martes, 8 de abril de 2014

Falacias, Parte III: ¿Ah, sí? ¿Quién dice?

Introducción
Parte I: Formalmente estúpido
Parte II: Eso no tiene sentido



Hoy vamos a tratar sobre las falacias que consisten en validar o rechazar un argumento con base en el origen del mismo. Para poder entender las implicaciones y alcances de esta falacia, y no quedarnos a medias tintas, será necesario ir más allá de lo que es lógico, estrictamente hablando, y adentrarnos en los terrenos de la confiabilidad, y de lo que es prudente y sensato; es decir, no sólo nos quedaremos en el terreno de la lógica como ciencia formal, sino que será necesario hablar del conocimiento factual del mundo y de las decisiones prácticas que es inevitable tomar en la vida cotidiana. Para no enredarnos, debemos empezar a abordar estas falacias una por una, empezando por la principal de todas ellas.

AD VERECUNDIAM

Esta falacia consiste en validar o rechazar un argumento o una información basándose exclusivamente en la fuente de la cual proviene. Se dice que un argumento es inválido o válido, o se determina que una información es falsa basándose únicamente en sus fuentes, o en características irrelevantes de éstas. Lo importante aquí es recordar que un hecho es un hecho y existe independientemente de quien lo enuncie o lo crea, y que la validez de un argumento debe analizarse en sí misma y no por circunstancias perfiéricas. Así, por ejemplo, si ocurrió un hecho como que fuerzas militares rusa ocuparon Crimea, este hecho sigue siendo verdadero, aunque sea que lo reporte un medio respetable como Reuters o un pasquín como RT. Si un columnista está expresando su opinión, ésta debe ser tomada en cuenta y valorada en sí misma, fijándonos en puntos relevantes como si dicha opinión se basa en hechos y se plantea como conclusión de razonamientos válidos, siéndonos indiferente si el columnista publicó su nota en The Guardian o en SDP Noticias.

Una persona comete la falacia ad verecundiam cuando rechaza lo que una fuente dice sólo porque esa fuente lo dice. Como cuando un derechista denuesta de antemano lo que dice La Jornada o cuando un izquierdista rechaza a priori algo sólo porque salió en Letras Libres. O, viceversa, da por cierto e incontestable lo que se publicó en una fuente o en la otra sólo por ser dichas fuentes. Quizá el mejor ejemplo de un ad vericundiam sea la frase trilladísima "la Biblia lo dice".



Pero aquí es donde entramos al problema de la confiabilidad de las fuentes, que va más allá de la clasificación de las falacias en la lógica formal. No debemos olvidar que una cosa es real sin importar quién la diga, que los argumentos tendrían que analizarse en sí mismos para saber si son pertinentes y que la información que se presenta tendría que corroborarse para saber si lo que se dice es cierto. Sin embargo, en el mundo real no podemos comprobarlo todo por nosotros mismos. Uno tiene que confiar constantemente en lo que le digan los demás, pues intentar corroborarlo todo empíricamente o mediante el método científico es simplemente impráctico, por no decir imposible.

¿Cómo sé yo que Napoleón nació en Córcega? Bueno, lo sé porque todos los libros de historia lo dicen. Claro, podríamos argüir que se tienen las evidencias de ello, pero realmente sólo sabemos que existen esas evidencias y que de ellas se infiere que Napoleón nació en Córcega, precisamente porque los libros nos lo dicen. ¿Cómo sabemos los legos que la Tierra gira alrededor del sol y no al revés? Bueno, lo sabemos porque nos lo dicen los libros de ciencias, los cuales a su vez nos explican cómo se sabe esto, desde las observaciones y los cálculos de Copérnico, Kepler y Galileo hasta la exploración espacial moderna. Pero si no somos matemáticos, astrónomos o cosmonautas, no podemos comprobarlo nosotros mismos (por lo menos yo no, aquí desde un habitación en el culo del mundo). Sin embargo, nos parece sensato confiar en el hecho de que todas las fuentes al respecto nos lo afirman. A mí no me consta personalmente que tropas rusas estén en Crimea; no he ido a Crimea a comprobarlo por mí mismo. Pero veo en los diferentes medios noticiosos que reportan lo que ha ocurrido, y confío en ellos, no ciegamente, sino después de haberme formado un criterio propio.



