jueves, 30 de julio de 2015

La malvada conspiración que mató a los tranvías



Hola, mis estimados contertulios (y hola, estimadas contertulias que no se sienten incluidas en el masculino plural). Hoy quiero contarles de una época maravillosa del pasado: la primera mitad del siglo XX. Bueno, la época en sí quizá no era tan maravillosa, con todo eso de las guerras mundiales, la crisis económica, los genocidios y esas cosas... pero había algo maravilloso de aquella época: los tranvías. 

Hubo un tiempo, más o menos a partir del fin de la Primera Guerra Mundial y hasta mediados del siglo XX, en el que los tranvías eléctricos eran el símbolo de la modernidad en algunas de las grandes ciudades del mundo (incluyendo la capital de nuestro país). Especialmente en Estados Unidos, eran responsables de transportar al 90 por ciento de la transportación urbana. Eran económicos, limpios, seguros y relativamente baratos de mantener. En fin, el medio de transporte ideal para urbes en crecimiento.

Los automóviles, por otra parte, eran considerados un lujo, y aún cuando los métodos de producción en serie implementados por Henry Ford los hicieron asequibles para más compradores, la mayoría de las personas seguían pensando que poseer un auto propio era innecesario, dada la excelente calidad del transporte público.

Pero en algún punto de la historia, los automóviles se fueron haciendo más y más populares, al alcance de la clase media asalariada. La historia posterior es bien conocida: la gante ya no tenía que vivir cerca de su lugar de trabajo o escuela, sino que podía mudarse a cómodos suburbios en las afueras de la ciudad; los gobiernos invirtieron más y más en infraestructura para los automóviles, tales como calles, avenidas y autopistas. Los núcleos urbanos se volvieron más extensos y menos densos, y el automóvil pasó a ser un elemento sin el cual la vida moderna sería inimaginable.



¿Qué fue lo que pasó? Acérquense... Más cerca... Les voy a contar un secretito... ¿Qué pensarían si les dijera que una malvada conspiración de los plutócratas capitalistas mató al tranvía eléctrico para abrir camino al advenimiento del automóvil? ¿Ah, no me creen? Lean:

En la década de 1930, General Motors, Goodyear, Firestone y algunas compañías petroleras se unieron para llevar a cabo su plan malvado. Imaginen la escena, con todos los CEOs de estas importantes y malignas empresas, cada cual con su monóculo y su chistera, sosteniendo sus martinis y riendo perversamente en una habitación en tinieblas mientras afinaba los detalles de su conspiración para destruir al pobre tranvía.

¿Cómo lo harían? Crearon empresas de tranvías, las cuales compraron las líneas existentes y luego las dejaron quebrar. Para la década de 1950, 900 de los 1,200 sistemas ferroviarios públicos habían sido desarticulados. La ciudad de Los Ángeles tuvo alguna vez 1,500 millas de rieles; a pocos años de que General Motors comprara las compañías locales, no quedaba ningún tranvía. En todas partes fueron reemplazados por autobuses y coches particulares.



"Un momento, Ego, ¿qué te pasó? ¿En serio estás diciendo que un hecho histórico es el resultado de una perversa conspiración de capitalistas malvados? ¿Cuándo te uniste a los conspiranoicos? ¿Ya estás usando un sombrero de aluminio?"

No se me alebreste, mi querido hombre de paja. Esta historia que acabo de contarles tiene algo de cierto, pero no todo. Como siempre, las cosas son más complejas de lo que parecen. Verán, las corporaciones antes mencionadas, y en particular General Motors, sí crearon y compraron empresas de tranvías, y sí, el colapso definitivo de este sistema de transporte vino poco después. Es más, en 1947 esas grandes corporaciones fueron llevadas a juicio y encontradas culpables de conspiración y monopolio (por lo cual tuvieron que pagar una multa risible).

