jueves, 15 de noviembre de 2018

Dioses y Monstruos. Parte I: Mary





El 30 de agosto de 1797 fue un día muy triste. Mary Wollstonecraft daba a luz a la hija que había concebido con William Godwin. Pero la madre enfermó rápidamente de complicaciones posparto y la hija parecía demasiado pequeña y débil como para sobrevivir. Wollstonecraft, en efecto, falleció a los pocos días, dejando a una hija huérfana, a un esposo viudo e inconsolable, y a una bebé que parecía que la seguiría a la tumba poco después. Sin embargo, la bebé vivió para convertirse en una de las más grandes escritoras del Romanticismo, autora de uno de los mitos modernos más influyentes de la cultura occidental: Mary Wollstonecraft Godwin Shelley, creadora de Frankenstein.

Publicada en 1818, Frankenstein o el moderno Prometeo, está cumpliendo 200 años de edad. Para celebrarlo, he aquí una serie de textos sobre la autora, su monstruo y la duradera influencia que ha dejado en nuestra cultura. Brindemos, pues, por un nuevo mundo de dioses y monstruos.

Mary Wollstonecraft fue una de las más notorias pensadoras de la Ilustración inglesa y precursora del feminismo con su Vindicación de los derechos de la mujer. Personaje fascinante y digno de admiración, fue una mujer fuerte que desde muy joven se encargó de sus hermanas menores, se atrevió a vivir sola y trabajar en un mundo que esperaba que las mujeres pasaran del hogar del padre al del marido; fue educadora, fundó escuelas, visitó la Francia de tiempos de la Revolución, se enfrentó a intelectuales de la talla de Edmund Burke y fue condenada por sus ideas sobre la igualdad de los sexos y la necesidad de una educación racional. Se decía que sus enseñanzas serían la destrucción de la sociedad inglesa, pero fueron la inspiración de generaciones siguientes.

William Godwin era considerado también un radical peligroso. Abiertamente ateo en un mundo en el que serlo equivalía a ser considerado una bestia inmoral, escribió Justicia política, uno de los textos precursores del anarquismo moderno. Godwin rechazaba la institución del matrimonio, junto con otras convenciones sociales. Él y Mary Wollstonecraft empezaron como amantes, y sólo se casaron cuando ella quedó embarazada. Verán, aunque ambos pensaban que el matrimonio era un atavismo que sólo oprimía a las mujeres, sabían también que una madre soltera era vulnerable en un mundo tan sexista. Mary lo sabía muy bien: ella tenía una hija, Fanny, de una relación anterior. Así que William y Mary se casaron en una modesta ceremonia, y él adoptó a la pequeña Fanny como su hija.

Mary Wollstonecraft y William Godwin

Estos extraordinarios seres eran los progenitores de la pequeña Mary. Su madre, aunque nunca tendría conversaciones con ella, la educaría a través de sus obras y sería una enorme influencia en su forma de pensar y sus decisiones de vida. Godwin la educó para reverenciar a su madre, y hasta le enseñó a leer en la inscripción de su tumba. Crecida en la casa del filósofo, a su vez frecuentada por pensadores y artistas radicales de la época, la pequeña Mary recibió la más exquisita educación intelectual. Era una niña de talento extraordinario y modales refinados que despertaba la admiración de todos quienes la conocían.

Cuando Mary tenía cuatro años Godwin se casó en segundas nupcias con Mary-Jane Clairmont, con quien su hijastra tendría siempre una relación difícil. La hija de Mary-Jane, Claire, sería amiga, hermana y rival de su coetánea Mary, y permanecerían muy unidas a lo largo de toda su juventud. Mientras Mary era comedida e intelectual, Claire era pasional y desinhibida.

En 1814 Mary conoció a uno de los admiradores de su padre, el joven poeta y aristócrata Percy Bysse Shelley. Ella tenía apenas 16 años; él, 21 y estaba ya casado y tenía un hijo. Eso no impidió que los dos jóvenes iniciaran una relación clandestina. Shelley pasaría a la fama como una de las figuras más destacadas del Romanticismo inglés, pero en ese tiempo no era más que un escandaloso jovenzuelo que había sido desheredado por su padre y que recibía el rechazo de la buena sociedad por sus ideas revolucionarias y su ateísmo.

El romance de Mary y Shelley

Pero si bien su radicalismo político le ganó la simpatía de su futuro suegro, sus atrevimientos típicamente románticos resultaron ser demasiado. Ese mismo año Shelley, Mary y Claire escaparon juntos al Continente, y recorrieron la Francia posnapoleónica como Mary Wollstonecraft había recorrido la revolucionaria. Llegaron hasta Suiza y navegaron por el Rin.

En cierta ocasión, Shelley y Mary se separaron de la encimosa Claire y pasearon a las afueras de una aldea que descansaba bajo la sombra de un ruinoso castillo. La joven pareja pagó a un campesino para que les contara la historia de ese lugar. Allí había nacido y vivido Johan Konrad Dippel, un alquimista del siglo XVII que estaba obsesionado con encontrar la cura contra la muerte y el secreto de la inmortalidad. Mary Godwin nunca olvidaría esa historia ni el nombre de ese lugar: Frankenstein

El verdadero Castillo Frankenstein

Pero fuera de algunos episodios como aquel, el viaje no fue la escapada romántica que la joven Mary esperaba. Pasó muchas penurias e incomodidades; tuvo que soportar los obvios avances de Claire hacia Percy, a los cuales él no era indiferente, y al final la aventura les trajo desgracia y ostracismo.

