miércoles, 22 de julio de 2015

¿Resistencia o conservadurismo?


Este texto aparecerá en el No. 5 de la revista Nini


A finales del siglo XV, cuando Italia atravesaba un proceso de transformación cultural y social sin precedentes que hoy conocemos como Renacimiento, sobresalió la figura de un personaje que opuso una tenaz resistencia a estos cambios. El fraile Girolamo Savonarola (1452-1498) estaba convencido de vivir en una era de decadencia moral, cuya máxima encarnación era el papado en manos de los Borgia. Para Savonarola no había nada de grandioso en el auge artístico que vivía Italia (y cuyo epicentro era su misma ciudad natal, Florencia), sino que veía en él la expresión más perversa de presunción y banalidad terrenales. La “alegría por la vida”, parte fundamental del espíritu humanista del Renacimiento, le parecía una aberración, que llevaba a hombres y mujeres a olvidarse de sus deberes con el Señor y a entregarse al disfrute de lujos y vanidades. Era la forma más horrible del hedonismo materialista moderno.

Savonarola veía con añoranza los siglos que hoy conocemos como Edad Media. Él creía en un pasado idílico, ya perdido, en el que los hombres vivían en austeridad y temor de Dios, conscientes de que esta vida era sólo una transición, un valle de lágrimas cuyo objetivo era servir como campo de pruebas para que hombres y mujeres se ganasen la entrada a la Vida Verdadera al demostrar su fe y viviendo acorde a Ley de Dios.

Convencido  de  sus  ideales,  Savonarola  dirigió  un  feroz  movimiento  de  resistencia  contra  el Renacimiento y a favor de los valores tradicionales del Medioevo. Mientras Maquiavelo sentaba las bases de la teoría política moderna y Da Vinci pintaba La Última Cena, Savonarola y sus seguidores recorrían las calles de Florencia invitando a todos a quemar sus joyas, adornos, libros, obras de arte y demás fruslerías en la hoguera de las vanidades.



Veamos otro ejemplo, uno más antiguo. Después de la conquista romana de Grecia, la cultura helénica llegó con gran fuerza y vigor al territorio romano. La literatura, el arte y la filosofía de Grecia tuvieron una enorme popularidad entre las generaciones más jóvenes de romanos, pues desde su  punto  de  vista,  se  estaban  civilizando  al  aprender  de  una  cultura  más  desarrollada.  Sin embargo,  muchos  romanos  de  mayor edad estaban  horrorizados  ante  la transformación que sufría su sociedad.

Catón el Viejo (234-149 a.C.), un insigne estadista, militar y escritor, es el mejor representante de esta resistencia  contra  la  helenización  de  la  cultura  romana.  Para  él,  la  civilización  griega  era decadente, materialista, hedonista y afeminada. Su tendencia a la contemplación y a la filosofía (una  actividad  superflua  e inútil) le  parecía  un  peligro  para  los  tradicionales  valores  romanos, fundamentados en la vida agrícola y militar, austera y jerárquica, que habían sido la clave del éxito y la gloria para estos descendientes de Rómulo. Los escritos de Catón se dirigían en contra de este proceso de erosión de su propio mundo por una influencia extranjera.

Savonarola y Catón tienen algo en común: ambos estaban oponiendo una vigorosa resistencia  en contra  de  lo  que  ellos  percibían  como  una  destrucción  de  su  cultura,  su  mundo  y  los valores tradicionales que daban sentido a su vida. Sus esfuerzos, podemos ver a la distancia del tiempo, estaban destinados al fracaso. Más aún, podemos encontrarlos chocantes si consideramos que tanto la helenización de Roma como el Renacimiento representaron grandes mejoras con respecto a lo que había antes  (la  brutal,  barbárica  e  iletrada  cultura  romana  y  el  Medioevo  teocéntrico,  feudal, supersticioso y analfabeta). 



Hoy en día nos encontramos ante casos de resistencia de las llamadas “sociedades tradicionales” (en particular los pueblos indígenas de América Latina) que se oponen a que sus sociedades sean transformadas  por  la  imposición  de  los  valores  y  costumbres  de  “la  cultura occidental”, que ostenta la hegemonía a nivel mundial. Desde el punto de vista de muchos entre los pueblos en resistencia (y de los occidentales que simpatizan con ellos), la cultura occidental es materialista, individualista, frívola, superficial, voraz y hedonista; en síntesis, una amenaza a sus valores, estilo de vida y cosmovisión.

