miércoles, 18 de enero de 2017

El centésimo mono y la consciencia universal



Cien monitos 
  
La anécdota circula por aquí y por allá desde hace muchos años. La primera vez que la escuché fue en un cómic e la Liga de la Justicia escrito por Grant Morrison y la más reciente, en un video de la página Psiconautas. Ambas fuentes tienen en común que no son precisamente científicas y que se las truenan bien rico, pero ello no necesariamente es relevante para emitir un juicio sobre el caso. Veamos:

Se cuenta que los científicos que observaban el comportamiento de los macacos japoneses de la especie Macaca fuscata hicieron un experimento curioso que arrojó resultados extraordinarios. Proveyeron de patatas a los monos de cierta isla, y mientras que unos las comían así tal  cual, otros aprendieron que era mejor lavarlas para quitarles la arena y tierra que se pegaba a su cáscara. Aparentemente fue una mona joven la que hizo el descubrimiento y le enseñó a otros de su propio grupo. Poco a poco, los monos fueron aprendiendo este comportamiento; el conocimiento adquirido por la experiencia se transmitía mediante el ejemplo y la comunicación.

Luego sucedió lo extraordinario: a partir de que cierto número de monos de la misma especie había aprendido a lavar sus patatas (se maneja el número cien, pero algunas fuentes admiten que es una cifra simbólica), de pronto todos los monos de otras tribus, e incluso de otras islas estaban mostrando la misma conducta. Es decir, que monos de grupos que no habían tenido ningún tipo de contacto con los de la primera isla habían aprendido la misma conducta sin que mediara la comunicación. ¿Cómo era esto posible?

La conclusión obvia era que una vez que cierto número de individuos de una especie adopta una conducta, todos los miembros la aprenderán gracias a alguna forma de “consciencia colectiva” que conecta inconscientemente a toda la especie. ¡Las posibilidades de este descubrimiento son estimulantes! Piensen: si suficientes seres humanos interiorizan valores positivos como la paz, la cooperación, la igualdad y la tolerancia, llegará un momento en que toda la humanidad lo practique. ¿Acaso no es hermoso?



Pues sí, pero desgraciadamente no es verdad. La historia del centésimo mono es muy bonita, pero no tiene bases reales. Se cita a menudo de fuentes terciarias, cuyas referencias son otras fuentes terciarias; por lo general se trata de una de esas leyendas favoritas de la Nueva Era, que publicaciones con inclinaciones esotéricas aprenden unas de las otras sin volver a la fuente original.

Ésta sería el doctor Lyall Watson, etólogo británico, quien en la segunda mitad de los 70 decía estarse basando en el trabajo que primatólogos japoneses habían hecho en los 60. Es decir, Watson no hizo dichas observaciones de primera mano, sino que alegaba que los científicos japoneses que habían hecho los estudios originales tenían miedo al ridículo y que por eso no los habían publicado. Es más, admitió que para completar los detalles de la historia tuvo que recurrir a anécdotas personales y rumores. ¡Vaya ciencia!

De hecho, sí hubo macacos que lavaron sus patatas y se enseñaron los unos a los otros (un fascinante ejemplo de que hasta entre los animales existe cultura, es decir, conocimiento y comportamientos no instintivos, transmitidos de un individuo a otro y que permanece a través de las generaciones). Pero todo aquello de los monos que aprendieron sin tener contacto físico es puro mito que ha sido desacreditado muchas veces, empezando por la investigación de Ron Amundson a finales de los 80, quien contactó a los científicos japoneses, los cuales declararon que no tenían ni idea de lo que hablaba Watson. O sea, éste se lo sacó todo del bolsillo.

Pero el daño estaba hecho. El misticismo de la Nueva Era retomó el mito del centésimo mono como una demostración de que la consciencia universal es posible, esperando a que si un número suficiente de personas “despierta”, el resto lo hará. Y como buen mito zombi, éste se levanta de su tumba una y otra vez.

La consciencia universal

Algunas reflexiones sobre la “consciencia universal” me parecen pertinentes. Ésta no llegará gracias a la magia, la telepatía ni a ningún otro fenómeno paranormal, así que por favor dejemos de esperar que eso suceda. Sin embargo, como especie sí tenemos la capacidad de organizarnos colectivamente para alcanzar metas que ninguno de nosotros podría lograr por sí mismo; como sociedades hemos creado los medios de acumular, perfeccionar y transmitir un cuerpo de conocimientos que supera vastamente lo que cualquiera de nosotros podría llegar a saber individualmente. La cultura sería nuestra “consciencia colectiva”, porque permite la suma de nuestros conocimientos, capacidades y esfuerzos, no porque conecte directamente cada mente individual con otra (y, no se asusten individualistas, tampoco va a pasar que la propia consciencia se funda y pierda entre las demás). La ciencia es la actividad colectiva por excelencia, que ha llevado a la humanidad a realizar logros impresionantes, y resulta un ejemplo para otras empresas humanas.

Podemos difundir y practicar una cultura basada en los valores de la generosidad, la cooperación, la empatía, la solidaridad, el aprecio al conocimiento y el diálogo entre grupos humanos diversos, más allá de la competencia, el egoísmo y las lealtades tribales que nos lo siguen obstaculizando. Esto se logrará mediante las herramientas culturales y tecnológicas que hemos desarrollado para transmitir el conocimiento y expandir “el círculo empático” (es decir, el conjunto de los seres a los que consideramos dignos de nuestra empatía). Pero no sucederá de un día para otro, sino que será un proceso lento que tendrá que ir avanzando generación tras generación.

Esperar a que suficientes personas “despierten” para cambiar el mundo por un proceso mágico puede ser peligroso, una falsa esperanza que tiene su origen en una superstición. Pero es que además brinda el falso consuelo de que basta con “ser bueno” y anhelar que otros lo sean para cambiar el mundo. El cambio inicia en uno mismo, es cierto, pero no es suficiente con ser bondadosos de forma pasiva y justos en nuestras relaciones directas: hace falta promover la bondad y oponerse a la injusticia.



Para saber más:

martes, 10 de enero de 2017

¡Con toda violencia!



Ante el panorama desalentador del mundo y nuestro propio país, me parece que cada vez más personas tienen en claro que hacen falta diversas formas de resistencia contra los regímenes corruptos, autoritarios y opresivos que joden las vidas de los ciudadanos comunes y corrientes. Ya sea para enfrentar a Trump en Estados Unidos o a Peña Nieto (o lo que le siga) en México, he visto a quienes abogan por la necesidad de una lucha activamente violenta. La protesta pacífica, argumentan, es inefectiva, además de que quienes la predican son clasemedieros liberales sin cojones suficientes para pelear como se debe. Después de todo, nos recuerdan, las grandes gestas históricas se han ganado mediante la violencia, no con buen rollo.

Creo que quienes hacen estos llamados tienen algunos puntos a su favor, pero creo que también hace falta recordar otros factores, y que por lo que puedo ver de sus publicaciones, nos caería bien pensar las cosas en frío. Voy a dejar de lado cuestiones éticas e idealistas para concentrarme en un enfoque pragmático. Pensemos en lo que puede ser efectivo. Esto significa que argumentos como “todo violencia es mala”, “la violencia genera más violencia” y “no puedes caer en lo mismo que combates” no cuentan, pero tampoco cuentan otros como “el pueblo tiene derecho a ser violento porque la violencia del sistema es peor”, “la no-violencia es ideología burguesa”.

En efecto, la violencia puede acabar con la violencia; sólo se necesita que uno de los bandos sea tan bueno ejerciéndola que destruya o minimice a sus enemigos con tal eficiencia que éstos queden imposibilitados de volver a ejercer violencia. Entonces la pregunta es, ¿qué violencia serías tú capaz de ejercer? ¿Serías capaz de vencer a las fuerzas armadas y derribar a un gobierno? ¿O por lo menos de tomar un territorio y resistir de forma que dicho régimen no tenga poder dentro de éste? ¿Cuentas con los recursos (armas, tropas, entrenamiento, insumos, etc.) para ejercer violencia que dañe, debilite o mantenga a raya al gobierno que pretendes combatir? Teniendo en cuenta que una vez que inicies la lucha habrá una respuesta, ¿qué violencia por parte del enemigo serías capaz de resistir? ¿Es realmente preferible ser vencidos intentándolo que seguir tolerando esta situación? Y conste que puedo concebir sin problemas situaciones en las que las respuestas puedan ser claramente positivas o negativas.

