viernes, 28 de noviembre de 2014

¿Por qué Internet está lleno de imbéciles?



-Si viniera un viajero del tiempo y te preguntara qué es lo más desconcertante de nuestra época, ¿qué le dirías?
-Tengo en mi bolsillo un dispositivo capaz de acceder a prácticamente todo el conocimiento, ciencias y artes, de la humanidad. Lo uso para ver fotos de gatos y discutir con desconocidos.

Chiste de Internet

Es tan conocido que hasta hacer chistes sobre ello es lugar común: Internet está lleno de imbéciles. No hay mejor manera de comprobarlo que echarle un vistazo a casi cualquier sección de comentarios de casi cualquier sitio de noticias, blog o video de Youtube. Por todas partes hay gente que pontifica sin tener una puta idea de lo que se habla, evidenciando su ignorancia y falta de raciocinio, pero eso sí, bien pinches seguros de lo que dicen. Eso ya sería suficientemente malo, pero el problema no es sólo eso, sino que además de decir tonterías las dicen con toda pasión, agresividad y falta hasta de los modales más básicos. Con mala ortografía para acabarla de amolar.

Jaque mate, ateos.


¿Por qué sucede esto? Bueno, nuestra primera respuesta nos lleva a aplicar al género humano la famosa Ley de Sturgeon: el 90 por ciento de lo que sea es basura. O sea, lo que pasa es que el mundo, no Internet, está lleno de idiotas. Bueno, pero si es así ¿por qué entonces parece que todos están en Internet?

Empezaré por responder a una pregunta un tanto distinta ¿por qué nos comportamos como idiotas en Internet? Hablemos de la gente con falta de modales, o sea los cretinos y majaderos. Fuera de aceptar que gran parte de la humanidad está compuesta por patanes irremediables y que Internet es el medio ideal para trolls que sólo están ahí por joder, creo que la falta de modales generalizada se puede explicar por la distancia y el anonimato. Verán, por lo general no nos metemos en acaloradas discusiones con gente en vivo, y menos hasta llegar al intercambio de insultos. Si se trata de alguien a quien conocemos y con quien tenemos que convivir regularmente, como un vecino o un compañero de trabajo, por más mal que nos caiga y por más en desacuerdo que estemos con lo que dice, es raro que vayamos a alcanzar el mismo nivel de "debate" altisonante al de cuando nos metemos a foros de discusión. A lo mejor tratemos de hacerle ver nuestro punto de vista, pero no llegará al intercambio de gritos, insultos y comentarios sarcásticos. Si lo hiciéramos, la convivencia con esa persona sería muy difícil de llevar. Es más, si es un desconocido el que está diciendo tonterías, lo más probable es que no le demos importancia y sigamos nuestro camino.

Piénsese en la cotidiana actividad de manejar el auto. Desde que existen los automovilistas éstos han manifestado su desprecio por sus peores enemigos: los otros automovilistas. Cuando alguien se nos atraviesa, o no avanza a tiempo con el verde, o casi se pasa un alto cuando estamos a punto de cruzar, una reacción común es mentarle la madre (o tocar el cláxon con sentido equivalente). Pero por lo general no nos ponemos así si caminando chocamos con un transeúnte, y a la mayoría de las personas un "usted disculpe" sería suficiente. Menos aún nos pondríamos agresivos si esa persona que hace alguna tontería es nuestro conocido, ya sea que vayamos en auto o a pie.


¡Coooño!

Puede ser que esto se explique porque en persona vemos claramente que el otro es un ser humano como uno mismo, mientras que en el coche es sólo una figura borrosa dentro de una máquina, y de la que lo único que sabemos es que acaba de hacer algo que nos rompe las bolas. De la misma manera tratamos a la gente de Internet. Ni siquiera los visualizamos como seres de carne y hueso, sino como pendejos con algún avatar mamón que dijo algo con lo que no estamos de acuerdo. Tanto el conductor que se te atravesó por no fijarse en el auto, como el que manifiesta sus pendejadas en la red podrían ser muy buenas personas, y hasta convertirse en nuestros amigos si los conociéramos en otra situación. Pero sólo vemos en ellos a un auto atravesado y a un comentario estúpido. De ahí que sea tan fácil agredir.

También puede ser porque instintivamente sabemos que si nos ponemos muy berracos la cosa podría llegar a los golpes y la mayoría de las personas civilizadas prefiere evitar eso. Decía Conan el Bárbaro (sí, estoy a punto de citar a Conan el Bárbaro) que entre los bárbaros es muy importante la cortesía; es decir, que entre bárbaros no te pones a insultar a nadie a la ligera, porque sabes que tendrás que respaldar tus insultos con la espada. En cambio, los hombres civilizados se insultan con mucha facilidad y a la primera de cambio, sin temer por su vida cada vez que lo hacen. Cuando nos portamos como trolls en Internet, sabemos que no va a tener consecuencias: nadie nos va a pegar ni retar a duelo; ninguna relación que nos importe se va deteriorar. A lo mucho, si la persona del otro lado de la línea de fibra óptica nos molesta demasiado, podemos cortar la conversación e irnos a ver hentai de tentáculos. 

Anda, te reto a cuestionar SU opinión sobre Interstellar


Suficiente con los cretinos y los majaderos. Ahora trataré de los que creen que han dado con la idea más inteligente de la vida, aunque en realidad sólo piensan pendejadas y no tienen idea de lo que están diciendo, pero están muy seguros de sí mismos. Pues bien, este fenómeno tiene una explicación científica: es el efecto Dunning-Kruger

Miren ustedes, desde 1999 los doctores Dunning y Kruger, del departamento de psicología de la Universidad de Cornell (en Ithaca, Nueva York), condujeron una serie de experimentos y tests sobre destrezas mentales y conocimientos, e hicieron un hallazgo revelador. Resulta que las personas con más bajos índices en habilidades de lógica, gramática o matemáticas, o en conocimientos sobre determinado tema, tienden a creer que sus destrezas y conocimientos son muy buenos. Por otro lado, las personas con mayor habilidad y conocimientos tienden a subestimarse.

¿Por qué pasa eso? Bueno, pues porque para darte cuenta de cuándo una destreza intelectual es baja, o cuando los conocimientos son insuficientes, necesitas tener esa habilidad y esos conocimientos. ¿Cómo sabes que tu respuesta es equivocada, si no tienes los conocimientos y las habilidades para dar la respuesta correcta? En cambio, las personas que ya han desarrollado esas habilidades y ya han comenzado a adquirir esos conocimientos, saben que aún les queda mucho por aprender. Esto explica por qué gente sin saber de lo que está hablando se pone a pontificar como si tuviera la verdad absoluta, por qué personas que no pueden razonar de la forma más básica creen que están lanzando un argumento demoledor, por qué hay gente que cree que puede derribar una teoría científica bien establecida con retórica, y por qué Eugenio Derbez cree que es un genio de la comedia. ¿Cómo van a saber que están diciendo pendejadas si no tienen los conocimientos para reconocer las pendejadas (que si los tuvieran no las dirían, obvio)?



