martes, 30 de agosto de 2011

The Times They Are A-Changin'




Soy fan de los 60, de su cultura y contracultura, de sus impresionantes movimientos sociales y, sobre todo, de su música. Creo que no hubo un mejor momento para el rock que la década que fue de 1965 a 1975. Y no quiero decir que antes o después no haya habido genios y obras maestras, pues sí que los hubo. Tampoco quiero decir que el rock de ese periodo sea insuperable. Más bien, lo que pasa es que en esos años se dio tal cantidad de genios y obras maestras con una frecuencia y densidad como nunca antes se había dado y como nunca se dio después. Tanto así, que uno puede seguir escarbando y escarbando entre la música sesentera, por debajo de las luminarias más populares, y puede encontrar más y más joyitas insospechadas.

Lo que es más, los 60 fueron una época en la que música más mainstream y más popular era al mismo tiempo de lo mejor que se producía. Piensen en The Rolling Stones, The Kinks y The Beach Boys: todos muy populares y todos muy buenos. Y por supuesto, The Beatles, que creo que son para el rock lo que Shakespeare para el teatro. Hoy en día hay muy buena música, pero para hallarla hay que saber dónde buscar: no es la que se oye en la radio, en los bares, restaurantes o en cualquier lugar donde haya hípsters.

Pero también la segunda mitad de los 60 fue una época de grandes cambios sociales, en especial en los últimos tres años de la década. El movimiento de los Derechos Civiles en EUA, el auge y caída de la cultura hippie, la Revolución de Mayo en Francia, la Primavera de Praga en Checoslovaquia, el movimiento de Nelson Mandela en Sudáfrica, los intentos del Che Guevara por exportar la revolución y, desde luego, el Movimiento Estudiantil de México. Algunos fueron aplastados, otros triunfaron con el tiempo, pero todos dejaron algún tipo de legado para la posteridad, así sea la inspiración para luchar por un mundo mejor. Liberación sexual, protección al medio ambiente y pacifismo fueron ideales que en algún momento sólo predicaban una bola de loquitos; hoy son valores de la sociedad contemporánea que se promueven hasta en las escuelas y los medios, aunque sea sólo en el discurso.



El historiador Roger Osborne lo plantea de esta manera:

Los años sesenta representaron, hasta cierto punto, una reacción contra la atrofia de la sociedad que siguió a la Segunda Guerra Mundial. La generación que vivió la guerra se dio por satisfecha con haber sobrevivido y tenido la oportunidad de construir un mundo próspero y en paz; sus hijos, ya a punto de convertirse en adultos, querían algo más. La idea anteriormente dominante, combatir para conservar la civilización, dio paso a la convicción de que era precisamente la sociedad contemporánea, con sus jerarquías, su rigidez, su deferencia ante la autoridad y su mentalidad de ‘el médico sabe lo que nos conviene’, la culpable de que Europa se hubiera ido de cabeza al conflicto.

Pero no se debe caer en la trampa de idealizar los 60. Esos movimientos no eran el espíritu general, sino que fueron reacciones contra una cultura dominante y al final esta hegemonía prevaleció. Algunos amargados sobrevivientes de esos años quieren hacerlos ver como “LOS AÑOS” y constantemente tratan de hacer sentir culpables a las nuevas generaciones por no haber “seguido la lucha”. No son pocos jóvenes los que, convencidos por este discurso, siguen esperando el momento en que los 60 regresen de la tumba, como los que esperan la segunda llegada de Jesús, para resolver todos los problemas de la vida y llevarnos a la Utopía. De nuevo cito a Osborne:

A mediados de los sesenta, la ansiedad por ganar y gastar dinero empezó a aburrir a algunos miembros de la juventud recién liberada. La contracultura que se organizó para oponerse a la Guerra de Vietnam volvió la espalda al consumismo y al individualismo, y buscó nuevas formas de espiritualidad y vida en común. Éste es el movimiento que a menudo se considera representativo del espíritu de los años sesenta, aunque en realidad fue un intento de recuperar una época que el materialismo de esa década estaba destruyendo. La contracultura, como se vio después, tenía pocas posibilidades frente a los ejércitos del mundo comercial y los placeres inmediatos de comprar y tener. La invocación del movimiento hippie de una nueva espiritualidad frente al consumismo insensato cayó en saco roto. Desde entonces preferimos comprar y que nos lo den todo hecho.



No, los 60 no van a regresar ni pueden regresar. Los próximos grandes cambios sociales se originarán por otras causas, adoptarán otras formas y tendrán otras consecuencias. Sin embargo, es de notar las similitudes que tienen los movimientos sociales que ahora mismo ocurren alrededor del mundo, con lo sucedido entre 1967 y 1969: manifestaciones pacíficas, rechazo al sistema político, económico y social dominate; propuestas para organizar la sociedad de una manera más equitativa (muchas de ellas utópicas), el acercamiento de regiones distantes del mundo a través de nuevos medios de comunicación, y una nueva generación a la vez mejor preparada, menos conformista y más consciente que la anterior.

Pero empecé hablando de la música y quiero volver a ella. En los 60 la música, en sus diversos géneros (rock, folk, regué), expresó el sentir de una época y vinculó a los escuchas con la situación que se vivía en el mundo. La razón de esta larguísima introducción, es que hoy quiero presentarles 10 rolitas sesenteras que hablan de insurrección, cambio y esperanza. y que tienen mucho que decirnos a los que ahora estamos viviendo estos tiempos tan interesantes. Dedicadas a todos los que luchan en algún rincón del mundo.


THE TIMES THEY ARE A-CHANGIN' de Bob Dylan (1964)

Esta rola se inspiró en el Movimiento por los Derechos Civiles y en la rebeldía general de esos años. Escogí esta canción como nombre de la entrada porque el título lo dice claramente, los tiempos están cambiando:

Come mothers and fathers
Throughout the land
And don't criticize
What you can't understand
Your sons and your daughters
Are beyond your command
Your old road is
Rapidly agin'
Please get out of the new one
If you can't lend your hand
For the times they are a-changin'.







STREET FIGHTING MAN de The Rolling Stones (1968)

Considerada la canción más politizada de la banda, expresa al mismo tiempo el entusiasmo y la frustración de Mick Jagger, que veía luchas sociales ocurriendo en todo el mundo, mientras él sólo podía estar tocando algunas canciones de rock:


Evrywhere I hear the sound of marching, charging feet, boy.
Cause summers here and the time is right for fighting in the street, boy.
But what can a poor boy do,
Except to sing for a rock n roll band?
Cause in sleepy london town
There's just no place for a street fighting man



REVOLUTION de The Beatles (1968)

Esta canción es muy importante. Los Cuatro de Liverpool estaban en contra de la Guerra de Vietnam y a favor de los muchos movimientos sociales que ocurrían, pero no podían expresarlo en su música por presión de George Martin, que no quería que la politización de la banda afectara su popularidad. Así, los Beatles lanzaron esta canción que invita a la transformación pacífica de la sociedad y a no caer en fanatismos destructivos en nombre de la revolución.

You say you want a revolution
Well, you know
We all want to change the world
You tell me that it's evolution
Well, you know
We all want to change the world
But when you talk about destruction
Don't you know that you can count me out?





POWER TO THE PEOPLE de John Lennon (1971)

Es bien conocido el compromiso de John Lennon con los múltiples movimientos sociales que ocurrían en aquellos días, en especial el movimiento pacifista contra la Guerra de Vietnam y el Movimiento por los Derechos Civiles. Esta canción la escribió con la intención de que se convirtiera en un lema o himno que la gente pudiera corear en manifestaciones y marchas.

Say you want a revolution
We better get on right away
Well you get on your feet
And out on the street




WE SHALL OVERCOME de Joan Baez (1963)

En realidad esta canción de protesta data de por lo menos finales de los 40's, cuando ya era entonada por los afroamericanos. Se convirtió en un himno del Movimiento por los Derechos Civiles y se hizo célebre por las interpretaciones de Joan Baez, en especial la de Woodstock. Como dice el estribillo, "Venceremos".

We shall overcome,
We shall overcome,
We shall overcome, some day.
Oh, deep in my heart,
I do believe
We shall overcome, some day.





A CHANGE IS GONNA COME de Sam Cooke (1964)

Otra canción inspirada por el Movimiento de los Derechos Civiles, narra la dureza de vida que experimentó Sam Cooke por ser negro y pobre en Estados Unidos. Pero no desespera porque sabe que un cambio está por venir...

