencia sin sentido, y por esos años prefería ver Batman y X-Men. Mátenme, pero sigo prefiriendo la animación occidental.




Les voy a contar algo: a principios de los dosmiles, cuando ya estaba en la universidad, un amigo de la prepa convocó a otros tres de nosotros para anunciarnos que había reencontrado sus viejos cassettes VHS en los que había grabado de la tele los episodios de Caballeros del Zodiaco. Emocionadísimos, fuimos a su casa la mañana de un fin de semana. En ese entonces no se vendían las temporadas de series viejitas en DVD ni se podía encontrar, como ahora, todo en los Internetz.

Nos topamos con dos decepciones. Primero, sus grabaciones eran un desmadre. Recordamos que en Azteca 7 pasaban la serie en dos tiempos diferentes. Mientras entre semana andaban por una temporada, los sábados por la mañana pasaban otra, y nuestro buen amigo Rachito sólo los grabó conforme los iba pescando. Segundo, mientras veíamos la serie llegamos a una conclusión: "Oye, pero esto es una mierda". El resto del tiempo lo disfrutamos como placer culpable, con todos sus errores e incoherencias.

Sea como fuere, Caballeros del Zodiaco lo cambió todo para siempre. A partir de entonces, y durante varios años, hubo por lo menos un anime que estuviera de moda entre la chaviza. Estamos hablando de los 90: en esa época no había otakus, entendidos como ese subconjunto de los frikis con conocimientos arcanos sobre animes que bajan de Internet, sino que todos o casi todos veían y disfrutaban de estas series.

Creo recordar casi con certeza el orden en que fueron apareciendo: después de que Seya y sus amigos comenzaran a declinar, se intentó mantener los niveles de popularidad con Las Aventuras de Fly. No recuerdo mucho de esta serie excepto que trataba de las aventuras de unos adolescentes, que el papá de Fly era el malo de la historia, y que  todo mundo hacía mucha alharaca de que a Maam le hubieran crecido las bubis.



La siguiente serie en adquirir fama nacional fue Super Campeones, que se estrenó en México, creo recordar, aprovechando la fiebre futbolera del mundial del '94. Y bueno, que si yo ya pensaba que los japoneses todo lo exageraban hasta la ridiculez, esta serie sólo confirmó mis prejuicios: el nivel de melodrama para una caricatura de unos chavillos que amaban el futbol más que a sus madres era demasiado para que mi cinismo preadolescente lo soportara. Que Oliver Atom salvara la vida gracias a una pelota de futbol, que Benji Price fuera un portero tan excelso que era capaz de atrapar hasta las bolas de béisbol que le lanzaba un pitcher, o que las canchas de futbol por las que corrían estos mocosos tuviera como doce kilómetros de largo, son cosas ante las cuales no podía hacer más que rodar los ojos.

Hace unos años se corrió el rumor de que el final original y censurado de la serie nos revelaba que Oliver había perdido las piernas y que todo lo que habíamos visto sobre torneos de futbol cósmicos eran sólo sus fantasías mojadas. Eso tendría más sentido que suponer que cualquier cosa narrada en los capítulos de la serie original sucedió, pero resulta que era sólo una leyenda urbana alimentada por una sola imagen hecha por un fan (y que se presta muy bien para hacer memes).




Después, me parece, llegó Sailor Moon, la favorita de mi hermana mayor. Las aventuras de esta chica de 14 años (pero con proporciones de supermodelo de 24), empezaron siendo casi cómicas, pero conforme la serie avanzaba se fue haciendo cada vez más compleja y emocionalmente intensa, hasta el punto en que era muy difícil saber lo que sucedía. Su mezcla de humor chabacano y aventuras extraordinarias la hicieron muy popular, e introdujeron heroínas a las que las chicas pudieran admirar, que no fueran como la ñoña de Candy. Qué sé yo, sólo la veía para morbosear a Serena.




Azteca 7 fue el campeón de los animes, como ustedes recordarán, y muchos de sus shows más exitosos fueron presentados en el programa de Caritele (con el Carisaurio). Pero Canal 5 no quiso quedarse atrás. Lo raro es que a la que tocó ser la anfitriona de las caricaturas japonesas fue Cositas, una señora muy dulce que se vestía como muñequita y que ya tenía tiempo presentando caricaturas por las tardes a la vez que enseñaba manualidades a los niños, y que de pronto tuvo que darse a la tarea de presentar mamarrachadas hiperviolentas y jariosas como Dragon Ball y Ranma 1/2.

De Ranma 1/2 no puedo hablar sin recordar a mi madre, que nos la tenía prohibidísima porque consideraba que eso de que un hombre se transformara en mujer así de fácil era una mala influencia para mí y mi hermano menor (¡podía volvernos homosexuales!). También nos tenía prohibidos Los Simpson, porque decían groserías. Curioso, la violencia desmedida de Caballeros del Zodiaco y Dragon Ball no le molestaban en lo absoluto, y no le parecía mal que mi hermano las viera a la más tierna de las edades.

Era una joda porque Ranma 1/2 sí era de las que me gustaba. Era una comedia picaresca graciosísima y con mucho cachondeo, y mientras yo atravesaba la pubertad, la sensualidad de Akane y Shampoo, así como la de Serena y Bulma, iban despertando algo en mí que me ponía muy nervioso...

Además, amo esta pinche canción, porque me recuerda a mi novia y a mí:




Ajá, ya habrán notado que llevo tres párrafos haciendo referencias a Dragon Ball como si nada, sin reparar en el hecho de que esta serie fue el non plus ultra, la epítome y pináculo de la popularidad del anime en México.

Para cuando Serena le hacía sus primeras felaciones a Tuxido Mask y el maestro Haposai le robaba los calzones a todo el mundo, Gokú ya andaba recorriendo el mundo en busca de las Esferas del Dragón. No hace mucho puse en Facebook y Twitter que no me gustaba Dragon Ball, y ello causó muchas reacciones alérgicas. Aquí debo decir que las aventuras de este heroico niñito (doblado por la estupenda Laura Torres, una de las mejores voces en el doblaje mexicano) son lo que más me gusta de todas las encarnaciones de este concepto.

La serie original tenía muchas y alocadas aventuras, personajes y escenarios creados con gran imaginación, humor a veces picaresco y a veces chabacano, emociones al pormayor y un reparto de personajes memorables. No me encantaba Dragon Ball, pero sí podía disfrutar algunos capítulos de vez en cuando y la recuerdo con cariño.