Pues Donning y Kruger descubrieron científicamente algo que los grandes sabios han sabido de forma intuitiva. Sólo piensen en citas como "La verdadera sabiduría consiste en reconocer la propia ignorancia" (Sócrates); "La ignorancia engendra mayor confianza que el conocimiento" (Charles Darwin); "Uno de los aspectos más dolorosos de nuestros tiempos es que los estúpidos están muy seguros de sí mismos mientras los inteligentes están llenos de dudas" (Bertrand Russell); "El mediocre no conoce nada mejor que sí mismo, pero el talentoso reconoce al genio" (Sherlock Holmes); y por supuesto "No hay nada más peligroso que un pendejo con iniciativa" (aforismo popular).

Entonces, el mundo está lleno de ignorantes que se creen más verga que los demás. El problema es que además a menudo llegan a posiciones de poder, desde profesores en un salón de clases, a locutores de televisión, a legisladores en el congreso del país más poderoso del mundo, sitios en los que su ignorancia hace mucho, pero mucho daño. Sí, sé que es una situación desoladora; relajémonos todos con esta foto de Ryan Gosling sin camisa:

De nada.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver todo lo anterior con los Internetz? Bien, como ya establecimos, el mundo está y siempre estará lleno de idiotas. Lo que ha cambiado es que antes de Internet no estábamos expuestos a la estupidez de los demás. Ahí estaban los tontitos, atendiendo sus asuntos, felices de la vida, y no teníamos ni que enterarnos de lo que pensaban de las cosas importantes como ciencias, política o arte. Como cada quien se comunicaba sólo con sus amigos, familiares y conocidos, y además la mayoría de las interacciones humanas son de los más frívolas y se limitan a la small talk, las probabilidades de que nos pusiéramos a discutir de forma interminable con perfectos desconocidos que niegan el Holocausto eran prácticamente nulas. Ahora, en Internet, donde cualquiera puede expresar cualquier cosa, es inevitable que nos topemos con todas las estupideces que la mente humana sea capaz de concebir, así sea en forma de comentarios en Facebook, videos de Youtube o entradas de blog.

¿Esto es negativo? Sí, pero también es señal de que tenemos la oportunidad de algo positivo. Verán, Internet es el medio de comunicación masiva más democrático y menos autoritario de cuantos han existido hasta ahora... Aclaro que "el más democrático" no quiere decir que lo sea totalmente, pues sigue siendo privilegio de clases medias y altas en la mayoría de los países del mundo, sólo digo que nunca había habido otro que lo fuera tanto.

A veces parecería demasiado democrático...


Antes eran poquísimas las personas que podían expresar sus ideas en los medios masivos de comunicación. Escritores, periodistas, intelectuales de prestigio, celebridades varias, políticos, expertos y demás eran los que gozaban de acceso a un pódium desde el cual podían impartir sus ideas y el resto del público simplemente los escuchaba. Si la gente común los reverenciaba, los repudiaba o simplemente no entendía de qué coño hablaban daba igual, porque la comunicación era unidireccional, sin más retroalimentación que quizá el rating o las ventas editoriales; sólo quienes tenían acceso a los medios contestaban a los que tenían acceso a los medios.

Eso no es todo. A un nivel más íntimo, pequeño y personal también se daban comunicaciones más o menos unidireccionales en las que no había más remedio que aceptar lo que decía alguna figura de autoridad: el profesor, el profesionista experto, el sacerdote, los padres del familia... Eso no quitaba que cada quien pudiera tener sus propias ideas, pero no había mucha oportunidad para hacerlas conocer o para llevarle la contraria públicamente a la figura de autoridad. Es decir, la estructura de la transmisión social del conocimiento estaba completamente jerárquica.

¡Porque lo digo yo! ¡Y yo tengo el megáfono, chingaos!

Eso llevó a que nuestro criterio de veracidad fuera durante mucho tiempo la autoridad de quien hablaba. Si lo decían el comentarista del noticiero, el científico entrevistado, el profesor ex cathedra, o el sacerdote desde el púlpito o mamá "porque yo lo digo", debía ser verdad. Y eso nos dejaba muy satisfechos a la mayoría. Vivíamos en un autoritarismo cognoscitivo (me acabo de inventar el término para sonar inteligente).

Pero Internet mató a esa autoridad; precisamente porque lo que dice el columnista del New York Times no es más accesible que lo que dice el videoblogger de Youtube; el prestigio y fama del medio aún cuenta, pero prácticamente ambos discursos están al alcance de cualquiera que tenga acceso a Internet y conozca el idioma. Estaríamos avanzando hacia una estructura de transmisión social del conocimiento cada vez más anárquica.

Este señor (que escribe en un medio conservador, obvio) dice que le asusta el prospecto de una "muerte de la expertise: un colapso, impulsado por Google, Wikipedia y blogs, de toda línea divisoria entre profesionales y legos, entre maestros y estudiantes, entre conocedores y suponedores, entre aquéllos que tienen algún logro en determinada área y aquéllos que no".



Uy, calmado, mi apocalíptico amigo. El escenario parece oscuro, pero no es para tanto. Lo que está colapsando no es la autoridad del experto, es que estamos en una época en la que al experto ya no le bastará ostentar un título, sino demostrar que se sabe de lo que se habla, que tiene algo valioso que aportar. Para el que escucha ya no bastará sólo decir "sí, señor", sino que tendrá que ser capaz de distinguir si quien habla está diciendo algo de valor.

Miren, el problema es que, habiendo sido educados para no tener otro criterio de veracidad que el de la autoridad, no tenemos de dónde agarrarnos ante la marejada de información a la que estamos expuestos todo el tiempo. No fuimos educados para pensar críticamente, para analizar qué tan razonable o factible o confiable es aquella información que nos llegaba, sino para aceptarla porque provenía de una figura de autoridad. Pero cuando la autoridad ha sido desbancada, estamos inermes ante los disparates de los antivacunas o de los negacionistas del cambio climático o de los conspiranoicos de todo tipo, que pueden llegar a sonarnos sensatos porque no sabemos mejor.

Lejos estoy de esa posición relativista extrema del anarquismo epistémico posmó que sostiene que todo conocimiento es válido desde el punto de vista de cada quien, pues eso viene a ser equivalente a decir "mi ignorancia es tan buena como tu conocimiento". No, hay hechos y hay falsedades y hay estupideces. Lo que tenemos hoy en los Internetz son a miles de personas incapaces de identificar entre un argumento válido y otro falaz; entre un hecho y una opinión; entre mentiras confortables y verdades incómodas; entre gente que sabe de lo que habla y gente que dice cosas que nos gusta escuchar. Como también es nueva la libertad de difundir la información que queramos, no tenemos ni idea de cómo usar esa libertad responsablemente. En palabras de V, esto no es anarquía, es caos.



Pero sí que simpatizo con una postura anarquista racionalista y que reconoce sus orígenes en la Ilustración. Toda autoridad, todo afán de que un ser humano tenga poder sobre otro ser humano, es arbitrario e irracional, pero existe una forma de autoridad que debe reconocerse: la que otorgan los conocimientos. Es decir, uno acepta la guía (no el dominio) de una persona que sabe más que uno sobre un tema o área en particular; así aceptamos la guía del médico en asuntos de salud, o de un profesor en cuanto a la materia que imparte, o de nuestros padres que tienen más experiencia en la vida, o de cualquier persona de la que podamos darnos cuenta que sabe de lo que habla.

