martes, 10 de abril de 2012

La historia subjetiva de Carlos Fuentes




Para aquellos a quienes nos apasiona el conocimiento de la Historia, nuestra fuente principal de este deleite suelen ser los libros. Los libros de historia, valga la obviedad, pero también la literatura. Verán, hay por lo menos dos historias. 

Una es la historia objetiva, la de (perdónenme tanta rebuznancia), los libros de historia, desde los que nos dan una idea general de los sucesos, fechas, lugares y nombres más importantes, hasta los que profundizan con erudición y agudeza en las causas, factores, procesos y significados de aquellos sucesos históricos, para no sólo saber qué pasó, sino comprender por qué ocurrió y de qué forma moldeó el mundo en que ahora vivimos. 

Pero esa historia objetiva rara vez, si acaso, nos proporcionará algún vistazo a los detalles que suelen dejarse soslayados y qué no pocas veces nos preguntamos. Un libro de historia podrá explicarnos las causas, desarrollo y consecuencias de la Primera Guerra Mundial, pero ¿qué sentía y pensaba el individuo anónimo que tuvo que pasar noches en vela en las trincheras? El libro de texto podrá detallar los cambios económicos, políticos y sociales que se vivieron en la URSS tras su revolución, pero ¿qué significaron estos cambios para una familia? ¿Cómo afectaron su vida, el crecimiento de los hijos, la relación entre los padres? 

¿Qué era para un niño escuchar las historias de un anciano que había sobrevivido a los campos de exterminio nazis? ¿Qué comían, qué bebían, de qué hablaban y qué cantaban los soldados de Pancho Villa entre batallas? ¿Qué sintieron las personas que observaban por TV cuando Neil Armstrong pisó la Luna? ¿A qué olía el Titanic el día que los pasajeros lo abordaron? ¿Cómo era un día ordinario en las ciudades que estaban lejos del campo de batalla durante los años de la Segunda Guerra Mundial? 

Esto no puedo decírnoslo un libro de historia. Para eso está la literatura, que nos cuenta las otras historias, las historias subjetivas. No son las historias de las masas de seres humanos que se mueven de aquí por allá, haciendo la guerra y cambiando al mundo, sino las historias de los individuos frágiles, vulnerables y prescindibles, y por lo tanto únicos e invaluables. La historia objetiva hace a la subjetiva y viceversa, y el conocimiento de una complemente el de la otra.

Si quieren conocer la historia subjetiva de México, en especial la del México posrevolucionario, les recomiendo enérgicamente las novelas de Calos Fuentes (1928 - 2012), el narrador mexicano más importante de su tiempo. En especial les recomiendo estas tres novelas que leí recientemente. Hagamos un breve recorrido; trataré de decirles lo suficiente de cada una para animarlos a leerlas, pero sin quemarles lo importante:

La región más transparente (1958)


Carlos Fuentes escribió esta novela cuando acababa de cumplir los 30 años, y aún así es ya una obra de sorprendente madurez. La acción principal se da en ese universo caótico, plural y multidimensional que es la Ciudad de México en la década de los 50's. Conocemos allí a una rica galería de personajes de todo tipo: el populacho, la vieja aristocracia porfirista venida a menos, los cultosos decadentes, la nueva burguesía surgida a partir de la Revolución... Paseándose por la ciudad va Ixca Cienfuegos que apenas es protagonista, sino más bien testigo, o confidente, de lo que ocurre. Es a Ixca a quien la mayoría de los personajes le cuentan sus historias, y es a través de las historias personales de cada uno que podemos aprender un poco de la historia objetiva.

Ahí está Federico Robles, peón de hacienda convertido en soldado revolucionario convertido en rico empresario; ahí está Rodrigo Pola, el rencoroso hijo de un revolucionario que no sobrevivió a la guerra y por lo tanto dejó a su familia en la incertidumbre; ahí está Norma Larragoiti, la escaladora social, aceptada por la vieja aristocracia porfirista en un sucio intercambio de dinero por estatus social... En fin, en esta novela están todas las historias subjetivas que conjugan para construir la historia del país. No faltan episodios que ilustran cómo era la época: fiestas decadentes, tejemanejes corruptos entre funcionarios sin escrúpulos, corridas de toros, pleitos de cantina, viajes por carretera hacia Acapulco, y muchos más.

No sé ustedes, pero cuando leo de historia lo que más me fascina son los momentos de convulsiones, grandes guerras, revoluciones y movimientos sociales que transformaron drásticamente el mundo. Los periodos de cambio gradual y pacífico me parecen aburridos... en la historia objetiva. Pero en la historia subjetiva estos momentos cobra un interés especial, porque se puede apreciar cómo estos cambios graduales afectaron las vidas de las personas, sus relaciones, sus amores, sus profesiones, etcétera. A veces solemos pensar que tras la Revolución Mexicana nada cambió; sólo cambió el grupo en el poder y se trocó una dictadura (el Profiriato) por una dictablanda (el PRI). Pero en realidad sí cambiaron las cosas, y mucho. Para bien o para mal, México ya no era el mismo y esta novela nos permite apreciarlo.