Y no, no estoy pidiendo que cites ejemplos de revoluciones históricas o guerrillas y autodefensas actuales que han podido derribar gobiernos o puesto a temblar a los poderes fácticos. Te pregunto a ti, ¿qué es lo que puedes hacer? Pues tampoco vale hacer apologías de “la violencia” en abstracto. Tienes que construir un caso para defender una estrategia violenta específica, misma que podría ser llevada a cabo en la realidad, por ti o por alguien más.



Aclaro esto porque veo que en general cuando aparecen defensas de la violencia como medio de lucha, éstas en realidad se refieren menos a una revolución armada con tropas organizadas y más bien a justificar los disturbios y motines que ocurren en protestas que “se salen de control” y que terminan con la destrucción de propiedad pública y privada.[1] Claro, como bien se ha dicho, la violencia no se realiza contra las cosas, sino contra las personas, por lo que la destrucción de objetos no se define como tal… a menos que tengamos en cuenta que esos objetos pueden ser los medios de subsistencia de personas más o menos igual de jodidas por el sistema, y que esos actos de violencia las perjudican a ellas y no al poder que las está oprimiendo. Por eso vuelvo a preguntar, ¿la violencia que ejerzas, será capaz de combatir la violencia del poder? ¿O afectará sólo a quienes no son tus enemigos mientras el poder sigue indemne?

Claro, bien puede ser que una situación con disturbios, saqueos, vandalismo, golpizas y demás, no pueda ser contenida por las fuerzas habituales del orden público, y que para reprimirla se necesite de tanta brutalidad que no pueda sino resultar en un baño de sangre (es decir, que el gobierno use una violencia muy superior a la de los amotinados). En este caso, dependiendo de la clase de gobierno, país o sociedad, imagino que puede irse por una entre tres opciones (con sus respectivas variantes y posibles combinaciones): a) el gobernante cede ante la presión y dimite o hace los cambios que se le exigen; b) el gobierno ejerce la violencia con toda su fuerza y el asunto termina en matanza; c) el régimen espera a que el amotinamiento consuma sus energías y se apague por sí mismo.

En el primer caso habría una victoria[2]; en el segundo el gobierno podría debilitar más su imagen y perder su legitimidad, acelerando con ello su caída, o podría quedar impune por décadas y sólo ser condenado por la memoria histórica (pero de cualquier forma a los muertos los tendríamos ahora); en el tercer caso podría ser la revuelta la que quede sin legitimidad ante los ojos de una población que la juzgue como un desmadre que no sirvió para nada y decida que esas luchas no valen la pena.

Ahora, tengan en cuenta que cualquiera de los tres resultados podría ocurrir con una estrategia no violenta. El punto es conocer la situación presente y la histórica, las características del propio gobierno, la opinión pública, el contexto internacional, y todos esos factores para juzgar cuál resultado es más probable para cada método, porque si se puede obtener lo mismo (victoria o fracaso) con menos porrazos valdría la pena hacer el balance. Que la causa sea justa, el estar convencido de tener la razón y la superioridad moral, no hace automáticamente que una estrategia sea efectiva.

Eso es lo que quiero poner como base de toda discusión sobre métodos de lucha (violentos o no violentos): ¿Qué es lo que se quiere lograr y cuál es la mejor forma de conseguirlo? ¿Qué es lo que va a funcionar?  ¿A qué se puede aspirar siendo realistas? ¿Qué riesgos podemos asumir? ¿Qué costos, aún en el caso de la victoria, estamos dispuestos a aceptar? Sea cual sea la estrategia a elegir, debe hacerse pensando seriamente, con organización, planeamiento, disciplina y compromiso, no solamente con ardor y visceralidad, que esto último puede producir mucho heroísmo pero pocos resultados.




[1] Es discusión aparte si esos actos son justificados no como estrategia de lucha sino como expresión legítima de descontento, independientemente de su valor práctico.
[2] Que a su vez presenta nuevos problemas. Si dimite el gobernante, ¿quién lo sucede? Si “da su brazo a torcer” y podría ser percibido como débil. En cualquier caso, ¿no podría otra revuelta, con objetivos opuestos a los de la primera, hacer lo mismo? ¿Cómo prevenirlo?

martes, 3 de enero de 2017

Los mejores libros que leí en 2016



¡Feliz año, estimados habitantes de la Tierra! Siguiendo la tradición iniciamos un nuevo periodo de 365 días recapitulando los mejores libros que cayeron entre mis manos durante el periodo anterior, para proporcionarles unas bonitas recomendaciones, y a ver si se animan. 2016 fue, como todo mundo sabe, un año horrendo para todos, en el que pasé los últimos seis meses llorando con el corazón roto. Pero por lo menos las lecturas fueron buenas, muy buenas, de ésas que te edifican y te quitan un poco lo pendejo. Como es costumbre, divido este Top 10 en dos categorías, ficción narrativa y no ficción. Haciendo click sobre la imagen de cada libro pueden leer su respectiva reseña más amplia completa. Pásenle a lo barrido.

No ficción:


5.- Por qué no soy cristiano de Bertrand Russell: Se trata de una colección de textos escritos por uno de los intelectuales más importantes del siglo XX, el filósofo, matemático y activista político Bertrand Russell. El primer ensayo de la colección es el que da título al libro. En él Russell expone brevemente sus argumentos críticos hacia la religión cristiana. Opina, por supuesto, que todas las religiones (incluido el comunsmo soviético) son falsas, pero centra su análisis en el cristianismo. Sus argumentos se pueden dividir en dos clases: de tipo intelectual y de tipo moral. En una primera parte demuele los argumentos filosóficos tradicionales que pretenden demostrar la existencia de un dios creador; en la segunda demuestra cómo las religiones cristianas han hecho y continúan haciendo mal a la humanidad. Los otros ensayos siguen una línea similar. El libro cierra con una pormenorizada narración del proceso que se siguió en Nueva York para impedir que Russell enseñara en la Universidad. Fue escrito por Paul Edwards, el mismo compilador del volumen y constituye un ejemplo, de mucha actualidad y mucha relevancia, sobre cómo los fanatismos y la intolerancia de los dogmas se oponen a la libertad de pensamiento y son siempre una amenaza al progreso intelectual de las sociedades.

4.- El cerebro accidental de David Linden: Es una breve introducción a la neurociencia, a lo que sabemos sobre cómo funciona el cerebro. De forma amena pero rigurosa, Linden presenta al lector los conocimientos científicos que se tienen sobre el fascinante cerebro humano. Éste es, resulta, no una maravillosa pieza de ingeniería, sino al contrario, una maquinaria imperfecta y defectuosa, que a lo largo de la historia evolutiva se ha ido poniendo partes según la necesidad de la especie. Los temas incluyen la percepción, la memoria, el sexo, el amor, la identidad de género, la orientación sexual, el acto de dormir y el misterio de los sueños. Linden aporta algunas luces que sobre estos inquietantes temas han logrado encender las neurociencias. Después de mucha información valiosa y detalles curiosos, Linden termina el libro con una réplica al creacionismo (tan en boga en esos años de la Era Bush), y demostrando que no hay forma de que el cerebro humano, tan deficiente como es, pueda ser el resultado de ningún diseño inteligente.