¡Ojo! Es fácil caer en la falacia de autoridad, o en las feas implicaciones del experimento de Milgram. Por eso es importante señalar que de lo que se trata no es acatar ciegamente lo que dice una autoridad; no se trata de creer, obedecer y seguir lo que dice alguien porque tiene el título de médico o profesor o porque nos engendró. Lo que necesitamos es ser lo suficientemente sensatos y racionales, tener el suficiente criterio y los conocimientos para darnos cuenta de quién sabe sobre lo que dice y quién no. Después de todo, se pueden encontrar a blogueros que dicen cosas mucho más sensatas que columnistas de medios prestigiados, y poco importan los títulos y posiciones privilegiadas, y sí importan mucho la calidad de las ideas.

En ello radica la fortaleza de Internet, pero también su riesgo. Nos han educado para creer lo que dice la autoridad, el profesor, el libro de texto; no para tener el criterio de saber dónde está la razón. Nunca habíamos tenido que saber cómo elegir nuestras fuentes de información porque nunca habíamos tenido la necesidad: había muy pocas opciones. Ahora, ante una marejada de información proveniente de todas partes, no sabemos cómo distinguir la información de la desinformación, las ideas valiosas de la estulticia, la ciencia de la magufería.



Entonces necesitamos una educación que enseñe no únicamente a aceptar los conocimientos que viertan sobre nosotros los maestros y los libros, sino una educación que enseñe a pensar críticamente, a distinguir entre el conocimiento y la basura. Tampoco estoy de acuerdo con afirmaciones apocalípticas de los entusiastas de la tecnología que dicen que el conocimiento está muerto y caduco, que ya no es necesario saber nada porque todo está en Internet. Eso es una estupidez. Sin conocimiento no puede haber reflexión ni innovación; si las personas no saben por lo menos alguna cosa sobre un tema, no podrán detectar dónde está la paja y dónde el contenido valioso. No es una dicotomía entre educar para retener información o educar para el pensamiento crítico y la creatividad: se necesita todo; y de hecho el pensamiento crítico y la creatividad son imposibles si no hay conocimientos de los cuales partir.

Quizá no podamos quitarle la imbecilidad a los imbéciles, pero podemos alejar a las personas inteligentes de las ideas estúpidas. Dado que Internet lo hacemos todos, cada quien puede contribuir a quitarle un poco de su imbecilidad congénita. Por ejemplo, ahora que ya sabes de qué se trata el efecto Donning-Kruger, quizá te has puesto a pensar si no habrá algún tema o área sobre el que creías conocer mucho, pero del que valdría la pena revisar qué tanto sabes realmente (a mí me pasó). Quizá en un par de generaciones, con la educación adecuada y con mayor práctica en el uso de la inmensa libertad que significa Internet (es decir, si antes no perdemos esa libertad a manos del Gran Hermano), este medio llegue a ser un poco menos estúpido.





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World Wide Webolution: Sobre el potencial de Internet para construir una sociedad del conocimiento.

Carl Sagan, la Biblioteca de Alejandría y tú: Sobre cómo la sociedad del conocimiento la construimos todos y cómo puedes ayudar tú.

Hay que estar más informados y menos opinionados: Sobre los peligros de confundir opiniones con certezas, y de cómo en muchos casos lo mejor es aceptar que no sabemos.

No es sólo la escuela: Sobre cómo mejorar el nivel educativo de una sociedad no es sólo tarea de los maestros en las aulas.

Neutralidad de red: ¿qué es y qué me importa?: Sobre cómo nuevas legislaciones amenazan con socavar la libertad en Internet y por qué es importante oponernos.

En Facebook todos son expertos en geopolítica: Ejemplos maravillosos de la imbecilidad de red de la que justo hablamos arriba.


lunes, 24 de noviembre de 2014

Epílogos a una Primavera Global (y la Revolución de las Sombrillas)



Les pongo como introducción lo mismo que ya he dicho varias veces: a finales de 2010 se inició una serie de movimientos de protesta con ánimos revolucionarios que se extendieron por países de los cinco continentes. Inició con la Primavera Árabe y se extendió al 15M español, el movimiento estudiantil chileno y el Occupy Wall Street estadounidense. En su momento de mayor apogeo, vio protestas similares en muchos países del mundo, desde China hasta Inglaterra. En 2012 se vivió el Yo Soy 132 mexicano y en 2013 atestiguamos lo que parecía ser una revitalización de estos movimientos con protestas en Turquía y Brasil.

Estos movimientos tuvieron, a pesar de su enorme diversidad, rasgos en común: sus protagonistas fueron principalmente jóvenes educados de clase media, y se oponían a diversas formas de autoritarismo, en contra de que poderes fácticos, desde dictadores hasta grandes bancos y corporaciones trasnacionales, decidieran sobre sus vidas, eliminando o pervirtiendo la democracia. El otro factor fundamental fue el uso de las redes sociales como medios de difusión, debate y organización, pues Internet permite una accesibilidad e inmediatez que ningún otro medio hasta entonces podía ofrecer. Así, no es de extrañarnos que paralelamente a estos fenómenos, e incluso a menudo de forma interseccional, se dieran otros en Internet, como WikiLeaks, Anonymous o las revelaciones de Edward Snowden. (Otra similitud: la inesperada apropiación de la máscara de V de Vendetta como símbolo de disidencia).

¿Y qué fue lo que pasó? Los diferentes movimientos tuvieron desenlaces distintos. La Primavera Árabe logró cambios menores en las leyes y los gobiernos de diversos países de Medio Oriente. Logró la caída de cuatro dictadores: Zine El Abidine Ben Ali en Túnez; Hosni Mubarak en Egipto, Muammar Gaddafi en Libia y Ali Abdullah Saleh en Yemen. Fue exitosa en Túnez, el país que la vio nacer, aunque no ha estado exenta de sus propios conflictos. Pero en Libia y en Egipto derivó en inestabilidad, ingobernabilidad y violencia. Los casos de Yemen y Bahrein son aún más desalentadores. Los jóvenes que protagonizaron la Revolución Egipcia eran educados, laicos y democráticos, pero en su nación aún pesa mucho el islamismo como fuerza política, y rápidamente se apresuró a ocupar el poder, aprovechando sus sólidas bases populares, y sólo un golpe de Estado militar le pudo poner fin a su ascenso, devolviendo las cosas a como estaban en un principio. Sin embargo, en Egipto la lucha continúa (No dejen de ver el estupendo documenta The Square al respecto).



En Siria, la respuesta brutal del régimen de Bashar Al Assad contra la versión local de la Primavera Árabe derivó en una guerra civil entre diversas facciones, cada una apoyada por potencias extranjeras, y que llevó a una confrontación diplomática entre los Estados Unidos de Barack Obama y la Rusia de Vladimir Putin que, por fortuna, se resolvió con acuerdos. Sin embargo, lo peor estaba por venir: la inestabilidad en Siria y el fronterizo Irak (donde también hubo su capítulo de la Primavera) permitieron el ascenso del grupo islámico radical más peligroso desde Al Qaeda: Estado Islámico (o ISIS, por sus siglas en inglés), cuya salvajía y barbarie llevaron no sólo a que los antiguos opositores de Al Assad prefirieran ponerse del lado de su dictador, sino a que Estados Unidos estableciera una alianza de facto con el régimen sirio y con Rusia para enfrentarse a este aterrador nuevo enemigo.

