jueves, 30 de agosto de 2012

El Necronomicón en la Biblioteca de Babel (Parte 2)



Lee la primera parte: EL LABERINTO


LA CIUDAD PROHIBIDA

Pasemos ahora a la otra pareja de relatos. La ciudad sin nombre (The Nameless City, leer aquí) fue escrito por Lovecraft en 1921 y se publicó ese mismo año en la revista The Wolverine. Un narrador anónimo relata cómo se obsesiona con la búsqueda de una ciudad tan antigua que no sobreviven leyendas de su nombre o de cómo era cuando estaba viva. Sólo los árabes hablan temerosos de sus ruinas en medio del desierto. El protagonista logra encontrarla y la explora, descubriendo así que sus proporciones no corresponden a las humanas. Siguiendo el rastro de un viento misterioso y subterráneo, encuentra en una gruta un templo que guarda las momias de horribles criaturas reptiloides, mismas que se ven representadas en detallados murales. En un principio cree que tales seres son los ídolos totémicos de los antiguos habitantes de la ciudad, pero al final descubre que ellos eran los pobladores, y que sus espíritus infernales se mueven con la ráfaga de viento que se percibe salir de la cueva en las noches y volver a entrar cada mañana.

El inmortal [leer aquí], por su parte, también apareció por vez primera en El Aleph. El narrador y protagonista es Marco Flavio Rufo, tribuno militar de una legión romana, que se aventura en busca de una ciudad perdida en algún lugar del desierto africano, junto a la cual corre un río que concede la inmortalidad a quien bebe de sus aguas. Rufo finalmente encuentra la ciudad, de antigüedad inconcebible y proporciones monstruosas, y bebe del famoso río, convertido en un riachuelo fangoso. Tras pasar horas de angustiosa pesadilla en laberintos subterráneos, entra en la Ciudad de los Inmortales, la recorre y, al salir de ella nuevamente, descubre que los hombres salvajes que habitan las grutas circundantes son, de hecho, los Inmortales, uno de los cuales es el mismo Homero, quien le cuenta lo que sabe de la legendaria ciudad. De esto tratan las cuatro primeras secciones del cuento; la quinta resume la longeva vida del protagonista, hasta que éste logra deshacerse de la onerosa inmortalidad. Como se ve, es en las primeras cuatro secciones en las que se halla el eco de Lovecraft, así que trataré de ellas al hacer la relación.




Ambos cuentos están, una vez más, escritos en primera persona, y tanto en el texto de Lovecraft como en el de Borges los respectivos protagonistas buscan ciudades perdidas en medio de desiertos y de las cuales sólo se conocen extrañas leyendas. Los personajes descubren un perturbador secreto sobre la identidad de los habitantes de tales ciudades: en Lovecraft, que pertenecían a una horrible raza pre-humana; en Borges, que son los degenerados trogloditas que se alimentan de la carne cruda de serpientes. Ambas ciudades son, además, inexorablemente antiguas y monstruosamente abominables. Lovecraft escribe:

“Cuando me aproximé a la ciudad sin nombre, comprendí que estaba maldita. Recorría un valle terrible y reseco a la luz de la luna, y la vislumbré a lo lejos, resaltando de forma increíble sobre la arena, tal como los miembros de un cadáver podían sobresalir de una tumba poco profunda. El miedo se albergaba en ese vetusto superviviente del diluvio, esa tatarabuela de la más antigua de las pirámides.”
            Borges, por su parte, nos dice:

“Antes que ningún otro rasgo de ese monumento increíble, me suspendió lo antiquísimo de su fábrica. Sentí que era anterior a los hombres, anterior a la tierra. Esa notoria antigüedad (aunque terrible de algún modo para los ojos) me pareció adecuada al trabajo de obreros inmortales. […] Este palacio es fábrica de los dioses, pensé primeramente. Exploré los inhabitados recintos y corregí: Los dioses que lo edificaron han muerto. Noté sus peculiaridades y dije: Los dioses que lo edificaron estaban locos. Lo dije, bien lo sé, con una incomprensible reprobación que era casi un remordimiento, con más horror intelectual que miedo sensible. A la impresión de enorme antigüedad, se agregaron otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de lo complejamente insensato.”
Y más adelante agrega:

“Esta ciudad –pensé- es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz.”
        