There were times I thought, I wouldn't last for long
Now I think I'm able, able to carry on
It's been a long... long time coming, but I know...
A change is gonna come, yes it will, oh
I know, a change is going to come





FOR WHAT IT'S WORTH de Buffalo Springfield (1967)

Esta canción expresa el desconcierto en el que se vivía en esa tumultosa década. Esta inspirada directamente en los choques entre manifestantes hippies y la policía en California.

There's battle lines being drawn
Nobody's right if everybody's wrong
Young people speaking their minds
Getting so much resistance from behind
I think it's time we stop, hey, what's that sound
Everybody look what's going down




GET UP, STAND UP! de Bob Marley (1973)

Cambiemos un poco el ritmo. Este clásico del regué empezó como una crítica a las manipulaciones de la religión, pero se ha convertido en un himno para toda clase de luchas sociales, desde los derechos de las minorías hasta la legalización de la marihuana, pues invita a todos a ponerse de pie y no abandonar la lucha.

You can fool some people sometimes,
But you can't fool all the people all the time.
So now we see the light
We gonna stand up for our rights!




GIMME SHELTER de The Rolling Stones (1969)

Esta canción proyecta el sentir de la juventud y gran parte de la sociedad hacia finales de los 60's. Por un lado, la Guerra de Vietnam no tenía visos de terminar; por otro, la juventud seguía luchando por un mundo mejor. Por eso dicen que la Guerra está a sólo un disparo de distancia, pero que el Amor sólo está a un beso. O sea, que en este momento histórico podemos hacerlo muy bien, o podemos cagarla en grande:

Oh, a storm is threat'ning
My very life today
If I don't get some shelter
Oh yeah, I'm gonna fade away

...
Rape, murder!
It's just a shot away
It's just a shot away
...
Love, sister!
It's just a kiss away
It's just a kiss away

 


IMAGINE de John Lennon (1971)

Terminamos, por fin, con una de las canciones más hermosas del siglo XX. Esta canción ya no nos habla de lo que anda mal con la sociedad, ni llama a la lucha o al combate, sino que nos invita a concebir el mundo que queremos construir, ese ideal por el cual hacemos todo. ¿Pueden ustedes imaginarlo?


Imagine no possessions
I wonder if you can
No need for greed or hunger
A brotherhood of man
Imagine all the people
Sharing all the world...






Y eso es todo por hoy, compañeros. Me despido por ahora con muchos buenos deseos. ¿Sueno cursi? Es la rola, así me pone. 

PD: Ya antes les había compartido música sesentera psicodélica, y también tengo un top de las canciones más viajadas de la época.

viernes, 26 de agosto de 2011

Cómo cambiar el mundo: Lecciones desde España hasta Siria




La experiencia española

Las predicciones de algunos comentaristas políticos aseguraban que el movimiento de los Indignados españoles se apagaría pronto y que resultaría ser un movimiento de pura gente alborotada que no sabe ni qué onda, de ninis que piden soluciones mágicas a sus problemas sin proponer nada a cambio. Todo lo contrario: pasado el furor de las primeras protestas, y viendo que la causa es abrazada por una amplia porción de la sociedad española, el movimiento ha dejado atrás la sola manifestación del descontento general, para evolucionar hacia propuestas, no sólo de cambios y reformas políticas, sino de una nueva forma de organizar la sociedad.

Veamos qué dicen:


El objetivo será promover en todas las asambleas del movimiento un funcionamiento transparente, horizontal, y que permita a todas las personas participar en igualdad de condiciones. Para ello, uno de los objetivos centrales será evitar que surjan líderes o jefes que decidan por todos sin tenerles en cuenta, cómo los políticos, vamos. Si no nos gustan en las instituciones, menos aún tratando de aprovechar nuestro movimiento para su interés.

Para lograrlo, el movimiento recurre a las siguientes acciones estratégicas, entre otras:
  • Cargos rotativos.
  • Dinámicas asamblearias.
  • Tiempos de asambleas bien definidos.
  • Estructura de sierra o "sube y baja".
Este último punto es muy interesante. Las asambleas son la voz de las personas que participan en ellas, por lo que las únicas decisiones válidas deben ser las que aprueben las asambleas de barrio, incluidas las propuestas de la Asamblea General de Madrid. Cada asamblea de barrio acuerda llevar a la General de Madrid unas propuestas, en la General se aprueban o no, y se devuelven a las de barrio para que ratifiquen el acta de la asamblea general, que no es más que una asamblea de portavoces sin poder de decisión. Así se logra que la voz de la myor cantidad de personas posible sea escuchada y tenida en cuenta, lo que a su vez logra un mayor interés por parte de la ciudadanía [ver más aquí]. Esto se explica con el siguiente diagrama:


Platón repudiaba la democracia. Decía que no era razonable que los pasajeros de un barco tomaran las decisiones, sino que debía hacerlo el capitán, que conocía bien su oficio, aunque sus acciones no fueran populares entre los pasajeros. Este mismo argumento fue esgrimido en tiempos de las revoluciones de finales del siglo XVIII, la de las Trece Colonias y la Francesa. Aún hoy, hay quienes dicen defender la democracia, cuando en realidad defienden una especie de oligarquía, en la que los "mejores ciudadanos", una élite de políticos, empresarios y economistas que han demostrado su talento para acumular riquezas, preserven el poder en contra de las decisiones impulsivas de la plebe ignorante y manipulable.

Lo que a Platón nunca se le ocurrió es que si a los pasajeros del barco se les educa en el arte de la navegación, aunque sea en algunos aspectos básicos, entonces su opinión podría llegar a ser valiosa para ser tomada en cuenta por el capitán. Es decir, que si la ciudadanía se educa para participar en una democracia, entonces ésta se puede volver más directa, sin la necesidad de élites gobernantes. Pero para que las personas sientan interés por la política, debe dejárseles participar. Si se les niega la participación con el argumento de que "no saben", nunca aprenderán, alejándose de la política por apatía o desesperanza, y dando como resultado el fracaso de la democracia. Sólo participando de la democracia se puede tener a un pueblo preparado para ella. Sí, se cometerán errores, a veces catastróficos, pero será la experiencia que todo pueblo tiene que vivir para tomar las riendas de su propio destino.



El movimiento español está logrando eso: que la gente de los barrios se interese por participar en el quehacer político, que no ven más la política como algo ajeno y lejano sobre lo que tienen más influencia que un voto cada cierto tiempo. No más legarle la responsabilidad de pensar, organizar y decidir a líderes y a caudillos, pues si ser conducido es más cómodo que conducirse a sí mismo, se corre el riesgo de quien te guíe te lleve por dónde quiera y en contra de tu beneficio.

Para una mejor comprensión de este movimiento social, les recomiendo checar este reportaje de la siempre excelente cadena Al Jazeera:




¿Revolución Europea?

Alexander Lukashenko (N. 1954) ha gobernado Bielorrusia desde 1994. Su gobierno ha reprimido los derechos humanos y llevado a cabo fraudes electorales, manteniéndose al margen del Derecho Internacional. La suya constituye la última dictadura de Europa, una parodia anacrónica del totalitarismo soviético. Hoy, esa dictadura se tambalea, ante oleadas de protestas en contra de la crisis económica y del gobierno autoritario. Con la Unión Europea y Rusia dándole la espalda, ¿por cuánto más podrá sostenerse este régimen? [ver más aquí].

Mientras tanto, en Grecia, debido a las protestas, el gobierno ha prometido llevar a cabo reformas a la constitución, entre las que se incluyen cambios a la manera en que funciona el sistema político griego. Sin embargo, dichas reformas no se realizarán sino hasta el año 2013, demasiado tarde para el movimiento social que ha estallado en Grecia [ver más aquí].

¿Podría haber una Revolución en Italia? El columnista Massimo Cacciari opina que es posible. Cacciari señala que lo que ocurre en Europa es muy distinto a lo que acontece en los Países Islámicos, pero que aún hay puntos de encuentro. El columnista se adelanta a señalar que las revoluciones en Túnez, Egipto y Libia no son ni el resultado de complots occidentales, ni la explosión de fanatismos religiosos o políticos, sino movimientos de origen popular. Igualmente popular es el movimiento español y en la Bella Italia están presentes los mismos factores que desencadenaron movimientos a ambos lados del Mediterráneo: juventud sin oportunidades, gobierno corrupto e incompetente y crisis económica. Quizá es sólo cuestión de tiempo... [ver más aquí].