La moraleja parece ser que el camino de la revolución nunca es terso, incluso cuando los que la protagonizan profesan y practican métodos e ideales pacifistas, lo que hace comprensible que haya muchos que prefieran "dejar las cosas como están" antes que arriesgarse a que todo se venga abajo en la persecución de un orden mejor que no sabemos si llegará. Yo no soy de estos últimos, claro está, pero los entiendo.

Si en los países árabes la rebelión tenía un objetivo (democracia) y un enemigo (dictadores) claros, en Europa y América la cuestión no era tan inequívoca. Sí, había la noción de que los políticos electos no representaban ya los intereses de la ciudadanía, sino los de otros poderes, específicamente los de sus mismos partidos y los de las grandes corporaciones. Su quehacer político, impulsando medidas que favorecen no a los ciudadanos sino a dichos poderes era, y sigue siendo, bastante obvio y descarado. El crecimiento de un Estado de vigilancia, incluida la militarización de los aparatos de represión, sobre todo en países supuestamente democráticos y desarrollados, se volvió alarmante. También existían algunas exigencias más o menos concretas, como mayor regulación  del sector financiero. Pero fuera de eso, y de algunas ideas bastante lúcidas que algunos de los que participaron tenían (diversos textos y entrevistas me dejaron admirado) no había un objetivo concreto y expreso.



Occupy Wall Street se fue debilitando poco a poco después del furor de los meses iniciales. Aún existe, pero es mucho más reducido. El Yo Soy 132 se desbandó efectivamente poco después del triunfo electoral el PRI en México; por los meses consecutivos siguieron apareciendo manifiestos y convocatorias en su nombre, pero el movimiento se había fragmentado en diferentes variantes regionales, ahora conformadas y dirigidas por los grupúsculos izquierdosos usuales, de ésos que están para cualquier "causa justa" que lo amerite.

En unos y otros movimientos se podían encontrar grupos con causas diversas, pero complementarias: feministas, ambientalistas, colectivos LGTB, gente a favor de la educación pública, de la salud pública... Otros tenían ideas difíciles de conciliar, desde socialdemócratas, socialistas o de plano anarquistas en alguna de sus muchas corrientes. Incluso se podían hallar por los foros a uno que otro demócrata cristiano. Y así como se podían encontrar personas muy lúcidas, de las que uno podía darse cuenta que tenían ideas y sabían de lo que hablaban, también se podían hallar chairos incoherentes, conspiranoicos de los ovnis, fundambientalistas antitransgénicos y magufos varios, lo que fue bastante decepcionante para los que anhelábamos una transformación racional de la sociedad.

Del 15M surgió el partido Podemos, el cual ha sido alabado por posicionarse como una plataforma para que la gente común (o sea, no políticos de carrera) acceda a las curules del poder, lo cual es algo positivo para el empoderamiento de la ciudadanía. Pero también ha recibido muchas críticas, porque su afán democratizador lo ha llevado a posturas francamente demagógicas, del tipo que es igual la opinión de la tía Pili que la de un experto en economía. Esto a su vez lo ha llevado a apoyar posturas anticientíficas, al grado de querer someter cuestiones de ciencia a la votación del pueblo (y de ahí su apoyo a las pseudomedicinas y al movimiento antitransgénicos). Además, en su afán de no ser "ni de izquierdas ni de derechas" se le ha señalado su ausencia total de una brújula económica, y de la expresión de simpatías por demás extrañas, así sea por el chavismo venezolano (del cual ya se desdijo) o el régimen islamista de Irán.




Quizá la moraleja aquí es que no se puede esperar que un movimiento como aquéllos continúe indefinidamente. Espontáneos y horizontales, surgen más por cuestiones emocionales (indignación, rabia, furor, entusiasmo) que por objetivos bien pensados. Conforme el tiempo pasa y el entusiasmo se desvanece, las diferencias aparecen y se hacen evidentes.

Otra moraleja quizá sería que los movimientos de protesta no deberían convertirse en partidos políticos; su función en la sociedad es diferente e igual de importante. Esto no quiere decir que activistas y luchadores sociales, como individuos, no puedan convertirse en gobernantes o funcionarios públicos, pues hay ejemplos positivos de ello. Es que la lógica del movimiento de protesta es diferente a la del partido político, y su actuar debe ser distinto también. Los necesitamos en la calle, ejerciendo presión, difundiendo ideas, haciendo visibles los temas que los poderosos gustan pasar por alto, demostrando que no toda la sociedad se reclina paciente esperando los resultados del quehacer de los políticos, diciendo lo que es necesario que se diga sin compromisos, y celebrando la libertad y el derecho de hacer todo ello. Este ensayo de Foreign Affairs habla de la importancia de movimientos populares masivos de protesta para corregir los rumbos que siguen las naciones, a la vez que advierte que sus propuestas pecan de ser demasiado ingenuas:


Dejada a sí misma, la democracia capitalista tiende a poner más poder en manos de los ya poderosos y más riqueza en manos de los ya acaudalados. Para balancear la gradual erosión de la economía y la justicia, las democracias necesitan ocasionales erupciones de descontento popular. En este sentido, el populismo de izquierdas puede ser un importante correctivo para las tentaciones egoístas a las cuales cualquier élite gobernante es proclive a caer con el tiempo.

Se puede confundir fácilmente la pérdida de impulso de estos movimientos con un fracaso y decir "no lograron nada". Pero como dice Fernando Savater:



Ya lo había dicho antes: uno de los logros más importantes de estos movimientos fue que puso sobre la mesa de discusión asuntos que se daban por sentados, hicieron que el diálogo y la conversación se centraran en problemas que hacía falta atender. Pero también me interesan las consecuencias a largo plazo. ¿Cómo se desarrollarán los precedentes de empoderamiento civil sentados por experimentos como la vigilancia ciudadana de las elecciones o el debate ciudadano en México, o las asambleas de barrio formadas en España? ¿Qué pasará con los memes que surgieron de ahí, las críticas, los análisis y las propuestas? [Entendiendo memes como unidades de información que se pueden transmitir y reproducir, no como chistes mensos en Internet]. La experiencia de miles de jóvenes que participaron en estos acontecimientos no se puede borrar de un plumazo; son miles de personas que en un diferentes actividades, cotidianas o extraordinarias, construyen la sociedad, que heredarán sus conocimientos a las generaciones venideras y que quizá lleguen a ocupar posiciones desde las que les sea factible cambiar algo. El cambio social no se logra con un verano de protestas, sino con toda una vida de trabajo y lucha, que tendrá sus momentos espectaculares y otros más discretos.

Ahora, si bien no ha vuelto a haber un momento tan espectacular como 2011, ningún año desde entonces ha pasado sin que ocurra un capítulo de la Primavera Global. En 2012 fue el movimiento estudiantil de Quebec y el Yo Soy 132 mexicanoTurquía y Brasil protagonizaron sus propios movimientos sociales en 2013. En Brasil de momento las cosas se han calmado. Quienes protestaban contra lo que veían como un gasto irresponsable en la organización del Mundial de Futbol y los Juegos Olímpicos, hicieron una tregua en tiempos electorales, pues se presentaba el peligro del regreso de la derecha al poder. Dilma Roussef ha sido reelecta, y como me dicen mis contactos en ese país, no es tanto que les alegre la victoria de Dilma como que les alivia la derrota del otro. Aún queda mucho por exigirle a la reelecta presidenta y se espera una renovación de las protestas conforme se acerquen las Olimpiadas.


