martes, 10 de noviembre de 2015

Los monstruos de la razón

Francisco de Goya tituló Los caprichos a una serie de 80 grabados que publicó en 1799. En ellos, el artista español satirizaba a la sociedad de su tiempo. Uno de dichos grabados ha alcanzado gran notoriedad a lo largo de la historia. Muestra a un hombre dormido, el artista mismo, rodeado de búhos y otras criaturas nocturnas, que representan sus obsesiones y sus pesadillas. Lo que más ha llamado la atención es la leyenda "El sueño de la razón produce monstruos".



¿Cuál es el significado de esta imagen y de esta leyenda? Muchas han sido las interpretaciones, no menos problemáticas por la polisemia de la palabra "sueño". He notado esto sobre todo en la anglósfera, pues en inglés "sueño" puede traducirse como "dream" o "slumber", y a su vez "dream" puede entenderse como "desire" o "delusion". Pero antes de tratar de interpretar lo que Goya quiso decir, partamos de esta poderosa imagen y de la críptica leyenda que la acompaña para ver qué reflexiones podemos construir, según cada una de las interpretaciones posibles mientras disfrutamos de algunos de sus grabados más hermosos y elocuentes.

EL ANHELO DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS




Una de las interpretaciones con las que me he topado es la antirracionalista. El anhelo, el deseo de la racionalidad produce monstruos. Esta postura está típicamente ejemplificada en el rechazo a la modernidad de románticos decimonónicos y de posmodernos contemporáneos. El ideal racionalista se entiende como una forma más de tiranía, una que quiere oprimir el poder de la voluntad, la imaginación y los sentimientos, encajonándolo todo en esquemas cuadrados. Tal es la postura romántica y encuentra eco hoy en día en críticas hacia el sistema educativo o el establishment científico.

En su vertiente posmó, este rechazo antirracionalista encuentra su causa al señalar los excesos que vinieron tras el "culto a la razón" del Siglo de las Luces. Tras la Ilustración, la Revolución Francesa, y ultimadamente el horror de Robespiere y la guillotina, y las matanzas cometidas durante las Guerras Napoleónicas. Asimismo, la deshumanización que supuso la Revolución Industrial, con la destrucción del medio ambiente y la explotación de la incipiente clase obrera. También, desde luego, las guerras mundiales, que usaron la ciencia y la técnica (la razón) para crear armas cada vez más destructivas. Y, como cereza del pastel, el Holocausto, llevado a cabo de forma perfectamente racional, genocidio cometido con la misma eficiencia que la producción en cadena de Ford.

Anhelar la razón, despierta a los monstruos, como dice Roger Osborne en su libro Civilización: una historia crítica del mundo occidental, que suscribe por completo la postura antes descrita. Todos esos horrores de la guillotina, Napoleón, el colonialismo, las guerras mundiales y el Holocausto son producto directo del afán racionalista, de la Ilustración. La abstracción, nos dice Osborne, destruye la experiencia, y a ella prefiere "los aspectos comunales, locales, interpersonales, instintivos, extemporáneos e impresionistas de la vida". De ahí que prefiera la Europa germanocéltica a la grecolatina, y el Medievo al Renacimiento.

Después de todo, como artista Goya pertenecía a la corriente romántica y había experimentado en carne propia los atropellos de la invasión napoleónica a España, la maquinaria destructiva emanada de la Revolución Francesa y la Ilustración. Osborne afirma que es ello a lo que Goya se refiere en su grabado. ¿Pero puede sostenerse esta interpretación?



No. En primera, porque es una burrada e implica una interpretación equivocada de lo que es la racionalidad y lo que significa ser racional. Pero sobre todo, porque eso de atribuir todos los males de la humanidad a la Ilustración, porque sucedieron después de la Ilustración es muy guay entre posmodernillos y gente que cree que "antes estábamos mejor", pero es una falacia post hoc ergo procter hoc, además de que no tiene sentido.

Porque, verán, nunca le ha hecho falta al ser humano pretextos para esclavizar, colonizar, conquistar y sojuzgar a medio mundo, pero fue a partir de la Ilustración que se empezaron a cuestionar estas acciones. Cierto es que, con más frecuencia que no, los mismos ilustrados compartían muchos de los peores valores de la sociedad de su tiempo, y que hacían sus maromas mentales para justificarlas. Pero lo importante es que esas actitudes existían antes de la Ilustración, y que esta revolución cultural sentó los principios con los que fue posible cuestionarlas y combatirlas. Porque resulta que el racismo, el sexismo, la homofobia, la xenofobia y el nacionalismo son actitudes profundamente irracionales.

Robespierre era un fanático paranoico que al final de su régimen del terror se trepaba a una montaña de papel maché a predicar sobre la diosa de la virtud. Es decir, no precisamente un tipo muy racional. Tampoco era que los soldados de Napoleón llevaran sus copias del Novum Organum mientras mataban y violaban por media Europa. Las ideologías fascistas no sólo no son producto de la Ilustración, sino que son abiertamente anti-ilustradas. No prometían el bienestar ni la igualdad (mezquinas metas burguesas), sino la gloria y el conflicto. Rechazaban la razón para abrazar la voluntad y el instinto, y su genealogía se remonta más bien al Romanticismo, el movimiento cultural que se caracterizó por su rechazo hacia los valores ilustrados.

Por cierto, que eso de las fronteras entre Romanticismo e Ilustración no están muy claras cuando se trata de personas particulares. Es decir, claramente Voltaire es un ilustrado y Lord Byron es un romántico, pero hay muchos artistas y pensadores que se encuentran a medio camino, como Victor Hugo, Goethe y, ¿adivinan? Goya.

Resulta que Goya no sólo estaba familiarizado con las ideas de los ilustrados, sino que las compartía. Sus Caprichos son una obra típicamente ilustrada: una sátira que se burla de los comportamientos absurdos e irracionales de sus contemporáneos. Es tan ilustrada como sus Asuntos de brujas o su Saturno devorando a uno de sus hijos son pinturas típicamente románticas.

Sea como sea, el comentario de Goya no puede ser, como afirma Osborne, en contra de los excesos de la racionalidad encarnada en las guerras de Napoleón, pues los Caprichos se publicaron en 1799 y la invasión francesa a España ocurrió en 1808. Entonces, ¿qué era lo que Goya quería decir?

EL DORMITAR DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS



Otra interpretación nos dice que cuando al dormirse la razón aparecen los monstruos. Ésta viene a ser la lectura diametralmente opuesta a la de la primera, puesto que advierte de los peligros de abandonar la razón para dejarse llevar por el instinto, la pasión o el fervor religioso o ideológico.

Perder la capacidad de raciocinio, ya sea por un arrebato emocional (como la cólera o la tristeza) o por estar bajo los efectos de substancias, puede convertirnos en seres destructivos o autodestructivos. El fanatismo, que conlleva la supresión del pensamiento crítico, puede hacer que la gente odie, lastime o mate a quienes considera enemigos. Las turbas iracundas, que se dejan llevar por el instinto del rebaño, incapaces de pararse un momento a pensar, actúan como fiscales, jueces y verdugos cuando ejecutan linchamientos, tanto reales como morales. Ya lo decía Voltaire: "el que puede hacerte creer insensateces, puede hacerte cometer atrocidades". Y Bertrand Russell:



Quien haya flirteado con la depresión sabe que los pensamientos irracionales pueden ser destructivos y difíciles de desechar. Son esos pensamientos que llevan a ver el mundo y a uno mismo, como a través de gafas de negatividad. Parte importante de la terapia cognitiva, no sólo para la depresión sino para muchos problemas, consiste en ayudar al paciente a identificar esos pensamientos irracionales, para que se dé cuenta de lo absurdos que son.

Pero bueno, no hay que darle muchas vueltas al asunto, de hecho existen explicaciones oficiales. Un manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional de España nos dice: Portada para esta obra: cuando los hombres no oyen el grito de la razón, todo se vuelve visiones. Y al pie de la imagen de un dibujo preparatorio para este grabado, el mismo autor anota que la intención de su obra solo es desterrar bulgaridades perjudiciales, y perpetuar con esta obra de caprichos, el testimonio solido de la verdad.

Así que el mensaje de Goya era sin ambigüedades, a favor de la racionalidad. La historia nos ha enseñado una y otra vez que cuando la razón se duerme los monstruos despiertan.

LA ILUSIÓN DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS



Pero más allá de lo que Goya quiso decir, podemos buscar nuestras propias reflexiones a partir de su grabado y la leyenda que lo acompaña. Una tercera interpretación que es compatible con la segunda y que le concede algún punto a la primera: En el afán por ser racional se puede caer fácilmente en la ilusión de que ya se es.

Pues sí, resulta que no siempre somos tan razonables como pensamos, ni siquiera las personas más inteligentes. Aristóteles, el padre de la lógica, era un tipo muy racional, pero no tenía ningún reparo en decir que las mujeres y los esclavos eran naturalmente inferiores a los hombres libres. Santo Tomás de Aquino utilizó sus notables dotes intelectuales para justificar el dogma del catolicismo de forma que él creía que era razonable. Como ya vimos, no se pueden achacar los males de la modernidad al intento de ser racionales, pero sí es cierto que en nombre de la razón se han cometido toda clase de atrocidades. No se puede negar que la esclavitud, la servidumbre, la sumisión de la mujer, el colonialismo, las guerras de conquista han sido justificadas en algún punto de nuestra historia con argumentos que pretendían ser racionales.

Pues resulta que los seres humanos no somos tan buenos para razonar, como para racionalizar; es decir, para llenarnos la cabeza con excusas que nos dan la falsa certidumbre de que lo que pensamos y hacemos va de acuerdo a la recta razón. Especialmente las personas más inteligentes son proclives a racionalizar sus propias tonterías. Es más, resulta que como especie somos bastante estúpidos, proclives a toda clase de sesgos cognitivos. Y si bien podemos aprender a evitarlos, no evolucionamos para razonar a la perfección, sino de forma mínimamente conveniente para nuestra supervivencia.

Pero nos creemos muy chuchos y pensamos que estamos pensando muy bien. Lo que da miedo es ¿cómo sabemos que estamos pensando bien? ¿Cómo podemos estar seguros de que razonamos y no racionalizamos? La buena noticia es que las neurociencias y las ciencias cognitivas están empezando a descifrar nuestros procesos mentales y que ya existen organizaciones dedicadas a promover el pensamiento claro (como Less Wrong y Clearer Thinking). La mala es que somos mejores para detectar las debilidades de pensamiento ajenas que las propias. Además, la gente en los albores de la Primera Guerra Mundial, antes de precipitarse a medio siglo de desastres, ya creía tener resuelto el secreto del pensamiento racional. ¿Cómo saber que no nos estamos engañando a nosotros mismos y llevándonos por un camino de destrucción? ¿Cómo podemos estar seguros de que ahora sí estamos descubriendo el camino del pensamiento claro? ¿Cómo sabemos que no estamos produciendo monstruos?



Quizá la respuesta esté en admitir que no podemos ser perfectamente racionales, pero que vale la pena hacer el esfuerzo, teniendo siempre en cuenta que podríamos estar equivocados y que aún nos queda mucho por aprender. Tratar de ser razonables, pero ser humildes a la vez, de forma que cuando descubramos nuestro error seamos capaces de reconocerlo y corregirlo en vez de aferrarnos a él. Creo que ésa es la ventaja que podemos tener sobre quienes nos precedieron: la conciencia de que sin importar cuánto aprendamos y progresemos, seguimos siendo humanos y falibles. No es un dispositivo a prueba de errores, pero sí una válvula de emergencia en caso de desastre.

Es cierto, no podemos ser perfectamente racionales, pero ésa no es excusa para no intentarlo, ni para dejarse llevar por la pasión, el fanatismo, el instinto y la superchería. Éstos indudablemente producen monstruos. Pero también debemos estar alertas para no caer en la autocomplacencia, en la falacia de que todo lo que se nos ocurra debe ser razonable porque somos personas por lo general muy lúcidas. Debemos recordar que somos igual de humanos y tan proclives a los errores de pensamiento como nuestros predecesores. En este humilde reconocimiento está la esperanza de no despertar a los monstruos.


Aquí pueden ver Los Caprichos completos en gran formato.
Aquí pueden verlos acompañados de comentarios y descripciones.

7 comentarios:

Carlos Angeles dijo...

Como siempre tu claridad de pensamiento es impecable. Al final me quedó meditando en una idea que me ronda desde hacer un tiempo. A riesgo de parecer magufo, creó que parte de la educación de un niño debe pasar por el autoconocimiento, en medida en que una persona sea capaz de reconocerse con todos los miedos y fallos, y tenga claro de donde vienen será capaz de hacer frente al mundo con mejores herramientas que el pensamiento mágico; ser capaz de una sana autocrítica creo que nos permite ser crítico también con lo que n nos pongan enfrente.

Carlos Angeles dijo...

Como siempre tu claridad de pensamiento es impecable. Al final me quedó meditando en una idea que me ronda desde hacer un tiempo. A riesgo de parecer magufo, creó que parte de la educación de un niño debe pasar por el autoconocimiento, en medida en que una persona sea capaz de reconocerse con todos los miedos y fallos, y tenga claro de donde vienen será capaz de hacer frente al mundo con mejores herramientas que el pensamiento mágico; ser capaz de una sana autocrítica creo que nos permite ser crítico también con lo que n nos pongan enfrente.

Jorge Alex Laris Pardo dijo...

Excelente entrada. Por pura casualidad he estado buscando bibliografía en días anteriores para debatir la postura antirracionalista de John Ralston en "Los bastardos de Volitare". Cuando uno lee casos como estos entiende la importancia de obras como la historia de la violencia de Steven Pinker, aunque tenga algunos defectos.

Israel Alfredo Caicedo Torrado dijo...

Muy bueno fomentar ser más autocrítico.

Maik Civeira dijo...

Gracias a todos por sus comentarios.

Anónimo dijo...

Cuando alguien menciona "magufo" es hasta gracioso que este blog parece más adcrito al linchamiento de los "magufos" (sea lo que sea eso).
Así que es dudoso que el cuadro de Goya pueda ser un antecesor legitimo del movimiento "escéptico" que tienen como divinidad a Rusell.

Alvaro Murga dijo...

Los monstruos están despertando, los monstruos están despertando...

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