jueves, 20 de septiembre de 2018

Los mexicanos somos bien intensitos y estas canciones lo prueban



¡Hola! Éste es el post del año para las fiestas patrias. Oigan, ¿han notado que los mexicanos somos bien dados al melodrama? Está en nuestro Cine de Oro, en nuestras telenovelas y hasta en nuestros memes de Internet. Pero sobre todo, está en nuestras canciones clásicas, esas rancherotas que nos gusta escuchar y cantar cuando estamos tomando tequila la noche del 15 de septiembre. 🎉

Hoy traigo una selección de versos escogidos de entre algunas de las canciones mexicanas más representativas y aptas para la borrachera. La neta es que les tenemos un cariño bien profundo, a pesar de todas las ideas enfermizas sobre el amor y la masculinidad que se cargan. Y es que si nuestro país fuera una persona, y esas canciones fueran sus publicaciones de Facebook, cualquier amigo le mandaría un inbotz para decirle "¿We, estás bien?" No más chequen...

"Ay, quiero que se oiga mi llanto,
como me dolió perderte,
después de quererte tanto.

Ay, después de quererla tanto,
Diosito dame consuelo,
para sacarme de adentro
esto que me está matando.

Ay, ay, ay..."

México no sólo está triste: quiere que todos lo sepan. Que el mundo lo oiga tan fuerte como le duele el haber perdido a su chava. Pos sí, el desamor se siente como que mata. Hasta aquí todo normal. Lo que me puse a pensar si es que hay otras culturas o lenguas en las que llaman al Todopoderoso Creador del Cielo y la Tierra con el diminutivo "Diosito", para pedirle que les cure el corazón. También, ¿ya vieron cómo la interjección "ay", que denota dolor, es una constante en la música mexicana? Digo, yo nunca escuché un blues en el que el cantante dijera "ouch" y ésas también son rolas tristes.



"Quisiera abrir lentamente mis venas,
mi vida entera ponerla a tus pies,
para poderte demostrar
que más no puedo amar
y entonces, morir después"

¡Santo guacamole! México, bájale, tranquilo. Nadie necesita que te cortes las venas. ¿De dónde sacas esa idea? No te cortes, por favor, no seas emo, que ya pasaron de moda. Ok, sé que la canción originalmente es un tango argentino, pero Javier Solís la popularizó como ranchera en nuestro país y si la adoptamos tan bien es porque pega con nuestra idiosincrasia de las mil maravillas. Especialmente esa otra parte, la de "entre lágrimas viviendo los pasajes más horrendos de este drama sin final". Creo que sí sé lo que se siente...



"Me dijo: yo soy uno de los seres
que más ha soportado los fracasos
y siempre me dejaron las mujeres
llorando y con el alma hecha pedazos.

Mas nunca les reprocho mis heridas;
se tiene que sufrir cuando se ama.
Las horas más hermosas de mi vida
las he pasado al lado de una dama."


Conozco eso de estar "llorando y con el alma hecha pedazos". Te lo juro que sí, compadre, lo entiendo. ¿Pero por qué se tiene sufrir cuando se ama? ¿Por qué tanto fatalismo, caray? Y no, México, no hay que morirse en las cantinas, no la muelas.



"No vale nada la vida,
la vida no vale nada
comienza siempre llorando
y así llorando se acaba"

Bueno, eso es existencialismo y no mamadas. A Albert Camus casi le gusta esto. Lo que no sé es cómo creen que después de empezar así la canción luego vamos a poner atención a lo que dice de que la feria de León está bonita o que sé yo.


Dicen que por las noches
nomás se le iba en puro llorar.
Dicen que no dormía,
nomás se le iba en puro tomar.

Juran que el mismo cielo
se estremecía al oír su llanto.
Cómo sufrió por ella,
que hasta en su muerte la fue llamando.

¡Alaverga! 😧 ¿El mismo cielo se estremecía al oír su llanto? Porque no sólo eres dramático, México, eres hiperbólico, y siempre tienes que traer a las divinidades judeocristianas a cuento, ¿eh? Ay, México, tienes muy metida la idea de que para demostrar amor, hay que estar todo dado en la madre. Que si estuvieras tranquilo y pasándola chido es que no amas lo suficiente. Necesitas terapia, bro.



Pero si hay una canción que refleja lo intensitos que somos los mexicanos, ésa tiene que ser La llorona. We, no puedo ni siquiera escoger sólo una estrofa.

"Ay, de mí, llorona, llorona,
llorona de azul celeste
aunque la vida me cueste, llorona,
no dejaré de quererte"

Pero, ¿por qué te tiene que costar la vida querer a una chava, México? ¿Por qué tienes esta idea de que el amor es tan desgarrador. Bájale la espuma a tu chocolate. Y bájale a la autocompasión. Esto no es sano, carnal.

"A un santo Cristo de fierro, llorona,
mis penas le conté yo,
Cuáles no serías mis penas, llorona,
que el santo Cristo lloró"

Nomamar. Esto, esto tiene que ser el non plus ultra. La idea de que está el vato (creo que le dicen el Negro, negro pero cariñoso), contando sus cuitas, y que su historia está tan triste, que hasta el Yisus, clavado en una cruz y escarnecido, se conmueve y se pone a llorar. "No, pos lo tuyo sí está cabrón", habrá dicho el Yisus. Wow. Los mexicanos sí que nos tomamos en serio eso del mal de amores.

"Dos besos llevo en el alma, llorona,
que no se apartan de mí:
el último de mi madre, llorona,
y el primero que te di"

Chale, ketriste deberas. 😥 Me voa llorar en un rincón. ¡Viva México!



"Yo sé bien que estoy afuera,
pero el día que yo me muera
sé que tendrás que llorar,
llorar y llorar, llorar y llorar.

Dirás que no me quisiste,
pero vas a estar muy triste
y así te vas a quedar."

Claro que sí, campeón 👍


jueves, 13 de septiembre de 2018

La increíble odisea de la Legión Checoslovaca





En 1914 las naciones de los checos y los eslovacos no tenían estado propio, sino que se encontraban repartidas entre dos grandes imperios, el Ruso y el Austro-Húngaro. Además, miles de emigrados se encontraban dispersos por toda Europa y hasta en los Estados Unidos.

En el Imperio Austro-Húngaro, checos y eslovacos eran considerados ciudadanos de segunda, y no gozaban de reconocimiento como naciones, con todo y que Bohemia era la región más industrializada del imperio, y tenía un nivel de desarrollo comparable al de Francia y Alemania.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, muchos checos y eslovacos (sobre todo de los primeros) que vivían en los países Aliados se enlistaron como voluntarios para pelear contra las Potencias Centrales. Su anhelo era construir una patria propia, liberar a sus compatriotas en casa del yugo en que los tenía el Imperio Austro-Húngaro, y creían que, si los ayudaban a ganar, los Aliados apoyarían su proyecto de formar un país independiente.

