viernes, 30 de diciembre de 2016

De la Primavera Democrática al Invierno Fascista



Cuando se haga un recuento de la historia de esta década, me imagino que se notará un fenómeno muy curioso, que quizá desde la distancia podrá explicarse mejor que ahora. Es que los dosmildieces iniciaron con una serie de movimientos de protesta prodemocráticos que se extendieron de un extremo a otro del globo, pero tiene pinta de querer terminar con un mundo más autoritario y violento. Iniciamos con una Primavera Democrática y ahora estamos entrando a un Invierno Fascista. ¿Qué fue lo que pasó? Tal vez un recorrido por la historia reciente nos ayude a aclararlo.

Parte I: La Libertad guiando al pueblo árabe



Todo empezó el 17 de diciembre de 2010, cuando Mohamed Bouazizi, un joven de 26 años desesperado, como muchos de su edad desde la gran recesión de 2008, por la falta de ingresos y oportunidades, se prendió fuego frente a los cuarteles de policía de Sidi Bouzid, una ciudad en Túnez. El país estaba gobernado desde 1987 por el presidente Zine El Abidne Ben Alí, quien encabezaba un régimen que favorecía la privatización por un lado y reprimía a la oposición política por otro. La autoinmolación de Bouazizi se convirtió en un símbolo de todo lo que estaba mal con el gobierno y la situación de Túnez, y en las próximas semanas estallaron protestas y motines por todo el país, pidiendo la renuncia del dictador.

Para sorpresa de todo el mundo, Ben Alí cayó en enero de 2011, y su partido político fue disuelto en marzo de ese mismo año. Túnez tuvo un cambio de régimen efectivo hacia una democracia constitucional y sigue siendo hasta la fecha el experimento más exitoso de esa oleada. La inspiración de Túnez llevó a que durante las semanas y meses siguientes los ciudadanos de otros países árabes se rebelaran contra sus respectivos dictadores: Hosni Mubarak en Egipto, Muammar Al Gaddafi en Libia y Bashar Al Assad en Siria.

Los movimientos de protesta se extendieron desde Marruecos en el extremo oeste, hasta Irak en el este y fueron bautizados por los medios occidentales como la Primavera Árabe. Tomaron por sorpresa a jefes de Estado y analistas de todas partes y pusieron de manifiesto el poder de las redes sociales como herramienta del cambio social. Pues en efecto, aunque hubo personas de todas las edades y orígenes sociales en estos movimientos, estuvieron protagonizados por jóvenes en sus veintes y treintas, clasemedieros, educados, con valores liberales y con acceso a Internet, que usaron medios como Facebook y Twitter para organizarse, difundir información y denunciar los abusos cometidos por unos gobiernos que hasta entonces habían prestado poquísima atención a las redes. Estos jóvenes pedían respeto a los derechos humanos, elecciones libres, acabar con el autoritarismo y soluciones a los problemas económicos.

Pero si la caída de Ben Alí, y la de Mubarak poco después, tomaron desprevenidos tanto a los regímenes dictatoriales como a sus aliados occidentales, éstos no estarían dispuestos a dejar que se extendiera el efecto dominó. Mubarak intentó censurar Internet, pero ya era demasiado tarde. No así para Gaddafi y para Al Assad, quienes no vacilaron en hacer uso de la fuerza letal para reprimir las protestas. Mientras tanto, las potencias occidentales, deseosas de asegurarse que estos acontecimientos tomaran el rumbo conveniente, cambiaron su discurso, y si meses antes se deshacían en alabanzas a los dictadores en cuestión y los saludaban como sus aliados, ahora los habían convertido en enemigos a los que la defensa de la libertad demandaba eliminar. Así, al tiempo que la violencia represora era respondida con violencia insurgente y los movimientos de protesta daban lugar a guerras civiles, una coalición encabezada por Estados Unidos, Reino Unido y Francia (con el beneplácito de Rusia y China), bombardearon a la Libia de Gaddafi en apoyo a los rebeldes. El dictador huyó de su capital y murió a manos de fuerzas enemigas en octubre de 2011.