¿Entonces no estaríamos cayendo constantemente en los ad verecundiam? Pues no en realidad. Recuerden que una falacia es tal cuando le falta coherencia y relevancia. Es relevante y coherente que todos los libros de historia digan que Napoleón nació en Córcega. Y como no podemos ir a comprobarlo por nosotros mismos, es prudente creerlo. Es relevante y congruente que todas las fuentes científicas nos informen que la Tierra gira alrededor del sol. A menos, claro, que seas un historiador o un astrofísico con hipótesis alternativas, en cuyo caso deberás conducir por ti mismo tus propias investigaciones para demostrarlas. Suerte con eso. Pero la mayor parte de nosotros sólo tenemos libros, diarios y otros medios de comunicación para enterarnos sobre la mayoría de los temas.

Una persona sensata va aprendiendo cuáles son las fuentes confiables y cuáles no. Después de todo, es coherente y relevante desconfiar de alguien que sabes que suele decir mentiras. Es relevante si la fuente es amarillista o sensacionalista, si se sabe que ha publicado noticias falsas, sesgadas o exageradas; si la información que aparece en ella es contrastable con lo que aparece en otras fuentes o si son es la única fuente que hace tales afirmaciones; si tiene motivos ideológicos, religiosos o políticos para inclinar la información hacia uno u otro lado, o si la información que suele presentar se contradice con los hechos que se conocen, por ejemplo, en ciencia o en historia. 

Ejemplo obvio: uno sabe que si una nota es de El Deforma, será información ficticia con motivos humorísticos, y uno no estará cometiendo un ad verecundiam si con sólo leer que se trata de una nota de este diario, se sonríe y asume que lo están vacilando. De la misma manera, uno puede descartar de plano las publicaciones de una revista como Año Cero, que habla de "fenómenos paranormales" debido a todo lo anterior: suelen presentar historias falsas o exageradas (y muy frecuentemente reciclan casos que ya han sido desmentidos); la información que presentan nunca la vamos a ver repetida en otros medios serios (si acaso se recicla en publicaciones de la misma calaña), y lo que dicen contradice todo lo que sabemos sobre cómo funciona el mundo.



Es relevante si un artículo sobre la evolución aparece en Scientific American o en un blog de cristianos creacionistas. Es relevante si el tema del Holocausto es abordado en un compendio elaborado por la Universidad de Oxford,  o en una página de neonazis. Es relevante si un informe sobre los efectos de la leche en nuestra dieta provienen de la Escuela de Salud Pública de Harvard, o de un gurú en un video de YouTube. Es relevante si una compilación de evidencias sobre el cambio climático aparece en el banco de datos de la NASA o en un sitio web de libertarianos apasionados por el libre mercado. Pero esta relevancia no viene sólo del nombre o afiliación de los sitios, sino que, en todos los casos, los segundos ejemplos de cada par se han caracterizado por utilizar falacias y falsedades en la construcción de sus argumentos, reiterar afirmaciones que se han desmentido, contradecir lo que se conoce sobre el mundo y tener un fuerte sesgo ideológico que los inclina a la mentira, mientras que las otras son instituciones caracterizadas por el rigor en sus investigaciones.

Vamos, hasta los investigadores científicos confían en el consenso establecido dentro de su profesión. Hacen sus investigaciones a partir de lo que ya está establecido, confiando en que si forma parte de un consenso es porque ha sido demostrado más allá de toda duda razonable mediante el rigor del método científico. No es necesario para cada físico o biólogo recién graduado comprobar empíricamente todo lo que decían todos sus libros de texto a lo largo de la carrera. Tampoco se ven en la necesidad de replicar todas y cada una de las investigaciones que hacen sus colegas, sino que confían en el arbitrio de los journals. A menos, claro, que un investigador tenga muy buenas razones para pensar que el consenso está equivocado, o que un colega en particular ha cometido un grave error y quiera ponerlos a prueba.



