miércoles, 30 de diciembre de 2015

El lado oscuro de la utopía



" La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que camine nunca la alcanzaré. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar".
Fernando Birri




Me gusta esta cita, que a menudo se encuentra en los Internetz, y que ha sido recogida por muchos movimientos sociales contemporáneos. Habla de la necesidad de creer en un mundo mejor, pues sólo empezando por convencernos de que tal mundo es posible, podemos dar los primeros pasos para construirlo. Pero hoy quiero hablarles de otro aspecto de la utopía: su lado oscuro.

¿Cómo puede haber un lado oscuro, si el concepto mismo trata de una sociedad perfecta? ¿Acaso no promete la felicidad para todos? Bien, es ahí en donde la cosa empieza tornarse tenebrosa, pues hay dos afanes en la historia del pensamiento utópico que lo echan todo a perder: el totalizador y el apocalíptico.

El afán totalizador consiste en querer interpretar toda la realidad social con base en un único paradigma, en el pensamiento de una sola persona o de una sola corriente. He ahí el peligro, porque la mente humana y la sociedad humana son los sistemas más complejos que conocemos, y asumir que podemos comprenderlos a la perfección y con base en esa comprensión construir una sociedad totalmente perfecta es una receta para el desastre. Hasta las mentes más brillantes, hasta los pensadores más profundos y lúcidos se encuentran limitados por su propia individualidad, por sus experiencias personales, por los hechos que desconocen, por las ideas que no se le han ocurrido y, por supuesto, por el contexto histórico, cultural y social en el que vivieron. 

¿Es razonable creer que las nociones de sociedad perfecta de un pensador del siglo XIX, por más valiosas que sean sus aportaciones, se aplicarían tal cual al mundo de hoy? No lo creo. Porque, finalmente, la suma de todos nuestros conocimientos como especie hoy por hoy apenas están empezando a entender la complejidad de la mente y la sociedad; ¿cómo tomarse en serio la pretensión de que una sola persona o grupo de personas sea capaz de entender todo lo necesario para crear la utopía? Hasta las ideas de las más grandes mentes deben ser entendidas como puntos de partida, como inspiración para nuestras propias investigaciones y reflexiones, como los hombros de los gigantes sobre los que nos toca pararnos, y no como el dogma de una doctrina, ni la culminación de todo el pensamiento que sólo requiriera de su aplicación precisa (si acaso con algunas actualizaciones y notas al pie).




Por otro lado, el afán apocalíptico es el de la idea de que habrá un fin de la historia, es decir, que podemos llevar el desarrollo de la sociedad humana hasta tal punto de perfección que toda transformación ulterior sea no sólo innecesaria, sino imposible; consiste en pensar que de realizarse un ideal en específico no existe nada más. Pero esto es negar la naturaleza misma de las sociedades humanas, en las que la única constante histórica es precisamente el cambio. Birri y Galeano estaban muy conscientes de que las utopías sirven para que sigamos caminando por siempre. Nunca para detenernos, ni para pensar que algún día podremos detenernos.

La tentación de pensar que tenemos ya LA receta definitiva para la utopía es peligrosa, porque si por lo que luchamos es la felicidad perfecta para todo los seres humanos, entonces ¿qué podría no ser legítimo para lograr ese anhelo? ¿Y quién puede ser más malvado, más merecedor de nuestro odio, que aquél que se opone a la construcción de esta felicidad? ¿Acaso no cualquier medio sería válido si lo que vamos a lograr es la perfección? ¿No valdría la muerte de una persona, o de mil, o de un millón, si al final quienes quedan vivos habitarán un mundo utópico en donde no habrá más sufrimiento? 

Meo Zedong lo dijo tal cual:


"Si la mitad de la raza humana pereciera, la otra mitad permanecería mientras el imperialismo quedaría destruido. Sólo el socialismo prevalecería en el mundo, y en medio siglo la población crecería de nuevo."

Además, ¿no sería la máxima responsabilidad moral impedir que las personas se salieran del recto camino, aun si es necesario regresarlos al redil contra su voluntad? Pues en efecto, cuando ya se sabe a ciencia cierta cómo es que todos deben actuar, hablar y pensar para lograr el orden absolutamente perfecto, la libertad de elección se vuelve no sólo innecesaria sino indeseable; un caprichito burgués, insignificante junto al proyecto de la felicidad total. Lo único que hace falta es que los que poseen la Ideología Verdadera (es decir, la receta real de la utopía) tomen el poder absoluto y la lleven a cabo sin oposición.

Esta cita de Milan Kundera lo expresa muy bien:

"El totalitarismo no sólo es el infierno, sino el sueño del paraíso, el sueño milenario de un mundo en el que todos vivirán en armonía, unidos por una voluntad y una fe comunes, sin secretos los unos de los otros. Si el totalitarismo no explotara estos arquetipos, que se encuentran profundamente enraizados en todos nosotros y en todas las religiones, nunca habrían atraído a tantas personas, especialmente durante las primeras etapas de su existencia. Una vez que el sueño del paraíso comienza a convertirse en realidad, sin embargo, aquí y ahí las personas empiezan a quitar de su camino a quienes se interponen, y así los gobernantes del paraíso deben construir un gulag junto al Edén. Con el paso del tiempo el gulag crece y se vuelve más perfecto, y el paraíso adjunto se encoge y empobrece."




Aclaro que esta entrada no es una defensa de actitudes conservadoras. No se trata de defender un reformismo timorato. Tampoco abogo por la renuncia a la lucha por crear un mundo mejor, ni por la renuncia a los ideales y valores. Estar conscientes de que no podemos saberlo todo para establecer la utopía no significa renunciar a tener posturas que hayamos adoptado a conciencia y por convicción. No estoy con aquellos que preferirían dejar las cosas en paz, sin agitar las aguas, por miedo a que buscando el cambio se pierda lo que ya se tiene. No creo que lo que haya que hacer es dejar que las cosas sigan su curso porque las transformaciones necesarios llegarán solitos tarde o temprano; en especial porque muchas personas seguirán muriendo, sufriendo y siendo explotadas en lo que llega ese cambio. Yo creo que en la evolución de la sociedad humana han sido y son necesarios los momentos revolucionarios; momentos en los que es indispensable provocar una ruptura brusca, una transformación radical. 

De lo que se trata es advertir en contra de la ciega locura de que se puede entender a la perfección lo que se necesita para construir el paraíso; se trata de alertar contra la idea de que lograr ese cambio lo vale todo, así sea soportar años de guerras civiles o establecer regímenes totalitarios. Se trata de advertir contra la tentación de justificar o minimizar la muerte de inocentes, la persecución de los que piensan diferente, la supresión de las libertades individuales en nombre de la utopía. 

¡Cuidado! No se crea que estas advertencias sólo aplican al comunismo, como seguramente algunos lectores en la derecha estarán tentados a interpretar. Las sociedades capitalistas prometen también una utopía, con su fin de la historia, con su receta para alcanzar la felicidad perfecta siempre y cuando no quiera cambiarse el guión establecido. Pero es una utopía aun más perversa en cuanto a que es individual, una utopía en la que tú puedes ser perfectamente feliz si te esfuerzas lo suficiente, y en la que no tienes que preocuparte por la felicidad de los demás; en fin, una utopía mezquina en la que tienes que aceptar la desigualdad y la injusticia como parte del orden natural, y que es también hostil hacia cualquier intento de transformación que no vaya sobre su mismo paradigma, pues puede significar la pérdida de este estado de gracia en el que nos encontramos y que es lo mejor que se puede lograr.