Fue, irónicamente, Dragon Ball Z lo que no me cayó para nada en gracia, y les voy a explicar por qué. Es esa mezcla entre lo muy bobalicón con lo muy violento (por lo menos los Caballeros se lo tomaban en serio) que me parece de chaqueta adolescente; son las interminables continuaciones, en todas las cuales para lo mismo chingados; son esas batallas de siete capítulos en las que no pasaba nada, pero ¡ah!, cómo los tenían a todos abobados esperando el momento en que Gokú se convertiría en Super Sayayín 17 o lo que pinches fuera; son las exageraciones construidas sobre otras exageraciones, en las que Akira Toriyama no veía que hace más que con cada saga Gokú fuera más omnipotente, sus enemigos fueran más culeros y mataran a más gente, y algún giro argumental lo resolviera todo como si nada hubiese pasado; es esa estúpida canción que todo el mundo mama y que no tiene ni sentido. (También me molestó que Bulma no se quedara con Yamcha y que se fuera con el primer megalómano genocida que se cruzó por su camino).

Pero no puedo dejar de reconocer que este conjunto de series fue todo un hito cultural para los niños y adolescentes en mi país; que algunas de las secuencias de acción estaban padrísimas; que la verdad sí vi muchos capítulos y sí quería ver ganar a Gokú contra sus enemigos; que cuando escucho hablar a Gokú adulto (con la voz de Mario Castañeda, otro de los grandes del doblaje mexicano) siento la parte inocente que aún sobrevive se transporta a un lugar acogedor.

Gokú, desde su niñez, pasando por su adolescencia, su vida adulta, su muerte y resurrección, su regreso a la niñez y su final apoteosis nos acompañó por muchos años y no sería fácil olvidarlo. Definitivamente, ninguna otra serie de anime influyó tanto en la imaginería de los chicos de mi generación, me guste o no.




Pos no me gusta, ¿qué le vamos a hacer? Mientras mi hermano se alucinaba con las batallas épicas de Gokú, yo leía cómics de Superman. Desde entonces nuestros gustos marcarían nuestros caminos separados, él convirtiéndose en otaku y gamer, y yo en comiquero y ratón de biblioteca. Y, como debe ser, teníamos interminables (y a veces acaloradas) discusiones sobre quién ganaría una pelea (la respuesta es: Superman. Obvio).

Después del final de Dragon Ball GT, el gusto por el anime en México siguió dos caminos: uno de lento declive, otro de cada vez mayor intensidad. El primero fue el de un público general que continuó siguiendo las series más mainstream que se ponían de moda, ya fuera en la tele local, o a través de los diversos sistemas de televisión de paga.

Así, todavía después de que Gokú se retirara al limbo de las repeticiones televisivas, hubo otras series que consiguieron ganar popularidad entre las masas. Slam DunkLas guerreras mágicasMikami la CazafantasmasSakura Card Captors, InuyashaSamurai X y One Piece fueron algunas series anteriores, contemporáneas o posteriores al éxito de Dragon Ball que vale la pena mencionar, aunque sólo hubo una que logró tales niveles de popularidad y locura. Les daré una pista: "Gotta catch'em all".



Me gustó Pokémon, es decir, la primera temporada (y hasta la primera película, que vimos en el cine). Era divertida, me daba mucha risa y parecía que en algún momento llegaría a algún lado. Me equivoqué: ahora siguen pasando series de Pokémon y Ash sigue siendo el mismo pendejo de siempre, el Equipo Rocket sigue haciendo las mismas mamadas, y lo peor es que Ash y Misty nunca consumaron su relación. Vaya, eso fue decepcionante.

Sin embargo, la locura de Pokémon se debió menos a la anodina serie que a todo lo demás. Como ustedes sabrán, la serie se basaba en el juego de Nintendo del mismo nombre, uno de los más adictivos del mundo y en cuyas muchas versiones desperdicié valiosas horas de mi adolescencia (tampoco es que hubiera hecho algo mejor con ellas, o sea no iba a salir a ligar ni hacer amigos ni nada...). Mi hermano no sólo tuvo los juegos, sino tarjetas de pelea, muñequitos coleccionables, los tazos, las películas en VHS, el soundtrack y toda clase de parafernalia. Ésta fue una de las pocas pasiones otaku / gamer que compartimos, y fue muy bonito crecer juntos en esta etapa. Awww, me voy a poner cursi :')



Luego vino Digimon, que casi no vi porque me parecía más de lo mismo, pero mi hermano sí la veía y por ello a veces yo también le echaba un ojo. Fue por esos días en que no dejaron de salir series tras series que se trataban todas de algún mocosillo medio estúpido que tenía alguna especie de criaturitas para pelear contra los demás mocosos estúpidos y sus criaturitas, y así convertirse en el mejor entrenador, maestro, chamán o lo que chingados sea, en un mundo cuya cultura giraba totalmente alrededor de tales duelos de criaturitas, y todas diseñadas para vender parafernalia.

Esta marejada de imitaciones vino a lo largo de los años con Monster RancherShaman King, MegaMan NT Warrior, Dino Rey y, por supuesto, la que causó uno de los últimos furores generalizados por una serie de animación japonesa, y el desprecio de todos los jugadores de Magic de México: Yu-Gi-Oh! La popularidad (o, como decíamos por esos años, el trauma) de esta serie fue intenso pero se apagó en cosa de como un año. Para entonces la Edad Dorada del Anime en México había quedado atrás. Yo marcaría sus límites entre la llegada de Caballero del Zodiaco y el declive de la popularidad de Pokémon.

Muchas cosas había cambiado en esos años. Sólo una serie más, hace unos cuantos años, logró colarse al mainstream y volverse del gusto del público general no-otaku: Naruto. Para entonces los que éramos niños cuando Seya se hacía pajas pensando en Saori ya habíamos crecido (y, con suerte, habíamos ya superado la necesidad de hacernos pajas), vimos a los nuevos pubertitos que se alucinaban con las aventuras del ninja más chafa del mundo, y los desdeñamos con la actitud de Abraham Simpson diciendo "¡Todas las generaciones están mal! ¡Excepto la mía!"

De modo que el anime y el manga se convirtió en cosa casi exclusiva de frikis marginados...

El ascenso de la cultura otaku




Como les decía, hubo un segundo cauce, el que tomaron los verdaderos fans del anime. Para ellos ya no bastaban las series que se volvían populares entre el público general. De hecho, las cosas cambiaron mucho desde el final de Dragon Ball; las series más mainstream eran cada vez más infantiles y bobaliconas, y si un fan quería encontrar la intensidad emocional de Candy Candy o el espíritu épico de Caballeros del Zodiaco, tenía que buscar fuera de la programación televisiva.

