jueves, 30 de abril de 2015

Y vivieron felices para siempre




¡Ah, los cuentos de hadas! Esas historias de magia y fantasía que han traumatizado construido el imaginario de los niños en todo el mundo a lo largo de generaciones. Y justo ahora, a década y media de haber iniciado el siglo XXI, parece que estamos viviendo un boom! de los cuentos de hadas en la cultura pop, con muchas adaptaciones libres, películas para adultos, parodias y demás. ¿Cómo llegamos a esta situación? El propósito de esta entrada es explorar la forma en la que la cultura pop ha tratado a los cuentos de hadas en lo que va de este siglo. 

Eso de intentar definir lo que es un cuento de hadas no es una tarea de la que yo me quiera encargar, pues vaya que es difícil. Por lo general entendemos que los cuentos de hadas son narraciones breves en las que están presentes la magia y los seres fantásticos, y que están fundamentalmente dirigidas a niños (y que, irónicamente, rara vez están protagonizados por hadas). Nuestro arquetipo de cuentos de hadas serían las narraciones recopiladas por Charles Perrault en el siglo XVI y los hermanos Grimm a principios del siglo XIX.

Pero aquí empiezan nuestros problemas. Estos autores trabajaban sobre fuentes preexistentes; los Grimm, con un interés principalmente lingüístico y antropológico, recopilaron diversas tradiciones orales de Alemania y Francia, y no todas las historias están específicamente dirigidas a un público infantil, además de que hoy en día no consideraríamos que la mayoría de esos cuentos son aptos para nuestros hijos, pues están llenos de horror, violencia y sexualidad velada. 

En realidad, el corpus de lo que clasificamos cuentos de hadas es batante amplio y variado. Se consideran cuentos de hadas los relatos folklóricos de origen antiquísimo, y los que tienen un autor conocido, como Hans Christian Andersen; asimismo; se aceptan las fábulas como las de Esopo y LaFontaine e incluso novelas como Alicia en el País de las Maravillas, El Mago de Oz y Perter Pan. A menudo los relatos de Las mil y una noches, que también son una recopilación de tradiciones orales muy antiguas, se incluyen entre los cuentos de hadas, pero éstos tampoco estaban dirigidos hacia los niños. En ocasiones se contemplan también los relatos mitológicos de Grecia y en tiempos más recientes se incluyen los mitos y tradiciones de diversas culturas, desde la celta hasta la china, desde la india hasta las de los nativos americanos. 



Supongo que depende mucho de cómo narremos estas historias a los niños. Por ejemplo, el tratamiento que Disney hizo de clásicos de la literatura, como El libro de la selva Tarzán, el mito de Hércules, y las leyendas de Robin Hood y del Rey Arturo fue muy similar al que le dio a obras como La Bella Durmiente, Blancanieves, La Bella y la Bestia y La Sirenita. Creo que eso contribuyó a que en el imaginario colectivo fuera fácil aceptar estas historias como cuentos de hadas. Así, casi cualquier historia puede convertirse en un cuento de hadas, dependiendo de cómo se le trate.

La mención que hago de Disney no es casual: para muchos de nosotros las versiones que conocimos de cuentos de hadas, mitos y obras literarias fueron las que estos estudios nos entregaron (Hollywood influye mucho en nuestra percepción de los clásicos de la literatura). Disney tomó estas obras milenarias y las suavizó, quitándoles mucho de la violencia y los elementos macabros que los caracterizaban, y adaptándolos para una audiencia del siglo XX.

Esto es natural, por cierto, pues con el paso del tiempo nos hacemos más pusis las sensibilidades del público van cambiando. Por ejemplo, en el cuento original, el rescatado por Perrault, a Caperucita Roja y a su abuela se las come el Lobo Feroz y tantán, se acaba. En una versión posterior, la de los Grimm, el Lobo se come a la abuela y cuando está a punto de devorar a Caperucita un cazador aparece, le abre la panza al Lobo para rescatar a la abuelita, y no sólo mata al animal, sino que llena su panza con piedras y lo tira al río. Uno pensaría que este acto de crueldad contra el pobre Lobo es bastante más grotesco que el sólo comerse a la niña y a la anciana, pero en el siglo XIX el hecho de que los protagonistas humanos salieran vivos ya era suficiente para considerarlo final feliz, mientras a nadie le importaban los animales (y menos un lobo malo). En la versión que me contaban de niño, el Lobo encierra a la abuelita en el clóset, y el cazador que salva a Caperucita se limita a espantar al Lobo, que sale huyendo. Actualmente, en las caricaturas que ven mis hijos, me entero de que el Lobo sólo quiere robarse la cesta de Caperucita. Caray.

Volviendo a lo nuestro, ya antes había señalado que el propio Walt Disney no estaba particularmente interesado en adaptar historias de princesas, y si lo hizo fue porque notó que éstas eran las que más éxito tenían. Fue muchos años después de su muerte, con el Renacimiento Disney (1989-1999) que los estudios volvieron a los cuentos de hadas, relatos míticos y clásicos literarios. De todas formas, durante más de la mitad del siglo XX lo primero que nos venía a la mente al escuchar la frase "cuentos de hadas" era Disney (y viceversa).

No fueron los únicos estudios que trabajaron este tema. Desde los inicios de la Era Dorada de la Animación (aproximadamente entre las décadas de 1930 y 1950) se hicieron adaptaciones de estas historias, algunas siguiendo el cuento con mayor o menor fidelidad, pero en otros casos se optó optaron por la parodia, el pastiche o la extrapolación hacia escenarios diferentes, incluso con un sentido del humor más adulto. Entre estas últimas, no puedo dejar de mencionar a Red Hot Riding Hood (1943) de Tex Avery, en la que Caperucita es una bailarina de cabaret y el Lobo Feroz un sofisticado mujeriego; y a Little Red Riding Rabbit (1944) de Friz Freleng, en la que Bugs Bunny se topa con una bastante molesta Caperucita y un Lobo más bien simpático.





A lo largo de todo el siglo XX vimos toda clase de adaptaciones de cuentos de hadas de muchos tipos, en animación o de acción en vivo, como parodias u homenajes. Incluso algunos largometrajes fabulosos, como la excelente adaptación soviética de La Reina de las Nieves (1957).

Tenemos también, por ejemplo, las muchas versiones de Alicia en el País de las Maravillas, desde la que hizo Disney (1951), hasta la macabra película de Jan Svankmajer (1988), pasando por las múltiples versiones pornográficas.

Entre otros casos notables de deconstrucciones y reinterpretaciones de los tópicos de cuentos de hadas, tenemos el musical de Stephen Sondheim Into the Woods, que debutó en 1987 y trata de un encuentro entre varios personajes de diferentes historias, y la Trilogía de la Bella Durmiente, una reinterpretación erótica sadomaso del cuento clásico escrita por Anne Rice y publicada entre 1983 y 1985. Busquen en Wikipedia su cuento de hadas favorito y revisen la sección de adaptaciones y se van a encontrar con muchas obras que ni siquiera se imaginaron que existirían.




Pero yo creo que lo que estamos viendo actualmente es algo más intenso, una tendencia a poner los de los cuentos de hadas por todas partes en la cultura pop, con un volumen de obras por año más grande que en décadas anteriores. Para trazar sus orígenes debemos retroceder hasta la década de 1990, e inevitablemente hablar de Disney.

Fueron las historias de princesitas como La Sirenita (1989), La Bella y la Bestia (1991) y Aladín  (1992) las que iniciaron el Renacimiento Disney. Incluso otras compañías trataron de repetir el éxito de la casa de Mickey Mouse produciendo cintas animadas que seguían la misma fórmula de musical fantástico, y así tuvimos La princesa encantada (1994), Anastasia (1997) y El rey y yo (1999), entre otros intentos bastante burdos.

Sin embargo, para finales de los 90 el público parecía estar harto de los musicales animados basados en cuentos de hadas. Esto se nota hasta en las producciones de los mismos estudios Disney, que en la segunda mitad de la década se enfocaron más en relatos míticos como Hércules (1997) y Mulán (1998) y clásicos literarios como El Jorobado de Notre Dame (1996) y Tarzán (1999), aunque desde luego que el tratamiento que le dieron a estas historias era el mismo que le habían dado a los cuentos de hadas.



Mientras tanto nuevos proyectos animados de otras casas productoras ya estaban rivalizando con Disney: piénsese en películas como El Príncipe de Egipto (1998), El Gigante de Hierro (1999) y Titán AE (2000), que no eran musicales ni se basaban en cuentos de hadas. Además, Pixar ya estaba cambiando la cara de la animación con obras como Toy Story (1995), Bichos (1998), Toy Story 2 (1999) y Monsters, Inc. (2001). Por si fuera poco, películas de animación provenientes de otros países (especialmente Japón) empezaron a llamar la atención, y todos estos proyectos hacían que Disney se viera anticuado y repetitivo.