Con el paso de los años y la influencia de Mary-Jane, Godwin se había vuelto un tipo mucho más convencional. Si Mary creía que estaba viviendo bajo los ideales radicales y rebeldes de su madre, el padre decidió que el escándalo de haber huido con un hombre casado era demasiado para el honor de la familia. Mary fue repudiada por su padre, el hombre que debió amarla incondicionalmente y que la arrojó al mundo para vivir en desgracia cuando ella apenas dejaba de ser una niña. Para que las cosas se complicaran más, resultó que Mary estaba embarazada de Shelley.

Las dos hermanastras y el poeta se fueron a vivir juntos a Londres, en la pobreza y bajo la mirada desaprobadora de la sociedad. Conforme el embarazo de Mary progresaba y ella se hacía menos divertida y deseable para Shelley, él empezó una relación intermitente con Claire. En febrero de 1815 Mary dio a luz su primer bebé, una niña pequeñita que murió a los pocos días. El nacimiento de Mary le había costado la vida a su madre, y ahora ella vivía mientras su bebé había muerto. La muerte inexorable la seguiría de cerca por siempre.

Poco a poco Mary superó la profunda depresión en la que se sumió la muerte de su primera hija. A principios de 1816 volvió a embarazarse y dio a luz a un hermoso y sano varón, bautizado William.

William Shelley
Shelley, por su parte, había conocido y trabado amistad con la celebridad más infame de su época, el poeta George Gordon, mejor conocido como Lord Byron. Promiscuo, bisexual, arrogante, manipulador, carismático, genial, Byron se convirtió en el arquetipo del héroe romántico en Inglaterra. Claire, sin poderlo resistir, inició una relación romántica con él.

Lo curioso es que si Byron era un manipulador mujeriego que recogía y desechaba amantes serialmente (Claire fue una de ellas), siempre demostró un gran respeto por Mary. Nunca intentó seducirla y la trataba como su igual a nivel intelectual. Le importaban mucho sus opiniones literarias y filosóficas, y en varias ocasiones le comisionó poner en orden y editar sus poemas.

Mary, Shelley, Claire y el pequeño William viajaron en el verano de 1816 a Ginebra para encontrarse con Lord Byron, a quien acompañaba su médico personal, el joven John Polidori. Rentaron una casona, Villa Diodati, junto al lago para emprender desde ahí excursiones. Pero aquél fue conocido como “el año sin verano”, por las heladas tormentas que trajo. La pandilla de rebeldes románticos se quedó varada en casa durante varios días y, sin más para entretenerse, leían historias de fantasmas o conversaban sobre las maravillas de la ciencia moderna.

Villa Diodati

En una de esas veladas, a Byron se le ocurrió una idea: que cada quien escribiera una historia de espantos para leer ante todos los demás unas noches después. La tormenta rugía allá afuera Mary cuenta que cuando se fue a dormir. Ella misma lo cuenta:

“Cuando coloqué la cabeza en la almohada no dormí, pero no se podía decir que pensaba. Mi imaginación, desatada, me poseyó y me guió, regalándome las imágenes que despertaron en mi mente con una viveza mucho más allá de las fronteras de la ensoñación. Miré –con los ojos cerrados, pero con clara visión mental- al pálido estudiante de artes impías arrodillado frente a la cosa que había ensamblado. Vi al horrible espectro de hombre tendido cual largo era y entonces, bajo los efectos de un poderoso mecanismo, mostrar signos de vida.”

Cuando Mary leyó su breve cuento a sus compañeros, éstos quedaron impresionados. En cosa de unos días, la joven de diecinueve años había concebido una de las obras más influyentes de la ciencia ficción y el horror gótico. Shelley la animó a transformar el relato en una novela, labor a la que se avocó durante los siguientes nueve meses. La novela sería publicada en enero de 1818.

Un retrato moderno de la joven Mary
De regreso a Inglaterra en otoño del 16, la muerte siguió acosando a Mary. Su media hermana Fanny, la única otra hija de Mary Wollstonecraft, se suicidó deprimida. Harriet, la esposa de Percy Shelley, desesperada por el abandono en que la tenía el poeta, se quitó la vida poco después. La culpa por estas dos muertes acompañaría a Mary por mucho tiempo, incluso después de que ella y Percy Shelley se casaran a finales de ese mismo año.

Poco después se mudaron a Italia, donde pasaría los siguientes años de su vida, siempre cerca de Lord Byron. Allí Mary dio a luz a su hija Clara. Pero las tragedias de nuevo llovieron sobre su casa. Percy Shelley apoyaba a Mary en su labor literaria y de palabra decía creer en la igualdad de los sexos que había proclamado Mary Wollstonecraft. Pero en la realidad, era un hombre inmaduro que no ayudaba en las labores del hogar ni en el cuidado de los pequeños (fuera de jugar con ellos de vez en cuando). Esperaba que Mary lo atendiera, lo consolara y lo admirara, y que ella lo pusiera todo en segundo plano para hacer lo que él necesitara. Si Mary estaba muy ocupada criando a sus hijos o agobiada por la depresión, él se alejaba y buscaba satisfacción en alguna otra mujer.