3.- Evolution for Everyone de David Sloan Wilson: Se trata de un libro que pretende introducir al lector en los principios del pensamiento evolucionista. Así es, no de explicar cómo han evolucionado las especies, sino de enseñar al público a entender la realidad a través del prisma de la teoría evolutiva. Según Wilson, no se necesita tener conocimientos científicos muy avanzados para entender los fundamentos de la teoría evolutiva, pues es tan sencilla y de sentido común que cualquier estudiante, sin importar el perfil de su carrera, puede comprenderlos y aplicarlos en sus actividades de investigación. Los primeros 10 capítulos están dedicados a exponer esos fundamentos, desde cómo funciona la evolución hasta cómo sabemos que es verdad, para lo cual Wilson brinda una gran cantidad de ejemplos maravillosos que lo dejan a uno boquiabierto. En los restantes, de un total de 36, se dedica a explorar diversos aspectos de la vida que, bajo el lente del evolucionismo, toman nuevo significado. Podemos entender el significado de las estadísticas sobre infanticidio, las condiciones que generan mayor violencia o mayor cooperación en las sociedades, el origen de las religiones, de la moral o del arte. Muchas de esas revelaciones son contraintuitivas y chocan con principios ideológicos, tanto de la derecha como de la izquierda. El libro sienta las bases para iniciar una gran conversación que seguramente se volverá más relevante y central con el paso de los años.

2.- Darwin's Cathedral de David Sloan Wilson: Si ya terminaron el libro anterior, éste es el paso que les recomiendo. Aquí Wilson plantea una teoría muy coherente de las religiones, que tiene que ver con la selección a multiniveles y con la novísima disciplina de la evolución cultural. Sucede que la selección natural no opera solamente sobre los individuos, sino sobre los grupos completos. Los grupos con indivuos que cooperan y se ayudan mutuamente tienen más posibilidades de sobrevivir y crecer que los grupos divididos por la competencia interna. Los seres humanos tenemos mentes muy complejas y somos capaces de crear culturas. Las culturas serían respuestas adaptativas a las condiciones naturales y sociales en las que los grupos humanos se han encontrado a lo largo de la historia. Las religiones, en concreto, son fenómenos culturales que evolucionan para resolver el problema de la cooperación al interior de los grupos para adaptarlos mejor a su entorno. Por mi parte, me quedé con una reflexión: ¿cómo podemos construir un sistema de valores capaz de hermanar a toda la humanidad, o por lo menos a la mayoría, de la misma forma en la que las religiones hermanan comunidades, pero sin desviarse de la realidad factual de la que nos informa la ciencia? 

1.- Trilogía del siglo XIX de Eric Hobsbawm: La magna obra de uno de los grandes intelectuales del siglo pasado es una historia del “siglo XIX largo”, el periodo de tiempo que va desde la Revolución Francesa en 1789 al inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914. Hobsbawm divide su siglo XIX largo en tres eras: la Era de la Revolución, laEra del Capital, y la Era del Imperio. Cada tomo se escribió con casi una década de diferencia respecto al anterior, y se nota pues cada entrega está mejor escrita y estructurada por un lado, y más balanceada y menos sesgada por el otro. El libro está escrito pensando en un lector informado que ya conoce los sucesos históricos acaecidos en este periodo. Hobsbawm asume que sus lectores saben quién fue Robespierre, qué decía Jeremy Bentham y qué sucedió en Waterloo. De modo que como texto introductorio a estos temas no serviría de mucho. En cambio, el historiador se concentra en explicar las causas, las consecuencias, el significado de los sucesos históricos. Con el detalle y el rigor que lo acaracterizan, Hobsbawm aborda múltiples temas, pero siempre centrado en cómo se dio el cambio: social, cultural, político y económico. Más que presentarnos una narración de hechos históricos, su esfuerzo está en hacernos comprenden cómo esos hechos cambiaron el mundo y forjaron lo que llamamos "Historia contemporánea". Empezar a comprender los procesos de cambio social, político y cultural a lo largo de este periodo puede resultar fascinante. En especial me llamó la atención el capítulo sobre la conexión del mundo a través de las nuevas tecnologías (¡un mensaje podía ser enviado en sólo 5 minutos de Londres a Bombay a través del telégrafo!); las corrientes ideológicas en pugna y la influencia del pensamiento evolucionista en el desarrollo de las ideologías racistas y colonialistas; o el cambio del papel y el valor de las artes en la nueva sociedad burguesa, por mencionar algunos tópicos. Los últimos capítulos son muy útiles para comprender cómo Europa se precipitó hacia la guerra después de casi un siglo de paz y prosperidad. He ahí lecciones que se pueden aprender para el mundo contemporáneo. Curiosamente, de lo que más se me grabó fue que en el tiempo en que el autor escribe (la década de 1980) ya se hacían paralelismos entre esos días y los anteriores a 1914. Digo que es curioso porque esas mismas analogías se quieren trazar para estudiar la situación actual.


Ficción narrativa:

5.- Lo mejor de la ciencia ficción rusa de varios autores: Es fascinante echar un vistazo a la ciencia ficción soviética. ¿Es diferente a la tradición anglosajona? Sí, sí lo es, y de forma bastante notoria. Las diferencias se notan desde el primer relato de esta colección. La mayoría están inmersos en la cultura soviética: los científicos forman parte de instituciones de gobierno y su trabajo es siempre colaborativo (nada de genios que crean maravillas en el sótano de su casa gracias a su fortuna privada). Todos son aquí son "camaradas", sin importar cuán lejos en el tiempo nos encontremos. Pero sobre todo, los temas abordados me resultaron auténticamente novedosos. Nada de invasiones extraterrestres, robots con sentimientos o aventuras interplanetarias de las que hay ejemplos por centenas en la literatura anglosajona. Más importante aún, hay un verdadero deseo de especulación científica más o menos rigurosa: en cada relato se plantea un problema científico verosímil y se examina como experimento mental hasta sus últimas consecuencias.

4.- El barón rampante de Italo Calvino: Cosimo, hijo del barón de Rondò, no quiere un día comer el estofado de babosas que ha preparado su hermana. Escapa de casa y se sube a un árbol; jura jamás volver a bajar de él y cumple su palabra. Así empieza esta multifacética novela de Calvino, una historia no propiamente fantástica, pero sí con algo de realismo mágico, llena de peripecias fascinantes y personajes entrañables: la amistad con el bandido Gian dei Brughi, que se enamora de los libros al final de su vida; la correspondencia con los filósofos de la Ilustración, que forman poco a poco sus ideas; su romance con Viola, una mujer de extremada belleza, cuya crueldad emocional es sólo equiparable a la sinceridad de su amor. Desde su individualidad, Cosimo se acerca a la colectividad. A pesar de su condición de aristócrata y a pesar de vivir sobre los árboles, participa en la vida comunal de su pueblo; ayuda a apagar los incendios, colabora en la recolección de las cosechas y, finalmente, forma parte de una insurrección cuando la ola revolucionaria llega a tierras italianas. Es una novela muy hermosa, de ésas que me habría gustado leer más joven, de ésas cuyos sentimientos se quedan con uno durante días después de terminarla.

3.- El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad: Esta novela breve de Joseph Conrad trata del viaje de un hombre joven al Congo belga cuando acepta un trabajo como piloto de un vapor para navegar río arriba. Para él los sueños de aventura se convertirán en una odisea hacia el corazón de las tinieblas. Con una prosa increíble, evocadora de atmósferas y sentimientos sobrecogedores, Conrad hace un crudo retrato de los horrores del imperialismo europeo en África, y del ideal que lo justifica: grandiosas palabras, bonitos sentimientos y causas nobles, pero que en realidad, se trata de algo corrupto y decadente, una fuerza a favor de una barbarie incluso más brutal e inhumana de a que alega redimir a los pueblos del mundo. Pero no quiero hablar sólo de la novela, sino de la edición crítica de Norton, que es una maravilla. Para que tengan una idea, el texto de Conrad en sí consta de menos de 80 páginas. El resto de las más de 500 incluye una plétora de documentos fascinantes, entre textos contemporáneos para entender la cultura de la época, pasando por un compendio de cartas y ensayos del mismo Conrad, para finalizar con una colección de ensayos críticos y analíticos de la novela.