Hubo una película que expresaba el hartazgo generalizado hacia los cuentos de hadas, precisamente una producción de la casa productora rival, Dreamworks: Shrek (2001), que fue como pintarle el dedo a Disney. Para una generación cansada de las princesitas, el humor corrosivo de Shrek, la forma en la trasgredía todos los convencionalismos del cine animado para niños y se burlaba de los clichés y estereotipos de Disney, fue una forma muy refrescante de iniciar el nuevo siglo y no es raro que haya sido un éxito tan brutal. Entre otros estereotipos, Shrek se burlaba de la noción de que la belleza física o el nacimiento en la realeza eran virtudes en sí mismas, y subvertía los roles tradicionales de héroes y villanos que nos han enseñado por siglos. Su éxito fue tal que hubo tres secuelas (2004, 2007 y 2010) el spin-off de El Gato con Botas (2011) y varios intentos burdos de repetir la fórmula, como Buza Caperuza (2005) y Colorín Colorado (2007). La cinta animada mexicana Magos y Gigantes (2003) es otro ejemplo de esta tendencia.





Durante la década siguiente Pixar y Dreamworks dominaron el nicho de la animación con películas creativas y originales. Por esos años los estudios Disney abandonaron los musicales animados en lo absoluto (exceptuando secuelas ridículamente tardías de sus viejas películas clásicas, las cuales en su inmensa mayoría sólo salieron en video), y conforme avanzaron los años dejaron de lado la animación tradicional para concentrarse en el CGI. Fue una época de escasa popularidad para Disney, que a todas luces no sabía muy bien qué hacer y por muchos años no produjo nada memorable ni exitoso.

Mientras tanto, la moda de deconstruir, parodiar o reinterpretar los cuentos de hadas despegaba en otros medios. En 2002 vio la luz el cómic Fables, en el que un grupo de personajes de cuentos de hadas habían escapado de su dimensión, perseguidos por un Emperador que conquistaba los reinos fantásticos, y ahora se refugiaban en el mundo real. Es un excelente cómic que explora temas adultos, con personajes muy interesantes y muy bien escritos, y si pueden ignorar su ideología libertariana les podría gustar.

En 2003 se estrenó el musical de Broadway Wicked, basado en la novela del mismo nombre (que data de 1995). En ella se nos cuenta la historia de El Mago de Oz desde el punto de vista de la bruja mala. El musical y la novela han sido un gran éxito y eso de dar una voz a los villanos de cuentos de hadas para comprender su psicología y motivaciones se ha convertido en un tropo común en la cultura pop de estos años.

Otro cómic es el de Grimm Fairy Tales, que empezó a publicarse en 2005 y que convertía los cuentos de hadas en historias de horror y erotismo del tipo exploitation, con mucha violencia y chenchualidá. Aunque los dibujos están cachondos, la verdad es que las historias son más bien sonsas y predecibles. Ni siquiera como cómics eróticos son buenos y, la verdad sea dicha, no son mejores que tu ejemplar promedio de Sensacional de mercados, aunque sí más caros y menos divertidos.




Pastiches similares los encontramos con las series de televisión Grimm y Once Upon a Time, que fueron estrenadas en 2011. La primera es una serie policíaca en la que aparecen las criaturas y personajes que inspiraron los cuentos de hadas de los hermanos Grimm. La segunda es un fusil desvergonzado de Fables, en la que los personajes de los cuentos de hadas clásicos se refugian en el mundo real, exiliados por una terrible maldición.

No fue la primera vez que se trató de "adultificar" un cuento de hadas, transformándolo en una historia de terror, de fantasía épica, thriller o erotismo. Pero este boom! de los dosmiles tiene sus antecedentes directos en la década de los 90. En 1997 se estrenó la película Snow White: A Tale of Terror con Sigourney Weaver como la bruja malvada; en 1998 apareció Ever After, que pretendía ser una versión "realista" de Cenicienta, ambientada durante la Francia del Renacimiento y con Drew Barrymore y Angelica Houston como Cenicienta y su madrastra; y en 1999 tuvimos Freeway, una adaptación libre de Caperucita Roja con Reese Witherspoon como una atribulada adolescente y Kiefer Sutherland como un asesino serial en el papel del Lobo Feroz. Snow White: The Fairest of Them All fue una versión más straightforward, pero con los elementos violentos y macabros del cuento original de Blancanieves; se estrenó en televisión en 2001, con Kristin Kreuk y Miranda Richardson como la Blancanieves y la reina malvada respectivamente.

Esta tendencia tuvo eco en el cine de los dosmiles como nunca antes. Los estudios se dieron a la tarea de hacer adaptaciones grim dark serious de los cuentos de hadas. El éxito de sagas de fantasía heroica como El Señor de los Anillos y Harry Potter hizo creer a los productores de Hollywood que podrían convertir a cualquier cuento de hadas en una aventura épica. Creo que el primer intento fue el peor tropezón en la carrera del genial Terry Gilliam un  placer culposo llamado The Brothers Grimm (2005) en el que los folcloristas decimonónicos se topan con personajes y situaciones sacadas de cuentos de hadas (algo así como Shakespeare in Love meets Van Helsing). En los años siguientes vinieron otras (incluyendo no menos de cuatro adaptaciones de Blancanieves):

  • Red Riding Hood (2011)
  • Snow White and the Huntsman (2012)
  • Blancanieves (España, 2012)
  • Grimm's Snow White (2012)
  • Hansel and Gretel: Witch Hunters (2013)
  • Jack the Giant Slayer (2013)
  • Oz the Great and Powerful (2013)

¿Y qué pasó con Disney? Bien, pues el auge de las parodias de los cuentos de hadas no les pasó desapercibido y ellos mismos hicieron una película que parodiaba su propia filmografía y se burlaba de los clichés que hicieron famosos a los estudios: Encantada (2007). En 2014 produjeron una adaptación cinematográfica del musical de Broadway Into the Woods. No deja de parecerme irónico que ellos mismos llevaran a la pantalla grande una obra que deconstruye sin piedad los cuentos clásicos que los hicieron asquerosamente ricos desde el principio.

Los Estudios Disney también fueron de los primeros en intentar convertir un cuento de hadas en fantasía heroica con la horripilante Alice in Wonderland (2010), perpretada por el otrora genial Tim Burton, e intentaron subirse al carro de las adaptaciones "para grandes" con Mirror, Mirror, una versión de Blancanieves que pasó desapercibida porque salió el mismo año que Snow White and the Hunstman. Con Maleficent (2014) hicieron un último intento de cuento de hadas oscuro y/o épico (y también una suerte de versión propia de Wicked). Para entonces ya se habían dado cuenta de que el éxito estaba por otro rumbo...




A principios de los dosmiles Disney había sacado una línea muy amplia de productos basados en sus princesas. Éstas ya no protagonizaban películas, pero la ropa, juguetes y muchos productos que ostentaban su imagen fueron un éxito tremendo. Esto llevó a que Disney se decidiera a producir un nuevo musical de animación tradicional basado en un cuento de hadas, el primero desde hacía muchos años: La Princesa y el Sapo (2009). La película tuvo éxito (aunque no tanto como se esperaba) e impulsó a los estudios a probar de nuevo con la fórmula clásica, pero esta vez con películas en CGI en vez de animación tradicional. Así, en 2010 llegó Enredados y en 2013 Frozen. Estas películas fueron abrumadoramente exitosas, llenaron las arcas de Disney y vendieron millones de dólares en parafernalia. Hasta Pixar, ahora propiedad de Mickey Mouse, le entró al rollo de las princesas (aunque sin musical y subvirtiendo varios clichés), con Valiente (2012).

Hoy Disney vuelve de lleno a los musicales animados inspirados en cuentos de hadas, en particular los que protagonizan princesas que pueden ser vendidas fácilmente como muñecas coleccionables, En los próximos años Disney planea lanzar Moana (2016), inspirada en las tradiciones orales de Polinesia; Giants (2018) basada en el cuento de Jack y los frijoles mágicos, y una secuela para Frozen, hasta ahora sin fecha de estreno.

Eso no es todo: este 2015 Disney estrenó Cenicienta, que a diferencia de otras adaptaciones en acción en vivo recientes, seguía de una manera más tradicional la historia clásica. Para los próximos años se nos viene una nueva ola de películas de acción en vivo basadas en los cuentos clásicos: La Bella y la Bestia, El Libro de la Selva, DumboMulán y hasta Winnie Pooh. Y no sólo Disney, sino que otros estudios tienen planes similares.



El éxito de la franquicia de princesas Disney ha llevado a la aparición de imitaciones, como la colección de Mattel Ever After High, lanzada a partir de 2013, y cuyos protagonistas son las hijas de los personajes de cuentos de hadas. Como otras colecciones, ésta se ha expandido a una serie de animación, libros y demás parafernalia. Si tenemos en cuenta que otras líneas de muñecas más populares en la década pasada fueron Bratz (a partir de 2001), My Scene (a partir de 2002) y Monster High (desde 2010), que nada tienen que ver con los cuentos de hadas, podemos considerar Ever After High como parte del actual renacimiento (Barbie también ha tenido una línea de muñecas y películas animadas basadas en cuentos clásicos). O sea, no se trata ya de parodiar o reinterpretar el cuento de hadas, ni de convertirlo en otra cosa, sino de honrarlo tal cual es. Estos relatos están de vuelta, más vivos que nunca.