En septiembre de 1818 murió Clara, con apenas un año de edad. En junio siguiente falleció el pequeño William, de tan sólo tres. Mary, embarazada de su cuarto hijo, estaba devastada. Percy Junior nació en noviembre de 1819 y Mary volcó toda su esperanza y amor en él. Frustrado porque Mary no le hacía caso, Shelley se dejó encantar por Jane, esposa de su amigo Edward Williams.

En junio 1922, Mary tuvo un aborto espontáneo y recayó en la depresión. Su relación con Shelley se había deteriorado mucho y él, como de costumbre, huyó de la incomodidad emocional para emprender un viaje en velero junto con Edward Williams. Ambos se ahogaron en una tormenta.

Antes de cumplir los 25 años, Mary Wollstonecrat Godwin Shelley había dado a luz a cuatro criaturas, perdido a tres de ellas, y enviudado. Shelley y Byron la habían marcado. Los hombres, sedientos de gloria y fama, hacen lo que sea por conseguirla y no les importa abandonar a sus familias y destruir a sus seres queridos para lograrlo. Estas experiencias marcarían para siempre la actitud desencantada de Mary hacia el movimiento romántico, que plasmaría un par de años más tarde en El último hombre, la primera novela postapocalíptica.

La joven viuda

Mary y Percy Jr. volvieron a Inglaterra. Ella se dedicó a las letras, publicó más libros, entre novelas, cuentos y piezas teatrales. Tuvo una relación romántica y sexual con Jane Williams durante un tiempo, pero ésta pronto la dejó por otro hombre. Se esmeró con la educación de Percy, para evitar que se convirtiera en un irresponsable como lo había sido el poeta.

Pero lo cierto es que nunca dejó de amar a Shelley, y también hizo grandes trabajos por reivindicar su memoria; editó sus poemas, escribió notas biográficas y promovió su obra. Fue así como Shelley pasó de ser un marginado a convertirse en un referente obligatorio de las letras inglesas. Detrás de todo gran hombre…

Después de años de penurias y dificultades, Percy Jr. heredó los títulos y propiedades de su abuelo Shelley. La diligencia de Mary permitió convertir esa pequeña fortuna en un patrimonio para que Percy y su nueva esposa, Jane, una buena joven que después se dedicaría a reivindicar la memoria de su suegra. En sus últimos años, Mary se esforzó por dar apoyos a otras madres solteras.

Mary, con alrededor de 40 años de edad

El primero febrero de 1851, Mary murió por un tumor cerebral. Había sufrido gran parte de su vida, pero nunca dejó de esforzarse por sus seres queridos ni de crear, a pesar del repudio que recibió tanto por parte de la sociedad respetable como de los románticos que la veían como una invasora indigna de la memoria del gran Shelley. Mary tocó muchas vidas con su gentil mano y dejó tras de sí un legado que marcaría para siempre la ficción narrativa. Su monstruo, concebido aquel gélido verano de 1816, la sobreviviría.

“Y ahora, una vez más, le deseo a mi horrible progenie prosperidad. Le tengo cariño, porque fue engendrada en días felices, cuando la muerte y la desdicha sólo eran palabras que no encontraban eco en mi corazón. Sus páginas hablan de muchas caminatas, muchos paseos y muchas conversaciones de cuando no estaba sola y mi compañero era aquél a quien, en este mundo, nunca volveré a ver.”

Mary Shelley, introducción a la tercera edición de Frenkenstein, 1831


Continúa en:

Parte II: Víctor


PD: La mayor parte de la información para hacer este post la obtuve de la excelente biografía RomanticOutlaws de Charlotte Gordon, así como de la edición crítica de Frankenstein de Norton, coordinada por J. Paul Hunter.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Historias de la Gran Guerra




Hoy, 11 de noviembre de 2018 se cumple un siglo desde que terminara la Primera Guerra Mundial, ésa que dio a luz al siglo XX. Desde agosto de 2014, cuando iniciaron las conmemoraciones del centenario del comienzo de la Gran Guerra, he estado escribiendo por lo menos una entrada al año para recordar las lecciones históricas que podemos extraer de esta catástrofe, empezando por el principio.

Enredado como estoy en los múltiples aniversarios que se celebran este año (1818, 1918, 1938, 1968…), tengo programado para el próximo un texto para culminar con la serie que inicié hace cuatro años. Sin embargo, no quería dejar pasar esta fecha histórica, por lo que hoy les traigo algunas historias curiosas de la Gran Guerra, para ampliar el panorama y despertar la curiosidad. Disfruten.





EL ÚLTIMO ABRAZO EN SAN PETERSBURGO

Friedrich Pourtalès había vivido en San Petersburgo desde 1907, como embajador alemán ante al Imperio Ruso. Le tenía cariño a la ciudad y había trabado amistad con Sergey Sazonov, el ministro ruso de Relaciones Exteriores.

La mañana del sábado 1 de agosto de 1914, Pourtalès estaba muy nervioso cuando visitó a Sazonov. Le preguntó si Rusia estaría dispuesta a detener una movilización militar contra Austria-Hungría. Como si guardara la esperanza de que la respuesta de Sazonov fuera distinta, Pourtalès preguntó una y otra vez. Pero todas las veces Sazonov dijo que no.