En Siria la situación fue similar, pero diferente. La Rusia de Vladimir Putin respaldó al gobierno de Al Assad y junto con China usó su poder de veto en la ONU para impedir una intervención en el país. Los Estados Unidos optaron por operar más o menos “bajo el agua”, pues ha sido un secreto a voces que el país ha dado recursos y armas a los rebeldes que se oponen al régimen.

Durante décadas la política de las potencias occidentales en algunos países de Medio Oriente había sido apoyar a dictadores militares, pero laicos, para mantener a raya al fundamentalismo islámico. Y si bien Gaddafi y la familia Al Assad había tenido ciertas pretensiones socialistas al inicio de sus mandatos, después de la Guerra Fría tal fachada había sido dejada de lado. De ahí que personajes como Hillary Clinton y Nicolás Sarkozy no escatimaran halagos hacia estos autócratas apenas meses antes del inicio de las protestas. Pero el vacío de poder dejado por la caída de los dictadores permitió el regreso de los islamistas.

En Egipto, las primeras elecciones democráticas dieron el poder a los Hermanos Musulmanes con un gobierno encabezado por Mohamed Morsi. El nuevo régimen se sintió con la vía libre para imponer su visión religiosa y trató de hacer un giro radical hacia el islamismo que resultó intolerable en un país tradicionalmente laico. Nuevas protestas estallaron y en junio de 2013 el ejército intervino para deponer a Morsi. En su lugar fue establecido el gobierno autoritario de Abdel Fattah el-Sisi, miembro del mismo régimen militar que encabezaba Hosni Mubarak. Excepto por una insurrección yihadista en el Sinaí, la situación en el país del Nilo se ha estabilizado, pero a costa de un regreso parcial a los tiempos de Mubarak.

El vacío de poder en Libia también abrió el camino a una guerra civil que continúa, lo cual a su vez ha provocado intervenciones más recientes por parte los Estados Unidos, quienes actualmente bombardean posiciones en el país, tratando de contener el avance de grupos yihadistas. Junto a Siria y Libia, Yemen sufre otra guerra civil que igualmente se ha internacionalizado.

Lo que nos lleva al Estado Islámico. Surgido como una escisión de Al Qaeda, el Dáesh (por sus siglas en Árabe) existía ya desde antes de la invasión de los Estados Unidos a Irak en 2002. Ésta dejó un caos generalizado que el grupo terrorista aprovechó para crecer y hacerse de poder, capitalizando el sentimiento antiamericano que se difundió entre los países árabes debido a la “guerra contra el terror” de la administración Bush. Pero fue la guerra civil en Siria la que creó el ambiente propicio para que el Dáesh irrumpiera en la escena internacional. Así, en Siria de pronto teníamos tres bandos: el gobierno de Bashar Al Assad apoyado por Rusia e Irán, los rebeldes apoyados por Estados Unidos, Europa y los países del Golfo Pérsico, y en tercer lugar, Dáesh, aterrorizando a todos.

Esto nos lleva al momento actual. El resultado de la Primavera Árabe fue, por un lado, una transición democrática exitosa en Túnez y algunos cambios constitucionales hacia una mayor apertura en países como Marruecos, Argelia y Jordania. Por otro, el regreso del autoritarismo y un futuro incierto en Egipto, sendas guerras civiles en Libia, Siria, Yemen e Irak, y el espectacular ascenso del Estado Islámico, una hidra que extiende sus cabezas por todo el mundo musulmán y que ha llegado a vulnerar a Occidente.

