jueves, 25 de febrero de 2016

Educación para Pepe y Toño



Por ahí de 1842 el filósofo francés Auguste Comte (sí, el papá del positivismo... no, no tiene nada que ver con "pensar positivo") se quejaba de que la educación en Europa era todavía demasiado "religiosa, metafísica y literaria" y que hacía falta una enseñanza basada en el conocimiento preciso y confiable que sólo podían proporcionar las ciencias. Sonará un poco frío, pero hay que entender el contexto; en esos tiempos mucha de la educación (de la élite que se podía permitir el acceso a ella, claro está) consistía de enseñanza religiosa, cultura clásica grecolatina y bellas artes; todavía décadas después de que Comte emitiera su reclamo, el 70% del tiempo de estudio en los liceos franceses se dedicaba a las materias que hoy consideramos las humanidades.

El propósito de estos estudios no era que fueran a servirle de mucho a los hijos de la aristocracia (y de la floreciente burguesía que quería imitarla), sino que servían como distintivo de clase; el poder leer a Horacio en latín, tocar cancioncitas en el piano de cola, o saber de memoria parlamentos de Shakespeare no preparaba a un joven para sus futuras actividades, pero lo identificaba como miembro de la alta sociedad y lo diferenciaba de la plebe ignorante (de la misma forma que actividades como la esgrima o la equitación).

En plena Revolución Industrial, cuando lo que la sociedad necesitaba eran químicos, físicos, ingenieros, matemáticos, economistas y sociólogos, el llamado de Comte para reformar la educación y basarla en las ciencias tenía mucho sentido. La reforma en los planes de estudios de bachillerato impuesta por la Universidad Autónoma de Yucatán (Uady), no lo tiene.




En Yucatán la Uady administra sus propios bachilleratos, pero también fija los planes y los estándares educativos de otras tantas escuelas preparatorias privadas (las mejores de la entidad, hay que decirlo). El semestre pasado me enteré del nuevo plan de estudios que pretende imponer en sus escuelas afiliadas y el miedo hizo que se me helara la sangre. Entre los cambios se encuentra la eliminación y mutilación de varias asignaturas: Física, Química y Filosofía pasan de tener cada una dos semestres, a sólo uno; Literatura pasa de tres semestres a uno solo; Historia deja de ser tronco común a mitad de, pues, la historia, y si quieres saber cómo llegamos a la modernidad tienes que tomar la optativa; Psicología desaparece del tronco común y se queda como optativa; Historia del Arte desaparece incluso como materia optativa; Geografía sigue ausente de los programas, por más que se ha pedido una y otra vez.

A cambio se ofrecen nuevas asignaturas con perfil ocupacional, vocacional o preprofesional (con nombres como "Liderazgo Emprendedor", "Electricidad de Instalaciones Residenciales" y "Administración de Redes Sociales"), que prepare a los estudiantes para el siempre competitivo mercado del trabajo. Ya ni entraré en detalle sobre varias deficiencias del nuevo plan de estudios; como que se ofrecen muchas optativas en unos semestres, pero muy pocas en otros; que se quieren eliminar las pruebas escritas, cuando para ingresar a la Uady se necesita pasar una prueba escrita; o los nombres rebuscados, pomposos y mamones que le quieren poner a las asignaturas básicas de toda a vida.

Sobre lo que quiero llamar la atención, porque es lo que me preocupa, es el atentado contra las ciencias y las humanidades. De las ciencias, ni se diga, necesitamos más ciencia en el país, y no sólo para formar científicos profesionales, sino para toda la ciudadanía, pues ahí está la clave de la innovación y el desarrollo económico. De las humanidades, como son mi área, creo que hace falta una justa defensa. Primero, quiero aclarar que no tiene nada de malo que se quiera preparar a los estudiantes para estudiar una carrera y ejercer una profesión. Ésa es una parte importantísima de la educación, y actualmente la escuela le ha fallado bien gacho a los jóvenes en ese rubro. Pero no es lo único; los propósitos de la escuela deberían incluir también la formación de ciudadanos conscientes y críticos capaces de conformar una sociedad democrática y libre (por el lado social), y dar a cada estudiante las herramientas que necesita para desarrollar al máximo sus capacidades humanas (por el lado individual). Pedir que lo que se enseña en las aulas sea útil no es incorrecto; el error está en entender que lo útil se reduce a lo monetario u ocupacional, sin tener en cuenta que la vida es mucho más que la forma en la que nos la ganamos.



Por un lado, con la mutilación en las materias de humanidades, la Uady parece ignorar que algunos de los estudiantes que se gradúen de bachillerato querrán ser profesionales precisamente de las áreas que ya no tendrán para contribuir a su formación. ¿O qué antecedentes académicos espera que tengan sus futuros alumnos de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades? ¿Dónde habrán aprendido Historia del Arte los futuros estudiantes de la Facultad de Arquitectura? Además, los egresados de esas facultades verán sus opciones de trabajo reducidas, ya que muchos de ellos se dedican a la docencia, por lo menos en algún momento de la vida.