-No tengo otra respuesta que darle -dijo Sazonov finalmente.

Pourtalès dio un fuerte suspiro y dijo con dificultad, -En ese caso, señor, he sido instruido por mi Gobierno para entregarle este documento.

Con manos temblorosas le dio un papel, se alejó de él, se apoyó junto a la ventana y lloró.

-Nunca pensé -dijo entre lágrimas -que dejaría San Petersburgo bajo estas condiciones.

Los dos hombres se abrazaron y a la mañana siguiente Pourtalès y el personal diplomático alemán dejaron la capital rusa para volver a su hogar. Poco después, la ciudad cambiaría su nombre por el de Pietrogrado; Petersburgo sonaba demasiado alemán.

¿El papel? Era la declaración de guerra de Alemania a Rusa. La Primera Guerra Mundial había comenzado.

PD: De hecho, Pourtalès estaba tan nervioso y descorazonado que entregó sin querer a Sazonov las dos versiones de la declaración de guerra, una en la que se decía que Rusia no había dado respuesta, y otra que alegaba que la respuesta de Rusia no era satisfactoria para Alemania.



¿LA PAZ O LA PATRIA? 

En octubre de 1914, a un par de meses de iniciada la guerra, apareció el famoso Manifiesto de los Noventa y Tres. Firmado por algunos de los científicos, intelectuales, escritores y artistas más importantes de Alemania, el documento expresaba el apoyo total de estas eminentes figuras (como Max Planck y Wilhelm Roentgen) hacia la causa del Reich en la Gran Guerra. Defendía las acciones militares de Alemania (como la invasión a Bélgica) y desestimaba como calumnias las acusaciones sobre crímenes de guerra cometidos por el ejército del Káiser. Era, en general, un llamado nacionalista y contra los enemigos de la madre patria.

Casi al mismo tiempo apareció un Manifiesto a los Europeos, redactado por el pacifista alemán Georg Friederich Nicolai. Este documento reprueba que la pasión nacionalista haya llevado a Europa a una guerra sin sentido, cuando existía la oportunidad, en un mundo cada vez más interconectado por la tecnología, de crear una Europa unida, y más adelante, todo un mundo unido por medios pacíficos en una sola civilización humana.

Lástima, tal visión era muy avanzada para una época de nacionalismos y xenofobias y sólo otros tres intelectuales lo firmaron aparte de Nicolai. Entre ellos, un joven físico llamado Albert Einstein.

Pueden leer los manifiestos aquí:



(Imagen: propaganda bélica alemana)


LOS COSACOS QUE NO ESTABAN AHÍ

A finales de agosto de 1914 la Primera Guerra Mundial todavía no llevaba un mes de haber iniciado, pero el avance de las tropas alemanas sobre Bélgica y Francia parecía augurar una rápida victoria para las fuerzas del Káiser. La situación era desesperante: Francia estaba por caer, las fuerzas británicas en el continente serían derrotadas pronto y después, con seguridad, vendría una invasión alemana de las Islas Británicas.

Pero entonces llegó a oídos ingleses un rayo de esperanza: ¡los cosacos ya llegaban! Los fieros jinetes de la estepa rusa habían sido transportados por mar, en secreto desde las heladas tierras del Zar, hasta Escocia. Pronto los soldados alemanes se verían abrumados por cerca de un millón de soldados del más formidable cuerpo de caballería del continente.

¿Cuántos cosacos venían? 50 mil, 100 mil, un millón, incluso. Los más confiables testigos los habían visto. Los funcionarios de los ferrocarriles describían sus brillantes uniformes. Los periódicos en todo el mundo anunciaban su llegada. Los visitantes americanos regresaban a Estados Unidos describiendo el magnífico espectáculo de los cosacos que cabalgaban hacia el frente.

El problema: nada de eso era real. Parece ser que el rumor inició en una estación de tren. Los pasajeros se preguntaban por qué demoraba tanto el transporte y poco a poco llegaron a la conclusión que lo que pasaba era que estaban usando los trenes para movilizar a los refuerzos rusos. De ahí en fuera se salió de control.

Nos encontramos ante un curioso caso de "histeria colectiva" o más bien, de "esperanza colectiva". Incluso los alemanes escucharon el rumor y cambiaron sus planes de ataque. Quizá eso fue lo que permitió a los Aliados vencer a los alemanes en la Batalla del Marne, poco después. Fue hasta entonces, a mediados de septiembre, que el gobierno británico desmintió el mito que había incendiado los ánimos a ambos lados del Canal de la Mancha.

Fuentes: "The Guns of August" de Barbara Tuchman


REGRESO AL FIN DEL MUNDO

En septiembre de 1914 el intrépido explorador británico sir Ernest Shackleton (1874-1922) partió para una expedición hacia el Polo Sur. A pesar de que una guerra ya se había declarado entre Alemania y el Reino Unido, el mismo Winston Churchill animó a Shackleton a continuar con sus planes.

La expedición de Shackleton estuvo llena de contratiempos. Su navío, la famosa Endurance, quedó atrapada en el hielo en enero de 1915. Shackleton y su tripulación permanecieron atrapados hasta octubre de ese mismo año, en que la fuerza del hielo terminó por aplastar a la "Endurance" y tuvieron que abandonar la nave.