Parte II: Okupa el mundo



En Europa y Norteamérica se vivían todavía las consecuencias de la gran recesión de 2008. Ya entonces se registró el primer antecedente a la gran oleada de movimientos de protesta que vendría después. El escenario sería Grecia, donde en diciembre de aquel año el asesinato de Alexandros Grigoropoulos a manos de la policía desencadenó motines que llegaron a la violencia. Brotes que estallaban y luego se desvanecían han aparecido de forma intermitente en el país helénico desde entonces todos los años.

Otro antecedente se daría en Islandia, país que entre octubre de 2008 y enero de 2009 se vivieron protestas contra el gobierno nacional, al que se le acusaba de corrupción y de favorecer a las empresas y bancos por encima de la ciudadanía. El primer ministro islandés, Geir Haarde, renunció y se convocó a elecciones. La “revolución de las cacerolas”, porque los manifestantes usaban utensilios de cocina para hacer ruido durante las protestas, se consideró un éxito, pues llevó a referendos ciudadanos y cambios constitucionales de forma pacífica.

La gran oleada de protestas masivas iniciaría en 2011. En marzo, manifestaciones contra las medidas de austeridad en respuesta a la crisis económica se llevaron a cabo en el Reino Unido y en Portugal. Pero fue España en mayo de ese año, con la acampada en la Puerta del Sol de Madrid, que los movimientos se proyectaron internacionalmente. En junio estallaba el movimiento estudiantil chileno en contra del gobierno de Sebastián Piñera, y en septiembre inició el Occupy Wall Street en Estados Unidos, con su epicentro en Nueva York, pero que se extendió rápidamente por todo el país y se convirtió en el más grande de su tipo.

La universalidad de un sentimiento de indignación ante el statu quo y de esperanza de un futuro mejor quedó patente el 15 de octubre de aquel año, cuando se organizó una magna protesta global que se replicó en 900 ciudades de 80 países. En invierno la ola llegó hasta Rusia, donde se protestó contra la corrupción del régimen de Vladimir Putin y unas elecciones a las que se tachó de fraudulentas. Fue tan contundente la oleada de protestas globales, que alcanzaron hasta China y la India, y la revista Time tuvo en su portada como persona del año 2011 a los manifestantes.

En mayo de 2012 inició en México el movimiento Yo Soy 132, en contra de lo que se percibía como una colusión de los poderes fácticos para asegurar el triunfo de Enrique Peña Nieto y el PRI en las próximas elecciones presidenciales. Al mismo tiempo, en Canadá se daba un movimiento estudiantil contra el gobierno conservador de aquel entonces. En 2013 hubo protestas en Brasil con el llamado Otoño Carioca, en contra de los gastos gubernamentales para la organización del Mundial de Futbol y las Olimpiadas. Los manifestantes consideraban que había necesidades populares más urgentes que atender. Por esos mismos días se daba también la Primavera Turca, en la que una parte de la población se manifestó contra el gobierno autoritario, represivo y ultraconservador de Recep Tayyip Erdoğan.

En 2014 hubo movimientos de protesta en Tailandia, Taiwán y Hong Kong. En este último, la Revolución de las Sombrillas, buscaba mantener la autonomía de la isla y su estructura democrática ante la creciente injerencia autoritaria desde China. En Estados Unidos surgió Black Lives Matter como respuesta a los asesinatos de afroamericanos civiles a manos de la policía, y que ha llevado a una amplia discusión sobre temas raciales en ese país; en México los movimientos de protesta se vieron revitalizados tras la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa; en Venezuela el movimiento SOS se alzaba contra la carestía, la corrupción y el autoritarismo del régimen de Nicolás Maduro, y en Ucrania las protestas del movimiento Euromandian, que habían iniciado en noviembre de 2013, llegaban a un punto álgido en febrero y derribaban al gobierno de Viktor Yanukovych.

Dichos movimientos fueron muy plurales y diversos, descentralizados y horizontales. Tenían mucho en común con la Primavera Árabe -de hecho, tomaron inspiración de ésta-, en particular que sus protagonistas fueron jóvenes, clasemedieros y educados que hicieron uso extensivo de las redes sociales y reivindicaban la ocupación de los espacios públicos (de ahí los nombres de muchos movimientos: Okupa, con K anarquista).

