sábado, 17 de septiembre de 2016

STRANGER THINGS o de cómo los 80 descubrieron la pubertad



Dedicado a Toño y Mario, mis mejores amigos de la infancia

                Como todo niño de los 80, este verano que me quedé fascinado con la nueva serie de Netflix, Stranger Things, uno de los pocos productos nostálgicos que han valido la pena. Además de su ambientación y de las referencias, obvias y veladas, a filmes clásicos de la década, esta serie tuvo el tino de recoger uno de los elementos más característicos de la época: la representación de la pubertad.

Bien se dice que la década de los 50 descubrió (o inventó) la adolescencia. Que fue el momento de la primera gran brecha generacional, en que los jóvenes marcaron su propia identidad diferenciándola de la generación de sus padres. Fue la era de los rebeldes sin causa, de los pantalones de mezclilla, chaquetas de cuero, los arrancones y el rock n’ roll.

                De la misma manera yo diría que la década de los 80 descubrió la pubertad, en particular la de los varones, esos años increíbles entre la infancia y la adolescencia (más o menos entre los 10 y los 13), de cambio y descubrimiento, de amistades únicas, experiencias nuevas y despertar sexual. Es la etapa en la que nuestros amigos dejan de ser simples compañeros de juegos y se convierten en nuestros confidentes y consejeros –aunque estén tan despistados como nosotros-, en las personas con las que compartimos las vivencias más importantes, y con los que vivimos en un mundo del que los adultos no tienen idea. Es la etapa en la que descubrimos que nuestros cuerpos cambian, que los cuerpos de las chicas también están cambiando, que las niñas siguen siendo fastidiosas pero también se vuelven extrañamente fascinantes. Es la edad en la que los más osados de nosotros roban cigarros de los bolsos de sus madres, cervezas de las neveras y revistas porno de sus hermanos mayores. Es la etapa en la que los inadaptados nos dimos cuenta de qué tan inadaptados estábamos, de qué tan diferentes éramos a los demás en nuestros gustos y nuestras ideas, pero aún soñábamos con la aceptación y la popularidad, inconscientes de que en realidad iniciábamos toda una adolescencia de nunca encajar.

Stand by Me

Un puñado de películas clásicas abordaron esos aspectos de la pubertad y se ganaron un lugar en nuestros corazones. Niños, adolescentes y adultos habían protagonizado sus propias historias, pero la pubertad nunca había sido tan explorada como en esos años en los que la cultura pop fue tan extraña, tan sui generis, que aún seguimos viendo con fascinación y nostalgia sus productos, aunque sepamos en el fondo que no eran tan buenos como quisiéramos creer.

E.T. (Steven Spielberg, 1982) es quizá la obra seminal, en la que tenemos por primera vez la dinámica del grupo de chavillos que tiene que esconder a un amigo de otro mundo mientras se enfrentan a la vigilancia de un gobierno en el que no se puede confiar.  Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985) es quizá la película arquetípica, la que viene a la mente de todo mundo. Además de presentar una aventura fantástica, esta película tiene como protagonistas a chicos irreverentes que, entre otras cosas, no tienen timidez en hacer chistes sexuales. Cuenta conmigo (Stand by Me, Rob Reiner, 1986) es probablemente la mejor, por su realismo y la rica caracterización de sus personajes. Como suele ser en las historias de Stephen King, ésta muestra los horrores detrás del idilio del típico pueblito estadounidense.

 Pero si he de escoger el non plus ultra de la pubertad ochentera, le doy el título a El escuadrón anti monstruos (The Monster Squad, Fred Dekker, 1987), en la que los chavos se dan a toda clase de conductas y situaciones inapropiadas, y son los héroes que salvan al mundo de las fuerzas de las tinieblas. Era el sueño de todo chicuelo adicto al terror –como quien esto escribe. Del mismo año llega Los muchachos perdidos (The Lost Boys, Joel Schumacher, 1987) que aunque está protagonizada por adolescentes, incluye a un grupo de pubertos amantes de los cómics de terror que entiende mejor la situación que sus mayores y saben cómo enfrentarse a los vampiros glam. La primera parte –a mi gusto, la que vale la pena- de la miniserie Eso (It, Tommy Lee Wallace, 1990) se centra en la infancia de los protagonistas que tienen que enfrentar al diabólico payaso Pennywise. De nuevo Stephen King nos muestra los horrores del mundo a través de los ojos de los preadolescentes.