Después de pasar meses de penurias en desiertos de hielo, islas deshabitadas y mares tormentosos, teniendo que tomar osadas decisiones para sobrevivir, Shakleton y un grupo de sus hombres consiguieron alcanzar una estación ballenera en la remota isla de South Georgia en mayo de 1916.

Lo primero que preguntó a los balleneros era cuándo y cómo había terminado aquella guerra que aún estaba iniciando cuando él partió hacia el fin del mundo.

"La guerra no ha terminado", le contestaron, "Millones están muriendo. Europa se ha vuelto loca. Todo el mundo se ha vuelto loco."

En efecto, a la Primera Guerra Mundial todavía le faltaban dos años para terminar.

Más info:


ARTE BAJO EL INFIERNO

La nueva tecnología bélica empleada en la guerra obligó a los países beligerantes a abandonar el viejo modelo de batallas a campo abierto con cargas masivas de infantería y adoptar un sistema de trincheras donde los soldados pudieran guarecerse de la artillería enemiga. Esto a su vez llevó a un estancamiento en el Frente Occidental.

Una estrategia para romper este equilibrio letal consistió en ir todavía más abajo: excavar túneles subterráneos por los que las tropas pudieran moverse y colocar explosivos para hacer volar las trincheras enemigas.

En dichos túneles se han encontrado insospechadas muestras de creatividad dejadas por soldados alemanes y franceses, que lo mismo debían realizar acciones ofensivas como estar alerta respecto a posibles ataques enemigos. Inscripciones, dibujos, incluso esculturas talladas en la roca viva. Motivos religiosos o soeces, imágenes de mujeres o de animales, mensajes patrióticos o derrotistas, incluso muestras sorprendentes de talento.

La necesidad humana por expresar sentimientos, temores y esperanzas no se limita por el lugar ni la situación. El talento y la belleza artística pueden surgir hasta en los lugares más horrendos.

(Fotografías de Jeffrey Gusky para National Geographic)




SÁNDUICHES DE LA LIBERTAD

Cuando la guerra inició en 1914, la mayor parte de los estadounidenses veían el conflicto como un problema europeo al que su país no debía ser arrastrado. La neutralidad era la postura más firme entre políticos y ciudadanos por igual.

Pero conforme fue avanzando la guerra, las noticias de los crímenes cometidos por el Imperio Alemán, los ataques indiscriminados de submarinos alemanes contra navíos neutrales (en los que murieron ciudadanos americanos) y finalmente, el descubrimiento de un complot alemán para provocar una guerra entre Estados Unidos y México, fue dirigiendo la opinión pública hacia la hostilidad contra Alemania y finalmente a la declaración de guerra.

En ese entonces había comunidades alemanas importantes en Estados Unidos, incluso poblados enteros en los que sólo se hablaba alemán y periódicos impresos en esa lengua. Con la entrada de los EUA a la guerra, un sentimiento patriotero y xenófobo contagió a muchos estadounidenses, que ejercieron discriminación contra ciudadanos de origen germánico.

Los germanoamericanos fueron despedidos de sus empleos y excluidos de ciertos lugares públicos y establecimientos, sufrieron muestras de violencia y acoso; incluso hubo casos de linchamiento. Muchas personas eran sospechosas de ser espías y otras tantas tuvieron que cambiar sus apellidos (por ejemplo, de Schmitt a Smith). Cerca de 4,000 ciudadanos de origen alemán fueron arrestados y encarcelados por la paranoia antigermánica.

Las orquestas sinfónicas dejaron de tocar música alemana; escuelas y universidades dejaron de impartir cursos sobre lengua y cultura germánica. Lugares con toponimia germánica fueron renombrados.

Dentro de todo este caos, las hamburguesas fueron rebautizadas con el nombre de "Liberty Sandwiches" y el chucrut, conocido en EUA con el nombre alemán de "sauerkraut", fue nombrada "Liberty Cabagge".

Fuente:


LA TREGUA DE NAVIDAD

Era la Nochebuena de 1914. guerra había comenzado en agosto de ese año y ya había cobrado decenas de miles de vidas de hombres jóvenes: toda una generación masacrada.

La Tierra de Nadie, una extensión de campo lodoso helado por la ventisca y barrido por la artillería, separaba por unos pocos metros las trincheras inglesas y francesas de las de sus enemigos alemanes. De pronto, se empezaron a escuchar villancicos de un lado. Del otro respondieron con más canciones. Antes de que se dieran cuenta, soldados enemigos entonaban juntos las mismas melodías. Poco después, emergieron de las trincheras, se encontraron en la Tierra de Nadie, se miraron frente a frente y por primera vez vieron sus rostros.

Brindaron, intercambiaron regalos, escucharon misa juntos, se mostraron mutuamente las fotos de sus familiares y hasta jugaron 'cascaritas' de futbol. La tregua duró por todo el día siguiente y se extendió de forma espontánea por diversos puntos del Frente Occidental (e incluso en el Oriental, entre austriacos y rusos).

¿Por qué hicieron esto los soldados, arriesgándose, como de hecho sucedió, a sufrir represalias por el crimen de "confraternizar con el enemigo"? Porque ésa no era su guerra. Era la guerra de políticos y generales, de reyes y presidentes, de industriales y banqueros. Pero esa guerra no era suya, ellos no tenían por qué odiarse unos a otros. Esa Navidad de 1914 dejaron de ser soldados y fueron simplemente hombres.