¿Cómo es diferente la resistencia de estos pueblos que quieren preservar sus tradiciones a los esfuerzos de hombres como Catón, Savonarola? ¿Cómo es diferente esta resistencia a la de los conservadores (como los panistas mexicanos o el Tea Party gringo) que miran con horror cómo los valores tradicionales que antes eran la guía de toda su sociedad ahora se encuentran amenazados por una modernidad a la que ellos perciben decadente y materialista? ¿Acaso no caemos a menudo  en  una  idealización  del  pasado  pre-colonial de  la  misma  forma  en  que  Savonarola idealizaba  la  Edad  Media?[1]  ¿Por  qué  algunas  resistencias  parecen  heroicas  a  ojos  de  los izquierdistas mientras otras son descartadas y desestimadas como mero conservadurismo, si no reacción violenta?

Estas  preguntas  se  nos  plantean  desde  el  liberalismo  anglosajón  clásico  (que  en  México  está representado por intelectuales como Enrique Krauze) como una forma de evidenciar la falta de congruencia  en  las  ideologías  de  izquierda.  Y  aunque  es  válida  hasta  cierto  punto  y  tales incongruencias ocurren muy a menudo, la cuestión no es tan sencilla como se antoja a simple vista.

Veamos,  en  el  caso  de  Savonarola  hallamos  un  ejemplo  de  resistencia  en  contra  de  una transformación  que  provenía  (y  ésta  es la  clave)  del  seno  su  propia  cultura.  Había  influencias extranjeras  (provenientes  del  recién  destruido  Imperio  Bizantino),  pero  el  Renacimiento  era  un fenómeno fundamentalmente italiano. Catón se resistía a la influencia de una cultura extranjera, sí; pero los griegos habían sido conquistados por los romanos y carecían de todo poder militar o político,  mientras  que  los  romanos  fueron  quienes  adoptaron  libremente  la  cultura  griega, fascinados por ésta. Es decir, Catón, Savonarola, como los conservadores actuales en Occidente, se resisten contra cambios que se originan desde sus propias culturas. 



Las sociedades tradicionales del mundo, por otra parte, oponen resistencia contra cambios que les vienen  impuestos  por  civilizaciones  que  ostentan  la  hegemonía  política,  que  no  les  permiten escoger  cuáles  de  esos  rasgos  culturales  importados  les  convienen  y  cuáles  no,  cambios  que muchas  veces  penetran  en  su  mundo  con  tal  violencia  que  lo  desbaratan  y  provocan  la descomposición  de  su  tejido  social  (verdadera  descomposición,  no  como  la  que  alucinan  los conservadores que ocurrirá si, por ejemplo, se legaliza el matrimonio gay).

Más allá de los beneficios de los desarrollos culturales que Occidente podría brindar a cualquier ser humano (los conceptos de democracia, derechos humanos y equidad de género son de origen occidental, así como la noción de que todas las culturas merecen respeto por igual), hay que tener en cuenta la diferencia entre resistir ante la imposición externa y resistir ante el cambio inevitable que experimenta la propia sociedad. Esta diferencia no es suficiente para saldar la cuestión sin más argumentos, y desde luego que hay otros factores a tener en cuenta, pero es un elemento importante que no se debe descartar.

Un reclamo similar que desde el liberalismo clásico se hace a la izquierda es que mientras  en Europa la xenofobia (otra forma de resistencia) es propia de los círculos conservadores (y hasta reaccionarios), en América Latina es un rasgo de los grupos progresistas de izquierda. Pero si bien la  xenofobia  (entendida  como  el  rechazo  hacia  todo lo  extranjero)  es  una  actitud  sin  duda irracional,  en  Europa  tiene  su  origen  en  el  odio  a los  inmigrantes  pobres  que  llegan  a  buscar trabajo (provenientes de países que fueron alguna vez sus colonias), mientras que en América Latina  se  dirige  contra  los  dueños  de  grandes  corporaciones  que  llegan  a  explotar  recursos naturales  y  mano  de  obra  barata  (provenientes  de  países  que  históricamente  colonizaron  o explotaron estas tierras). Y esa no es una diferencia que se pueda simplemente desestimar.

En  conclusión,  el  conservadurismo  es  una  forma  de  resistencia,  y  algunas  resistencias  son  en principio  conservadurismo.  Un  izquierdista,  en  especial  un  izquierdista  occidental,  que  quiera subirse al carro de la defensa de las tradiciones de una cultura ajena a la suya, debe preguntarse en cada caso si lo que está apoyando es una resistencia basada en los principios de los derechos humanos,  el  antiimperialismo  y  el  anticolonialismo,  el  respeto  a  la  diversidad  cultural  y  el derecho de todas las personas a tener una identidad comunitaria, o si, por otro lado, está defendiendo alguna forma de conservadurismo cimentada en el aferrarse a la tradición y a un pasado idílico que nunca existió. De lo contrario, podríamos encontrarnos con que, lejos de ser progresistas, nos hemos subido al mismo barco que Savonarola y compañía.