¿Qué fue lo que pasó? Recapitulemos: a principios de la década de los 90 Disney ganaba millones con sus adaptaciones musicales de cuentos de hadas y similares; tanto, que otras casas productoras intentaban hacer lo mismo. A finales de esa misma década la fórmula ya se sentía agotada y cansina; otras casas ensayaban proyectos diversos cada vez más interesantes. A principios del siglo XXI Shrek mandaba a la mierda a los cuentos de hadas y a las películas de Disney; los largometrajes de animación siguieron un rumbo muy distinto, mientras que Disney no sabía ni qué hacer para volver al estrellato. Conforme avanza la década se impone una moda de parodiar, reinterpretar o deconstruir los cuentos de hadas, en especial dirigiéndolos hacia un público más adulto; esto se dio en cine, televisión, cómics y hasta videojuegos, y Disney mismo intentó subirse a este carro con sus propias producciones. Sin embargo, iniciando los domildieces Disney descubrió que el público de nuevo quería musicales animados sobre cuentos de hadas y protagonizados por princesas; Disney regresa con todo a su fórmula clásica. El ciclo se ha cerrado.



Así pasa con todas las modas, tendencias, corrientes y escuelas. Llegan, alcanzan el apogeo, se agotan y luego, cuando ha pasado suficiente tiempo, regresan. Pero no vuelven de la misma forma, sino que han sufrido transformaciones, sutiles pero importante; el tiempo no pasa en vano: los personajes femeninos son más activos; se exploran las relaciones entre hermanas, hijas y madres; los villanos no son los mismos de siempre; los galanes masculinos ya no son gallardos príncipes, sino que pueden ser adorables granujas de origen humilde y buen corazón.

Los próximos años nos tocará ver cómo esta nueva etapa en la historia de Disney se desarrolla, llega a un punto máximo y luego decae, para después iniciar otro ciclo. Lo mismo sucederá con las otras tendencias en el manejo de los cuentos de hadas en la cultura pop. Lo cierto es que estas historias y personajes seguirán acompañándonos para siempre y en muy diferentes variantes y encarnaciones, porque no se puede negar que son parte de nuestro imaginario, de nuestro ADN cultural, que siguen estimulando nuestra imaginación, representando nuestros temores más primitivos y expresando nuestros deseos innegables. Los cuentos de hadas seguirán a nuestro lado y con ellos viviremos, felices o infelices, para siempre.




Ahora, lo que todos estaban esperando ver: ¡Escenas de (semi)desnudos! Con ustedes, los dibujos cachondos de Grimm Fairy Tales:

  

  

  

  

 


viernes, 24 de abril de 2015

Mavel vs DC vs Marvel vs DC



Una de las cosas más absurdas de la nerdósfera es la rivalidad Marvel / DC. No me refiero a la rivalidad entre las compañías, que naturalmente siempre están tomando nuevas estrategias para atraer a más lectores o hacer películas más taquilleras. Me refiero a la rivalidad entre los fans de una y otra compañía, siempre tirándose caca unos a otros, cada quien defendiendo a la suyal como si fuera lo más grandioso del mundo y burlándose de la otra como si no tuviera ningún mérito en lo absoluto. Fans de Marvel diciendo que DC sigue igual desde 1950, que nunca se renueva y que sus superhéroes son ñoños y acartonados. Fans de DC diciendo que Marvel en realidad no creó nada original, que Stan Lee es un plagiario, y que si sus héroes tienen mucha popularidad es nada más por la mercadotecnia que te los quiere meter hasta en la sopa. Y esto es absurdo, digo, porque Marvel y DC son a fin de cuentas la misma mamada. 

Va, lo admito: a mí me gusta más DC que Marvel. Pero no creo que DC sea intrínsicamente mejor que Marvel, sólo sucede que me gustan más los personajes de DC porque los conozco desde chico. Soy un niño de los 80; crecí con las películas de Superman de Richard Donner y las de Batman de Tim Burton, con las muchas series animadas de estos personajes (incluyendo las de los Superamigos), con la serie de Batman de Adam West, y con la de la Mujer Maravilla de Linda Carter. Cuando empecé a leer cómics me fui por los personajes que ya conocía, y aunque no por eso dejé de adentrarme al universo Marvel, siempre le guardé más cariño a los héroes de DC. Sospecho que la mayoría de los comiquieros deben sus gustos más accidentes biográficos que a una elección racional y consciente sobre cuál compañía era mejor.

Es que ultimadamente Marvel y DC son más o menos lo mismo. Ambas han dado contribuciones importantes a la industria del cómic y al género de superhéroes. Ambas han tenido grandes momentos y épocas vergonzosas. Vamos, incluso comparten los mismos artistas y escritores. Para acabar pronto, el fuerte de las dos compañías está en las aventuras de adultos musculosos que se visten con mayas para salir a combatir el crimen, y eso no es precisamente un tema de tertulia intelectual.



DC creó al superhéroe en la década de 1930; el género mismo sería inconcebible sin Superman, Batman, la Mujer Maravilla, Flash y Linterna Verde. Pero en la década de 1960 sus historias se habían estancado y vuelto anodinas y acartonadas. Fue Marvel, principalmente con Stan Lee, pero también con otros creadores, la casa que renovó el género al introducir héroes más humanos con problemas cotidianos y dudas existenciales, antihéroes marginados y perseguidos por la sociedad a la que protegían, villanos con dimensión moral más allá de sólo ser malos porque sí. Así tuvimos a Spider-Man, Daredevil, los X-Men, Iron Man, Hulk y muchos más. Esto no pasó desapercibido para DC, que aprendió y también hizo cambios en sus historias y sus personajes; DC no se estancó, sino que se renovó gracias a Marvel.

Pero si fue Marvel quien sacó al cómic de superhéroes de su infancia, fue DC quien lo llevó a la madurez. La obra que inauguró la Edad Moderna fue The Dark Knight Returns (1986). Y si fue Marvel la que en 1984 hizo la primera maxi-saga súper ulta crossover (Secret Wars, en 1984), fue DC quien tomó este concepto y se atrevió a apostar el todo por el todo y darle un extreme makeover cósmico a su universo con Crisis on Infinite Earths (1985-86). Fue DC la editorial que creó el sello Vertigo para el público adulto. Además, Marvel sigue sin tener un Watchmen.

Hoy en día las películas de Marvel son las más populares y taquilleras. Hay que decirlo, en el cine, Marvel lo ha estado haciendo mucho mejor que DC, que la verdad sólo ha podido atinarle con las de Batman (su único personaje que aún goza de amplia popularidad fuera de los círculos comiqueros). Pero este presente sólo es posible porque mucho antes DC demostró que se podían hacer buenas películas de superhéroes con las de Superman (1978) y Batman (1989).

Marvel ha creado algo sin precedentes con su Universo Cinemático, en el que por primera vez varias películas comparten un mismo universo que se va expandiendo con cada entrega, incluso hasta abarcar series de TV. Hoy en día todos están tratando de imitar este concepto (incluso DC, dando pena ajena), que en su momento era una locura muy arriesgada. Pero yo creo que este escenario habría sido inconcebible sin el Universo Animado de DC que dominó la televisión durante los 90 con sus series de Batman, Superman, Batman Beyound y Justice League, todas muy superiores a cualquier cosa que haya sacado Marvel por esos años, con excepción de la excelente X-Men.



Así que, como ven, ambas compañías han hecho lo suyo y rebajarse a discusiones bizantinas sobre cuál es mejor me parece de lo más tonto. En todo caso, podemos discutir si tal o cual historia en particular es mejor, o admitir honestamente que unos personajes nos gustan más que otros. Ahora que si lo que quieren es discutir qué personaje le gana a cuál en un duelo de madrazos, entonces pasemos al tema que nos truje, porque todo lo anterior no ha sido sino una simple introducción para de lo que en realidad les quiero hablar: LOS CROSSOVERS.

Entre los tipos de eventos que más emocionan a los nerds del cómic es el encuentro entre dos personajes de títulos diferentes, porque así pueden poner a prueba sus fuerzas, compararse, ver cómo trabajan en equipo o incluso enfrentarse el uno al otro. La historia de los crossovers es larga. Un hito en la historia del cómic fue All Star Comics #3 (1940), la primera vez que Flash, Linterna Verde, Hawkman, Átomo, Sandman y el Espectro unieron sus fuerzas para combatir el crimen y conformar la Sociedad de la Justicia de América. Otro momento fundamental fue Superman #76 (1952), que nos presentó el primer encuentro entre Superman y Batman.



Cuando Stan Lee y su equipo crearon el Universo Marvel, tenían muy en claro que querían que se tratara de un mundo verdaderamente compartido por todos sus personajes. Uno de los grandes aportes de Marvel para revitalizar el género fue la idea de que lo sucedido en el cómic de un héroe impactaba en el mundo de los demás héroes, y no que tuvieran solamente aventuras aisladas y ocasionales encuentros sin consecuencias. Así, los crossovers entre héroes de diferentes títulos no se hicieron esperar. En Fantastic Four #4 (1961) los Cuatro Fantásticos se enfrentan a Namor, un personaje que databa de la década de 1940 y que Stan Lee rescató para su nuevo y ambicioso proyecto. Fantastic Four #12 (1963) hizo que la Mole peleara contra el increíble Hulk, mientras que ese mismo año apareció The Avengers #1, que reunía a Thor, Hulk, Iron Man, Ant-Man y Wasp.