La Cuna de la Revolución


Pero volvamos a la región que vio nacer los que podrían ser los grandes movimientos sociales del siglo XXI: el Norte de África. Primero, la caída de Ben Alí en Túnez tomó por sorpresa a las potencias occidentales. Después, éstas no hicieron más que tibias y tardías declaraciones cuando el fin del régimen de Mubarak en Egipto era inminente. Cuando el pueblo de Libia decidió seguir el ejemplo de sus congéneres, la OTAN, con EUA, Francia y Reino Unido a la cabeza, se apresuraron a dirigir sus esfuerzos políticos, económicos y militares para asegurarse de que esta revolución tuviera el resultado justo que ellos querían. Así, Muamar Al Gaddafi, antiguo aliado (y antiquísimo enemigo) de Occidente, se convirtió de nuevo en el diablo.

Hoy, en que los rebeldes libios han tomado por asalto la capital de Trípoli y el viejo coronel ha tenido que huir de la ciudad, la pregunta que se hace el mundo no es si la Revolución Libia triunfará, sino cuál será el futuro de este país rico en cultura y en petróleo. La preocupación principal es que Libia pueda convertirse en una nueva colonia, con los países de la OTAN lanzándose vorazmente sobre los despojos que deje la Guerra Civil [aquí y aquí].
Pasando el Mar Rojo, en el Oriente Medio, la situación parece muy distinta para Siria, donde el pueblo se mantiene en pie de lucha contra la dictadura de Bashar Al-Assad. El dictador ha reprimido con brutalidad a los manifestantes. Mientras los rebeldes libios tomaban el búnker de Gaddafi, los rebeldes sirios eran masacrados por los tanques de Al-Assad, en un operativo para "asegurar" la ciudad de Deir ez-Zour [ver aquí]. Pero los días para esta dictador podrían estar contados, toda vez que miembros del ejército han desertado, muchos de ellos horrorizados por habérseles ordenado disparar contra la población civil, incluso durante ceremonias religiosas. "Que me ordenaran disparar a civiles pacíficos es lo más brutal que me ha pasado" declaró un francontirador que desertó de las filas de Al-Assad [ver más aquí].



¿Y dónde está el apoyo de las democracias occidentales? ¿Dónde las condenas contra las violaciones a derechos humanos cometidas por Al-Assad? ¿Dónde los ultimatos para que el dictador deje el poder? Pues que hay una diferencia: Al-Assad es aliado de las potencias capitalistas, y no un aliado incómodo y volátil como lo era Gaddafi, sino uno fiel y confiable, que ha mantenido su región en calma. Pero quizá, si mantener a Al-Assad en el poder sale más caro que removerlo y "negociar" con la oposición, podríamos ver a los campeones de la OTAN bombardeando Damasco en los próximos meses.... El tiempo lo dirá.

Y con este escenario, dos terceras partes del 2011 terminan. ¿Con tantos eventos sucedidos en sólo 8 meses, qué podemos esperar de los 4 restantes? Estén pendientes de este fascinante capítulo en la historia de la humanidad, el que nos tocó vivir.

sábado, 20 de agosto de 2011

HARRY POTTER y las vicisitudes del fenómeno de masas


Tutú-turutú-tutútu tutú-turutú-tutú



Greetings, my fellow geeks. La semana pasada vi por fin la más reciente entrega de la saga cinematográfica del maguito con anteojos preferido por todos. Me había tardado en hacerlo porque mi esposa quería chutarse las otras siete películas antes de ver ésta. Cuatro años después de haberse publicado la última novela y a una década de que un servidor leyera el primer libro, fui a despedirme de Harry James Potter. Así que a petición de uno de mis más estimados contertulios, aquí les traigo una entrada dedicada a Harry Potter, libros, película, fandom, impacto cultural y demás vicisitudes de ser un fenómeno de masas.

Y como lo que más me gusta hacer en este blog es mentar madres, voy a empezar por abordar las cosas que me cagan de Harry Potter. Me baso para ello tanto en libros como películas, aunque los primeros no los recuerdo con tanto detalle, pues sólo los leí una vez cada uno y conforme fueron saliendo, y ya pasó mucha agua bajo el puente.




Cosa que me caga de Harry Potter No. 3: Harry Potter. ¡Es verdad! Me cae mal. Ok, al principio el niño es carismático y uno simpatiza con él, por eso de que perdió a sus padres y llega a un mundo en el que todo es extraño y desconocido. Pero en realidad es un personaje bastante soso y aburrido. Algunos dicen que se ve a Harry madurar a lo largo de la saga. Un poco, quizá, pero no gran cosa. Desde mi punto de vista se vuelve sólo más bravucón y molesto. El libro quinto, La Orden del Fénix, me gustó porque Harry se comporta como quinceañero pendejo, conforme a la edad que tiene. Pero después el personaje se queda con su pendejez quinceañeril sin crecer de forma alguna.

Hay muchos personajes chingones en el universo de Harry Potter, y el chico de los anteojos no capta mucho mi interés. ¿Saben quién debería ser el verdadero centro de la saga? Hermione Granger. Es por mucho el mejor personaje de esas historias. Es inteligente, fuerte, valiente y una bruja poderosa. Sin ella Harry y Ron estarían perdidos. ¡Me gustaría saber más sobre ella! Sus padres son muggles, ¿cómo se sintieron cuando supieron que Hermione era una bruja? ¿Cómo se sintió ella? ¿Por qué oculta sus inseguridades detrás de su fachada de niña sabelotodo? ¿Era una matada antes de entrar a Hogwarts? ¿Era ya una inadaptada en el mundo muggle? ¿Cómo es su vida cuando no está en Hogwarts? ¡Quiero saber! Pero no, tenemos que enfocarnos en el acartonado Elegido y el talento increíble que tiene para salir bien librado de pura chiripa. Jódete, Potter, de veras.

Me queda el consuelo de pensar que en algún universo paralelo, JK Rowling escribió Hermione Granger y la piedra filosofal.






Cosa que me caga de Harry Potter No. 2: ¿Tenían que ser tantos libros? Los fanáticos me dirán "Goey, es que son siete años en Hogwarts, DUH". Ok, sí, pero ¿tenían que ser siete putos libros? ¿Realmente cada año de escuela en Hogwarts tiene material suficiente para constituir un libro por sí mismo? Al final de El Cáliz de Fuego uno se queda prendido porque imagina que en el siguiente libro la guerra entre Voldemort y los magos buenos empezará con toda su fuerza. ¡Pero no! ¿Qué hace JK Rowling? ¡Hacer tiempo! De verdad, fíjense, en los libros 4, 5 y 6, están compuestos en su mayoría de paja irrelevante, haciendo tiempo en lo que esperamos lo que queremos ver: el enfrentamiento final entre Harry y Voldemort. ¿Por qué? Pues porque mientras más libros saques, más lana ganas, por eso.

Aclaro que los primeros tres libros son los mejores de la serie, con El Prisionero de Azkaban siendo el mejor momento para Harry Potter. Tienen un buen ritmo, la extensión adecuada y además están muy bien escritos. Tomemos el libro cuarto, El Cáliz de Fuego, que tiene la trama más estúpida de toda la saga. Ok, entonces Bartemius Crouch Jr. se disfrazó de Mad-Eye Moody para entrar a Hogwarts; hizo un poderoso hechizo para lograr meter a Harry Potter en el Torneo de los Tres Magos; ayudó a Harry a ganar el Torneo; hechizó la Copa para que cuando Harry la tocara, se teletransportara mágicamente a un cementerio, donde Peter Pettigrew lo esperaba para usar su sangre y revivir a Voldemort...

¿No es una trama estúpida? ¿Necesitaba Crouch meter a Harry al torneo mediante un hechizo que llamaría la atención de todo el mundo y tomarse la molestia de ayudarlo a ganar, arriesgándose a que el chico muriera o simplemente no obtuviera la copa en el momento preciso? ¿No podía sólo dejar que Harry pasara el año como si nada y la noche en que se iba a hacer el ritual hechizar un objeto, tipo un libro, y decirle algo así como "Hey, Harry, ¿puedes pasarme ese libro de ahí?" y puff, mandarlo al cementerio y ahorrarnos como 400 páginas de paja, paja, paja?

