lunes, 23 de marzo de 2015

El conocimiento es social


Solos no sabemos nada. Juntos lo sabemos todo.

Estoy seguro de que si alguien astuto y perspicaz se tomara la molestia de leer todos los textos que he publicado desde 2007 en este blog, encontraría una enorme cantidad de fallas. De entrada, seguro habrá muchos errores factuales que seguramente he cometido a lo largo de mi carrera blogueril y que alguien con mayores conocimientos que los míos podría señalar con facilidad.

Eso sin contar las afirmaciones que hoy en día el consenso considera conocimientos establecidos, y por lo tanto yo también, pero que en un futuro bien podrían quedar descartados. Peor aún: podría ser que yo sostengo posturas que para generaciones venideras serán consideradas absolutamente aborrecibles y a mí ni se me habría ocurrido (como Aristóteles, que con la esclavitud no tenía problema alguno).

También sin duda hallarán contradicciones, incoherencias y falacias de todo tipo en mi pensamiento tal como se ve reflejado en estos escritos. Incluso si descontamos el inevitable cambio en mis ideas que se habrá dado de forma imperceptible y gradual a lo largo del tiempo, es probable que de un texto a otro me esté contradiciendo a mí mismo o esté faltando a mi propia coherencia interna.

¿Me preocupa mucho esto? La verdad, sí. Nadie quiere vivir voluntaria y conscientemente en el error. Pero, por otro lado, el error es inevitable, porque los seres humanos somos falibles. Claro, yo creo en la honestidad intelectual, trato de ser congruente conmigo mismo, y aunque soy humano y cometo errores, eso no significa que deba simplemente bajar la guardia y dejar de esforzarme por evitarlos. Cualquier incongruencia o falta de coherencia o lógica que puedan encontrar ha sucedido sin darme cuenta y sin malicia, pueden estar seguros de ello.


Además, lo que me sirve de consuelo para no preocuparme demasiado, mis conocimientos, mis ideas, mis pensamientos, como individuo, no importan gran cosa. Porque el valor del conocimiento no es individual sino social.

Sí, mis conocimientos me aportan beneficios (y a veces problemas) y hacen que mi vida sea mejor, y algo de ello beneficia a las personas cercanas a mí, y dese luego que el bienestar personal y la felicidad individual importan, pues es absurdo pensar en una sociedad feliz sin individuos felices.

Déjenme explicarles lo que quiero decir con eso de que el valor del conocimiento es social. Verán, todos los seres humanos somos limitados; ninguno puede entenderlo ni preverlo todo, ni siquiera los grandes genios y ni siquiera en un solo tema. Nadie está exento de cometer errores, de dejarse llevar por los sesgos y prejuicios de su época, su cultura o su clase social, o por las inclinaciones y preferencias de su personalidad, aunque tratemos honestamente de ser lo más rigurosos, objetivos e imparciales (esfuerzo que, creo, es una responsabilidad).

En cambio, es como sociedad, como civilización, como especie, que vamos construyendo el conocimiento, llevando a cabo una Gran Conversación humana, en la que las visiones, ideas y saberes de unos complementan, aumentan o corrigen los de otros. Cada quien estará cegado por sus propias subjetividades, pero entre todos podemos ir superando las deficiencias en nuestro quehacer y nuestro pensar, tomando nota de las incongruencias en el trabajo de los demás, aprendiendo los unos de los otros, a través de las generaciones y de la geografía. Es la suma de lo que todos sabemos lo que importa, y la forma en la que usamos ese conocimiento para mejorar nuestras vidas.

He ahí la clave del conocimiento científico; no es, como nos ha pintado la cultura popular, el resultado del trabajo de un genio que en la soledad de su estudio o su laboratorio da con alguna Verdad. No, es un trabajo en equipo, que lleva años de experimentos, verificaciones, correcciones y añadidos que nunca terminan. No hay una Verdad, sino verdades provisionales, siempre susceptibles a ser revisadas, corregidas y aumentadas.