Turquía ha perdido los reflectores, pero aún existe un fuerte movimiento social prodemocrático contra el régimen de Recep Tayyip Erdoğan, quien se presenta como esa usual mezcla de política autoritaria y conservadora (en este caso, fundamentada en el Islam) con economía de corte neoliberal. Para los que insisten que economía libre es igual a sociedad libre; en la historia reciente hemos visto muchos ejemplos de cómo gobiernos autoritarios sirven de aliados de las potencias occidentales y sus corporaciones para imponer las políticas del capitalismo neoliberal en países emergentes. Pero además ahora se suman las relaciones conflictivas con el Kurdistán y la amenaza de ISIS en sus fronteras, todo lo cual hace que la lucha contra Erdoğan pase a un segundo plano.



2014 vio lo que pareció en algún momento serían acontecimientos similares: las protestas en Venezuela y en Ucrania. Como en los casos anteriores, se trataron de movimientos iniciados principalmente por jóvenes con educación y en contra de los poderes que decidían sobre sus vidas. Pero estos dos acontecimientos rápidamente derivaron en conflictos violentos y de interés internacional. El que dichos movimientos se dieran contra gobiernos de izquierda polarizó la opinión pública. 

El caso de Venezuela, tras la muerte de Hugo Chávez, es ejemplar. Alrededor del mundo la derecha hipócritamente celebró a los manifestantes, ignorando la presencia de grupos reaccionarios, fascistoides y de células violentas... y cuando digo "violentas" no hablo de pedradas y molotovazos, sino de gente con armas de asalto que quién sabe de dónde sacaron. La izquierda se apresuró a santificar el gobierno chavista de Nicolás Maduro, ignorando los problemas que el país ha sufrido (inseguridad, desabasto, crimen), por causa de un gobierno corrupto, autoritario e incompetente; e ignorando también el descontento legítimo de una buena parte de la población que no se estaba manifestando ni por fascista ni por manipulación de la CIA, sino por motivos muy reales.

Ucrania también dividió opiniones. Una vez más, la izquierda ignoró las razones para un descontento legítimo y descalificó a los manifestantes (para entederlos, ver aquí, aquí y aquí); interpretó el conflicto como resultado de los planes nefarios de grupos fascistoides (que indudablemente los hubo y los hay en el país) manipulados por las potencias occidentales para desestabilizar un gobierno de izquierdas... Que lo único de izquierdas que tenía era ser amigo de la Rusia de Putin, pues hay todavía muchos izquierdosos muy norteados que piensan que ese país representa alguna esperanza para los ideales revolucionarios. Lo cierto es que el conflicto es en gran parte resultado del choque del expansionismo imperialista occidental con el expansionismo imperialista ruso, una situación en la que no cabe buscar a los buenos y a los malos. Tanto en Ucrania como en Venezuela (y en su momento, en Siria y hasta en el conflicto coreano) se vio cómo hay una izquierda a la que le importan poco ideales como igualdad, derechos humanos, libertad de expresión, secularismo, justicia social, distribución de la riqueza y esas cursilerías, y que su guía moral es apoyar a cualquier régimen que sea enemigo de Estados Unidos (y lo demás vale verga).




Ucrania se convirtió rápidamente en un conflicto internacional con la Unión Europa y Estados Unidos de un lado, y Rusia del otro, en lo que parecía una reedición de la Guerra Fría (aquíaquíaquí y aquí). Los ideales del grupo de jóvenes prodemocráticos que iniciaron el movimiento quedaron olvidados muy por debajo de los tejemanejes geopolíticos de esas potencias disputándose posiciones estratégicas.

Pero a nivel global las causas del descontento siguen moviendo a la gente. Esta gráfica publicada en 2013 por The Economist muestra qué países estarían al borde del estallido social en 2014, ¡y miren qué tino! Pues más tarde este mismo año surgió un nuevo movimiento esperanzador, la Revolución de las Sombrillas en Hong Kong. Volvemos a ver las mismas características desde 2010: jóvenes de clase media, sobre todo estudiantes, objetivos prodemocráticos, espontaneidad y horizontalidad del movimiento, métodos de protesta principalmente pacíficos, y uso extensivo de Internet y las redes sociales como instrumentos de comunicación, difusión y organización.

Hong Kong ya había sido escenario de protestas en 2011, cuando la primera y más grande oleada de esta Primavera Global alcanzó a países de todo el mundo. Hoy, la Revolución de las Sombrillas, llamada así porque los manifestantes usaron paraguas para protegerse de las granadas de gas lacrimógeno de la policía china, tiene objetivos muy concretos.




Cuando Hong Kong le fue devuelto a China en 1997 (había sido tomada por Gran Bretaña desde a Guerra del Opio), los hongkoneneses estaban preocupados porque ellos se habían acostumbrado a un nivel de democracia y libertades civiles propios del orden británico y temían las restricciones propias del orden chino. Para calmar los ánimos, el gobierno de Pekín prometió a Hong Kong el ideal de "un país, dos sistemas", en el que la isla gozaría de libertades y derechos democráticos que nadie más tendría en el continente.

Esto ha funcionado más o menos bien desde entonces, pero este año el gobierno chino ha impulsado una serie de reformas electorales para los comicios del legislativo en 2016 y del ejecutivo en 2017. Básicamente, con estas reformas, los candidatos tendrían que ser aprobados por el gobierno central chino. Es decir, se respetará el sufragio universal, pero efectivamente se anulará la democracia.

Desde septiembre hubo una reacción por parte de los ciudadanos hongkonenses, que obviamente estaban en contra de estas medidas. Como en movimientos anteriores, hubo una reivindicación de las plazas, calles y otros espacios públicos como centros medulares de la vida civil, y así nació el Occupy Central With Love And Peace, que hasta rebautizó extraoficialmente la explanada del Complejo Central de Gobierno como "Plaza Cívica" e inició su estrategia de resistencia civil pacífica. Como en otras ocasiones, la reacción represora del gobierno sólo ocasionó que el movimiento creciera (parece que no aprenden).



Sus estrategias son llamativas, como el uso mismo de paraguas: una solución sencilla que activistas de otros lugares del mundo (incluso México) pueden aprender. También han realizado marchas silenciosas para que no digan que son revoltosos violentos, y en ese mismo afán de recuperar los espacios públicos, han establecido bibliotecas y salas de estudio en medio de las plazas, para que los jóvenes puedan dedicarse a sus deberes escolares mientras siguen en el plantón. Los manifestantes han practicado la "economía de compartir" y limpian los sitios después de los plantones, con todo y unidades para el reciclaje. Además, como las redes sociales son una herramienta fundamental para estos movimientos, pero Internet es vulnerable y susceptible de ser interrumpido por las autoridades, se ha implementado el uso de Firechat, una app para celulares que no requiere de conexión a Internet, para que no se pierda la comunicación. En fin, no dejen de leer los enlaces que les acabo de poner en este párrafo, pues hay mucho que aprender y reflexionar ahí.

Aunque este movimiento (como los otros) es horizontal y sin jerarquías, ha sobresalido la figura de Joshua Wong, un muchachito de 17 años que se ha convertido en un referente de las protestas. Wong ha sido activista desde los 15 años, cuando formó junto a sus condiscípulos el colectivo Scholarism, para darle voz a los estudiantes. En 2012 este grupo encabezó un movimiento que logró revocar reformas que habrían ideologizado los programas educativos de Hong Kong para hacerlos más pro-China. A su tierna edad, Wong sabe de lo que habla cuando dirige un discurso sobre democracia o desobediencia civil.