Algunos pocos que tenían acceso a TV de paga más cara (o sea, más allá del simple cable para marginales que teníamos) pudieron conocer canales como Animax y tener acceso a series que jamás aparecerían en la tele abierta, ni siquiera en Cartoon Network. Una de esas series fue Evangelion, mi anime favorito. Aunque no la vi cuando se puso de moda a finales de los 90, sino algunos años más tarde y después de haber leído el manga. Me encantaba la complejidad emocional de los personajes, lo difíciles de sus relaciones, sus crisis existenciales y el turbulento despertar del pendejo de Shinji a la adolescencia. De hecho, eso me gustaba mucho más que todo el rollo de robots gigantes combatiendo extraterrestres divinos o lo que fuera, porque, como les dije, no me gustaban las de robots.




El éxito de las series japonesas en la TV ya había animado a editoriales mexicanas a publicar algunos mangas que rápidamente se hicieron de un público. Unos cuantos de ellos eran los originales que habían dado lugar a las series, pero hubo otros títulos completamente nuevos, traídos por Editorial Vid (así leí Video Girl Ai). Eso de leer "al revés", de derecha a izquierda, se convirtió en una habilidad necesaria para quien quisiera adentrarse en este mundillo.

La Princesa Mononoke, del sensei Hayao Miyazaki fue la primera cinta de animación japonesa que llegaba a los cines comerciales con mucho bombo y platillo (eso fue en 1998). La siguiente fue El viaje de Chihiro (que llegó a México en 2002). Durante años no se podían conseguir las películas de Miyazaki a menos que fuera en DVD importados (y sin subtítulos en español), hasta que la genial distribuidora Zima se dio a la tarea de traerlos.

La llegada de Internet también permitió a muchos jóvenes conocer obras que nunca serían traídas a nuestro país. Gracias a la piratería en línea, un nuevo mundo de mangas y animes (tanto series como películas) pudo ser conocido por estas generaciones.

La estética del manga y el anime influyó notoriamente en la animación y el cómic occidental durante los 90. Ya fuera que los creadores buscaran honestamente imitar su estilo (como los dibujantes de Marvel de esos años, en especial Jim Lee), o que hicieran parodias / homenajes de los tropos típicos de la animación japonesa (como hacía Gendy Tartakovsky, creador de El Laboratorio de Dexter y Samurai Jack). Incluso en México, donde el genial cómic Meteorix mezclaba la irreverencia del humor mexicano con lo más querido de la estética japonesa. Y claro, hubo una época en la que todo adolescente que supiera dibujar lo hacía en estilo manga.



Poco a poco empezó a formarse una subcultura cuyo frikismo y entusiasmo la demarcaba de las demás: los otakus. Fui testigo de cómo aparecieron las primeras tiendas que importaban manga de calidad (así leí Evangelion), de las primeras funciones de cine organizadas por fans (así vi Ghost in the Shell), de las primeras revistas especializadas para los seguidores y aspirantes a artistas, de las primeras convenciones que se realizaron en Mérida (fui con una playera de Superman y me vieron feo), y de cómo surgía un caló de iniciados con palabras como mangaka, ova, shonen, shojo, yaoi, yuri, y por supuesto, hentai. De hecho, las palabras anime, manga y otaku, que tan casualmente he usado en esta entrada, nos fueron introducidos por esta tribu urbana. Antes les llamábamos simplemente "caricaturas japonesas", "cómics japoneses" y "ñoños".

Algunos de mis mejores amigos son otakus, y eso me da el derecho a burlarme de ellos (así funciona, ¿no?). Pero no quiero sumergirme en las vicisitudes de la cultura otaku porque no es el propósito de esta entrada y además ya tengo hambre. Sólo quería relatarles de aquellos años en los que todos, hasta yo, fuimos un poco otakus. El resto es historia.


FIN

lunes, 13 de abril de 2015

Una historia de la filosofía occidental



Pues guau, éste ha resultado ser no sólo el mejor libro que he leído en lo que llevo del año (y veo difícil encontrar uno que lo supere en los próximos meses), sino que es uno de los mejores libros que he leído en la vida.

Se trata de una brevísima historia de la filosofía en Occidente, empezando por los antiguos griegos hasta llegar al presente del autor, quien escribe entre 1942 y 1944, es decir, en plena guerra mundial, mientras su país se encontraba siendo bombardeado por la Luftwaffe. Esto último es interesantísimo, pues a menudo Russell interrumpe su relato de acontecimientos históricos para recordarnos que el mundo se estaba cayendo a pedazos.

Uno de los principales atractivos del libro, aparte del delicioso estilo de Russell, es que no se limita a ser una exposición de las ideas de los principales pensadores que ha dado Occidente, sino que lo relaciona todo con las circunstancias políticas y sociales de cada época. De hecho, el título completo de la obra es A History of Western Philosophy and Its Connection with Political and Social Circumstances from the Earliest Times to the Present Day. Esto significa que no sólo habla de los filósofos en sí mismos (de Sócrates a Marx), sino de acontecimientos y movimientos distintos que de alguna manera influyeron en la cultura y en el pensamiento humano de cada época.




Por ejemplo, algo que me pareció iluminador fue su explicación de las religiones místicas órficas en Grecia antigua, que eran muy distintas al culto olímpico de la aristocracia helénica y que conocemos mejor porque nos ha llegado a través de la literatura, pero que no era la fe del pueblo. Russell nos muestra una trama que dura siglos y que culmina con el triunfo del cristianismo en el mundo clásico grecorromano. Pues resulta que ese misticismo griego había influido en las ideas de Pitágoras, que a su vez influyó en Platón, el filósofo más relevante de la Antigüedad. Pues resulta que con la conquista alejandrina de Israel, los judíos pasaron por un proceso de helenización. Los judíos que se convirtieron al cristianismo estaban imbuidos de ideas místicas de origen helénico y el cristianismo acabó tomando forma influido por tales ideas. De ahí que su adopción por parte de griegos y romanos fuera relativamente rápida: ultimadamente no planteaba ideas tan exóticas como podría parece si sólo comparamos los mitos olímpicos con el Nuevo Testamento, y no conocemos toda esa historia que inicia con los misterios órficos.

Las conquistas de Alejandro, la expansión de Roma, el triunfo del cristianismo, la consolidación del papado, el Renacimiento, la Reforma, la Revolución Francesa y Napoleón, el Romanticismo… todos estos momentos en la historia son analizados en cuanto a los efectos que tuvieron en el desarrollo de la filosofía.

El otro gran encanto de este libro es que no es simplemente un recorrido por la historia de la filosofía, sino que es una obra filosófica en sí misma. Russell no se resiste a analizar críticamente (aunque sea de forma muy breve y de pasada) las ideas y sistemas de pensamiento de cada uno de los filósofos cuyo trabajo expone, y no deja de relacionarlos unos con otros y con la situación que vive su mundo. Varias de las nociones que yo tenía estaban en tinieblas y fue gracias a este libro que muchas cosas me quedaron claras. Creo que algunas personas se sorprenderían, al leer esta obra, de descubrir el origen y procedencia de sus propios pensamientos e ideologías.




