viernes, 16 de marzo de 2012

Literatura marciana: del Astronauta a John Carter





“But who shall dwell in these Worlds if they be inhabited? Are we or they Lords of the World? And how are all things made for man?”[1]






 Marte... el Planeta Rojo... la Estrella de la Guerra... Nuestro mundo hermano ha cautivado la imaginación de las personas desde que existen registros. Su color, su proximidad, la posibilidad de que albergue vida, el probable futuro que nuestra humanidad podría tener en él... todo esto nos ha fascinado a lo largo de los siglos y prueba de ello es la extensa literatura que sobre el Planeta Rojo se ha escrito.

La mayoría de ustedes habrá escuchado hablar de La guerra de los mundos de HG Wells, de las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury, y recientemente, con la nueva película, de John Carter de Marte de Edgar Rice Burroughs. Pero hay mucha más literatura sobre Marte… tanta, que sería un despropósito tratar de ocuparse de toda. Por eso, he decidido concentrarme en la literatura anglosajona escrita entre 1880 y 1912. Verán, John Carter no fue el primer terrícola que visitó nuestro planeta vecino. Otros antes que él se habían pasado a dar una vuelta para descubrir sus misterios.

Pongámonos en contexto. En 1877 el astrónomo italiano Giovani Schiaparelli observó con su telescopio el Planeta Rojo y describió sus mares, continentes y canales. Llegó a la conclusión de que Marte era un mundo seco y moribundo, con escasos mares y cuyos habitantes debían usar canales para aprovechar la poca agua que les quedaba.

Mapa de Marte, según Schiaparelli

Esta idea concordaba con la hipótesis nebular defendida por muchos científicos en la época, según la cual el sistema solar se había formado a partir de la condensación de una nube de gases. Según esta hipótesis, los cuerpos más lejanos del sol eran los más antiguos, y por lo tanto estaban en una etapa más avanzada de su evolución, y quizá más próxima a la muerte. Ello implicaba que, de existir seres inteligentes en Marte, estarían muy avanzados con respecto a nosotros, y los escritores de ciencia ficción de finales del siglo XIX y principios del XX tomaron estas ideas como fuente de inspiración.

Across the Zodiac de Precy Greg (1880)

 

La primera novela de ficción marciana fue escrita por el inglés Percy Greg. Trata de un narrador anónimo que viaja al Planeta Rojo en una nave llamada Astronauta, capaz de repeler la gravedad de la Tierra.

En esta novela Marte debe su color rojo a su vegetación y su atmósfera, y el planeta presenta climas y paisajes variados, con montañas, océanos, campiñas y tundras heladas, pero se diferencia de la Tierra en que su superficie alberga menos agua y más masa continental. Sus habitantes son prácticamente iguales a los humanos, con la excepción de tener pechos más amplios, para dar espacio a unos pulmones poderosos que puedan extraer el oxígeno necesario de la tenue atmósfera marcial.

¿Suena interesante? Sí, al principio lo es. La mejor parte del libro es el viaje por el espacio y la llegada al Planeta Rojo. Lo demás es basura. ¿Por qué? Bueno, resulta que Percy Greg era un tipo violentamente reaccionario, incluso para los estándares de su época. Toda su novela (que no es nada corta: 400 páginas) es apenas más que un panfleto en el que este triste hombrecito utiliza el escenario marciano como un pretexto para despotricar sobre porqué la democracia es cosa del diablo, porqué todos deben creer en Dios, porqué la naturaleza debe ser sojuzgada por el hombre, porqué en el futuro todas las razas que no sean arias deberán desaparecer, porqué progreso significa homogeneización cultural y, en fin, porqué las mujeres deben permanecer en el hogar haciendo cosas de mujeres. En conclusión, se trata de un libro aburridísimo que sólo le recomiendo a quien quiera adentrarse en los orígenes de la ciencia ficción temprana…

Unveiling a Parallel de Alice Ilgenfritz Jones y Ella Merchant (1893)

 

El mundo tuvo que esperar otros 13 años para leer una nueva novela marciana. Ésta trata de un narrador desconocido (otra vez) que llega a Marte aprovechando unas corrientes cósmicas o no recuerdo que galimatías por el estilo, volando en un aeroplano (¡el primer uso registrado de esa palabra, antes de la invención de los Wright!).

