martes, 8 de marzo de 2016

Mujeres que patean traseros: la Gran Guerra (Parte II)



Seguimos con nuestro recuento de mujeres que patearon traseros en la Primera Guerra Mundial. En la entrada anterior conocimos a cuatro extraordinarias féminas; en esta segunda y última entrega les presento a otras cuatro. Aprovechando que hoy es el Día de la Mujer, quiero resaltar que es importante visibilizar a las mujeres de la historia, que se vea que no han sido sólo los hombres quienes han dado forma al mundo en que vivimos y que todo mundo sea consciente del enorme potencial de las mujeres para dejar huella en el transcurso de los tiempos...

¡Comencemos!


Flora Sandes (1876-1956)
Rebelde hasta el final





Hija de un eclesiástico irlandés, desde muy joven Flora mostró una inclinación hacia las actividades “varoniles”. Sabía montar a caballo y tirar con armas de fuego; le gustaban los automóviles y ella misma poesía y manejaba un coche de carreras.

Cuando inició la guerra se ofreció como enfermera voluntaria, pero la rechazaron por su falta de experiencia. Logró colarse en una organización estadounidense, con la cual llegó a Serbia. Se unió a la Cruz Roja y condujo a una ambulancia, pero cuando Serbia cayó ante el avance de las tropas austriacas y alemanas, se vio separada de su unidad.

Así fue como se unió al ejército serbio. Demostró una gran habilidad en combate y rápidamente llegó a tener el rango de cabo. Luchando cuerpo a cuerpo, un enemigo le arrojó una granada, que la hirió seriamente. Después de esto le fue otorgada la máxima condecoración del ejército serbio: la Orden de la Estrella de Karađorđe, además del rango de sargento primero.

Imposibilitada para la lucha, Flora se dedicó a hacer campaña para reunir fondos y ayudar a la fuerzas serbias; para ello contó con la colaboración de la notoria sufragista Evelina Haverfield. Pasó el resto de la guerra administrando un hospital y cuando terminó el conflicto se retiró con el grado de Capitán.

En el periodo de paz se casó con el oficial ruso exiliado Yuri Yudenitch y se dedicó a viajar por el mundo dando conferencias en las que hablaba de su experiencia de guerra y durante las cuales siempre vestía su uniforme del ejército serbio.

Cuando los nazis invadieron Yugoslavia, Flora quiso volver a enlistarse, pero la Blitzkrieg acabó con la resistencia antes de que ella pudiera unirse a la lucha. Fue capturada por el enemigo, pero puesta en libertad bajo promesa de no combatir a los invasores. Fue durante la ocupación nazi que Yuri murió y Flora, sin nada que la atara a la Serbia por la que tanto había luchado, huyó a Inglaterra, donde murió en 1956.


Dorothie Fielding (1889-1935)
Enfermera intrépida



Dorothie Feilding era hija de una condesa y un lord británico, pero cuando la guerra estalló en 1914 dejó su vida de lujos y privilegios para para ir como voluntaria al Frente Occidental, al igual que tres de sus hermanos y tres de sus hermanas.

Se hizo enfermera y conductora de una ambulancia que llevaba a los soldados heridos desde el frente hasta el hospital. Era una misión de importancia vital, pues su unidad era la única que se encargaba de estos trabajos. Y no era cosa fácil: ella estaba destacada en Bélgica, una de las zonas que vio más acción a lo largo de todo el conflicto. Su trabajo era verdaderamente peligroso, pero ella demostró una osadía sobresaliente, a menudo arriesgando la propia vida para salvar la de los otros. Muchas veces Fielding se ponía en la línea de fuego y tenía que conducir mientras las granadas explotaban alrededor de su ambulancia.

Además de valiente, era muy carismática; trataba a todos por igual sin importar si eran oficiales provenientes de la aristocracia o soldados rasos de extracción humilde. No es de extrañar que todos cuantos la conocían le entregaran toda su admiración. Con su característica flema británica, nunca dejó de tomar el té a las 5 de la tarde, así fuera entre las ruinas de edificios destruidos por la artillería enemiga.

Su heroísmo la llevó a recibir múltiples condecoraciones militares, y ella fue la primera mujer en ganar la Medalla Militar del Valor, además de la Croix de Guerre de manos del rey Leopoldo II de Bélgica. Pero a pesar de su buen humor, en sus cartas dejó constancia de que los horrores de la guerra le atribulaban, así como los problemas de ser una mujer en el frente, incluyendo chismes maliciosos y proposiciones sexuales indeseadas.

Durante la guerra contrajo matrimonio con Charles O'Hara Moore, y después de una breve luna de miel, regresó a conducir ambulancias, ahora en Londres. Cuando llegó la paz, fue miembro de la British Legion y presidente de la Jubilee Nursing Asociation y de la Agricultural Show Society. En su tiempo libre le gustaba practicar la cacería, para la cual era muy buena.