La primera unidad checoslovaca se organizó en Francia apenas iniciada la guerra, y contaba con sólo 316 voluntarios, que pelearon como parte de la Legión Extranjera. Poco a poco sus números fueron creciendo y pronto comenzaron a llegar voluntarios desde los Estados Unidos. Algunas unidades también se formaron en Italia y Serbia.

Bajo la dirección del checo Tomáš Masaryk[1] y el eslovaco Milan Štefánik se organizó la Legión como un cuerpo autónomo, que recibió la aprobación del gobierno francés a finales de 1917, y a la que le tocaría pelear en el último año de la guerra.

Tomas Garrigue Masaryk


Pero la verdadera odisea de la Legión Checoslovaca se dio en Rusia. Muchos checos y eslovacos vivían allí y se ofrecieron para luchar contra las Potencias Centrales. Así se formó la Česká Družina, o Compañía Checa, desde 1914. Se nutría de voluntarios, pero también de entre prisioneros de guerra, pues los austriacos habían conscripto a los checos y eslovacos para luchar en su ejército y los rusos habían capturado a muchos de ellos. Estos se cambiaban de bando de muy buen grado y resultaban de gran utilidad pues por lo general hablaban más de una lengua y conocían las tácticas austriacas.

La Legión era coordinada desde los cuarteles centrales en Francia, por Masaryk, aunque dada la enorme distancia que la separaba del mando supremo, tenía que arreglárselas por sus propios medios. En julio de 1917 los legionarios alcanzaron la gloria en la batalla se Zborov, cuando atravesaron líneas enemigas, pasando por campos de alambres de púas, y cayeron sobre las trincheras austriacas. Los legionarios enfrentaban a una fuerza superior en números: eran 3,500 contra 5,000. Pero su carga fue tan contundente, que 3,300 de los austriacos se rindieron y fueron tomados prisioneros. Es decir, los legionarios capturaron casi a un enemigo cada uno. La batalla no cambió el curso de la guerra, ni nada, pero fue un hito para la Legión Checoslovaca, que atrajo cada vez más y más voluntarios, hasta que llegó a contar con más de 50 mil hombres en Rusia.

La legión en Rusia

Pero las cosas cambiarían drásticamente con el triunfo de la Revolución de Octubre en 1917, que llevaría a los bolcheviques al gobierno. Un soviet independiente se organizó en Ucrania, donde la Legión Checoslovaca estaba peleando, cuando ese país, otrora parte del Imperio Ruso, firmó el armisticio con las Potencias Centrales en febrero de 1918. El mes siguiente, la Rusia soviética haría lo propio.

¿Qué hacer? De pronto una fuerza de 50 mil hombres se encontraba varada. No tenían un país al cual volver, porque Chequia y Eslovaquia seguían bajo el poder de Austria-Hungría. No tenían aliados a los cuales unirse, porque se encontraban al otro lado de Europa, más allá del inmenso territorio ahora controlado por las Potencias Centrales. Eran un ejército sin patria, lejos de cualquier campo de batalla.

Sólo les quedaba una opción: alcanzar el frente occidental, llegar hasta Francia, para allí continuar la lucha contra las Potencias Centrales. ¿Pero cómo? No podían atravesar territorio enemigo y los puertos rusos en el Mar Negro y en el Báltico estaban bloqueados. Sólo había un camino: hacia el este, atravesando la estepa euroasiática, Siberia, hasta alcanzar Vladivostok, el puerto más oriental de Rusia, un viaje de casi 10 mil kilómetros.

La Gran Guerra en 1918

Masaryk negoció y obtuvo permisos de los gobiernos de Ucrania y Rusia para que la Legión pudiera atravesar sus territorios en paz, como civiles neutrales a los conflictos internos de estos países. Pero la cosa no sería tan sencilla, pues el Imperio Alemán lanzó un feroz ataque contra estos países para forzarlos a aceptar condiciones de paz draconianas. La Legión tuvo que pelear contra los alemanes en la Batalla de Bakmach, de la que salió victoriosa.

Tras este triunfo, la Legión salió de Ucrania y entró al territorio ruso, donde debían rendir parte de su arsenal a cambio del salvoconducto para atravesar Siberia, según el Acuerdo de Penza (redactado ni más ni menos que por un joven Iósiv Stalin). Pero no habría paz para los checoslovacos: con el estallido de la Guerra Civil Rusa, la presencia de los legionarios en el país era una carta salvaje para muchos intereses opuestos.

Los bolcheviques no confiaban en los legionarios, pues temían que pudieran unirse al Ejército Blanco, sus enemigos. Eso era justo lo que querían los Aliados, que la Legión ayudara a derrocar a los bolcheviques para instaurar en Rusia un gobierno que reanudara la guerra en el frente oriental contra las Potencias del Eje. Estas últimas, por su parte, querían evitar que la Legión saliera de Rusia y llegara hasta el frente occidental, y preferían que su presencia allí exacerbara el caos en el país. Los legionarios sólo querían llegar a casa.

La Legión tenía su propio tren acorazado, un transporte colosal, algo así como un tanque hecho para andar sobre las vías. El problema es que el camino ferroviario transiberiano estaba en muy malas condiciones por tramos enteros, y que en ese momento muchos querían usarlos. Eso incluía a prisioneros de guerra alemanes y austriacos, liberados tras la paz de Brest-Litvosk, que volvían a sus hogares hacia el oeste, y que consideraban a los checoslovacos como sucios traidores.



Además, el caos en el vastísimo territorio ruso provocó que los acuerdos firmados con el gobierno bolchevique tuvieran que ser renegociados en prácticamente cada estación por la que la Legión tenía que pasar. El avance era muy lento, y la Legión se veía obligada a hacerlo por grupos pequeños, de modo que llegó un momento en que sus números se encontraron dispersos a lo largo de las vías transiberianas.

Las tensiones se fueron acumulando y en mayo de 1918 se dio una disputa entre los legionarios y un grupo de prisioneros húngaros en Chelyabinsk. Leon Trotsky, como comisario de guerra del gobierno de Lenin, ordenó que los legionarios fueran desarmados y arrestados. Los legionarios se negaron y, hartos de la situación, tomaron Chelyabinsk por asalto, liberaron a sus compañeros presos y enviaron un ultimátum al gobierno bolchevique, para que los dejaran llevar a Vladivostok de una buena vez.

Así inició la guerra entre el Ejército Rojo y la Legión Checoslovaca, un enfrentamiento entre dos fuerzas formidables que se extendió por el resto de la primavera y el verano de ese año. Los legionarios tenían la desventaja de estar en territorio extraño y desconocido, pero aun así pudieron hacerse con el control de un largo tramo de la ruta transiberiana, incluyendo varias ciudades de la región. Dicho de otra forma, la Legión Checoslovaca conquistó una buena parte de Siberia.