Al igual que muchos autores de “romances científicos” (como se les llamaba en esa época a las obras de proto-ciencia ficción), las estadounidenses Jones y Merchant aprovechan un escenario fantástico para exponer sus ideas filosóficas y políticas. En este caso, lo que buscan es promover ideas feministas. Así, plantean un Marte en el que existen dos países. En el primero hombres y mujeres han alcanzado la igualdad, pero en el vicio: las mujeres fuman, beben, juegan, son promiscuas, frecuentan prostíbulos, practican la lucha libre y, en fin, se divierten de lo lindo.

En el otro país, hombres y mujeres han alcanzado la igualdad en la virtud: no sólo hay igualdad entre hombres y mujeres, sino que ha logrado establecer una sociedad equitativa y justa en todos los niveles, y libre de toda forma de miseria, crimen y corrupción. Aquí las innovaciones técnicas producto de la revolución industrial sirvieron para aliviar la carga de los trabajadores y permitirles aspirar a una mejor calidad de vida, no para enriquecer más a los dueños de los medios de producción. Asimismo, en ese maravilloso país, aunque hay diferencias entre la cantidad de riquezas que poseen los ciudadanos, no existen ni las fortunas exageradas ni la pobreza. Además, toda forma de enriquecimiento diferente al trabajo honrado, como la especulación, la usura y las apuestas, han desaparecido por completo.

Ahora bien, aunque esto puede sonar igual de sermoneador que Across the Zodiac, esta novelita es mucho mejor que los berreos de Percy Greg. No sólo el discurso ideológico es más simpático, sino que la novela está muy bien escrita, es breve, amena y tiene diálogos muy interesantes que invitan a la reflexión.

Eso sí: de Marte, nada. Excepto por su atmósfera rosácea y las dos lunas que se ven en el cielo, la historia bien pudo haber transcurrido en cualquier lugar del mundo y habría dado exactamente lo mismo.

Journey to Mars de Gustavus W Pope (1894)

 

Al año siguiente aparece esta otra novela marciana, del Dr. Pope, un médico estadounidense y un intelectual con diversos intereses y amplias lecturas que quedan reflejadas en su novela. Journey to Mars cuenta la historia del teniente Frederick Hamilton, de la marina estadounidense, que tras sufrir un accidente en una expedición al Polo Sur, se encuentra con una colonia de marcianos en el continente antártico, con los cuales emprende un viaje al cuarto planeta. Allí conoce la naturaleza y la sociedad marciana, se enamora de una princesa, y vive diversas aventuras.

Esta novela está a medio camino entre el discurso utópico que caracterizaba los romances científicos de la época, y las odiseas de aventura, amor y suspenso de las novelitas pulp de las décadas siguientes. Como novela utópica describe las maravillas de la sociedad marciana, que ha superado la guerra y la injusticia gracias a sus avances científicos, al mismo tiempo que advierte sobre los peligros de mestizaje racial y alaba a un Dios todopoderoso, omnisciente y masculino. También en ella los marcianos honran al teniente Hamilton cantando el himno nacional de los EUA, después de mostrarles que este país es la más grande civilización del mundo (pfff, gringos).

En cuanto a novela de aventuras, Jorney to Mars, tiene algunos episodios muy emocionantes, que incluyen riesgosas hazañas en el Polo Sur, escape de peligros en el espacio, una batalla entre narvales y peces espada gigantes, vuelos en águilas colosales, duelos de esgrima y una improbable fuga de una lúgubre prisión para rescatar a una bella princesa. Como se darán cuenta, tiene mucho de lo que caracteriza a las novelas de John Carter, por lo que se considera su antecedente más temprano. Pero Pope es un narrador inexperto: su novela tiene más de 500 páginas y abunda en descripciones estériles y episodios que no llevan a ninguna parte.

Lo más interesante de este libro es su introducción, pues se trata de uno de los primeros textos sobre ciencia ficción. Allí Pope dice que ésta es la literatura que corresponde al mundo de grandes cambios y avances científicos y tecnológicos en que le ha tocado vivir; que las obras que se insertan en dicho género no tienen por qué ser cuentos de hadas de simple evasión, sino tratar temas humanos, y que deben apegarse con suma fidelidad a los conocimientos científicos. Por lo demás, vale la pena leerla, en especial si tienen curiosidad de conocer a los antecesores de John Carter.