2.- El Conde de Monte-Cristo de Alejandro Dumas: Aquí tenemos un libro extraordinario en todos los sentidos. Es tanto una novela de aventuras que rayan en lo fantástico como una reconstrucción de los hechos históricos que marcaron el siglo XIX (en particular las Guerras Napoleónicas) y un retrato de la sociedad francesa en medio de la Revolución Industrial y transformándose hacia el capitalismo pleno. Es un relato personal que apela a los sentimientos más básicos de todo ser humano, pero también una novela profundamente política. Es por momentos una obra maestra e intemporal, y por otros una pieza cursi anclada en el más rancio de los romanticismos. Es un libro en el que aparecen duelos de honor, batallas en la lejana Grecia otomana y escenas sacadas de “Las mil y una noches”, pero en el que también juegan un papel importante los ferrocarriles, los telégrafos y las bolsas de valores; que por igual hace referencias al vampiro lord Ruthven como al banquero Rotschild. Apasionante, llena de suspenso, drama y sorpresas, es de esos libros que capturan al lector. Por momentos uno no sabe para dónde va la historia, hasta que después de cientos de páginas empieza a ver cómo todo va cayendo en su lugar, como si apareciera una hermosa pintura pieza por pieza frente a uno. Es uno de los mejores libros que he leído en años.

1.- El nombre de la rosa de Umberto Eco: Vuelvo a uno de los libros que marcaron mi vida, y a uno de mis autores favoritos, fallecidos en ese horrible 2016. Nadie lee dos veces el mismo libro, y más si han pasado casi 20 años. Ahora, después de haber aprendido un poco más de historia, de filosofía, de literatura, después de haber leído las otras obras de Eco y, sobre todo, después de haber leído a Borges, el libro se presentó ante mí como el increíble mosaico de filosofía, teología, teoría política, lógica y epistemología que es. Fray William de Baskerville, franciscano que es medio Sherlock Holmes medio William de Ockham, investiga una serie de crímenes inexplicables en una abadía del norte de Italia en el siglo XIV. Estos crímenes están de alguna forma conectados con un secreto que guarda la biblioteca de la abadía, una de las más grandes y ricas de la cristiandad. Al mismo tiempo, la abadía será la sede de un acalorado debate sobre la pobreza de Cristo, defendida por los franciscanos y repudiada por la Iglesia, que en realidad es sólo parte de la lucha de poder entre el papa de Aviñón y el emperador del Sacro Imperio Germánico. Exquisitas intertextualidades (desde el bestiario medieval hasta Conan Doyle; desde Santo Tomás hasta Borges), estimulantes diálogos sobre cuestiones filosóficas y políticas, y un fascinante retrato de la vida en la Edad Media, quedan envueltos en la trama de un relato policiaco extraordinario. El nombre de la rosa es un libro tan rico, con tantas aristas y niveles de lectura e interpretación, que puede ser leído muchas veces sin agotarse, y que mueve a reflexiones muy pertinentes para la vida actual. Por todas sus cualidades y porque no tiene desperdicio, le doy el primer lugar al que seguirá siendo uno de mis libros favoritos de toda la vida.


Para finalizar esta entrada, e iniciar bien un año que se plantea difícil y requiere de mucha reflexión y esfuerzo, les dejo estas palabras de Eric Hobsbawm, extraídas de su gran historia del siglo XIX:


viernes, 30 de diciembre de 2016

De la Primavera Democrática al Invierno Fascista



Cuando se haga un recuento de la historia de esta década, me imagino que se notará un fenómeno muy curioso, que quizá desde la distancia podrá explicarse mejor que ahora. Es que los dosmildieces iniciaron con una serie de movimientos de protesta prodemocráticos que se extendieron de un extremo a otro del globo, pero tiene pinta de querer terminar con un mundo más autoritario y violento. Iniciamos con una Primavera Democrática y ahora estamos entrando a un Invierno Fascista. ¿Qué fue lo que pasó? Tal vez un recorrido por la historia reciente nos ayude a aclararlo.

Parte I: La Libertad guiando al pueblo árabe



Todo empezó el 17 de diciembre de 2010, cuando Mohamed Bouazizi, un joven de 26 años desesperado, como muchos de su edad desde la gran recesión de 2008, por la falta de ingresos y oportunidades, se prendió fuego frente a los cuarteles de policía de Sidi Bouzid, una ciudad en Túnez. El país estaba gobernado desde 1987 por el presidente Zine El Abidne Ben Alí, quien encabezaba un régimen que favorecía la privatización por un lado y reprimía a la oposición política por otro. La autoinmolación de Bouazizi se convirtió en un símbolo de todo lo que estaba mal con el gobierno y la situación de Túnez, y en las próximas semanas estallaron protestas y motines por todo el país, pidiendo la renuncia del dictador.

Para sorpresa de todo el mundo, Ben Alí cayó en enero de 2011, y su partido político fue disuelto en marzo de ese mismo año. Túnez tuvo un cambio de régimen efectivo hacia una democracia constitucional y sigue siendo hasta la fecha el experimento más exitoso de esa oleada. La inspiración de Túnez llevó a que durante las semanas y meses siguientes los ciudadanos de otros países árabes se rebelaran contra sus respectivos dictadores: Hosni Mubarak en Egipto, Muammar Al Gaddafi en Libia y Bashar Al Assad en Siria.

Los movimientos de protesta se extendieron desde Marruecos en el extremo oeste, hasta Irak en el este y fueron bautizados por los medios occidentales como la Primavera Árabe. Tomaron por sorpresa a jefes de Estado y analistas de todas partes y pusieron de manifiesto el poder de las redes sociales como herramienta del cambio social. Pues en efecto, aunque hubo personas de todas las edades y orígenes sociales en estos movimientos, estuvieron protagonizados por jóvenes en sus veintes y treintas, clasemedieros, educados, con valores liberales y con acceso a Internet, que usaron medios como Facebook y Twitter para organizarse, difundir información y denunciar los abusos cometidos por unos gobiernos que hasta entonces habían prestado poquísima atención a las redes. Estos jóvenes pedían respeto a los derechos humanos, elecciones libres, acabar con el autoritarismo y soluciones a los problemas económicos.

Pero si la caída de Ben Alí, y la de Mubarak poco después, tomaron desprevenidos tanto a los regímenes dictatoriales como a sus aliados occidentales, éstos no estarían dispuestos a dejar que se extendiera el efecto dominó. Mubarak intentó censurar Internet, pero ya era demasiado tarde. No así para Gaddafi y para Al Assad, quienes no vacilaron en hacer uso de la fuerza letal para reprimir las protestas. Mientras tanto, las potencias occidentales, deseosas de asegurarse que estos acontecimientos tomaran el rumbo conveniente, cambiaron su discurso, y si meses antes se deshacían en alabanzas a los dictadores en cuestión y los saludaban como sus aliados, ahora los habían convertido en enemigos a los que la defensa de la libertad demandaba eliminar. Así, al tiempo que la violencia represora era respondida con violencia insurgente y los movimientos de protesta daban lugar a guerras civiles, una coalición encabezada por Estados Unidos, Reino Unido y Francia (con el beneplácito de Rusia y China), bombardearon a la Libia de Gaddafi en apoyo a los rebeldes. El dictador huyó de su capital y murió a manos de fuerzas enemigas en octubre de 2011.

En Siria la situación fue similar, pero diferente. La Rusia de Vladimir Putin respaldó al gobierno de Al Assad y junto con China usó su poder de veto en la ONU para impedir una intervención en el país. Los Estados Unidos optaron por operar más o menos “bajo el agua”, pues ha sido un secreto a voces que el país ha dado recursos y armas a los rebeldes que se oponen al régimen.

Durante décadas la política de las potencias occidentales en algunos países de Medio Oriente había sido apoyar a dictadores militares, pero laicos, para mantener a raya al fundamentalismo islámico. Y si bien Gaddafi y la familia Al Assad había tenido ciertas pretensiones socialistas al inicio de sus mandatos, después de la Guerra Fría tal fachada había sido dejada de lado. De ahí que personajes como Hillary Clinton y Nicolás Sarkozy no escatimaran halagos hacia estos autócratas apenas meses antes del inicio de las protestas. Pero el vacío de poder dejado por la caída de los dictadores permitió el regreso de los islamistas.