Rousseau, por ejemplo, resultó ser muy diferente al demócrata ilustrado del que yo había aprendido en otros manuales (aunque otro libro ya me había sugerido lo que Russell revela sobre él), y lo presenta como un individuo capaz de muchas bajezas que justifica con su rechazo a la racionalidad y su adopción de las pasiones, más el primer romántico que el último ilustrado. Russell señala que de la filosofía de Rousseau parte una corriente de pensamiento que deriva en la mística nazi. A Nietzsche lo trata muy mal y lo expone como un individuo resentido contra la humanidad, alguien que sin tantita pena expresa su desprecio por las mujeres y por la mayor parte de la población, y que sólo reconoce a su superhombre en los conquistadores militares; un puente entre Rousseau y el fascismo. El diálogo imaginario entre Nietzsche y Buda es de lo mejor.

Los últimos capítulos se sienten un poco apresurados, y me habría gustado conocer más de la escuela de la que el propio Russell formaba parte, la filosofía analítica. Y claro, teniendo en cuenta la época en la que escribe, se puede comprender la ausencia de mujeres pensadoras en su historia, y su anglocentrismo, así como otras omisiones inevitables en una obra de este tipo.

Además, este libro fue un regalo inesperado del destino: me lo encontré en una librería de viejo cuando las estaba recorriendo para hacer reseñas de Yelp. Lo vi de pura casualidad, pues ni lo estaba buscando. Es una quinta reimpresión de 1945, que se encuentra en muy buen estado, hermoso y en pasta dura, de ésos que huelen a sabiduría. Lo mejor fue que me salió muy barato.

En conclusión, repito que éste es uno de los mejores libros que he leído en la vida y que ahora me he quedado clavado con la obra de este hombre y con la evolución del pensamiento (en especial en cuanto a política). Creo que mis próximas elecciones de lectura se irán por ese camino.

El tesorito que descubrí

miércoles, 8 de abril de 2015

Alicia en los muchos Países de las Maravillas

La siguiente es la adaptación de una ponencia que presenté como parte de una proyección de cine en el Museo de Arte Contemporáneo de Yucatán y que rescato con el pretexto del 150 aniversario de la publicación de Alicia en el País de las Maravillas.



Sería una tarea demasiado ardua tratar de explorar todos los trabajos de todos los medios por los que Alicia se ha paseado. Literatura, cine, televisión, música, cómics, juegos de rol, videojuegos… Alicia, en su eterna persecución del Conejo Blanco los ha visitado todos. En esta entrada, pretendo vislumbrar apenas un panorama general de los muchos Países de las Maravillas que han existido en los medios después del éxito de las dos novelas de Lewis Carroll: Alicia en el País de las Maravillas (1865) y A través del espejo (1871).

Obviemos las muchas secuelas literarias no oficiales (que iniciaron tan pronto como 1895) y comencemos por el cine. La primera adaptación cinematográfica de Alicia en el País de las Maravillas es una película silente que data de 1903, dirigida por Cecil Hepworth y que tiene 8 minutos de duración. La sigue una adaptación de 1910, dirigida por el legendario Edwin S. Porter, con 10 minutos de duración. El primer largometraje, también silente, es de 1915, fue dirigido por W.W. Young y dura 52 minutos.

El primer cortometraje, de 1903

A partir de entonces ha habido una Alicia en el cine en casi cada década del siglo XX. Al menos 22 películas sobre Alicia se han estrenado desde 1903, entre musicales, animaciones, cintas de acción en vivo y extrañas adaptaciones libres, sin contar otras referencias que en distintas películas se hacen a la obra de Lewis Carroll.


Algunas de las muchas adaptaciones de Alicia que se han hecho a lo largo de las décadas


Aquí quisiera detenerme un momento en la versión animada de Disney, de 1951. Walt Disney, antes de dedicarse a hacer insípidas princesitas, tenía unos muy interesantes trabajos en cortometrajes, en los que queda de manifiesto su gusto por el surrealismo y su genio para darle vida. De hecho, Disney y el pintor Salvador Dalí tenían un proyecto para realizar un corto juntos, pero que se vio interrumpido por la Segunda Guerra Mundial. Es decir, Disney sabía de surrealismo, entendía su espíritu.


El clásico corto animado "Mickey a través del espejo"

Ahora, si bien la novela de Lewis Carroll es anterior al movimiento surrealista, en muchos aspectos es un antecedente. Verán, la fantasía feérica de los cuentos de hadas es diferente al sinsentido (nonsense) de Alicia. En una historia de fantasía clásica (desde La Cenicienta, hasta El Señor de los Anillos y Harry Potter) bien puede haber magia y suceder cosas que contravienen al orden natural, pero existen una serie de reglas o leyes que regulan ese mundo mágico. En la fantasía nonsense de Carroll TODO puede pasar de forma inesperada, inexplicable e ilógica. Esto lo entienden muy pocos: lo entiende Walt Disney y lo entiende Jan Svankmajer (pero no lo entendió Tim Burton, aparentemente).




Disney había soñado con hacer esta película desde que era muy joven e incluso había realizado algunos cortos basados en Alicia. La película de 1951 logra captar ese espíritu surrealista, onírico y estrambótico del libro. La cinta es fiel a la novela de una forma poco usual en Disney y en Hollywood, hasta el punto de que muchos diálogos están capturados tal cual. Disney le agrega algunos elementos nuevos a la película, pero éstos se insertan de forma tan perfecta en su ambiente surrealista que armonizan sin problemas. Las secuencias de animación, delirantes y coloridas, hacen que sea una película más visual que narrativa. La cinta cuenta, además, con los diseños de la artista Mary Blair, que le dan un toque de irrealidad a los escenarios.

Al momento de su estreno, el film fue un fracaso en taquilla y tendría que esperar a que finales de la década de los 60 fuera redescubierta y revalorada por la generación hippie, que supo apreciar su esencia surrealista, que iban a la perfección con la estética psicodélica. Esta generación convirtió Alicia en una “Head Movie”, es decir, una cinta usada para ser disfrutada estando drogado con sustancias alucinógenas, de preferencia marihuana o LSD. 