¡Mucho ojo! Aquí estamos hablando de confiabilidad, no de factualidad. Si la revista National Geographic publica que Jane Goodall descubrió que los chimpancés en ocasiones comen carne, ello no hace verdadero que los chimpancés coman carne, ni es prueba de que los chimpancés comen carne. Sólo significa que es sensato confiar en dicha información. Asimismo, si Pijamasurf reporta que directores como Orson Welles, Akira Kurosawa y Peter Greenaway hicieron notables adaptaciones de obras de Shakespeare, esto no deja de ser verdad aunque el resto del tiempo esa infumable página se la pase publicando estupideces (ah, perdón, "noticias alternativas"). Y si de repente abrimos una National Geographic y leemos un encabezado que reza "Hallan cadáver de pie grande en pirámide maya sumergida en Xochimilco", no pensaríamos "es verdad porque lo dice esta excelente revista", sino que nuestra primera reacción sería WTF?, consideraríamos que alguien en NatGeo nos está jugando alguna broma y buscaríamos en otros medios para saber qué rayos habrá pasado, precisamente porque una noticia así contradiría lo que ya sabemos sobre el mundo.

En realidad, hasta ahora me he limitado a hablar de la falacia ad verecundiam en los casos de medios de comunicación y fuentes de información. Pero el tema va más allá de esto y de hecho las siguientes falacias son formas de ad verecundiam o están relacionadas con ella.

AD HOMINEM

Consiste en atacar no al argumento que dice una persona, sino a la persona en sí. Se da mucho en los casos de ideología política o creencias religiosas, en las que se rechaza o se avala lo que alguien dice sólo porque quien lo dijo comparte las propias creencias o posturas. "Enrique Krauze es de derecha, no hay que hacer caso de nada de lo que diga" o "¿Eso dijo Carmen Aristegui? Pfff, chairo pendejo".



A menudo estos ataques se centran en características personales del sujeto que son completamente irrelevantes para lo que se debate y que además suelen tener una carga despectiva "No le hagas caso, él es gay", "Ignórala, está en sus días", "Dice pura pendejada, ya está ruco". Estas descalificaciones no son solamente falacias lógicas, sino que además revelan los prejuicios de quien las blande. En una sociedad machista se tiende a ignorar o minimizar el testimonio de las mujeres. En una sociedad racista se tiende a ignorar o minimizar el testimonio de las minorías raciales.

En su famoso y controvertido libro Imposturas intelectuales, los autores Alan Sokal y Jean Bricmont, discutiendo el asunto de la competencia para discutir ciertos temas, citan positivamente a Noam Chomsky, quien a su vez narra sus experiencias como académico. Como saben, Chomsky es lingüista de profesión, pero como intelectual sus intereses lo han llevado hacia diversas áreas del conocimiento. Chomsky platica que él no tiene entrenamiento profesional en matemáticas, y que para hablar de lingüística matemática ha tenido que instruirse a sí mismo. Sin embargo, cuando ha tenido que hablar del tema frente a matemáticos, ha notado que ellos nunca le cuestionan si tiene los títulos o credenciales en matemáticas requeridos para discutir del tema; no, ellos está más interesados en si lo que Chomsky dice es correcto y tiene sentido; es decir, lo importante era siempre el objeto de la discusión, no la autoridad que Chomsky pudiera tener o no para hablar de él.

Sin embargo, continúa el buen Noam, cuando toca temas políticos (algo que él hace muy a menudo), constantemente se le ha cuestionado de qué credenciales dispone para arrogarse el derecho de hablar del asunto (es decir, se le hacen ataques ad hominem). Chomsky señala que parecería que mientras más rica es la substancia intelectual de un campo (las matemáticas son inconmesurablemente más objetivas que la política y menos sesgadas por las pasiones personales), menor es la preocupación por las credenciales y mayor el interés por el contenido.

Pues sí: rechazar lo que alguien dice sólo porque no es una autoridad en el tema seria caer en la falacia ad hominem. Después de todo, un lego puede ser una persona sensata o informada y bien puede ser que lo que está diciendo sea completamente válido. No necesito ser médico para poder decir que si tienes una infección viral tomarte una dosis del antibiótico amoxicilina no te va a servir de nada. De lo que se trata es recordar que el título de experto o la falta de él no hacen que lo que se dice sea válido o no.