Si bien la pubertad es ingenua, a la vez implica la pérdida de ciertas inocencias, y el mayor tino del cine de esa década fue precisamente captar esa paradoja. No es la infancia idealizada, de niños bien portados con sueños puros e imaginación dorada. No: nuestros pubertos del cine dicen groserías, se pelean a golpes, se escapan de la escuela, ven cosas prohibidas para chicos de su edad, fantasean con las hermanas mayores de sus amigos. Como pubertos, disfrutábamos de estas conductas que tanto habrían escandalizado a nuestros padres.

The Monster Squad

Los geeks están de moda, y por eso los cuatro protagonistas de Stranger Things lo son en grado extremo, al punto que parece improbable que chicos de sólo 10 años tuvieran tal acervo de referencias ñoñas. Nuestro ensemble de los 80 habría sido una panda de inadaptados con problemas de bullying, sin duda, pero aunque seguramente habrían demostrado gran pasión por cosas como los cómics, los videojuegos o las películas de terror, no habrían sido tan abiertamente geeky. Entre todos, habría habido uno que fuera el Nerd, el gafapasta, más ñoño que los demás, pero capaz de construir aparatos geniales; quizá habría habido uno que llamemos el Loco, más excéntrico y atrabancado que sus camaradas, el primero en lanzarse al peligro y tener los planes más descabellados; alguno de ellos tendría que ser el Líder, protagonista de la historia y el más sensato; por lo menos tendría que haber un chico Cool, quizá un poco mayor que los otros, más rudo y apto para los golpes, pero también un marginado, quizá porque la sociedad lo considera un delincuente juvenil o porque su familia tiene mala fama. Además, puede haber una Chica (interés romántico del Líder), una hermanita o hermanito menor, u otros chicos que no entren en estas categorías.

Nuestra historia no sería sólo un retrato de la vida púber de estos chicos, sino que sería justamente el momento de su iniciación, su ritual de paso, el momento que les llevará a tener las experiencias que los marcarán por siempre o que incluso los convertirán en héroes. Ayudar a un extraterrestre a volver a casa, desterrar a un montón de monstruos a su dimensión, encontrar un tesoro pirata, vencer a la misma encarnación del miedo o proteger el cuerpo de un compañero caído ante el acoso de los bravucones… ¡la anécdota es lo de menos! Lo importante era cómo esa aventura fortalecía nuestras amistades, permitía descubrir valor y fortaleza insospechados en nuestro interior, y nos enseñaba lo que era tener un propósito que va más allá de nosotros mismos. Y digo “nosotros” porque los chicos de este lado de la pantalla participábamos de la aventura casi tanto como los de aquel lado. Aunque no hubiéramos visto esas películas en el cine, sino en video o en la TV; aunque viviéramos en una realidad muy distinta a la del suburbio gringo; aunque esas experiencias fantásticas estuvieran fuera de nuestro alcance, nosotros que a lo mucho andábamos en bicicleta por nuestros barrios y nos metíamos a una que otra casa abandonada a buscar fantasmas y duendes, compartíamos el mismo sentir que nuestras contrapartes ficticias y anglosajonas.

Stranger Things

Creo que gran parte del éxito de Stranger Things se explica precisamente por esto. Así, mientras recordamos nuestros años pubescentes con nuestros camaradas de la infancia, ya fuera esas tardes que pasamos en busca de aventuras, o esas veces que fuimos al cine en bolita, esperamos también la segunda temporada.

1 comentario:

Anónimo dijo...

No termino de pillarle el punto.

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