La ruta del ferrocarril transiberiano

Con ayuda de la Legión, el Ejército Blanco logró derrocar a todos los gobiernos bolcheviques en Siberia para finales de aquel verano. La Legión se dirigía a Ekaterimburgo, donde el zar y su familia se encontraban presos. Ante la proximidad de los legionarios, los bolcheviques ejecutaron a la familia real, terminando para siempre con la dinastía Romanov en Rusia. La Legión llegaría menos de una semana demasiado tarde.

Pero el Ejército Rojo comenzaría la contraofensiva y los legionarios, sin la posibilidad de obtener refuerzos y luchando una guerra que no les interesaba en una tierra extraña, empezaban a desesperar. En octubre de 1918 la nueva República de Checoslovaquia fue creada por la comunidad internacional y Masaryk se convertiría en su primer presidente. La Legión tenía ya una patria pero atrapados en la estepa eurasiática, no podían ir hacia ella.

Para finales de 1918 Europa estaba en paz, pero no así Rusia. Terminada la Primera Guerra Mundial, los Aliados comenzaron a enviar tropas a Siberia para apoyar al Ejército Blanco. 1500 soldados ingleses, 4000 canadienses, 2300 chinos, 2500 italianos, 7000 japoneses y 7900 estadounidenses desembarcaron en Vladivostok y penetraron en diversas regiones y ciudades de Siberia.



La Legión Checoslovaca había atravesado una guerra mundial, dos revoluciones rusas y ahora se veía envuelta en una guerra civil que se había vuelto internacional. Sin nada más que hacer, durante el siguiente año los legionarios se dedicaron a cuidar las rutas de abastecimiento para el gobierno contrarrevolucionario de Aleksandr Kolchak, líder del Ejército Blanco.

Sin embargo, en 1919 la contraofensiva soviética en Siberia comenzó a hacer retroceder al Ejército Blanco. Tras la caída de Omsk, capital de Kolchak, en noviembre inició la Marcha del Hielo, con el Ejército Blanco y miles de refugiados huyendo hacia el oriente a través de los helados territorios de Eurasia.



La Legión se declaró neutral, pero los Aliados no estaban dispuestos a permitir que Rusia quedara bajo el poder de los comunistas, de modo que ordenaron a los legionarios escoltar a Kolchak hacia Vladivostok. Los legionarios estaban hartos de ser usados en guerras extrañas y, para dejar en claro que el conflicto en Rusia no les concernía, y que no debían lealtad alguna a las potencias Aliadas, entregaron a Kolchak a los bolcheviques. Los Blancos considerarían esto como una traición, pero los Rojos estaban más que satisfechos, y otorgaron a la Legión los salvoconductos necesarios para evacuar.

Mientras la mayoría de los Aliados se retiraba de Siberia, mientras el Lejano Oriente ruso se disputaba entre la República Soviética de Chita y el Gobierno Provisional de Priamur (contrarrevolucionarios apoyados por Japón), en diciembre de 1919 el primer barco de transporte partió de Vladivostok para llevar a los legionarios a casa. La última de las 32 naves zarparía en septiembre de 1920.



Abordar el barco no era el final. A los legionarios todavía les faltaba atravesar los océanos, siguiendo una de las dos rutas: bajando para rodear el Índico y llegar al Mediterráneo a través del Canal de Suez, o cruzar primero el Pacífico, después el Canal de Panamá para llegar al Atlántico y por último a Europa. Tras llegar a su nueva patria, Checoslovaquia, los legionarios todavía tendrían que ver guerra una vez más, defendiendo sus fronteras de Polonia y Hungría que no estaban conformes con los territorios que los acuerdos de paz tras la Gran Guerra les habían otorgado.

Los legionarios fueron recibidos como héroes en su patria y se les levantaron varios monumentos. Al retirarse del ejército, muchos de los legionarios escogieron una vida pacífica como profesores de escuela. Su aventura, una más grande que la vida misma, nos muestra que la Primera Guerra Mundial fue verdaderamente mundial, y que la historia que creemos conocer es a menudo mucho más rica, complicada y dramática de lo que parece a simple vista.



Para saber más:



[1] Es en honor a este señor que tiene ese nombre la lujosa avenida comercial de la Ciudad de México. Apuesto a que no sabían eso.

viernes, 7 de septiembre de 2018

A 50 años del Kool-Aid psicodélico




Este 2018 murió Tom Wolfe, uno de los más importantes escritores anglosajones del siglo XX, gran novelista y figura señera en el movimiento del nuevo periodismo estadounidense. Curiosamente, este mismo año se cumplen cinco décadas de la publicación de una de sus obras más sobresalientes, The Electric Kool-Aid Acid Test. Publicada en 1968, annus mirabilis, es el testimonio  esencial del movimiento psicodélico que marcó la década de 1960, el encabezado por Ken Kesey y los Merry Pranksters. Honremos la memoria de Tom Wolfe celebrando el quincuagésimo aniversario de un libro que hizo historia.

Lo primero que uno encuentra al leer este libro es lo difícil que es de clasificar. Estamos acostumbrados a dividir la prosa tajante y claramente entre la ficción y la no ficción. En la primera categoría caben los reportajes o las memorias, y en la segunda tenemos las novelas. Incluso una novela basada en hechos reales sigue siendo una novela y, por tanto, un ejercicio de ficción. Tom Wolfe era un periodista y alguien que se le aproximara por primera vez esperaría encontrar un reportaje con el formato familiar de los periódicos y las revistas. No es así.

Como explica Tom Wolfe en una nota, su intención no era solamente reportar los hechos protagonizados por los Pranksters, sino recrear la atmósfera mental y la realidad subjetiva de ello. En sus palabras, comprender la aventura no sería posible de otra forma. Y tiene razón, porque la experiencia psicodélica no es una que pueda describirse como un simple recuento de acciones. Entonces Wolfe rompe con los esquemas narrativos preexistentes y nos da un libro que es una experiencia en sí mismo. Echa mano de todos los recursos: diálogos, descripciones, monólogos internos; incluso intercala versos con la prosa, o convierte la prosa en verso, y juega con la tipografía. 

¿Reportaje? ¿Novela? The Village Voice llegó a llamar al libro “novela de no ficción”, producto emblemático de una década que se caracterizó por romper paradigmas en el arte, el pensamiento y el modo de vivir. ¿Cuál puede ser el tema de un libro tan vanguardista en sí? Ni más ni menos que la historia de Ken Kesey, figura icónica de la contracultura sesentera, quien popularizó el uso del LSD y definió el estilo de vida de los que llegarían a ser llamados hippies.