Conociendo la historia, nunca podría defender la tesis conservadora de que de todas las revoluciones ha surgido solamente muerte, destrucción y caos; los ha habido, sin duda, pero no han sido éstas las únicas consecuencias de las revoluciones. No podemos deshacer, por ejemplo, la Revolución Francesa o la Mexicana, de modo que cuando se discuten sus logros y sus fracasos realmente no se trata de ellas, sino de la necesidad y validez de posibles revoluciones presentes y futuras. Lo difícil es jugar qué tanta muerte, destrucción y caos son aceptables a cambio de las transformaciones que se quieren lograr. He ahí el gran dilema moral que no se debe eludir, ni por parte de quienes defienden las revoluciones ni quienes las rechazan por de fault.

De cualquier forma, no todas las revoluciones han sido violentas. Los movimientos sociales más relevantes de nuestros tiempos han sido fundamentalmente pacíficos (esto no quiere decir que hayan estado exentos de episodios violentos), y los más efectivos han sido los que han tenido objetivos concretos y métodos bien definidos. Creo que éstos han sido los que mejor se ajustan a las palabras de Birri sobre la utopía: movimientos que son pasos y que saben que el andar nunca terminará. Muchísimas personas alrededor del mundo invierten grandes esfuerzos en construir sociedades más justas, libres y equitativas, ya sea desde el activismo, el voluntariado, la educación, la investigación científica, la crítica social, etcétera. Es precisamente gracias a estos esfuerzos que la humanidad continúa en su incesante camino hacia la utopía.


Pero hasta la más modesta de las luchas en pos de la justicia implica riesgos y sacrificios. Aun si nos libramos de la idea de que nuestra lucha será capaz de lograr la utopía de una vez y que por lo tanto todo método es legítimo, ¿cómo se puede establecer cuáles sacrificios valen la pena para lograr nuestros propósitos? Las protestas de la Primavera Árabe fueron siempre pacíficas y tenían un objetivo conreto, que era derrocar regímenes dictatoriales. Pero, salvo en Túnez, estas luchas derivaron, sin quererlo, en caóticos vacíos de poder y cruentas guerras civiles. Las ambiciones de los que participaron en estas protestas no eran irracionalmente utópicas, ni se dispusieron a conseguirlas por medios inhumanos. Sin embargo, las poblaciones de los países de la Primavera Árabe han tenido que pagar un precio enorme por sus anhelos de libertad y democracia, y los conservadores en todas partes se han deleitado con esto porque "demuestra", según ellos, que el afán revolucionario está inevitablemente destinado al fracaso.





Entonces, ¿deberíamos adoptar una conducta tímida? ¿No hacer nada, ni siquiera manifestaciones pacíficas, porque todo puede salir terriblemente mal? ¡No lo creo! Pero, al suponer que vale la pena hacer el intento, ¿no me pondría en el mismo bando de quienes pensaban que estaría bien aniquilar a la mitad de la población humana si con ello se lograra establecer la utopía?


Creo que podemos encontrar proporciones; no es necesario caer por pendientes resbalosas. Por ejemplo, creo que la situación en México no amerita una revolución armada, ni la toma del poder por asalto por parte de un grupo de fieles siguiendo a algún caudillo iluminado. Sí creo que amerita una resistencia armada en ciertas zonas rurales del país, en donde la gente tiene que defenderse o perder la vida, la libertad o los medios de subsistencia. Y definitivamente creo que hacen falta movimientos sociales masivos y organizados, y sí creo que comparado con aquello contra lo que se lucha y con lo que se espera conseguir, el vandalismo menor y las vías públicas bloqueadas son daños colaterales que no representan una tragedia ni de lejos tan terrible como quisieran vendernos desde el discurso reaccionario.

Pero, ¿cómo podemos tener un criterio para establecer los límites? Mi respuesta es: la dignidad humana. Mientras los objetivos sean fomentar la libertad, la justicia y el bienestar para los seres humanos (todos los seres humanos) y los métodos no traicionen esos objetivos; mientras no se haga más importante la conquista o la permanencia del poder que los ideales por los que supuestamente se busca ese poder; y sobre todo, mientras estemos conscientes de que ninguno de nosotros posee todas las respuestas ni todas las soluciones ni la receta infalible para la perfección, manteniendo a raya el afán totalizador y el apocalíptico, es que estamos caminando hacia la utopía. Lo contrario, me parece, es querer ponerle un punto final y así, sin querer, podríamos acabar matándola.

jueves, 17 de diciembre de 2015

El Despertar de la Fuerza

Saludos, mis jóvenes Padawan. Como era de esperarse de un viejo fan de Star Wars como es su seguro servidor, en la media noche de ayer para hoy asistí al estreno del Episodio VII, El Despertar de la Fuerza. Y como los quiero mucho, aquí viene mi reseña. La hay en dos modalidades, con spoilers y sin spoilers. La peli tiene sus sorpresas y vale la pena mantenerse virgen de informaciones inconvenientes. Para los que no la han visto, he censurado los spoilers. Pueden verlos al seleccionar el texto en cuestión. Quedan advertidos.


STAR WARS
EPISODE VII: THE FORCE AWAKENS
(EUA, 2015)

Dir: J.J. Abrams
Con: Harrison Ford, Carrie Fisher, Daisy Ridley, John Boyega y Oscar Isaac




Me gustó mucho, para ser sinceros, la disfruté de principio a fin y no quería que se acabara. Me gustaron los dos protagonistas, Rey y Finn. Me parece que ambos personajes tienen mucha química en pantalla, aunque más como buddies que como pareja. Son, además, personajes muy carismáticos y bien escritos y se sienten frescos, con rasgos de personalidad bien distintos a los de cualquier otro personaje que haya aparecido en las películas. Oséase, no crean que Finn es sólo un Luke negro, o que Rey es sólo una Leia más joven y ruda; no, son personajes por derecho propio. Ni que decir que se agradece ver a una mujer en tan primer plano de estas aventuras, o el hecho de que Finn sea un stormtrooper desertor. Ello es lo que le da más frescura a esta entrega. Me encantó que sea Rey la que tiene el poder de la Fuerza, aunque según entendí, Finn también la puede usar un poco, o no habría podido defenderse tan bien de Kylo Ren en esa pelea con sables de luz

Me gustó el villano Kylo Ren; más que una fría y amenazante máquina de matar como Vader, es un personaje lleno de conflictos e inseguridades (me recuerda más bien al Anakin de Episodio III). Su origen y su nombre son guiños al Universo Expandido: que sea el hijo de Han y Leia no resultó del todo una sorpresa y estuvo bien que lo revelaran relativamente pronto. La película abre buenas posibilidades de explorar tanto el futuro como el pasado de estos personajes, que se han ganado mi cariño, aunque se me hizo un poco raro que empezara cuando ya tantas cosas habían pasado. Como que podría haber una precuela en la que explicaran cómo Kylo Ren fue seducido al Lado Oscuro por Snoke y cómo destruyó a la nueva Orden Jedi creada por Luke... Hmmm, esto está empezando a sonar demasiado familiar....



Me encantó que Han y Chewie tengan roles importantes (temíamos que los "viejos" fueran relegados a poco más que cameos), y por supuesto fue súper emocionante verlos en la vieja dinámica de siempre, a bordo del Halcón Milenario. También las interacciones entre Han y Leia son entrañables. La muerte de Han no fue del todo inesperada, creo que unos minutos antes de que pasara ya se había anunciado; aún así fue tremendamente dolorosa para mí. 