Los hippies, por cierto, tenían en muy alta estima los libros de Alicia, y consideraban que la presencia de hongos y píldoras que hacían crecer y encogerse, así como la oruga fumando hooka, eran referencias directas a drogas alucinógenas (y quizá tenían razón). El mejor homenaje de la contracultura sesentera a los libros de Carroll es la inmortal y psicodélica canción White Rabbit de Jefferon Airplanes:





Siendo una película dirigida a un público familiar, otros dos aspectos importantes del libro, lo macabro y lo erótico, quedaron prácticamente fuera de la producción de Disney. Sí, dije “erótico”, porque me parece que hay una velada carga erótica en las novelas, toda vez que Lewis Carroll era un “pedófilo platónico” y estaba (quizá inconscientemente) enamorado de Alice Liddell, la niña en quien se inspiró para escribir sus aventuras y a quien se las dedica. Con "platónico" quiero decir que Carroll jamás habría intentado hacer hacerle daño a Alice o a ninguna otra niña, sino que se limitaba a expresar una enérgica admiración (perturbadora, eso que ni qué).

No falta quien haya hecho adaptaciones de la novela enfocándose en su aspecto erótico. En primer lugar, de la misma era hippie tenemos Alice in Acidland, de 1968, dirigida John Donne. Que no los engañe su título: ni es psicodélica, ni tiene nada que ver con Alicia; es más bien una softcore bastante aburrida y con gente poco atractiva. Más explícita es Alice in Wonderland, una película pornográfica de 1976 dirigida por Bud Townsed y que forma parte de la así llamada Era Dorada del Porno (de cuando la gente tenía vello púbico).


Versiones porno de Alicia


Hablando de porno, no podía dejar de existir una versión hentai, Alice in Sexland, con todo lo que la palabra hentai implica. Mucho menos porno y más erótica son el manga y el anime Miyuki-Chan in Wonderland (1993), de los estudios Clamp, que se caracterizan por sus obras cargadas de homoerotismo y una fuerte intensidad emocional.


Versiones manga


En 2007 comenzó el cómic Return to Wonderland de Zenescope Enterteinment, como parte de una serie de adaptaciones de cuentos de hadas, pero con monstruos, violencia y mujeres escasamente vestidas y exageradamente proporcionadas. Ninguno de ellos es muy bueno, y tampoco este cómic de Alice lo es.






Más interesantes son las ilustraciones que el artista de Marvel Cómics, Frank Brunner, hizo basadas en las obras de Lewis Carroll, que representan a una Alicia adulta (y desnuda) viajando por Wonderland y encontrándose con los curiosos personajes que la habitan (pueden ver la galeria oficial aquí). Tampoco podría dejar de mencionar el cómic de mi camarada Juan Fleites: 21 Year Old Alice, siguiendo con la línea de adaptaciones eroticonas.


Las ilustraciones de Frank Brunner

Páginas de 21 Year Old Alice de Juan Fleites

Pero si de erotismo, verdadero arte erótico, se trata, hay que remitirse a la obra del maestro del cómic, Alan Moore. Lost Girls (1991) es una novela gráfica erótica en la cual Alicia, Dorothy de El Mago de Oz y Wendy de Peter Pan, se encuentran y comparten aventuras eróticas. La novela gráfica fue hecha en colaboración con la esposa de Moore, Melinda Gebbie y rompe con muchos clichés, estereotipos y tabúes de lo considerado erótico.




Ya que estamos en los cómics, no puedo dejar de mencionar la oscura novela gráfica Arkham Asylum (1989) de Grant Morrison y Dave McKean, que es una especie de Batman en el país de las pesadillas. En ella, Batman entra al Asilo Arkham -manicomio en el que están encerrados sus peores enemigos- para enfrentar a sus demonios internos, y desciende hasta la locura en un viaje de autodescubrimiento. La novela está llena de alusiones a Alicia y a Lewis Carroll e incluso inicia y termina con sendas citas del libro. Además, en Arkham, Batman se encuentra con el Sombrerero Loco, quien lo saluda con el verso Twinkle, twinkle, little bat (que el lirón recita en la fiesta del té, ¿recuerdan?). El Sombrerero Loco es uno de los villanos más interesantes de Batman, a la vez que uno de los menos explotados. Es un brillante neuropsiquiatra que utiliza hipnosis, drogas y tecnología para controlar mentes, y está obsesionado con los libros de Lewis Carroll, además de ser un pedófilo. Para su deleite, les pongo la secuencia completa:






Claro que para versiones oscuras y macabras de Alicia, tenemos el ya clásico videojuego American McGee’s Alice (2006), en el que una Alicia, convertida en una adolescente suicida, regresa a una versión retorcida y maniática de Wonderland, ahora dominada por la Reina de Corazones. La misión de Alicia (y del jugador) es liberar al País de las Maravillas con ayuda del Gato de Chessire y un cuchillo de cocina.

Cabe mencionar que la premisa de una Alicia adolescente o adulta que regresa a un Wonderland macabro dominado por la Reina de Corazones con ayuda del Jabberwocky ha sido la base no sólo del videojuego, sino de muchos cómics y por lo menos una serie de TV, Alice de 2009. Así que, como se puede ver, la nueva versión de Tim Burton, aparte de todas sus deficiencias, tampoco es original en lo absoluto.


El clásico videojuego American McGee's Alice


Pues si se quiere una versión que sea fiel al espíritu nonsense y surrealista de la novela y que al mismo tiempo sea oscura, debemos dirigirnos a la obra de Jan Svankmayer, de la que hablaré (por fin) a continuación.

Jan Svankmajer (Praga, 1934) es un artista cuyo trabajo abarca diferentes disciplinas como pintura, escultura, poesía, teatro y cine. Una de sus primeras influencias como artista fue un teatro de marionetas que tuvo cuando niño. Realizó sus estudios profesionales en el Colegio de Artes Aplicadas y en la Academia de Artes Escénicas, ambas en Praga. Su primer trabajo en cine fue colaborando en el film Doktor Faust de Emil Radok, en 1958. Su opera prima fue el cortometraje El truco final, de 1964, y a partir de entonces se dedicó a hacer filmes con su característica técnica de stop-motion, o animación cuadro por cuadro. Sus filmes están a menudo realizados desde la perspectiva del niño, con ambientes perturbadores, como de pesadilla, efectos de sonido muy enfáticos y el tema recurrente de la comida. Entre sus cortometrajes destaca Jabberwocky, de 1971, inspirado por el poema sinsentido que aparece en A través del espejo y como tal, es una obra maestra del surrealismo; también sobresale la trilogía de cortometrajes Food (1992), muy divertida e imaginativa.

Gracias a sus filmes, Svankmajer se hizo de una reputación como director de culto e influyó en las carreras de otros magos de lo extraño, como son Terry Gilliam y Tim Burton. Svankmajer estuvo casado con la pintora surrealista Eva Dvořáková (1940-2005), quien colaboró en muchas de sus películas, incluyendo su adaptación de Alicia.