War of the Worlds de HG Wells (1897)

 

He aquí la mejor obra literaria y la más importante de esta lista, y por mucho. La anécdota es bien conocida: un buen día los ingleses están disfrutando de su vida y de ser el imperio más poderoso del mundo cuando de pronto caen desde el espacio unos cilindros metálicos gigantescos que contienen marcianos hostiles y sus máquinas de guerra.

Para nosotros, lectores del siglo XXI, las historias de invasión extraterrestre están tan choteadas que son hasta motivo de parodia (Los marcianos llegaron ya / Y llegaron bailando ricachá). Pero en la Era Victoriana ésta era una novedad: la idea de que pudiera llegar de pronto algo incomprensible e implacable y simplemente aplastar todo nuestro mundo resultaba (y resulta, si lo piensan bien) aterradora.

Wells era un hombre de ciencia, un filósofo y un poeta, y todo ello queda marcado en la más famosa de sus obras literarias. Siguiendo las ideas científicas de la época, Wells imagina un Marte moribundo, de cuyos habitantes se ven obligados a huir en busca de los recursos abundantes de la joven Tierra. Si otros escritores imaginaron aventuras coloniales o fábulas utópicas en mundos lejanos, Wells hace caer todo el terror del cosmos sobre nosotros. Él es también el primero en imaginar que los marcianos no tendrían que ser para nada como los seres humanos, que no somos la creación más perfecta del universo, y que los caminos de la evolución podrían producir cualquier cosa.

En La guerra de los mundos están ausentes el heroísmo y el patrioterismo que impregnarían la ficción de invasiones extraterrestres posteriores, en especial las de Hollywood. Aquí no hay la premisa de “lucharemos hasta vencerlos”. El protagonista no es un brillante científico ni un valiente soldado, sino un hombre común que por una serie de coincidencias logra sobrevivir a la invasión. Y es que al final, la humanidad no es victoriosa, es apenas superviviente gracias a una casualidad. El clero y el ejército, guardianes de la integridad espiritual y física de una nación, son representados en dos personajes, un cura y un artillero. La fe, y más aún, la cordura, del clérigo colapsan al momento de la invasión y el artillero se convierte en un animal rastrero y salvaje que se escabulle entre las ruinas de la civilización con el único objetivo de sobrevivir.

La guerra de los mundos constituye, ante todo, una lección de humildad. Wells pone a los británicos en el lugar de los pueblos que el Imperio ha destruido, y aún más, pone a los seres humanos en el lugar de las criaturas a las que ha sometido por milenios. Es una obra básica no sólo de la ciencia ficción, sino de la literatura universal, y una que debe leerse (Wells es también un gran prosista, así que vale la pena leerlo en inglés).

Edison’s Conquest of Mars de Garret P Serviss (1898)

 

La guerra de los mundos fue un éxito rotundo, así que no tardó en aparecer una secuela no oficial del otro lado del Atlántico. Garret P Serviss era científico y colaborador de Thomas Alva Edison y escribió esta novela para exaltar al inventor, a los Estados Unidos, a la raza blanca, a la civilización occidental y al imperialismo (pfff, gringos).

¿La historia? Después de sobrevivir a la invasión marciana, los países de la Tierra, bajo el liderazgo de los Estados Unidos (¿quién si no?), deciden emprender una expedición punitiva contra el Planeta Rojo. Edison encabeza la expedición, con ayuda de sus nuevos inventos: naves eléctricas que pueden viajar por el espacio. Después de algunas peripecias, los terrícolas llegan a Marte y acometen un espantoso genocidio contra la población de Marte. ¡Yeah!

El mensaje de Wells era: “¡Miren, hombres y mujeres del mundo! Tengamos humildad: no somos nada, no somos la más grande creación del universo, sino un montón de animalitos con delirios de grandeza. Pongámonos en el lugar de los otros, de los débiles, de los sojuzgados… Empecemos a tratarnos los unos a los otros con mayor humildad y misericordia. Tengamos compasión y comprensión por nuestros hermanos animales…”

El mensaje de Serviss es: “Yeeee-ha! We’re America! We’re gonna kick all your asses, because we’re the coolest country in the world and we have Jesus on our side! Here we come, Martians! Losing a war? Ha! That’s never going to happen to us!! Yeee-ha! God bless America!!” (pfff, gringos).