De orígenes humildes y campiranos, Kesey siempre tuvo algunas características sobresalientes: su gran inteligencia, su indomable vitalidad y su irresistible carisma. Era un hombre corpulento, alto y musculoso, acostumbrado a la vida en el campo y a la actividad al aire libre. Parecía más un leñador que un literato, siempre distinto a los intelectuales de clase media a los que trató en sus años de universitario. Promesa literaria que sacudió al medio con su novela One Flew Over the Cuckoo's Nest (hecho famoso por la estupenda adaptación cinematográfica de Milos Forman con Jack Nicholson), conoció el LSD por casualidad, al ofrecerse voluntario para experimentos psicológicos auspiciados por el gobierno.

Después de una segunda novela, abandonó la literatura por muchas décadas; la experiencia con el LSD fue para él abrir una puerta que ya nunca se cerraría. El oficio literario le pareció demasiado pequeño para expresar la realidad que había vislumbrado en sus viajes de ácido, por lo que decidió hacer de su vida, y las de quienes lo rodeaban, la realización de sus nuevos  ideales.

Adquirió una casa en La Honda, California, a donde se mudó con su esposa e hijos y algunos amigos. Kesey y su pandilla adoptaron el nombre de Merry Pranksters, los alegres bromistas, y vivían de forma comunal en su casa, rodeada de bosques que pronto fueron cubiertos por obras de arte improvisadas, equipos de luz y sonido, y decoración estrambótica. Fue con ellos que nació el estilo de vida hippie, los accesorios que se volvieron una moda, el arte psicodélico y, sobre todo, la reverencia a las drogas alucinógenas, en especial la marihuana y el LSD.

Poco a poco comenzaron a llegar más personajes, entre ellos el legendario Neal Cassady, una de las figuras más importantes de la escena beatnik y hippie a lo largo de dos décadas. Cassady se volvió icónico por la intensidad con la que vivió hasta sus últimos días, siempre arrojándose hacia el límite de la experiencia. Otros personajes incluyen a la bella y alocada Mountain Girl; el veterano de Vietnam Ken Babbs; el artista y matemático Paul Foster, y el técnico Sandy Lehmann-Haupt. Además, estaban los visitantes regulares, como la emblemática banda de rock ácido The Grateful Dead, el poeta Allen Ginsberg, y la banda de motociclistas, los Hell’s Angels.



Kesey proyectaba y realizaba “fantasías”, eventos cuyo propósito era experimentar con vivencias que rompieran los límites de la experiencia. Una de las fantasías más famosas de los Merry Pranksters fue un recorrido de Estados Unidos, de costa a costa, en el famoso autobús escolar Furthur, pintado y tuneado para cubrir las necesidades psicodélicas de los viajeros. Atravesando el país en 1964, los Pranksters sembraron tendencias que llegarían a abarcar todo el país e iniciaron a muchas personas en el uso de los alucinógenos.

Luego vinieron los Acid Tests, que fueron grandes fiestas realizadas en diferentes lugares de la Costa Oeste, en donde los Merry Pranksters distribuyeron LSD a los invitados. Las fiestas debían ser experiencias en sí, por lo que los locales eran llenados con equipos de sonido, proyectores de cine, obras de arte y diversos objetos dispuestos al azar para estimular los sentidos. Algunas de las personalidades más célebres de la sociedad y espectáculo asistieron a estos eventos, que convirtieron a California en el epicentro del movimiento hippie.

La filosofía de Kesey es nebulosa y bastante difusa. Su rechazo a las reglas de una sociedad represiva y su afán por romper con los límites y tabúes están más claros que aquello que sí quería promover. Fuera de la máxima de “ir más allá” y de absorber la experiencia vital con todo, Kesey parecía adecuarse más bien a la situación que tener un conjunto de principios fundamentales bien definidos. En una ocasión los Pranksters fueron invitados a un mitin de protesta contra la Guerra de Vietnam, donde ellos hicieron un performance surrealista, tras denunciar que el método del movimiento antibélico estudiantil estaba condenado al fracaso, porque ellos mismos seguían el juego político de los poderosos.



No todo fue alegría y diversiones. Wolfe nos cuenta algunos aspectos oscuros de los Pranksters y evita romantizar a estos pioneros de la contracultura. En las primeras etapas del viaje del Furthur, una joven tiene un episodio psicótico producto del abuso con LSD, y los Pranksters la abandonan sin problemas en un hospital psiquiátrico. La falta de consideración hacia cualquiera que no estuviera “en onda” era una constante en ese grupillo.

Hay también algo siniestro en la figura de Kesey. Su irresistible carisma también le permitía ser manipulador e incluso autoritario, pues es claro que, a pesar de los ideales anárquicos de los Pranksters, Kesey era un monarca absoluto, con Mountain Girl y Babbs como sus lugartenientes.

Un aspecto del relato de Wolfe que me causó suma incomodidad es la absoluta invisibilización de Faye, su esposa. Nunca se le da una voz en la narración; ella aparece mencionada siempre como un elemento de fondo, cuidando a los niños y atendiendo el hogar mientras Kesey se alzaba como profeta. Parece ser que ella siempre estuvo de acuerdo con todo el experimento, incluso con la relación de Kesey con Mountain Girl, que resultó en el nacimiento de una niña. Kesey y Faye siguieron casados hasta la muerte de él, y siempre lo apoyó. Pero nada de eso se desprende del libro de Wolfe.

Como sea, la obra es espectacular, alucinante. No sólo me permitió conocer más a fondo la contracultura sesentera, sino que de hecho planteó en mí numerosas reflexiones e inquietudes. Aquí me permito poner algunas líneas a título personal: la intensa vitalidad de los Pranksters me provoca una gran envidia existencial. Siendo por naturaleza introvertido, y habiendo tenido una vida más bien hogareña y familiar, toda esa intensidad me parece inalcanzable, e irremediablemente me deja con la sensación de no haber vivido lo suficiente.