La Alice de Svankmajer logra captar a la perfección la esencia onírica del libro de Carroll e incluso la lleva más allá, pues mientras en la novela original y en otras adaptaciones queda claro que el viaje de Alicia ocurre en sueños, en esta película hay una deliciosa ambigüedad al respecto. El autor no se limita a representar el País de las Maravillas descrito en el libro, sino que crea su propio mundo, uno claustrofóbico y oscuro, poblado por animales disecados, y esqueletos, cuchillos y navajas, y otros objetos que cobran vida. Para lograr este efecto de pesadilla, Svankmajer utiliza una narrativa lenta, tortuosa, casi de agonía, que se contrapone al trepidante y alegre ritmo de la novela y sus adaptaciones en el cine hollywoodense. Esta narrativa, más la casi total ausencia de diálogos y las tomas cerradas, contribuye a la creación de un mundo irreal, como de viaje psicodélico, en el cual la mente del espectador se puede perder tanto como la misma Alicia.

Con “pesadilla” no quiero decir que ésta se trate de una película de terror. Es más bien una cinta que, como otras de Svankmajer, se sitúa en el punto de vista del niño, y los niños perciben el mundo de una forma distinta, como un lugar en el que toda clase de cosas extrañas e incomprensibles pueden suceder. Los corredores sombríos, laberínticos y estrechos son más perturbadores que cualquier versión monstruosa del Gato de Chessire, pero Alicia, como niña que es, con una mente distinta a la adulta, no parece particularmente asustada por este macabro Wonderland, sino más bien curiosa. En cambio, somos los adultos quienes encontramos todo esto grotesco (el adjetivo podría ser “malviajante”). Svankmajer se asoma a la mente del niño, que para un adulto es a la vez maravillosa y perturbadora.




La película parece estar hecha para quien ya ha leído el libro. Los diálogos se vuelven innecesarios porque el espectador ya sabe lo que está sucediendo (o sabe tanto como puede llegar a saber). Svankmajer le habla al que ya conoce la historia y le presenta episodios y personajes familiares vistos desde una nueva perspectiva, para que goce, se divierta o se malviaje.

Esta película resulta, por lo dicho y por muchas otras razones que ustedes descubrirán cuando la vean, la manera ideal de terminar este simpático pero incompleto recorrido por los trabajos creativos que la inmortal obra de Lewis Carroll ha inspirado. Ahora sólo me queda desear que lean Alicia en el País de las Maravillas, su continuación A través del espejo y que disfruten de sus mejores adaptaciones en la cultura pop.


De pilón, esta obra de arte steampunk de Sandra Chang-Adair

miércoles, 25 de marzo de 2015

El Cuarto Poder



-¡Eso es lo que pienso del Cuarto Poder!
-¿Cuáles son los otros tres?
-El rey, la nobleza y los plebeyos. ¡Aprende historia de Francia!

Drederick Tatum, sobre la libertad de prensa

Creo que ésta es la parte en la que empiezo mi entrada con algún cliché tipo "en nuestros tiempos los medios de comunicación se han vuelto tan fundamentales para la sociedad que con justa razón se les llama el Cuarto Poder", pero eso es algo que ustedes y yo sabemos muy bien y que realmente no tiene mucho caso recalcar. Sabemos del enorme potencial de los medios como herramientas de la verdad y la democracia, pero también como armas del autoritarismo y la enajenación.

Pensando en lo anterior, me decidí a armar un ciclo de cine cuyo tema fueran los medios de comunicación. El propósito de esta selección es reflexionar acerca de su alcance e importancia en nuestra sociedad. Valientes periodistas que se enfrentan al poder para desenmascarar la verdad, empresarios sin escrúpulos que usan los medios para manipular al público a su favor, cadenas de televisión que lo transforman todo, incluyendo la vida misma, en un espectáculo... en estas películas podrán encontrar desde historias reales hasta farsas surrealistas y fábulas de ciencia ficción; en fin, de todo un poco para iniciarnos en algunos de los temas más relevantes que atañen a los medios y su relación con nuestras vidas.



8
Shattered Glass
(2003)




Dir: Billy Ray
Con: Hayden Christensen, Peter Sarsgaard, Chloë Sevigny, Rosario Dawson y Hank Azaria

Antes de que Hayden Christensen saltara a la infamia por perpetrar a Anakin Skywalker, hizo esta peliculita que le ganó muchos elogios y buenas críticas. Esta cinta, que en México se conoció como "El precio de la verdad", trata del joven y prometedor periodista Stephen Glass, quien tuvo una fugaz y brillante carrera en la prestigiosa revista estadounidense The New Republic. (Ésta es una revista buenísima, por cierto, les recomiendo que la sigan en Twitter para checar sus fabulosos artículos de diferentes temas.)

Para mantenerse en una revista tan genial, el joven Glass empezó a falsificar notas espectaculares, que se publicaron atrayendo mucho éxito para el chaval. La película va de cómo el castillo de naipes construido por Glas comienza a desmoronarse y la verdad poco a poco sale a la luz. Su caso nos muestra cómo hasta un medio de mucho prestigio puede caer en falsedades y lo fácil que es dejarnos enganchar por una historia fascinante aunque no sea verdad. Es también una importante lección sobre ética periodística, a través de los diferentes personajes que conocemos en la redacción de la revista.

7
Wag the Dog
(1997)



Dir: Barry Levinson
Con: Dustin Hoffman, Robert De Niro, Anne Heche, Woody Harrelson y Kirsten Dunst

En México tuvo el poco afortunado título de "Escándalo en la casa blanca", que pierde totalmente el sentido del epígrafe que da nombre a esta cinta en inglés: "¿Por qué el perro mueve la cola? Porque el perro es más inteligente que la cola. Si la cola fuera más inteligente, la cola movería al perro." Pues de esto se trata esta deliciosa y genial sátira surrealista: de cómo todo un país es  manipulado como si la cola moviera al perro (wag the dog).

La anécdota es ésta: poco antes de las elecciones el presidente de los Estados Unidos es descubierto haciendo insinuaciones inapropiadas a una niña exploradora que visitaba la Casa Blanca. Con el objetivo de desviar la atención del escándalo mediático, el apagafuegos oficial, interpretado por Robert De Niro, contrata a un productor de Hollywood, interpretado por Dustin Hoffman. Su plan: producir una guerra internacional ficticia contra un país de los Balcanes.

El resto es una delicia. Este par de pillos logran despertar la indignación del público y su deseo de intervención con imágenes filmadas en estudios, y crean de la nada un héroe americano festejado por el patriotero pueblo que celebra las victorias y se conduele con las bajas. Además, sólo por ver a De Niro y Hoffman juntos vale la pena checar este título.