A veces no es un ad hominem, a veces simplemente te están insultando

Pero claaaaaaro, esto nos regresa al tema de la confiabilidad. Si le pregunto a un compañero de trabajo "¿Qué hiciste el fin de semana?" y me responde "Fui al cine a ver la película de Lego", no tengo que exigirle evidencias al respecto, porque en general lo considero una persona que no me mentiría, menos en un asunto tan trivial. Por otro lado, es sensato desconfiar de una persona que sabemos que ha mentido, o que tendría buenos motivos para mentir sobre alguna cuestión. Si alguien de quien sabemos que no tendría los conocimientos para interpretar un fenómeno astronómico viene a contarnos que vio un ovni, no haríamos mal en levantar la ceja con escepticismo. Si alguien que sabemos que es esquizofrénico viene a decirnos que le está hablando la Virgen, es recontrasensato desconfiar de su testimonio. Aunque, claro, si ese mismo esquizofrénico nos dice que la Tierra gira alrededor del sol, tal dato no deja de ser verdadero porque lo haya dicho nuestro atribulado amigo.

Después de todo, también es prudente confiar en los expertos. Que ellos digan algo no hace que ese algo sea verdad ni es prueba de que ese algo es verdad, pero por lo general es pertinente confiar en ellos. ¿Cómo, por ejemplo, podrían asegurarse de que mi anterior declaración sobre las infecciones virales es acertada? Consultando con un médico o con un texto de medicina, por supuesto (o haciendo la prueba ustedes mismos; suerte con eso). Estarían cometiendo un ad hominem si creyeran en todo lo que les digo sólo porque soy ridículamente guapo.

¿Lo ven?

La clave consiste en detectar si es relevante esa característica de la persona en relación con lo que dice. ¿Es un conocedor del tema? Ésa es una pregunta relevante, pero nótese que no se plantea si el sujeto tiene un doctorado en la materia, sino si conoce del tema. Es decir, bien puede tratarse de un autodidacta muy culto y perspicaz (como Chomsky), o de un lego suficientemente informado. El título no es relevante, pero los conocimientos sí lo son.

¿Es una persona que tiende a decir mentiras? ¿Es alguien que tendría motivos poderosos para mentir sobre este tema? ¿Es alguien que suele decir cosas disparatadas sobre estos asuntos? ¿Es alguien cuyas creencias personales sesgarían su opinión sobre el tema? ¿Es un testigo presencial de lo que declara? ¿Es una persona que sufre delirios o alucinaciones? Y más importante que todo lo demás, ¿puede esta persona presentar evidencias o dirigirnos hacia donde se encuentran esas evidencias? Todas éstas son cuestiones relevantes cuando tratamos de establecer la credibilidad de un sujeto. En cambio, preguntarse su edad, ocupación, raza, orientación sexual, su gusto al vestirse, si tiene tatuajes, su profesionalismo en campos que no están relacionados o su ética en asuntos que no vienen al caso, sería caer en la falacia ad hominem. De nuevo, recuérdese que estamos hablando de confiabilidad, de lo que resulta prudente creer, pues los hechos seguirán siendo los hechos sin importar quién los enuncie (uf, perdonen que lo repita tanto), y siempre es posible que hasta la fuente más confiable y el tipo más brillante se equivoquen.

Existen formas de ad hominem muy particulares: la falacia ad crumenam, que consiste en aceptar lo que alguien dice sólo porque es rico; y la falacia ad lazarum que da por válido cualquier cosa que diga alguien pobre. Y por supuesto...

MAGISTER DIXIT





Cuenta la leyenda que los discípulos de Pitágoras, al explicar algo de su filosofía, si alguien les preguntaba "¿y por qué?", ellos respondían magister dixit, es decir, "el maestro lo dijo". Esto es una falacia. Una cosa no es verdad porque el más maestrazo de los maestrazos lo haya dicho, ni tampoco que el maestrazo lo haya dicho es prueba de que sea verdad. Claro que el teorema de Pitágoras es correcto, pero no es correcto porque el maestro lo haya dicho; antes bien, sucedió que el maestro era un tipo muy listo y pudo descubrir el teorema. Sus alumnos debían haberse tomado la molestia de explicar cómo había sido que el maestro había llegado a esas conclusiones. Y claro que es leyenda, porque los pitagóricos hablaban griego, no latín.

También llamada "falacia de apelación a la autoridad", consiste en asumir que algo es verdadero sólo porque lo dijo una figura de autoridad. Ésta puede ser alguien con poder político de algún tipo, o una autoridad de tipo académico, científico o artístico. El dogma de la infalibilidad del Papa es una falacia de este tipo.