En serio, Serviss ignora por completo la lección de humildad que Wells trataba de transmitir. El protagonista de Wells era un hombre común, pero el de Serviss no es sino Thomas Alva Edison que, recuérdese, no era un científico, sino un empresario, o séase, el héroe capitalista gringo por excelencia. Para el autor del joven imperio, la visión del hombre común no importa, sino la del gran hombre, la del héroe. Y los marcianos no son ya una civilización avanzada, sino un montón de bárbaros que no valen más que “apaches o mexicanos” (¡textual!).

Pero dejando de lado la mierda ideológica, en realidad esta novela resulta muy interesante y entretenida. Es la primera obra de ciencia ficción en la que se mencionan: trajes espaciales, como escafandras adaptadas para el viaje interplanetario, que además cuentan con bocinas y auriculares telefónicos en los cascos para que los viajeros puedan comunicarse con sólo conectar un cable de teléfono de un traje a otro; rayos desintegradores que convierten lo que tocan en nubes de átomos; personas abducidas por extraterrestres para ser usadas como esclavos; batallas espaciales entre flotas enemigas; píldoras de oxígeno para los viajeros del espacio… en fin, todo un deleite para los fans del Steampunk.

…Y por cierto, en este libro aparece por primera vez en la historia la idea de los “antiguos astronautas”, o sea de que la Tierra fue visitada en el pasado remoto por extraterrestres, los cuales construyeron las pirámides de Egipto. Sólo para que quede claro que esta idea surgió de una historia de ciencia ficción y no de las “imbestigiasiones” de los ufólogos.

A Honeymoon in Space de George Griffith (1901)

 

En esta novelita inglesa, una pareja de recién casados se va de luna de miel en un viaje por el Sistema Solar. Los protagonistas son un lord inglés y su esposa estadounidense, respectivamente el amigo y la hija de un brillante científico que descubrió la antigravedad y construyó el Astronef, la nave espacial que los lleva tener una luna de miel en el espacio.

Lord Redgrave y su esposa visitan la Luna, Venus, Ceres, Júpiter y sus satélites, Saturno y, lo que es de nuestro interés, Marte. Griffith representa a Marte como un planeta más antiguo que la Tierra, moribundo, frío y casi deshidratado; como otros autores, le atribuye poca gravedad y explica su color por su atmósfera rojiza.

Típicamente antropocentrista, Griffith sitúa seres humanos habitando todo el sistema solar, incluyendo al Planeta Rojo. Asimismo, se figura que todos los mundos han seguido un camino evolutivo más o menos análogo al de la Tierra. Siendo Marte más viejo que nuestro planeta, los marcianos son representados como seres humanos que evolucionaron hasta alcanzar un grado de fría racionalidad que ha desterrado todas las emociones.

No obstante su fría racionalidad, los marcianos se han convertido en algo tan inhumano que los torna salvajes, y en cuanto ven a la joven esposa, los marcianos quedan embriagados por su belleza y tratan de apoderarse de ella (está claro que todos en el universo se mueren por una gringa). Esta situación lleva a que las ametralladoras del Atronef abran fuego sobre la multitud marciana, acción totalmente justificadas por los protagonistas, quienes sostienen que a los marcianos no puede considerárseles humanos.

El anglocentrismo de Griffith llega a niveles verdaderamente ridículos cuando se descubre que los marcianos ¡hablan inglés! ¿Cómo es esto posible? Simple: los marcianos habían alcanzado un grado supremo de racionalidad, y el lenguaje más racional que podría existir en todo el puto universo es, desde luego, el inglés, por lo que éste evolucionó de forma independiente en el Planeta Rojo (pfff, británicos).

Como historia de ciencia ficción, tampoco aporta mucho: no imagina nuevas tecnologías y casi todo lo que se describe diferentes mundos del Sistema Solar había sido tratado en por otros autores. Con todo, A Honeymoon in Space tiene algunos puntos de interés. Las visitas a otros mundos son más imaginativas que la de Marte, y el concepto del viaje turístico por el espacio permite al lector transportarse por los escenarios fantásticos que cautivan la imaginación.

Lieutenant Gullivar Jones: His Vacation de Edwin L Arnold (1905)

No, no me equivoqué yo. Se escribe Gullivar, no Gulliver; los editores de esta segunda edición le cambiaron el nombre a propósito.
 

