martes, 23 de julio de 2013

Egipto: la revolución que no termina.



El 14 de enero de 2011, la serie de manifestaciones y movilizaciones civiles en Túnez, que habían iniciado el 28 de diciembre anterior, provocaron la caída del dictador Zine Abidine Ben Ali, que había estado en el poder desde 1987. Era el primer triunfo (y hasta ahora, el más sólido) de la Primavera Árabe. 

El 25 de enero, los egipcios decidieron seguir el ejemplo y empezaron las manifestaciones contra el régimen de Hosni Mubarak. Iniciando en la ahora legendaria Plazara Tahrir, el movimiento se extendió por todo el país e incluyó a millones de personas de diferentes estratos económicos, edades y posturas religiosas, aunque la fuerza principal la compusieron jóvenes laicos de clase media con acceso a la educación. El 11 de febrero Mubarak fue derrotado tras haber estado en el poder desde 1981. 



Pero la cosa no acabó ahí. La caída del dictador no trajo la paz ni la democracia al país del Nilo. ¿Qué fue lo que pasó? Para entenderlo hay que comprender los tres componentes que han estado presentes en las revueltas de la Primavera Árabe. En primer lugar, las fuerzas armadas que dan el poder a dictaduras laicas colaborativas con Occidente; en segundo lugar, los islamistas, cuyo compromiso religioso va desde el activismo político institucional hasta el terrorismo fanático; y en tercer y último, la clase media educada, principalmente los jóvenes, con ideales democráticos y laicos que han sido el motor de la Primavera Árabe por toda la región.

Túnez tiene mucho del tercer componente, y su componente islámico dominante es del ala moderada y democrática (algo así como los partidos de democracia cristiana en Occidente), por lo que su transición democrática ha sido relativamente tersa (no exenta de disturbios y homicidios, eso sí) [ver más aquí].

En Egipto hemos visto un precario equilibrio de esas tres fuerzas. Tras el derrocamiento de Mubarak, la junta militar tomó el poder de facto. De hecho, se podría decir que los militares sacrificaron a Mubarak, finalmente una pieza más en la maquinaria que gobernaba el país, para seguir manteniendo el poder. Eso no fue suficiente para los manifestantes. Durante este periodo, laicos e islamistas (encarnados en la figura de los Hermanos Musulmanes) unieron sus fuerzas primero contra Mubarak, después contra la junta militar.

Pero sin Mubarak que pudiera mantener a los musulmanes extremistas a raya, pronto empezó la violencia con motivos religiosos, y los radicales aprovecharon la situación para atacar a los cristianos coptos y exigir que la Sharia (la ley islámica) se aplicara a nivel nacional para todos. Mientras, la junta militar seguía concentrando el poder, en un juego de estira y afloja con los otros dos componentes.



Sin embargo, los manifestantes no dejaron de presionar. Una asamblea constitucional fue convocada, y se prepararon comicios para elegir a un nuevo presidente. En verano de 2012 se dieron las primeras elecciones libres en la historia de Egipto, que dio como ganador a Mohamed Morsi, candidato de los Hermanos Musulmanes. Morsi prometía un gobierno conciliador, incluyente, de diálogo entre los diferentes sectores de la sociedad egipcia. No fue así.

Le pasó lo que a muchos mandatarios novatos en cuestiones de democracia, que creen que ganar una elección equivale a que la totalidad del pueblo le diga "estaré siempre de acuerdo con cualquier cosa que hagas" y le dé un cheque en blanco para tales propósitos. Confundió "democracia" con "gobierno de la mayoría", y he ahí su error, pues no gobernó para todos, sino para sus Hermanos Musulmanes.