Estos párrafos lo dicen tal cual:

“Los intelectuales siempre han tenido la sensación de que no pueden asir la vida real. La vida real pertenece a esos negros funky y boxeadores y toreros y trabajadores de los muelles y recogedores de uvas y espaldas mojadas. Nostalgie de la boue. Bien, pues los Hell’s Angels eran la vida real. No podía volverse más real que eso, y Kesey lo había conseguido. Gente empezó a llegar de San Francisco y Los Ángeles a La Honda más que nunca. Era como un atractivo turístico intelectual.”
Y también:

“Ellos están hablando acerca de –¿cómo describirlo?- acerca de… la vida, cosas que están pasando por ahí, cosas que están haciendo –o acerca de cosas de una naturaleza tan abstracta y metafórica que él tampoco puede aprehenderlas. Entonces él se da cuenta de que lo que realmente les interesa no son ningunas de las divisas intelectuales que conforman las conversaciones de moda en L.A., los temas, libros, películas, nuevos movimientos políticos estándar… Por años, él y sus amigos no han hablado de otra cosa que de productos intelectuales, ideas, figuraciones, caramelos cerebrales, como sustitutos para la vida; sí. Aquí ni siquiera emplean las palabras intelectuales acostumbradas –mayormente es sólo cosa.”
Después de algunos arrestos por posesión de drogas y una temporada como fugitivo en México (cuyo retrato no es muy halagador), Kesey tuvo que pasar unos meses en prisión a principios de 1966. Tras su salida se mudó a Oregon con su familia, y aunque fue ocasionalmente visitado por los viejos Merry Pranksters, lo cierto era que el movimiento había llegado a su fin. Sin embargo, las semillas que estos alegres bromistas sembraron por los Estados Unidos (y hasta en México), florecieron en la forma de una contracultura que cambió para siempre a la sociedad posmoderna, y cuyas ramificaciones llegan hasta nuestros días.

Ya no más como extra, diré que este libro se ganó mi corazón con sus constantes referencias a los cómics de superhéroes, en particular las analogías entre las experiencias psicodélicas y las aventuras del Dr. Strange. ¡Salud! Me despido deseándoles amor, paz y mucha psicodelia.


Publicado originalmente en Soma

jueves, 30 de agosto de 2018

La violación de Bélgica




La historia de la Primera Guerra Mundial suele leerse como una tragedia, producto de la arrogancia y estulticia de los grandes imperios, más que como una lucha heroica contra el mal, como es el caso de la Segunda. Pero aquella Gran Guerra entre 1914 y 1918 no estuvo exenta de sus atrocidades, actos de violencia y abuso en los que no hay duda de cuál es la mano criminal. Incluso, hay actos de heroísmo. Ésta es la historia de la destrucción de Bélgica.

El brillante plan

Este pequeño país sobre las costas del Mar del Norte había obtenido su independencia en 1839, cuando se firmaron los Tratados de Londres para garantizar que el nuevo reino sería completamente neutral en cualquier conflicto europeo. El acuerdo fue aprobado por las principales potencias del continente, incluyendo al Reino Unido, Francia y Prusia.

Muchas décadas más tarde, cuando Prusia ya se había convertido en el Imperio Alemán, y el país más poderoso en la Europa continental, las tensiones con su vecina Francia anunciaban que una guerra llegaría tarde o temprano. Adelantándose a esta prospectiva, el mariscal Alfred von Schlieffen elaboró el plan de ataque que llevaría su nombre.

El Plan Schlieffen pretendía ser la receta para invadir Francia sin tener que pasar por sus formidables defensas, el sistema de fortalezas que se extendía a lo largo de la frontera con Alemania. Sería mucho más fácil, pensaban, atravesar Bélgica y Luxemburgo, países que no deberían ofrecer mucha resistencia, y asaltar Francia desde el norte.



Los planes de Alemania a lo largo de la Gran Guerra están llenos de wishful thinking. Pensaron que tal vez podrían ir a la guerra con Rusia sin que Francia interviniera. Incluso tuvieron el descaro de pedirle a Francia que entregara sus fortalezas fronterizas a manera de garantía por su neutralidad, siendo los alemanes los que necesitaba rogar porque Francia se mantuviera neutral.

Luego pensaron que podrían invadir Bélgica, violando los Tratados de Londres, no traería a Gran Bretaña a la guerra. Tenían la esperanza de llegar hasta París antes de que los británicos pudieran movilizarse. Por último, pensaron que podrían declarar una guerra submarina indiscriminada contra todos los navíos que cruzaran el Atlántico y aún así esperar que Estados Unidos se mantuviera neutral, o que Gran Bretaña se rendiría antes de que los americanos pudieran movilizarse.

En 1914 dieron otro de esos ejemplos de wishful thinking: que Bélgica dejaría pasar a las tropas alemanas por sus territorios, que se contentarían con mirar de lejos, que a lo mucho emitirían una protesta para no quedar mal. Que el ejército del Reich intimidaría tanto a los pacíficos belgas, que no se atreverían a ofrecer resistencia. Estaban equivocados.

El rey improbable



En 1904 el rey Leopoldo II[1] de Bélgica fue invitado por el káiser Wilhelm a pasar un tiempo en Berlín. Ahí, el imponente monarca de largas barbas y tipo marcial conoció lo que es palidecer de miedo. Wilhelm lo “invitó de la forma más amable” a considerar el proyecto de unirse al Imperio Alemán en una posible guerra contra Francia. A cambio, le entregaría parte del país galo derrotado.

Leopoldo se quedó boquiabierto y no halló nada más prudente que tomarse a broma lo que decía el Káiser. Pero a Wilhelm no le causó gracia y, en uno de sus característicos ataques de furia, vociferó que con él no se podía jugar y que quien no estaba de su parte estaba en su contra. En caso de guerra, no habría amistad que valiera, sólo consideraciones estratégicas. Leopoldo quedó en un estado de shock tal, que salió del palacio real con el casco puesto al revés.

El rey belga murió en 1909. Su heredero no era quien él habría querido. Hijo menor de un hijo menor, no se suponía que el príncipe Albert heredara el trono. Introvertido y reservado, tenía al mismo tiempo un hambre insaciable de lecturas y un amor al aire libre y la actividad física. Lo misma leía dos libros en un solo día, que pilotaba aeroplanos y escalaba montañas.



Como rey se tomó su trabajo muy en serio. Impulsó políticas progresistas para mejorar la calidad de vida de la gente. Quería creer que Alemania no violaría la neutralidad de Bélgica, no se hacía muchas ilusiones. Como monarca no tenía mucho poder en tiempos de paz, y no podía nombrar a jefes del Estado Mayor. Pero podía tener a un “asesor militar” y eligió para ese puesto a Emile Galet.

Galet era hijo de un zapatero en un reino en el que los altos mandos del ejército eran nacidos en la aristocracia. Mientras entre las mentes militares predominaba la doctrina de la ofensiva, el serio y dedicado Galet previó que en una guerra industrial la defensa tendría la ventaja. Con él a su lado, Albert tenía una clara visión del conflicto por venir.

A principios de agosto de 1914 sucedió lo que temían: el Reich envió un ultimátum a Bélgica. En él, acusaban a Francia de haber iniciado bombardeos contra ciudades alemanas y de estar avanzando hacia Bélgica. Si Bélgica permitía que las tropas alemanas pasaran sin problemas, prometían respetar la independencia del país, compensarlo económicamente por cualquier perjuicio sufrido durante la ocupación y sacar a su ejército tras el fin de las hostilidades. Todo era mentira.

Albert dijo que no.