En Egipto, las primeras elecciones democráticas dieron el poder a los Hermanos Musulmanes con un gobierno encabezado por Mohamed Morsi. El nuevo régimen se sintió con la vía libre para imponer su visión religiosa y trató de hacer un giro radical hacia el islamismo que resultó intolerable en un país tradicionalmente laico. Nuevas protestas estallaron y en junio de 2013 el ejército intervino para deponer a Morsi. En su lugar fue establecido el gobierno autoritario de Abdel Fattah el-Sisi, miembro del mismo régimen militar que encabezaba Hosni Mubarak. Excepto por una insurrección yihadista en el Sinaí, la situación en el país del Nilo se ha estabilizado, pero a costa de un regreso parcial a los tiempos de Mubarak.

El vacío de poder en Libia también abrió el camino a una guerra civil que continúa, lo cual a su vez ha provocado intervenciones más recientes por parte los Estados Unidos, quienes actualmente bombardean posiciones en el país, tratando de contener el avance de grupos yihadistas. Junto a Siria y Libia, Yemen sufre otra guerra civil que igualmente se ha internacionalizado.

Lo que nos lleva al Estado Islámico. Surgido como una escisión de Al Qaeda, el Dáesh (por sus siglas en Árabe) existía ya desde antes de la invasión de los Estados Unidos a Irak en 2002. Ésta dejó un caos generalizado que el grupo terrorista aprovechó para crecer y hacerse de poder, capitalizando el sentimiento antiamericano que se difundió entre los países árabes debido a la “guerra contra el terror” de la administración Bush. Pero fue la guerra civil en Siria la que creó el ambiente propicio para que el Dáesh irrumpiera en la escena internacional. Así, en Siria de pronto teníamos tres bandos: el gobierno de Bashar Al Assad apoyado por Rusia e Irán, los rebeldes apoyados por Estados Unidos, Europa y los países del Golfo Pérsico, y en tercer lugar, Dáesh, aterrorizando a todos.

Esto nos lleva al momento actual. El resultado de la Primavera Árabe fue, por un lado, una transición democrática exitosa en Túnez y algunos cambios constitucionales hacia una mayor apertura en países como Marruecos, Argelia y Jordania. Por otro, el regreso del autoritarismo y un futuro incierto en Egipto, sendas guerras civiles en Libia, Siria, Yemen e Irak, y el espectacular ascenso del Estado Islámico, una hidra que extiende sus cabezas por todo el mundo musulmán y que ha llegado a vulnerar a Occidente.

Parte II: Okupa el mundo



En Europa y Norteamérica se vivían todavía las consecuencias de la gran recesión de 2008. Ya entonces se registró el primer antecedente a la gran oleada de movimientos de protesta que vendría después. El escenario sería Grecia, donde en diciembre de aquel año el asesinato de Alexandros Grigoropoulos a manos de la policía desencadenó motines que llegaron a la violencia. Brotes que estallaban y luego se desvanecían han aparecido de forma intermitente en el país helénico desde entonces todos los años.

Otro antecedente se daría en Islandia, país que entre octubre de 2008 y enero de 2009 se vivieron protestas contra el gobierno nacional, al que se le acusaba de corrupción y de favorecer a las empresas y bancos por encima de la ciudadanía. El primer ministro islandés, Geir Haarde, renunció y se convocó a elecciones. La “revolución de las cacerolas”, porque los manifestantes usaban utensilios de cocina para hacer ruido durante las protestas, se consideró un éxito, pues llevó a referendos ciudadanos y cambios constitucionales de forma pacífica.

La gran oleada de protestas masivas iniciaría en 2011. En marzo, manifestaciones contra las medidas de austeridad en respuesta a la crisis económica se llevaron a cabo en el Reino Unido y en Portugal. Pero fue España en mayo de ese año, con la acampada en la Puerta del Sol de Madrid, que los movimientos se proyectaron internacionalmente. En junio estallaba el movimiento estudiantil chileno en contra del gobierno de Sebastián Piñera, y en septiembre inició el Occupy Wall Street en Estados Unidos, con su epicentro en Nueva York, pero que se extendió rápidamente por todo el país y se convirtió en el más grande de su tipo.

La universalidad de un sentimiento de indignación ante el statu quo y de esperanza de un futuro mejor quedó patente el 15 de octubre de aquel año, cuando se organizó una magna protesta global que se replicó en 900 ciudades de 80 países. En invierno la ola llegó hasta Rusia, donde se protestó contra la corrupción del régimen de Vladimir Putin y unas elecciones a las que se tachó de fraudulentas. Fue tan contundente la oleada de protestas globales, que alcanzaron hasta China y la India, y la revista Time tuvo en su portada como persona del año 2011 a los manifestantes.

En mayo de 2012 inició en México el movimiento Yo Soy 132, en contra de lo que se percibía como una colusión de los poderes fácticos para asegurar el triunfo de Enrique Peña Nieto y el PRI en las próximas elecciones presidenciales. Al mismo tiempo, en Canadá se daba un movimiento estudiantil contra el gobierno conservador de aquel entonces. En 2013 hubo protestas en Brasil con el llamado Otoño Carioca, en contra de los gastos gubernamentales para la organización del Mundial de Futbol y las Olimpiadas. Los manifestantes consideraban que había necesidades populares más urgentes que atender. Por esos mismos días se daba también la Primavera Turca, en la que una parte de la población se manifestó contra el gobierno autoritario, represivo y ultraconservador de Recep Tayyip Erdoğan.

En 2014 hubo movimientos de protesta en Tailandia, Taiwán y Hong Kong. En este último, la Revolución de las Sombrillas, buscaba mantener la autonomía de la isla y su estructura democrática ante la creciente injerencia autoritaria desde China. En Estados Unidos surgió Black Lives Matter como respuesta a los asesinatos de afroamericanos civiles a manos de la policía, y que ha llevado a una amplia discusión sobre temas raciales en ese país; en México los movimientos de protesta se vieron revitalizados tras la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa; en Venezuela el movimiento SOS se alzaba contra la carestía, la corrupción y el autoritarismo del régimen de Nicolás Maduro, y en Ucrania las protestas del movimiento Euromandian, que habían iniciado en noviembre de 2013, llegaban a un punto álgido en febrero y derribaban al gobierno de Viktor Yanukovych.

Dichos movimientos fueron muy plurales y diversos, descentralizados y horizontales. Tenían mucho en común con la Primavera Árabe -de hecho, tomaron inspiración de ésta-, en particular que sus protagonistas fueron jóvenes, clasemedieros y educados que hicieron uso extensivo de las redes sociales y reivindicaban la ocupación de los espacios públicos (de ahí los nombres de muchos movimientos: Okupa, con K anarquista).

Pero si en el mundo árabe había regímenes dictatoriales muy concretos contra los que se estaba actuando, el “enemigo” en Occidente era vago y difuso. La percepción era que las élites gobernantes, los partidos de siempre (usaran colores de izquierda o derecha), la casta política, o como quisiera llamárseles, eran corruptos y gobernaban para beneficio de los bancos, las corporaciones, las trasnacionales y en general para las élites económicas locales y del mundo. El rescate de las instituciones financieras por parte de los gobiernos tras la recesión de 2008, mientras se dejaba a los ciudadanos normales sufrir desempleo, desahucios y acceso bloqueado a los servicios de salud y educación, se consideraba una traición.

Los movimientos congregaron a una gran diversidad de grupos con distintas agendas y objetivos, pero todos eran de una u otra forma antisistémicos: desde socialdemócratas hasta anarquistas, desde feministas hasta ambientalistas, y desde personas muy lúcidas que en entrevistas ofrecían una comprensión muy clara de la situación y de los objetivos de las protestas, hasta teóricos de la conspiración que exigían que los gobiernos revelaran la verdad sobre los extraterrestres.