Además el Torneo de los Magos es una reverenda estupidez. ¿Meten a tres adolescentes a arriesgar sus vidas para superar retos que no le harán ningún bien a nadie, a cambio de una pinchurrienta copa y la "gloria inmortal"? ¿De veras? ¿Así se ganan los magos la gloria inmortal? ¿No es curando enfermedades, ni corrigiendo injusticias o inventando hechizos que hagan mejores sus vidas? ¿Es mandando a los adolescentes a arriesgar sus vidas por pendejadas? Vaya, no parecen muy listos los magos, si lo más importante de su existencia es un equivalente ñoño del Super Bowl.



Es claro que lo que Rowling pretende es hacer tiempo en lo que sucede lo único importante de ese libro: la resurrección de Voldemort. Es cierto que algunos episodios son muy divertidos y que la personalidad de Harry, así como la relación entre Ron y Hermione, evolucionan un poquito más a lo largo de la novela. ¿Pero era necesario todo un libro, en especial uno tan largo para todo esto?

El siguiente libro es un poco mejor, pues en él pasan más cosas importantes, y Dolores Umbridge es un villano al que todos aman odiar. Pero también es excesivamente largo. Es el más largo de la saga, y la adaptación cinematográfica demuestra que se pueden sacar muchos elementos de esta historia sin que pierda lo esencial.

El sexto libro basa su interés en que se descubre el pasado de Voldemort y se plantean los escenarios y situaciones en los que ocurrirá la historia del séptimo. Pero fuero de ello, está lleno de paja. Además, si se fijan, este libro, al igual que los anteriores tiene la misma estructura:

1.- No pasa nada durante todo el curso.
2.- Al final del año escolar pasa todo.

¿De verdad las cosas siempre se esperan hasta junio para suceder? En el séptimo libro esta estructura cambia. ¡Y ya era hora! En vez de perder el tiempo en Hogwarts, tenemos a Harry, Hermione y Ron corriendo por sus vidas y buscando los horcruxes. Es mucho más interesante, intenso y con un mejor ritmo que los tres libros anteriores (aunque la primera mitad si se siente un poco lenta).



Cosa que me caga de Harry Potter No. 1: Su pueril intento de ser una obra "adulta". Los fans de Potter alaban que, de forma extraordinaria, la saga fue madurando conforme tanto los personajes y los lectores crecían. Pero no es así. Las novelas de Harry Potter no se vuelven más adultas con cada entrega. Se vuelven más violentas, más melodramáticas y un poquitín más oscuras, pero no realmente adultas. Matar a mucha gente en cada libro no vuelve adulta una obra. Por el contrario, el exceso de violencia (que alcanza niveles absurdamente innecesarios en los últimos libros) es lo que los adolescentes chaquetos creen que es "lo adulto".

Pero fuera de tener a un montón de gente muerta, los libros de Harry Potter tratan pocos temas realmente profundos o complejos, y éstos se plantean mejor en los tres primeros libros que en los siguientes. Así que en realidad los libros no se vuelven más maduros; por el contrario, pierden seriedad y credibilidad.

Éste es un tema un amplio que merece ser abordado con detenimiento. En los últimos libros, Rowling parece desesperada por imprimir un sentido épico, oscuro y maduro a su obra, y para ello su único recurso es matar a todo el mundo. Pero como se plantea el universo de Harry Potter en los primeros libros, éste no estaba preparado para albergar historias demasiado épicas u oscuras.

Veamos, ¿cómo es el universo de Harry Potter en los primeros libros? Tenemos a unos tíos que son tan malos, con un hijo tan malcriado, que son de caricatura; son villanos de Mi pobre angelito. Luego tenemos ranitas de chocolate que saltan de sus cajas, gomitas de todos los sabores, clases de montar escobas, un sombrero que habla y canta, un auto volador, un elfo doméstico, un sauce que boxea, retratos que hablan y se mueven, varitas mágicas y, por si fuera poco, un deporte que se juega en escobas voladoras y cuyas reglas no tienen sentido en lo absoluto. ¿Les parece éste un universo apto para una obra de fantasía épica? ¿Se imaginan a Gandalf el Gris montado en una escoba y blandiendo una varita mientras dice "wingardium leviosa"?

No. Los primeros libros de Harry Potter son libros fantásticos para niños. ¡Y son muy buenos libros! El lector se sumerge en un maravilloso mundo imposible y disfruta de las aventuras y misterios que viven estos maguitos. Pero Rowling quiso hacer el equivalente de convertir a Mary Poppins en El Silmarillion. Aún así, bien podría haber hecho evolucionar estas historias hacia verdadera fantasía heroica; el problema es que lo hizo de la manera equivocada.



Decíamos que Rowling intenta hacer que sus libros sean "adultos" llenándolos de muertes por todas parte. Pero esas muertes no sólo son innecesarias y molestas, sino que están mal escritas, en especial las que ocurren en Las Reliquias de la Muerte. Para empezar, está eso de matar a personajes importantes fuera de escena. Ya que los mate es bastante malo, cuando eran personajes queridos por el público; que los mate sin darles ninguna importancia es una falta de respeto. Mad-Eye Moody, Fred Waesley, Remus Lupin y Tonks... todos mueren fuera de escena y de maneras indignas.

En la fantasía heroica no sucede eso. Cuando un personaje importante muere, lo hace realizando alguna hazaña o siendo vencido por enemigo formidable, y su deceso es honrado con por lo menos unos instantes para que público y personajes puedan sentirse conmovidos. Piensen en las muertes de Boromir o de Théoden en El Señor de los Anillos. Y ciertamente no matas a personajes importantes fuera de escena: eso es simplemente escribir mal. "Ah, por cierto, Aragorn, Gimli y Legolas murieron mientras tú no estabas, Frodo... No sé, les cayó encima una pared o algo así... La verdad nadie estaba prestando atención..." Más de un fan de Potter ha justificado la muerte de Mad-Eye diciendo que, de no haber muerto, habría sido muy fácil para los buenos ganar. ¡A huevo! "No sé qué hacer con este personaje, así que lo mataré fuera de escena". Bien hecho, Rowling, sigue esperando tu Nobel.

Dos muertes me molestan en lo particular por el alto nivel de ridiculez que alcanza Rowling al querer convertir su saga en un drama sórdido: la de Hedwig y la de Dobby. ¿De verdad tenía que matar a la lechuza? ¡Era sólo una mascota! ¡Qué necesidad! Es como si matara a Toto, el perrito de Dorothy, ¡come on! Y luego Dobby, ¿por qué mata a Dobby? Les diré por qué. Porque había metido a sus personajes en un predicamento muy grande y no sabía cómo sacarlos de ahí; echó mano de Dobby, pero después de eso, si Dobby se hubiese quedado con ellos, habrían contado con un aliado muy poderoso y les habría sido muy fácil ganar. Entonces, Rowling usa a Dobby y luego lo desecha como tampón usado, pero no sin dedicarle un momento solemne (que no tuvieron otros personajes mucho más importantes). ¡Es como matar a Jar Jar Binks de una manera horrible, y además de eso, querer que lloremos por él! No es algo que se pueda tomar muy en serio...




Una vez, ante mis quejas sobre las muertes en Las Reliquias de la Muerte, una Potter-fan me dijo "Goeeey, es que así es la guerra". Y sí, es cierto, así es la guerra: las personas más nobles pueden morir de las maneras más indignas o absurdas y los demás no pueden detenerse para hacer homenajes porque tienen que seguir peleando. Pero esto no es Apocalypsis Ahora ni Rescatando al Soldado Ryan. ¡Es Harry fucking Potter! ¡El libro en el que los niños juegan Quidditch y aparece un sombrero que habla! Coño, esto es como mandar a Hugo, Paco y Luis a Vietnam.

No hay que temer hablarle a los niños de asuntos siniestros o hasta complejos. Una obra infantil puede ser muy intensa, muy profunda y con momentos muy oscuros. Piensen en La Historia Sin Fin, de Michael Ende; es un libro fantástico dirigido a niños, pero que habla de cosas muy cabronas y que tienen momentos muy oscuros. El Árbol de las Brujas de Ray Bradbury habla ni más ni menos que de la muerte, y enfrenta a niños (personajes y lectores) a este tema sin condescendencia ni tapujos. Películas como El Cristal Encantado o Leyenda, son infantiles y de fantasía, pero ambas tienen momentos en el que las cosas se ponen muy intensas y hasta pueden ser aterradoras. La película de Las Brujas, es ligeramente menos oscura que el libro y aún así es muy macabra. Todas estas obras, siendo infantiles, alcanzan un grado de complejidad y maestría tales que los adultos pueden disfrutarlas ampliamente. ¡Y lo hacen sin tener que estar matando gente a diestra y siniestra!