La resistencia y la violación



El ejército belga ofreció una difícil pero valiente resistencia ante la invasión alemana. Albert dirigió las operaciones de defensa con su notable capacidad de planeación. Llamado “el primer soldado de Bélgica”, de los 200 mil que formaban su ejército, permaneció en el frente de batalla durante los cuatro años que duró la guerra y, siguiendo las estrategias defensivas de Galet logró mantener la esquina noroeste de su país fuera de la ocupación alemana. Para evitar que las tropas del Káiser llegaran al mar, Albert hizo romper diques para inundar caminos y campos, haciéndolos infranqueables. Cuando regresó a Bruselas, en 1918, fue recibido como héroe.

Pero hubo una buena parte de Bélgica que sí fue ocupada por los alemanes y allí fue donde ocurrió lo que los medios británicos llamaron The Rape of Belgium.

Los aristocráticos oficiales prusianos consideraban que los pueblos democráticos como el belga eran demasiado revoltosos y temían que se organizara una guerrilla civil. Desde las primeras semanas de la ocupación, las fuerzas alemanas usaron el terror para disuadir cualquier resistencia armada, y así vinieron las atrocidades.



Por toda Bélgica central y oriental, en las primeras semanas de la ocupación, los alemanes fusilaron civiles masivamente: Aarschot (156 muertos), Andenne (211), Tamiens (383), Dinant (674). Los soldados no distinguían entre hombres, mujeres y niños. Un rumor sobre posibles rebeldes era suficiente para hacer que los alemanes montaran en cólera y asesinaran a civiles de forma prácticamente aleatoria.

Además, las tropas se dieron a la violación como mecanismo de terror. No se sabe a ciencia cierta cuántas mujeres belgas fueron violadas por los alemanes, pero se considera que tal crimen era por lo menos tan común como los asesinatos. Ustedes piensen en los números.

Por alguna razón, las tropas se ensañaron contra miembros del clero católico. Decenas de curas y monjas fueron fusilados. En la provincia de Brabante, un grupo de monjas fueron desnudadas por los soldados con el pretexto de que podrían esconder armas o equipo de espionaje. Según algunos relatos, también ellas fueron violadas.

Poblaciones enteras fueron reducidas a cenizas y los pobladores fueron deportados u obligados a huir. Las iglesias y otros edificios altos eran derruidos por miedo a que pudieran ser usados por los francotiradores. En Leuven 248 personas murieron por el incendio provocado adrede por los alemanes, mismo que destruyó la milenaria biblioteca de la ciudad, junto con los manuscritos medievales que contenía. Los 10 mil habitantes del pueblo fueron expulsados por la fuerza.



Más de 100 mil civiles belgas fueron deportados hacia Alemania y obligados a trabajar en las fábricas de armas y municiones. Algunos de ellos también fueron llevados al frente occidental para construir caminos y búnkers para los alemanes.

Seis mil civiles fueron ejecutados durante la violación de Bélgica, y otros 17,700 murieron durante la expulsión, la deportación o el encarcelamiento. En total, 23,700 civiles belgas murieron a manos de los alemanes y más de 10 mil quedaron lisiados. Más de 18 mil niños quedaron huérfanos.

Los altos mandos militares del Imperio Alemán toleraron, y en algunos casos alentaron, estos crímenes.

Exterminate all the brutes!



Los Aliados aprovecharon esta situación a su favor. La destrucción de Bélgica era una muestra de la brutalidad germánica, la prueba de que el Reich representaba una amenaza para la civilización. Parecería difícil exagerar las atrocidades alemanas, pero la propaganda británica y francesa (y más tarde, la americana) lo hizo, reportando a menudo falsedades.

Con el paso de los años eso se volvió contraproducente. Ante las evidencias de que muchas de las acusaciones fueron exageradas o falsas, se empezó manejar el discurso de que todo lo ocurrido en Bélgica había sido un invento propagandístico. El negacionismo de estos crímenes se volvió parte del discurso revanchista teutón de entreguerras. Al mismo tiempo, la experiencia de los mismos marcó al ejército alemán.

Años antes, bajo el reinado de Leopoldo II de Bélgica, se cometió uno de los crímenes más atroces de la historia reciente: el genocidio de los nativos del Congo. Sometidos a la explotación, las matanzas y castigos brutales que incluían la mutilación, cerca de 15 millones de congoleses murieron entre 1885 y 1908. El Congo no era una colonia belga, sino propiedad personal de Leopoldo II, uno de los mayores genocidas de los últimos dos siglos.



Después, entre 1904 y 1908, el Reich había llevado a cabo otro genocidio, el de los pueblos Herero y Nama en las colonias alemanas del África Occidental: 65 mil víctimas mortales han sido reconocidas por la Alemania actual, pero el número ha sido estimado hasta los 100 mil. Para ello, se implementaron los primeros campos de concentración.

Al mismo tiempo que la destrucción de Bélgica ocurría, el Imperio Austro-Húngaro, aliado del Reich Alemán, llevaba a cabo sus propias atrocidades en Serbia. Para combatir la resistencia, los austriacos ejecutaron a prisioneros de guerra, asesinaron civiles y llevaron a cabo violaciones masivas. Unos 3,500 civiles serbios perdieron la vida sólo en las primeras dos semanas de la invasión austriaca; 450 mil en total durante los cuatro años de guerra. Por órdenes de Conrad von Hötzendorf, los ejecutados eran colgados en lugares públicos y se les tomaban fotografías para distribuirlas como instrumentos de terror.



La otra de las Potencias Centrales, el Imperio Turco Otomano, superó a sus aliadas. A partir de 1915 y durante el resto de la guerra, e incluso más allá, los turcos llevaron a cabo el exterminio sistemático de los armenios en su territorio, de quienes se temía que pudieran ayudar a Rusia a atacar al Imperio. Hombres, mujeres, niños, ancianos, fueron ejecutados en masa, obligados a trabajar hasta morir, o forzados a marchar a través de los desiertos de Siria hasta que fallecían. Un millón y medio de armenios perdieron la vida. El gobierno alemán se hizo a la vista gorda, a pesar de los reportes de sus alarmados dignatarios en Turquía.

Todos estos crímenes, que merecen ser tratados cada uno por su cuenta, son antecedentes de la brutalidad con la que las huestes de Hitler marcharían sobre Europa dos décadas más tarde. El camino hasta Auschwitz fue largo y sinuoso, y en 1914 pasó por Bélgica.

Fuentes:




[1] Como dato curioso, Leopoldo era el hermano de Carlota Amalia, emperatriz de México y esposa de Maximiliano de Habsburgo.

viernes, 24 de agosto de 2018

Conrad von Hötzendorf: Vida y milagros de un pendejo con iniciativa




Como lo he hecho desde 2014 hasta el presente, he querido dedicar algunas entradas cada año para conmemorar el centenario de la Primera Guerra Mundial, empezando por aquí. Pues bien, en esta ocasión quiero platicarles de un personaje al que no he mencionado casi para nada en este blog: Conrad von Hötzendorf.