[1]  Me viene a la mente Evo Morales diciendo que antes de la conquista los indígenas podían llegar a vivir 200 años, y otras afirmaciones por el estilo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Bastante flojita esta entrada

Has partido tu analisis de una premisa falsa o no comprobada. De que los pueblos buscan quedarse tal y como estan cuando es obvio que todas sus nuevas generaciones buscan tener el smartphone de moda y adaptarse lo mas rapido y pronto posible a la cultura occidental citadina. En su mayoria quienes buscan tener a los pueblos tal y colo estan en su estado puro son neohippies occidentales newageros, caciques que ven perdidos su privilegios, o populistas demagogos como Chavez o Evo.

Maik Civeira dijo...

El propósito de esta entrada era mostrar que el conservadurismo puede venir tanto de la izquierda como de la derecha, y exhortar a los camaradas de izquierda a reflexionar siempre sobre sus propias posturas, no sea que caigan en el conservadurismo creyendo que están siendo progresistas.

Quizá la entrada me quedó flojita, pero no sé a qué premisa falsa o no comprobada te refieres. En cambio, generalizaciones como "todas sus nuevas generaciones buscan tener el smartphone de moda" es pueril y refleja ignorancia sobre las resistencias indígenas y la lucha contra el colonialismo. Algunas personas sí, otras no; algunas comunidades son más abiertas al contacto con el mundo occidental, otras más cerradas; muchas escogen lo que hallan conveniente de la modernidad y rechazan lo que amenaza su estilo de vida.

Decir que "en su mayoría quienes buscan tener a los pueblos tal y como están en su estado puro son neohippies, caciques y populistas demagogos" es igualmente falso: es cierto que esas actitudes existen en los personajes que mencionas, pero también se dan, y con fuerza, en el seno de las comunidades indígenas, del tercer y cuarto mundos. Es también una actitud condescenciente y paternalista, análoga a la de los hippies demagogos y demás "ellos quieren tener smartphones de moda, pero los hippies no los dejan" "ellos quieren vivir en su tradición, pero los occidentales les imponen la modernidad", actitudes arrogantes que tienen en común el presumir de saber lo que el otro quiere y lo que le conviene sin dignarse a preguntar.

Anónimo dijo...

Esta es la premisa falsa

"Hoy en día nos encontramos ante la resistencia de las llamadas “sociedades tradicionales” (en particular los pueblos indígenas de América Latina) que se oponen a que sus sociedades sean transformadas por la imposición de los valores y costumbres de “la cultura occidental”, que ostenta la hegemonía a nivel mundial. Desde el punto de vista de los pueblos en resistencia (y de los occidentales que simpatizan con ellos), la cultura occidental es materialista, individualista, frívola, superficial, voraz y hedonista; en síntesis, una amenaza a sus valores, estilo de vida y cosmovisión"

Asi tal y como está se lee como si la mayoria de los integrantes de la mayoria de los pueblos indigenas estuvieran en contra de la occidentalización y esto es algo que no pones enlaces como en otras ocasiones para sustentarlo.

Asumo que tal vez no querias decirlo asi, pero asi es como suena.

Maik Civeira dijo...

De acuerdo, admito que la redacción se presta a esa interpretación. Lo que quise decir no fue que siempre es así, sino que existen los casos, y en abundancia. Voy a corregir la redacción, gracias por el comentario.

No puse enlaces porque el texto original es para una revista impresa. Pero hay varios casos ejemplifican la complejidad de esta situación, la dualidad entre tomar lo bueno de la modernidad (como caminos, celulares o medicinas) pero preservar la identidad cultural que los caracteriza, los conflictos generacionales, la lucha contra la cultura hegemónica, etc. Soy lector de la National Geographic y a menudo aparecen reportajes sobre estas sociedades. Para muestra, un botón, le pongo algunos de los que me acordé sin ponerme a revisar:

http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/ng_magazine/reportajes/8912/valor_los_kapayo.html

http://www.nationalgeographic.com.es/2012/01/27/los_ultimos_nomadas_las_cuevas.html

http://ngm.nationalgeographic.com/2012/08/pine-ridge/fuller-text

http://www.mediasolutions.com.mx/ncpop.asp?n=201302020257237401&t=

http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/ng_magazine/reportajes/7115/voces_que_extinguen.html

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