Pero si en el mundo árabe había regímenes dictatoriales muy concretos contra los que se estaba actuando, el “enemigo” en Occidente era vago y difuso. La percepción era que las élites gobernantes, los partidos de siempre (usaran colores de izquierda o derecha), la casta política, o como quisiera llamárseles, eran corruptos y gobernaban para beneficio de los bancos, las corporaciones, las trasnacionales y en general para las élites económicas locales y del mundo. El rescate de las instituciones financieras por parte de los gobiernos tras la recesión de 2008, mientras se dejaba a los ciudadanos normales sufrir desempleo, desahucios y acceso bloqueado a los servicios de salud y educación, se consideraba una traición.

Los movimientos congregaron a una gran diversidad de grupos con distintas agendas y objetivos, pero todos eran de una u otra forma antisistémicos: desde socialdemócratas hasta anarquistas, desde feministas hasta ambientalistas, y desde personas muy lúcidas que en entrevistas ofrecían una comprensión muy clara de la situación y de los objetivos de las protestas, hasta teóricos de la conspiración que exigían que los gobiernos revelaran la verdad sobre los extraterrestres.

En general se clamaba por una “democracia real”. Las definiciones sobre lo que constituiría tal democracia son variadas y contradictorias, pero en una cosa estaban de acuerdo: las democracias burguesas contemporáneas estaban al servicio de grupos privilegiados y no de la ciudadanía. El sentimiento general era que el destino de las personas comunes no estaba en sus propias manos sino en la arbitrariedad de dictadorzuelos, políticos corruptos y corporaciones con demasiado poder. Algunos experimentos de participación ciudadana y democracia directa fueron llevados a cabo, desde las asambleas de barrio en España hasta el debate presidencial ciudadano organizado por el Yo Soy 132 en México.

Estos movimientos se fueron apagando y diluyendo con el tiempo: las acampadas, marchas y convocatorias no podían mantenerse indefinidamente. El debate se trasladó de las calles de vuelta a los medios y redes sociales. Algunas de las personas que participaron en ellos después se integrarían poco después a la dinámica de la política partidista.

El invierno fascista



¿Cómo se dio el giro desde las oleadas revolucionarias hacia el panorama actual? La crisis económica de 2008 generó un descontento social profundo y un desencanto con las clases gobernante en distintos países en todo el mundo. Pero si por un lado, esto ocasionó movimientos antisistémicos basados en la esperanza de un cambio y en ideales de igualdad y libertad, por el otro creó la situación de inseguridad propicia para que los demagogos culparan a los chivos expiatorios usuales. Sí, la élite política era la culpable, pero porque había abandonado a los “verdaderos ciudadanos” del país en cuestión para ayudar a los inmigrantes, a las minorías, a los aliados de otros países, a la Unión Europea o a la OTAN. Se identificó a los expertos, ya fuera en cuestiones económicas, políticas o científicas, como parte de esa élite corrupta y decadente, a la que no valía la pena escuchar porque estaba ajena a las necesidades de la gente de a pie (cuyo “sentido común” era más confiable que el conocimiento profesional).

Es decir, mientras se desarrollaban los movimientos populares progresistas e incluyentes, en relativo silencio emergían grupos demagógicos, reaccionarios, nacionalistas, autoritarios y violentamente discriminatorios; si por un lado surgían un Occupy Wall Street y un Bernie Sanders, por el otro ascendió un Tea Party y un Donald Trump, tan rápidamente, tan inverosímilmente, que cuando nos dimos que esto no era una payasada sino un peligro real ya era demasiado tarde.