Tiene las dosis adecuadas de aventura, acción, humor y drama, sin exagerar en ningún sentido. La trama de la película vuelve a la sencillez de la Trilogía Original, en que había un conflicto claro y objetivos precisos, a diferencia de las precuelas, que a menudo se confuNdían en muchas subtramas secundarias. Esto le permite tener el ritmo adecuado para mantener la atención y el interés del público.

El aspecto visual de las películas es totalmente acorde al de la Trilogía Original, por la fotografía, los efectos especiales y el diseño de producción. Esto es sobre todo evidente en los mundos visitados por nuestros héroes: se ven como lugares reales, que podrían existir, no como las creaciones fantásticas de CGI que inundaron las pantallas en las precuelas. Hay muchos menos personajes no humanos, mucha menos imaginería creada por computadora. Hasta los duelos son menos grandilocuentes que en las precuelas; se sienten más reales, como que los personajes realmente están ahí luchando (en las precuelas a menudo Lucas metía efectos especiales de CGI para hacer que los contrincantes dieran maromas imposibles... y se notaba)  Todo esto, personajes, narrativa y aspecto, contribuye a que al ver esta película uno sienta que está de vuelta en aquella Galaxia muy, muy lejana que todos conocemos y amamos...


¿Qué no me gustó? Que, fuera de la pareja protagónica, esta película no aporta nada, no innova, no arriesga. Está hecha como siguiendo una fórmula: "sabemos que esto le gusta a los fanses, vamos a hacerlo sin salirnos del esquema". Es principalmente fan service y terriblemente formulaica. Digan lo que quieran de las precuelas, pero por lo menos en ellas George Lucas intentó mostrarnos siempre algo nuevo: acción submarina, carreras de vainas, megaciudades que abarcan planetas enteros, droides de combate, intriga política, batallas masivas en tierra.... Y eso sólo en Episodio I.

Volvamos al aspecto visual de la película. Aunque no nos muestra ni un solo planeta que ya hayamos visto en alguna de las otras, todos se ven como algún otro conocido: hay un Tatooine, un Naboo, un Yavin IV, un Coruscant... Creo que sólo el último planeta, lleno de islas en un océano global, se veía como algo nuevo.

No se reduce a eso: en El Despertar de la Fuerza no hay ni una sola situación que no hayamos visto en las películas anteriores. Si las precuelas tenían algunos paralelismos con la Trilogía Original, El Despertar de la Fuerza es secuencia por secuencia paralela a Una nueva esperanza: los malos atacan y masacran a un pequeño grupo de rebeldes, uno de los cuales esconde información vital en un droide, el cual es encontrado por casualidad por dos personajes marginales en un planeta desértico; los malos tienen una nueva súperarma, con la que aniquilan un planeta entero; los héroes buscan ayuda en una taberna fronteriza llena de extraterrestres curiosos; hay un villano que en realidad es ángel caído, un big baddie que controla todo desde las sombras, una criaturita excéntrica pero sabia y milenaria, un conflicto edípico, un viejo mentor que sacrifica la vida y, para colmo, el clímax de la película es la destrucción de la superarma de los malos...

Hay algo que se conoce como sequel reset, un recurso narrativo chafa en el que los creadores , en vez de partir de la situación establecida al final de la historia original, la "resetean" de forma que en la secuela los personajes se encuentran más o menos en los mismos terminos que al iniciar la primera película (como Rocky, que en cada entrega era el underdog que tenía que entrenar para superarse, aunque al final de la anterior ya era campeón; o como Tony Stark, que al final de cada cinta madura, sólo para volver a ser mismo adorable patán al inicio de la siguiente). Y pues así es ésta, quieren hacernos creer que después de 30 años, nuestros personajes volvieron al punto de partida: Han y Chewie de nuevo son contrabandistas, Leia está dirigiendo la Resistencia (indistinguible de la Rebelión) contra la Primera Orden (indistinguible del Imperio), que siguen usando X-Wing y TIE-FIghters. Todo es lo mismo otra vez.

Por ejemplo, en la Trilogía Original está claro que no nos están contando toda la historia de la Galaxia, o siquiera de todo el conflicto; nos cuentan la historia de estos personajes en medio de un escenario de mucha mayor envergadura. Quizá las precuelas pecaban de ser demasiado ambiciosas al querer contarnos con tanto detalle cómo funcionaba la República y por qué colapsó. Pero creo que El Despertar de la Fuerza pecó un poco de caer en el extremo opuesto: apenas sabemos que existen la Resistencia y la Primera Orden, pero no nos dice nada de la Galaxia en su conjunto, ni sobre la Nueva República, o la relación de ésta con la Resistencia. Así, cuando los malos destruyen ese sistema planetario que no es Coruscant, pero se le parece un chingo, ¿por qué nos habría de importar? No sabemos qué relación tienen nuestros héroes con ese mundo, o qué consecuencias tendrá su destrucción para la historia. Alderaan nos importaba porque era el mundo de Leia y allí vivía su padre, ¿pero este Coruscant 2 qué?

Por lo menos en Una nueva esperanza teníamos una escena en la que los oficiales imperiales exponen la situación del Imperio y su relación con la Antigua República. Aquí, creo que se asustaron por el estigma de que "las precuelas tienen demasiada política" y fueron por una regla de "cero política". Qué lastima, porque ahí va una oportunidad de hacer que ésta sea algo más que una historia llana de bien versus mal.




¿Qué pasó? Bueno, que Star Wars original (e incluso las precuelas) encuentra sus influencias en la mitología, la historia, la literatura, las películas de vaqueros, el cine de Kurosawa, los cómics y el pulp clásico... Esta nueva entrega encuentra sus influencias en... Star Wars; todo está reciclado, principalmente de la Trilogía Original, con algunos toques del Universo Expandido. Es cierto que en la historia humana no hay nada nuevo bajo el sol y todo trabajo de creación es en gran medida un remix de lo ya existente. Pero Lucas había hecho un remix de muchas fuentes diversas y que funcionaba muy bien. Si Star Wars es en general un pastiche, El Despertar de la Fuerza es el pastiche de un pastiche.

Peor, es un pastiche específicamente diseñado para dar a los fans justo lo que querían ver, como si para escribirlo los creadores hubieran llevado a cabo un estudio de mercado. Las precuelas fueron criticadas porque no se sentían como Star Wars. Esta nueva película tiene tanto miedo de no ser Star Wars que pierde la oportunidad de ser algo más que otro capítulo genérico. Ah, pero eso sí, es más "oscura y violenta", porque eso es lo que quiere esta generación de men-children: ver los mismos productos culturales de su infancia, pero más en serio para que puedan sentirse que ya son adultos. Por eso, predigo que los fans la van a amar.

Salvando distancias, creo que es un poco lo que Jurassic World es a Jurassic Park: una capitalización de la nostalgia, con todos los elementos fríamente calculados para hacer sentir añoranza a los fans; con la misma fórmula básica y las mismas situaciones, sólo que más grande. Claro que Jurassic World es una película muy boba, y no creo que eso se pueda decir de El Despertar de la Fuerza.



Nada de esto hace que la película sea mala. ¡Al contrario! Está bien dirigida, bien actuada, los diálogos son buenos y no hay un solo momento en el que haya dicho "qué ñoño" o "qué mamón", cosa que nos pasaba a todos a menudo con las precuelas. Quizá en ese sentido sea más bien como Superman Returns es a Superman: no tengo realmente mucho que objetarle como película, pero es tan pinche idéntica a la original que no veo cómo justifica su existencia. Claro que también con reservas, porque Superman Returns es dolorosamente aburrida, mientras que El Despertar de la Fuerza es un tobogán de emociones de principio a fin (casi no hallé un momento seguro para salir al baño).