De hecho, los primeros tres libros tienen ese perfecto equilibrio entre un mundo fantástico infantil y momentos muy oscuros: En La Piedra Filosofal, todo a partir de la escena en el Bosque Prohibido se pone muy sombrío. En La Cámara Secreta, la parte de las arañas gigantes y la batalla contra el Basilisco y contra Tom Riddley suben mucho de tono la historia. En El Prisionero de Azkaban, que es el mejor de todos, tenemos las profecías macabras, el Grim, el hombre lobo y, sobre todo, a los Dementores, que creo que son lo mejor que pudo haberse inventado Rowling en todos sus libros.




Rowling sufrió depresión y basada en ello creó a los Dementores, estas figuras encapuchadas y negras que literalmente te arrebatan toda la alegría de la vida y te chupan el alma. Los libros subsecuentes tienen un par elementos muy macabros: la ceremonia de resurrección de Voldemort o el mismo concepto de los Horcruxes. Pero en general, lo más malvado que pudo imaginarse Rowling fue a un supremacista nazi con poderes mágicos y cara de culebra. Compárese esto con la Nada de Michael Ende y van a ver que hay muuuuuucha distancia.

Por eso no puedo dejar de quejarme: Harry Potter era una obra infatil muy, muy buena; Rowling la convirtió en una obra pseudo-adulta (más adolescente que otra cosa) mediocre.



...

"Oye, Ego, un momento. Sabes mucho de Harry Potter para ser alguien que se queja tanto".

¡Tiene usted toda la razón, joven! Y es que la verdad, me gusta mucho Harry Potter. En serio. Incluso los últimos libros, aún estando en desacuerdo con el camino que tomaba Rowling, me atraparon hasta que los terminé de leer. Fuera de las muertes innecesarias, me gustó mucho el último libro, y me emocioné con la última película (aunque la Batalla de Hogwarts me decepcionó). Y ése es quizá el mayor atributo de esta escritora: sabe crear mundos en los que te pierdes e historias que quieres leer desde el principio hasta el final. Es cierto que Rowling le fusiló casi todo a todo el mundo. Pero lo hizo muy bien.




Las películas están muy bien hechas: llevan a la pantalla lo que muchos imaginábamos al leer los libros. Tienen un reparto extraordinario: casi todos los actores ingleses importantes están en alguna de las películas. John Williams compuso un tema musical icónico (otro más de su carrera), que quedará relacionado con Harry Potter por siempre.

Harry Potter hizo que leer fuera cool otra vez. Convirtió la lectura en fenómeno de masas e hizo leer a muchos niños. Es cierto que la mayoría de esos niños no pasaron de leer ficción juvenil fantástica, pero algunos fueron madurando hacia mejores lecturas. Por primera vez, el lanzamiento de un libro se convirtió en algo tan glamuroso y popular como el estreno de una película. ¿Qué otro escritor ha logrado eso?

Empecé a leer Harry Potter y a ver las películas en 2000. Pasé 6 años de mi vida esperando el siguiente libro y 10 esperando la siguiente película. ¿Y saben qué? Me gustó. Lo disfruté mucho. Me emocioné, me conmoví, me encariñé con los personajes, soñé. Estos libros me ayudaban a relajarme y pasármela bien cuando quería descansar de la literatura "seria" mientras estudiaba la carrera, y la verdad no puedo pensar en otro libro de puro entretenimiento que haya disfrutado tanto.

Me siento contento de haber sido parte de la generación Harry Potter, y no puedo ni imaginar qué fenómeno literario o cinematográfico pueda tener el mismo encanto que esta saga. Con El Señor de los Anillos terminado en 2003 y Star Wars terminado en 2005, ya sólo me quedaba Harry Potter. ¿Qué haré con mi vida ahora? Amo muchos libros y muchas películas, y sin duda amaré muchas más en el futuro, con seguridad mejores que esas tres sagas que he mencionado; pero siento que ya nunca volveré a sentir esa emoción y ansiedad tan particular mientras espero "el próximo libro de...", o "la próxima película de...". Existen algunos libros que me han gustado tanto que sé que voy a leer y releer varias veces a lo largo de mi vida. Pero si pudiera volver a leer una serie de libros por primera vez, sin saber qué va a pasar ni qué esperar, serían los libros de Harry Potter.




En fin, después de todo este despotrique, y después de haber visto la última película, sólo quiero decirle algo a esa madre soltera que hace años, en medio de la miseria, se las arregló para encontrar un tiempo e inventar para sus hijos una maravillosa historia sobre un niño elegido y una escuela de magia:

GRACIAS

jueves, 4 de agosto de 2011

Filosofía de la ciencia, postmodernismo y pensamiento crítico (Los libros, Parte 2)

El aspecto más triste de la vida hoy en día es que la ciencia acumula conocimiento más rápido de lo que la sociedad acumula sabiduría.

Isaac Asimov

Leer la Introducción.
Leer la Primera Parte.

Y seguimos, para concluir, con las recomendaciones de libros sobre filosofía de la ciencia y pensamiento crítico, tomando como punto de partida el debate acerca del postmodernismo. Los siguientes libros, a diferencia de los dos anteriores, no se centran en esta corriente filosófica, pero sí le dedican unos buenos capítulos para tratarla y, más importante aún, se concentran en presentar los argumentos para demostrar la validez de la ciencia y su importancia para nuestra sociedad.


Denying Evolution: Creationism, Scientism, and the Nature of Science
Massimo Pigliucci (2002)




Massimo Pigliucci es un pensador muy interesante. Inició su carrera como biólogo evolucionista, pero más tarde tomó el camino de la pedagogía y la filosofía de la ciencia y de la educación. Es una de esas mentes tan valiosas cuan inusuales cuya erudición abarca tanto las ciencias naturales como las humanidades.

Pigliucci está especialmente interesado en las implicaciones filosóficas, sociales y políticas del "debate" creacionismo-evolución, y ello lo llevó a escribir este libro. Dice que comenzó a interesarse en la cuestión tras leer el libro de Douglas Futuyma, Science on Trial: The Case for Evolution (1995), pues siendo Pigliucci un biólogo evolucionista, le extrañó sobremanera que un científico de alto nivel como lo es Futuyma dedicara tiempo y esfuerzo a combatir la charlatanería que constituye el creacionismo. Pero Pigliucci se dio cuenta de que, aunque en los círculos científicos no existía tal debate, en la mente del público sí lo había, y que era de mucha importancia para el futuro de la ciencia, la educación y la democracia. De hecho, una idea central de su libro es que los científicos deben descender de su torre de marfil para asumir la importante tarea de sostener un diálogo con el público general, la política, los medios de comunicación y las ciencias sociales.

Más allá de sólo destrozar las falacias con las que los creacionistas confunden al público, Pigliucci decide analizar las causas y los orígenes de este debate y sus implicaciones para diversos aspectos del quehacer humano. Pigliucci advierte que el creacionismo no es una propuesta científica, ni siquiera filosófica, sino un movimiento ideológico que tiene sus raíces en el más férreo de los conservadurismos religiosos de derechas. Los dos primeros capítulos nos hablan del origen y la evolución (el juego de palabras es del autor) de este supuesto debate.

Los capítulos tercero y cuarto son los que más nos interesan en cuanto al asunto de las posturas postmodernistas, relativistas y deconstructuvistas en la filosofía de la ciencia. En The Dangers of Anti-Intellectualism, el autor hace una breve historia de cómo el anti-intelectualismo se ha cimentado como parte de la cultura norteamericana, donde son admirados los atletas, las estrellas de la farándula y los magnates multimillonarios, pero no los científicos ni los intelectuales.

Señala que el anti-intelectualismo ha sido blandido tanto por la izquierda como por la derecha, y que en su base está una extraña forma de anti-elitismo: "esa gente que piensa y estudia se cree mucho, no es como usted y yo, gente común y trabajadora del pueblo". Es aquí donde entra la postura del postmodernismo, que sostiene que la visión que tenga un astrónomo sobre el cosmos no es más válida que la tenga la señora de la tiendita de la esquina. Para el postmodernismo, argumentar lo contrario es una forma de apoyar las estructuras jerárquicas. Pigliucci rebate tales argumentos con gran facilidad y hasta humor.

