martes, 30 de marzo de 2010

Palabras de un maestro ruso


Estas vacaciones no tengo muchas ganas de bloguear, así que los dejo con estas palabras que Antón Chéjov pone en boca de uno de los personajes de La casa del sotobanco, relato que podrán encontrar en la colección Cuentos escogidos que publica Porrúa. Llégenle duro, porque les va a dar mucho en qué pensar:


Lo importante no es que Ana haya muerto del parto, el hecho es que todas estas Anas, Mavras, Pelagias, encorvan sus espaldas desde el amanecer hasta la noche; se enferman a causa del trabajo excesivo; durante toda la vida tiemblan por sus hijos, hambrientos y dolientes; durante toda la vida temen a las enfermedades y a la muerte; durante toda la vida tratan de curarse, pero se marchitan temprano, envejecen temprano y mueren en el hedor y en la suciedad; sus hijos, al crecer, recomienzan la misma historia y así transcurren centenares de años y miles de millones de personas viven peor que las bestias (sólo por un mendrugo de pan) sintiendo un miedo continuo. Lo terrible de sus situación está en que no tienen tiempo de pensar en su alma; no tienen tiempo de recordar la imagen humana; el hambre, el frío, el miedo bestial, la enormidad del trabajo, como aludes de nieve, les obstruyeron todos los caminos hacia la actividad espiritual, es decir, a lo que distingue al hombre del animal y que constituye lo único por lo que vale la pena vivir. Ustedes acuden en su ayuda con hospitales y escuelas, pero, lejos de liberarlos de sus ataduras, por el contrario, los esclavizan aún más, ya que, al introducir en su vida nuevos prejuicios, ustedes aumentan el número de sus necesidades, sin hablar de que por los emplastos y por los libros ellos deben pagar al Estado, o sea, doblar aún más la espalda.

La alfabetización de los campesinos, los libros con míseras instrucciones y máximas, y los puestos médicos no pueden disminuir la ignorancia ni la mortalidad. Hay que aliviar a la gente del peso del trabajo físico, hay que aliviar el yugo, darles un respiro, para que no pasen toda su vida junto a los hornos, las artesas y en el campo, sino que también tengan tiempo de pensar en su alma, en Dios, y que puedan manifestar en forma más amplia sus condiciones espirituales. La vocación de todo hombre está en la actividad espiritual, en la constante búsqueda de la verdad y del sentido de la vida. Hagan pues, que les sea innecesario el brutal trabajo de bestias; permítanles sentirse en libertad y verán entonces que estos libritos y botiquines son en realidad una burla. Una vez que el hombre sea consciente de su auténtica vocación, sólo podrán satisfacerle la religión, las ciencias y las artes, y no estas menudencias.

Si todos los habitantes de la ciudad y del campo, todos sin excepción, consintiéramos dividir entre nosotros el trabajo que en general realiza la humanidad para la satisfacción de sus necesidades físicas, a cada uno no le correspondería quizá no más de dos o tres horas por día. Imagínese que todos, ricos y pobres, trabajamos solamente tres horas por día y el tiempo restante nos queda libre. Todos en común, dedicamos este ocio a las ciencias y a las artes.

Niego la alfabetización que sólo sirve al hombre para leer los letreros de las tabernas y a veces libros que no entiende. No es la alfabetización lo que necesitamos sino la libertad para una amplia manifestación de capacidades espirituales. Tenemos muchos médicos, farmacéuticos, juristas, mucha gente sabe ahora leer y escribir, pero carecemos totalmente de biólogos, matemáticos, filósofos, poetas. Toda la inteligencia, toda la energía espiritual se fueron gastando para la satisfacción de las necesidades temporales, pasajeras… Los sabios, los escritores y los pintores están abarrotados de trabajo; merced a ellos las comodidades de la vida crecen cada día, las necesidades del cuerpo se multiplican, mientras que la verdad queda lejos todavía y el hombre sigue siendo el animal más feroz y menos pulcro, y todo contribuye para que la humanidad, en su mayoría, se degenere y pierda para siempre su vitalidad. En estas condiciones, la vida de un artista no tiene sentido, y cuanto más talento tiene, tanto más extraño e incomprensible es su papel; ya que resulta que él trabaja para la diversión de un animal feroz y sucio, sosteniendo el orden existente.


Y ahora, algunas citas de otros cuentos de Chéjov incluidos en la misma colección, que espero les sacudan el tapete:


Los desgraciados son egoístas, maliciosos, injustos, crueles y menos capaces aun que los tontos de comprenderse uno al otro. La desgracia, en vez de unir, separa la gente, y hasta allí donde parecía que los hombres debieran estar ligados por el dolor común, se cometen más injusticias y crueldades que en un medio relativamente satisfecho. --- Enemigos


El dinero, como el vodka, convierte al hombre en un guiñapo. --- Las grosellas


Poco a poco, la experiencia le hizo ver que el pequeño burgués, mientras uno jugaba con él a las cartas o compartía su comida, era un hombre pacífico, bien dispuesto y hasta inteligente, pero apenas uno comenzaba a hablarle sobre alguna cosa que no se podía comer, como la política o la ciencia, se metía en un callejón sin salida o se ponía a desarrollar una filosofía tan maligna y obtusa que a uno no le quedaba otra cosa más que dejar de hablar y hacerse a un lado. --- Iónich


¿Cómo la ven?

1 comentario:

Kyuuketsuki dijo...

Tengo a Chejov como asignatura pendiente. Nomás me he chutado a Dostoievski, a Tolstoi y a Gorki a profundidad. Así que tu post sólo reafirma mis ganas de leer más al respecto.

P.D. Off topic, señor. Postié como invitado sobre política y libre mercado por acá:

http://desideratum5.blogspot.com/2010/03/porque-aunque-no-quieras-tambien-te_29.html

¿Gustas entrarle a los catorrazos? Ya comenzaron en los comentarios y promete ponerse bueno. Me encantaría tener tu opinión al respecto, es uno de mis pocos posts seriesones y te invito porque sé de tu interés por ese tema.

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