Entonces, ¿me gustó o no me gustó? ¡Claro que sí! No les voy a mentir: ESTÁ CHINGONA. Sólo que me emputa ver tan claramente sus intenciones de crear una película con puro fan service. Pero, ¡hey! apenas estamos empezando, apenas se está presentando a los personajes y estableciendo el conflicto. Aún hay muchos caminos por explorar y sorpresas que pueden darnos. Después de todo, no olvidemos que estas películas hay que verlas con cierta inocencia infantil, y dejarse llevar por ellas más que destazarlas fríamente... Ahora, que si resulta que el Episodio VIII es una copia al carbón del Episodio V (temo que así como en ésta Han hizo las veces de Obi-Wan, en la siguiente Luke haga el papel de Yoda), ya podemos mandar todo a la chingada.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Y luego dicen que el pendejo es Peña



¡Mejor que quiten a Peña Nieto!
Usuario mexicano de Facebook comentando una nota sobre la polémica de si se debía retirar la bandera confederada de los edificios públicos del sur de los Estados Unidos.

Si ustedes han seguido este blog sabrán que nuestra posición oficial es que Peña Nieto es un imbécil. Peor, es un político corrupto, autoritario e incompetente. Ignorante, pero está rodeado de gente astuta y taimada, lo que lo hace muy peligroso. Pueden leer las entradas que he escrito para resumir lo mal que ha salido su gestión en diversos rubros. He escrito por lo menos una por año desde 2012, así que hay cuatro básicas por dónde comenzar:


Dicho esto, ahora tengo que abordar un problema que me rompe las pelotas cada vez que me lo topo en las redes sociales, y que me produce una exasperación tal que a me dan ganas de mandar a la humanidad a la chingada y largarme para Narnia. Estoy hablando de los anti-Peña idiotas.

Me refiero a cierto tipo de mexicanito de pocas luces y mucha altisonancia que pulula, no digamos ya las secciones de comentarios de Internet (y nunca hallarán mayor nido de escoria y felonía), sino por todas partes, y que manifiesta un odio incontrolable hacia Peña Nieto y todo lo que le rodea, aunque no venga al caso o no sepa ni de qué se está hablando.

La cosa con estos hate-followers de Peña Nieto es que son la ironía con patas y no se dan cuenta, puesto que achacan al presidente y a todos sus seguidores la más abyecta estupidez e ignorancia (lo cual hay que admitir que es cierto), y se creen que están informadísimos y tienen una amplia conciencia social. Y pues no, están igual de idiotas que cualquier peñalieber, con la única diferencia que el objeto del amor pasa a ser el del odio, que así es la vida, como dicen las rancheras. Está de más decir que el anti-Peña idiota suele ser un pejezombi, sin por ello implicar que todo el que odie a Peña sea idiota (ni mucho menos, que para odiarlo no faltan razones) o que los votantes de Amlo sean todos pejezombis (eso es lo que dicen los derechairos, que sí son todos idiotas).

El chairo es creación de Bully Magnets

Lo que caracteriza al anti-Peña idiota es que ante cualquier noticia que tenga que ver con EPN reacciona como mono rabioso, sin detenerse a averiguar de qué trata la cosa, o si la noticia que se difunde es verdadera, o si tiene tan siquiera un poquito de sentido apegándose a los principios más elementales del pensamiento racional. Si es una pieza de información que habla mal de Peña Nieto u otros villanos similares y conexos, el anti-Peña idiota la acogerá en lo más profundo de su seno como la verdad más importantiosa del momento, y la difundirá a todos los que estén dispuestos a enterarse (y a los que no, también).

Por ejemplo, resulta que Peña Nieto saludó incorrectamente a la bandera. Bueno, el asunto debería ser en sí bastante irrelevante e intrascendente, y seguro que los anti-Peña no se la pasan checando a todos los funcionarios públicos en todos los eventos cívicos a ver si cumplen con el protocolo adecuado. Pero venga, era una oportunidad perfecta para mostrar que Peña es un pendejo y además un mal patriota y eso es imperdonable. Uff, pero resulta que de hecho Peña hizo el saludo correcto. ¿O qué tal la vez que Peña saludaba al presidente chino? ¿Acaso no dijo "Juan Ying, Juan Ying"? Ah, el pendejazo. Pero resulta que no, que estaba saludando en chino, y que nada más no entendimos porque no hablamos chino. 

Como les he dicho antes: ya sabemos que Peña Nieto es un imbécil oscurantista de mierda, no necesitamos más evidencias al respecto, así como no necesitamos más evidencias de que Calderón era chaparro o que el Peje aspira las eses cuando habla. La ignorancia de Peña Nieto ya está más que establecida como verdad científica, insistir en ello es perder el tiempo. Pero cuando además, lo acusamos de idiota cuando no está cagándola, nosotros quedamos como los estúpidos, y le damos razones al inefable Luis González de Alba cada que se pone a pelear con las nubes. 



Entonces, ¿por qué lo hacemos? Ah, pos porque es más fácil captar a Peña haciendo el ridículo que tratar de entender la situación política, económica y social del país; es más fácil que mantenerse informado sobre esos engorrosos y monótonos procesos legislativos y judiciales que, sin embargo, terminan afectando nuestras vidas; es más fácil que empezar a entender de qué van esas leyes nuevas y reformas o en qué consisten esos conflictos entre grupos políticos. N'ombre, ¿pa' qué complicarnos? Si yo ya sé que Peña Nieto es 'El Malo', sólo tienen que señalarme en qué anda últimamente para concluir que debe ser algo perverso y que yo debo ponerme del lado contrario.

Como la vez que se rumoraba que Peña y su esposa la telenovelosa Gaviota se pelearon durante la visita de los reyes de España. ¡Bueno, pues eso qué chingados! Aparte de la alegría que uno pudiera sentir en lo más primitivo y verde de su ser cuando a alguien que te cae mal le va mal, ¿qué podría importarme la relación entre Peña y su esposa trofeo? Pues nada, que es más cómodo mamar con eso que interesarse por los temas verdaderamente importantes de la política nacional. O sea, el anti-Peña que mamó con eso no es diferente a la personita que sólo consume chismes de famosos en TV y Novelas. La única diferencia es el objeto de su morbosidad paparazzesca. Lo más patético del caso es cuando recurren a ñoñadas pseudocientíficas y se creen que van a entender lo que pasa con ayuda de la lectura del leguaje corporal como si estuvieran viendo Lie to me.

En días recientes el medio online llamado CLTRA CLCTVA [¿?] publicó una nota titulada "México es el país más ignorante del mundo según un estudio internacional" que tenía como imagen de portada a Peña Nieto viendo el fúbol por la tele. Pues claro, qué mejor imagen de la ignorancia que la tríada maligna, origen de todos los males que aquejan al país, PRI, televisión y futbol. Por supuesto, no tardó en viralizarse la nota: era una excelente oportunidad para demostrar que si estamos jodidos es por ignorantes y que la culpa y el resultado de esa ignorancia la tienen Peña Nieto, Televisa y el PRI.



