jueves, 3 de marzo de 2016

Mujeres que patean traseros: la Gran Guerra (Parte I)



Una versión corregida y aumentada de esta serie apareció en Antes de Eva: Parte I, Parte II y Parte III

Ellas tuvieron un papel importantísimo en la guerra que dio a luz al siglo XX. Fueron activistas a favor de la paz o incitaron a los hombres a probar su valía en la guerra; relevaron en las fábricas a sus hermanos, padres, esposos e hijos que marcharon al frente; fueron enfermeras, secretarias y telefonistas, pero también fueron espías y combatientes; dieron inicio a la Revolución Rusa y, acabada la guerra, conquistaron el voto. Aquella generación cambió para siempre el rol que tendrían las mujeres en el mundo moderno, así que aprovechando que estamos en el Mes de la Mujer, y que seguimos con la conmemoración del centenario de la Primera Guerra Mundial, hoy quiero hablarles de MUJERES QUE PATEAN TRASEROS.


En una entrada anterior ya les había platicado sobre el impacto de la Gran Guerra en la historia de la liberación femenina y en otra habíamos hablado de Mata Hari,  quizá la mujer más famosa de la guerra. Ahora tengo otras ocho historias para compartir con ustedes. Ya conocíamos a la mayoría de ellas porque habían aparecido en la sección Curiosidades de la historia, en mi página de Facebook, pero aprovechemos este espacio para ampliar nuestros conocimientos sobre ellas. Comenzamos...


Bertha von Suttner (1843-1914)

Luchadora por la paz



Empecemos por alguien que dedicó toda su vida a la paz y que murió justamente el año en que empezó la guerra. Nació como la Condesa Bertha Kinsky, de una familia aristocrática austro-checa venida a menos. Tuvo que aceptar un puesto como institutriz en casa de la rica familia von Suttner y tuvo un romance secreto y prohibido con uno de los hijos, Arthur, siete años menor que ella. Cuando la relación se descubrió, ella se vio obligada a dejar Viena rumbo a París, donde se convirtió en la secretaria del mismísimo Alfred Nobel.

Después de un tiempo volvió a Viena a buscar a Arthur; la joven pareja se casó en secreto y se fugó para vivir su romance en Georgia, entonces parte del Imperio Ruso. No fue precisamente un idilio, pues además de las dificultades económicas y el ostracismo social allí les tocó vivir los horrores de la Guerra Ruso-Turca (1877-1878), que marcó para siempre la ideología pacifista de Bertha. Cuando en 1885 los enamorados se reconciliaron con la familia von Suttner, pudieron regresar a Austria. 

Poco después, en 1889, Bertha publicó su obra más influyente Die Waffen nieder!, que significa algo así como ¡Deponed vuestras armas!, y que la colocó en el centro del movimiento pacifista europeo. Ella creía que la paz universal sería el resultado inevitable del progreso social y tecnológico, pero que había que hacer avanzar ese proceso activamente. Con este objetivo en miras fundó publicaciones pacifistas y una organización de la que fue presidenta; abogó por la creación de una Corte de Justicia Internacional y participó en la organización de la Primera Convención de La Haya. 

En su afán de abolir la guerra, Bertha fue quien convenció a su antiguo patrón y amigo Alfred Nobel de crear el premio de la Paz, que ella misma recibiría en 1905. El premio podrá llevar el nombre del rico industrial sueco, pero es gracias a Bertha von Suttner que existe. Quizá debería haberse llamado Premio von Suttner de la Paz.


Edith Cavell (1865-1915)
Enfermera, mártir... ¿y espía?



El caso de Edith Cavell fue muy peculiar, porque su fama se debe menos a sus acciones reales que a las circunstancias de su muerte y cómo fueron aprovechadas por la propaganda aliada. Edith nació en una familia inglesa de clase media. Vivió en Bélgica, donde trabajó como institutriz durante cinco años, antes de regresar a Inglaterra y estudiar enfermería en Londres. 

En 1907 fue reclutada como directora de una nueva escuela de enfermería en Bruselas y fue allí en donde realizó sus actividades más importantes, pues ella fue la responsable de introducir modernas técnicas en la escuela, a pesar de tener que trabajar en condiciones muy desfavorables y con una infraestructura anticuada.

Cuando la guerra estalló, Edith se encontraba visitando a su madre en Inglaterra. Eso podría haber sido considerado una gran fortuna (recordarán que Bélgica fue el primer país invadido por el Imperio Alemán, a pesar de ser neutral), pero esta enérgica mujer no abandonaría a sus colegas y alumnas, de modo que, apenas tuvo la oportunidad, volvió a Bélgica, en contra de los deseos de sus familiares y amigos.

La escuela de Edith se convirtió en un hospital de la Cruz Roja, abierto para heridos de todas las nacionalidades. Cuando las demás enfermeras británicas regresaron a casa, Edith y su asistente permanecieron en la Bruselas ocupada por los alemanes. "No puedo detenerme mientas haya vidas que salvar" dijo alguna vez. Ante el avance de los ejércitos del Káiser, Edith proveyó de escondite a los soldados aliados y ayudó a más de doscientos de ellos a escapar hacia la neutral Holanda.

Los alemanes descubrieron sus acciones en 1915 y la acusaron de espionaje y colaboración con el enemigo. Tras su arresto, ella confesó los "delitos" que se le imputaban. Fue sentenciada a muerte y fusilada. Antes de morir, dijo que el patriotismo no era suficiente y que no debía sentir odio ni rencor por ninguna persona.