        Las similitudes entre el texto de Borges y el de Lovecraft, si no en las palabras, decididamente sí en las ideas, saltan a la vista. Pero los ecos del escritor de Providence en las letras del argentino no se limitan a estas referencias directas a La ciudad sin nombre. Según la mitología lovecraftiana, en los rincones más oscuros del mundo se levantan ruinas ciclópeas de antigüedad espantosa, cuya existencia el autor describe frecuentemente como “blasfema”, así como el universo está poblado por dioses “idiotas e insondables”, tales como el mismo Cthulhu, Azathoth o Nyalathotep, que nada tienen que ver con las representaciones antropomorfas que los humanos han hecho basados en sus ingenuas religiones.

Borges, a su vez en El inmortal, escribe:

“Con las reliquias de su ruina erigieron, en el mismo lugar, la desatinada ciudad que yo recorrí: suerte de parodia o reverso y también templo de los dioses irracionales que manejan el mundo y de los que nada sabemos, salvo que no se parecen al hombre.”
            La sensación de claustrofobia y locura que se apodera del narrador anónimo de   La ciudad sin nombre es paralela a la que sufre Rufo en El inmortal. Lovecraft describe así el descenso del protagonista por la gruta que constituía el templo más sagrado de la innombrable ciudad:

“Mi cabeza bullía de locas ideas, y las palabras y advertencias de los profetas árabes parecían flotar cruzando el desierto desde las tierras conocidas por los hombres hasta llegar a esa ciudad sin nombre que la humanidad no se atreve a conocer. […] Tan sólo en las terribles fantasías de las drogas o el delirio puede ningún otro hombre haber realizado un descenso similar. El angosto pasaje iba hacia abajo sin fin, como si se tratase de algún odioso pozo fantasmal, y la antorcha alzada sobre mi cabeza no llegaba a iluminar las desconocidas profundidades hacia las que me deslizaba. Perdí la cuenta del tiempo y olvidé consultar el reloj, aun cuando me sentía espantado al pensar en la distancia que debía haber recorrido. […] Yo estaba bastante desequilibrado por culpa de esa ansia de lo extraño y lo desconocido que ha hecho en mí un vagabundo y un buscador de lugares lejanos, antiguos y prohibidos[1].”



Rufo, cuando se extravía en el laberinto por el que debe pasar antes de entrar a la ciudad, tiene una experiencia similar:

“El silencio era hostil y casi perfecto; otro rumor no había en esas profundas redes de piedra que un viento subterráneo, cuya causa no descubrí [...] Horriblemente me habitué a ese dudoso mundo; consideré increíble que pudiera existir otra cosa que sótanos provistos de nueve puertas y que sótanos largos que se bifurcan. Ignoro el tiempo que debí caminar bajo tierra  […]”
Como se ve, incluso la misteriosa ráfaga de viento subterráneo de Lovecraft está presente en el cuento de Borges. Hay otro paralelismo interesante; en los siguientes pasajes Lovecraft y Borges describen cosas distintas, pero igualmente monstruosas. Lovecraft habla de las criaturas momificadas y que resultan ser los habitantes originales de la ciudad sin nombre:

“Resulta imposible hacerse una idea de tales monstruosidades. Eran reptilescas, con siluetas que sugerían a veces un cocodrilo, a veces una foca, pero más a menudo nada de lo que naturalistas o paleontólogos puedan haber conocido jamás. […] No podía comparar esas cosas con nada del pasado; podría establecer relación con seres tan dispares como el gato, el bulldog, el fabuloso sátiro y el ser humano.”
De forma similar Borges se expresa sobre la ciudad misma:

“No quiero describirla; un caos de palabras heterogéneas, un cuerpo de tigre o de toro, en el que pulularan monstruosamente, conjugados y odiándose, dientes, órganos y cabezas, pueden (tal vez) ser imágenes aproximativas.”




      El parecido entre uno y otro texto es, considero, evidente, y una vez expuestas estas similitudes, conviene preguntarnos sobre su naturaleza. ¿Alusiones deliberadas, influencias inconscientes o simple casualidad? No podemos saberlo. Borges no dice nada sobre lo que inspiró a escribir El inmortal y no sabemos si alguna vez leyó La ciudad sin nombre. Pensar que es posible y que dicha lectura lo haya influido consciente o inconscientemente me parece sensato.

Este encuentro termina con EXISTEN MÁS COSAS...




[1] Compárese esta última oración con el párrafo que está la siguiente entrada, cuando el protagonista de There Are More Things describe su propia y fatal curiosidad.

2 comentarios:

Syous dijo...

Gracias por compartir las ligas, a pesar de ser fan de Lovecraft me faltaban estas lecturas.

Saludos

Ego dijo...

Syous: Gracias a ti por leer. Estamos en contacto.

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