El pedo es que el título de la nota es engañoso, y la forma en la que se abordó el tema también. Lo que en realidad sucedió fue un estudio llevado a cabo en línea, en el que se encuestó a personas de diferentes países sobre su percepción respecto a ciertos temas, contrastando esas respuestas con datos cuantitativos. Es decir, se le preguntaba a las personas sobre índices de obesidad, inmigración, distribución de la riqueza, ninis y demás datos estadísticos de ésos que se pueden consultar en la página del INEGI. Bueno, pues resulta que de 28 países, México es el que está peor, el que mostró una mayor diferencia entre la percepción de sus ciudadanos y los datos reales.

Eso sí, hay que reconocer a CTRL ALT SUPR, o como se llame esa página que por lo menos tuvieron la decencia de incluir el enlace al artículo original de donde sacan la información. La Jornada hizo una cobertura mucho mejor, en la que realmente se explica lo que dice el estudio, sin sensacionalismos. Pero el problema es menos lo que ALT GR publicó que la forma en la que los anti-Peña idiotas usaron la noticia: como una prueba más contra el joven dinosaurio, su gobierno y los que votaron por él. Porque claro, el ignorante no es uno, sino el que vota por el PRI y por eso estamos como estamos.

Pero estos resultados no tienen nada que ver con Peña Nieto, ni con el sistema educativo, ni con ser o no lo que considera por lo general "culto". La página del estudio lo explica:

"Hay múltiples razones para estos errores, desde nuestras dificultades con las matemáticas y las proporciones, pasando por la cobertura de los medios sobre estos temas, hasta explicaciones de la psicología social sobre nuestros sesgos y falacias. También está claro, por nuestro "Índice de Ignorancia", que los países que tienden a los peores resultados tienen relativamente menor acceso a Internet. Como ésta es una encuesta en línea, es más probable que refleje las percepciones de la clase media conectada, que generaliza a partir de su propia experiencia en vez de considerar la enorme variedad de circunstancias la población entera de su país."
Eso no detiene a los hinchas de la sección de comentarios pontificar y señalar culpables de nuestra lamentable falta de conocimientos:



Les digo: la ironía en todo su esplendor. El ciudadano mexicano promedio sí está muy ignorante, pero usar este estudio como argumento anti-Peña es un acto de ignorancia mayúsculo, y es más chistoso aun que los datos de ignorancia provinieran no de la gente pobre que vende sus votos por despensas de Soriana, sino de la clase media conectada, que son precisamente el sector de la población que menos votó por Peña Nieto y más despotrica en su contra. 

El anti-Peña también suele ser bastante patriotero y xenófobo. Identifica a Peña con un peón de Washington y se figura que todo "Occidente" baila al compás de lo que se dicta desde el Pentágono. Ustedes ya conocen las deplorables reacciones de la mexicaniza a los actos terroristas de París, que iban en el tenor de "Te indignas por París, pero no dijiste nada por Ayotzinaaaapa", sin importar que cuando sucedió lo de Ayotzinapa medio país y gente en todas partes del mundo estuvo compartiendo información y muestras de indignación y solidaridad. También hubo fuertes reacciones cuando sucedió el multihomicidio de la colonia Narvarte, y así con otros momentos que evidencian el clima de inseguridad en que vive nuestro país, y que atrae la atención hasta de quienes no siempre se interesan en la política. Ya lo dijo Juan Pablo Becerra-Acosta en una nota titulada acertadamente La sinrazón en París y la imbecilidad en México.

Estos sentimientos galófobos se vieron exacerbados una vez más cuando se viralizó la noticia de que una compañía francesa había patentado los diseños textiles de los indígenas mixes oaxaqueños, los cuales ahora no podrían seguir produciéndolos. Noticia se reveló como falsa, por supuesto, pero no antes de que los mexicanitos expresaran su odio hacia los franceses que "nos" roban "nuestro" patrimonio (decían los clasemedieros urbanos contectados a Internet).



En una ocasión apareció en mi muro de feis una nota de Aristegui sobre la preocupación de la ONU respecto a los derechos humanos en Venezuela. Por morbo me fui directo a ver los comentarios (en feis, no en la página de Aristegui, por lo que no los pude recuperar todos). Los que no eran de derechairos diciendo "¿ya ven? esto es el socialihmo del siglo xx1", eran de mexichairos diciendo "¿Y por qué de Peña Nieto no dice nada la ONU? "¡¡¡Malditos cachorros del Imperio, protegen a los suyos y atacan a los gobiernos revolucionarios que no les convienen!!!" Pues me limité a decirles que la ONU sí ha mostrado procupación por las violaciones a los derechos humanos en México, y que pueden constatarlo aquí, aquí y aquí (les pegué los enlaces). No hubo respuestas.

Pues sucede que el anti-Peña idiota se cree muy informado, pero sólo se entera de lo que le llega a su muro de Facebook. Por eso anda gritando que "¿por qué 'los medios' no hablaron del atentado en Beirut el día antes del de París?" o "los medios no dijeron cuando Francia intervino militarmente en Malí". Obviamente muchos medios sí informaron de ello, pero para enterarse de estas cosas hay que estar activamente revisando los medios noticiosos, no sólo esperar a que se viralice alguna noticia y aparezca en nuestro muro de Facebook. Pero a huevo, es más fácil estar compartiendo memes pendejos sobre qué tan pendejo es Peña Nieto que meterse a leer las noticias internacionales. Pero no le hace, porque en Facebook todos son expertos en geopolítica.



Y éste es un mensaje que tengo que dirigirle a todos los anti-Peña idiotas:

Tu odio hacia Peña Nieto no proviene de una comprensión clara de qué es lo que lo hace un mal presidente; no proviene de un apego consciente a un conjunto de ideales democráticos y de izquierda. No, tu odio hacia Peña Nieto es tan visceral y arbitrario como el fanatismo de un hincha del futbol, o incluso como el de las señoras que gritaban como quinceañeras orgásmicas durante las giras de campaña de EPN. Ni tú mismo podrías explicar de dónde viene tu odio. Eres anti-Peña por azares de las circunstancias; por tus esquemas de pensamiento, por tu forma de reaccionar ante todo, apuesto a que de haber nacido en otra circunstancia habrías sido un fanático religioso, un xenófobo rabioso o un paranoico anti-brujas. Lo peor: formas parte de esa misma cultura política mexicanota, tan apasionada como ignorante, tan dogmática como descerebrada, tan de antorchas y tridentes, tan de porros, tan tribal, que deja el campo fértil para que la partidocracia siga eternizándose en el poder. Peña Nieto, con su ignorancia y con su autoritarismo, es el mejor producto de esa cultura política, y por eso es que él en verdad es tu presidente, es quien en verdad te representa.




martes, 1 de diciembre de 2015

Entender el mal



Cuenta Ron Rosenbaum en su libro Explaining Hitler, que cuando estaba haciendo sus investigaciones se encontró con mucha hostilidad. Rosenbaum se proponía por lo menos empezar a entender por qué Hitler fue como fue e hizo lo que hizo. Pero tratar de explicar a Hitler, decían sus detractores, equivalía a justificarlo. Si se podía decir que Hitler se había convertido en un megalómano genocida debido a factores biográficos, históricos o psicológicos, entonces daba igual simplemente perdonarlo. Es mejor, decían, considerarlo una excepción histórica, un fenómeno de malignidad surgido espontáneamente (como tampoco se puede explicar, decían los mismos, la aparición de un genio como Shakespeare).

Tales actitudes, afirmaba Rosenbaum, son comprensibles pero absurdas. No se trataba de justificar a Hitler, sino de entender por qué sucedió lo que sucedió. Por ello dedicó su libro no tanto a explicar él mismo al Führer, sino a explorar las diversas hipótesis tentativas que se han planteado para arrojar una luz sobre uno de los personajes más siniestros de la historia. 

