sábado, 21 de febrero de 2015

La migraña y yo



Padezco migraña desde los once o doce años de edad. Recuerdo la primera vez que me dio un ataque; me encontraba en Campeche, en casa de unos primos míos que tenían computadora. En mi casa no teníamos, por lo que para mí su Acer era una máquina mágica y maravillosa. Pasé la mejor parte de un fin de semana usando el dichoso aparato, literalmente hasta que la cabeza estaba a punto de reventarme.

Nunca había sentido un dolor tan intenso, y eso que crecí como un niño enfermizo, propenso a toda clase de malestares. Sentía que dentro mi cabeza había algo duro, caliente y que latía presionando para romperme el cráneo. Lloraba de dolor mientras mi madre me ponía paños de agua fría para tratar de mitigarlo. Todos pensamos que el dolor había sido la respuesta de mi cuerpo al exceso de pantallas, pero que se trataba de un caso en particular, jamás de que algo pudiera estar mal conmigo. Más tarde ese mismo año sabríamos cuán equivocados estábamos.

El ciclo escolar había comenzado. Recuerdo perfectamente que estaba en la clase de física, mirando mi libreta, cuando vi por primera vez las luces. Me preocupé mucho, pero no estaba seguro de lo que significaban hasta que comenzó el dolor. Un dolor igual o más intenso que el que sentí la primera vez. Me llevaron a casa, me dieron medicamentos, me pusieron compresas, vomité, lloré, grité desesperado...

Poco después me llevaron con un neurólogo, quien me diagnosticó con migraña. Me dijo que era una condición para toda la vida, pero que era más grave durante la adolescencia debido a los cambios hormonales. Me habló de alimentos y actividades que pueden desencadenar los ataques y me recomendó evitarlos. También me recetó unas medicinas para llevar como tratamiento profiláctico y otras para cuando me atacaran los dolores.

No había mucho más que pudiera hacer, él lo sabía y yo ahora lo sé. Pero la sentencia a padecer migraña por el resto de mi vida no nos dejó satisfechos a mí ni a mi madre. Fue aquí donde entraron todos los charlatanes que, siempre aprovechándose de la desesperación de quienes sufrimos alguna enfermedad crónica por la que la medicina científica no puede hacer gran cosa, desvergonzadamente prometen encontrar la solución a sus males. Homeopatía, acupuntura y magnetoterapia son algunas de las "medicinas alternativas" a las que mi mamá (bendita sea) me sometió en busca de una cura contra la migraña. Ninguna, desde luego, funcionó.

En la universidad tuve el privilegio de ser alumno del escritor José Ramón Enríquez, quien resulta que es otro migrañoso. Él me prestó el fantástico libro del neurólogo Oliver Sacks titulado simplemente Migraña, uno de los mejores tratados de divulgación científica que he leído en la vida. Gracias a este libro puede comprender más sobre la enfermedad que me afligía y desterrar de mi pensamiento algunas creencias equivocadas al respecto.

Sin embargo, no voy aquí a hacer una exposición científica de la migraña. Quiero, en cambio, contarles mi experiencia. Ya les di algunos antecedentes, ahora permítanme compartir con ustedes cómo es y ha sido para mí vivir con migraña.



La migraña no es un dolor de cabeza ordinario. Es un dolor atroz, tan fuerte que se siente como si la cabeza fuera explotar. A veces llega a ser tan fuerte que pienso que sería preferible trepanar mi propio cráneo y dejar que salga lo que sea que está presionando desde adentro (de hecho, la trepanación era una práctica relativamente común para tratar la migraña en tiempos antiguos). 

El dolor siempre se concentra de un solo lado de la cabeza. De ahí su nombre, hemi crania: medio cráneo. En mi caso, los dolores se presentan cada vez en lados alternados; es decir, si en un ataque el dolor me da en el lado derecho, en el siguiente me dará en el izquierdo. De hecho, si después de algún tiempo me viene un ataque, es casi seguro que otro me dará a los pocos días del lado que hizo falta.

Yo sufro de migrañas con aura. No es sólo el dolor, sino todo un complejo de síntomas. Para cada persona es diferente, y en mi caso los ataques de migraña siempre vienen precedidos por alucinaciones visuales. Es algo muy difícil de describir; quizá lo más cercano sea compararlas con esos destellos de colores que se ven cuando pasas de un lugar muy soleado a uno muy oscuro. Son lucecillas danzarinas coloridas y burlonas que se mueven en zigzag. Inician como un punto vago, pero que en cuestión de minutos se extienden por tu campo de visión hasta cubrir una toda una mitad. Entonces empiezan a encogerse de nuevo hasta desaparecer, y es cuando empieza el dolor. Es curioso que siempre el dolor me da en el lado opuesto a donde aparecen las luces; es decir, si las alucinaciones cubren el lado derecho de mi campo visual, me dolerá la mitad izquierda del cráneo y viceversa.