¿No les suena? Su nombre ha caído en relativa oscuridad frente a otros protagonistas de la “guerra para acabar con todas las guerras”. ¿Qué pasaría si les dijera que este tipín es uno de los principales responsables de que haya iniciado el conflicto y de que haya salido tan mal? Tan es así que ha sido descrito como “la clase de oficial más peligrosa: tan estúpido como enérgico” y su biógrafo Lawrence Sondhaus lo llamó “Arquitecto del Apocalipsis”. Aunque más bien fue como "el feto ingeniero del Armagedón". Acompáñenme a ver esta triste historia.

Franz Xaver Joseph Conrad Graf von Hötzendorf nació en 1852 en el seno de una familia austriaca, de ésas en las que todos los miembros varones tenían que ser militares porque no podían concebir otra profesión digna que la de repartir cañonazos. De joven se destacó en el campo de batalla y también por sus impulsos reformistas que chocaron con las ideas arcaicas de la vieja guardia. Eso fue hasta que Hötzie, como era llamado por absolutamente nadie, se volvió viejo y lleno de ideas arcaicas.



Verán, desde que el Imperio Austriaco se convirtió en el Imperio Austro-Húngaro, tras la derrota frente a Prusia de 1866, los austriacos no habían peleado con ningún país importante, y su clase militar era bastante anticuada. El campo de batalla en el que se destacó Hötzie fue el de la represión de una revuelta en Dalmacia contra el Imperio. Así que ni él, ni realmente nadie, tenía idea de cómo se iba a luchar una guerra contra un enemigo que de hecho supiera devolver los balazos.

Los papanatas en altos puestos militares abundaron durante la Primera Guerra Mundial, en especial en los primeros meses, cuando se hizo evidente que nadie sabía lo que estaba haciendo. Así que Hötzie en realidad tenía las mismas ideas estúpidas que la clase militar de su tiempo, a saber:

  • ¡Qué armas modernas ni que niño muerto! Elegantes cargas de caballería en campo abierto y peleas a bayonetazos son lo que definirá las guerras del futuro. Lo más importante no son las armas, sino la voluntad de conquista. No importa que mandemos a nuestros jóvenes sin equipo ni preparación a lanzarse de frente a una ametralladora si están imbuidos con el espíritu de lucha.
  • ¡Estrategia defensiva! ¡Eso es de maricas! ¡Hay que atacar, atacar y atacar, oleada tras oleada! Esconderse detrás de una fortaleza amurallada disparando desde la seguridad de un parapeto a un ejército enemigo es lo más tonto que alguien podría hacer.
  • ¡Nuestros enemigos conspiran contra nosotros y quieren aniquilarnos! ¡Tenemos que atacarlos ya! ¡A la primera sospecha de que nos ven feo, movilizar a todo nuestro ejército o nos destruirán a todos! ¡Nos destruirán a todos! ¡Nos destruirán a todos!
  • Meh, total la guerra va a acabar en unos cuatro o cinco meses.



Hötzie tuvo una exitosa carrera, e hizo fama como maestro y teórico, la cual llegó a oídos del heredero al trono imperial, el desafortunado Archiduque Franz Ferdinand, quien lo recomendó para ser el Jefe del Estado Mayor. Así, en 1906 Conrad llegó a tener el mando supremo del ejército austro-húngaro a pesar de su casi inexistente experiencia en combate. Vamos bien.

Como mucha de la clase aristocrática de su época, Von Hötzendorf era un fiel creyente en las doctrinas del darwinismo social, y estaba convencido de que la vida era una lucha constante por la supervivencia del más fuerte y de que el conflicto bélico era una condición inevitable para la existencia de las naciones. Desde su lugar como alto mando militar, se dedicó a difundir estas ideas entre los oficiales y a predicar la necesidad de la guerra preventiva.

Conrad estaba seguro de que era necesario atacar a Serbia, Italia y Rumania, sus vecinos más débiles, antes de que tuvieran la oportunidad de aliarse con alguno de los países verdaderamente fuertes como Rusia. Cada vez que sucedía alguna crisis, mientras los diplomáticos trataban de calmar los ánimos, Conrad se dedicaba a pregonar que la guerra era el único curso de acción viable. En no menos de 30 ocasiones distintas antes de 1914, Hötzie propuso al emperador Franz Joseph que dejara de discutir y se fueran todos a los catorrazos.

El Imperio Austro-Húngaro

Esto exasperaba a Alois Lexa von Aehrenthal, el ministro de relaciones exteriores, quien estaba tratando precisamente de no hundir al viejo imperio en una guerra de proporciones continentales (pensaban, los muy ingenuos, que a lo mucho la guerra iba a ser continental). El archiduque Franz Ferdinand, por cierto, era otro personaje decididamente comprometido a evitar a toda costa el estallido de un conflicto.

Aehrenthal vio la oportunidad de deshacerse de Hötzie cuando se supo el escándalo de que se andaba ligando a una señora casada, la aristócrata Virginia von Reininghaus, y logró hacer que lo despidieran en 1911. El despido no duró mucho, porque el ministro se murió pronto y a Conrad lo reinstituyeron al año siguiente.

A finales de julio de 1914, Gavrilo Princip, un joven serbio con 19 años y cara de idiota, vio pasar el coche del Archiduque por una calle de Sarajevo y decidió pasar a saludarlo a él y a su esposa con un par de balazos. El heredero al trono de Austria-Hungría había sido asesinado y así los dos hombres que intentaban impedir que la guerra estallara estaban fuera del camino. Nadie estaba ahí para discutirle a Conrad cuando susurrara al oído del viejo emperador que lo que había que hacer era invadir Serbia.

¿Con todo y que si atacamos Serbia, Rusia nos va atacar, y si hacemos eso, Alemania va a atacar a Rusia, y si hace eso Francia va a atacar a Alemania, y si hace eso Alemania va a invadir Luxemburgo y Bélgica y si hace eso Gran Bretaña va a atacar a Alemania? Sí, vámonos contra Serbia, alv. Y ahí lo tienen: una guerra continental europea que en cosa de meses se volvería mundial.



Entonces viene el papel que jugaría nuestro bigotón amigo en la guerra ya iniciada y que sería, por decirlo amablemente, un completo desastre. En sólo los primeros cinco meses de la guerra, bajo el liderazgo de Hötzie, 189 mil soldados austro-húngaros perderían la vida y 490 mil serían heridos y otros 278 se perderían en acción o sería capturados por los enemigos.
   
La conquista de Serbia, según él un país pequeñuelo que no debía causarle mayores problemas al enorme imperio de los Habsburgo, se debía dar en un par de meses, antes de que Rusia pudiera movilizarse contra Austria y Alemania. Pues la conquista de la valiente nación eslava por parte de los austro-húngaros sólo se completó hasta 1915, más de un año después de que iniciara.

