Saludos,
ciudadanos. El siguiente ensayo está dividido en tres partes: una reflexión
mafufa, un aburrido episodio autobiográfico y una conclusión igualmente mafufa.
La reflexión
parte de la premisa que da título a la presente ponencia: “el cómic como
lectura iniciática”, lo que nos lleva a hacernos una pregunta que suelen acosar
las mentes de profesores, escritores, intelectuales, padres de familia o gente
lectora por igual: ¿cómo difundir la lectura? Es decir, ¿cómo hacer que la
gente lea? Esta pregunta podría desembocar en otra aún más tortuosa y difícil
de contestar ¿por qué queremos que la gente lea? Pero dejemos esta interrogante
de lado y asumamos que queremos difundir la lectura porque es algo bueno per se.
¿Puede ser
el cómic una herramienta para iniciarnos en la lectura? Para contestar a esta
pregunta, primero quisiera hacer una diferencia entre arte y entretenimiento.
El arte es algo grandioso, sublime, elevado en un sentido estético, intelectual
y hasta espiritual, y que maten si cometo la pedantería de pretender definirlo.
Más fácil es definir el entretenimiento como aquello con lo que buscamos
evadirnos de la realidad y descansar mente y cuerpo de las fatigas que nos
impone la vida. Dicho sea de paso, el entretenimiento es una necesidad humana
(como lo es arte). Puesto que no podemos sólo dedicarnos a trabajar para
proveer a la familia, ni clavarnos con profundas meditaciones metafísicas todo
el día, necesitamos la distensión que nos proporciona el entretenimiento.
Existe
también una diferencia entre el entretenimiento barato y el entretenimiento de
calidad. El último es original, ingenioso, efectivo para despertar emociones y
respeta la inteligencia del público. El primero es repetitivo, trillado, apela
a las emociones más bajas y confía en la pasividad, conformidad y falta de
memoria del público.
Ahora bien,
existe literatura de arte y literatura de entretenimiento. De la primera
tenemos a Victor Hugo y en la segunda tenemos a Julio Verne, por mencionar a
dos de la misma nacionalidad. Julio Verne, Arthur Conan Doyle y Emilio Salgari
y otros hacían entretenimiento de calidad.
Como se sabe,
los autores mencionados produjeron obras de literatura iniciática, es decir,
obras con las que muchas personas, en su infancia, empiezan a leer. Seguramente
muchos de nosotros tuvimos La Isla del
Tesoro o Viaje al Centro de la Tierra
como uno de nuestros primeros libros, como desde hace más de una década, muchos
niños y niñas se han iniciado en la lectura con los libros de Harry Potter.
También los
cómics constituyen lecturas iniciáticas. Valdría la pena, antes de seguir,
preguntarnos si los cómics son literatura. Personalmente, creo que no. Creo que
son un arte independiente, con un lenguaje propio. Es tan diferente el cómic a
la literatura, como el cine al teatro; y el cómic no es “literatura ilustrada”
como el cine no es “teatro filmado”. Pero cómic y literatura tienen algo en
común: el lenguaje escrito (aunque hay cómics “mudos”), y el acto de leer como
forma de fruición. También, por cierto, hay en el cómic una diferencia entre
arte y entretenimiento. Sea como sea, lo cierto es que las primeras obras
leídas por muchos niños y niñas son precisamente historietas.
Los más optimistas ven esto con muy
buenos ojos: si empiezan a leer Harry
Potter, con el paso del tiempo se convertirán en férreos lectores y
llegarán a las grandes obras de la literatura. Después de todo, uno puede
empezar leyendo Spider-Man y llegar hasta
Maus. Pero esto me lleva a preguntarme si en realidad empezar por el
entretenimiento lleva a los lectores tarde o temprano al arte. Según veo, una
persona puede pasarse la vida viendo churros hollywoodenses sin jamás echarle un
ojo a una película de Fellini; o consumir pasivamente basura como el reguetón y
jamás prestarle oído a una sinfonía de Tchaivkosky. De la misma manera, conozco
gente que empezó leyendo best-sellers y en su vida adulta continúa leyendo
best-sellers, sin atreverse a agarrar Crimen
y castigo; conozco gente que de niños leían Superman y que hasta la fecha siguen con lo mismo y le rehúyen a Watchmen, porque les parece complicado,
aburrido y con muchas palabrotas.