Pero lo peor no son las luces, sino la nada. Esto es imposible de explicar para alguien que no lo haya vivido. Las luces danzarinas forman un arco o un semicírculo y dentro de éste lo que se ve es nada. No un espacio vacío, no una sombra oscura o un resplandor blanco. Es nada, como si una parte del universo mismo hubiera desaparecido. Es la Nada de Michael Ende en La historia sin fin

Déjame tratar de ilustrarte: pon tu dedo índice frente a ti. ¿Lo ves con claridad? Ahora cierra los ojos por unos segundos. ¿Qué veías con los ojos cerrados en el lugar en el que se encuentra tu dedo? Oscuridad, ¿no? Ahora, coloca tu dedo detrás de nuca (no vires la cabeza). ¿Qué ves en el lugar en donde se encuentra tu dedo? Exacto: nada. Así es como se ve. Deja que eso se asiente un momento.

Otros síntomas que anuncian ataques pueden ser escuchar zumbidos o silbidos muy agudos, como lo que quedas escuchando después de haber pasado una noche en el antro más escandaloso de la ciudad. Ese tiiiiiiiiiiiii molesto. Bien, en ocasiones yo lo escucho de forma espontánea antes de un ataque, pero a veces me viene completamente al azar, y como viene se va. Un ataque me puede sobrevenir a los pocos días, o puede ser que no pase nada.

También en una ocasión perdí la capacidad de enfocar. Todo lo veía doble, como si estuviera haciendo bizco. Un ataque de dolor especialmente intenso me empezó poco después de que recuperé la vista. En otra ocasión llegué a experimentar sinestesia. Veía el dolor. Se ve como luces verdes y rojas que palpitan.



Además del dolor de cabeza, el síntoma más común son las náuseas, una ganas de vomitar muy fuertes. Mientras vomito el dolor alcanza niveles apenas humanamente tolerables, pero después de que vacío mis entrañas en el inodoro he liberado suficiente presión y siento algo de alivio (y mucho cansancio) que me permite quedarme dormido con más facilidad. Últimamente las náuseas son poco usuales, pero en vez de eso siento muchas ganas de ir al baño; supongo que es otra forma, menos brutal, en la que mi cuerpo busca liberar presión.

Un síntoma más es una extraña sensación de tener intenso calor en la cabeza, pero mucho frío en el cuerpo; tanto frío como para temblar y tanto calor como para sentir la necesidad de meter la cabeza en un balde con hielos.

Algunos medicamentos y drogas y ciertas actividades pueden darme algo de alivio, pero lo único que logra detener el dolor es que yo pueda quedarme dormido por completo, totalmente inconsciente. De hecho, esas medidas que tomo tienen como objeto darme el suficiente alivio para que pueda dormir. 

¿Qué me ayuda a cumplir este propósito? Darme un baño de agua tibia que me relaje es un buen inicio. Lo ideal es encerrarme en una habitación lo más oscura posible, aislada de ruidos molestos y de preferencia con aire acondicionado. Aplico frío en la parte adolorida; tengo compresas de gel siempre en el congelador, listas para usarlas cuando las necesite. Si tienes cerca un alma caritativa que pueda ayudarte a tener un orgasmo eres un ser humano afortunado, pero la verdad es que un paciente con migraña no es la persona más sexy del mundo, y si yo estoy indispuesto con un ataque eso significa que mi esposa se tiene que chutar la chinga de atender la casa y los niños, por lo que no se puede permitir usar tiempo y energía en consentirme de esa manera.

He pasado por diversos medicamentos para tratarme la migraña. Quadrax y Zomig estuvieron en mi botiquín durante muchos años, pero no sé si realmente nunca me ayudaron mucho o es que me fui haciendo insensible a ellos. Hoy, si el dolor no es muy intenso, lo puedo tolerar con una buena dosis de Excedrin, u otra mezcla de aspirina + paracetamol + cafeína. Si el dolor es muy intenso de plano uso Tramadol. En mi afán de poder quedarme dormido me he tomado algún Tafil.

Mi madre solía darme un aceitito chino, el único de todos esos remedios alternativos que me daba algún resultado. Su olor a mentol y eucalipto me relajaba y al aplicarlo en una sien el aceite me entumecía el área, reduciendo el dolor.