Al tratar de explicar a Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés; Dáesh por sus siglas en árabe), uno suele encontrar posturas simplistas opuestas. No en los medios que publican análisis serios, por supuesto (al final, una colección de enlaces), sino entre las personas comunes y corrientes que están poco informadas pero muy opinionadas, entre los hinchas ideológicos, los geopolitólogos de Facebook y los verdadosos de las más oscuras esquinas de los internetz.

Dejemos de lado los delirios conspiranoicos, esgrimidos tanto por la extrema derecha como por la izquierda más atarantada, que consideran que el Dáesh fue creado por Estados Unidos o los judíos o quien sea, para destruir Europa o para quedarse con el petróleo de Siria o algo así. Tales elucubraciones pueriles no sin dignas de la atención de personas pensantes e informadas.



La actitud de la derecha (incluso la no tan extrema) en Occidente tras los atentados del pasado viernes 13 de noviembre en París ha sido dolorosamente predecible. Se podría resumir en "Ahí está, ¿para qué acogen refugiados?". La xenofobia derechista ve en todo musulmán, sea refugiado de guerra o inmigrante, a un terrorista en potencia. Culpa al Islam mismo como religión de ser el causante directo del terrorismo. El extremismo islámico, dicen, es sólo una consecuencia lógica de la perversa religión de la que surge.

Los hechos contradicen estos prejuicios islamófobos. Aunque es perfectamente posible que terroristas puedan infiltrarse entre refugiados sirios que huyen de la guerra, o los emigrantes del Magreb que se arriesgan a cruzar el Mediterráneo en busca de mejores condiciones económicas, esto es poco probable. De hecho, la mayoría de los perpetradores de ataques terroristas relacionados con el Islam en Europa han sido ciudadanos europeos, descendientes de segunda o tercera generación de inmigrantes de países árabes. Son reclutados en Europa, viajan a Medio Oriente para entrenarse y adoctrinarse, regresan a Europa en avión, con el dinero que les proporcionan el Daesh o Al Qaeda, pasan con su pasaporte francés (o británico, belga, holandés, etc.) y llevan a cabo el ataque terrorista. Muchas veces, los jóvenes ni siquiera son árabes ni de familias cuyo origen cultural sea islámico. Europa no importa terroristas, los exporta.

La parte difícil es entender el por qué estos jóvenes que han crecido en los países más avanzados del primer mundo se unen a las filas de un grupo con aspiraciones medievales y milenaristas. La respuesta de la derecha es culpar al Islam. Si se le deja a sus anchas, el Islam termina irremediablemente convirtiéndose en esto. 

De nuevo, los hechos contradicen estos prejuicios. Primero, porque, obviamente, la mayor parte de los musulmanes del mundo no son fundamentalistas ni violentos, sino que, como la mayoría de los seres humanos, sólo quieren vivir bien y en paz. Históricamente ha habido sociedades musulmanas notoriamente abiertas y tolerantes (el Al-Andalús, el Califato Omeya, el Imperio Otomano) en las que las artes, las ciencias y la filosofía podían florecer. Hoy en día Irán y Arabia Saudita son teocracias que dan miedo, y los terroristas pueden surgir de cualquier parte en el mundo musulmán, pero también existen sociedades de mayoría musulmana, como las de Túnez, Turquía o Indonensia, que ni se convierten en teocracias ni exportan contingentes de milicianos cortacabezas. Ciertamente no son democracias liberales al estilo de los países nórdicos, pero tampoco lo son las católicas naciones de América Latina, y no suele ponerse en duda si el catolicismo es incompatible con la democracia y la modernidad.



No conozco el Corán, pero conozco la Biblia y sus llamados a someter a las mujeres, apedrear adúlteras y asesinar homosexuales. Bien puede ser que el texto fundacional del Islam invite más a la violencia contra los infieles y pecadores de lo que lo hace el texto fundacional judeocristianao (después de todo, el discurso culero del Viejo Testamento queda atenuado por la buena onda general del Nuevo). Pero así como cristianos y judíos ignoran las partes más barbáricas de su Libro (ya sea porque en verdad las desconocen o porque les hacen caso omiso), veo que histórica y actualmente las sociedades de mayoría musulmana pueden hacer lo mismo y adaptarse a los valores de la modernidad, y si no lo han conseguido se debe a la suma de diversos factores ajenos a la religión.

También es una necedad hablar de un "choque de civilizaciones", del Islam contra el Occidente. Basta ver los países que integran cada bando en el actual conflicto en Siria: Estados Unidos, Francia y Reino Unido apoyando grupos rebeldes con ayuda de Arabia Saudita y otros estados del Golfo Pérsico; del otro lado, el gobierno de Bashar Al Assad, que recibe apoyo de Irán, Rusia y China; el Dáesh por su cuenta, aterrorizando a todo el mundo. En ambos bandos hay occidentales, en ambos hay sociedades de mayoría musulmana, en ambos hay teocracias medievales. No se trata de culturas en conflicto, sino de la asquerosa y cínica geopolítica de siempre. Los únicos que quieren entender esto como un choque de civilizaciones son los fanáticos: los del Dáesh y la ultraderecha en Occidente.

Finalmente, no puede olvidarse que las principales víctimas del terrorismo islámico son los mismos musulmanes. También son los principales héroes, los que más valerosamente luchan contra el Daesh en sus países, natales o adoptivos, para defender a sus familias, amigos y vecinos: el policía que murió asesinado por los terroristas de Charlie Hebdo, el joven que escondió a los judíos en la tienda kosher que esos mismos terroristas tomaron por asalto, el padre que dio la vida para salvar las de cientos en el atentado en Beirut, el mesero que salvó a unos comensales el viernes 13 en París, el eminente arqueólogo que fue capturado y ejecutado por Estado Islámico cuando se negó a abandonar las ruinas de Palmira, o las milicias femeninas kurdas que se han organizado para defenderse del Daesh que viola, mutila y esclaviza mujeres. Musulmanes todos, héroes todos. 

Entonces, no se puede esgrimir el Islam como única explicación para el terrorismo islámico. Satanizar a todos los musulmanes por lo que hacen los extremistas no sólo es erróneo y estúpido: es una putada inmoral e indecente (y típicamente derechista). Se deben tener en cuenta factores económicos, políticos, sociales e históricos para empezar a entenderlo (empezar, que esto tampoco son ciencias exactas). Es ahí donde los derechistas acusan de querer "justificar" al terrorismo, cuando lo que se quiere es arrojar luz sobre un fenómeno muy complejo que ellos quieren simplificar. Pero también es aquí donde se cae en el otro error de simplificación, el que se ubica en el extremo opuesto.




A menudo se hace la comparación entre los terroristas musulmanes y los blancos supremacistas en Europa o Norteamérica. Que los primeros no representan a la generalidad de las culturas islámicas como los segundos no representan a la cultura occidental. Me parece una comparación muy válida y necesaria para acallar los discursos racistas y xenófobos de la derecha. Pero funciona en ambos sentidos.

Desde la izquierda, al terrorista musulmán se le considera el producto de las condiciones sociales, políticas y económicas en las que vive. Es una víctima de las circunstancias. A un supremacista blanco (como el jovencito que mató a un montón de personas negras en una iglesia en Carolina del Sur) se le considera el producto de una ideología perversa, cuyas semillas están en el racismo generalizado de la sociedad blanca en Occidente. ¿Por qué, entonces, ignorar la presencia de una ideología perversa en el caso del terrorista musulmán? ¿Por qué hacer de cuenta que esa semilla es inexistente en el Islam?