Los medios oficiales chinos, por supuesto, se han dedicado a desprestigiar y tratar de deslegitimar el movimiento, señalándolo como el resultado de oscuras maquinaciones por parte de potencias externas. Del mismo Joshua Wong se ha dicho que es un extremista, un payaso y un radical. Mucha gente se cree esta versión, desde luego, como ha sucedido en otros países, y como sucede en México ahora.

Hablando de México, en nuestro país ha surgido un movimiento, o más que un movimiento, una serie de reacciones de la ciudadanía en contra la inseguridad, la impunidad y la corrupción en todos los niveles de gobierno, así como muchas otras razones para estar indignados. Estas reacciones encontraron su catalizador en la desaparición forzada y muy probable asesinato de 43 jóvenes normalistas de Ayotzinapa. Si esta reacción de rabia e indignación puede traducirse en un movimiento organizado, creo que hay una posibilidad de lograr cambios verdaderos. Pero de eso hablaremos en la próxima entrada. ¡Saludos y que tengan unos días muy revolucionarios!

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Ayotzinapa y la guillotina


Ejecución de Luis XVI



Los  conservadores y los liberalistas clásicos gustan de expresar su horror ante revoluciones como la francesa, la mexicana o la rusa, y de señalar las atrocidades cometidas durante las mismas y por los regímenes que surgieron de ellas. Gustan de recordarnos el horror de la guillotina. Estas personas parecen olvidar que dichas revoluciones no se dieron cuando todos estaban muy tranquilos y felices de la vida, ni nada más porque de pronto la gente se leyera El contrato social o El capital, o escuchara el discurso del primer demagogo que se les cruzase en frente, y ya por eso le dio por salir a cortar cabezas. Ninguna revolución se dio nada más porque las personas se vieran de repente contagiadas por alguna ideología radical y utópica. Esos conflictos, que tanta sangre costaron, estallaron cuando la gente se cansó de sufrir abusos, explotación y miseria, de pasarse la vida contemplando la ostentación impune de los poderosos. Estoy seguro de que la inmensa mayoría de los parisinos que tomaron la Bastilla, o de los rusos que asaltaron el Palacio de Invierno, sabían de poco a nada sobre Rousseau o Marx, y estaban motivados mucho más por la rabia acumulada tras años de humillaciones y privaciones que por principios ideológicos.

Estudiando las historias de las revoluciones, que en efecto casi en todos los casos derivaron en baños de sangre y regímenes mesiánicos, se puede ver que hubo oportunidades, por parte de quienes estaban en el poder, para evitar el desastre. Luis XVI pudo haber cooperado para transformar a Francia en una monarquía constitucional. La Duma pudo haber retirado a Rusia de la Primera Guerra Mundial. Porfirio Díaz tuvo el tino de renunciar y retirarse a tiempo, pero Francisco I. Madero no se comprometió plenamente con sus aliados revolucionarios, y sus ingenuos intentos de quedar bien con los porfiristas al final lo destruyeron. La ceguera de los gobernantes les impidió ver el descontento creciente de la población. Se sintieron intocables hasta que se derrumbó su castillo de naipes. ¿Habría pensado en ello el ciudadano Luis Capeto mientras esperaba que cayera la cuchilla?

En México los poderosos llevan demasiado tiempo sintiéndose intocables, pensando que pueden cometer toda clase de abusos con impunidad, mientras la gente sufre en silencio por el crimen, la violencia, la falta de servicios y las dificultades económicas. Pero tenía que llegar un momento en que toda esa furia acumulada estallara. Y ese momento lo dio Ayotzinapa, la gota que derramó el vaso.




Cuarenta y tres estudiantes de una escuela normal superior en Ayotzinapa, municipio de Iguala, estado de Guerrero, fueron secuestrados por la policía municipal y entregados al crimen organizado por órdenes del ahora depuesto alcalde José Luis Abarca. Mucho revuelo mediático y protestas en las calles se dieron desde el momento del secuestro en septiembre. El fin de semana pasado el procurador de justicia Jesús Murillo Karam confirmó lo que muchos temíamos: los estudiantes están muertos (detalles aquí).


Es cierto que los normalistas eran "revoltosos". Que llevaba a cabo acciones que podríamos considerar abusivas e incluso delictivas, tales como secuestrar autobuses (incluyendo en el que viajaban esa noche), robar camiones de mercancías y establecer retenes ilegales para cobrar "cooperación" a los transeúntes; todo ello con la justificación de que el gobierno federal no le daba a la escuela normal el presupuesto que le había prometido, dejándola eternamente en crisis. Pero eso no justifica de ningún modo la masacre, y si eres de los que piensa que sí, pues tienes una calidad moral e intelectual tan ínfima que ni siquiera vale la pena considerar lo que traes debajo de la mollera.

Reflexionemos. ¿Hay crimen de Estado? Sí lo hay, aunque tenemos que admitir que dicha sentencia se exclama a menudo sin mucha conciencia y vale la pena matizar (opinión sorprendentemente lúcida, aquí). Fue indudablemente un crimen de Estado por lo menos a nivel de Iguala. El alcalde dio la orden, la policía municipal la ejecutó. Estos son los culpables directos. Se sabe que además las policías estatal y federal, así como el ejército, sabían lo que estaba pasando y se hicieron de la vista gorda, si es que de plano no ayudaron a que se perpetrara el crimen (ver aquí). También tienen responsabilidad el gobierno de Guerrero y el PRD (y hasta cierto punto, el mismo AMLO), que apoyaron la candidatura de un político con nexos con el crimen organizado. Si lo ignoraban, su negligencia e incompetencia los hacen responsables. Si lo sabían, su conocimiento los hace cómplices.

La responsabilidad de Peña Nieto y el gobierno federal es más indirecta. Su culpa está en haber sido negligente en cuanto a los temas de inseguridad y violencia, por hacer de cuenta que el crimen organizado ya no era un problema real, eludiendo el tema para no parecer, como Calderón, que estaba obsesionado (ver aquí) como si ignorando la gravedad del asunto éste desapareciera por la ley de la atracción; su culpa está en no ser capaz de garantizar la libertad y seguridad de los ciudadanos.




No extrañe la reacción exacerbada de buena parte de la sociedad mexicana, especialmente los jóvenes y los estudiantes (que naturalmente se identifican con los desaparecidos). No extrañe que muchos dejen salir sus frustraciones de forma violenta, como vimos en Chilpancingo en semanas pasadas o lo que ocurrió durante las protestas en el DF, o de nuevo en Guerrero, con más incendios contra edificios de gobierno.

No apoyo los actos de violencia ni el vandalismo. Creo que la violencia sólo es legítima cuando se usa para defenderse del violento. Sí creo en el sabotaje como método de lucha cuando no hay víctimas humanas y está bien planeado y dirigido contra las armas y medios que el tirano usa para amenazar la vida y la libertad de las personas. Pero nunca veré bien la destrucción cuando es caótica, irracional, carece de propósito y se dirige contra quien no la debe ni tiene razones para temerla; tales acciones destructivas no buscan hacer justicia, sino dejar salir las emociones  más viscerales. 