Pero para estos casos nada supera a la cannabis. Sí, lo admito abiertamente: he usado marihuana para tratarme durante mis ataques de migraña. Alivia el dolor casi hasta desaparecerlo, inhibe las náuseas y me relaja lo suficiente como para poder dormirme, y también reduce el malestar que me dejan las secuelas. Lo malo es que obviamente es ilegal (y difícil de conseguir para un burguesito insulso como yo), y que al fumarla me irrita por el calor y por el humo, de hecho aumentando el dolor ligeramente antes de que el tetrahidrocannabinol haga efecto y empiece a sentir alivio. Si la marihuana medicinal fuera legal, podrían hacerse pastillas de cannabis para que los pacientes de migraña pudiéramos tomarlas y acostanos a dormir, sin necesidad de lidiar con narcomenudistas o amigos hippies, sin vernos a obligados a aceptar un producto de calidad dudosa, y sin tener que consumirla fumándola, actividad no es muy agradable que digamos. ¡Legalícenla!

Mencionaba las secuelas. Después de "dormir la migraña" (un sueño incómodo, muy a menudo acompañado de horribles pesadillas) despierto casi sin dolor. Es decir, ya no me duele todo el tiempo, sólo cuando hago algún movimiento brusco, me inclino o me levanto de golpe, toso o estornudo. Entonces se siente como si dentro de mi encéfalo tuviera colgando un tumor de carne caliente y palpitante que se golpea contra las paredes de mi cráneo. Pero si me quedo tranquilo, es bastante tolerable.

Al despertar de la migraña siento una fatiga total, una astenia que me impide moverme más que con suma lentitud. También siento mucha tensión en todas mis articulaciones, como si todo mi cuerpo hubiera estado engarrotado y necesitara estirarse, pero de poco en poco porque duele moverse de nuevo. Extrañamente, me da mucha hambre, con un antojo en particular por alimentos salados y grasosos. No sé por qué será esto.



Con la migraña también me viene un profundo bajón emocional, casi como una depresión exprés. Me pongo muy sensible: toda agresión o adversidad me producen una seria desazón y a menudo tengo ganas de llorar... y lloro. Más de una vez he tenido pensamientos suicidas durante el ataque y sus secuelas. Sé que todo es porque la química de mi cerebro me juega malas pasadas, pero no lo puedo evitar. Un poco de dulzura y comprensión son necesarias para sobrellevar esta etapa.

Otros síntomas relacionados con la migraña se me presentan aún cuando no estoy en un cuadro migrañoso. Ya mencioné los zumbidos que escucho de vez en cuando. A menudo también me dan dolores de cabeza "leves", de ésos que puedo tratar con un par de aspirinas. A veces las venas y arterias de mi cabeza y cuello laten tan fuerte que se puede sentir fácilmente y hasta ver a simple vista. Si me ponen un estetoscopio al pecho o me toman el pulso en la muñeca todo parece normal, pero si tocan mi cuello o mis sienes las sentirán retumbando de forma que asusta. En esas ocasiones los latidos son tan fuertes que puedo verlos: visualicen que la imagen que tienen frente a ustedes late con fuerza y se deforma con cada sístole y diástole. Tum-tum, tum-tum, tum-tum...

La luz me tortura cuando tengo un ataque de migraña, pero de por sí me es molesta, incluso en la vida cotidiana. Desde chico he huido de la luz y buscado la oscuridad. Me es casi imposible dormir si hay alguna fuente de luz en la habitación, algún resquicio por el cual se cuelen los rayos luminosos. Puedo hacerlo si el nivel de luminosidad es más o menos parejo, pero cuando hay por ejemplo un foquito o una rendija por la que se cuela la luz exterior, esto casi siempre me produce dolor de cabeza.

Por cierto, ya les he hablado de las medidas que me ayudan a paliar el dolor, ahora mencionaré las cosas que me lo provocan. Para cada persona es diferente; por ejemplo, existe una lista estándar de alimentos que se sabe que pueden desencadenar ataques, pero en realidad no a todos les afectan todos los alimentos de la lista. En mi caso, no me hace mal el chocolate (por fortuna, porque la vida no tendría sentido sin él) ni las fresas, los lácteos o los embutidos.

Sí, en cambio me hacen mal el café, las bebidas energéticas tipo Red Bull y la cerveza, lo cual no es tan malo porque ni me gustan. Tampoco es que me causen ataques invariablemente, pero si consumo mucho de estas bebidas, o muy seguido, es casi seguro que me dará migraña en los días siguientes. Eso es una lata porque ahora, que ya he llegado a los 30, a veces necesito café para poder quedarme trabajando durante la noche. Al final he decidido que las migrañas no valen la pena y lo dejé casi por completo.