Pigliucci encuentra otras bases del anti-intelectualismo en el prejuicio de que las personas racionales son frías y amorales; en la filosofía capitalista extrema que opina que lo único que tiene valor es lo que sirve para hacer dinero; y en la filosofía hedonista extrema de la sociedad de consumo mediatizada, que opina que lo único que tiene valor es lo que entretiene y divierte.

Cuando se enfoca en el postmodernismo, Pigliucci expone brevemente sus posturas y cita algunos ejemplos de los disparates que han dicho los postmodernistas (parecidos a los de los libros anteriores). Advierte del peligro que el postmodernismo significa para la izquierda, y señala que el mejor argumento contra él, es la postura misma. El siguiente ejemplo lo ilustra a la perfección:

El postmodernismo sostiene que la ciencia no hace descubrimientos sino invenciones, es decir, que se crea explicaciones de acuerdo a la ideología y la cultura de su origen. Partiendo de esa premisa, uno puede sacar dos conclusiones mutuamente excluyentes:

A) Esa afirmación sostenida por el postmodernismo es un hecho comprobable. Por lo tanto, el postmodernismo tiene la fórmula para hacer verdaderos descbrimientos que no sean invenciones. Por lo tanto, es posible descubrir hechos comprobables. ¿Por qué los postmodernistas sí pueden hacerlo y los científicos no? Hombre, que rolen la receta.

B) Esa afirmación es otra invención que surge de la ideología y la cultura de quien la sostiene, luego se refuta a sí misma y no tiene sentido ni siquiera enunciarla... En suma, Pigliucci concluye que lo más coherente que podría hacer un postmodernista es callarse la boca.

Sin embargo, el autor no se queda ahí. En el siguiente capítulo, Scientific Fundamentalism and the True Nature of Science, dirige sus cañones contra el cientismo. Yo no había definido este término en las entradas anteriores con la intención de abordar el asunto ahora. El cientismo (o cientificismo) es la postura que sostiene que el conocimiento científico, medible, cuantificable y observable es el único que tiene validez, y que las ciencias (más las exactas que las biológicas) son la única herramienta posible para adquirir ese conocimiento.

Pigliucci traza las diferencias entre el cientismo y el pensamiento científico; importante porque el postmodernismo acusa a todos los científicos de ser cientistas. El autor dice que la ciencia es obviamente una actividad humana, que los científicos no son necesariamente menos subjetivos, prejuiciosos, ambiciosos, corruptibles o falibles que el resto de los mortales, y que tanto los descubrimientos científicos como sus aplicaciones están fuertemente influidos por el ambiente social, político y económico en el que se producen.

También recuerda que la misma lógica tiene sus limitaciones (piénsese en el hasta ahora irresoluble problema de la inducción) y que los conocimientos científicos son siempre parciales y provisionales. Pero advierte que ello no merma la validez de la ciencia; por lo contrario, ésta es la única forma de conocimiento que admite sus propias limitaciones y fallas y se esfuerza por corregirlas. Además, la ciencia sigue siendo mucho más confiable que las pseudociencias, las religiones, las tradiciones y demás, pues sigue arrojando resultados.

Por supuesto, le recuerda a los científicos que el mundo de las emociones, de los valores o de la estética no es menos real que el mundo físico, aunque aquéllos no puedan medirse y cuantificarse. Finalmente, Pigluicci desmiente algunas falsas creencias que se tienen sobre la ciencia.

Los capítulos 5 y 6 están dedicados a rebatir de lleno las falacias creacionistas (lo que no es nada difícil, por cierto). En el capítulo 7 señala los errores que cometen los científicos y educadores de la ciencia y que han propiciado el avance del creacionismo. Uno de ellos es el desinterés general de los científicos por entrar a debatir con los magufos, por considerarlo indigno. El otro es la famosa "falacia racionalista", la falsa creencia de que para convencer a cualquier persona de una verdad es sólo necesario planteársela con argumentos racionales y coherentes. Pigliucci, educador y filósofo, sabe que para que un individuo o grupo acepte un hecho se involucran muchos otros factores. El capítulo 8 termina proponiendo una serie de estrategias para que científicos y educadores contribuyan a formar una ciudadanía más racional y consciente.


Nonsense on Stilts: How to Tell Science from Bunk
Massimo Pigliucci (2010)


Pues me gustó tanto el primer libro de Pigliucci que decidí leerme el siguiente, y ello me llevó a descubrir a los demás autores de esta lista. Nonsense on Stilts es un manual para distinguir la ciencia de las maguferías, a partir de la comprensión de lo que es en verdad la ciencia. Quizá no tan bueno como el anterior (por momentos el autor parece querer abarcar mucho y por eso aprieta poco), es muy interesante y divertido.

La introducción aborda el viejo problema de la demarcación de ciencia y cómo ésta se diferencia de la no-ciencia. No puede pasar por alto la definición de Karl Popper, en la que muchos críticos de la ciencia se basan para atacarla, pero que ha sido superada desde hace tiempo.

En el primer capítulo, Hard Science, Soft Science, analiza las diferencias entre las ciencias sociales, las naturales y exactas. Pigliucci defiende que las ciencias sociales son tan serias y científicas como las otras y que si sus avances y resultados no han sido tan espectaculares y contundentes, no se debe a que los científicos sociales sean menos inteligentes, sino a que su objeto de estudio es mucho más complicado. En efecto, la sociedad y la mente humana son infinitamente más complejas que los átomos o los sistemas planetarios. Además está el factor de que el sujeto que estudia forma parte del objeto estudiado: estudiamos la mente humana con la mente humana, y estudiamos la sociedad siendo miembros de la misma. Así, Pigliucci rebate la posición del cientismo, al mismo tiempo que desarma a los postmodernistas que suelen utilizar la famosa falacia de la arrogancia: "los científicos han sido arrogantes y despectivos con las ciencias sociales; luego los científicos están equivocados".

El segundo capítulo, Almost Science, Pigliucci trata sobre áreas de estudio que él considera se encuentran en una etapa pre-científica o casi científica, como el proyecto del SETI o la psicología evolutiva. El tercer capítulo, Pseudoscience, aborda de plano a las pseudociencias y explica por qué lo son: la ufología y la astrología son aquí destrozadas. Pero además advierte que las pseudociencias no son sólo creencias pintorescas e inofensivas, sino que pueden ser muy peligrosas, como en el caso de las diversas formas de negacionismo del SIDA.

El capítulo 4 critica duramente a los medios de comunicación, que en su afán por obtener mayores audiencias, privilegian la superstición sobre la ciencia; el autor también se lamenta de que las opiniones de celebridades como actores y cantantes, que suelen sostener todo tipo de creencias magufas, sea tan influyente en la sociedad.

El capítulo 5 es muy importante. Expone cómo los intelectuales en su papel de figuras públicas, respetables y cuyas opiniones contaban para el público y los políticos, ha declinado, para dar paso a los Think Tanks. Éstos son grupos de expertos que ponen sus conocimientos, credenciales y capacidad argumentativa al servicio del mejor postor. Sofistas y prácticamente mercenarios intelectuales, los Think Tanks conducen estudios y arrojan resultados que favorecen a quienes los financian. Los ejemplos clásicos son los de científicos que niegan el calentamiento global o que concluyen que el tabaco no produce tanto daño a la salud.

Y hablando del calentamiento global, pasemos al capítulo 6, también muy importante. Los críticos postmodernistas de la ciencia la acusan de ser, entre otras cosas muy feas, capitalista. Pigliucci demuestra cómo la ciencia puede ser una herramienta de gran utilidad para quienes se oponen al capitalismo. Así es: el calentamiento global es consecuencia directa de la forma que ha tomado el capitalismo neoliberal en los últimos años, basado en la ideología del crecimiento y desarrollo ilimitado. Aunque algunas corporaciones han contratado Think Tanks para negar o minimizar el peligro del calentamiento global, éste es un fenomeno ampliamente reconocido por la mayor parte de los científicos del mundo (se debaten sus alcances y posibles soluciones, pero no su realidad). Es decir, aunque el poder se esmere en hacer ocultar la verdad para asegurar su beneficio, la ciencia seguirá sacando los hechos a la luz.

