lunes, 5 de septiembre de 2016

Las tentaciones de San Antonio



Uno de mis temas favoritos en la historia del arte es el de Las tentaciones de San Antonio, representación de un episodio místico de la mitología cristiana. San Antonio Abad fue un monje que vivió por ahí entre los siglos III y IV de nuestra era (se dice alcanzó los 105 años de edad). Aquélla era la época en la que el cristianismo estaba definiéndose, pasando de ser una secta de sólo algunos loquillos a convertirse en la religión oficial del Imperio Romano. De hecho, Antonio fue contemporáneo de Constantino y uno de los fundadores del movimiento eremético, es decir, de los eremitas o ermitaños, hombres santos que vivían en soledad, apartados del mundo y en condiciones precarias. En su retiro, Antonio fue tentado por el Demonio en varias ocasiones, pero resistió firmemente gracias al poder de su fe.

Lo que me parece fascinante de la leyenda de San Antonio es la concepción de la santidad y de la tentación, dos de los aspectos que se me figuran de los más morbosos de la religión cristiana. La santidad se equipara a la privación, las carencias, incluso al sufrimiento. Un eremita se aísla de un mundo cruel y pecaminoso, y se vuelve santo por ayunar y tolerar penurias. En lo personal me preocupa quien piense que uno se hace bueno soportando carencias sin necesidad, en especial cuando tal sufrimiento no le hace bien a nadie. Pero existe en la tradición religiosa una nada sana corriente de pensamiento asceta que cree que para purificar el alma hay que castigar al cuerpo. Es justamente este culto al sufrimiento lo que me parece abominable en la recién canonizada Teresa de Calcuta, quien no daba la atención médica necesaria a los pobres a los que "ayudaba", porque quería que ofrecieran su dolor a Cristo.

Pues bien, todos esos santos apartados del mundo me parecen, además de todo, inútiles. Su santidad no servía para aliviar el sufrimiento en el mundo, y sus milagros eran de lo más chafas. Ahí está Pablo el Simple, por ejemplo, quien según la leyenda era alimentado por un cuervo que le llevaba un pedazo de pan todos los días. Dios no podía enviar a sus cuervos a alimentar a los hambrientos del mundo, pero sí a un viejito loco que se apartaba de la civilización para vivir orando todo el santo día. 

Entiendo que estos siglos de decadencia del Imperio Romano y ascenso del cristianismo eran épocas de violencia e inestabilidad. El cristianismo no ofrecía la posibilidad de mejorar el mundo, sino de hallar consuelo en un mundo hostil y maligno, en la esperanza de la vida futura. De ahí que el colmo de la santidad fuera apartarse de todo lo mundano para dedicarse a Dios. Pero de todos modos estas ideas siguen causándome escalofríos.

En cuanto a la tentación, ésta suele presentarse precisamente como los aspectos del mundo material a los que ha renunciado el santo, tales como las riquezas, el poder y los lujos. Pero, sobre todo, el sexo. Porque, a huevo, el mal no es hacerle daño a los demás sino echarse una follada. Si en las obras más antiguas vemos demonios de pesadilla que hacen de estas pinturas obras realmente macabras (y podrían muy bien estar en esta colección o en esta otra), a partir del Barroco podemos ver que en la vasta iconografía artística sobre San Antonio las tentaciones suelen estar representadas en la forma de mujeres atractivas y desnudas.

El erotismo se desborda de algunas de estas obras de arte, y apostaría a que la mayoría de estos pintores (en especial del Romanticismo en adelante) le tenían más respeto a las tentaciones que al santo. Me los imagino creyendo que Antonio es un viejito ridículo más que un hombre que merece veneración, y que son las tentadoras las que merecían un lugar en nuestros altares. O quizá es sólo que yo lo veo así. Como sea, aquí están algunas obras de arte basadas en la leyenda de San Antonio:


Empezamos con el rey de la locura, Hyeronimus Bosch, el Bosco (1450-1516)

De Domenico Ghirlandaio (1449-1494)

De Jan Brueghel el Viejo (1568-1625)

De Joos van Craesbeeck (1605-1660)

De David Teniers el Joven (1610-1690)

De Jan van der Venne (1616-1651)

De Mattheus van Helmont (1623-1685)

De Giovanni Battista Tiepolo (1696-1770)

De Paul Delaroche (1797-1856)

De Eugène Isabey (1803-1886)

De Henri-Pierre Picou (1824-1895)

De Alexandre-Louis Leloir (1843-1884)

De Félicien Rops (1833-1898)

De Paul Cézanne (1839-1906)


De John Charles Dollman (1851-1934)

De Lovis Corinth (1858-1925)

 Otra de Corinth, hecha once años después de su primera versión.
De Robert Auer (1873-1952)

De Max Ernst (1891-1976)

De Salvador Dalí (1904-1989)

Espero que esta pequeña muestra de mis favoritas, por delirantes, siniestras o eróticas, les invite a buscar más del trabajo de estos artistas y de este fascinante tema. ¡Saludos! Y no sean como San Antonio: déjense llevar por las tentaciones.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Ego, es muy interesante tu artículo, como todos los demás. Desde mi punto de vista profano, creo que se sobrevalorado la condición de santidad. Me explico, para mi alguien santo es aquel que hace aquello que es correcto aplicando el imperativo categórico postulado por Kant. Y eso es lo que, yo considero,se ha perdido. Estamos acostumbrados a creer en los "santos" impuestos por la religión católica, seres casi divinos (a riesgo de ser esto una blasfemia) que prácticamente no tienen un lado oscuro. Y desde mi personal óptica, se trata sólo de seres humanos, con errores y defectos como los de cualquier otro. No niego que, investigando o un poquito, uno puede encontrarse con actividades loables de la madre Teresa, pero eso no puede eliminar nuestro ojo crítico para detectar las que no lo son según nuestro punto de vista y cuestionar aquellas que pudieron realizarse de una mejor forma. En resumen, yo no pretendo desmerecer lo que hizo, pero no voy a voltear el rostro y dejar de criticar lo que pudo realizarse mejor.

ferhand dijo...

Saludos Ego:

Me gustó mucho este artículo. Investigaré en dichos artistas para conocer sus obras. Muchas gracias por este impulso hacia el conocimiento.

Le deseo salud que es lo único que necesitamos realmente.

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