Quizá hay personas cuyas mentes no
dan para pasar del entretenimiento al arte. Quizá como dicen algunos
pesimistas, la literatura no es para todos, y el hecho de que suene presuntuoso
o elitista no lo hace menos verdadero. Como dijo una vez un camarada: “Leer no
hace inteligente a nadie, son los inteligentes los que agarran y leen”.
Entonces, ¿eso significa que maestros, padres de familia, escritores,
intelectuales y demás, perdemos el tiempo en tratar de difundir el hábito de la
lectura?
¡No, por cierto! Quizá a muchos jamás
puedan leer dos palabras juntas sin sufrir de jaquecas, y otros nunca sean
capaces de dar el brinco desde best-sellers baratos hacia literatura de verdad.
Pero habrá muchos que descubrirán la indescriptible satisfacción de la lectura
en las páginas de X-Men y que, en
busca siempre de novedades y más elevadas satisfacciones, las encontrará en las
grandes obras de la literatura.
Se suele criticar que en las escuelas
se marque la lectura como tarea obligatoria, porque el descubrimiento de la
literatura debe estar motivado por la decisión libre y espontánea del sujeto.
Pero yo digo, “¡pamplinas!”. Es como decir, “no hay que obligar a los niños a
hacer sumas porque van a odiar las matemáticas”. Bien, a los que no les hagan
hacer sumas, no desarrollarán esas habilidades, mientras que de entre quienes
sean obligados muchos habrá que las odien (pero lo habrían hecho de todos
modos), pero muchos otros serán salvados del anumerismo (el equivalente
matemático del analfabetismo) y surgirá alguno que otro matemático brillante.
¿Qué les mando leer a mis alumnos?
Las clásicas lecturas juveniles de entretenimiento: Las minas del Rey Salomón, o El
último de los Mohicanos, etc. Otros maestros prefieren novelas juveniles
contemporáneas que traten sobre la realidad adolescente, lo cual me parece
estupendo, pero yo conozco poco de este género. Algunos alumnos no las leerán.
Algunos las leerán con flojera. Pero habrá otros que descubran con ellas que disfrutan
mucho al leer. De éstos, algunos no pasarán de leer entretenimiento, pero otros
llegarán a la gran literatura. Y el cómic puede ser también una herramienta
para iniciar a los niños y jóvenes en la lectura. Lo sé por mi experiencia como
profesor, y también como lector. Y aquí viene el aburrido episodio
autobiográfico…
Me inicié casi al mismo tiempo en la
lectura en tres medios: los libros de cuentos para niños, los libros sobre
ciencia y naturaleza también para niños, y las historietas. Los primeros cómics
que leí fueron los de Garfield, el Gato,
seguidos casi simultáneamente por Mafalda.
Dos tiras con un estilo muy diferente, que ayudaron a definir mi sentido del
humor. En casa de unos primos descubrí los Astérix
de Goscinny y Uderzo, que fueron los primeros cómics “largos” que leí y que
despertaron en mí la fascinación por la historia de las culturas antiguas.
Mi primer cómic “serio” estaba basado
en una obra literaria: era una adaptación de Tarzán de los monos de Edgar Rirce Burroughs, ilustrada por el gran
Burne Hogart. Recuerdo que me impactó mucho la lectura de este libro, por la
violencia y el drama que podía alcanzar lo que antes creí que era una historia
para niños. A su vez, descubrí la magnificencia que podía alcanzar el arte en
un cómic.
El año de 1992 será recordado por
muchos de mi generación. Una noticia apareció en televisión, radio y prensa y
nos sacudió a todos: Superman había muerto. Como muchos de mi generación,
empecé a leer cómics de superhéroes, especialmente de Marvel y DC, justo
después de La Muerte de Superman
(antes sólo conocía a los superhéroes por películas y series animadas). En esos
años (estaba aún en la primaria) descubrí que los superhéroes de cómic eran
mucho más complejos que sus contrapartes de la televisión. Me impactó el nivel
de violencia, tragedia y hasta sensualidad que podía alcanzar las historietas
de justicieros encapuchados. Recuerdo en especial una novela gráfica de Gambit,
que era tan cachonda, que para mí y mis amiguitos era un tesoro como para otros
niños menos nerdosos podía serlo una Playboy
robada al hermano mayor.