En general se clamaba por una “democracia real”. Las definiciones sobre lo que constituiría tal democracia son variadas y contradictorias, pero en una cosa estaban de acuerdo: las democracias burguesas contemporáneas estaban al servicio de grupos privilegiados y no de la ciudadanía. El sentimiento general era que el destino de las personas comunes no estaba en sus propias manos sino en la arbitrariedad de dictadorzuelos, políticos corruptos y corporaciones con demasiado poder. Algunos experimentos de participación ciudadana y democracia directa fueron llevados a cabo, desde las asambleas de barrio en España hasta el debate presidencial ciudadano organizado por el Yo Soy 132 en México.

Estos movimientos se fueron apagando y diluyendo con el tiempo: las acampadas, marchas y convocatorias no podían mantenerse indefinidamente. El debate se trasladó de las calles de vuelta a los medios y redes sociales. Algunas de las personas que participaron en ellos después se integrarían poco después a la dinámica de la política partidista.

El invierno fascista



¿Cómo se dio el giro desde las oleadas revolucionarias hacia el panorama actual? La crisis económica de 2008 generó un descontento social profundo y un desencanto con las clases gobernante en distintos países en todo el mundo. Pero si por un lado, esto ocasionó movimientos antisistémicos basados en la esperanza de un cambio y en ideales de igualdad y libertad, por el otro creó la situación de inseguridad propicia para que los demagogos culparan a los chivos expiatorios usuales. Sí, la élite política era la culpable, pero porque había abandonado a los “verdaderos ciudadanos” del país en cuestión para ayudar a los inmigrantes, a las minorías, a los aliados de otros países, a la Unión Europea o a la OTAN. Se identificó a los expertos, ya fuera en cuestiones económicas, políticas o científicas, como parte de esa élite corrupta y decadente, a la que no valía la pena escuchar porque estaba ajena a las necesidades de la gente de a pie (cuyo “sentido común” era más confiable que el conocimiento profesional).

Es decir, mientras se desarrollaban los movimientos populares progresistas e incluyentes, en relativo silencio emergían grupos demagógicos, reaccionarios, nacionalistas, autoritarios y violentamente discriminatorios; si por un lado surgían un Occupy Wall Street y un Bernie Sanders, por el otro ascendió un Tea Party y un Donald Trump, tan rápidamente, tan inverosímilmente, que cuando nos dimos que esto no era una payasada sino un peligro real ya era demasiado tarde.

La guerra civil siria, con la subsecuente oleada de emigrados de Medio Oriente hacia Europa, y el ascenso del Dáesh, contribuyeron a exacerbar los sentimientos xenófobos e islamófobos -en particular tras los ataques terroristas en el Viejo Continente-,  que han sido aprovechados por partidos políticos de ultraderecha, desde el Frente Nacional en Francia y el Partido por la Independencia del Reino Unido, hasta la candidatura de Donald Trump en Estados Unidos. La misma crisis ha sido aprovechada por el gobierno de Erdoğan en Turquía, que ha endurecido el autoritarismo, la violencia contra los kurdos y la represión contra sus opositores políticos, especialmente después del fallido golpe de Estado de este 2016.

El triunfo del movimiento Euromaidan en Ucrania, apadrinado por diplomáticos estadounidenses y europeos, era visto como una amenaza para la Rusia de Putin, pues significaba la posibilidad de que la Unión Europea incluyera al país vecino y con ello llegara hasta las fronteras de la misma Rusia. Mientras los Estados Unidos y Europa apoyaban a los manifestantes, Putin apoyó al gobierno y a organizaciones de ultraderecha, incluyendo grupos de choque noenazis que violentaban a los manifestantes. Finalmente, Rusia invadió Ucrania en febrero de 2014 y se anexó la península de Crimea (apoyado por la fuerte presencia de grupos rusófilos en la región), punto de estrategia vital tanto para la defensa de Rusia como para las ambiciones expansionistas de Putin.

En respuesta a la propaganda que desde Occidente exacerbó las protestas contra su gobierno entre 2011 y 2013, Rusia ha fortificado su propio aparato de propaganda y sus influencias. Con el propósito de debilitar las coaliciones de sus rivales en Occidente, en particular a la OTAN y a la Unión Europea, ha apoyado a organizaciones de ultraderecha y movimientos euroescépticos. De ahí el financiamiento de Putin al Frente Nacional y su intervención inaudita en el proceso electoral que dio el triunfo a Donald Trump.

Las filtraciones de WikiLeaks a finales de 2010 contribuyeron al estallido tanto de la Primavera Árabe como de los movimientos Okupa. Junto con las ulteriores revelaciones de Edward Snowden sobre el aparato de vigilancia online estadounidense (que el gobierno de Obama llevó a niveles insólitos) y las acciones de Anonymous a nivel internacional (que dieron apoyo a las revueltas), parecían anunciar el futuro de una mayor vigilancia por parte de la ciudadanía hacia los gobiernos y poderes fácticos a través de Internet y con ayuda de los hacktivistas. Sin embargo, la persecución del gobierno de Obama a estos actores a llevó algunos de ellos a los brazos de Rusia. Julian Assange, de por sí con personalidad ególatra y paranoide, nunca hizo las prometidas filtraciones que revelarían la suciedad de los gobiernos de China y Rusia, y ha sido acusado por Estados Unidos de colaborar con Putin para amañar las elecciones de Estados Unidos, enfocando sus ataques a Hillary Clinton, quien como canciller ameriacana había hecho énfasis en la persecución contra el australiano. Si estas acusaciones son ciertas o Assange está siendo usado como chivo expiatorio por el establishment centrista estadounidense, que se niega a ver las razones de su derrota en el propio agotamiento de su sistema, queda por verse.

En América Latina también se ha apreciado un giro hacia la derecha, tras el agotamiento de varios experimentos de izquierda, que en la Venezuela de Chávez y Maduro acabó en desastre, mientras que en Argentina y Brasil terminó en escándalos de corrupción (y el regreso de la derecha más reaccionaria, misógina y racista). Es a la sombra de esa reacción conservadora que los movimientos de corte fascistoide pueden florecer, especialmente ante el crecimiento de grupos religiosos de línea dura, protestantes y católicos, cuya influencia se ha dejado sentir en la victoria del “No” en el referendo sobre la paz en Colombia y la aparición del Frente Nacional por la Familia en México.

Estos son sólo algunos factores que explican el resurgimiento y empoderamiento de la ultraderecha en Occidente, de lo cual el triunfo del Brexit en el Reino Unido, del “No” a la paz en Colombia, y de Donald Trump en los Estados Unidos son sólo tres de los ejemplos más notorios de este 2016. Estos grupos tienen en común una vena autoritaria y antiintelectual, a menudo relacionada con el fundamentalismo religioso, y niegan la ciencia que no respalde sus posturas ideológicas; son ferozmente nacionalistas y xenofóbicos, se oponen a la inmigración y a menudo son abiertamente racistas; se manifiestan en contra de la integración global y de la coexistencia de diferentes culturas; desprecian el feminismo y los movimientos por la diversidad sexual; tienen poco respeto por la verdad y los hechos, predican teorías conspiratorias y echan mano de desinformación transmitida a través de las redes sociales.

El futuro inmediato pinta oscuro, pero no olvidemos que la generación que participó en la Primavera Global no se ha ido a ningún lado ni ha cambiado de colores. Los votantes de los nuevos movimientos de ultraderecha son casi siempre miembros de generaciones mayores. Por ejemplo, los Millennials votaron abrumadoramente en contra del Brexit, y en las primarias le dieron más votos a Bernie Sanders que a Clinton y Trump juntos. Constituyen la generación mejor educada, más diversa y cosmopolita, y menos religiosa y nacionalista de la historia. Las protestas que encabezaron no habrán logrado cambios espectaculares en la sociedad, pero pusieron sobre la mesa de discusión temas importantísimos que habían estado siendo dados por sentado como parte del orden natural de las cosas (como la penetración de las corporaciones en los gobiernos) y marcaron el debut en la vida pública y la experiencia histórica de toda una generación, misma que en pocos años empezará a ocupar puestos de poder e influencia. Estoy seguro de que a esta generación le  tocará combatir la oleada de fascismo que viene. Esperemos que esté a la altura de tan formidable enemigo.