Los crossovers entre personajes de la misma compañía se volvieron algo cada vez más común. A veces dos héroes unían sus fuerzas, a veces a un héroe le tocaba enfrentarse al villano de alguien más. Batman a menudo hacía equipo con Superman, Flash trabó amistad con Linterna Verde, Spider-Man y la Antorcha Humana se llevaban muy bien. Prácticamente todos los héroes de sus respectivos universo han sido miembros de la Liga de la Justicia o de los Vengadores. Pero lo verdaderamente revolucionario habría sido encontrar a personajes de las rivales casas productoras en el mismo cómic. Eso parecía inconcebible.

Algunos no lo saben, pero el primer proyecto conjunto de Marvel y DC no tenía que ver con los superhéroes: era una adaptación en viñetas de El Mago de Oz (1975). Fue una primera prueba, porque eso de los trabajos entre compañías es muy complicado. Hay que acordar cómo dividirse las ganancias de las ventas y, claro está, todos quieren que su personaje sobresalga y ninguno quiere ser opacado. Después de este modesto ensayo, la colaboración entre las casas editoriales nos dio uno de los momentos más importantes de la historia del cómic, en el que los héroes más importantes de cada equipo se encontraron: Superman vs. The Amazing Spider-Man (1976).



Para ser el primer encuentro, no está nada mal. Claro, tiene la ingenuidad de los cómics de los 70 (incluyendo a Lois y a Mary Jane no siendo más que damiselas en peligro) y francamente, Spider-Man estaba ahí ocupando espacio, porque todo lo habría podido resolver Superman en un parpadeo. Este crossover seguía una dinámica que se repetiría infinidad de veces cada vez que personajes de títulos diferentes se encontraban (la Regla 17B de Marvel, como la nombró en sus parodias Sergio Aragonés): los héroes se conocen y por un malentendido piensan que son enemigos y se agarran a putazos; los villanos se conocen y deciden unir sus fuerzas para atacar a los héroes; los héroes se dan cuenta de que ambos son buenos y se unen contra el enemigo común; las cosas empiezan a salir mal para los villanos, que se culpan el uno al otro y terminan peleando entre sí; al final los héroes ganan (¡sorpresa!) y todo vuelve a la normalidad. Benditos son los crossovers que se salen de este esquema.

El siguiente encuentro entre personajes de Marvel y DC no era precisamente el más obvio: Batman vs the Incredible Hulk (1981). Vamos, que el Increíble Hulk no es el tipo de amenazas a las que Batman se enfrenta regularmente, y sin embargo, resulta ser una historia sorprendemente buena en la que el Guasón manipula al bobalicón de Hulk para atacar a Batman.



Ese mismo año hubo un segundo encuentro entre Supes y Spidey, esta vez con la Mujer Maravilla, el Parásito, Hulk y el grandísimo Doctor Doom como invitados especiales. Este segundo round me gusta más que el primero, pues la historia se desarrolla de una forma más interesante.

Otro crossover mítico se dio con The Uncanny X-Men and The New Teen Titans (1982), en el que estos equipos de jóvenes héroes tenían que reunir fuerzas para librar una batalla épica de proporciones cósmicas, en las que el mismísimo Darkseid quería usar el poder de la Fénix Oscura para sus malignos propósitos de dominación universal. Éste es considerado hasta la fecha uno de los mejores encuentros intercompañías de la historia.



Por desgracia, fue el último durante más de una década, debido a mezquinas discusiones de niños chiquitos entre las editoriales. Ya hasta se había planeado una secuela para este cómic, y se estaba trabajando en el esperadísimo JLA/Avengers, que no sucedió (hasta mucho después, aguanten y les cuento). Fue necesario esperar al boom! de los comics que sucedió tras la muerte de Superman en 1992, para que estos titanes editoriales dejaran de lado sus diferencias y cooperaran para beneficio mutuo.

De hecho, los 90 fue una década en la que los crossovers intercompañías florecieron, y no sólo entre Marvel y DC, sino entre estas dos compañías y las otras nuevas que estaban surgiendo, y también de éstas entre sí (hablaré de ello en otra ocasión).

Estaba sobreentendido que las historias de encuentros entre personajes de Marvel y DC no podían ser consideradas parte del canon. En estos números especiales se fingía para beneficio de la trama que los héroes de ambas compañías vivían en un mismo mundo, y que sólo bastaba que Spider-Man viajara a Metrópolis para encontrarse con Superman o a Gotham para encontrarse con Batman. Eso llevaba a los lectores a preguntarse dónde estarían los personajes del otro universo el resto del tiempo. De forma no oficial, se creó en concepto de Crossover Earth entre los lectores. Marvel y DC son multiversos, cada uno con su buen número de universos paralelos, y se consideraba que debía existir uno en el que los héroes de ambas compañías vivieran juntos. Tenía hasta sentido, porque si bien en la historias de Spider-Man nunca se mencionaban sus encuentros con Superman, ni viceversa, en los siguientes crossovers entre estos dos héroes, e incluso entre otros personajes de estas casas, se dejaba bastante claro que había cierta continuidad.

Sin embargo, todo cambió en 1996 con la llegada de uno de los eventos más grandes en la historia del cómic: Marvel vs DC. Aquí se revelaba que cada editorial representaba a un universo, y los crossovers se explicaban como anomalías cósmicas en las que por un breve periodo los universos se mezclaban, y sus personajes se encontraban; cuando la situación volvía a la normalidad, cada personaje regresaba a su universo y no recordaba nada de su aventura.

Esta explicación me pareció de lo más chafa e inconsistente, pero no tanto como la serie de Marvel vs DC en sí. En esta serie los universos, encarnados en la figura de dos hermanos cósmicos (porque los universos son varones, obvio) se habían visto cara a cara por primera vez y habían decidido enfrentarse en una gran batalla. Para eso eligieron a 11 campeones, que casualmente eran los personajes más populares de cada casa editorial. Es aquí donde empieza lo chafa.



Las peleas se decidieron por los votos de los lectores, no tanto por las cualidades de cada personaje. Y en general estoy de acuerdo con los resultados (DC en azul y Marvel en rojo):

Aquaman venció a Namor
Thor venció al Capitán Marvel*
Silver Surfer venció a Linterna Verde
Elektra venció a Gatúbela
Wolverine acabó con Lobo
Spider-Man se encargó de Superboy
Storm le ganó a la Mujer Maravilla
Robin capturó a Jubilee
Flash no le dio chance a Quicksilver
Superman noqueó a Hulk
Batman derrotó al Capitán América

*El Capitán Marvel es un héroe de DC. No se confundan.

El único resultado que no tiene sentido es el de Storm venciendo a la Mujer Maravilla. Estamos hablando aquí de la pelea entre una amazona semidiosa que es capaz de devolverle los golpes a Superman, y una mutante muy poderosa que puede controlar el clima, sí, pero cuya fuerza y resistencia son iguales a las de un humano normal. Diana la habría dejado inconsciente con una bofetada.

Pero además de que todo eso de "elegir 11 campeones" no tiene sentido, y de que los héroes se comportaron indignamente prestándose a esta charada en vez de hacer algo por resolver el cataclismo cósmico, las peleas fueron exageradamente cortas (de dos páginas; las más largas, de cuatro) y chafísimas. Una pelea entre dos sanguinarios locos y pràcticamente inmortales como lo son Wolverine y Lobo daba para todo un cómic (clasificado para adultos, sin duda), y una batalla entre seres tan poderosos como Silver Surfer y Linterna Verde era como para desquebrajar el universo.

Para salvar el día estaba un muchachito llamado Axel Asher, quien resulta que era el puente cósmico entre los dos universos y que tenía el poder para viajar de uno a otro a voluntad (más tarde descubriría que también puede viajar por el tiempo). Porque, claro, la encarnación del contacto entre los dos universos tenía que ser un muchachito blanco de Manhattan (gringocentrismo a más no poder).

En fin, como ven, Marvel vs DC fue como si para un concierto se hubieran juntado Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrisson y John Lennon... y lego hubieran empezado a cantar "Qué pequeño el mundo es".

Durante un momento, los dos universos se fusionaron creando un tercero: Amalgam, en el que los personajes de uno y otro se habían mezclado. Este evento fue... raro, pero muy interesante, parte de la fiebre de experimentación osada que caracterizó los 90. Entre el tercer y el cuarto número de Marvel vs DC aparecieron cómics que narraban las aventuras de los héroes amalgamados.

Superman se mezcló con el Capitán América para dar lugar al Super Soldado, la cosa más gringa que se pueden imaginar. Batman se amalgamó con Wolverine, surgiendo así Dark Claw, uno de los mejores. Lo que no tuvo sentido fue que se fusionaran el Guasón y Sabertooth, dos personajes que no tenían nada en común y cuyo resultado fue una criatura muy extraña llamada Hyena. Así se fue desarrollando el universo Amalgam, una de esas rarezas de los 90, con algunos personajes muy interesantes y otros ridículos.