Y llegamos con el antecedente más inmediato de John Carter: Gullivar Jones, creado por el británico Edwin L Arnold. La historia: el teniente estadounidense Gullivar Jones es transportado en una alfombra mágica hacia el planeta Marte, gracias a una coincidencia por demás extraordinaria. Cae en una región habitada por los Hither (“los de acá”), vecinos de los Thither (“los de allá”). Los primeros son una raza hermosa que se dedica al placer y a la pereza. Los últimos son una raza de guerreros bárbaros, que una vez al año visitan a los Hither, para reclamar a la doncella más hermosa del lugar. Resulta que la doncella reclamada por los bárbaros es la princesa Heru, de quien se había enamorado el héroe. Así, Gullivar, para rescatar a su amada, emprende una travesía que lo lleva por mares, ríos, bosques, tundras y ciudades encantadas.

Se trata de una fascinante novela de aventuras, llena de sorpresas, suspenso y comedia, en la que el autor británico aprovecha varias oportunidades para burlarse de la arrogancia yanqui. Gullivar no es el típico héroe gringo perfecto: teme y duda, se cansa y padece hambre, bebe y se emborracha, es despreocupado, arrogante y atrevido, y si tiene éxito es en gran parte gracias al azar. Gullivar no es un héroe porque sea perfecto sino precisamente porque supera todos sus vicios y adversidades para recuperar a la bella princesa. Esto lo hace un personaje mucho más interesante y entrañable que el acartonado John Carter de Burroughs.

En un episodio, Gullivar encuentra una tierra sin dueño y la reclama en nombre de su nación en virtud de la Doctrina Monroe (pfff, gringos), algo por demás ridículo teniendo en cuenta que Gullivar está solo en un planeta distante y no tiene forma de hacer válido su reclamo. Cuando un marciano le pregunta qué es la doctrina Monroe, Gullivar responde que “en pocas palabras, significa que no puedes tocar nada de lo que es mío, pero debes compartir conmigo todo lo que es tuyo”. Epic LOL.

Marte es descrito como un mundo maravilloso de aventuras que incluyen una pelea entre bestias gigantes en un bosque nocturno; un recorrido por el helado Río de la Muerte y una noche en el castillo de una ciudad embrujada.

Gullivar Jones es una novela divertida y apasionante, con más contenido de lo que uno pensaría y con muchas imágenes poéticas muy afortunadas. Es ciertamente uno de aquellos libros que me gustaría haber descubierto en la adolescencia.

John Carter of Mars de Edgar Rice Burroughs (1912)

 

Hemos llegado al final de nuestro recorrido. En la entrada anterior me explayé sobre esta trilogía de novelas que tienen como protagonista al héroe John Carter, el capitán confederado que llega a Marte por quién sabe qué cosa de magia y cuerpos astrales. En Marte (o Barsoom), Carter hace gala de sus virtudes: es valiente, fuerte, hábil, no le tiene miedo a nada, nadie puede vencerlo, los hombres lo admiran, las mujeres lo desean, sus enemigos le temen y al final termina convirtiéndose en el warlord de todo el Planeta (pfff, gringos).

Como dije en la entrada anterior, lo mejor de estas novelas son los mundos que Burroughs crea con su inagotable imaginación y las aventuras que tiene el protagonista, que siempre vienen unas detrás de la otra, a un ritmo trepidante que mantiene al lector al filo de la página.

Como vimos hoy, John Carter no surgió de la nada, sino que fue el último y más famoso de una larga serie de personajes que visitaron el Planeta Rojo. Así que si ustedes están con ganas de ciencia ficción vintage, les recomiendo leer estos libros. Y si estos libros no se les antojan, pues por lo menos ya conocen de qué van y pueden imaginárselos. Los dejo para soñar con todas las aventuras posibles e imposibles que se pueden vivir en un mundo de arenas rojas y estrellas prístinas…

Mi calificación personal de estos libros


[1]Epígrafe que HG Wells incluye al principio de La guerra de los mundos. La cita es del Somnium (1571) de Johannes Kepler, a su vez citado por Robert Burton en The Anatomy of Melancoly (1621).

1 comentario:

Sir David von Templo dijo...

Me encanta ese "pfff... Gringos", ¿pero que podemos hacer? Es parte del encanto de esos libros.

Saludos

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails