martes, 25 de junio de 2013

La Primavera Turca




Tradicionalmente, desde fines de la Segunda Guerra Mundial, se ha entendido el Medio Oriente, y en particular los países árabes, como una dicotomía: el fundamentalismo musulmán o la dictadura militar laica. Dado que el integrismo musulmán viene por lo general con una actitud anti-occidental bastante violenta (Arabia Saudita representa un caso especial de un Estado islámico aliado de Occidente), las potencias europeas y sobre todo Estados Unidos han apoyado históricamente dictaduras militares laicas para proteger sus intereses en la región. Saddam Hussein, Hosni Mubarak, Bashar Al Assad y el mismo Muamar Gaddafi fueron el algún momento aliados de Occidente, y cumplían muy bien su parte de mantener el fundamentalismo islámico a raya.

De ahí que muchos se lamenten e incluso se alarmen ante la caída de estos regímenes: temen el fortalecimiento del fanatismo musulmán en la región. Sus temores no son infundados: en Egipto los Hermanos Musulmanes están haciendo todo lo posible para ocupar el vacío de poder que dejó Mubarak. Y eso es sólo un ejemplo de organizaciones integristas que tratan de jalar agua para su molino aprovechando la coyuntura.

Pero lo que resulta inédito en estos movimientos es que ya no sólo se trata de dictaduras militares vs fundamentalistas islámicos; la Primavera Árabe vio el auge de un tercer elemento: una clase media educada, con valores laicos y democráticos, y que es el motor de estas revoluciones. Es este componente el que logró en Túnez una transición democrática más o menos tersa, y que en Egipto ha mantenido la lucha que impide tanto a la junta militar como a los fundamentalistas musulmanes consolidar el poder. Esto es lo que hay que entender, para no reducir el conflicto a la retórica binaria que al caos islámico sólo proponía la "mano dura" de los dictadores.



Turquía es un caso especial en Medio Oriente. No es un país árabe, pero sí es una nación musulmana, una que además se erigió como la defensora del Islam por casi ocho siglos como el Imperio Otomano. Destruido y disuelto el Imperio tras la Primera Guerra Mundial, en los últimos años Turquía ha experimentado un auge económico que se ha clasificado como milagroso. De los países del Medio Oriente es el más cercano a Europa e incluso se plantea como un candidato muy serio para formar parte de la Unión Europea. Más aún, Turquía está en la lista de las economías emergentes que se podrían convertir en potencias en los próximos años.

Pero este progreso ha sido desigual. Al crecimiento económico no se ha sumado un desarrollo democrático o en materia de derechos humanos. Así, cuando la Primavera Árabe alcanzó su apogeo en 2011, Turquía se unió a la lista de países en los que se estaban dando protestas. En ese entonces escribí lo siguiente:

Este país, que se está convirtiendo rápidamente en una potencia mundial, tiene una deuda pendiente con los derechos humanos. La etnia de los kurdos ha sido siempre reprimida, ignorada y perseguida en este país, así como en Siria y en Irak. Este año, inspirados por la Primavera Árabe, los kurdos de Siria e Irak se han unido a las manifestaciones en contra de los gobiernos de los respectivos países. En Turquía las cosas están más tranquilas, pues los kurdos "sólo" piden respeto a sus derechos. No obstante, el gobierno también ha sido represivo y se han reportado más de 2 mil detenidos [todo aquí]. A esto se suma la participación de Anonymous, quien declaró la guerra al gobierno turco en apoyo a la población y en contra de la censura en Internet.

Ahora podríamos estar viendo una nueva etapa u oleada primaveral y esta vez tiene precisamente su foco en Turquía. La historia la hemos visto con anterioridad: un gobierno corrupto y autoritario, injusticia social, falta de oportunidades para los jóvenes... Todo ello causa descontento, pero éste no se expresa hasta que entra en juego un catalizador. Fue la autoinmolación de Mohamed Bouazizi en Túnez a finales de 2010. Fue la cobertura sesgada de los medios sobre el incidente en la Universidad Iberoamericana en México en 2012. Este 2013 fue el aumento en los precios del transporte público en Brasil... y en Turquía fueron las intenciones de destruir un parque para levantar un centro comercial.



Inició como una protesta el 28 de mayo de 2013, que estaba integrada por unas 50 personas y cuyo objetivo era para proteger el parque de Gezi, una de las pocas áreas verdes que sobreviven en la gran ciudad de Estambul, y muy apreciada por la comunidad.  La respuesta brutal de las autoridades, ocurrida el primero de junio, contra un plantón completamente pacífico, fue lo que encendió la chispa. El movimiento se extendió a varias ciudades y encontró eco en las comunidades turcas en Europa. En cuestión de días, las protestas ya no se trataban del parque, sino que eran un alzamiento en contra del gobierno del Primer Ministro Recep Tayyip Erdoğanquien lleva diez años en el poder y cuyas políticas autoritarias y ultraconservadoras (que incluyen la implantación de valores islámicos y la censura en Internet) amenazan la democracia y el laicismo del país anatolio [Ver aquí].

El movimiento tiene mucho en común con los que reseñamos en la entrada anterior: está conformado principalmente por jóvenes (aunque incluye a personas de todas las edades), tiene una estructura horizontal sin jerarquías ni mandos centrales y sin lazos ni compromisos con instituciones políticas tradicionales (lo cual no excluye que varios de los participantes se afilien a éstas), utiliza las redes sociales como su principal medio de comunicación e información (especialmente porque los medios tradicionales no les dan la cobertura merecida), sus métodos son principalmente (pero no exclusivamente) pacíficos... 

Y la reacción del gobierno es también una repetición de lo que ya hemos visto antes: desdeñar a los manifestantes, primero diciendo que "son unos cuantos" buenos para nada y que su movimiento es intrascendente; después, cuando la fuerza del movimiento se hace sentir, acusándolos de ser vándalos, un peligro para la nación, que sólo quieren desestabilizar el "orden y progreso" del país, probablemente manipulados por fuerzas extranjeras; y no falta el uso de infiltrados encapuchados cometiendo actos vandálicos para desprestigiar el movimiento [Leer más aquí].

Y aunque el viceprimer ministro, Bülent Arınç, pidió disculpas por la brutalidad policiaca, la postura sigue siendo que los manifestantes están equivocados y que además el centro comercial se construirá a como dé lugar.



Los alcances y consecuencias de este movimiento aún quedan por verse. Por lo pronto, es casi seguro que afectarán negativamente la carrera política de Erdoğan y su partido, el conservador AKP, y sus pretensiones de instaurar un sistema presidencialista con el actual primer ministro como jefe del ejecutivo.

El fenómeno turco, como el de otros movimientos similares que se han dado en los últimos años, se presenta como una ampliación del concepto de democracia (reducida comúnmente a las elecciones, partidos e instituciones), para admitir también los métodos directos (siendo la protesta social y las asambleas vecinales algunos de ellos), en especial cuando se pierde la conexión entre los poderes y la ciudadanía a la cual supuestamente representan. La democracia no se puede limitar a las urnas y boletas, especialmente cuando la ciudadanía no se ve representada por ninguna de las opciones que puede elegir.

Daron Acemoglu, economista turco y profesor del MIT, señala que el caso de Turquía desmiente la "teoría de la modernización", según la cual el crecimiento económico trae de forma tersa y automática la democratización de un país (teoría con la cual se justifica la aplicación de políticas neoliberales en el Tercer Mundo: primero viene el progreso económico, luego la democracia y equidad). Según Acemoglu, la historia reciente ha demostrado que el desarrollo no es suficiente y países que prosperaron económicamente en las últimas décadas, como Corea del Sur y Taiwán, sólo alcanzaron la democracia después de confrontaciones políticas, incluso violentas, entre instituciones de gobierno y ciudadanía, en procesos en los que movimientos estudiantiles y sindicatos tuvieron un papel fundamental. Tal es la fuerza y el potencial del movimiento turco. [Leer el artículo completo aquí]



Ademán, tantos días de lucha y 4 mil heridos no pasan en vano. La palabra despectiva çapulcu, misma que significa "vándalo" o "revoltoso", y que usó el primer ministro para referirse a los manifestantes, ha dado lugar al neologismo çapuling, que usa el movimiento para referirse a la acción de luchar por los derechos (hasta tiene un equivalente hispanizado: chapulear) [Más info aquí]

Finalmente, los dejo con una canción del grupo Kardeş Türküler, que celebra las protestas en Turquía:



3 comentarios:

Luis Mario González dijo...

Definitivamente hay que darles todo el apoyo que se pueda: Turquía (o al menos el año pasado que fui) se percibía como me imagino era la España de Franco: ultracapitalista pero fundada en posiciones religiosas, donde sólo las clases medias educadas para sentirse europeas y occidentalizarse (tradición que viene de la dictablanda de Mustafa Kemal Atatürk, creador de la república turca) son voz de los tiempos. Bien por ellos y cómo me gustaría estar en la Avenida de la Independencia o en la de Bagdad, pidiendo con ellos por la caída del gobierno de un bruto islamista y represor. Yo también soy çapulcu.

Alvaro Murga dijo...

"Ultracapitalista pero fundada en posiciones religiosas", viejo estas hablando de Chile, mi país. Aca la pelea sigue, pero es bueno que esto siga ocurriendo y que no construyan el puto centro comercial.

Alvaro Murga dijo...

Ah, rayos, se me escapó un taco(garabato/insulto/grosería). Editenlo por favor, me dejé llevar sin darme cuenta.

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