Una forma frecuente en la que se presenta esta falacia es mediante las citas célebres de grandes figuras del pasado. Las citas son excelentes para reflexionar y dialogar, y si provienen de personajes cuyo pensamiento y obra respetamos, en sensato tomarlas en cuenta, pero en sí mismas no prueban nada. Es decir, que un escritor famoso haya dicho algo sobre el sentido de la vida, ello no significa automáticamente que ese pensamiento sea cierto. Compartir citas célebres puede ser muy provechoso, siempre y cuando no las tomemos como axiomas que son verdaderos sólo porque alguien sabio los dijo.

Los escolásticos medievales censuraban el pensamiento independiente; sus argumentaciones se basaban en puros ad verecundiam y apelaciones a la autoridad. Para probar un punto, se volvían a la Biblia, a los padres de la Iglesia (como Agustín de Hipona) y en ocasiones a Aristóteles. El que alguna de esas figuras de autoridad hubiera dicho algo era tomado como prueba suficiente para considerarlo cierto. Es irónico, porque estoy seguro de que Aristóteles no habría aprobado dicho método, habiendo dicho frases como "Amo a Platón, pero amo más a la verdad"; esto es, ni el respeto que puedas sentir por tu maestro debe nublar tu buen juicio e impedirte buscar la verdad por tus propios medios.

Magister dixit también han cometido los seguidores de pensadores de diferentes tipo, por ejemplo los marxistas dogmáticos, que han buscado hacer exégesis de las palabras del maestro, para saber lo que "realmente quería decir" (no fueran a caer en herejía) y sin cuestionar nunca (¡impensable!) si sus análisis sobre economía, sociedad y política estaban siempre en lo cierto, sino antes bien, tratando de explicar la siempre cambiante e impredecible realidad contemporánea, ajustándola a las palabras del maestro (cuando uno debería adaptar las explicaciones a los hechos, no al revés). Sospecho que a Marx tampoco le habría parecido bien esa falta de criterio propio.



Esta falacia también se presenta cuando se recurre a una autoridad cuyo campo de conocimientos no es relevante para lo que se trata. Los creacionistas gustan alardear que grandes científicos del pasado como Isaac Newton creían en el relato bíblico del Génesis. ¿Y quiénes somos nosotros para llevarle la contraria a Sir Isaac Newton, fundador de la física moderna? Bueno, Newton decía que él y sus contemporáneos sólo eran enanos parados sobre hombros de gigantes (los genios que le precedieron) pero que por ello podían ver más lejos. Bien, pues nosotros somos los enanos parados sobre los hombros de Newton, y podemos ver más lejos gracias a él y a los otros gigantes que le siguieron, entre ellos Darwin. Dicho más claro: Que Newton creyera en el Génesis es irrelevante porque él porque murió casi 100 años antes de que Darwin naciera; en sus tiempos no se había desarrollado la ciencia evolutiva, así que no había forma que pudiera conocerla.

Hemos visto casos de premios Nobel que de pronto dicen cosas que no vienen al caso y que no tienen sentido, pero a quienes pareciera que hay que tener en alta consideración porque, después de todo, ganaron un premio Nobel. Como Linus Pauling, premio Nobel de química por su descripción de los enlaces químicos, pero que tarde en su carrera hizo una serie de declaraciones extravagantes sobre la vitamina C, a la que le atribuía propiedades curativas fantásticas, así como atribuía toda clase de males de salud a la deficiencia de esta vitamina. Sus afirmaciones fueron desmentidas por investigadores del área médica, pero muchos legos crédulos siguen repitiéndolas, señalando que Pauling era premio Nobel y por lo tanto no podía estar equivocado.

Otro ejemplo es con Einstein. Además de que en Internet se le suele atribuir toda clase de tonterías que nunca dijo ni habría dicho, algo que sí hizo fue volverse vegetariano hacia el final de su vida. Sí, cuando estaba viejito y ya tenía problemas para digerir la carne, las grasas y los lácteos. Pero los veganos lo toman como evidencia: si el gran genio Einstein fue vegetariano, TODOS deberíamos serlo. Magister dixit, pues.