Genios hay, sin duda, en el sentido de que existen y han existido individuos cuyas capacidades intelectuales han sido extraordinarias en comparación con las de la generalidad; pero como ya había dicho en otra entrada, su genialidad no basta para hacer avanzar el conocimiento, sino que es necesario el trabajo de muchas personas. Además, los genios también cometen errores, a veces muy graves, pueden sostener posturas repugnantes, y con ello llegan a causar mucho daño. Pero tarde o temprano sus fallas son superadas por las generaciones posteriores, mientras que sus aportes pasan a formar parte de un acervo colectivo que sobrevive a las edades.

Por eso es que la vida del erudito que se aísla de la sociedad para refugiarse en su biblioteca, alejado del vulgo ignaro, no es admirable sino inútil. Como el tipo introvertido y ligeramente misántropo que soy, imagino que ha de ser una vida muy satisfactoria, pero no por ello menos inútil. Los conocimientos de ese sabio morirían con él, y habrá sido como si jamás hubiese existido. El conocimiento sólo es valioso si se comparte y se transmite.



En la misma línea, es peligrosísimo elevar la obra de un individuo o un grupo al grado de conocimiento supremo e incuestionable. Cuando esto sucede, hay un estancamiento, pues se asume que lo que dijo el Maestro (sea Buda, Jesús, Aristóteles, Marx, Freud o quien sea) es básicamente la respuesta definitiva, el cristal a través del cual se debe mirar e interpretar la realidad, y que basta hacer exégesis de sus textos para encontrar respuestas a prácticamente todo. Ello reduce o elimina la posibilidad de corregir los inevitables errores de pensamiento que habrán tenido incluso las mentes más brillantes, y de ver más allá de las limitaciones que todos los seres humanos tenemos. El conocimiento sólo es valioso si está sometido a crítica, revisión y confrontación constantes.

Finalmente, porque el conocimiento es social, son peligrosas la ignorancia y la superstición cuando empiezan a propagarse y adquirir fuerza en el seno de las sociedades. Me refiero a la ignorancia no sólo como falta de conocimientos (todos somos ignorantes en ese sentido: todos), sino como esa fuerza arrogante, prepotente y activamente hostil hacia el conocimiento. Precisamente por eso es riesgoso adoptar una actitud complaciente y decir de aquellos que predican la superstición que no más hay que dejarlos en lo suyo, creyendo lo que quieran creer, que no hay problema mientras nosotros sí estamos en lo correcto. Por lo general la postura más decente y civilizada es la de "vive y deja vivir", pero cuando la ignorancia gana terreno, hay que combatirla de frente, porque si se le da suficiente espacio, puede llegar a posiciones de poder desde las cuales tenga la facultad arrasar el saber colectivo y arrojar a las sociedades de vuelta a etapas de oscurantismo (vimos un ejemplo reciente con los anti-vacunas). El conocimiento sólo es valioso si estamos dispuestos a defenderlo de la ignorancia.




Así que, en conclusión, es bueno, es loable, yo diría que es necesario, que cada uno de nosotros trate de aprender todo lo que pueda de la mejor manera posible, que aprenda a pensar y razonar evitando las incongruencias, las falsedades y las falacias, que se esfuerce por desarrollar al máximo sus capacidades humanas. Pero siempre a sabiendas de que nadie puede saberlo todo, que la objetividad y la racionalidad perfectas y absolutas son imposibles; y sobre todo, que importan menos mi erudición y mi genialidad que el conocimiento que ahora mismo, continuamente, infinitamente, estamos construyendo como especie.

No soy un genio, sé que yo no haré ningún gran descubrimiento, ni construiré un sistema filosófico que cambie al mundo, y seguramente he dicho y seguiré diciendo muchas tonterías. Pero, ¡hey! no importa. Mis tonterías serán olvidadas, y me contento con haber enseñado algo de lo bueno a alguien, de haber dado una buena idea, de haber enunciado alguna buena frase para esta Gran Conversación.

3 comentarios:

Alvaro Murga dijo...

Yo te agradezco este blog Ego. (Pero solo te pondré velas en tu cumpleaños).

Anónimo dijo...

no se, te amo <3

Maik Civeira dijo...

Gracias, Álvaro.
Ehr... Gracias, anónimo.

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