No me digan que una puerta quemada o una pared grafiteada no se comparan con 43 personas muertas; lo sé, hay que estar idiota para no saberlo. Me sigue pareciendo una acción sin sentido que no va a llevar a nada. No lo apruebo, pero tampoco me rasgo las vestiduras, porque entiendo de dónde viene. No es ira gratuita, ni ganas de destruir nada más porque sí; es el resultado de años de frustración e indignación acumuladas.

Se dice que los actos vandálicos en el contexto de la manifestaciones en el DF han sido cometidos por elementos infiltrados, no por los "verdaderos" manifestantes. Quizá así es, porque el gobierno tiene un largo historial de usar esa estrategia, incluso en tiempos recientes. Pero no me parece impensable que, con todo el coraje que puede traer una persona, en el calor del momento se pueda pasar a acciones violentas. Sí creo, con todo, que hay diferencias, aunque el daño sea el mismo: si fueron infiltrados, es un acto de bajeza; si fueron manifestantes dejando salir un sentimiento de auténtico descontento, que tampoco se justifica, pero se entiende.






A los que andan persignándose por lo de la puerta quemada y otras acciones por el estilo les digo que le bajen al mame. Entiendo que el indignarse por ello no significa que aprueben la matanza de estudiantes (sé que hay despistados que así lo interpretan). Pero tienen que admitir que si no han abierto la boca en este terrible asunto para nada, y de repente están gritando alarmados "¡bárbaros, salvajes!", no se ven ni muy congruentes ni muy listos, ni están demostrando tener mucha consciencia o un criterio muy agudo.


Lo mismo va para los que, estando el país en medio de una crisis de derechos humanos, sólo se les ocurre postear memes que se burlan de los "chairos pendejos que protestan". El problema no es que estén en desacuerdo o que piensen que las muestran de descontento son absurdas o inútiles (yo mismo pienso que algunas lo son). El problema es que ahora se necesita información y diálogo inteligente y cuando lo ÚNICO que se te ocurre es poner chistes sobre lo ridículos que son los chairos es como para contestarte "¿Güey, neta? ¿Es lo único que tienes que aportar?"

Cuando uno es de clase media, vive en un vecindario tranquilo, tiene casa propia, un auto y escuela para sus hijos, y sabe lo mucho que ha costado que en este país sea posible obtener eso (aunque sea para un puñado de personas), es natural temer que todo pueda perderse. Entonces podemos ver la conveniencia de la vía pacífica, institucional y reformista para el cambio social. Es más difícil creer en ello para una persona a la que ya no le queda qué perder más que la propia vida. La situación actual ha llenado el país de personas así (tal es el caso de los autodefensas de Michoacán, por ejemplo). Son los gobiernos los que crean a las mutltitudes furiosas que claman por la guillotina.

He leído en Internet a quienes expresan su miedo ante una guerra civil; un temor tan desproporcionado como pequeñoburgués. Creo que voy entendiendo cómo piensan; ahí les va mi "educated guess". Cuando se trata de injusticias o crímenes cometidas contra campesinos en Michoacán o estudiantes en Guerrero, tienen la noción de que son asuntos condenables, pero como se trata de casos lejanos y ajenos, sienten apenas una indignación tibia. Se reconoce como algo lamentable, pero nada por lo que valga la pena perturbar la paz.

En cambio, cuando se trata de esos mismos campesinos tomando las armas o esos mismos estudiantes incendiando edificios de gobierno, entonces ya lo ven más cercano; se imaginan que ahora pueden ser SUS tiendas las que resulten saqueadas, SUS autos los que terminen quemados, SUS ventanas las que acaben rotas y SUS ciudades las que se vean paralizadas. Y ahí sí reaccionan condenando con vehemencia, porque el prospecto les pinche aterra.




¿Va por ahí la cosa? Lo entiendo, a mí también me asusta un escenario así y ciertamente no quiero que suceda, ni en mi ciudad ni en ninguna otra. Dudo mucho que lleguemos a eso de una guerra civil, porque los inconformes no están ni armados, y tienen en su contra no sólo al ejército mexicano, a las policías, a las agencias gubernamentales y a los narcotraficantes, sino a la sombra del intervencionismo yanqui. Pero sí creo que podemos esperar más disturbios, cristales rotos y autobuses en llamas, ya sea por culpa de infiltrados o de manifestantes auténticamente encabronados. Podemos esperar más polarización y radicalización, más canonizaciones y satanizaciones, más cerrazón al diálogo y a comprender el punto de vista del otro; más sospechosismo y conspiranoia; más dimes y diretes entre la clase política, más grupos y actores políticos tratando de pasarse la bola o capitalizar la tragedia (el papel de la oposición partidista ha sido patético); más violencia y llamamientos a la violencia; más invocaciones a la guillotina.

Y es que no es sólo Ayotzinapa; es la ira, la frutración y la indignación tras años de corruptelas (ahora mismo se revela un negocio chueco de Peña Nieto y la empresa que le regaló una mansión a cambio de licitaciones), de impunidad descarada e insultante (¿qué pasó con Cuauhtémoc Gutiérrez y su red de trata de personas?), de crímenes violentos perpetrados con la complicidad o beneplácito del gobierno, de negligencia criminal por parte de las autoridades, de la ostentación que los miembros de la clase política hacen de sus riquezas malhabidas, del desdén con el que sus juniors se refieren al pueblo mexicano como si fueran los dueños del país y el resto los nacos que estamos ahí para servirles (dos ejemplos recientes aquí y aquí); años de pobreza, marginación e inseguridad sufridas por miles de mexicanos.

En una ocasión les presenté datos del desarrollo de México en comparación con otros países del mundo, y más recientemente un panorama de la desoladora situación del país a los casi dos años del gobierno de Peña Nieto. Hay muchas razones para la indignación y no se circunscriben a este sexenio. Han sido ya muchos años en que los gobernantes han creído que pueden hacer lo que les da la gana, sin nunca tener que pagar un precio por ello. Pero no se puede pisotear a la gente por tiempo indefinido y sin consecuencias. 

Lo que yo temo es que el descontento se canalice en acciones destructivas que no lleven a ningún lado y que permitan la fácil deslegitimación y represión de un incipiente movimiento social. Temo que el odio, a menudo irracional, contra Peña Nieto nos haga olvidar que el problema no sólo es él, ni su partido, ni su administración (parece que algunos gustan olvidar que los responsables directos son del PRD), sino que hay una crisis generalizada de derechos humanos e institucionalidad en el país. Temo que se enfoque la ira contra personajes en específico, se ignore que el problema de fondo es la podredumbre de nuestro sistema político, y se pierda la oportunidad para iniciar diálogos, planes y acciones encaminados a mejorarlo.






Pero no pierdo la esperanza. Con todo y los disturbios, y admitiendo que una buena parte de ellos los hayan cometido manifestantes auténticos y no infiltrados, la mayoría de los mexicanos inconformes se ha pronunciado por la protesta pacífica, constructiva y propositiva. Incluso en medio de los disturbios en Chilpancingo cuando algunos normalistas saquearon tiendas, los padres de familia de los desaparecidos regañaron a los que se estaban pasando de la raya y los obligaron a devolver lo robado. Aún cuando no me sorprendería que se comenzara a afilar la guillotina, la civilidad prevalece.

