"Cuando el mundo se sumió en la vejez, y la maravilla rehuyó la mente de los hombres; cuando ciudades grises elevaron hacia cielos velados por el humo de torres altas, temibles y feas, a cuya sombra nadie podía soñar sobre el sol ni las praderas floridas de la primavera; cuando el conocimiento despojó a la tierra de su manto de belleza, y los poetas no cantaron sino a distorsionados fantasmas, vistos a través de ojos cansados e introspectivos; cuando tales cosas tuvieron lugar y los anhelos infantiles se hubieron esfumado para siempre, hubo un hombre que empleó su vida en la búsqueda de los espacios hacia los que habían huido los sueños del mundo".
La obra de HP Lovecraft puede distinguirse en cuatro etapas:
1) Los relatos macabros: cuentos de terror inconexos entre sí y en los que aún se ve muy clara la influencia de Poe.
2) La primera fase de los Mitos de Cthulhu: en el que Lovecraft crea una compleja y coherente mitología, en la que dioses oscuros, criaturas extradimensionales, saberes arcanos y civilizaciones perdidas son los protagonistas.
3) La segunda fase de los Mitos de Cthulhu: en la que reinterpreta su mitología desde un paradigma de ciencia-ficción: los "dioses oscuros" son extraterrestres antiquísimos y poderosos.
4) Los relatos oníricos: de los que trataré.
Así nació Cthulhu
La originalidad de Lovecraft se debe sobre todo a sus rasgos únicos: la imaginación y sensibilidad de este autor son poco usuales y si hubiese aplicado estas virtudes a la literatura realista o a la filosofía, el buen Eich Pi no se encontraría tan relegado del canon literario occidental como lo está por haber cometido el pecado de dedicarse a la literatura fantástica. Lovecraft va más allá de los vampiros y fantasmas que pululaban en la literatura de horror de la época. Él observa las esquinas oscuras del tiempo y el espacio y atisba el entramado de la realidad misma. Y lo que ve es algo horrible.
Lovecraft, crecido entre dolor, locura y pesadillas, se burla de todas las esperanzas humanas. "El humor", nos dice "es un hombre que silba para darse coraje mientras transita a través de una carretera oscura". Esa carretera oscura es la vida, y el silbido son todas esas cosas grotescas y risibles con las que tratamos de llenarnos de valor mientras atravesamos la existencia. Lovecraft entiende esto y por eso es un maestro del horror: porque el vio la oscuridad de la vida. Pensamos ridículamente en un Dios bondadoso, como un hombre barbado, sabio y benévolo, pero Lovecraft nos revela que Dios es un gigante con cabeza de pulpo... que te quiere comer.
Lovecraft era un escéptico estricto. Tenía amplios conocimientos científicos y no creía en ningún dios. La religión le parecía grotesca y ridícula, con sus rituales, sacrificios y su pretensión de solemnidad. La rechazaba no sólo por su falsedad sino por razones estéticas. Por lo mismo rechaza el ocultismo y el esoterismo, a los que considera carentes de imaginación. Los horrores de Lovecraft son, pues, alegorías de los horrores de la existencia. Sus personajes (cuando sobreviven) quedan traumatizados y, conscientes de los horrores del mundo, no pueden entender que la gente a su alrededor, ignorantes del horror acechante, pueda sobrellevar una vida que repleta de abominaciones.
Cuando Lovecraft utiliza sus socorridos adjetivos, "indescriptible", "inenarrable", "innombrable", "inefable", no se trata sólo de un recurso para evocar ciertas emociones en su lector; yo creo que Lovecraft concibió cosas que no podía explicar con palabras. Pues sí, ha habido genios que pudieron pensar más allá de las limitaciones del lenguaje.
Lovecraft se asomó más allá de la realidad visible
Pero el genio de Lovecraft va más allá. Su sabiduría, producto de la observación, no con los sentidos, sino con la mente, de la realidad (no de una "realidad social", a la que normalmente se circunscribe este concepto en la literatura, sino más allá, a una realidad cósmica, metafísica). Entonces Lovecraft deja atrás la primera y la segunda etapa de sus mitos de Cthulhu (esta última, pienso, bastane mediocre) y va más allá, hacia los relatos oníricos.