Hasta el logo es una fusión entre los de Marvel y DC


A la saga de Marvel vs DC siguieron dos secuelas estelarizadas por el bobalicón de Axel Asher, quien se ganó el nombre superheroico de Access, llamadas All Access (1997) y Unlimited Access (1998). En cada una de estas historias nuestro héroe se encuentra con alguna perturbación cósmica que provoca crossovers indeseados. En realidad, son un pretexto para ver a los personajes de cada compañía pelearse entre sí y luego volverse amiguitos. En la segunda serie incluso prueban nuevas amalgamas, como Thor-El, mezcla del Superman eléctrico y Thor. La más ridícula de todas es Capitán América Jr., fusión entre el Capitán América y el Capitán Marvel Jr.; este nuevo héroe obtiene sus poderes de presidentes de los Estados Unidos cuando grita la frase mágica Tío Sam! Es en serio.

El problema con estos crossovers es que eran muy tontos (encantadoramente tontos, eso sí). Como ninguna editorial quería que su personaje quedara mal, tenían que emparejarlos, y que las peleas quedaran en empate, aún cuando ello no tenía el menor sentido. Así podemos ver sinsentidos como Venom devolviéndole los golpes a Superman, o a los X-Men (sin Wolverine) de hecho resistiendo a un ataque de la Liga de la Justicia (cuando Batman solo los habría podido neutralizar a todos, y de hecho estuvo cerca de hacerlo).



Otros crossovers destacables de aquella época incluyen:

Galactus vs Darkseid (1995): Un interesante duelo entre villanos. ¿Qué pasaría si el Devorador de Mundos se apareciera para tratar de devorar Apokolips? No hemos de imaginar que el Dios del Mal se rendiría sin una buena batalla. Incluye peleas entre Orion y Silver Surfer.

Spider-Man and Batman: Dissorderd Minds (1995): Mi favorito, la verdad sea dicha. No cae en el cliché de "primero peleamos, luego somos amigos", sino que presenta una historia muy bien armada (por JM DeMatteis, uno de mis escritores predilectos de aquella época) en las que se explora tanto las psiques de Peter Parker y la de Bruce Wayne, como las del Joker y Carnage. Es estupendo. Hay un segundo encuentro titulado Batman and Spider-Man, que apareció en 1997. Está también escrito por DeMatteis, y es igualmente bastante bueno, entre otras cosas porque nos presenta un duelo genios criminales: Ra's Al Ghul y Kingpin.




Green Lantern / Silver Surfer: Unholy Alliances (1995): Es la antesala a Marvel vs DC, y la primera vez en que se maneja el concepto de los universos paralelos. Una historia muy interesante en la que Silver Surfer se ve engañado por Parallax, mientras que Linterna Verde (Kyle Ryner) es manipulado por el mismísmo Thanos, y ambos se héroes se involucran en planes que pueden alterar el orden del cosmos. Estos eventos sirven como prólogo al desastre interuniversal narrado en Marvel vs DC.

Batman and Captain America (1996): Es otro de los buenos. En esta ocasión se trata de un Elseworld, una hisoria situada fuera de la continuidad principal de Marvel y DC. Aquí Batman y el Capitán se conocen en 1945, hacia finales de la Segunda Guerra Mundial, pues Red Skull tiene planes de realizar un ataque contra Ciudad Gótica, para lo cual ha estado usando la ayuda de la red criminal del Joker. Además del encanto de la Edad Dorada del Cómic, a la que hace homenaje, y el excelente trabajo en arte y escritura de John Byrne, una de las cosas más interesantes de este cómic es que forma parte de la continuidad de la serie Generations, uno de los mejores Elseworlds e historias de Superman y Batman en general. Si bien en la serie principal, que no cuenta con la partcipación de Marvel, no se menciona al Capi o a Bucky, sí hace mención de los eventos ocurridos en este crossover y viceversa.



Superman / Fantastic Four (1999): ¿Y si Galactus tuvo algo que ver con la destrucción de Kryptón? Superman encuentra un mensaje de Jor-El sugiriendo que así fue, por lo que viaja al universo Marvel para pedir la ayuda de los Cuatro Fantásticos (sigue la lógica de universos paralelos como la presentaron en Marvel vs DC y se menciona a Access). Pero lo que Galactus quiere es obtener a Superman para que sea su nuevo heraldo... ¿Qué será del mundo cuando Superman posea el Poder Cósmico? Es un muy buen cómic, que además venía en formato gigante, con arte e historia de Dan Jurgens y una portada del gran Alex Ross.

The Incredible Hulk vs Superman (1999): En esta entrañable historia se olvidan de eso de los universos paralelos y nos encontramos de nuevo en Crossover Earth, en la que se finge que Hulk y Superman viven en la misma Tierra. Aquí los héroes se encuentran al principio de sus respectivas carreras (vemos al Superman de The Man of Steel, como lo reinventara John Byrne) y tienen que enfrentarse no sólo el uno al otro sino a la villanía de Lex Luthor.

Hubo otros encuentros, más o menos ok, como aquéllos entre Batman y Punisher (dos, de hecho, pero en ninguna de las ocasiones Batman era Bruce Wayne), entre Batman y Daredevil o Superman y Silver Surfer, y así por el estilo. Pero el mejor momento, la compensación por esa payasada que fue Marvel vs DC fue la obra épica que había estado cocinándose por más de 20 años: JLA/Avengers (2003-04).




En esta historia ignoraban todo lo ocurrido con Marvel vs DC y sus secuelas ( el menso de Access ni siquiera es mencionado). Sí es una historia de universos paralelos, pero con una nueva explicación, coherente con las mitologías cósmicas tanto de Marvel como de DC (y no esa mamada de los "hermanos cósmicos"). Escrita por Kurt Busiek y con arte de George Pérez, es una historia realmente buena, en la que podemos ver a nuestros héroes combatir entre sí para luego unir fuerzas contra una amenaza que podría destruir el multiverso (y sin embargo, no se siente trillada)

De lo mejor que tiene esta saga es que Busiek no se puso diplomático con ninguna de las compañías, y cuando un personaje peleaba con otro el resultado era congruente con lo que se sabía de las habilidades de cada cual, sin afán de apelar a la popularidad o fingir que estaban parejos. Como pilón, no sólo incluye a los héroes que conforman los equipos de los Vengadores y la Liga de la Justicia, sino a muchos, muchos personajes más. Y claro, nos dio una de las imágenes más épicas de la historia del cómic:



Fue el último crossover entre Marvel y DC. ¡Pues vaya forma de despedirse, con la mejor historia de encuentros superheroicos de todas las que se escribieron! Un verdadero canto de cisne... ¿Y el futuro? Sólo espero que si vuelve a haber crossovers sean de buena calidad como este último. Por ejemplo, hace años que los fans soñamos con un encuentro entre Batman y Wolverine (yo lo querría a la vieja usanza en Crossover Earth). Y bueno, quién sabe, no podemos descartar la posibilidad de un crossover intercompañías en el cine, o por lo menos como una de esas películas animadas que llegan directamente a DVD. Piensen que hace 10 años era inconcebible un proyecto como el Universo Cinemático Marvel. ¿Se imaginan a Superman dándose de golpes con Thor en la pantalla grande? Yo no lo veo imposible...

Así que, fans de Marvel, fans de DC, superen por un momento sus resentimientos sin sentido y tengan la honestidad de admitir que ambas editoriales tienen cosas grandiosas, y que su coexistencia sólo nos trae beneficios a los entusiastas comiqueros de todo el mundo. Dejemos de tirarnos lodo los unos a los otros, y mejor unamos fuerzas contra el verdadero enemigo: esos pinches otakus (-.-)

viernes, 17 de abril de 2015

Todos fuimos otakus



Este post está dedicado a mi hermano Manolo. ¡Feliz cumple, Manu!


Es abril, y como es costumbre en este blog, por estos días no olvidamos de los asuntos importantes de la vida, la política y la cultura para sumergirnos en el masoquista placer de la nostalgia. En esta ocasión voy a complacer a algunos de mis contertulios que son un hato de subnormales otakus y les voy a hablar de ANIME...

"¡Oh, en nombre de todo lo que es bueno, Ego va a hablar de anime! ¡Santas orientalidades pretenciosas, Batman!" Pues sí, voy a hablarles de anime, para que los viejos recuerden conmigo y los jóvenes conozcan los caminos que hemos tenido que recorrer para llegar a donde estamos (a ver si así aprecian un poco lo que tienen, mentecatos).

Antecedentes

Regresemos en el pasado a mi más tierna infancia, que transcurre en la década más jodidamente extraña del siglo pasado: los 80. Mucho les he hablado de las caricaturas que veía en esa época, pero me había concentrado solamente en las series gringas. No recuerdo que en ese entonces tuviera yo mucha conciencia de que había algunas caricaturas hechas en japón; supongo que las veía diferentes a las demás, pero no sabía que tuvieran otro origen ni podía identificar bien en qué consistían esas diferencias. Lo que sí, es que ya sentía desde entonces que eso que estaba viendo no me gustaba tanto.

¿Y cómo me iba a gustar? Los animes que se podían ver en esa época eran bastante deprimentes y oscuros. Me hacían sentir muy mal, no sólo triste, sino que me causaban una verdadera hostilidad hacia ellas por haberme puesto triste de forma innecesaria. Creo que todos saben de lo que estamos hablando.