Pero la parte en la que todas ellas tenían un plan malvado para acabar con el sistema de tranvías para fomentar el uso y compra el automóvil es, por decir lo menos, cuestionable. Lo cierto es que, contrario a lo que dicen las leyendas de un pasado idílico en el que todo mundo andaba en tranvía feliz de la vida (no olviden que podemos culpar a los tranvías por la obra de Frida Kahlo), este medio ya se encontraba en decadencia desde antes de que GM y el resto de la Legión de la Maldad las comprara. Parece que su plan no era destruir al tranvía, sino beneficiarse de su decadencia.

En cambio, una multitud de factores rodean a la caía del sistema de tranvías en los Estados Unidos y como en muchos asuntos históricos, es difícil saber qué es causa y qué es consecuencia de qué: la Gran Depresión, la suburbanización de las ciudades, el estancamiento tecnológico (los tranvías no innovaban, los automóviles sí), relaciones laborales difíciles, el hecho de que los tranvías requerían inversión privada y pagaban impuestos mientras la infraestructura automovilística era construida por el gobierno, ectétera. En fin, parece ser que el declive del tranvía y el ascenso del automóvil son dos fenómenos históricos que se iban influyendo el uno al otro a manera de círculo vicioso.



¿Para qué les cuento esta anécdota? Bueno, como de toda historia, siempre hay algo que aprender:

1.- Una lección sobre capitalismo: Las grandes corporaciones de casi lo que sea son a menudo muy ojetes, y llevan a cabo acciones moralmente cuestionables, cuando no de plano ilegales, como fue la conspiración encabezada por General Motors. Es razonable tener una actitud de suspicacia hacia ellas y es importante mantenerlas vigiladas y reguladas por instituciones públicas que en efecto respondan a la ciudadanía y cumplan con su trabajo... por lo menos hasta que podamos abolir al ente mismo de la corporación.

2.- Una lección sobre la historia: Ésta es altamente compleja; rara vez se podrá encontrar un evento que no sea multafactorial, en el que se pueda señalar sin ambigüedades a un solo hecho como la causa de otro. Más aún, aunque vimos que las conspiraciones existen, es simplista pensar que los cambios históricos se dan de acuerdo con un guión. La complejidad de nuestras sociedades impide que los rumbos de la historia puedan ser dirigidos adrede según un plan concienzudamente planeado. O sea, ni queriendo.

3.- Una lección sobre escepticismo: Sí, las conspiraciones existen. Por ejemplo, la Conspiración de Querétaro para iniciar el movimiento de independencia de México. O la conspiración para asesinar a Abraham Lincoln y a otros miembros del gobierno estadounidense. O el montaje del incidente en el Golfo de Tonkin para justificar la entrada oficial de Estados Unidos a la Guerra de Vietnam. O el complot del gobierno de Richard Nixon para espiar a sus rivales políticos. O el golpe de Estado auspiciado por al CIA para derrocar al gobierno de Salvador Allende en Chile.

Pero, ¿saben cuál es la diferencia entre estas conspiraciones y otras tantas como la supuesta falsificación de la llegada del hombre a la luna, o el supuesto autoatentado contra el World Trade Center en 2001? Evidencias, pruebas, documentos, testimonios confiables, el reconocimiento de expertos e instituciones y hasta coherencia narrativa. Los mencionados en el párrafo anterior son todos hechos históricos que se han demostrado más allá de toda duda razonable. Y es que las conspiraciones reales nunca permanecen en secreto por mucho tiempo, además de que sus metas son más bien específicas y su alcance es bastante limitado. Por ejemplo, la conspiración de General Motors sobre los tranvías sólo abarcaba a algo así como un 10% del sistema, por lo que no hay forma de achacarle el declive de ese noble medio de transporte en todo el país (menos en el mundo).




Muchas teorías de la conspiración, de ésas que se popularizan en la cultura pop y en las redes sociales, pueden parecer razonables a primera vista (¿Hubo un complot para matar a Kennedy? ¿Carlos Salinas mandó a asesinar a Luis Donaldo Colosio?), pero carecen de pruebas que las sustenten. Y no, decir "es que eso les conviene" o "es que son tan malos que son capaces de hacerlo" no cuentan como evidencias.