AD POPULUM

La falacia ad populum (que significa, "al pueblo"), consiste en suponer que algo es verdad sólo porque mucha gente lo dice o lo cree. El viejo slogan publicitario "tantas personas no pueden estar equivocadas" es el ejemplo por excelencia de esta falacia. Por supuesto que muchas personas pueden estar equivocadas, lo han estado la mayor parte de las personas por la mayor parte de la historia humana: con que la Tierra es plana, que el sol gira alrededor de ella, que las mujeres son naturalmente inferiores a los hombres, que los fenómenos naturales tienen causas sobrenaturales, que existen las brujas, que existen la buena o la mala suerte y que podemos influir en ella con ritos o amuletos, que el mundo fue creado en seis días hace menos de diez mil años... En fin, aún hoy en día hay toda clase de creencias erróneas (algunas muy difíciles de desarraigar) a la que mucha gente en todo el mundo se aferra.

¡Coma mierda: millones de moscas no pueden estar equivocadas!


"Un momento, Ego. ¿Qué hay del consenso científico? Eso es un montón de científicos poniéndose de acuerdo sobre algo y cuando llegan a ese acuerdo deciden que eso es verdad. ¿No es eso ad populum?" Buena pregunta, mi imaginario interlocutor. Y la respuesta es: NO. El consenso científico funciona de diferente manera. No es que simplemente se reúnan un montón de científicos como si fuera un cónclave vaticano o la RAE y decidieran cómo son las cosas basándose en lo que les late. 

Lo que sucede es que hay investigadores que mediante el rigor del método científico (que no, no es perfecto ni infalible, pero siendo lo mejor de lo que se dispone) llegan a conclusiones y pretenden publicar sus resultados. Idealmente, sus trabajos son revisados por pares para encontrar fallas metodológicas evidentes; si no las encuentran, el trabajo se publica. Digo idealmente, porque, como en todas las actividades humanas, siempre se corre el riesgo de corruptelas, favoritismos y compradazgos, "me dio hueva leerlo y lo aprobé" y cosas así, pero la buena noticia es que cuando eso sucede los escándalos salen a la luz más temprano que tarde. Después se busca replicar los resultados de la investigación, se contrastan con otros (si dos investigaciones sobre lo mismo dieron resultados diferentes uno se pregunta "¿qué pasó ahí?"). En fin, el caso es que para que haya un consenso científico tiene que haber una acumulación de evidencias lo suficientemente grande que sería necio ponerla en duda.

Esta aclaración sobre el consenso científico es importante para hablar de otro grupo de sofistas muy tramposo: los negacionistas del calentamiento global. Existe un sólido consenso científico sobre que hay un cambio climático, que es provocado por la actividad humana y que tendrá graves consecuencias en el futuro próximo. Sin embargo, los negacionistas suelen decir que el apelar al consenso científico o al hecho de que todas las publicaciones científicas, desde las más especializadas hasta las de divulgación más popular (hice una breve compilación aquí), coinciden en que hay un cambio climático antropogénico, es a la vez una falacia magister dixit (porque los científicos y las publicaciones son figuras de autoridad) y ad populum (porque son la mayoría de los científicos y publicaciones quienes lo afirman).

Fuente: Universidad de Yale


Mientras, ante el señalamiento de que los pocos científicos negacionistas son tomados cada vez menos en serio (hay más ideólogos e ideologizados que científicos en el negacionismo) y que sus espacios para publicar sus ideas se han reducido a blogs y sitios webs con declaradas afiliaciones políticas, lejos de las publicaciones científicas y revistas arbitradas, ellos responden acusando a los otros de ad verecundiam y ad hominem. Esto está a medio camino entre lo malicioso y lo estúpido; siguiendo esa lógica, apelar a cualquier consenso científico o a cualquier publicación científica sería falaz, y cualquier charlatán podría acusar de falaces a quienes le hicieran más caso a los científicos y a las publicaciones que a él y a su blog. 

Pero lo importante es que, aparte de las fuentes y los expertos, del lado que asegura que hay un cambio climático están las evidencias (como este banco de datos, gestionado por la NASA), mientras que todas las objeciones de los negacionistas han sido contestadas (por ejemplo, aquí y aquí) mediante datos, investigaciones y evidencias.

AD ANTIQUITATEM y AD NOVITATEM

La primera es también llamada "apelación a la tradición" y consiste en tomar una creencia como válida sólo porque tiene mucho tiempo de ser considerada tal. Los ejemplos son abundantes, pero escogeré los de las pseudomedicinas. Prácticas antiquísimas como la acupuntura son defendidas, sobre todo por occidentales despistados, porque son muy antiguas (el otro argumento falaz para defenderlas tiene que ver con "la culpa del hombre blanco", pero ése lo veremos en otra ocasión). Después de todo, si no funcionaran ya se habrían abandonado, ¿no?