Este editorial de El País lo explica muy bien:

Con una herencia de difíciles problemas acumulados tras tres décadas de autoritarismo, Morsi proporcionó abundantes muestras de imprudencia: la peor, incumplir su promesa de gobernar para todos los egipcios. Tomó el voto ciudadano de respaldo como un cheque en blanco, confundió la causa del país con la de los Hermanos Musulmanes y quiso imponer una agenda islamizadora y excluyente mientras Egipto se hundía en la crisis económica, el desabastecimiento y una criminalidad rampante que ha llevado a no pocos sectores a añorar los “tiempos de orden” de Mubarak.
De la historia se puede y se debe aprender, sobre todo cuando esa historia apenas tiene dos años. Las manifestaciones de estos cuatro días contra el Gobierno han sido mayores que las que tumbaron al todopoderoso faraón. También en este aspecto Morsi ha dejado patente su desconexión con la realidad. De nada valieron las llamadas de Obama y de la ONU para que escuchara el clamor popular. Lejos de tender la mano, optó por enrocarse y se quedó cada vez más aislado, abandonado por varios ministros e incluso por los islamistas más conservadores de Nur. El ultimátum de las Fuerzas Armadas fue la constatación del final. 

Las manifestaciones volvieron a la Plaza Tahrir, esta vez en contra de Morsi y su política islamista. En abril de 2013 un grupo juvenil inició a recabar firmas pidiendo la dimisión de Morsi y la organización de elecciones presidenciales anticipadas. El 28 de junio iniciaron de nuevo las protestas. Y esta vez, oh sorpresa, el ejército se puso de parte de los manifestantes. 

El 3 de julio un golpe de Estado por parte de los militares obligó Morsi a dimitir. No sólo eso, sino que suspendió la Constitución vigente, disolvió al parlamento, detuvo a miembros del partido en el poder y censuró los medios más críticos. Los Hermanos Musulmanes estaban (están furiosos) y han prometido dar batalla. Mientras, los manifestantes de la Plaza Tharir, vitoreaban al ejército golpista. Ahora la ecuación era distinta: militares + manifestantes vs islamistas [ver más aquí].



¿Qué se puede esperar ahora? Un instante de entusiasmo por lo que parecía ser un acto de heroísmo se esfumó rápidamente. Y es que, en los hechos, estamos casi como al principio: los militares tienen el poder y pueden usarlo a discreción. La diferencia es que la alianza entre los laicos y los islamistas se ha roto. ¿Quién puede obligar al ejército a restaurar la democracia? El editorial de El País continúa:

La conversión democrática del Ejército, enquistado en el poder político y económico, es poco creíble. “El Ejército se mantendrá ajeno a la política”, aseguró, con escasa originalidad en la historia de las asonadas militares, el general Al Sisi, que pidió a los manifestantes que le vitoreaban en la plaza Tahrir que no recurrieran a la violencia. Los Hermanos Musulmanes, con cientos de miles de seguidores, han prometido dar la batalla.

Aquí un artículo de Foreign Affairs explica que las razones del levantamiento popular en junio de 2013 y las del de febrero de 2011 son las mismas, pero que también los errores cometidos por los militares y los políticos son los mismos. El "plan" que los militares están planteando ahora tiene las mismas fallas que antes de la elección de Morsi y no parece que los egipcios vayan a poder ponerse de acuerdo pronto.

No debemos olvidar que éste es el mismo ejército que reprimió a los manifestantes de 2011. El desencanto llegará pronto. En su blog sobre asuntos internacionales, Hotel Palestina, el periodista Vicent Montagud opina:

El ejército es parte del problema, de una arquitectura institucional asfixiante todavía por desmantelar, y no puede ser la solución. Los militares gozan de un gran prestigio entre la población y ello les permite seguir siendo, sobre todo, una gran empresa que controla el 20 por ciento del PIB a base de prebendas y corruptelas. Pero es también el enorme aparato represivo que estuvo al servicio de la dictadura de Mubarak. Incluso en sus últimos días. Mientras cubría las revueltas en El Cairo hace dos años me encontré a dos periodistas de la televisión rusa Star que habían sido torturados, no por policías, sino por militares. Les vendaron los ojos, les ataron las manos por la espalda, les golpearon y les trasladaron a un centro de detención secreto donde les amenazaron con violarlos: “¿Sois homosexuales, verdad? Porque si no lo vais a pasar muy mal”. Este es el rostro del Ejército que autorizó después las pruebas de virginidad para las opositoras detenidas y que esta semana dibujaba corazones de colores con aviones sobre la plaza Tahrir.