Los aliados rescataron su historia y la convirtieron rápidamente en material de propaganda; una muestra de las atrocidades cometidas por esos bárbaros alemanes. Funcionó; la indignación estalló no sólo en el Reino Unido (donde precipitó una oleada de nuevos reclutamientos), sino en Francia y del otro lado del Atlántico. Se erigieron monumentos en su honor y hasta se bautizó una montaña en Canadá con su nombre. Justo lo contrario de lo que ella quería, pues había expresado sus deseos de no ser recordada como mártir o heroína, sino como una enfermera que cumplía con su deber.

Ahora, dos datos curiosos e irónicos. Uno, que por esos mismos días los franceses fusilaron a una enfermera alemana por ayudar a compatriotas suyos a escapar de Francia. Sin embargo, el alto mando alemán ni protestó por este caso ni lo usó como propaganda: creían que los franceses tenían todo el derecho a fusilarla. Dos, que recientemente el MI5 (la agencia de inteligencia británica) reveló que en efecto Cavell estaba espiando para los ingleses, por lo que las acusaciones de los alemanes resultaron ser acertadas.


Louise de Bettignies (1880-1918)
La reina de los espías



Louise tenía 34 años de edad cuando los alemanes atacaron su ciudad natal, Lille (Francia), en octubre de 1914. Para entonces ya había viajado por media Europa, tratado con la realeza y acumulado muchas vivencias. 

Mientras la ciudad era bombardeada por la artillería alemana, Luoise, que hablaba cuatro idiomas (francés, inglés, alemán e italiano) y tenía una enorme capacidad de organización, aseguró redes de abastecimiento de víveres y municiones para las tropas que resistían el asedio. Incluso se ocupó de sus propios enemigos y tomó dictado de cartas que soldados alemanes agonizantes querían dirigir a sus familias.

Cuando los alemanes tomaron Lille, ella se las arregló para escapar, pero regresó poco después, disfrazada de monja y con el pseudónimo de Alice Dubois. Su nuevo objetivo era servir como espía para los Aliados. Desde un convento dirigió una enorme red de espionaje con más de 100 agentes a través del norte de Francia, Bélgica y Holanda. Sus medios de comunicación eran una radio que le había sido contrabandeada por partes y, sobre todo, palomas mensajeras. Louise ayudó a varios hombres a huir del continente hacia Inglaterra y su información salvó miles de vidas de soldados aliados; los altos mandos británicos, impresionados por sus talentos, la apodaron "la Reina de los Espías".

Fue hecha prisionera por los alemanes en 1915 y condenada a trabajos forzados de por vida. Murió por un absceso pleural mal operado en 1918, a menos de dos meses que terminara la guerra. Recibió póstumamente muchos reconocimientos por parte de los ejércitos británico y francés, y tiene un monumento en su honor en su natal Lille.


Maria Bochkareva (1889-1920)
Líder del Batallón de la Muerte

El Batallón de la Muerte. Maria Bochkareva se encuentra al frente, de uniforme.


Maria nació en una familia campesina y desde su juventud errática se notaba que no tendría una vida ordinaria. Se casó a los 15 años con un hombre que resultó ser un patán abusivo. Abandonó a su marido sólo para caer en las manos de una proxeneta que la obligó a trabajar en un burdel; después tuvo una relación con un carnicero judío, a quien siguió fielmente al destierro en Siberia, pero al que finalmente abandonó cuando aquél se convirtió en un borracho violento.

Iniciada la guerra, Maria se unió al Ejército Imperial Ruso. Al principio sus compañeros varones la ridiculizaban o acosaban sexualmente, hasta que ella demostró su valor en combate. Fue herida en dos ocasiones, condecorada tres veces por su valor, y se sabe que apuñaló con su bayoneta a un soldado alemán hasta matarlo. 

Tras la Revolución de Febrero en 1917, el gobierno provisional tomó la inconmesurablemente mala idea de continuar con los esfuerzos de la guerra contra Alemania. El mismo Alexander Kerensky comisionó a Maria la creación de un cuerpo militar exclusivamente formado por mujeres: el Primer Batallón de la Muerte.

Después de un intensivo entrenamiento, Maria y sus soldadas marcharon hacia el frente y tuvieron una brillante participación en la Batalla de Smarhon. Sin embargo, la mayoría de los soldados rusos ya estaban hartos del combate y el objetivo principal del batallón femenino, elevar la moral de las tropas, fracasó.

Luego tuvo lugar la Revolución de Octubre encabezada por los bolcheviques. Mientras Maria se recuperaba de unas heridas de combate, su Batallón de la Muerte se desintegró ante la creciente hostilidad de las tropas masculinas en el frente. Maria, por su parte, fue arrestada por sus conexiones con el gobierno provisional y condenada a la ejecución. Sin embargo, un soldado que había servido bajo sus órdenes en tiempos del Ejército Imperial, intercedió por ella. Finalmente la dejaron exiliarse.

Estuvo en los Estados Unidos y en Gran Bretaña abogando por la intervención de los Aliados contra los comunistas en la Guerra Civil Rusa. Desesperada, regresó a Rusia poco después, con la intención de luchar en el Ejército Blanco. Para su mala fortuna, fue capturada por los bolcheviques una vez más y fusilada en 1920.


Continuaremos la próxima semana con otras cuatro mujeres que patearon traseros.

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