En el capítulo 7, Pigliucci trata sobre la relación entre la ley y la ciencia, ejemplificando con el caso creacionismo-evolución, y argumenta que el conocimiento científico es una herramienta muy importante para la procuración de justicia. En los capítulos 8 y 9 hace un breve recorrido por la historia de la ciencia, no tanto una colección del descubrimientos e inventos, sino del desarrollo intelectual de esta actividad.

Los capítulos 10 y 11 son los más interesantes para nuestro tema. Titulados respectivamente The Science Wars I: Do We Trust Science Too Much? y The Science Wars II: Do We Trust Science Too Little?, abordan los temas del cientismo, el postmodernismo y el relativismo epistémico. En el capítulo 10 Pigliucci recuerda que la ciencia no nos proporciona el "punto de vista de Dios", omnisciente y objetivo, sino que es falible, que los científicos pueden cometer errores o hacer trampa y que nada es 100% definitivo.

En el capítulo 11 se dedica a rebatir una vez más los postulados del postmodernismo mediante argumentos razonables y evidencias, así como a trazar un retrato fiel de uno de sus gurús, Paul Feyerabend, autor de Contra el método, quien después confesaría que la idea de comparar a la ciencia con la religión organizada le había nacido de las ganas de crear controversia (él se declara "anarquista epistémico"). Tampoco deja de revisar el trabajo de Thomas Khun, historiador de la ciencia que sostenía que los cambios de paradigmas científicos se daban por cuestiones sociales y que nada tenían que ver con descubrimientos del mundo natural. Finalmente, Pigliucci recomienda los trabajos de científicos sociales más sensatos, como Helen Longino y Ronald Giere.

El capítulo 12 trata de la noción de "experto" o "autoridad" en ciencias. Después del recorrido, el autor nos deja una interesante conclusión sobre lo que es en verdad la ciencia y nos invita a la reflexión razonada.


A Short Course in Intellectual Self-Defense
Normand Baillargeon (2007)



Y llegamos al final. El autor de este libro. Normand Baillargeon es profesor de pedagogía y filosofía de la educación en la Universidad de Quebec, y se basó en una célebre cita de Noam Chomsky: "Pienso que los ciudadanos de las sociedades democráticas deberían tomar un curso de auto-defensa intelectual para protegerse de la manipulación y el control, y sentar las bases de una democracia más solida". El libro pretende ser precisamente un manual de auto-defensa intelectual y promete al lector ayudarlo a encontrar "su Chomsky interior" (no es éste el único autor de esta lista que cita a Chomsky, por cierto; Pigliucci y Sokal también lo hacen).

El libro quiere proveer de las herramientas indispensables para el pensamiento crítico. En una introducción, Baillargeon nos recuerda el famoso "detector de camelos" de Carl Sagan. El libro en sí empieza por hablar del lenguaje, reflexiona brevemente sobre su naturaleza, y proporciona algunas bases para el análisis del discurso. Continúa con la lógica, un arma fundamental para defenderse de las mentiras y manipulaciones, y hace una exposición de las falacias lógicas más comunes. Por cierto, los ejemplos de falacias y manipulaciones a lo largo del libro son tomados en su mayoría de la publicidad, las pseudociencias y la derecha política, pero también pone algunos ejemplos de falacias cometidas por la izquierda.

Después, Baillargeon aborda las matemáticas, otra herramienta fundamental. Presenta las formas más comunes de anumerismo (el equivalente matemático al analfabetismo y mucho más difundido que éste) y lo que cada uno puede hacer para resolverlas. También trata ampliamente de la probabilidad y de las estadísticas, dando al lector algunos principios básicos, además de presentar ejemplos de cómo los pillos juegan con los números para engañar a los incautos sin necesidad de mentir.

A continuación el autor trata de algunos rasgos inherentes a nuestra psicología que nos hacen víctimas de engaños, ilusiones, alucinaciones, supersticiones y demás, y nos da las claves para superar estas limitaciones que nos son naturales, y que otra gente aprovecha para su propio beneficio.

El capítulo cuatro es el que nos interesa, pues aborda el tema de las ciencias, y de cómo el conocimiento de éstas es una herramienta básica para el pensamiento crítico y la auto-defensa intelectual. Y no se trata sólo de acumular conocimientos científicos, sino de saber qué es la ciencia y cómo funciona. Esto implica también ser crítico con ella, pues no se debe olvidar que los resultados de la ciencia son parciales y provisionales y que los científicos son tan humanos y falibles como cualquier otra persona. Decididamente, Baillargeon se manifiesta en contra del relativismo epistémico, que no le sirve a nadie y, por el contrario, permite que los mitos del poder permanezcan incólumes.

En el capítulo final, el autor invita a los lectores a poner en práctica lo aprendido a lo largo del libro, presentándole varios ejemplos de manipulaciones en los medios de comuncación. La conclusión termina con una bella cita de Carl Sagan. No se las pongo, mejor vayan a leer el libro.


En fin, así terminamos este ciclo de recomendaciones bibliográficas con todo y comentarios. Espero que leer estas tres entradas les haya despertado el interés por aprender más del tema y, sobre todo, por leer los libros arriba recomendados.

Muchos saludos a todos y espero sus comentarios.

martes, 2 de agosto de 2011

Filosofía de la ciencia, postmodernismo y pensamiento crítico (Los libros, Parte 1)

Algo que he aprendido a lo largo de mi vida es que toda nuestra ciencia, comparada con la realidad, es primitiva e infantil... y sin embargo, es lo más valioso que tenemos.

Albert Einstein


Hola, mis estimados contertulios. Después de la Introducción que constituyó la primera entrada, me permito ahora empezar comentar los libros que les prometí y que, como dije, son muy valiosas lecturas para abordar el tema del postmodernismo en cuanto a las posturas que esta corriente filosófica sostiene con respecto a la ciencia. Mi intención es recomendarles estos libros; aunque dese luego la lista no es exhaustiva, les recomiendo estos en particular, porque los leí recientemente. Bien, comencemos con dos textos básicos:


Higher Superstition: The Academic Left and Its Quarrells With Science
Paul R. Gross y Norman Levitt (1994)




Paul Gross es biólogo, mientras que Norman Levitt fue matemático (ya falleció). Este último era miembro de una agrupación socialdemocrática y declaró sobre su libro que era el intento de un izquierdista por liberar a la izquierda del sinsentido en que había caído.

El libro empieza exponiendo rápidamente la situación en la que se encuentran: lo que ellos llaman "Academia de Izquierda" ha adoptado posturas anticientíficas en las diversas universidades de los Estados Unidos, lo que ha llevado a toda clase de abusos intelectuales y disparates. El capítulo 2, Natural Science and Its Natural Enemies, es muy interesante: habla de cómo históricamente la ciencia había sido aliada de la izquierda, pues el descubrimiento de verdades sobre el mundo era una herramienta poderosísima para derribar los mitos de las clases poderosas (piénsese en el derecho divino de los reyes). Cuenta cómo el posmodernismo ha destruido esa alianza.

El capítulo 3, The Cultural Construction of Cultural Constructivism, es también fundamental. Narra una breve historia de las izquierdas estadounidenses a lo largo del siglo XX. Señala que a partir de la década de los 70, los intelectuales de izquierda se han retirado más y más del campo de la lucha social y se han encerrado en sus torres de marfil en las universidades, donde en la época en la que escribe el libro, se dedican a tener discusiones bizantinas (postmodernistas) que en nada ayudan a las clases oprimidas. Más importante aún, cuenta el origen del Deconstructivismo en la teoría literaria y su exportación a otros estudios, en particular la filosofía y la sociología de la ciencia, que es donde ha causado el daño que los autores quieren reparar.

Los siguientes capítulos presentan ejemplos del sinsentido al que han llegado algunos científicos sociales de izquierdas. Unos cuantos de estos ejemplos son hilarantes, otros son indignantes. Hablando del feminismo, los autores mencionan la "Crítica feminista del álgebra", en la que intelectuales feministas, sin saber de matemáticas, ni de su pedagogía, exigen que se haga una aproximación más plural a la enseñanza de estas ciencias. ¿Cómo? En vez de poner "El pequeño John ahorra $5 dólares al mes para comprar regalos en Navidad..." hay que poner "La pequeña Tasha ahorra $5 dólares al mes para Kwamsa". El primer ejemplo es tomado de un libro de texto de primaria y fue descuartizado por las teóricas feministas por sus contenidos machistas, etnocentristas y capitalistas. Gross y Levitt concuerdan en que cambiar la forma en que se plantean los problemas de matemáticas bien podría hacerse, pero se preguntan de qué forma beneficiaría a los niños que necesitan aprender esta asignatura.