Carlos Fuentes hace un mosaico magnífico de historias en La región más transparente. Les recomiendo adquirirla en la edición de las Academias de Lengua Española.

La muerte de Artemio Cruz (1962)


Otra de las novelas más famosas de Carlos Fuentes. En ella, en vez de tener a una multitud de personajes, nos concentramos en uno solo, a través de cuya vida podemos atestiguar los episodios más importantes de la historia de México desde finales del siglo XIX a principios del XX. Artemio Cruz es un soldado revolucionario que se convierte en cacique, empresario y demás. Acostumbrado desde niño a ver por sí mismo y luchar por sobrevivir, Cruz se alza desde la miseria y la soledad hasta hacerse con el poder económico y político.  Pero si Federico Robles tiene algunos elementos que lo redimen, Artemio Cruz es un individuo cuya ambición sólo rivaliza con su falta de escrúpulos, y no le importa pasar por encima de quien tenga que pasar.

Escrita en tres personas (yo, tú, él) y en tres tiempos verbales (pretérito, presente y futuro), la novela construye poco a poco la historia y la personalidad del caudillo. Como lectores vamos saltando por el tiempo, aterrizando por vez en un día de un año en la vida del protagonista, mientras en el presente, el viejo agoniza... ¿Dónde queda todo el poder, todos los logros y ambiciones? 

No pude evitar que La muerte de Artemio Cruz me recordara a Ciudadano Kane, pues es la historia de un hombre que de no tener nada se hizo con muchísimo poder, y al final acabó odiado por todos y enfrentando a la hora de la muerte los fantasmas de su pasado. Es un gran libro que les recomiendo mucho. Lo leí por primera vez hace algunos años, pero no le agarré bien la onda, porque había varias cosas sobre la historia de México que no conocía. Léanlo, pues.

Los años con Laura Díaz (1999)


Esta novela pertenece a una época totalmente distinta en la vida de Carlos Fuentes. Si las primeras dos las escribió un treintañero, ésta es la obra de un hombre de 70 años de edad. Más tradicional y mucho menos experimental e innovadora que los dos ejemplos anteriores, y con un estatus menos prestigioso en la bibliografía del autor, encontré con grata sorpresa que me gustó más. Aclaro, no digo que sea mejor, ni más importante, sólo digo que a un nivel visceral la disfruté más. Ahora me explico.

Escogí leer esta novela inmediatamente después de haber leído las otras dos porque, al igual que aquéllas, Los años con Laura Díaz conjuga y entrelaza las historias personales con la historia nacional, y aún más, con a historia del mundo. De hecho, al igual que en La muerte de Artemio Cruz, en ella seguimos la vida de un personaje a través del siglo XX. Pero si Laura Díaz me gustó más es porque pude identificarme mejor con los personajes.

Quizá es que a los 30 años Carlos Fuentes era más cínico, o quería dar la impresión de ser un tipo duro, o quizá con el tiempo se hizo más sensible, pero lo cierto es que ni en La región más transparente ni en La muerte de Artemio Cruz se pueden hallar personajes muy entrañables. Casi todos parecen ser unos patanes, o unos canallas, o unos hipócritas, mezquinos, cobardes, o por lo menos unos bravucones. En cambio, en Laura Díaz hay muchos personajes con los que uno puede congeniar, empezando por la protagonista. Son personas más cercanas a la realidad, humanos que cometen errores y que tienen sus defectos y manías, como todo mundo, pero que también son capaces de generosidad, de amor sincero, de valentía y sacrificio. Me pareció desde el principio una obra más sincera y personal, lo que comprobé al leer el postfacio del mismo Fuentes, en el que admite que muchas de las historias que cuenta en la novela son las mismas historias de su propia familia.

Además, otra cosa que me gustó es que este libro va más allá de la Revolución y el orden postrevolucionario; en esta novela algunos eventos históricos internacionales tienen un papel fundamental para Laura Díaz y los personajes que la rodean: la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, el Macartismo, el Movimiento Estudiantil del 68... todos éstos son temas que me fascinan. La forma en la que Carlos Fuentes detalla la vida de Laura y los demás es magnífica: sabemos a qué juega la niña, a qué baila la adolescente, que fotografía la anciana; sabemos qué viste, qué come, qué lee, qué películas va a ver, y cómo cambia a lo largo de toda su vida, y así podemos participar un poquito de esa historia subjetiva, íntima, que es tan nuestra, tan de todos los mexicanos (o más), como lo es la otra historia, la objetiva, la nacional, la universal, la que está hecha de nombres, datos y fechas.

Esta novela, por su parte, me recordó a películas como Forrest Gump, en la que se puede ver la vida de un país en la vida de un individuo. Y creo que más que eso de la historia, lo importante en esta novela es precisamente la vida: todas las cosas grandes y pequeñas que pueden ocurrir en el lapso de una vida humana: los amores, las amistades, las pasiones, las tragedias, los desengaños, los ideales, las personas que vienen y van, las experiencias que nos marcan, las anécdotas en apariencia intrascendentes, pero que nunca podemos olvidar... ¿Se nota que me gustó mucho el libro?

