martes, 3 de febrero de 2009

El último hombre

“¡El último hombre! Sí, bien podré describir los sentimientos de este solitario ser, siendo yo misma la última reliquia de una raza amada, mis compañeros, extintos antes que yo.”


Mary Wolstonecraft Godwin Shelley


Eso nos dice Mary Shelley en su diario cuando concibió la idea de la que sería una gran novela. Mary Shelley era una mujer extraordinaria. Es más, ni siquiera deberíamos llamarla Mary Shelley, pues le decimos así por ser un montón de cerdos machistas incapaces de ver más allá de las arbitrariedades del mundo falocentrista. Ella se hacía llamar Mary Wolstonecraft Godwin Shelley. O sea, primero el apellido de su madre, luego el de su padre, y ya de último, el de su esposo. Es decir, ella se reconocía primero como hija de su madre (autora de Una reivindicación de los derechos de la mujer, 1797), luego de su padre y sólo al final, como esposa de su marido.


Pero aparte de ser la esposa de Percy Bysshe Shelley y la hija de Mary Wolstonecraft, Mary es la célebre autora de Frankenstein o el Moderno Prometeo, novela que escribió a los tiernos 19 años de edad, dato que siempre me recuerda la inutilidad de mi vida.


Frankenstein es considerada por muchos como la primera novela de ciencia ficción de la historia. Otros opinan que se acerca más al horror gótico que a la ciencia ficción. De cualquier forma, los que niegan que sea Frankenstein la primera obra de Sci-Fi, no pueden menos que conceder este título a El último hombre (1826).


Lionel Verney es el último sobreviviente de la humanidad después de que una plaga arrasó con ella a finales del siglo XXI. ¿Sencillo? No, la novela va mucho más allá de esta simple premisa (tan choteada en nuestros días). La vida de Lionel Verney es narrada desde el inicio. A lo largo de las casi 500 páginas de la novela vemos a este personaje crecer, sufrir, conocer gente extraordinaria, enamorarse, formar una familia, pelear una guerra, participar en intrigas políticas... para que al final la insignifancia de sus esfuerzos quede manifiesta cuando la vida humana desaparece de la faz de la tierra.


El último hombre no es solamente una novela apocalíptica como las muchas que habría en los siglos venideros. Es una historia simbólica de la generación romántica, esos hombres y mujeres que vivieron con tal intesidad que agotaron pronto sus vidas. Lionel es, en realidad, Mary, la última superviviente de una generación, la que vio morir a su esposo, a sus amigos y a sus hijos. Adrian, el conde de Windsor es Percy, con altos ideales y valores, pero incapaz de llevarlos al terreno práctico. Lord Raymond no es sino Lord Byron, el romántico por excelencia, que se deja arrebatar por sus pasiones y en un momento codicia acceder al poder en Inglaterra y en otro lo deja todo para buscar la gloria en la guerra de Grecia con Turquía.


Ambiciones, anhelos de libertad, gloria, fama, heroismo, conocimiento. Todos los valores del Romanticismo desfilan en una historia apasionante y cautivadora, y todos se pierden al final. El fin del mundo es una representación del fin de la generación romántica, de la que Mary Shelley es la única sobreviviente.


Mary Shelley interpretada por Elsa Lanchester

Para muestra, el siguiente párrafo (la traducción es mía):

“Cuán estultos han sido quienes han renunciado a sus refugios y entrado en lo que los hombres de mundo llaman ‘vida’, ese laberinto de maldad, ese esquema de mutua tortura. Para vivir, de acuerdo con este sentido de la palabra, no debemos sólo ver y observar, sino sentir; no debemos ser meros espectadores de la acción, sino actuar; no debemos describir, sino ser sujetos de la descripción. Un profundo pesar debe ser el habitante de nuestros senos; los astutos deben habernos engañado; la duda enfermiza y la falsa esperanza deben haber dominado nuestros días; la risa y la alegría, que llevan al alma al éxtasis, deben alguna vez habernos poseído. ¿Quién que sabe lo que es la ‘vida’ puede desear esta febril forma de existir? Yo he vivido. He pasado días y noches de fiesta; he participado de esperanzas ambiciosas y exultado la victoria. Ahora, cerrad las puertas del mundo y levantad una muralla alta para separarme de la atribulada escena que se representa en sus precintos. Vivamos los unos para los otros y para la felicidad; busquemos la paz en nuestro hogar amado, cerca del murmullo de los arroyos, el graciosos ondular de los árboles, la beatitud de las pasturas de la tierra y la sublime majestad del firmamento. Dejemos la ‘vida’ para que podamos vivir.”


Los románticos estaban desesperador por vivir, Mary Shelley, la última mujer, nos dice que al final, esa 'vida' sólo les trajo dolor.


La insignificancia del género humano y de sus actos es el tema central de la novela. También está la simetría del destino humano. Lionel en su infancia es un huérfano que vive como montaraz de los productos del monte. Con Adrian, entra a la civilización y encuentra pasión por los libros y el conocimiento, forma una familia y participa en la política. Pero al final, en el mundo desierto, vuelve a ser un montaraz, sobreviviendo en un escenario en el que la naturaleza es quien manda de nuevo. Tal es la historia de la humanidad: viene de la barbarie, pasa por la civilización, y vuelve a la barbarie.


En esta novela no vemos un desastre que acabe con la humanidad de golpe, como es la costumbre. Por el contrario, la decadencia de la raza humana se da a lo largo de los años, durante los cuales vemos morir poco a poco a los personajes. El último hombre nos deja mucha de la imaginería que tendrían las obras de ficción apocalíptica: las ciudades desiertas, pero intactas; la naturaleza que reclama lo que alguna vez fue del hombre; el fanático religioso y sus seguidores que se creen los elegidos para sobrevivir al castigo de Dios; el líder del grupo de sobrevivientes, tratando de guiar a su grupo hacia un lugar seguro; las absurdas luchas internas entre quienes no renuncian a sus ansias de poder incluso en un mundo agonizante; el perro, único y fiel compañero del último hombre...




Mary Shelley imagina un mundo futurista con mínimas diferencias al suyo propio. Tecnológicamente, lo único que hay es grandes globos con los que la gente se transporta de país a país y algunas máquinas de vapor. Políticamente, el mundo es el mismo, Grecia y Turquía siguen en guerra, Inglaterra aún posee sus colonias, etc. La única diferencia es que Inlaterra ha dejado de ser una monarquía para convertirse en república aristocrática.


El lenguaje de Mary Shelley es exquisito, elegante, cargado de poesía, romántico pues, aunque quizá algunos lo considerarían afectado.


En conclusión, El último hombre es una gran novela que nadie que quiera adentrarse en la literatura romántica o en la temprana ciencia ficción puede dejar de leer. Por desgracia, no conozco ninguna edición en español del libro y no sé que la vendan en esta ciudad. Yo la conseguí en Amazon, como de costumbre.

1 comentario:

m.Isaac.V.R. dijo...

me antojaste el libro. Para los interesandos, al parecer, se puede descargar de aquí http://www.gutenberg.org/files/18247/18247.txt

en inglés... en español no es tan fácil de conseguir.

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