Pero es no es todo, estas materias victimizadas son de provecho y utilidad para cualquier persona. Además de que se sabe que la lectura de ficción narrativa ejercita las capacidades cognitivas (y en especial la empatía), que en el estudio de la historia está la base de formarse una conciencia social o que obviamente no sólo a los psicólogos les sirve entender cómo funciona la mente humana, como profesor pienso la enseñanza de las humanidades tiene dos propósitos fundamentales e igualmente importantes.

Primero, enseñar a pensar críticamente; el estudio de materias como filosofía, literatura e historia le da a los alumnos las herramientas intelectuales más básicas para empezar a analizar y cuestionar su realidad social; confronta a los alumnos con ideas nuevas, diferentes a las suyas y a menudo opuestas, que se ven obligados a desmenuzar, defender, ampliar o rebatir. Bajo la guía de un buen maestro, los contenidos de estas materias pueden enseñarles a ampliar su criterio y darse cuenta de que viven en un mundo complejo en el que las respuestas sencillas son escasas.

Por otro lado, el aprendizaje de estas asignaturas sirven para lo que llamo "navegar la cultura", es decir, comprender la cultura en la que están inmersos, salir al mundo y entender de dónde provienen las ideas, los valores, las instituciones, las costumbres, las referencias y las tendencias que se encontrarán a cada paso. Se trata de que no sean pasivos ante su realidad; que la cultura en la que viven no les sea una cotidianidad indiferente que den por sentado, ni una maraña caótica sin cómos ni porqués. Hay algunos (algunos palurdos) que desdeñan este conocimiento como "cultura general"; pero es precisamente la cultura general la que amplía nuestra visión más allá de lo inmediato y lo cotidiano y nos hace ciudadanos del mundo.



Por supuesto que existen muchas deficiencias en los contenidos de dichas asignaturas y en la forma de enseñarlos. Por ejemplo, Filosofía y Literatura se enseñan a menudo como catálogos de autores y obras que los alumnos deben memorizar mecánicamente, de a misma forma en que la Historia se reduce a listas de fechas y nombres. Hablando de eso, los cánones de autores y temas deberían ser revisados a la luz de lo que sea más relevante para nuestros adolescentes. También abundan los profesores que no saben de lo que hablan. Con todo esto, no es de extrañar que nuestros chicos sientan que aprender esa sarta de cosas sea por completo inútil. ¿De qué me va a servir?, preguntan, y están en su derecho a hacerlo. Pero no son sólo las materias de humanidades las que presentan estos problemas (las ciencias se enseñan con frecuencia como colecciones de datos o de fórmulas, y se olvida inculcar una visión científica del mundo), y definitivamente la solución no es desaparecerlas de los programas de estudio.

Como yo lo veo, este tipo de iniciativas tienen el objetivo de reducir las prospectivas de los jóvenes al medio ambiente empresarial; se les educa para ser empleados (si son de escuelas de clase media baja) o directivos (si son de escuelas de clase media alta). Esta reforma está contaminada por una ideología que ve en la empresa privada la fuerza social más importante y en el empresario la epítome del individuo exitoso y pleno. Pero en este país y en ese mundo necesitamos no solamente piezas para la maquinaria empresarial: necesitamos científicos (naturales y sociales), académicos, intelectuales, filósofos, artistas y, sobre todo, ciudadanos conscientes capaces de construir una sociedad democrática.

En gran parte, Comte tenía razón al criticar la educación diseñada para una clase social ociosa y en pedir una educación utilitaria para un mundo que se industrializaba a grandes pasos. Pero la visión de Comte también ya está superada, y no podemos quedarnos con una idea de la educación exclusiva para favorecer al empresariado (equivalente actual de la aristocracia y con sus equivalentes estrecheces de miras), porque ni la vida individual, ni la sociedad, ni siquiera la economía o el mercado laboral, se reducen al mundo de Pepe y Toño.



Ya he escrito en contra de esta visión de la escuela como un taller para formar "recursos humanos"; tampoco dejen de checar el resumen de una charla con el sociólogo Hugo Zemmelman sobre esta preocupante tendencia. Afortunadamente, no soy ni de lejos el único consternado; maestros y directivos de algunas escuelas ya preparan la resistencia...

2 comentarios:

Jorge Alex Laris Pardo dijo...

Es deplorable la nueva política educativa de la Uady, que no es sino representativa de una tendencia mundial. Nunca olvidaré los años en la preparatoria, en los cuales terminaba una clase de Biología para entrar a una de Física, o de Historia, o de Matemáticas, o de Literatura, o de Química.

Antonio dijo...

Disculpa la ignorancia pero ¿Qué es eso de Pepe y Toño?

Un abrazo.

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