LOS GUERREROS AFRICANOS DEL KAISER 

"Askari" es una palabra árabe que significa "guerrero", y era el nombre dado a los nativos africanos que peleaban en los ejércitos coloniales de las potencias europeas que se habían repartido el África.

En la colonia alemana del África Oriental (actual Tanzania) los askari eran reclutados de las tribus Nyamewezi, Sukuma, Wehehe y Angoni. Cuando la Primera Guerra Mundial llegó a África, los askari formaron el grueso de las tropas del general alemán Paul von Lettow-Vorbeck, el "León Africano": de los 14,000 soldados del Reich, 11,000 eran nativos africanos, que se mantuvieron invictos a lo largo de todo el conflicto.

Tras la derrota de Alemania y la pérdida de la colonia, la recién constituida República de Weimar otorgó una pensión a los askari retirados. Sin embargo, el ascenso del nazismo interrumpió los pagos.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la República Federal de Alemania ordenó que se restituyera el pago a los askari que siguieran con vida. Sólo unos pocos lograron presentar los documentos de baja que les habían dado en 1918 y la mayoría sólo pudo mostrar sus uniformes o insignias como prueba de su servicio.

Entonces, el representante del gobierno alemán tuvo una idea: le dio un palo de escoba a cada uno y le pidió que ejecutara los ejercicios del manual de armas del ejército colonial. Todos ellos pasaron la prueba y recibieron su paga.


EL KÁISER Y EL FÜHRER

Todo escolapio sabe (o debería saber) que en la Primera Guerra Mundial Alemania estaba gobernada por el Káiser Wilhelm II, mientras que en la Segunda lo estaba por Adolf Hitler.

Pero no se nos dice qué pasó con WIlhelm después de haber sido obligado a abdicar al trono hacia el final de la 1GM. Él vivió en el exilio hasta 1941, lo que quiere decir que tuvo tiempo suficiente para presenciar el ascenso del nazismo.

Mientras vivía en Holanda, casado con su segunda esposa, la princesa Hermine (29 años más joven que él), Wilhelm se dedicaba a cazar, talar, practicar la arqueología de aficionado y diseñar buques de guerra que nadie iba a construir. Desde su exilio contempló el rápido ascenso de Hitler, y hasta sus hijos, que tenían el permiso de vivir en Alemania, se sumaron al furor nazi.

Wilhelm creía que Hitler era un individuo vulgar y corriente, que había convertido a Alemania de un pueblo de artistas, músicos, poetas y soldados, en uno de fanáticos histéricos, y que era capaz de darles victorias militares, pero no gloria verdadera. Expresó su repudio a la Noche de los Cristales Rotos, acciones que juzgaba indignas de un gobernante y propias de pandilleros.

Sin embargo, Wilhelm se cuidaba de expresarse abiertamente al respecto, pues aún guardaba esperanzas de que los nazis restauraran la monarquía. El Führer, por su parte, no tenía la mínima intención de hacerlo, y consideraba al depuesto Káiser como un viejo tonto y ridículo, pero mantuvo la diplomacia con Wilhelm por motivos propagandísticos. Después de todo, el suyo era el Tercer Reich, heredero directo del Segundo Reich de los Hohenzollern, y tenía que legitimarse de alguna forma.

Con todo, Wilhelm se emocionó mucho tras las victorias de la Alemania Nazi en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial y escribió entusiastas misivas felicitando a Hitler por su victoria contra el "enemigo secular" de Alemania: Francia, a quien no había podido derrotar en la 1GM.

Wilhelm murió cuando las fuerzas del Eje estaban en su máximo poderío. Declaró expresamente que no quería que hubiera ningún tipo de parafernalia nazi en su funeral. Pero la oportunidad propagandística era demasiado buena para que Hitler la dejara escapar. Así, muerto en el exilio, en territorio ocupado por las tropas de un austriaco que ahora gobernaba su país natal, Wilhelm, el último emperador alemán, descendiente de Federico el Grande, fue velado entre suásticas.



jueves, 8 de noviembre de 2018

¿Cuándo nació la ciencia ficción?




Una de las discusiones más apasionantes y menos concluyentes entre quienes se dedican al estudio de la ciencia ficción es cuándo surgió este género (la única más apasionante y menos concluyente es qué lo define). Muchas respuestas se han propuesto sobre el asunto, pero lo cierto es que no es posible llegar a un consenso. Sin embargo, plantear una más se antoja divertido para quien esto escribe, y además podría resultar interesante a ilustrativo para quien esto lea.

Creo que la búsqueda de la primer obra de ciencia ficción es absurda porque los géneros narrativos, las escuelas estéticas o las corrientes de pensamiento por lo general no nacen de la nada. Los seres humanos vamos construyendo, como si de bloques de Lego se tratara, con las piezas culturales de las sociedades a las que pertenecemos, y acaso los más brillantes o más afortunados de nosotros aportarán nuevas piezas de su propia autoría.