Las condiciones de marginación y pobreza de los jóvenes musulmanes en Europa explica en gran parte por qué son proclives a dejarse seducir por el fundamentalismo islámico. Pero esos factores no son suficientes. Por ejemplo, el por lo general lúcido Jorge Zepeda Patterson, en un típico mea culpa titulado No es ISIS, somos nosotros, menciona el hecho de que un número desproporcionado de musulmanes están en las prisiones de Francia. Bueno, los negros en Estados Unidos también viven en condiciones de marginación y pobreza, y también están despropocionadamente representados en las poblaciones carcelarias. Pero no existe un "terrorismo afroamericano" en Estados Unidos. Existe un terrorismo supremacista blanco.

Además, la pobreza y la marginación en la que crecen los jóvenes de ascendencia islámica en Europa, aunque muy real, es relativa. Tampoco es como si vivieran en una misera abyecta, en casas de cartón en favelas. Esas condiciones a menudo empujan a los jóvenes a la delincuencia, el pandillerismo y el crimen organizado. Pero el crimen ofrece poder, dinero, mujeres y emociones en el presente. El terrorismo tiene motivaciones distintas: el fiel converso no quiere "la buena vida", sino que mata y muere por algo más grande e importante que sí mismo, algo que trasciende la vida terrena.




Mientras la derecha suele explicar el terrorismo blanco como casos de locos solitarios y achacar el terrorismo islámico a la religión musulmana en general, la izquierda suele encontrar las explicaciones al terrorismo blanco en los rasgos más nefastos de la cultura occidental. Pero por alguna razón quita la ideología de las explicaciones del terrorismo islámico, como si las ideas y los valores no tuvieran nada que ver. Decir que "ISIS nada tiene que ver con el Islam" tiene la noble intención de no satanizar a los musulmanes, pero es una afirmación engañosa.

Peor aun, se achaca la totalidad de la culpa del terrorismo a Occidente. Es claro que más de dos siglos de imperialismo europeo y estadounidense en el mundo islámico han contribuido a crear las condiciones para que el terrorismo florezca. Por ejemplo, sabemos que el caos y vacío de poder en la región tras la estúpida, criminal e ilegítima invasión estadounidense a Irak creó un escenario propicio para que el Dáesh se consolidara. Pero sus orígenes se remontan a unos años antes de la invasión gringa. ISIS habría existido con o sin las idioteces imperialistas de George W. Bush.

De alguna forma se considera que los occidentales tienen un poder de elección extraordinario. Podrían elegir no ser racistas, no ser imperialistas, no marginar a los inmigrantes, no hacer caricaturas ofensivas, no prohibir que se use el hijab en las escuelas públicas; si toman las decisiones erróneas es porque son malvados, necios o estúpidos. Pero a los musulmanes no se les concede ese poder de elección y se asume que sólo reaccionan, cual animalitos inocentes, a las condiciones adversas que los occidentales malignamente les crean. Los musulmanes nunca podrían elegir no odiar, no matar, no ser terroristas, no ofenderse por blasfemias idiotas... Sólo son criaturas indefensas, carentes de voluntad o raciocinio, y no son responsables de sus acciones. Los occidentales, por tanto, son los únicos culpables. 

Hay pocas actitudes tan paternalistas y etnocentristas que pueda imaginar, mismas que terminan criminalizando a las víctimas occidentales del terrorismo, a las que se les niega empatía o solidaridad. Eso también es una putada inmoral e indecente (y típica de la izquierda chaira).



Aceptamos que el nazismo no es representativo de la cultura europea, pero que sus raíces se encuentran en corrientes de pensamiento que forman parte del bagaje cultural europeo. Aceptamos que el terrorismo blanco en Europa y Norteamérica no representa a la generalidad de la gente de raza caucásica, pero que el racismo, que justificó conquistas, genocidios y esclavitud, forma parte del bagaje cultural de estos pueblos y que apenas el siglo pasado se ha empezado a exorcizar. Hemos de aceptar también que el Daesh no representa a la generalidad los musulmanes del mundo, pero que detrás de sus acciones está una ideología de muerte que tiene sus raíces en la "religión de la paz", aunque sea una versión corrupta y retorcida de ésta.

Y es que el Daesh no es nada más un montón de personas reaccionado como pueden ante los embates del imperialismo occidental. Reducirlos a un montón de fanáticos que no saben lo que hacen sería como decir que los nazis eran sólo una bola de vándalos. Se trata de un grupo bien organizado, con estrategia, con recursos, con infraestructura, con objetivos bien definidos y con una ideología que promete darle sentido a la existencia: gloria en la supremacía, la lucha, la muerte y la conquista. Justo como lo hacía el nazismo, y una de las razones por las que atrae a jóvenes desarraigados y alienados.

Es indiscutible que Occidente tiene su parte de responsabilidad, y yo creo además que tiene la obligación moral de hacer lo que esté en sus manos para solucionar las condiciones de pobreza y marginación que favorecen el surgimiento de grupos terroristas y el reclutamiento de jóvenes europeos. Es claro que no se debe satanizar a los musulmanes, y considero que ninguna persona con un mínimo de humanidad abogaría por dejar a los refugiados a su suerte en manos de los asesinos. Pero tampoco se puede ignorar el componente ideológico en este conflicto. Ni las condiciones socioeconómicas ni una religión apocalíptica bastan para entender lo que ISIS significa; hay una multitud de factores, y elegir sólo los que convienen a nuestras narrativas preferidas no es más que ceguera.

Es vital en estos tiempos desechar las explicaciones simplistas de una derecha protofascista que quisiera "purificar" a Occidente, se niega a mostrar empatía por los musulmanes que sufren a manos de los fanáticos, y que usa el terrorismo como pretexto para establecer estados policiacos. Pero también hay que desechar los simplismos de una izquierda que quiere perder el tiempo en mea culpas inútiles para sentirse muy santa y pura, y que aprovecha la situación para culpar de todo a Estados Unidos. Corremos el peligro de satanizar a los inocentes y de perder las libertades que se supone son la esencia de la cultura Occidental por un lado, o de subestimar la que bien podría ser la amenaza más grande para la paz en el mundo en los últimos años.




Para empezar a entender este conflicto, les comparto los siguientes enlaces. Ya en mi blog había resumido la situación de la guerra en Siria aquí, y hablado contra la islamofobia tras los ataques a Charlie Hebdo aquí. En esas entradas hay muchos otros enlaces para complementar los que pongo a continuación:

EN ESPAÑOL:

En el origen del Estado Islámico de Guerras Posmodernas
El Califato del fin del mundo de Sabemos Digital


EN INGLÉS:

What ISIS really wants de The Atlantic
Mothers of Isis de The Huffington Post


lunes, 23 de noviembre de 2015

¿Habríamos sido esclavistas?



Hace ya algún tiempo, saliendo de ver la ganadora del Oscar de su momento, 12 años de esclavitud, mi brillante novia me dijo algo que, palabras más o palabras menos, que "Obviamente todo el mundo se conmueve con este tipo de historias, pero es porque la esclavitud ya quedó atrás y entonces cualquiera puede decir que es mala. Se imaginan que ellos no habrían aprobado la esclavitud en esa época, ¿pero cómo lo saben?".

Eso me hizo pensar y desde entonces hemos vuelto al tema varias veces y expandido nuestras reflexiones al respecto, todo lo cual me propongo compartirles en esta entrada. De hecho, muchas de mis entradas cavilosas nacen de conversaciones que tengo con mi novia, y ahora le doy el crédito porque si no me pega.