Los cítricos me pueden causar ataques de migraña inmediatos. Puedo tomar una naranjada, o comer algún dulce de limón sin problemas, pero chupar una naranja natural o comerme una mandarina a gajos casi de seguro me provocará una migraña ipso facto.

El vino tinto puede provocarme ligeros dolores de cabeza, pero nada que no pueda controlar con aspirinas; sólo si de plano me emborracho me arriesgo a una migraña, pero de todos modos yo sólo bebo con moderación y desde hace muchos años que no me embriago.

Las luces brillantes e intermitentes y los ruidos fuertes, agudos y repetitivos pueden causarme migraña. También la falta de sueño, el saltarme alguna comida, el intentar dormir con la luz prendida o el pasar mucho tiempo sin tener sexo (es en serio). Y por supuesto el estado de ánimo influye: el estrés, el coraje o la tristeza profunda pueden producirme ataques. Curiosamente, la migraña tiene la decencia de esperar a que los momentos de mayor intensidad emocional hayan pasado antes de presentarse. Es decir, si ando muy estresado durante días porque tengo que terminar algún deber, la migraña aparece ya una vez que he concluido y bajado la guardia. Es como si mi cuerpo esperara a cumplir con sus obligaciones antes de decir "ahora sí nos ponemos fuera de servicio".



Lo más difícil a lo que un paciente de migraña se enfrenta, después de la enfermedad en sí, es a la incomprensión de los demás. La migraña es una enfermedad benigna, no el sentido de que te haga algún bien, sino que no daña el organismo. Tampoco tienen síntomas visibles, excepto la cara de sufrimiento que ponen quien la sufre (y el vómito, cuando lo hay). Es decir, para una persona es imposible ver la migraña, y entonces le es muy difícil hacerse una idea de lo mucho que la persona está sufriendo.

Uno puede recibir empatía por parte de los demás las primeras veces que explica "tengo migraña". Pero esa empatía se convierte rápidamente en fastidio cuando ven que los ataques se vuelven frecuentes. La gente tiende a culparte de tus migrañas, creen que depende de tu voluntad, que lo único que tienes que hacer es relajarte y concentrarte y convencerte a ti mismo de que no existe el dolor. Creen que si te da migraña es que no te estás cuidando, que no estás haciendo lo suficiente para evitarlo.

Y pues no: uno puede hacer algunas cosas para reducir la incidencia y la gravedad de los ataques, pero ultimadamente éstos se dan de forma aleatoria. Algo que me enseñó el libre de Oliver Sacks es que finalmente nadie sabe a ciencia cierta por qué se da la migraña y que no tiene cura.

Pero los demás (jefes, colegas, amigos, incluso tu propia familia) llegan a pensar exageras o provocas tus migrañas para zafarte de tus responsabilidades, como si pudiera existir algún quehacer tan tortuoso que fuera preferible padecer un ataque. Piensan que pedir oscuridad y silencio para convalecer son sólo pesadeces tuyas. Esto es especialmente doloroso cuando eres una persona que se esfuerza por cumplir con su deber y demostrar que es responsable. En cuanto la enfermedad ataca te conviertes en un estorbo, en un fastidio, porque quedas incapacitado y ya no puedes hacer las cosas, y en este mundo los demás te valoran por lo que puedes hacer y cómo eso los beneficia o perjudica. Te sientes Gregorio Samsa convertido en cucaracha.



Lo cierto es que aquel primer neurólogo tenía razón: mis ataques de migraña fueron mucho peores en la adolescencia. El dolor me duraba por horas, las náuseas y vómitos eran casi inevitables, el ataque y sus secuelas me dejaban incapacitado por lo menos durante dos días, y a menudo me tenían que inyectar analgésicos. Después de los 20 años mis ataques se hicieron menos frecuentes e intensos. Podía vivir seis meses o más sin tener uno, el dolor se iba con unas tres o cuatro horas de descanso y las secuelas se esfumaban en cosa de 24 horas.

Recientemente las migrañas se han hecho otra vez muy frecuentes. En mes y medio he tenido cinco ataques, casi uno por semana. También han sido tan fuertes como cuando estaba en la adolescencia. He vuelto a ir con un neurólogo, el cual me ha recetado un nuevo tratamiento, además de indicarme algunos cambios en mi estilo de vida: comer menos alimentos procesados, hacer más ejercicio al aire libre y tomar mucha agua. Lo estoy intentando.