Ecaterina Teodoroiu (1894-1917)

De campesina a heroína




Ecaterina nació en el seno de una familia campesina; tuvo cinco hermanos y dos hermanas. Inclinada hacia los estudios, se formó para convertirse en maestra, pero la entrada de Rumania a la guerra en 1916 cambió su destino.

Era miembro de las Scouts rumanas, y como tal se enroló en calidad de enfermera. Dos acontecimientos, sin embargo, le hicieron seguir otro camino. En octubre de 1914 ella se unió a otros civiles y soldados de reserva en la defensa del puente sobre el río Jiu contra el ejército alemán. Su participación en el combate fue tan brillante y le ganó tanta fama que la familia real rumana la invitó para conocerla.

El otro evento ocurrió unos días más tarde, mientras Ecaterina visitaba a su hermano Nicolae en el frente; el joven murió en combate poco después. Tras haber probado su valor con las armas y deseosa de vengar la muerte de su hermano, Ecaterina decidió convertirse en soldado y marchar hacia el frente. Decía que no podía seguir viendo cómo sus compatriotas daban la vida con tanto valor mientras ella permanecía segura tras las líneas. Al principio los mandos del ejército se negaron, pero una orden de la misma familia real les obligó a aceptar a la joven entre sus filas.

Ecaterina demostró sus habilidades tácticas al escapar de las fuerzas alemanas que la tenían rodeada. En una ocasión fue capturada, pero logró matar al soldado alemán que la custodiaba y huir de regreso con su gente. Pronto volvió al combate y participó en varias escaramuzas; en una de las cuales fue herida y hospitalizada. Por su valor recibió múltiples condecoraciones, el grado de Subteniente y el mando de su propio pelotón.

En septiembre de 1917 dirigió a sus tropas en la resistencia contra un ataque alemán. Su general al mando le había pedido que no participara en la batalla, pero ella se mostró firme. En medio del combate recibió varios disparos de ametralladora en el pecho. Las heridas le causaron la muerte, pero antes de exhalar su último aliento, Ecaterina ordenó “¡Adelante, hombres, yo sigo con ustedes!” Tenía sólo 23 años de edad.


Milunka Savić (1890-1973)
Guerrera serbia



A los 22 años Milunka Savić se hizo pasar por su hermano para unirse al ejército nacional de Serbia. Peleó en ambas guerras de los Balcanes (1912-1913), y sólo fue después de ser herida en combate que sus superiores se enteraron de que era una mujer. Sorprendidos por su patriotismo y su deseo verdadero de servir en las fuerzas armadas (ella se negó a ser transferida a una unidad de enfermeras), le permitieron seguir en el ejército, ahora con su nombre e identidad verdaderos.

Luchó a lo largo de toda la Primera Guerra Mundial, durante la cual se convirtió en uno de los soldados más condecorados de todo el conflicto, llegando a ganar medallas no sólo del gobierno serbio (recibió dos Estrellas de Karađorđe y una medalla Miloš Obilić), sino de Francia (Legión de Honor y Cruz de Guerra), Rusia (Cruz de San Jorge) y Gran Bretaña (Orden de San Miguel). 

Sus hazañas en combate y los reportes de su valentía se volvieron legendarios, como la vez en que capturó una trinchera y a 23 soldados búlgaros ella sola. Cuando Serbia fue ocupada por las Potencias Centrales, Milunka estuvo con las tropas evacuadas por los franceses y británicos, tras lo cual peleó como parte de una brigada serbia en Túnez y, tiempo después, en Macedonia; así alcanzó el rango de oficial. 

Al terminar la guerra dejó las fuerzas armadas; para entonces había recibido no menos de 9 heridas en combate. Patriota hasta el final, rechazó una oferta para vivir en Francia y disfrutar de una pensión militar. En cambio, prefirió establecerse en la recién creada Yugoslavia. Se casó, pero se divorció poco después del nacimiento de su hija, y luego adoptó a tres niñas huérfanas. Tuvo trabajos menores, entre ellos como cartera y conserje. 

Cuando los nazis ocuparon Yugoslavia durante la Segunda Guerra Mundial, Milunka se negó a asistir a un banquete organizado por los colaboracionistas en honor de los invasores; por ello fue arrestada y pasó 10 meses en un campo de concentración. Al llegar la paz, fue olvidada y vivió en la pobreza con sus hijas adoptivas, hasta que llegaron las conmemoraciones por el 50 aniversario de la Gran Guerra, a las que ella se presentó vistiendo su uniforme y todas sus medallas (más que las de ningún otro veterano serbio). 

A partir de entonces empezó a gozar de nueva fama y honores. Ya en la vejez, recibió una pensión y un pequeño departamento en Belgrado. Tras su muerte, a la edad de 84 años, fue homenajeada con una calle que lleva su nombre.

FIN



Posdata: Si quieren saber más acerca de personajes extraordinarios como estas mujeres, les recomiendo que sigan el canal de Youtube The Great War, en el que semana a semana cubren los eventos históricos ocurridos cien años antes, y en el que se incluyen episodios biográficos de los protagonistas de la Primera Guerra Mundial.

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