El problema de esta peli, y la razón por la que no la puse en un lugar más alto, es que los conspiranoicos tienden a tomársela demasiado en serio y creer que es un documental de cómo funciona la política exterior gringa. No, las guerras intervencionistas sí existen, y se dan por causas bastante más complejas que sólo tapar los escándalos sexuales de los presidentes. Hay que verla con sentido crítico, como una parodia de la manipulación de la opinión pública mediante la sensiblería, y como una joya del humor más inteligente y, en ocasiones, muy negro.


6
The Truman Show
(1998)



Dir: Peter Weir
Con: Jim Carrey, Laura Linney, Ed Harris y Natascha McElhone

Una de las mejores películas de ciencia ficción de los 90, dentro de esa tendencia de hacer historias que cuestionaran la naturaleza de la realidad y de la ilusión, "El show de Truman" es también una fábula sobre cómo la vida y la dignidad humanas son convertidas en espectáculo para un público siempre ávido de entretenimiento.

Truman (Jim Carrey) vive cautivo, sin saberlo, en un estudio de televisión. Sus familiares, vecinos y amigos son actores. Su vida es una mentira. Jamás ha salido del suburbio en el que habita. Parece feliz, trata de adaptarse a esa única realidad que conoce, pero algo lo llama para ir más allá. Mientras, afuera, el público estadounidense mira abobado la vida de Truman, que es más bien ordinaria y anodina. ¿Qué pasará cuando el velo de la ficción comience a rasgarse?

Esta cinta ha sido analizada a múltiples niveles, como relato existencial o alegoría religiosa, pero a nosotros ahora nos interesa por la forma en que satiriza a una televisión que todo lo devora y lo convierte en espectáculo, incluyendo las vidas de los seres humanos, y que nos hace olvidarnos de la realidad para sumergirnos en un mundo de ficción.

Esta cinta salió pocos años antes de que el boom de los reality show comenzara y lo que anunciaba parecía en ese entonces inverosímil. Pero con el cambio de milenio llegó esa horripilancia que fue Big Brother y la televisión se sumergió en un hoyo negro de realities del que apenas ha comenzado a recuperarse (gracias, Netflix). La realidad supera a la ficción.


5
Good Night, and Good Luck
(2005)



Dir: George Clooney
Con: David Strathairn, Robert Downey Jr, Patricia Clarkson, Frank Langella y Jeff Daniels 

La década de 1950. El senador paranoico anticomunista Joseph McArthy encabezaba una cacería de brujas por todo el país en contra de cualquier persona que pareciera sospechosa de comunismo. Bastaba escribir o decir en público cualquier cosa que sonara demasiado liberal, cualquier defensa de los derechos laborales, cualquier queja en contra del gobierno en turno. En esos días, un periodista valiente, Edward R Murrow se atrevió a presentar oposición.

La película narra este duelo de voluntades entre Murrow y MacArthy, la forma en la que este último usa su poder político para perseguir y castigar a sus enemigos, la manera en la que el periodista combate al senador sólo armado con la verdad y el foro que tiene a su disposición. Las acusaciones falsas, las amenazas de despidos, el retiro del patrocinio... nada de eso logra quebrantar la voluntad de Murrow para hacer justicia en un país dominado por el miedo.

Esta historia nos habla de la necesidad de que existan medios críticos que se opongan abiertamente al poder, nos recuerda que la lucha de estos comunicadores valientes puede terminar en la victoria. El discurso histórico que Murrow dio en 1958 habla de la importancia de hacer de la televisión y la radio algo más que cajas idiotas: pueden herramientas con potencial para informar y educar al público. Advierte que si los historiadores del futuro pudieran tomar una semana de transmisiones de televisión encontrarían decadencia y escapismo. Para que no todo sea así, debemos tener en la memoria ejemplos de comunicadores valerosos como él.

Les dejo con el discurso:



4
The Insider
(1999)




Dir: Michael Mann
Con: Al Pacino, Rossel Crowe, Christopher Plummer y Michael Gambon

Seguimos con historias de comunicadores valientes. La verdad tuve dudas sobre si poner ésta o la anterior en un lugar más alto. Consíderenlas empatadas, y si al final opté por colocar "El informante" en un puesto superior es porque, aunque el asunto del que trata es menos importante, como película me parece un poco mejor, y es que si algo hace bien Michael Mann es meterle mucho suspenso e intensidad emocional a sus filmes.

En "El informate" nos cuentan la historia real de Jeffrey Wigand (Crowe), un científico que, tras trabajar durante años para las industrias tabacaleras, fue despedido por presentar a sus empleadores un reporte sobre los riesgos de salud que implica el consumo de cigarro. Wigand es poco después contactado por Lowell Bergman (Pacino), productor del programa de entrevistas 60 minutos.

A partir de aquí comienza un verdadero thriller. Bergman lucha por sacar a la luz verdades sobre las que las tabacaleras se hacen tontas: la nicotina es adictiva y fumar produce cáncer. Las corporaciones tienen la información científica, pero la niegan, la niegan y la niegan. Mientras abogados y matones acosan y amenazan a Wigand y a su familia, la televisora presiona a Bergman para que no saque la historia o que presente una versión censurada.

Ya habíamos hablado de la importancia del compromiso ético de los periodistas, que deberían perseguir la verdad aunque ésta afecte los intereses de los poderosos (en este caso, las corporaciones), pero aprovecho para mencionar la importancia de la ética en la actividad científica. Un científico también tiene un compromiso con la sociedad, y si sus investigaciones dan con un hecho que compromete el bienestar de la comunidad, es su responsabilidad darlo a conocer. Científicos y comunicadores valientes, hay que honrarlos.


3
Network
(1976)



Dir: Sidney Lumet
Con: Faye Dunaway, Peter Finch, William Holden, Robert Duvall y Marlene Warfield

Hasta ahora nuestro ciclo ha consistido de puras películas recientes. Vamos a revisar un poco de cine más clásico para los primeros lugares, y empecemos por la multipremiada y obligatoria "Poder que mata" (chale, los títulos de estas películas recibieron muy malas traducciones en México...). Esta cinta nos cuenta la historia de Howard Beale (Peter Finch),  un veterano presentador de noticias que está a punto de ser despedido porque sus ratings son demasiado bajos. Aprovechando sus últimas transmisiones, Beale se deschaveta en vivo y suelta netas sobre la podredumbre del orden político y social de su tiempo. Sorprendentemente, estas transmisiones logran un rating altísimo y la cadena le da a Beale su propio programa para que lace sus alocados despotriques libremente.