La Ranita Demetán podía parecer una caricatura sencilla de animalitos que viven en un estanque. Pero era un drama terrible en el que las criaturas vivían oprimidas por un tirano, la tragedia ocurría en cualquier momento, y la carretera era un lugar aterrador en el que cualquiera podía ser arrollado por un automóvil. Igual y si la hubiera visto siendo mayor la habría apreciado mejor como drama humano (¿batracio?), pero en ese entonces sólo me rompía el corazón.



De igual manera era una dulce tortura ver Remmy. Oh, por Deos, la historia de este niño huérfano que iba recorriendo el mundo en busca de su madre, a quien se le mueren TODOS. Todos se mueren, empezando por el abuelo, y siguiendo con todos sus animalitos. Es más, estoy seguro de que ese mono, Corazón Alegre, se muere por lo menos dos veces. ¿Por qué? ¿Qué necesidad de tanto dolor? 

Ah, pero para dramas innecesarios nada como Candy Candy. ¡Qué cosa! Mi hermana mayor amaba esta caricatura y por eso me obligaba a verla con ella. Entonces tenía que chutarme todos los dramas de esa rubia insípida, mientras suspiraba por Anthony y por Terry, y dejaba que todo el mundo la pisoteara, pero como era "buena, buenísima de corazón", todo lo aguantaba. Y lo siento, puedo apreciar la buena onda de Candy, pero tanta abnegación no la trago.




Más tarde conocí otros animes, y poco a poco empecé a entender que estas caricaturas eran diferentes porque provenían de Asia (decíamos indiferentes que eran "chinas"). Antes de que pregunten: no. No me gustaban Mazinger Z ni Robotech, simplemente porque nunca he sentido pasión alguna por los robots gigantes (razón por la cual tampoco me gustaba Transformers). Sin embargo, hubo un anime robótico que se ganó mi corazón: Astroboy.

Astro era un chico robot con un alma noble que trataba de encontrar su lugar en el mundo humano. Sus aventuras eran grandiosas (aunque me molestaba, incluso de niño, el cliché de que todo fuera "¡oh, sorpresa, ese personaje también es un robot!"). Las aventuras de Astro eran conmovedoras, divertidas y llenas de imaginación y situaciones asombrosas. Como plus, sus dosis de drama y violencia no eran tan elevados como para traumar a mi joven mentecita.




Otra serie japonesa que llegué a apreciar, aunque la vi pocas veces, fue la de Capitán Centella,  que trataba de una especie de superhéroe, o más bien un vigilante, que también era un experto motociclista y un as de las acrobacias motorizadas, y tenía muchas aventuras luchando contra el crimen. Como siempre, el drama, el suspenso y la acción hacían que esta serie se diferenciara de las caricaturas occidentales.

Como se habrán dado cuenta, muchas de esas caricaturas no eran contemporáneas o siquiera recientes, en el momento en que las vi. Otros de esos animes que ya eran viejitos cuando los transmitieron en México y que yo vi en algún momento de mi infancia fueron La princesa caballeroKimba el león blanco Meteoro, ninguna de las cuales me gustaba mucho. Entre que me llamaba la atención por lo rara y poco usual, está la adaptación japonesa de Peter Pan se quedó algo grabada en mi memoria; recuerdo que la veía para comprobar qué tan diferente era de la versión de Disney y de la serie animada de Fox, y que sin estar muy seguro de si me gustaba o no, no podía dejar de sentir cierta fascinación al verla.

Otro de los pocos animes que honestamente me gustó fue Fuerza G. Era anterior a series americanas ochenteras como Thundercats y Silverhawks, y supongo que fue un antecedente en cuanto a la dinámica de las aventuras que tenía este equipo de jóvenes héroes. Claro que por ser japonesa, Fuerza G se permitía ser muy intensa. Realmente me gustaba esta serie, quizá no tanto como las occidentales, pero le guardo mucho cariño.




Los japoneses no sólo eran buenos para el drama, sino que también tenían talento para la comedia. Una de las caricaturas (occidentales u orientales) más divertidas que jamás llegué a ver fue Los Gatos Samurái. No sé si eran en parte una parodia de las Tortugas Ninja (la canción del intro indicaba que sí, pero ignoro si ese mensaje se encontraba en el original), mas el caso es que llegó justo en el momento en el que las series de animales antropomorfos que tenían aventuras pegaban duro en occidente, y Los Gatos Samurái se sintió refrescante como una caricatura que no se tomaba nada en serio.

La Edad Dorada





Todas estas series fueron antecedentes al verdadero boom! del anime que se daría a principios de los 90 con Caballeros del Zodiaco; ésta fue un éxito inmediato porque ofrecía a los jovenzuelos aventuras con muchísima violencia y muchísimo drama, además de que, a diferencia de las series occidentales, tenía una continuidad, una historia que se iba desarrollando a lo largo de una saga completa, en oposición a las aventuras inconexas de un solo episodio de León-O y los otros.

Los personajes eran muy llamativos, y un chico prepúber bien podía identificarse con por lo menos alguno de ellos según su personalidad: Seya, Shiryu, Hyoga y Shun, los cuatro héroes básicos, crecían (como humanos y como guerreros), sufrían cambios definitivos o de plano podían morir. En sus aventuras se mezclaban elementos de diversas mitologías aunque vistas a través de la pátina del shintoísmo japonés, y ese misticismo le daba un sabor único y especial.

Por todo lo anterior, puedo entender por qué a tantos chicos y chicas de mi generación les gustó. A mí no. Lo siento, pero para mí era pura violencia sin sentido, y por esos años prefería ver Batman y X-Men. Mátenme, pero sigo prefiriendo la animación occidental.




Les voy a contar algo: a principios de los dosmiles, cuando ya estaba en la universidad, un amigo de la prepa convocó a otros tres de nosotros para anunciarnos que había reencontrado sus viejos cassettes VHS en los que había grabado de la tele los episodios de Caballeros del Zodiaco. Emocionadísimos, fuimos a su casa la mañana de un fin de semana. En ese entonces no se vendían las temporadas de series viejitas en DVD ni se podía encontrar, como ahora, todo en los Internetz.

Nos topamos con dos decepciones. Primero, sus grabaciones eran un desmadre. Recordamos que en Azteca 7 pasaban la serie en dos tiempos diferentes. Mientras entre semana andaban por una temporada, los sábados por la mañana pasaban otra, y nuestro buen amigo Rachito sólo los grabó conforme los iba pescando. Segundo, mientras veíamos la serie llegamos a una conclusión: "Oye, pero esto es una mierda". El resto del tiempo lo disfrutamos como placer culpable, con todos sus errores e incoherencias.

Sea como fuere, Caballeros del Zodiaco lo cambió todo para siempre. A partir de entonces, y durante varios años, hubo por lo menos un anime que estuviera de moda entre la chaviza. Estamos hablando de los 90: en esa época no había otakus, entendidos como ese subconjunto de los frikis con conocimientos arcanos sobre animes que bajan de Internet, sino que todos o casi todos veían y disfrutaban de estas series.

Creo recordar casi con certeza el orden en que fueron apareciendo: después de que Seya y sus amigos comenzaran a declinar, se intentó mantener los niveles de popularidad con Las Aventuras de Fly. No recuerdo mucho de esta serie excepto que trataba de las aventuras de unos adolescentes, que el papá de Fly era el malo de la historia, y que  todo mundo hacía mucha alharaca de que a Maam le hubieran crecido las bubis.



La siguiente serie en adquirir fama nacional fue Super Campeones, que se estrenó en México, creo recordar, aprovechando la fiebre futbolera del mundial del '94. Y bueno, que si yo ya pensaba que los japoneses todo lo exageraban hasta la ridiculez, esta serie sólo confirmó mis prejuicios: el nivel de melodrama para una caricatura de unos chavillos que amaban el futbol más que a sus madres era demasiado para que mi cinismo preadolescente lo soportara. Que Oliver Atom salvara la vida gracias a una pelota de futbol, que Benji Price fuera un portero tan excelso que era capaz de atrapar hasta las bolas de béisbol que le lanzaba un pitcher, o que las canchas de futbol por las que corrían estos mocosos tuviera como doce kilómetros de largo, son cosas ante las cuales no podía hacer más que rodar los ojos.

Hace unos años se corrió el rumor de que el final original y censurado de la serie nos revelaba que Oliver había perdido las piernas y que todo lo que habíamos visto sobre torneos de futbol cósmicos eran sólo sus fantasías mojadas. Eso tendría más sentido que suponer que cualquier cosa narrada en los capítulos de la serie original sucedió, pero resulta que era sólo una leyenda urbana alimentada por una sola imagen hecha por un fan (y que se presta muy bien para hacer memes).




Después, me parece, llegó Sailor Moon, la favorita de mi hermana mayor. Las aventuras de esta chica de 14 años (pero con proporciones de supermodelo de 24), empezaron siendo casi cómicas, pero conforme la serie avanzaba se fue haciendo cada vez más compleja y emocionalmente intensa, hasta el punto en que era muy difícil saber lo que sucedía. Su mezcla de humor chabacano y aventuras extraordinarias la hicieron muy popular, e introdujeron heroínas a las que las chicas pudieran admirar, que no fueran como la ñoña de Candy. Qué sé yo, sólo la veía para morbosear a Serena.