POSDATA: Llevo años recopilando información al respecto. Tengo una colección de enlaces como referencias a todo lo anterior en mi blog, aquí.

viernes, 23 de diciembre de 2016

Las rebeliones se fundan en la esperanza



Rogue One, la primera película de Star Wars que no forma parte de los Episodios (si descontamos las ahora apócrifas películas de los Ewoks) cerró un año lleno de secuelas, refritos y adaptaciones de cómics y videojuegos. ¿Cómo justifica su existencia la octava película de una saga que ha estado presente desde 1977? ¿Corremos el riesgo de que Star Wars, uno de los íconos más grandes de la cultura pop del siglo XX, se convierta en algo rutinario, como el Universo Cinemático de Marvel, que cada año nos entrega dos o tres capítulos entretenidos pero irrelevantes? Bien, yo creo que esta cinta se justifica porque Rogue One no sólo es, a mi criterio, la mejor película de Star Wars desde la Trilogía Original, sino que es justo la que esta generación necesita.

La comparación con El despertar de la Fuerza es inevitable, y tengo que empezar por decir que aunque el Episodio VII me gustó bastantito, tampoco me entusiasmó mucho que digamos. Es demasiado igual a Una nueva esperanza, está llena de agujeros argumentales (“misterios” innecesariamente crípticos, propios del creador de Lost) y, sobre todo, al plantear que nuestros personajes siguen haciendo más o menos lo mismo en un escenario casi idéntico 30 años después, vuelven irrelevante todo lo que pasó en la Trilogía Original, todas las luchas, las victorias y los sacrificios.

Rogue One, en cambio¸ nos cuenta una historia importante. Quizá no imprescindible: realmente no necesitamos saber cómo los rebeldes se robaron los planos de la Estrella de la Muerte, pero vaya que nos gustaría saberlo.[1] Así, en vez de expandir innecesaria y artificialmente una historia que ya estaba concluida (la nueva trilogía), o de desperdiciar con una narrativa torpe la oportunidad de conocer un pasado que sí era relevante (la trilogía de precuelas), Rogue One nos coloca en tiempos de la saga original, para mostrarnos aspectos poco explorados de un universo inmenso lleno de posibilidades.



Lo que hace Rogue One para los fans de Star Wars es precisamente eso: mostrarnos otra cara de algo que ya conocíamos y amábamos. Nos muestra la Guerra Civil Galáctica ya no desde el punto de vista de la princesa y el caballero Jedi, de los Sith y los altos oficiales del Imperio, sino desde el ángulo de los rebeldes anónimos, esos que veíamos morir sin gloria en las batallas de Yavin, Hoth o Endor. Rogue One baja a Star Wars al nivel de la calle, literalmente, y nos muestra que la guerra siempre es un asunto sucio, en que hasta “los buenos” se ven obligados a llevar a cabo acciones moralmente cuestionables, y en que los inocentes pueden quedar atrapados en el fuego cruzado. La realización de las secuencias de batalla parecen salidas de películas bélicas y de inmediato traen a la mente nombres como Vietnam o Irak, y he allí uno de los más grandes aciertos de la dirección de Garreth Edwards.

Visualmente, recupera la estética de la Trilogía Original (aunque, para ser justos, eso ya lo había hecho El despertar de la Fuerza). De nuevo estamos en una Galaxia en la que se ven las huellas de décadas, siglos y milenios de historia, expandiéndose mucho más allá de lo que actualmente nos están narrando; ahí están las ciudades atestadas y las grandes extensiones con apenas algunos habitantes; mundos en la que la tecnología, los edificios y la indumentaria de los personajes, en su suciedad y su imperfección, crean la ilusión de vida, de que en este mundo se ha vivido, se ha luchado, se ha padecido o triunfado, en contraste con el aspecto flamante, pulcro y estéril de la trilogía de precuelas.

¿La gran debilidad de Rogue One? Sus personajes. Planos, poco dibujados, sin un arco que nos permita verlos evolucionar. Con cierta simpatía, pero sin mucho carisma, ni mucha química entre ellos tampoco. Es una novedad y un progreso que la protagonista sea una mujer, pero hasta Jyn Erso (interpretada por Felicity Jones) es el cliché del personaje sufrido que ha caído en el cinismo y que redescubre el significado de la vida al entregarse a una causa noble. Hasta el villano principal es bastante blandengue, pero bueno, igual es que está a la sombra de un inesperado Tarkin y de un glorioso Darth Vader. Quizás el personaje más memorable de la cinta sea el cáustico droide K-2SO, interpretado por Alan Tudyk.

Sin embargo, creo que esa debilidad queda compensada porque me parece que la intención de la cinta no es tanto caracterizar a cada personaje individual sino darnos un retrato de la Rebelión en su conjunto: así vemos a los “radicales” de Saw Gerrera (Forest Withaker) que no temen usar métodos drásticos, pero efectivos, para enfrentarse al Imperio; al temerario Cassian Andor (Diego Luna), que hace el trabajo sucio de la Rebelión; al desertor Bodhi Rook (Riz Ahmed), que ha visto demasiados horrores y busca la redención; a los restos de la antigua religión Jedi, el cínico Baze Malbus (Jian Wen) que ha perdido la fe, y su camarada Chirrut Îmwe (Donnie Yen) que se aferra a ella. La próxima vez que vean Una nueva esperanza, al aparecer en pantalla el texto inicial, notarán que ahora tiene una mayor carga emotiva. El Imperio es aún más aborrecible, la Estrella de la Muerte es aún más aterradora, y los sacrificios que han sido necesarios para que al final, rayando, Luke Skywalker logre destruirla, hacen esa victoria todavía más significativa. En otras palabras, Rogue One enriquece la saga de Star Wars.



Pero aunque esta cinta está llena de referencias y conexiones a las películas originales y al Universo Expandido (chequen los cameos de los personajes de la serie Rebels), la película es perfectamente disfrutable para los no iniciados. Incluso me parece un excelente primer acercamiento a la saga, si tienen alguna amistad que no sepa nada de ella.

Sobre todo, Rogue One es, como dije al principio la película de Star Wars que esta generación necesita (y que, sin saberlo, yo había deseado ver durante años). En un ambiente en el que crece el odio y el autoritarismo gana terreno, nos presenta la lucha de un grupo de marginados (los personajes principales pertenecen a alguna minoría étnica y están liderados por una mujer), contra una tiranía fascista compuesta por militares que son hombres blancos. Los mismos escritores de la cinta, Chris Weitz y Gary Whitta, tuitearon al respecto el mismo día de la victoria de Donald Trump en los Estados Unidos, y la relevancia política de esta cinta quedó de manifiesto cuando los blancos supremacistas de la alt-right llamaron a un boicot en su contra por considerarla “propaganda feminista y racismo contra los blancos”.

Rogue One, la película más adulta y sombría desde El Imperio contraataca, la que no tiene mascotas adorables para vender a los niños ni historias de amor forzadas, es la que esta generación necesita porque nos recuerda que las revoluciones se fundan en la esperanza, esperanza de que no serán en vano los sacrificios de quienes no vivirán para ver la victoria, esperanza de que la tiranía puede ser derrotada y un mundo mejor puede construirse, esperanzas que pueden derrotar a la apatía y al miedo.





[1] En el Universo Expandido había toda una serie de historias “oficiales”, a menudo contradictorias, sobre cómo habría sucedido esto. Ninguna es tan buena o tan interesante como Rogue One

jueves, 15 de diciembre de 2016

El complejo de Galileo



La historia es bien conocida por cualquier escolapio: Galileo Galilei, gran científico italiano del Renacimiento e inspiración para los coros de Bohemian Rapsody, anunció ante el mundo que, plot twist! la Tierra se mueve alrededor del sol, como ya había dicho Copérnico, y no al revés, como decían todos los demás. Pero Galileo se enfrentó al fundamentalismo religioso de aquella época y la Santa Inquisición lo invitó a retractarse porque aquello del heliocentrismo contradecía a las Sagradas Escrituras y hacía llorar al niño Jesús, no fuera a ser que se vieran obligados a darle el mismo trato que a Giordano Bruno y quemarlo vivo con todo y sus libros.