Otras más, como la del Apolo 11 o la de las Torres Gemelas, son tan delirantes y tan absolutamente faltas de pruebas, que requieren de la complicidad de prácticamente todos los gobiernos, corporaciones, instituciones científicas y medios de comunicación del mundo. Es decir, se requiere de una conspiración inverosímil, fantásticamente colosal, sólo para explicar por qué no aparecen pruebas de las conspiraciones menores. 

Y claro, en la mente de los conspiranoicos, una cosa explica a la otra en delirante lógica circular: "Mis teorías de la conspiración son reales. No hay pruebas, porque la conspiración es tan perfecta que oculta todas las pruebas. Eso demuestra que mis teorías de la conspiración son reales." Eso, sin contar que los teóricos de la conspiración a menudo creen en una o más historias, por más descabelladas que sean, y aunque se contradigan entre sí, con tal de que le lleven la contraria a la "historia oficial". Desde luego, ninguna cantidad de evidencias ni argumentos lógicos convencerían jamás a los conspiranoicos de hueso colorado, porque su problema no es falta de información, sino sesgos de pensamiento que ya tienen muy enraizados.

La teoría de la conspiración de los tranvías ha cobrado popularidad en años recientes, en que las ideas sobre urbanización están cambiando: se reconocen las desventajas del automóvil y se llega a satanizarlo, los jóvenes huyen de los suburbios y van a revitalizar los centros urbanos, se insiste en la necesidad de una movibilidad sustentable que incluya a la bicicleta y al transporte público. Es fácil ver cómo en este clima el tranvía puede ser idealizado, y sin comprender cómo un medio en apariencia tan perfecto, se recurre a una historia de complots para explicarse su desaparición.

La máquina de movimiento perpetuo y energía ilimitada, la fusión fría y el auto eléctrico son otros protagonistas usuales de las teorías de conspiración. Se supone que han sido inventados y funcionan a la perfección, pero que se les oculta (y hasta se dice que se asesina a los científicos que los desarrollan) para mantener el statu quo. Y es que en el fondo a todos nos gustaría creer que la solución a los problemas de nuestra modernidad (incluyendo la movilidad urbana, la contaminación y el cambio climático) están ya en algún lado, ocultos por una fuerza maligna que todo lo controla. Ojalá fuera así de fácil. Pero no, resulta que si queremos transformar la realidad el primer paso es reconocer lo compleja que es.

Mientras tanto, una revitalización de los tranvías y vehículos públicos similares ya es una realidad en varias ciudades del mundo. Esta vez, han sido modernizados y creo que las nuevas ideas sobre urbanización y movilidad sustentable han creado un ambiente propicio para su regreso. Quizá en un futuro no muy lejano veas tranvías por tu ciudad y ésta se convierta en un lugar mejor. Esperemos que así sea.



4 comentarios:

Luis dijo...

¿No era precisamente esa conspiración en la que se iba a basar originalmente la segunda temporada de True Detective? Que se iba a tratar de "la historia secreta de los sistemas de transportación norteamericanos". Igual y les habría quedado mejor.

Maik Civeira dijo...

Pues no sé, pero es la trama de "¿Quién engañó a Roger Rabbit?"

Anónimo dijo...

En el puerto de Veracruz, aún hay mucha gente que opina "pinche gobierno vendió los tranvías a Estados Unidos y tan chidos que eran y bonitos", allá aún se conserva uno conocido como "el tranvía del recuerdo"

Una imagen de como se ve actualmente (o más o menos actual)
http://photos.wikimapia.org/p/00/03/07/48/34_big.jpg

Saludos
Joako

Sergio Reyes dijo...

Coincido plenamente con la teoría de la conspiración en contra de los bellísimos tranvías. Es precisamente la misma teoría que he sostenido durante muchos años acerca de la desaparición de los ferrocarriles en México. Los intereses de camioneros insertados en puestos públicos influyeron para que nos quedáramos sin un transporte ferroviario de pasajeros, lo cual es absurdo. Somos de los pocos países en el mundo que no tenemos este servicio.

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