Azteca 7 fue el campeón de los animes, como ustedes recordarán, y muchos de sus shows más exitosos fueron presentados en el programa de Caritele (con el Carisaurio). Pero Canal 5 no quiso quedarse atrás. Lo raro es que a la que tocó ser la anfitriona de las caricaturas japonesas fue Cositas, una señora muy dulce que se vestía como muñequita y que ya tenía tiempo presentando caricaturas por las tardes a la vez que enseñaba manualidades a los niños, y que de pronto tuvo que darse a la tarea de presentar mamarrachadas hiperviolentas y jariosas como Dragon Ball y Ranma 1/2.

De Ranma 1/2 no puedo hablar sin recordar a mi madre, que nos la tenía prohibidísima porque consideraba que eso de que un hombre se transformara en mujer así de fácil era una mala influencia para mí y mi hermano menor (¡podía volvernos homosexuales!). También nos tenía prohibidos Los Simpson, porque decían groserías. Curioso, la violencia desmedida de Caballeros del Zodiaco y Dragon Ball no le molestaban en lo absoluto, y no le parecía mal que mi hermano las viera a la más tierna de las edades.

Era una joda porque Ranma 1/2 sí era de las que me gustaba. Era una comedia picaresca graciosísima y con mucho cachondeo, y mientras yo atravesaba la pubertad, la sensualidad de Akane y Shampoo, así como la de Serena y Bulma, iban despertando algo en mí que me ponía muy nervioso...

Además, amo esta pinche canción, porque me recuerda a mi novia y a mí:




Ajá, ya habrán notado que llevo tres párrafos haciendo referencias a Dragon Ball como si nada, sin reparar en el hecho de que esta serie fue el non plus ultra, la epítome y pináculo de la popularidad del anime en México.

Para cuando Serena le hacía sus primeras felaciones a Tuxido Mask y el maestro Haposai le robaba los calzones a todo el mundo, Gokú ya andaba recorriendo el mundo en busca de las Esferas del Dragón. No hace mucho puse en Facebook y Twitter que no me gustaba Dragon Ball, y ello causó muchas reacciones alérgicas. Aquí debo decir que las aventuras de este heroico niñito (doblado por la estupenda Laura Torres, una de las mejores voces en el doblaje mexicano) son lo que más me gusta de todas las encarnaciones de este concepto.

La serie original tenía muchas y alocadas aventuras, personajes y escenarios creados con gran imaginación, humor a veces picaresco y a veces chabacano, emociones al pormayor y un reparto de personajes memorables. No me encantaba Dragon Ball, pero sí podía disfrutar algunos capítulos de vez en cuando y la recuerdo con cariño.



Fue, irónicamente, Dragon Ball Z lo que no me cayó para nada en gracia, y les voy a explicar por qué. Es esa mezcla entre lo muy bobalicón con lo muy violento (por lo menos los Caballeros se lo tomaban en serio) que me parece de chaqueta adolescente; son las interminables continuaciones, en todas las cuales para lo mismo chingados; son esas batallas de siete capítulos en las que no pasaba nada, pero ¡ah!, cómo los tenían a todos abobados esperando el momento en que Gokú se convertiría en Super Sayayín 17 o lo que pinches fuera; son las exageraciones construidas sobre otras exageraciones, en las que Akira Toriyama no veía que hace más que con cada saga Gokú fuera más omnipotente, sus enemigos fueran más culeros y mataran a más gente, y algún giro argumental lo resolviera todo como si nada hubiese pasado; es esa estúpida canción que todo el mundo mama y que no tiene ni sentido. (También me molestó que Bulma no se quedara con Yamcha y que se fuera con el primer megalómano genocida que se cruzó por su camino).

Pero no puedo dejar de reconocer que este conjunto de series fue todo un hito cultural para los niños y adolescentes en mi país; que algunas de las secuencias de acción estaban padrísimas; que la verdad sí vi muchos capítulos y sí quería ver ganar a Gokú contra sus enemigos; que cuando escucho hablar a Gokú adulto (con la voz de Mario Castañeda, otro de los grandes del doblaje mexicano) siento la parte inocente que aún sobrevive se transporta a un lugar acogedor.

Gokú, desde su niñez, pasando por su adolescencia, su vida adulta, su muerte y resurrección, su regreso a la niñez y su final apoteosis nos acompañó por muchos años y no sería fácil olvidarlo. Definitivamente, ninguna otra serie de anime influyó tanto en la imaginería de los chicos de mi generación, me guste o no.




Pos no me gusta, ¿qué le vamos a hacer? Mientras mi hermano se alucinaba con las batallas épicas de Gokú, yo leía cómics de Superman. Desde entonces nuestros gustos marcarían nuestros caminos separados, él convirtiéndose en otaku y gamer, y yo en comiquero y ratón de biblioteca. Y, como debe ser, teníamos interminables (y a veces acaloradas) discusiones sobre quién ganaría una pelea (la respuesta es: Superman. Obvio).

Después del final de Dragon Ball GT, el gusto por el anime en México siguió dos caminos: uno de lento declive, otro de cada vez mayor intensidad. El primero fue el de un público general que continuó siguiendo las series más mainstream que se ponían de moda, ya fuera en la tele local, o a través de los diversos sistemas de televisión de paga.

Así, todavía después de que Gokú se retirara al limbo de las repeticiones televisivas, hubo otras series que consiguieron ganar popularidad entre las masas. Slam DunkLas guerreras mágicasMikami la CazafantasmasSakura Card Captors, InuyashaSamurai X y One Piece fueron algunas series anteriores, contemporáneas o posteriores al éxito de Dragon Ball que vale la pena mencionar, aunque sólo hubo una que logró tales niveles de popularidad y locura. Les daré una pista: "Gotta catch'em all".



Me gustó Pokémon, es decir, la primera temporada (y hasta la primera película, que vimos en el cine). Era divertida, me daba mucha risa y parecía que en algún momento llegaría a algún lado. Me equivoqué: ahora siguen pasando series de Pokémon y Ash sigue siendo el mismo pendejo de siempre, el Equipo Rocket sigue haciendo las mismas mamadas, y lo peor es que Ash y Misty nunca consumaron su relación. Vaya, eso fue decepcionante.

Sin embargo, la locura de Pokémon se debió menos a la anodina serie que a todo lo demás. Como ustedes sabrán, la serie se basaba en el juego de Nintendo del mismo nombre, uno de los más adictivos del mundo y en cuyas muchas versiones desperdicié valiosas horas de mi adolescencia (tampoco es que hubiera hecho algo mejor con ellas, o sea no iba a salir a ligar ni hacer amigos ni nada...). Mi hermano no sólo tuvo los juegos, sino tarjetas de pelea, muñequitos coleccionables, los tazos, las películas en VHS, el soundtrack y toda clase de parafernalia. Ésta fue una de las pocas pasiones otaku / gamer que compartimos, y fue muy bonito crecer juntos en esta etapa. Awww, me voy a poner cursi :')




Luego vino Digimon, que casi no vi porque me parecía más de lo mismo, pero mi hermano sí la veía y por ello a veces yo también le echaba un ojo. Fue por esos días en que no dejaron de salir series tras series que se trataban todas de algún mocosillo medio estúpido que tenía alguna especie de criaturitas para pelear contra los demás mocosos estúpidos y sus criaturitas, y así convertirse en el mejor entrenador, maestro, chamán o lo que chingados sea, en un mundo cuya cultura giraba totalmente alrededor de tales duelos de criaturitas, y todas diseñadas para vender parafernalia.

Esta marejada de imitaciones vino a lo largo de los años con Monster RancherShaman King, MegaMan NT Warrior, Dino Rey y, por supuesto, la que causó uno de los últimos furores generalizados por una serie de animación japonesa, y el desprecio de todos los jugadores de Magic de México: Yu-Gi-Oh! La popularidad (o, como decíamos por esos años, el trauma) de esta serie fue intenso pero se apagó en cosa de como un año. Para entonces la Edad Dorada del Anime en México había quedado atrás. Yo marcaría sus límites entre la llegada de Caballero del Zodiaco y el declive de la popularidad de Pokémon.

Muchas cosas había cambiado en ese tiempo. Sólo una serie más, hace unos cuantos años, logró colarse al mainstream y volverse del gusto del público general no-otaku: Naruto. Para entonces los que éramos niños cuando Seya se hacía pajas pensando en Saori ya habíamos crecido (y, con suerte, habíamos ya superado la necesidad de hacernos pajas), vimos a los nuevos pubertitos que se alucinaban con las aventuras del ninja más chafa del mundo, y los desdeñamos con la actitud de Abraham Simpson diciendo "¡Todas las generaciones están mal! ¡Excepto la mía!"

De modo que el anime y el manga se convirtió en cosa casi exclusiva de frikis marginados...

El ascenso de la cultura otaku




Como les decía, hubo un segundo cauce, el que tomaron los verdaderos fans del anime. Para ellos ya no bastaban las series que se volvían populares entre el público general. De hecho, las cosas cambiaron mucho desde el final de Dragon Ball; las series más mainstream eran cada vez más infantiles y bobaliconas, y si un fan quería encontrar la intensidad emocional de Candy Candy o el espíritu épico de Caballeros del Zodiaco, tenía que buscar fuera de la programación televisiva.