Nuestras creaciones culturales van evolucionando poco a poco y llevan bastante tiempo existiendo para cuando alguien se percata y dice “¡epa, miren eso de allí!”.  Es decir, antes de que Hugo Gernsback inventara el término science fiction en la década de 1920, e incluso antes de que los trabajos de Julio Verne y H.G. Welles recibieran el nombre de scientific romance en la Era Victoriana, obras que podemos considerar inequívocamente como trabajos de ciencia ficción habían existido desde hacía mucho.

¿Qué tanto? Bueno, es aquí donde empiezan los problemas, ¿no? Hay quien quiere encontrar antecedentes de la ciencia ficción en obras tan antiguas como la literatura épica y mitológica de diversas civilizaciones, tales como El poema de Gilgamesh, La Odisea, El Ramayana, El cuento del cortador de bambú, Las mil y una noches o incluso el Antiguo Testamento. Esto es porque este tipo de obras presentan ciertos elementos que luego serían comunes en la ciencia ficción, tales como escenarios apocalípticos, viajes a otros planetas (o visitas de seres extraterrestres) o máquinas imposibles.

Carro volador en el Ramayana

Sin embargo, no podemos considerar estas obras ciencia ficción porque falta un ingrediente fundamental: la ciencia. Todos esos elementos maravillosos mencionados se explican por la magia, la intervención de criaturas sobrenaturales como ángeles y demonios, o los poderes divinos, en los que creían tanto los autores como oyentes de las obras en cuestión.

Una obra a menudo citada como “la primera” de ciencia ficción es La verdadera historia de Luciano de Samosata, escrita en siglo II. En ella se narran los viajes de una nave y su tripulación hacia la Luna, y cómo se ven atrapados en una guerra interplanetaria entre la Luna y el Sol por la colonización de Venus. La novela está llena de motivos típicos del género, no sólo el viaje espacial, sino la descripción de vida alienígena y de tecnología imposible.

En mi opinión La verdadera historia es un buen antecedente, pero sigue sin ser ciencia ficción tal cual. En realidad Luciano pretendía hacer una gran sátira de las historias de viajes tan populares en su época, y por eso recurre a la exageración y a la farsa. No hay un intento serio por especular sobre la vida en otros planetas o los alcances de la tecnología humana.

El mar eleva a nuestros viajeros al cielo, en La verdadera historia

Los viajes al espacio (principalmente a la Luna), son un tema que aparece con cierta recurrencia en la literatura universal. Pero no se puede hablar de ciencia ficción si esos viajes se realizaban por medios mágicos para transportar a un héroe a donde pudiera tener aventuras románticas (como en el Orlando furioso de Ludovico Ariosto, siglo XVI) o hacer una bonita sátira de la sociedad de su época.

Todas esas obras forman parte de la prehistoria de la ciencia ficción, pero aun no pertenecen al género. ¿Qué es lo que hacía falta? Dejaré que Jorge Luis Borges responda por mí, con este fragmento de su prólogo a las Crónicas marcianas de Ray Bradbury:

En el segundo siglo de nuestra era, Luciano de Samosata compuso una Historia verídica, que encierra, entre otras maravillas, una descripción de los selenitas, que (según el verídico historiador) hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los ojos, beben zumo de aire o aire exprimido.
A principios del siglo XVI, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos. En el siglo XVII, Kepler redactó un Somnium Astronomicum, que finge ser la transcripción de un libro leído en un sueño, cuyas páginas prolijamente revelan la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna, que durante los ardores del día se guarecen en profundas cavernas y salen al atardecer.
Entre el primero y el segundo de estos viajes imaginarios hay mil trescientos años y entre el segundo, y el tercero, unos cien; los dos primeros son, sin embargo, invenciones irresponsables y libres y el tercero está como entorpecido por un afán de verosimilitud. La razón es rara. Para Luciano y para Ariosto, un viaje a la Luna era símbolo o arquetipo de lo imposible, como los cisnes de plumaje negro para el latino; para Kepler, ya era una posibilidad, como para nosotros.
El viaje interplanetario, uno de los temas por excelencia de la ciencia ficción, era sólo una fantasía para autores como Luciano o Ariosto, pero una posibilidad científica para Johannes Kepler. Quien por cierto, fue uno de los más grandes astrónomos de la historia y entre otras cosas demostró que el modelo heliocéntrico de Copérnico es verdadero (con el detalle de que las órbitas de los planetas no son redondas, sino elípticas).

El viaje a la luna en Orlando furioso

Y he aquí el meollo del asunto, lo que quiero mostrar: que no hay ciencia ficción sin ciencia.

La ciencia moderna nace con la Revolución Científica, entre los siglos XVI y XVII, una serie de grandes descubrimientos y avances científicos y tecnológicos, de la mano de personajes como Nicolás Copérnico, Galileo Galilei, William Harvey, René Descartes, Blaise Pascal y, por supuestísimo, Isaac Newton. La Revolución Científica significó, además, un cambio profundo en la cosmovisión de Occidente, incluyendo el naturalismo (todo tiene explicaciones naturales; no se necesita recurrir a agentes sobrenaturales), el realismo (existe la realidad, independientemente del sujeto que la observa, y ésta es cognoscible), la matematización de las ciencias, el establecimiento del método experimental, la ruptura con la epistemología escolástica, y un grandioso etcétera.