La historia se plantea no sólo como una oposición entre la ciencia y las creencias religiosas, sino además como una lucha entre el individuo capaz de pensar con autonomía y una sociedad que lo persigue y reprime por no ajustarse a los mandatos del rebaño. Esto último ha sido fuente de inspiración para algunas personas que sienten que ocupan en la actualidad el sitio de Galileo: genios perseguidos porque la masa insensata no soporta que le lleven la contraria. Ahí tienen a toda clase de charlatanes, magufos o simplemente gente muy confundida que no sabe lo que dice, segurísima de que si sus locas ideas no han encontrado el apoyo de la comunidad científica es porque son los Galileos modernos. Y he ahí el problema.

Creacionistas, negacionistas del cambio climático, antivacunas y proponentes de medicinas alternativas, inventores de máquinas de energía infinita y movimiento perpetuo… Todos gustan presentarse a sí mismos como Galileos de hoy, enfrentándose al establishment científico, rebeldes que han encontrado una verdad incómoda y a quienes los poderosos están tratando silenciar. Después de todo, si la ciencia del siglo XVII estaba equivocada mientras que Galileo estaba en lo correcto, tal vez la ciencia actual está equivocada y estos valerosos insurgentes tienen la razón, ¿no?

No, en realidad no. Para empezar ahí hay una falacia de asociación:

·         X es A y B
Y es A
Por lo tanto, Y es B

·         Galileo fue perseguido y tenía la razón
Yo soy perseguido
Luego, yo tengo la razón

Pero pos no: el que “persigan” (que es más bien, ninguneen, critiquen, refuten, ignoren o ridiculicen) a alguien por sus ideas no significa que esa persona tenga la razón, pero ni de pedo. Todavía tiene que demostrar  que tiene la razón, y el caso es que estos “rebeldes” no han logrado demostrar nada. A veces se ríen de alguien porque lo que dice es risible.



Pero sobre todo, hay algunas diferencias grandes e importantes entre la historia de Galileo y la de estos modernos enemigos de la ciencia, y la principal es que Galileo no se estaba enfrentando al consenso científico sino al dogma religioso

En tiempos de Galileo el pensamiento estaba dominando por el dogma católico y una corriente filosófica conocida como Escolástica. Los escolásticos rechazaban la experimentación, la observación y la comprobación, y creían que solamente basándose en lo que habían dicho las autoridades (la Biblia, Aristóteles, los padres de la Iglesia) y aplicando la lógica rigurosa se podía llegar a conclusiones firmes.

Galileo Galilei fue uno de los principales protagonistas de la Revolución Científica, y uno de los que más aportó al desarrollo del método científico moderno, que antes de su tiempo prácticamente no existía. Las observaciones de Galileo, junto con sus precisos cálculos matemáticos, demostraban que la Tierra giraba alrededor del sol.

Los clérigos y filósofos de tiempos de Galileo, en cambio, tenían solamente las sentencias de las autoridades, a partir de las cuales querían llegar a conclusiones sobre casos particulares pero a las que no se podía cuestionar. Varios de ellos incluso se negaron a mirar por el telescopio las lunas de Júpiter que Galileo había descubierto. El dogma decía que los cuerpos celestes eran siete[1], un número sagrado, y no se podía contradecir el dogma, viera lo que se viera con el dichoso aparatejo. La Biblia, en el libro de Josué, daba a entender que el Sol se mueve alrededor de la Tierra, y no se puede cuestionar a la Biblia. Es decir, por un lado Galileo tenía pruebas y datos, y por el otro sus perseguidores tenían dogmas y choros (y el poder político para imponer su versión de la verdad).



Ahora sucede al revés: el consenso científico tiene las pruebas, datos y evidencias, mientras que los negacionistas de la ciencia tienen falacias argumentales, verdades a medias y dogmas religiosos o ideológicos. Los negacionistas son repudiados y ridiculizados por la comunidad científica porque sus hipótesis tienen todas las evidencias en su contra. Estos individuos quieren equiparar el consenso científico al dogma religioso, señal de que no habría que tomarlos en serio cuando hablan de ciencia.

Apelar al consenso científico no equivale a hacer una falacia ad populum, porque el consenso no se logra nada más juntando a todos los científicos para que digan qué opinan y que gane el que tenga más votos, sino a través de la elaboración y replicación de experimentos, recopilación de datos, revisión por pares, estudios, análisis y meta análisis, comprobaciones y refutaciones.

Por supuesto, la cosa escala bastante rápido para los negacionistas de la ciencia: si todas esas instituciones científicas alrededor del mundo están de acuerdo en algo, no puede ser porque hayan llegado a las mismas conclusiones mediante estudios rigurosos, sino porque todos son parte de la misma conspiración, dominada por el heterocapitalismo global integrado, los sabios de Sión, el Nuevo Orden Mundial, el marxismo cultural o vaya usted a saber qué locura. O sea, que para justificar por qué las personas que mejor conocen del tema no toman en serio sus debrayes, se inventan una justificación aún más masiva e inverosímil que abarca a miles de personas alrededor del mundo y contra la cual ellos se presentan como una heroica resistencia (formada por líderes religiosos, políticos de carrera y CEOs de grandes corporaciones, todos unos underdogs).

Sí puede darse el caso de que un equipo de científicos[2] haga un descubrimiento que ponga en entredicho lo conocido hasta entonces por la ciencia. En esos casos, el escepticismo no sólo es natural, sino muy sano, y nada tiene que ser aceptado de buenas a primeras a menos que se demuestre con el mayor rigor posible, máxime si contradice lo que ya está bien establecido. “Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias” decía sensei Carl Sagan. Lo cierto es por cada genio que en un principio fue puesto en duda porque sus ideas eran muy radicales, hay cientos de miles de charlatanes y chiflados cuyas ideas se rechazan porque son absurdas.

Claro, los científicos no son menos proclives a los errores de juicio que cualquier otra persona, y pueden aferrarse a ideas erróneas por costumbre o por ideología, y hasta rechazar el trabajo de otros o falsear el propio por ambición personal. Es para eso que la ciencia tiene mecanismos de autocorrección y verificación: tarde o temprano la verdad se impone. Ni el poder de la industria tabacalera pudo detener de forma definitiva la ciencia que demostraba que fumar causa cáncer y adicción. Por eso los negacionistas de la ciencia no debaten con los científicos de verdad, sino que apelan a la ignorancia de los legos y halagan su “sentido común” para convencerlos de que los científicos o no saben nada o forman parte de una conspiración para ocultar la verdad.



La falacia de Galileo puede ser muy peligrosa porque es capaz de engatusar a muchas personas y, si logra engañar a las suficientes, la fuerza de sus números puede contrarrestar la influencia de los expertos y, mediante el poder del voto o la presión social, echar para atrás los esfuerzos que deberían hacerse guiados por el mejor conocimiento científico disponible. Como en Estados Unidos, donde con la victoria de Trump han llegado los creacionistas y negacionistas del cambio climático al poder. En ese caso sí nos encontraremos ante un escenario digno de tiempos de Galileo: una gran masa confundida e iracunda, que se ha dejado manipular por el halago y el miedo, dirigida por un grupo que ostenta el poder político y económico, reprimiendo o ninguneando a una minoría que posee el conocimiento científico. Y eso da miedo, mucho miedo.

Sólo para que lo tengamos muy claro:

·         La evolución es un hecho.
·         Las vacunas no causan autismo.

Más sobre la falacia de Galileo:

·         RationalWiki: Galileo Gambit




[1] El Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, que son visibles a ojo pelón. Los demás planetas, planetoides y satélites sólo podían ser vistos mediante el telescopio.
[2] Eso de los científicos solitarios que trabajan en el sótano de sus casas es de caricaturas y cómics. La ciencia es una actividad colectiva y social, y los descubrimientos los hacen equipos que trabajan en instituciones (públicas o privadas).

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails