miércoles, 30 de diciembre de 2015

El lado oscuro de la utopía



" La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que camine nunca la alcanzaré. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar".
Fernando Birri




Me gusta esta cita, que a menudo se encuentra en los Internetz, y que ha sido recogida por muchos movimientos sociales contemporáneos. Habla de la necesidad de creer en un mundo mejor, pues sólo empezando por convencernos de que tal mundo es posible, podemos dar los primeros pasos para construirlo. Pero hoy quiero hablarles de otro aspecto de la utopía: su lado oscuro.

¿Cómo puede haber un lado oscuro, si el concepto mismo trata de una sociedad perfecta? ¿Acaso no promete la felicidad para todos? Bien, es ahí en donde la cosa empieza tornarse tenebrosa, pues hay dos afanes en la historia del pensamiento utópico que lo echan todo a perder: el totalizador y el apocalíptico.

El afán totalizador consiste en querer interpretar toda la realidad social con base en un único paradigma, en el pensamiento de una sola persona o de una sola corriente. He ahí el peligro, porque la mente humana y la sociedad humana son los sistemas más complejos que conocemos, y asumir que podemos comprenderlos a la perfección y con base en esa comprensión construir una sociedad totalmente perfecta es una receta para el desastre. Hasta las mentes más brillantes, hasta los pensadores más profundos y lúcidos se encuentran limitados por su propia individualidad, por sus experiencias personales, por los hechos que desconocen, por las ideas que no se le han ocurrido y, por supuesto, por el contexto histórico, cultural y social en el que vivieron. 

¿Es razonable creer que las nociones de sociedad perfecta de un pensador del siglo XIX, por más valiosas que sean sus aportaciones, se aplicarían tal cual al mundo de hoy? No lo creo. Porque, finalmente, la suma de todos nuestros conocimientos como especie hoy por hoy apenas están empezando a entender la complejidad de la mente y la sociedad; ¿cómo tomarse en serio la pretensión de que una sola persona o grupo de personas sea capaz de entender todo lo necesario para crear la utopía? Hasta las ideas de las más grandes mentes deben ser entendidas como puntos de partida, como inspiración para nuestras propias investigaciones y reflexiones, como los hombros de los gigantes sobre los que nos toca pararnos, y no como el dogma de una doctrina, ni la culminación de todo el pensamiento que sólo requiriera de su aplicación precisa (si acaso con algunas actualizaciones y notas al pie).




Por otro lado, el afán apocalíptico es el de la idea de que habrá un fin de la historia, es decir, que podemos llevar el desarrollo de la sociedad humana hasta tal punto de perfección que toda transformación ulterior sea no sólo innecesaria, sino imposible; consiste en pensar que de realizarse un ideal en específico no existe nada más. Pero esto es negar la naturaleza misma de las sociedades humanas, en las que la única constante histórica es precisamente el cambio. Birri y Galeano estaban muy conscientes de que las utopías sirven para que sigamos caminando por siempre. Nunca para detenernos, ni para pensar que algún día podremos detenernos.

La tentación de pensar que tenemos ya LA receta definitiva para la utopía es peligrosa, porque si por lo que luchamos es la felicidad perfecta para todo los seres humanos, entonces ¿qué podría no ser legítimo para lograr ese anhelo? ¿Y quién puede ser más malvado, más merecedor de nuestro odio, que aquél que se opone a la construcción de esta felicidad? ¿Acaso no cualquier medio sería válido si lo que vamos a lograr es la perfección? ¿No valdría la muerte de una persona, o de mil, o de un millón, si al final quienes quedan vivos habitarán un mundo utópico en donde no habrá más sufrimiento? 

Meo Zedong lo dijo tal cual:


"Si la mitad de la raza humana pereciera, la otra mitad permanecería mientras el imperialismo quedaría destruido. Sólo el socialismo prevalecería en el mundo, y en medio siglo la población crecería de nuevo."

Además, ¿no sería la máxima responsabilidad moral impedir que las personas se salieran del recto camino, aun si es necesario regresarlos al redil contra su voluntad? Pues en efecto, cuando ya se sabe a ciencia cierta cómo es que todos deben actuar, hablar y pensar para lograr el orden absolutamente perfecto, la libertad de elección se vuelve no sólo innecesaria sino indeseable; un caprichito burgués, insignificante junto al proyecto de la felicidad total. Lo único que hace falta es que los que poseen la Ideología Verdadera (es decir, la receta real de la utopía) tomen el poder absoluto y la lleven a cabo sin oposición.

Esta cita de Milan Kundera lo expresa muy bien:

"El totalitarismo no sólo es el infierno, sino el sueño del paraíso, el sueño milenario de un mundo en el que todos vivirán en armonía, unidos por una voluntad y una fe comunes, sin secretos los unos de los otros. Si el totalitarismo no explotara estos arquetipos, que se encuentran profundamente enraizados en todos nosotros y en todas las religiones, nunca habrían atraído a tantas personas, especialmente durante las primeras etapas de su existencia. Una vez que el sueño del paraíso comienza a convertirse en realidad, sin embargo, aquí y ahí las personas empiezan a quitar de su camino a quienes se interponen, y así los gobernantes del paraíso deben construir un gulag junto al Edén. Con el paso del tiempo el gulag crece y se vuelve más perfecto, y el paraíso adjunto se encoge y empobrece."




Aclaro que esta entrada no es una defensa de actitudes conservadoras. No se trata de defender un reformismo timorato. Tampoco abogo por la renuncia a la lucha por crear un mundo mejor, ni por la renuncia a los ideales y valores. Estar conscientes de que no podemos saberlo todo para establecer la utopía no significa renunciar a tener posturas que hayamos adoptado a conciencia y por convicción. No estoy con aquellos que preferirían dejar las cosas en paz, sin agitar las aguas, por miedo a que buscando el cambio se pierda lo que ya se tiene. No creo que lo que haya que hacer es dejar que las cosas sigan su curso porque las transformaciones necesarios llegarán solitos tarde o temprano; en especial porque muchas personas seguirán muriendo, sufriendo y siendo explotadas en lo que llega ese cambio. Yo creo que en la evolución de la sociedad humana han sido y son necesarios los momentos revolucionarios; momentos en los que es indispensable provocar una ruptura brusca, una transformación radical. 

De lo que se trata es advertir en contra de la ciega locura de que se puede entender a la perfección lo que se necesita para construir el paraíso; se trata de alertar contra la idea de que lograr ese cambio lo vale todo, así sea soportar años de guerras civiles o establecer regímenes totalitarios. Se trata de advertir contra la tentación de justificar o minimizar la muerte de inocentes, la persecución de los que piensan diferente, la supresión de las libertades individuales en nombre de la utopía. 

¡Cuidado! No se crea que estas advertencias sólo aplican al comunismo, como seguramente algunos lectores en la derecha estarán tentados a interpretar. Las sociedades capitalistas prometen también una utopía, con su fin de la historia, con su receta para alcanzar la felicidad perfecta siempre y cuando no quiera cambiarse el guión establecido. Pero es una utopía aun más perversa en cuanto a que es individual, una utopía en la que tú puedes ser perfectamente feliz si te esfuerzas lo suficiente, y en la que no tienes que preocuparte por la felicidad de los demás; en fin, una utopía mezquina en la que tienes que aceptar la desigualdad y la injusticia como parte del orden natural, y que es también hostil hacia cualquier intento de transformación que no vaya sobre su mismo paradigma, pues puede significar la pérdida de este estado de gracia en el que nos encontramos y que es lo mejor que se puede lograr.





Conociendo la historia, nunca podría defender la tesis conservadora de que de todas las revoluciones ha surgido solamente muerte, destrucción y caos; los ha habido, sin duda, pero no han sido éstas las únicas consecuencias de las revoluciones. No podemos deshacer, por ejemplo, la Revolución Francesa o la Mexicana, de modo que cuando se discuten sus logros y sus fracasos realmente no se trata de ellas, sino de la necesidad y validez de posibles revoluciones presentes y futuras. Lo difícil es jugar qué tanta muerte, destrucción y caos son aceptables a cambio de las transformaciones que se quieren lograr. He ahí el gran dilema moral que no se debe eludir, ni por parte de quienes defienden las revoluciones ni quienes las rechazan por de fault.

De cualquier forma, no todas las revoluciones han sido violentas. Los movimientos sociales más relevantes de nuestros tiempos han sido fundamentalmente pacíficos (esto no quiere decir que hayan estado exentos de episodios violentos), y los más efectivos han sido los que han tenido objetivos concretos y métodos bien definidos. Creo que éstos han sido los que mejor se ajustan a las palabras de Birri sobre la utopía: movimientos que son pasos y que saben que el andar nunca terminará. Muchísimas personas alrededor del mundo invierten grandes esfuerzos en construir sociedades más justas, libres y equitativas, ya sea desde el activismo, el voluntariado, la educación, la investigación científica, la crítica social, etcétera. Es precisamente gracias a estos esfuerzos que la humanidad continúa en su incesante camino hacia la utopía.


Pero hasta la más modesta de las luchas en pos de la justicia implica riesgos y sacrificios. Aun si nos libramos de la idea de que nuestra lucha será capaz de lograr la utopía de una vez y que por lo tanto todo método es legítimo, ¿cómo se puede establecer cuáles sacrificios valen la pena para lograr nuestros propósitos? Las protestas de la Primavera Árabe fueron siempre pacíficas y tenían un objetivo conreto, que era derrocar regímenes dictatoriales. Pero, salvo en Túnez, estas luchas derivaron, sin quererlo, en caóticos vacíos de poder y cruentas guerras civiles. Las ambiciones de los que participaron en estas protestas no eran irracionalmente utópicas, ni se dispusieron a conseguirlas por medios inhumanos. Sin embargo, las poblaciones de los países de la Primavera Árabe han tenido que pagar un precio enorme por sus anhelos de libertad y democracia, y los conservadores en todas partes se han deleitado con esto porque "demuestra", según ellos, que el afán revolucionario está inevitablemente destinado al fracaso.





Entonces, ¿deberíamos adoptar una conducta tímida? ¿No hacer nada, ni siquiera manifestaciones pacíficas, porque todo puede salir terriblemente mal? ¡No lo creo! Pero, al suponer que vale la pena hacer el intento, ¿no me pondría en el mismo bando de quienes pensaban que estaría bien aniquilar a la mitad de la población humana si con ello se lograra establecer la utopía?


Creo que podemos encontrar proporciones; no es necesario caer por pendientes resbalosas. Por ejemplo, creo que la situación en México no amerita una revolución armada, ni la toma del poder por asalto por parte de un grupo de fieles siguiendo a algún caudillo iluminado. Sí creo que amerita una resistencia armada en ciertas zonas rurales del país, en donde la gente tiene que defenderse o perder la vida, la libertad o los medios de subsistencia. Y definitivamente creo que hacen falta movimientos sociales masivos y organizados, y sí creo que comparado con aquello contra lo que se lucha y con lo que se espera conseguir, el vandalismo menor y las vías públicas bloqueadas son daños colaterales que no representan una tragedia ni de lejos tan terrible como quisieran vendernos desde el discurso reaccionario.

Pero, ¿cómo podemos tener un criterio para establecer los límites? Mi respuesta es: la dignidad humana. Mientras los objetivos sean fomentar la libertad, la justicia y el bienestar para los seres humanos (todos los seres humanos) y los métodos no traicionen esos objetivos; mientras no se haga más importante la conquista o la permanencia del poder que los ideales por los que supuestamente se busca ese poder; y sobre todo, mientras estemos conscientes de que ninguno de nosotros posee todas las respuestas ni todas las soluciones ni la receta infalible para la perfección, manteniendo a raya el afán totalizador y el apocalíptico, es que estamos caminando hacia la utopía. Lo contrario, me parece, es querer ponerle un punto final y así, sin querer, podríamos acabar matándola.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente post para cerrar el año, maestro. Debiéramos también mantener a raya el dogma de la democracia?

Maik Civeira dijo...

¿El dogma de la democracia?

Alida Corey dijo...

Vaya Maik, ahora sí te luciste. Sólo por estos momentos de lucidez, vale la pena seguirte todavía. Bravo con redobles!

Andrea ML dijo...

Hola Ego :) Tendrás entre tus entradas algunos consejos para maestros primerizos de materias como literatura o historia a nivel preparatoria? jaja, parece muy específico, pero esperaba iluminarme con tu experiencia. Saludos!

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