Otro problema con feministas despistadas es el caso de los espermatozoides y los óvulos. Ellas se manifestaron en contra de que se plantee a los espermatozoides como activos competidores masculinos y al óvulo como una hembra pasiva que espera a su campeón. "Bueno, pero es que así es", se podría argumentar, pero recuérdese que para el postmodernismo no existen hechos, sino interpretaciones, y que la validez de dichas interpretaciones dependen de lo políticamente correctas que sean (de hecho, los óvulos sí tienen un papel activo en la fecundación; prácticamente escogen al espermatozoide que va a entrar). De la misma manera, estas intelectuales están en contra de la teoría del Big Bang, porque es violenta y explosiva, casi como una eyaculación, y por lo tanto masculina, y todo lo masculino es por definición maligno, y por lo mismo falso.

También presenta ejemplos del afrocentrismo. Intelectuales afroamericanos han declarado que el origen de las culturas mediterráneas se encuentran entre los pueblos negros del África Subsahariana, incluyendo algunos de los grandes avances científicos de la historia. A su vez, sostienen que los antiguos egipcios eran de raza negra, y que por tanto todos sus avances científicos y culturales son orgullo de esta raza. ¿Qué argumentos tienen para sostener estas posturas? Sólo uno: decir lo contrario sería racista, eurocentrista, occidental, blanco y demás cosas malas.

Los autores tampoco perdonan a los ambientalistas radicales, quienes profesan a veces una verdadera misantropía y que, sin conocimientos científicos, perjudican a la naturaleza más que de lo que ayudan. El libro presenta casos de individuos que rechazan el conocimiento científico y las evidencias de estudios controlados, por considerar a la ciencia como la responsable del deterioro de nuestro planeta.

Aquí los autores cometen un resbalón, al adoptar una postura escéptica en cuanto al calentamiento global, aunque se justifica porque escribieron el libro en 1994, cuando el asunto no estaba respaldado por la abrumadora verdad científica que es hoy en día. Los autores dicen comprender que los promotores del cuidado al medio ambiente siempre planteen los peores escenarios posibles para así convencer al gran público de tomar las medidas necesarias, pero señalan que recurrir a tales discursos apocalípticos puede ser contraproducente y que una adecuada y completa información es preferible.

Finalmente, el libro llama a los científicos a salir de sus academias e involucrarse en la divulgación y educación de las ciencias, pues es principalmente la enorme distancia que se creó entre ciencias naturales y ciencias sociales, y entre público y academia, la que ha llevado a estos excesos.


Fashionable Nonsense: Postmodern Intellectual's Abuse of Science
Alan Sokal y Jean Bricmont (1998)



[En castellano este libro se conoce como Imposturas intelectuales]

El libro de Gross y Levitt causó furor y polémica. Los postmodernistas acusaron a los autores de ser derechistas sin remedio. La revista postmoderna Social Text preparó un número especial titulado Science Wars en el que distinguidos intelectuales deconstructivistas, postmodernistas y relativistas epistémicos dirigirían sus cañones en contra de las posturas derechosas y "cientistas" de Gross y Levitt.

Respondiendo a la convocatoria, el físico Alan Sokal envió un texto titulado Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutic of Quantum Gravity (algo así como "Trasgrediendo los límites: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica"). En él, Sokal apoyaba la postura relativista, citaba a los más ilustres intelectuales postmodernos, y mencionaba los descubrimientos científicos más desconcertantes (como la teoría del caos o la mecánica cuántica), que confirman la postura postmodernista. A los editores de la revista les encantó el texto: ¡un científico que ni más ni menos apoyaba el postmodernismo! Por supuesto, lo publicaron.

Cuando salió la revista, Sokal hizo una tremenda revelación: el artículo era una farsa, una parodia de los textos de intelectuales postmodernistas, construida con citas fuera de contexto, palabrería de relleno, falsa erudición y un montón de párrafos que no significaba absolutamente nada. Sokal se divirtió mucho y la revista Social Text fue públicamente humillada.

Sokal se había inspirado en el libro de Gross y Levitt, y el estudio que el físico hizo durante unos meses para preparar su parodia (el tío es simpatiquísimo) le permitió conocer los textos de intelectuales postmodernos y lo impulsó a escribir un libro, junto con el matemático Jean Bricmont. Cabe aclarar aquí que, aunque los izquierdistas lo acusaron de ser derechoso y los derchosos se quisieron congratular con él, Alan Sokal se ha declarado como un "izquierdista de vieja escuela", e incluso estuvo como voluntario enseñando matemáticas en la Nicaragua de los sandinistas. Dicho esto, vámonos al libro.

Sin el interés en repetir lo que había hecho Gross y Levitt, Sokal y Bricmont deciden tomar textos de prominenten intelectuales postmodernistas que usan vocabulario científico, y desbaratarlos por completo. Los autores advierten que no es su intención juzgar la labor de estos intelectuales en distintas áreas del conocimiento: sólo quieren demostrar que cuando se han metido a hablar de ciencia no han tenido ni idea de lo que estaban diciendo.

Así, Sokal y Bricmont analizan textos de Lacan (que no es postmodernista, pero al que los autores consideran un antecedente), Kristeva, Irigaray, Latour, Baudrillard y otros que han tenido la ocurrencia de ponerse a hablar sobre ciencias, o utilizar vocabulario científico, sin tener la menor idea de qué se trataba el asunto. En particular, hablando de matemáticas y física (las áreas de especialidad de Bricmont y Sokal), queda demostrado que estos prominentes intelectuales estaban diciendo puros disparates sin el menor sentido.

Quizá el ejemplo más divertido sea el de la autora feminista Luce Irigaray, que se pregunta por qué la mecánica de sólidos está tan avanzada, mientras que la mecánica de fluidos no lo está tanto. Ella se responde solita y culpa a la ciencia machista, falocrática, eurocentrista, etc, etc, de priviligiar el estudio y desarrollo de la mecánica de sólidos, por ser ésta masculina, mientras que la mecánica de fluidos es eminentemente femenina. ¿En qué se basa esta ilustre pensadora para opinar ello? Es simple: cuando el hombre se excita, tiene una erección, es decir, su pene se pone sólido; cuando una mujer se excita su vagina se humedece, porque secreta fluidos. Juro por Dios que ésos son los argumentos reales.

El libro no tendría tanto valor si se limitara a ser una colección de ejemplos de los disparates que los intelectuales han dicho cuando se ponen a hablar de ciencias. La introducción, los dos intermedios y el epílogo constituyen la parte más interesante de la obra. En el primer intermedio, los autores se van contra el relativismo epistémico y el daño que ha hecho en la filosofía de la ciencia, y presenta sólidos argumentos sobre cómo la ciencia, imperfecta y limitada, es la mejor herramienta de la que disponemos para conocer el mundo natural, pues aún si sus conclusiones son siempre parciales y provisionales, funcionan mucho mejor que las de otras formas de conocimiento. También menciona de pasada el daño que el relativismo epistémico está haciendo en el Tercer Mundo, en donde se ha instado a rechazar la herencia de Ilustración, sin que en estos países la Ilustración haya sido adoptada del todo.

En el segundo intermedio los autores se toman la molestia de explicar algunos conceptos de ciencias que han causado confusión entre el público lego y los intelectuales postmodernistas: teoría del caos, matemáticas fractales, principio de indeterminación, relatividad general, mecánica cuántica... Estos términos se escuchan mucho en el discurso de las pseudociencias, en donde se aprovecha que nadie sabe qué diablos significan, pero también en los textos de algunos intelectuales, que hacen uso de ellos entendiendo mal su significado y sus implicaciones. Sokal y Bricmont aclaran que el principio de indeterminación no implica que no podamos saber nada, y que la relatividad general no tiene nada que ver con el relativismo ético, estético o epistémico, entre otros malos intendidos.

En el epílogo, los autores hacen recomendaciones para que se entable un mejor diálogo con las ciencias sociales y las humanidades, que incluyen saber de lo que se está hablando, una breve semblanza de cómo se llegó a una situación tan absurda, y por qué es importante ese diálogo para el bien de ambos campos del conocimiento. El libro también incluye la parodia de Sokal (completita y sin cortes) y un par de apéndices más.

En la próxima entrada proseguiré con los otros tres libros.

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