Ahora, lo delicioso de esta película es cómo es una sátira dentro de otra sátira. Mientras que algunos (los productores del pseudodocumental Zeitgeist, por ejemplo) se alucinan con los dislates del personaje de Finch y gritan "sí, a huevo, así funciona el mundo, esto es la neta", en la película se muestra cómo ese ranteo en apariencia subversivo es convertido a su vez en espectáculo borreguizador, en parte de la idiotización misma de la caja idiota. Beale está predicando como cualquier evangelista de la tele y su público lo admira como a un profeta. Su mensaje es que la gente apague la puta televisión, que piensa por sí misma y que salga a vivir su vida; pero el público lo sigue con devoción acrítica y fanática, obedece sus mandatos, repite sus mantras, lo sigue a través de la televisión y además, se cree que se está rebelando contra el sistema. ¿No es absolutamente exquisito?

En su afán de repetir el éxito del programa de Beale, la joven y ambiciosa productora Diana Christensen (Faye Dunaway) incluso contacta con una célula radical de guerrilleros negros, a los que seduce ofreciéndoles una serie de docudrama. El viejo productor y amigo de Beale, Max Schumacher, ve el mundo que conoce desmoronarse en una nueva dinámica sin alma en la que hasta las ideologías tienen precio. Grandilocuente y melodramática, "Poder que mata" nos muestra cómo la televisión es capaz de absorberlo todo, y que incluso la rebeldía puede convertirse en el más barato producto de consumo.




2
All the President's Men
(1976)



Dir: Alan J. Pakula
Con: Robert Redford, Dustin Hoffman, Jack Warden y Jason Robards

Grandísimo año para el cine, aquél de 1976, como pueden ver. No sólo estuvieron "Todos los hombres del presidente" y "Poder que mata", sino también "Taxi Driver". Aún así la Academia le dio el Oscar a "Rocky", pues porque son un montón de mecos, por eso.

Si hay  una historia sobre la importancia del periodismo de investigación comprometido con la ética profesional y cambio social, así sea que haya que enfrentarse con el poder más poderoso de la poderosidad, es ésta. Es la historia de Woodward y Bernstein (Redford y Hoffman) los periodistas que sacaron al sol los trapitos sucios del mismísimo presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon.

Es sobre el escándalo de Watergate (la razón por la cual a todos los escándalos políticos les agregan un -gate en el nombre), en el que se descubre que el mismo gobierno de Nixon había ordenado espiar a sus rivales políticos (usando cubanos de Miami, nada más). Son Woodward y Bernstein los que destapan toda la coladera, pero no es nada fácil, pues tienen que seguir una serie de pistas que parecen no llevar a ninguna parte, hablar con Garganta Profunda (no es una actriz porno), eludir perseguidores, convencer a testigos que temen por sus vidas y, por supuesto "seguir el dinero".

Además de la valentía de los reporteros, un aspecto importante que retrata esta película es el papel del editor Ben Bradlee (Robards), quien es el que los alienta a seguir la historia hasta sus últimas consecuencias, pues detecta que hay algo más ahí de lo que aparece a simple vista, a la vez que les exige rigor periodístico y fuentes fidedignas de todo lo que presenta. Esta película deberían ponerla en todas las escuelas de comunicación y periodismo, caray.

El reportaje, tras ser publicado, desencadenó una tormenta política que terminó con la renuncia del presidente. Déjenme repetirlo: en Estados Unidos, un par de reporteros pusieron al descubierto la corrupción del presidente y éste a final de cuentas se vio obligado a renunciar. En México, pasa justo lo contrario. ¿No aman este país? :D


1
Citizen Kane
(1941)



Dir: Orson Welles
Con: Orson Welles, Dorothy Comingore, Joseph Cotten, Everett Sloane y Ruth Warrick

Es difícil hablar de algo tan enorme como "Ciudadano Kane" sin parecer un idiota. Se trata de una de las mejores películas de la historia del cine mundial, si es que no LA mejor. Es una cinta que cambió para siempre la forma de hacer cine y revolucionó el lenguaje de la narrativa cinematográfica; es un monumento de belleza sobrecogedora, en su fotografía, en sus actuaciones, en su guión, en su impresionante dirección de cámara...

Pero lo que nos importa aquí es hablar de esta película en relación a los medios de comunicación. Y es que el personaje principal de esta película, Charles Foster Kane (Welles) está basado en el magnate de los medios de comunicación William Randolph Hearst. Este señor fue algo así como el Rupert Murdoch de principios de siglo XX: igual de reaccionario, amarillista y demagogo, cualidades gracias a las cuales se hizo asquerosamente rico.

A nivel personal "Ciudadano Kane" explora la psicología de este hombre extremadamente ambicioso, enérgico y hábil, pero absolutamente incapaz de mantener relaciones sanas con sus familia y seres queridos, a todos los cuales termina alejando de su vida. A nivel social, la cinta aborda las relaciones entre el poder de los medios de comunicación y el poder de la política; Kane utiliza sus diarios para influir en la opinión pública, atacar a sus enemigos políticos, combatir medidas públicas que pudieran afectar sus intereses, e incluso tiene un papel decisivo en el involucramiento de los Estados Unidos en una guerra con otro país.

Aunque "Ciudadano Kane" como obra de arte puede apreciarse perfectamente bien por sí misma, para captarle mejor a su contexto histórico les recomiendo enfáticamente el excelente documental "La batalla por 'Ciudadano Kane'", que viene con las ediciones en DVD y blu-ray de la película. En esta excelente pieza se narran las vidas paralelas de Orson Welles, William Randolph Hearst y todo lo que ocurrió alrededor de la producción de la película, incluyendo la historia de cómo el magnate trató de sabotearla de muchas maneras y cómo influyó en Hollywood para que tras su estreno no recibiera los reconocimientos que se merece.

Vistas en dupla (ustedes elijan el orden) "Ciudadano Kane" y el documental que la acompaña brindan un panorama del poder de los medios de comunicación en un momento crucial en la historia del mundo moderno, en el que se puede hallar el origen de muchos de los fenómenos que se abordan en las cintas anteriores. Por eso me parece la película óptima para terminar con nuestro ciclo sobre el Cuarto Poder.





Antes de despedirme quiero añadir algo más. Siendo de un país como México, en el que históricamente una buena parte de los medios ha estado controlada por una empresa casi omnipotente y siempre afín a los gobiernos, en el que la inmensa mayoría de la programación audiovisual ha sido de un nivel cultural ínfimo, en el que el periodismo investigativo, crítico y de denuncia ha sido y es castigado por regímenes autoritarios, me parece importante tener muy en cuenta los temas de los que tratan los títulos seleccionados. Hoy es de suma importancia, como ciudadanos que esperan construir una democracia, que dejemos de ser un público pasivo ante los medios de comunicación y nos convirtamos en interlocutores críticos y analistas de nuestra realidad y de lo que nos presentan como tal.

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