"Todo en la vida no es más que un grupo de imágenes del cerebro, no hay diferencia entre las provenientes de cosas reales y las nacidas de sueños interiores, y no existe motivo para dar preeminencia a unas sobre otras". Nos dice en La Llave de Plata.
Los relatos oníricos tienen su centro en el ciclo de Randolph Carter, personaje que es un reflejo del autor. Carter aparece en cuatro relatos: Lo innombrable, La declaración de Randolph Carter (que pertenecen a los cuentos macabros), La Llave de Plata y A través de las puertas de la Llave de Plata. Estos relatos culminan en la novela La búsqueda onírica de la Desconocida Kadath. En sus relatos oníricos Lovecraft ve más allá del horror, del bien y del mal, del orden y el caos y nos hace conscientes de la pequeñez y mezquindad de tales conceptos en la inmensidad del cosmos. Lovecraft, no más horrorizado, se maravilla ante la grandiosidad de lo que existe y puede existir y nos revela que nuestra realidad, la que percibimos, la que somos capaces de comprender, no es más que una nimiedad y que nuestros temores no son más que pesadillas infantiles. Todo esto llegó a ver Lovecraft antes de morir a los 47 años. ¿A qué conclusiones habría llegado de vivir un poco más?
La búsqueda onírica de la Desconocida Kadath es, como dije, la culminación de los relatos oníricos y, quizá, de toda la ficción de Lovecraft. El protagonista, Randolph Carter, se aparta de la grosera realidad cotidiana para entrar en la realidad onírica, en la que otras leyes y conceptos imperan. Hay una "Tierra Onírica", más o menos material, pero el Cosmos Onírico es mucho mayor, poblado por criaturas y entidades incomprensibles. Carter está en busca de la ciudad de sus sueños:
"Toda dorada y magnífica, resplandecía en el crepúsculo, con sus murallas, templos, columnatas y puentes curvos de mármol veteado, fuentes con jarrones de plata y surtidores con los colores del arcoiris en amplias plazas y perfumados jardines, anchas calles corriendo entre delicados árboles y jarrones cargados de flores, y estatuas de marfil dispuestas en hileras resplandecientes; mientras, por la empinada ladera norte, ascendían hileras de tejados rojos y viejas buhardillas picudas cerniéndose sobre pequeñas callejas de adoquines entre los que crecía la hiedra. Era una fiebre de dioses, una fanfarria de trompetas sobrenaturales y un resonar se címbalos inmortales. El misterio pendía sobre ella como una nube sobre una montaña fabulosa aún no hollada..."
Y para encontrar esto que soñó (¿hay algo más nuestro que nuestros sueños?) Carter viajará por múltiples ciudades y puertos, (cada uno diferente y especial), surcará los mares, atravesará el inframundo y bosques encantados y se enfrentará a los mismos dioses y a su mensajero, el Caos Reptante, Nyarlathotep, para al final descubrir que... Bueno, léanla ustedes mismos.
"Y todo lo que hizo fue soñar..."
Como ven, en esta odisea onírica ya no está el Lovecraft horrorizado hasta casi perder la razón. Hay un Lovecraft maravillado con las infinitas posibilidades de la mente, con un asombro infantil, pues sabe bien el autor que no somos más que niños ante la realidad. Y por ello, Kadath es una especie de cuento de hadas macabro. ¿Sería posible que Lovecraft, al final de su vida, a pesar de sus traumas infantiles, sus pesadillas perennes, su terror al mar y sus dolores causados por el cáncer, dejó de lado el horror y encontró la maravilla? La búsqueda onírica de la Desconocida Kadath parece asegurarnos que sí, y deja un asomo de esperanza entre todas las abominaciones que el escritor de Providence nos había heredado. Pero para atisbar esa maravilla, primero debemos enfrentarnos, como él, a lo innombrable, lo indescriptible, lo inenarrable, lo inefable, el horror absoluto que proviene de la comprensión de la realidad definitiva. Después de la pesadilla, vendrá el sueño.