La represión contra los Hermanos Musulmanes es brutal, tan brutal como lo fue contra los manifestantes de la Primavera Árabe en 2011. Es cierto, son los islamistas y no nos gustaría ver que triunfen sus ideales, pero también tienen derecho a manifestarse y también están protegidos por los derechos humanos. Y que el ejército dispare sobre ellos, matando a 50, es un crimen de lesa humanidad, como se quiera ver [más información aquí]. 

Pueden ver más grafiti revolucionario de Egipto en este enlace


[Lo que no deja de parecerme ridículas son las reacciones del chairismo barato más ignorante en México que repite acríticamente "¿Y en México cuándo?". ¿Cuándo, qué, idiota? ¿Estás esperando ver un golpe de Estado por parte de las fuerzas armadas? ¿Crees que eso sería bueno en México o en cualquier país? O no entienden lo que pasa en Egipto (y en ese caso no deberían abrir la bocota) o les importa poco la democracia y lo que cuenta es que "la ideología correcta" esté en el poder y si para ello es necesario un golpe de Estado, pos chido. Idiotas.]

La esperanza recae, entonces, no en los militares, sino en ese mismo componente laico y democrático que inició y dio fuerza a la Primavera Árabe. Esos que ya conocen su propia fuerza, capaz de derrocar gobiernos y de impulsar cambios constitucionales, los que ya conocen el camino de la Plaza Tahrir. Si ellos no cejan en sus esfuerzos es posible que la democracia en Egipto no muera antes de nacer.



Lo que parece difícil es interpretar estos hechos, tanto en Egipto, como lo que ha estado ocurriendo desde finales de 2010 y lo sucede ahora en Turquía y Brasil. ¿Qué significan? Unos ven caos donde antes había orden, pero ésa es la intepretación del reaccionario. Los conspiranoicos ven, para variar, conspiraciones absurdas, basadas en conocimientos nimios de geopolítica. Los ziquierdistas de vieja guardia ven lucha de trabajadores contra capital para hacerse con la fuerza que significan estas juventudes rebeldes, una visión que en este caso se me antoja tan añeja y superada por el tiempo que me parece entre tierna y ridícula [aquí se pueden leer algunas posturas diversas]. 

Vamos, estos movimientos son tan diversos y fueron tan espontáneos que creo que ni los que participan en ellos saben bien cuáles son sus alcances. De lo que sí estoy seguro es que todo esto significa grandes cambios. ¿De qué tamaño o si son para bien o para mal? Quiero pensar que, ya que estos movimientos tienen en común la búsqueda de empoderamiento por parte de la sociedad civil, que han sentado puesto sobre la mesa de debate cosas que antes permanecían indiscutidas, y que han fomentado la participación masiva de toda una generación en los asuntos públicos de sus sociedades, será para bien. Pero sólo el tiempo lo dirá.

2 comentarios:

Alexander Strauffon dijo...

El viejo y conocido problema de la tradición religiosa usada como uno de los pilares de gobierno en una nación.

Espero los movimientos continúen, y sean favorables para que tanto los vestigios de viejo régimen y el autoritarismo religioso sean suprimidos de forma efectiva.

Anónimo dijo...

Muy buena entrada. La verdad hay que decirlo con todas sus luces. En Mexico poco o nada nos interesa Egipto. Es por eso que los comentarios chairescos llamando a la revolución se quedan en solo en ladridos de perro de rico.

Es muy interesante tu analisis porque muestra varias opiniones concretas. Habria que decir que tambien muchos vieron la caida de Mosni como el hecho de que nunca tomaba las llamadas de EUA, algo asi como que ya no era afin a ellos y empezaban a verlo como un lider del tercer mundo con potencia para volverse cada vez mas radical.

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