"¿Cómo te atreves a burlarte de las creencias de nuestros ancestros y sus manboobs?"


Pues no es tan sencillo. Muchas prácticas ineficaces continuaron y continúan llevándose a cabo a pesar de sus pocos resultados. Desde arrojar vírgenes al cenote sagrado para que Chaak haga llover, hasta las sangrías, sanguijuelas y ventosas que eran comunes en Europa antes del desarrollo de la medicina propiamente científica. Éstas eran costumbres que definitivamente no daban resultado, pero ello no impedía que se siguieran practicando, lo cual indica que somos una especie bastante testaruda y boba.

Otras creencias absurdas también fueron sostenidas durante siglos o milenios antes de que fueran descartadas. Ya mencionábamos el geocentrismo y el creacionismo, pero también están la generación espontánea, el flogisto, la inercia según Aristóteles y muchas otras ideas, desde las que uno entiende cómo llegaron a esa conclusión teniendo en cuenta los medios que tenían a la mano, hasta las que hacen que uno se pregunte "¿qué mierda estaban fumando?", pero todas las cuales fueron sostenidas por mucha gente y durante mucho tiempo hasta que se demostraron falsas.

"Todas las generaciones están mal, excepto la mía."


La falacia ad novitatem es su opuesto. Consiste en creer que algo es verdadero o efectivo sólo porque es nuevo o moderno. Los publicistas la usan a menudo con frases como "este novedoso tratamiento" o "este revolucionario método" o "este sistema que está rompiendo todos los esquemas". Sea cual sea la cosa que venden, puede ser efectiva o no, pero argumentar que es buena sólo porque es nueva es totalmente falaz. También es un ad novitatem afirmar que una reforma es buena sólo porque es un cambio (cof, Peña Nieto, cof).

FALACIAS ÉTICAS

Antes de concluir, me parece buen momento para señalar que todas las falacias que hemos visto en esta entrada se aplican regularmente no sólo en cuestiones de lo que es verdadero o falso, sino de lo que es bueno o malo. Es decir, se usan también para construir argumentos sobre cuestiones de índole moral, para hacer una pseudoética.

Por ejemplo, si se quiere justificar que la homosexualidad es una aberración porque la Biblia lo dice, se está cometiendo un ad verecundiam. Será un pecado para la religión de quienes creen la Biblia, pero ello no sirve como argumento para quienes no lo hacen. Si se quiere argüir que comer carne es malo porque lo dice Maharishi Mahesh Yogi es un magister dixit. Si, por el contrario, se rechaza algún consejo moral que puede ser muy sensato, digamos la ética de lo no violencia de Gandhi, sobre la única base de que el Mahatma creía en toda clase de tonterías supersticiosas, estaríamos cometiendo un ad hominem

Cuando se quiere justificar una acción porque todo el mundo la lleva a cabo, como sobornar a los policías de tránsito, se está cayendo en el ad populum. Por último, cuando una práctica se califica como buena porque tiene muchos años llevándose a cabo, por ejemplo la violencia escolar, también llamada bullying, cuyos defensores suelen decir "eh, si así ha sido siempre, es lo normal" es nada más ni nada menos que un ad antiquitatem.

"Esto está bien porque es una tradición de siglos"


Con eso terminamos por esta semana, mis queridos contertulios. No se pierdan la próxima entrada de este curso para aprender a no dejar apendejarse.


6 comentarios:

Esteban Benítez dijo...

Usa frack todos sus argumentos son inválidos.

Esteban Benítez dijo...

Usa frack todos sus argumentos son inválidos.

Esteban Benítez dijo...

Usa frack todos sus argumentos son inválidos.

Alvaro Murga dijo...

El ad populum, popularmente usado por las madres como "si todo el mundo se lanza al río, ¿tú te lanzarías?".
Muy buen texto Ego Y por cierto, ¡que atractivo que sos!.

Alexander Strauffon dijo...

Buen texto y adecuado seguimiento en esta serie de entradas que decidiste hacer.

P.S. Yo no te diré "qué atractivo que sos", pero me caes bien, Ego. Ya sabes.

Maik Civeira dijo...

Jajaja, gracias a todos :)

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