Algunos pocos que tenían acceso a TV de paga más cara (o sea, más allá del simple cable para marginales que teníamos) pudieron conocer canales como Animax y tener acceso a series que jamás aparecerían en la tele abierta, ni siquiera en Cartoon Network. Una de esas series fue Evangelion, mi anime favorito. Aunque no la vi cuando se puso de moda a finales de los 90, sino algunos años más tarde y después de haber leído el manga. Me encantaba la complejidad emocional de los personajes, lo difíciles de sus relaciones, sus crisis existenciales y el turbulento despertar del pendejo de Shinji a la adolescencia. De hecho, eso me gustaba mucho más que todo el rollo de robots gigantes combatiendo extraterrestres divinos o lo que fuera, porque, como les dije, no me gustaban las de robots.




El éxito de las series japonesas en la TV ya había animado a editoriales mexicanas a publicar algunos mangas que rápidamente se hicieron de un público. Unos cuantos de ellos eran los originales que habían dado lugar a las series, pero hubo otros títulos completamente nuevos, traídos por Editorial Vid (así leí Video Girl Ai). Eso de leer "al revés", de derecha a izquierda, se convirtió en una habilidad necesaria para quien quisiera adentrarse en este mundillo.

La Princesa Mononoke, del sensei Hayao Miyazaki fue la primera cinta de animación japonesa que llegaba a los cines comerciales con mucho bombo y platillo (eso fue en 1998). La siguiente fue El viaje de Chihiro (que llegó a México en 2002). Durante años no se podían conseguir las películas de Miyazaki a menos que fuera en DVD importados (y sin subtítulos en español), hasta que la genial distribuidora Zima se dio a la tarea de traerlos.

La llegada de Internet también permitió a muchos jóvenes conocer obras que nunca serían traídas a nuestro país. Gracias a la piratería en línea, un nuevo mundo de mangas y animes (tanto series como películas) pudo ser conocido por estas generaciones.

La estética del manga y el anime influyó notoriamente en la animación y el cómic occidental durante los 90. Ya fuera que los creadores buscaran honestamente imitar su estilo (como los dibujantes de Marvel de esos años, en especial Jim Lee), o que hicieran parodias / homenajes de los tropos típicos de la animación japonesa (como hacía Gendy Tartakovsky, creador de El Laboratorio de Dexter y Samurai Jack). Incluso en México, donde el genial cómic Meteorix mezclaba la irreverencia del humor mexicano con lo más querido de la estética japonesa. Y claro, hubo una época en la que todo adolescente que supiera dibujar lo hacía en estilo manga.



Poco a poco empezó a formarse una subcultura cuyo frikismo y entusiasmo la demarcaba de las demás: los otakus. Fui testigo de cómo aparecieron las primeras tiendas que importaban manga de calidad (así leí Evangelion), de las primeras funciones de cine organizadas por fans (así vi Ghost in the Shell), de las primeras revistas especializadas para los seguidores y aspirantes a artistas, de las primeras convenciones que se realizaron en Mérida (fui con una playera de Superman y me vieron feo), y de cómo surgía un caló de iniciados con palabras como mangaka, ova, shonen, shojo, yaoi, yuri, y por supuesto, hentai. De hecho, las palabras anime, manga y otaku, que tan casualmente he usado en esta entrada, nos fueron introducidos por esta tribu urbana. Antes les llamábamos simplemente "caricaturas japonesas", "cómics japoneses" y "ñoños".

Algunos de mis mejores amigos son otakus, y eso me da el derecho a burlarme de ellos (así funciona, ¿no?). Pero no quiero sumergirme en las vicisitudes de la cultura otaku porque no es el propósito de esta entrada y además ya tengo hambre. Sólo quería relatarles de aquellos años en los que todos, hasta yo, fuimos un poco otakus. El resto es historia.


FIN

lunes, 13 de abril de 2015

Una historia de la filosofía occidental



Pues guau, éste ha resultado ser no sólo el mejor libro que he leído en lo que llevo del año (y veo difícil encontrar uno que lo supere en los próximos meses), sino que es uno de los mejores libros que he leído en la vida.

Se trata de una brevísima historia de la filosofía en Occidente, empezando por los antiguos griegos hasta llegar al presente del autor, quien escribe entre 1942 y 1944, es decir, en plena guerra mundial, mientras su país se encontraba siendo bombardeado por la Luftwaffe. Esto último es interesantísimo, pues a menudo Russell interrumpe su relato de acontecimientos históricos para recordarnos que el mundo se estaba cayendo a pedazos.

Uno de los principales atractivos del libro, aparte del delicioso estilo de Russell, es que no se limita a ser una exposición de las ideas de los principales pensadores que ha dado Occidente, sino que lo relaciona todo con las circunstancias políticas y sociales de cada época. De hecho, el título completo de la obra es A History of Western Philosophy and Its Connection with Political and Social Circumstances from the Earliest Times to the Present Day. Esto significa que no sólo habla de los filósofos en sí mismos (de Sócrates a Marx), sino de acontecimientos y movimientos distintos que de alguna manera influyeron en la cultura y en el pensamiento humano de cada época.




Por ejemplo, algo que me pareció iluminador fue su explicación de las religiones místicas órficas en Grecia antigua, que eran muy distintas al culto olímpico de la aristocracia helénica, mismo que conocemos mejor porque nos ha llegado a través de la literatura, pero que no era la fe del pueblo. Russell nos muestra una trama que dura siglos y que culmina con el triunfo del cristianismo en el mundo clásico grecorromano. Pues resulta que ese misticismo griego había influido en las ideas de Pitágoras, que a su vez influyó en Platón, el filósofo más relevante de la Antigüedad. Pues resulta que con la conquista alejandrina de Israel, los judíos pasaron por un proceso de helenización. Los judíos que se convirtieron al cristianismo estaban imbuidos de ideas místicas de origen helénico y el cristianismo acabó tomando forma influido por tales ideas. De ahí que su adopción por parte de griegos y romanos fuera relativamente rápida: ultimadamente no planteaba ideas tan exóticas como podría parecer si sólo comparamos los mitos olímpicos con el Nuevo Testamento, y no conocemos toda esa historia que inicia con los misterios órficos.

Las conquistas de Alejandro, la expansión de Roma, el triunfo del cristianismo, la consolidación del papado, el Renacimiento, la Reforma, la Revolución Francesa y Napoleón, el Romanticismo… todos estos momentos en la historia son analizados en cuanto a los efectos que tuvieron en el desarrollo de la filosofía.

El otro gran encanto de este libro es que no es simplemente un recorrido por la historia de la filosofía, sino que es una obra filosófica en sí misma. Russell no se resiste a analizar críticamente (aunque sea de forma muy breve y de pasada) las ideas y sistemas de pensamiento de cada uno de los filósofos cuyo trabajo expone, y no deja de relacionarlos unos con otros y con la situación que vive su mundo. Varias de las nociones que yo tenía estaban en tinieblas y fue gracias a este libro que muchas cosas me quedaron claras. Creo que algunas personas se sorprenderían, al leer esta obra, de descubrir el origen y procedencia de sus propios pensamientos e ideologías.




Rousseau, por ejemplo, resultó ser muy diferente al demócrata ilustrado del que yo había aprendido en otros manuales (aunque otro libro ya me había sugerido lo que Russell revela sobre él), y lo presenta como un individuo capaz de muchas bajezas que justifica con su rechazo a la racionalidad y su adopción de las pasiones, más el primer romántico que el último ilustrado. Russell señala que de la filosofía de Rousseau parte una corriente de pensamiento que deriva en la mística nazi. A Nietzsche lo trata muy mal y lo expone como un individuo resentido contra la humanidad, alguien que sin tantita pena expresa su desprecio por las mujeres y por la mayor parte de la población, y que sólo reconoce a su superhombre en los conquistadores militares; un puente entre Rousseau y el fascismo. El diálogo imaginario entre Nietzsche y Buda es de lo mejor.

Los últimos capítulos se sienten un poco apresurados, y me habría gustado conocer más de la escuela de la que el propio Russell formaba parte, la filosofía analítica. Y claro, teniendo en cuenta la época en la que escribe, se puede comprender la ausencia de mujeres pensadoras en su historia, y su anglocentrismo, así como otras omisiones inevitables en una obra de este tipo.

Además, este libro fue un regalo inesperado del destino: me lo encontré en una librería de viejo cuando las estaba recorriendo para hacer reseñas de Yelp. Lo vi de pura casualidad, pues ni lo estaba buscando. Es una quinta reimpresión de 1945, que se encuentra en muy buen estado, hermoso y en pasta dura, de ésos que huelen a sabiduría. Lo mejor fue que me salió muy barato.

En conclusión, repito que éste es uno de los mejores libros que he leído en la vida y que ahora me he quedado clavado con la obra de este hombre y con la evolución del pensamiento (en especial en cuanto a política). Creo que mis próximas elecciones de lectura se irán por ese camino.

El tesorito que descubrí

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