Creo que sólo entonces, cuando surge la ciencia, podemos hablar de ciencia ficción, o como se ha dicho que es la forma más correcta de traducir el concepto, ficción científica. Algunos de los protagonistas de la Revolución Científica escribieron ficción especulativa. Está el ya mencionado Somnium Astronomicum de Kepler (1634), pero hay otras.

Francis Bacon es el padre del método inductivo y un verdadero mártir de la ciencia. Murió a causa de una neumonía que le dio por demostrar que la carne puede mantenerse en buen estado por más tiempo si se congela. Además, escribió una de las primeras novelas que podemos decir sin temor a equivocarnos que se trata de ciencia ficción: La Nueva Atlántida (1626).

Se trata de una utopía, un tipo de obra muy común en los siglos de optimismo humanista entre el Renacimiento y la Ilustración. Pero hay una enorme diferencia entre la utopía de Bacon y toda la tradición utópica anterior entre Platón y Tomás Moro. Los habitantes de la imaginaria isla de Bensalem no sólo tienen buenas leyes, un buen gobierno y buenas costumbres, además de condiciones naturales generosas. La sociedad perfecta se construye con ayuda de la ciencia y la tecnología, que se ponen al servicio del bienestar humano: desde máquinas voladoras hasta teléfonos, desde novedades en la agronomía hasta refrigeradores. Bacon visualizó una sociedad próspera, justa y pacífica construida gracias a la aplicación de la ciencia.

La Nueva Atlántida de Bacon

Entre los siglos de la Revolución Científica y de la Ilustración proliferaron las obras que podríamos clasificar como ciencia ficción, incluyendo algunos frutos de las más brillantes mentes científicas y filosóficas de su época: The Man in the Moone de Francis Godwin (1638),  Historia cómica de los estados e imperios de la luna de Cyrano de Bergerac, (1657), The Blazing World de Margaret Cavendish (1666), Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift (1726), Astronomia de Anders Celsius (1735), Micromegas de Voltaire (1752). Todos estos trabajos tienen en común que, aunque se traten de ensoñaciones utópicas o satíricas, sus autores estaban informados del conocimiento científico de su época (cuando no ellos mismos habían contribuido a formarlo).

¿Y en México? La primera obra de ciencia ficción escrita en este continente no sólo es mexicana, sino yucateca: Sizigias y cuadraturas lunares. Es creación del franciscano Fray Manuel Antonio de Rivas y data de 1775. La historia trata de un viaje a la Luna e incluye información astronómica acorde con los conocimientos científicos de la época. Su autor fue condenado por herejía por la Inquisición, y la obra se perdió hasta ser redescubierta en 1958.

En fin, no pretendo, pues me parece imposible, nombrar la primera obra de ciencia ficción, sino señalar que, si bien hay antecedentes antiguos, fue en los siglos de la Revolución Científica en que el género surgió como tal.

El resto es historia; en el siglo XIX terminaría definiéndose gracias a una nueva revolución: la Industrial. Una de las grandes pioneras es Mary Shelley. Su Frankenstein, de 1818, es la historia quintaesencial que advierte sobre las peligros de la ciencia (en contraste con el optimismo científico de los siglos anteriores); y la menos conocida pero igualmente magistral El último hombre, de 1826, se sitúa en el futuro y habla de la lenta extinción de la humanidad.

Ilustración original de Frankenstein

Edgar Allan Poe fue otro de los autores que ayudó a consolidar la ciencia ficción, con obras como Las aventuras de un tal Hans Pfaall (1835) que narra un viaje a la luna en globo y que en un principio fue publicado como una crónica real.

La segunda mitad del XIX fue pródigo en autores de ciencia ficción, aunque los más conocidos fueron Julio Verne y HG Welles, verdaderos especialistas del género (y ambos grandes admiradores de Poe). Las primeras décadas del siglo XX fueron la era del pulp, las publicaciones de baja calidad en las que la aventura y el asombro pesaban más que la ciencia.

La Era Dorada del género se da a mediados del siglo, especialmente durante de la década de los 50; los autores más reverenciados publicaron por esos años, y sus preocupaciones son de índole científica, pero siempre a la sombra de la Guerra Fría y la bomba atómica. Luego viene la Nueva Ola, influida por la contracultura de los 60 y 70, e interesada más en cuestiones sociales que científicas o tecnológicas.

Las crisis económicas y el aumento de la violencia a finales de los 70 acabaron con el optimismo. El cyberpunk de los 80 y 90 nos habla de futuros sombríos en los que la tecnología nos deshumaniza. A principios del siglo XXI se da una curiosa reacción nostálgica: el retrofuturismo quiere recrear las visiones de escritores de tiempos pasados, en especial de la Era Victoriana, pero también de los tiempos del pulp y de la Edad Dorada.

Ciencia ficción, desde el siglo XIX hasta el retrofuturismo


Hoy en día se anuncia un renacimiento de la buena ciencia ficción, no sólo en la literatura, sino también en el cine y otros medios. Ayuda que este género, considerado durante décadas (si no siglos), como una forma menor de literatura sin más valor que el de la evasión (o quizá algo de divulgación didáctica), ahora es tomado con la seriedad y el respeto que merece.

Sin duda se viven tiempos interesantes para este viejo género, herencia de la Revolución Científica, espejo oscuro o brillante de la civilización moderna, quizá tan antiguo como la narrativa misma, pero siempre tan fresco como el mañana.

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