Dejé los cómics de superhéroes por
unos cuantos años, hasta que los retomé durante una crisis de varicela en la
adolescencia. Durante esta conflictiva etapa, las historietas fueron casi
exclusivamente mi única lectura. Pero lo importante es que me mantuvieron
leyendo y, cuando decidí madurar como lector y pasar a las bellas letras, los
cómics me habían dejado un bagaje cultural muy valioso. Por esos años leí Arkham Asylum, Kigndom Come, Batman: Year One y Dark Knight Returns, The
Killing Joke, Marvels, Daredevil: Born Again y muchos títulos
más que me mostraron que el cómic, hasta en el género de superhéroes, podía ser
una pieza de arte.
Además, los cómics editados por Vid
tenían un plus: incluían breves artículos que contaban el origen y desarrollo
de las historietas, hablaban de grandes escritores y artistas del medio,
filosofaban sobre la ideología o las implicaciones sociológicas del cómic e
invitaban a los lectores a conocer títulos como Watchmen o Swamp Thing. A
veces compraba los cómics de Spider-Man
sólo para leer dichos artículos.
Otro impulso hacia la buena lectura
provino del cómic japonés, que descubrí cuando una de las tantas efímeras
tiendas de cómics que han pasado por esta ciudad abrió sus puertas en Gran
Plaza. El título era Neon Genesis
Evangelion de los estudios Gainax (el anime no era conseguible por acá). Yo
detestaba animes como Dragon Ball y Sailor Moon, lo que me hizo pensar que
los japoneses hacía puras jaladas. Pero Evangelion
me impactó por la profundidad humana de sus personajes. De hecho, toda la parte
de mechas peleando con monstruos y derribando edificios, me parecía muy
aburrida; ¡Yo quería saber qué pasaría con los problemas existenciales de
Shinji! (por esos años también leí Video Girl Ai)
Cuando a los 18 años decidí ponerme a
leer en serio, el cómic siguió acompañándome. Alan Moore, Frank Miller, Art
Spiegelman, Daniel Clowes, Robert Crumb, entraron a mi vida en mis primeros
años de joven adulto, junto con Dostoievsky, Borges, Unamuno, Stendhal,
Flaubert, Milton y Chéjov. Y pues aquí sigo, después de una licenciatura en
Letras y dos libros publicados, no sólo leo a los autores que acabo de citar,
sino que sigo dedicándole algunas horas felices a Superman y a Spider-Man, como
también al Capitán Nemo y a Sherlock Holmes.
En conclusión: sí, un rotundo sí: el
cómic puede ser la puerta de entrada al maravilloso mundo de la lectura. Puede
ser el milagro que haga que un niño (¿y por qué no también un adulto?) descubra
que disfruta lo que la literatura le tiene que ofrecer.








5 choros:
Mmm... ¿no creciste en realidad en Aguascalientes y fuiste un compañero de primaria al que no recuerdo? ¿Por qué siento que nuestros años formativos fueron taaan similares? Creo que a mí me pasó lo mismo con la lectura de cómics y obras de entretenimiento.
¿O acaso me espías? ¬¬
Saludos.
De no ser porque soy 7 años más joven que tu, juraría que somos contemporáneos. Comparto tu opinión. Pero no olvidemos que por cada lector de Frank Miller y Unamuno, hay como 20 lectoras de Crepúsculo, y 30 de Dan Brown... (aunque quiero volver a ver la estadística, quisiera que no fuese así, snif)
Saludos.
@Danielov, @David: Je, je, je. Es fenómeno generacional de geeks, supongo. Saludos!
Cuando vuelven los temas chairos?
Completamente de acuerdo y además militante.
Aunque no dejo de sentir un sudor frío cada que le presto algún comic o libro inicático a alguno de mis alumnos.
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