Creo en la transformación de la sociedad a través de la educación, de la participación ciudadana, de la difusión del conocimiento y de los métodos pacíficos y racionalesEs por eso que, aunque las marchas y manifestaciones no sean mi forma favorita de protesta, sí las apoyo. Muchas personas piensan que no servirán de nada, pero veo que en esta ocasión han servido de mucho. En su momento publiqué esto en Facebook:

¿Que paros y manifestaciones no van a hacer que aparezcan con vida los 43 estudiantes de Ayotzinapa? Lo sé. ¿Que no es que Peña Nieto los tenga escondidos debajo del colchón? Sí, lo sé también. Pero ése no es el punto. El punto de todo el desmadre en apariencia inútil y escandaloso es mostrar al gobierno que sucesos como el de Ayotzinapa no se pueden sólo mandar a la zona fantasma de la nota roja, no se pueden sólo esconder bajo el tapete, esperar a que aparezca un nuevo encabezado en los periódicos y pasar la página. 
El propósito de las protestas y de los paros, según yo lo entiendo (no aseguro que todos los que en ellas participan así lo vean), es mostrar a los gobernantes que si suceden estas cosas va a haber mitote, que va a haber escándalo; ese tipo de escándalo que hace que aparezca el país en los medios internacionales perdiendo credibilidad y prestigio; ese tipo de escándalo que obliga a sacrificar a peces no-tan-gordos y que arruina carreras políticas. El depuesto alcalde de Iguala ya fue arrestado; el gobernador de Guerrero ya renunció. Personalmente, dudo que eso se hubiera logrado de no ser por la presión popular y la atención mediática (y una alimenta a la otra). 
El propósito del borlote y el barullo es que vea el gobierno que si no puede cumplir la más básica de sus funciones, asegurar la vida y libertad de sus ciudadanos (que es supuestamente la justificación de la existencia del Estado), le va a costar, así sea tranquilidad, o credibilidad, o prestigio internacional, o capital político, pero ALGO; que vea que éste no puede ser siempre el país de "no pasa nada"; que vean los gobernantes que los mexicanos señalarán no sólo al que jaló el gatillo, sino al que dio la orden, al que se hizo pato, al que no hizo su trabajo, al negligente, al indolente. Así quizá para la próxima, aunque sea por evitar descontentos de este tamaño que ensucien sus "mexican moment", harán tantito mejor su trabajo, o serán tantito menos descarados.

Ahora que han caído un gobernador y un alcalde, es buen momento para exigir una limpieza más profunda del gobierno, un verdadero combate contra la corrupción y la impunidad, y que vaya más allá del caso de Ayotzinapa. Por ejemplo, ¿por qué se habla tan poco de Tlatlaya, donde el ejército ejecutó a unas veinte personas? ¿Será que indigna menos que Ayotzinapa porque las víctimas fueron menos y además presuntos miembros del narco? ¿Será que no se mienta tanto porque el perpetrador fue el intocable ejército mexicano y ocurrió en el Estado de México, gobernado por el PRI? Pues deberíamos exigir que se esclarezca este asunto y que caigan también las autoridades que no cumplieron con su trabajo. ¿Qué hay del reciente caso de Chichicapan, Oaxaca, donde el presidente municipal (priista) abrió fuego sobre los pobladores porque estaban manifestándose? ¿Por qué ya no se habla de las autodefensas de Michoacán? ¿Por qué no exigimos también la liberación de Manuel Mireles, preso político?



Este momento, en que el gobierno está tambaleándose inseguro, vulnerable y observado por la comunidad internacional, es el indicado para obligarlo a hacer concesiones si es que quiere salvar lo poco que le queda de legitimidad y credibilidad. Si los gobernantes tienen tantita inteligencia se darán cuenta de que su misma supervivencia les va en ello. Recordarán la guillotina.


Este tsunami de sangre ha despertado a la sociedad civil en México, pero hay que ir más allá de pedir justicia por la tragedia en Iguala; hay que prevenir que más masacres ocurran. Hay que rescatar al Estado de los gobernantes que lo han secuestrado. Se trata de salvar vidas y para ello se necesita un movimiento social fuerte y unido. 
La sociedad civil tiene que estar en las calles y paralizar el sistema económico y mafioso que tiene México. Eso es lo que hicieron en Colombia y en Italia. En el movimiento de “ manos limpias”, por ejemplo, millones de italianos en los años 90´s salieron a las calles , paralizaron el gobierno y la economía, liderados por figuras de la sociedad civil, tenían una agenda clara y concreta con la que consiguieron someter a proceso penal a la mitad del Parlamento y a muchos otros altos funcionarios del gobierno italiano.
Hay quien tiene la jenialidad de preguntar por qué no se hacen protestas contra los narcotraficantes, si fueron ellos quienes cometieron la masacre. Bien, la respuesta es obvia: porque no son los narcotraficantes los que se supone que trabajan para nosotros y deben rendirnos cuentas.




Por ejemplo, se pide la renuncia de Peña Nieto, pero en esta exigencia hay diferentes interpretaciones. Hay quien realmente ve en Peña Nieto al responsable directo de las muertes de los estudiantes, lee en esta situación un complot orquestado desde Los Pinos y verdaderamente espera la renuncia del presidente. Pero algunos lo vemos de otra manera. Yo firmé la petición de renuncia de EPN no porque crea que vaya a suceder, ni porque crea que si sucediera se solucionaría el problema. Lo hice para que quedara como testimonio del repudio. Como expresa Jorge Ramos Ávalos en Reforma:

¿Por qué piden su renuncia? Por incapaz, por no poder con la violencia que aterra al país, por los altísimos índices de impunidad y corrupción, por tener una política de silencio frente al crimen y, sobre todo, por la terrible y tardía reacción ante la desa- parición de 43 estudiantes en Guerrero.
Peña Nieto actuó con incomprensible indiferencia y negligencia: se tardó 11 días en hablar en público desde que ocurrieron las desapariciones; se ha negado a realizar una sola conferencia de prensa o una entrevista con un periodista independiente -de hecho, no ha respondido a una sola pregunta sobre el tema; y tuvieron que pasar 33 días para reunirse con los padres de los estudiantes desaparecidos. Todos errores. Eso es precisamente lo que un presidente no debe hacer nunca.
Peña Nieto, desde luego, no va a presentar nunca su renuncia. Ni este Congreso -con sus complicidades y alianzas- se atrevería a sugerirla. El gobierno seguramente dirá que los pedidos de renuncia al Presidente son producto de un pequeñísimo grupo de radicales y resentidos. Pero eso no es cierto. Esto apunta a un vibrante y naciente movimiento cívico y democrático. La marcha al Zócalo del 22 de octubre fue una de las más grandes de este siglo en México. Imposible no verlo.

Ya hay movimientos organizándose en diferentes entidades de nuestro país, y cada quien puede escoger el que mejor se identifique con nuestros objetivos e ideales. Éste es un momento crítico, pero también de oportunidades. Si como pueblo de México sabemos jugar nuestras cartas (hay muchas lecciones que recoger de la experiencia del #YoSoy132 y del proceso electoral del 2012), esto puede sentar un precedente importante en cuanto a participación social y empoderamiento de la ciudadanía, mostrar de lo que somos capaces y quizá hasta dar el primer paso hacia una transformación real y positiva del país. O puede que cometamos los mismos errores del pasado y todo se quede igual, o que la frustración y la ira lleguen a tan nivel que la gente empiece a pedir la guillotina. El rumbo que tomará el país podría depender de lo que decidamos ahora.

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