Por eso, no puedo dejar de recomendarles esta novela. Les sugeriría leer las tres de corrido, pero si eligen leer sólo una, les recomiendo empezar por Los años con Laura Díaz. Saludos y que tengan una buena lectura.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

ya leiste Armablanca de José Agustín? el contexto es el movimiento del 68. Hay sexo, infidelidades, rockanroll y harta polaca. que más quieres?

Sir David von Templo dijo...

Si me propusiera comprar todos los libros que has recomendado, me quedaría sin quincena. Ahora que lo pienso, es una buena inversión.

Saludos.

m. Isaac. V.R. dijo...

Si yo fuera Sir DAvid Von Templo me compro un Kindle y me dejo de pretextos.

Enrique Arias Valencia dijo...

Gracias por las recomendaciones, Ego.

Carlos M. "yuzuke" dijo...

Gracias por las recomendaciones, las leere apenas tenga chance ( y dinero).

Moisés dijo...

No son las historias de las masas de seres humanos que se mueven de aquí por allá, haciendo la guerra y cambiando al mundo, sino las historias de los individuos frágiles, vulnerables y prescindibles, y por lo tanto únicos e invaluables.

No es por llevarte la contraria pero: ¿No crees que estas olvidando la gran cantidad de documentos históricos "subjetivos" que existen? Memorias personales y correspondencia personal.

Ahí tenemos Tempestades de acero de Ernst Junger, veterano alemán de la primera guerra mundial.

Cuando uno atraviesa de noche una posición no ocupada, aun en el caso de que no haya un fuego especialmente intenso, una sensación de inquietud se apodera del ánimo; se sufren extrañas alucinaciones visuales y auditivas. Todo es frío y extraño, como en un mundo maldito.

Fue allí donde hice la observación —y propiamente, durante toda la guerra, fue sólo en aquella batalla donde la hice— de que existe una clase de espanto que al ser humano le resulta extraña, como si fuera una región no explorada. Y así, en aquellos instantes no noté miedo, sino una ligereza grande, casi demoníaca; también unos sorprendentes ataques de risa, que no conseguía dominar.

O las memorias de Albert Speer, el ministro de armamento y guerra en la Alemania nazi.

Hitler me habló alguna vez de la posibilidad de fabricar una bomba atómica, pero era evidente que la idea superaba su capacidad de comprensión, igual que se le escapaba el carácter revolucionario de la física nuclear. En las transcripciones que se han conservado de mis conversaciones con Hitler, constituidas por 2.200 puntos, la fisión nuclear sólo aparece una vez, y se trata además muy brevemente.

Pero esa historia objetiva rara vez, si acaso, nos proporcionará algún vistazo a los detalles que suelen dejarse soslayados y qué no pocas veces nos preguntamos.

No necesariamente, de hecho, hay muchos libros de historia que hablan de "las voces" de los acontecimientos, es decir los testimonios personales, por ejemplo El día D de Antony Beevor esta lleno de testimonios de los soldados de ambos bandos.

El alemán que los vigilaba le dijo al teniente: «Creo que será mejor que nos pongamos a excavar una trinchera, ¿no le parece?», y los dos hombres empezaron a cavar juntos. Se sentaron codo con codo en el refugio improvisado mientras seguían los bombardeos, encogiéndose cada vez que alguna bomba pasaba por encima de ellos. «En pocos días volverán al mar», exclamó el alemán. «No, lo siento», replicó Bannerman. «En una semana estaremos en París.» Tras reconocer que nunca se pondrían de acuerdo, el granadero alemán sacó del bolsillo una fotografía de su novia y se la mostró al teniente. Este correspondió a su gesto enseñándole otra de su esposa. No podía dejar de pensar que apenas media hora antes habían intentado matarse el uno al otro.

También esta This Kind of War: The Classic Korean War History de T. R. Fehrenbach

It has always been customary to separate officers from sergeants, and sergeants from other ranks, in POW camps. It is the most effective way of breaking down possible resistance and cohesion in any group of prisoners, American or Hungarian. But the Chinese tried a new twist.
"No one here has any rank—you are all the same," the Chinese said. To Sergeant Schlichter's horror, this had an immediate appeal for many men.
One soldier went up to an officer and slapped him on the back. "Hey, Jack, how the hell are you?" He thought it was very funny.
The Chinese smiled, too.


Schlichter saw men who refused to eat the meager slop he was eating, in his own effort to stay alive. He heard men mumble fantasies, living in a dream world of their own warm, protected past. One boy angrily told him, as he urged the youth to eat, "My parents never made me do things like this!"

Another told him one night, sobbing, "I know my mother is bringing me a pie tonight—a pie, Sergeant."


En fin los ejemplos son inagotables.

Saludos!

Maik Civeira dijo...

Pues no veo que me estés llevando la contraria, sólo ampliando el tema. ¡Saludos!

Anónimo dijo...

¿campos de exterminio nazis? ¿que onda con la "objetividad"?

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