Bien, el meollo de toda la cuestión es: ¿cómo sabemos que no habríamos sido esclavistas? Es muy fácil mirar al pasado y decir "oh, qué cosa tan horrible es la esclavitud" cuando vives en una época en la que la moral social generalizada rechaza tan abominable institución. Pero, ¿una persona de hoy rechaza la esclavitud porque tiene una conciencia moral autónoma que le permite darse cuenta de que es mala? ¿O simplemente la rechaza porque ha sido educada en una sociedad que la rechaza también?

Temo que quizá en muchos casos es la segunda opción. Aunque por supuesto a cada uno de nosotros le gustaría pensar que de haber vivido en la Louisiana del siglo XIX habría manifestado su repudio por la esclavitud, creo que no meteríamos las manos al fuego por los demás. Lo cierto es que hubo un momento en el que la esclavitud era vista en general como algo inevitable, cuando no deseable. La idea de que podía existir un mundo sin esclavitud era inconcebible para sus defensores. ¿Cómo podrían prosperar las naciones si no se ponía el trabajo pesado sobre los hombros de los inferiores para que los superiores pudieran dedicarse a actividades más nobles? Los que la cuestionaban fueron en un principio una minoría que creció muy poco a poco.

Hoy en día persisten las apologías veladas a la esclavitud; no falta quien diga que "no era tan mala" o que por lo menos a los esclavos se les daba alimento y techo. No hay que irse tan lejos como a los Estados Unidos; en México tuvimos una era de la esclavitud muy reciente: en el Porfiriato las condiciones de los trabajadores de las haciendas era esclavitud en todo menos en el nombre. En su momento por supuesto que encontraban sus apologistas, pero da miedo ver que sigue habiendo quien dice "pues sí, pero había que tratar así a los peones porque eran flojos y no querían trabajar" o "pues sí, pero gracias a eso México era una potencia económica". Y me pregunto ¿cuántos de esos mexicanos que seguramente se conmovieron mucho con la historia narrada en 12 años de esclavitud son indiferentes ante la marginación y explotación, histórica y actual, que sufren los pueblos indígenas?



Una visión pesimista de la humanidad, que a veces me sobrecoge, es que la mayoría de las personas nunca serán capaces de tener una conciencia moral autónoma, sino que simplemente se apegarán a los valores de su cultura y sociedad. Serán unos pocos los que tengan la visión ética para darse cuenta de lo que está mal en los valores de su propia cultura y sociedad, y pugnen por cambiarlos. ¿Cómo saber a qué grupo pertenece cada uno? Nos gusta creer que somos pensadores libres e independientes, ¿pero qué tanto estaremos determinados por los valores de la sociedad en la que crecimos?

La perspectiva se vuelve aterradora cuando pensamos ¿cuál será el equivalente a la esclavitud hoy en día? ¿Qué prácticas, instituciones y valores aceptamos como parte de nuestra sociedad y nuestra cultura, que en el futuro serán considerados barbaridades? Obviamente la esclavitud persiste de forma literal, por ejemplo la trata de personas, aunque oficialmente es ilegal. Pero también me preocupan sus formas maquilladas, como las modernas sweatshops en las que las condiciones de trabajo son inhumanas, y que son aceptadas por gobiernos y legislaturas. No es tan mala como la esclavitud decimonónica o profirista, pero para mí sigue siendo algo atroz y sí espero que un futuro nos deshagamos de esas instituciones y que nuestros nietos las miren con el horror con que vemos las plantaciones de Lousiana (o con el que deberíamos ver a las haciendas de Yucatán). De hecho, hay quien defiende esa forma de esclavitud moderna con argumentos análogos a los que usaban los decimonónicos. ¿Habríamos sido esclavistas? ¡Lo seguimos siendo ahora!

Pero, ¿qué otras tantas prácticas e instituciones bárbaras seguimos manteniendo y defendiendo, considerándolas como males inevitables, como parte del orden natural de las cosas, incluso como aspectos positivos de nuestra sociedad? No lo sé. Quizá a los humanos del futuro, si son mejores que nosotros, les parezca inconcebible que una persona pudiera vivir su vida felizmente mientras otras sufrían la pobreza, la violencia o la marginación. Quizá los animalistas tengan razón y el consumo de productos animales es algo tan aborrecible como el genocidio. Quizá llegue un momento en el que insultarse u ofenderse unos a otros parezca tan incivilizado como batirse en un duelo a machetazos. Quizá sea nuestro sistema penitenciario, o el hospitalario o el educativo. Quizá son cosas que ni siquiera se me ocurren de tan normales que las considero. No podemos estar seguros.




No lo sé; tampoco hay que caer en el "efecto Galileo". O sea, no porque se hayan reído de Galileo significa que cualquier charlatán del que se rían hoy vaya a ser el próximo Galileo. No porque la esclavitud fuera aceptada por una mayoría y denunciada por una minoría en su momento, significa que toda minoría que denuncia nuestras prácticas actuales vaya a resultar tener la razón en el futuro. No creo que las denuncias de los grupos antiabortistas, que consideran la interrupción del embarazo como una de las grandes calamidades y crímenes contra la humanidad de nuestros tiempos, vayan a ser reivindicadas en el futuro.

Pero ¿cómo saberlo? Creo que lo único que podemos hacer es, como siempre digo, en primer lugar tener la conciencia de que podemos estar en un error. Esto no quiere decir que andemos por la vida dudando de todo, que sin puntos de apoyo firmes es fácil deslizarse hacia el nihilismo. Quiere decir que tengamos siempre en cuenta la posibilidad de que nuestros valores y creencias podrían estar equivocados, de forma que si se nos dan las razones suficientes para hacerlo podamos cambiarlos. Lo segundo es siempre mantener una actitud crítica hacia la sociedad en la que vivimos, con la mente abierta para considerar ideas ajenas a las nuestras, pero con fitro para detectar, analizar y desechar posibles patrañas. No es una receta infalible, por supuesto, pero es un inicio.

Bien, quizá después de todo esto nos queda un consuelo. Bien puede ser que la mayoría de las personas jamás cuestionarán los valores de la sociedad en la que viven, pero siempre habrá alguien que lo haga, y con el tesón suficiente, lo que era aceptado pasará a ser rechazado y viceversa. Después de todo, actitudes como el sexismo, el racismo, la xenofobia y la homofobia, si bien persisten dolorosamente en nuestras sociedades y deben ser combatidas, poco a poco van siendo abandonadas por los sectores más ilustrados. Quizá a lo mejor que podamos aspirar es a que gracias al pensamiento crítico y los esfuerzos de algunos, la generalidad vaya aceptando nuevos valores generación con generación. Es una visión elitista que me causa escozor, pero es un consuelo.

Fuente: CNN


No creo que exista ningún curso histórico inevitable; el progreso ético es una cosa muy frágil y basta una crisis para revertirnos a la barbarie. También creo que hay momentos de excesos moralinos, más de pánico puritano que de verdadero progreso ético (la mojigatería de la Era Victoriana, el retorno al conservadurismo en los 50 o, a mi parecer, la histeria políticamente correcta de nuestra década). Nada asegura que nuestros descendientes serán mejores personas que nosotros. Pero evidentemente es posible, como nos lo demuestra Steven Pinker en su monumental The Better Angels in our Nature.

Pero si eso es así, la pregunta permanece: en 100 o 200 años, cuando se mire hacia este periodo de la historia, ¿te mirarán como tú miras a los esclavistas?

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