martes, 30 de septiembre de 2008

¡Prohibido Prohibir!

De nuevo fusilándome un texto del maestro José Ramón Enríquez:




Las cuatro décadas transcurridas desde el 2 de octubre de 1968 hasta hoy, suscitan reflexiones, recuerdos y análisis que seguirán llenando páginas. Pero surge una reflexión inmediata para quienes teníamos entre 22 y 23: ya cumplimos 63 años.


Si el del 68 fue un movimiento que hizo de su juventud una bandera y pidió desconfiar de cualquiera mayor de 30 años, y quienes lo analizamos ya portamos credencial del INAPAM, ¿tenemos derecho a dirigirnos a los jóvenes de hoy para definirles una historia polifácetica? Creo que no.


Podemos y debemos recordarla, sí, pero conscientes de las deformaciones a que obliga la memoria. Y, sobre todo, con pudor, abiertos a las varias voces propias, además de las ajenas.


Por ese pudor, debemos abandonar el tono magisterial ante los jóvenes de hoy, y dejar de imponerles aquéllos como Los Años, con mayúscula. Como si nosotros hubiéramos sido capaces de cambiar el mundo y acometer hazañas que ellos, en un mundo en crisis, son incapaces de acometer.


En el 68, yo fui de los de a pie. De los que no militaban en ningún partido ni estaban en ninguna cúpula. Marché en la Manifestación del Silencio entre la masa a la que pertenecía, y vi, como muchos otros, abrirse las puertas de Palacio para dejar salir no sabía si tanques o granaderos. Y fui de los que ahí corrieron. Fui de los que volantearon, trataron de convencer a los usuarios de los camiones y colgaron posters del Che y Bob Dylan en sus paredes. Pero yo ni siquiera estuve en México el 2 de octubre.


Soy de los que tuvieron miedo pero ningún heroísmo. De los que sólo una cosa tenían bien clara: marchábamos por hartazgo ante el autoritarismo dominante.


Una de las discusiones recurrentes se centra en si el 68 mexicano derivó del francés. Al menos en mi caso, algo tuvo que ver, aunque se conocieran poco sus postulados. Entonces no sabía yo, por ejemplo, que el Mayo en Nanterre se había iniciado porque los estudiantes pedían dormitorios mixtos. Sin embargo, una tontería como ésa, que chocó contra el autoritarismo de los mentores, ya conllevaba el germen de una revolución sexual que sí era la mía.


También se oyó aquí una de las consignas más sonadas, reflexionadas y gritadas allá, hasta la ronquera y tal vez hasta la pérdida de su sentido original: “¡Prohibido prohibir!”


Hoy se evoca esa consigna lo mismo para denostar aquellos años que para demostrar su ingenuidad, o para disparar nostalgias. Pero precisamente lo que habitaba en ella era nuestro hartazgo ante un autoritarismo que, en México, se llamaba (se sigue llamando) priismo, y que el 2 de octubre demostró hasta dónde era capaz de llegar para probar quién mandaba a quién.


Hoy que los prohibicionismos parecen ser la tónica ascendente, vale la pena recordar aunque sea sólo eso.


Veinteañeros, ingenua o irresponsablemente, gritamos “¡Prohibido prohibir!” Hoy, adultos mayores, en medio del miedo a la nueva industria del secuestro y al narcoterrorismo desatado, vemos cómo la prohibición de la droga es el aliado máximo del narcotráfico y sus industrias delictivas subyacentes. La prohibición genera chorros de un dinero capaz de corromper cualquier conciencia.


En vez de caer en una infinidad de falsos problemas, tal vez valdría la pena traducir aquella consigna en esta contemporánea: “¡Despenalización de la droga!”


No para promover adicciones (yo fui víctima y hoy no bebo alcohol, droga legal, ni fumo). Tampoco para impedirlas. Sólo para trasladar el problema del ámbito penal al de las conciencias adultas (como el alcohol y el tabaco) y, sobre todo, para tres objetivos que hoy parecen utópicos:


Primero, controlar la mínima calidad de lo que se vende a los adictos, y evitar su envenenamiento cotidiano.


Segundo, bajar los precios, para quitar la inmensa fuerza económica de los narcotraficantes.


Tercero, evitar que cada vez sea menor la edad de quienes resultan “enganchados”.


Sí. Demostrar que la prohibición es la mejor aliada de los narcotraficantes y nos mete a una guerra sórdida y perdida de antemano, va más por los cauces de aquel 68 que cualquier nostalgia nuestra de adultos mayores.

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