Hace años, motivado por la lectura de Oliver Sacks escribí este cuento en el que plasmo la experiencia de un ataque de migraña (fue publicado en la revista Este País... sólo lo menciono por farol). También les incluyo aquí un artículo del gran Sacks. Espero que con estos textos pueda contribuir un poco al entendimiento de esta enfermedad y lo que sufrimos quienes la padecemos.  Lo que los pacientes de migraña necesitamos es precisamente eso: un poco de comprensión y paciencia.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Antes que nada, muchas gracias por escribir esta entrada. No se por que, siempre es reconfortante saber que alguien entiende tu dolor invisible. También gracias por las recomendaciones de lectura.
Finalmente me parece que se escapó un "conpartir" antes de la foto de Sacks.
Buena vida.

Sombrerudo dijo...

Yo también uso la descripción de Michael Ende para la "nada", pero hay una más aterrizada: la hipotensión ortostática. Es cuando te levantas de golpe y se te "nubla" la vista, viendo nada. A todos les ha pasado y sí lo entienden.

Tenía otras correcciones... pero me puse a repasar la neuralgia del trigémino y entre más leía, más incapaz me sentía de corregirte.

Leí tu cuento sobre la migraña. Lo más aterrador fue la indiferencia. Es lógico que una migraña duele más que, digamos, una pierna rota, porque el dolor somático tiene sus mecanismos de atenuación, pero el dolor neurálgico no. Y es obvio: así como el sistema inmune no puede combatir al sida, el sistema nervioso no puede arreglar un error en sí mismo.

Lo aterrador es que dijiste "médicos". Alguien que conoce cuál es el motivo de tu dolor y, aún así, no puede o no quiere comprenderlo.

Me da rabia imaginarme a algún jefe tuyo contemplando la idea de rebajarte un día, al faltar por un "simple" dolor de cabeza. Hijosdeputa medievales que no faltan en México. Pero me alegra que vivamos en un mundo en los miopes puedan ver, las infecciones curarse, y tu enfermedad ser medianamente atenuada; más aún, sean miembros respetados de la sociedad, cuando antes eran parias poseídas por demonios o tratados como humanos de segunda.
Y estás aquí, formando parte del sistema nervioso del internet, compartiendo ideas.
Saludos.

Gary Rivera dijo...

oooh dios que mala noticia!!! se de esos dolores, he tenido migrañas agudas y pasajeras, usualmente por mis alergias a ciertos medicamentos.
Espero tus pequeños no tengan el mismo problema.
Caray! que colera! y tanta sabandija con salud de roble! no me parece justo!

Sofia G dijo...

No sabes como te entiendo!!! Mi familia me acusa de comer o tomar porquerias que me atacan al higado...no se como hacerles entender que el dolor de cabeza no es normal... despues de un dia muy largo o mucho cansancio o mis periodos aparece la migraña, lamentablemente he tenido que terminar en varios hospitales cuando comienzan las nauseas poque no puedo tomar analgesicos via oral y me tienen que inyectar...sigo buscandole la vuelta. Saludos!

Petunia Wollstonecraft dijo...

No sabes cómo te entiendo, me vienen las migrañas unos días antes de padecer los "dolores" de "esos días" y he sentido el deseo de tomar una cuchara para servir helados y arrancarme de cuajo el globo ocular... y el frío corporal y la fiebre en la cabeza... ufff es caótico. Espero que dejes de padecer tan seguidos tus dolores y que puedas seguir con "normalidad tu vida"... hace años tenía blogs y dejé de usarlos... Me gustaría seguir leyéndote.

Karol

Luis Miguel PM dijo...

hola gracias por tu artículo sabes ya hace mucho tiempo padezco esta migraña, waoo!!! pensé que era el único que la tenía pero es emocionante saber que existen personas que aprendieron a sobrellevarla, espero que te encuentres bien...saludos cordiales from Ecuador

Maik Civeira dijo...

Hola, Luis Miguel. Te agradezco que escribas. Si algo he aprendido es que da mucho consuelo saber que hay otras personas que padecen esta enfermedad. Saber que no estás solo es una gran diferencia. Si quieres comprenderla mejor, te recomiendo mucho leer "Migraña" de Oliver Sacks.

Sandra Luz dijo...

Hola, la verdad es agradable saber que hay mucha gente compartiendo a este amigo difícil que es la migraña, yo apenas estoy en mis 20 y me va de la mierda, casi lloro porque me sentí tan identificada con lo que escribiste, pero bueno, saludos, me pasaré a leer tu cuento :)

Maik Civeira dijo...

Hola, Sandra. Me alegra saber que esto te ha hecho sentir bien al respecto. Gracias por leer y comentar.

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