Obviamente en ese tiempo Rusia invadió el Imperio Austro-Húngaro y a Conrad se le ocurrió la maravillosa idea de enviar al ejército a enfrentarlo a través de la cordillera de los Cárpatos. A un ejército que no tenía el equipo para pelear en la nieve, el entrenamiento para escalar montañas o siquiera zapatos decentes. A pelear contra los putos rusos, para los cuales batirse desnudos contra osos borrachos en la cima de los Urales se llama “jueves”. Fucking genius! La cosa salió tan mal que los soldados austriacos fueron masacrados sin misericordia y a los heridos se los comieron los lobos. Eso ultimo no es broma.



El desastre en los Cárpatos fue tan absoluto que Austria-Hungría sería incapaz de tener victorias y consolidar el frente oriental sin la ayuda de los alemanes, que en las guerras mundiales siempre se ven en la necesidad de ayudar a sus aliados buenos para nada (te estoy viendo a ti, Italia).

Pero además de todo, Conrad no dejaba de meterse en problemas con todo el mundo, así fuera con el príncipe heredero Karl, el primer ministro húngaro István Tisza o el general alemán Erich von Falkenhayn. Cuando el carcamán de Franz Joseph por fin estiró la pata en 1916, a Hötzie se le acabaron los amigos poderosos, y Karl le retiró el mando del ejército austriaco.

Nuestro héroe fue enviado al frente del Tirol, donde el imperio Austro-Húngaro se batía sin llegar a ningún lado contra los italianos. Ellos tampoco conseguían gran cosa, porque de su lado estaban bajo la dirección de Luigi Cadorna, un jenio militar a la altura de Von Hötzendorf. El frente era característico de la Primera Guerra Mundial: jóvenes yendo a morir estúpidamente sin que ninguno de los bandos pudiera hacer avances significativos. Esto fue así hasta que, de nuevo, los alemanes llegaron a mostrar cómo se hacen las cosas.



En 1918 la gente estaba harta de la guerra que los oficiales, aristócratas y políticos habían iniciado, pero que el pueblo llano tenía que pelear y sufrir. Las presiones para firmar un armisticio aumentaban cada día más, y Conrad, que era de los que querían continuar con la guerra, perdió todo mando militar, en un intento del gobierno de salvar su legitimidad. Era demasiado tarde: el Imperio Austro-Húngaro colapsó en otoño de ese mismo año y quedó dividido en Austria, Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia. Hötzie se dedicó a rumiar el resto de su vida sin admitir jamás sus errores, hasta que murió en 1925.

Sería exagerado decir que Conrad inició la Primera Guerra Mundial. Esta tragedia se fue gestando a lo largo de los años y múltiples factores muy complejos contribuyeron a su desarrollo. Pero no podemos soslayar el hecho de que Hötzie fue el principal instigador de la invasión a Serbia, hecho que inició el conflicto en primer lugar.

También sería simplista decir, como se ha hecho, que Conrad se fue a la guerra para impresionar a su amada Virginia, quien en un principio lo tenía bien friendzoneado (quizá porque tú eras casado, Hötzie, y ella también). Pero es cierto que en las cartas que le escribía a ella (literalmente miles a lo largo de los años) se mostraba su carácter melodramático, obsesivo, hipersensible y autocompasivo. No precisamente las cualidades que se requieren de quien comandaba a uno de los mayores ejércitos de Europa en una guerra industrial de larga duración.



Conrad era un buen conocedor de la teoría y la historia militar, y se le podrían disculpar sus primeros errores en el campo de batalla por su falta de experiencia real, pero el caso es que tampoco aprendió de ellos. Cometió una y otra vez los mismos desaciertos: subestimar a sus enemigos, desestimar las carencias que sufría su propio ejército, ignorar factores climáticos y de terreno a la hora de planificar sus ataques y, sobre todo, estar ciego al hecho de que la guerra moderna ya no era como la de su juventud, y de que un montón de soldados de infantería no puede enfrentar las balas de una ametralladora con el puro “espíritu de conquista”.

Ahora, lo justo es decir que las tonterías en las que Conrad von Hötzendorf creía no eran exclusivamente suyas. Otros casos notables de incompetencia que costó miles de vida incluyen:

  • El general francés Victor-Constant Michel adivinó que los alemanes querrían invadir Francia pasando por Bélgica e ideó una estrategia defensiva que habría podido salvar al país de la invasión y ahorrar muchas muertes innecesarias. El Estado Mayor francés le dijo que su plan era una locura (la defensa era de maricas, recuérdese) y fue despedido.

  • Los soldados franceses vestían pantalones bombachos azules y chalequitos rojos culeros desde el siglo anterior. El ministro de guerra Adolphe Messimy quiso reformar los uniformes para que los soldados no fueran blancos fáciles, pero se enfrentó a la negativa de básicamente todo los oficiales. El cambio no se dio hasta que vieron que matar a garzones vestidos de rojo y azul en campos verdegrises es extremadamente fácil para un solo alemán con ametralladora.

  • Vladimir Sukhumliov era un viejito glotón y perezoso que ocupaba el cargo de Ministro de Guerra en la Rusia zarista. No se encargaba de su trabajo y nadie lo quería, excepto la zarina, porque el señor se dedicaba a hacerle carantoñas y a alabar la sabiduría de Rasputín. Seguro de que la guerra no había cambiado en los últimos 50 años, ponía cara de fuchi cada vez que la hablaban de modernizar el ejército. Cuando Rusia entró a la Primera Guerra Mundial, sus soldados no tenían suficiente equipo, alimentos, municiones o siquiera botas.

  • Y bueno, no podríamos dejar de mencionar al Kaiser Wilhelm II, quien dedicó toda su vida a tomar las peores decisiones concebibles. No quería la guerra, pero la provocó alienando a sus aliados con su actitud bravucona, porque pensaba que haciéndole bullying a todo el mundo iba a lograr que respetaran a Alemania.




Son sólo algunos ejemplos de los “asnos que comandaban leones” como dice el cliché de la Gran Guerra. Es lo que sucede cuando las riendas de la nación quedan en manos de hombres necios, cortos de visión, caprichosos, volátiles, llenos de ideas retrógradas y más dados a pensar con el hígado que con la cabeza. Peor si estos individuos tienen el poder no por sus propios méritos, sino porque pertenecen a una clase social privilegiada que les asegura pase directo a puestos de mando sin haber tenido que iniciar desde abajo.

Así que ahí lo tienen, no sólo una curiosidad de la historia, sino también una lección para el presente: los pendejos con iniciativa pueden hacer muchísimo daño, así que hay que mantenerlos lejos de las palancas del poder.

Fuentes:



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