La guerra civil siria, con la subsecuente oleada de emigrados de Medio Oriente hacia Europa, y el ascenso del Dáesh, contribuyeron a exacerbar los sentimientos xenófobos e islamófobos -en particular tras los ataques terroristas en el Viejo Continente-,  que han sido aprovechados por partidos políticos de ultraderecha, desde el Frente Nacional en Francia y el Partido por la Independencia del Reino Unido, hasta la candidatura de Donald Trump en Estados Unidos. La misma crisis ha sido aprovechada por el gobierno de Erdoğan en Turquía, que ha endurecido el autoritarismo, la violencia contra los kurdos y la represión contra sus opositores políticos, especialmente después del fallido golpe de Estado de este 2016.

El triunfo del movimiento Euromaidan en Ucrania, apadrinado por diplomáticos estadounidenses y europeos, era visto como una amenaza para la Rusia de Putin, pues significaba la posibilidad de que la Unión Europea incluyera al país vecino y con ello llegara hasta las fronteras de la misma Rusia. Mientras los Estados Unidos y Europa apoyaban a los manifestantes, Putin apoyó al gobierno y a organizaciones de ultraderecha, incluyendo grupos de choque noenazis que violentaban a los manifestantes. Finalmente, Rusia invadió Ucrania en febrero de 2014 y se anexó la península de Crimea (apoyado por la fuerte presencia de grupos rusófilos en la región), punto de estrategia vital tanto para la defensa de Rusia como para las ambiciones expansionistas de Putin.

En respuesta a la propaganda que desde Occidente exacerbó las protestas contra su gobierno entre 2011 y 2013, Rusia ha fortificado su propio aparato de propaganda y sus influencias. Con el propósito de debilitar las coaliciones de sus rivales en Occidente, en particular a la OTAN y a la Unión Europea, ha apoyado a organizaciones de ultraderecha y movimientos euroescépticos. De ahí el financiamiento de Putin al Frente Nacional y su intervención inaudita en el proceso electoral que dio el triunfo a Donald Trump.

Las filtraciones de WikiLeaks a finales de 2010 contribuyeron al estallido tanto de la Primavera Árabe como de los movimientos Okupa. Junto con las ulteriores revelaciones de Edward Snowden sobre el aparato de vigilancia online estadounidense (que el gobierno de Obama llevó a niveles insólitos) y las acciones de Anonymous a nivel internacional (que dieron apoyo a las revueltas), parecían anunciar el futuro de una mayor vigilancia por parte de la ciudadanía hacia los gobiernos y poderes fácticos a través de Internet y con ayuda de los hacktivistas. Sin embargo, la persecución del gobierno de Obama a estos actores a llevó algunos de ellos a los brazos de Rusia. Julian Assange, de por sí con personalidad ególatra y paranoide, nunca hizo las prometidas filtraciones que revelarían la suciedad de los gobiernos de China y Rusia, y ha sido acusado por Estados Unidos de colaborar con Putin para amañar las elecciones de Estados Unidos, enfocando sus ataques a Hillary Clinton, quien como canciller ameriacana había hecho énfasis en la persecución contra el australiano. Si estas acusaciones son ciertas o Assange está siendo usado como chivo expiatorio por el establishment centrista estadounidense, que se niega a ver las razones de su derrota en el propio agotamiento de su sistema, queda por verse.

En América Latina también se ha apreciado un giro hacia la derecha, tras el agotamiento de varios experimentos de izquierda, que en la Venezuela de Chávez y Maduro acabó en desastre, mientras que en Argentina y Brasil terminó en escándalos de corrupción (y el regreso de la derecha más reaccionaria, misógina y racista). Es a la sombra de esa reacción conservadora que los movimientos de corte fascistoide pueden florecer, especialmente ante el crecimiento de grupos religiosos de línea dura, protestantes y católicos, cuya influencia se ha dejado sentir en la victoria del “No” en el referendo sobre la paz en Colombia y la aparición del Frente Nacional por la Familia en México.

Estos son sólo algunos factores que explican el resurgimiento y empoderamiento de la ultraderecha en Occidente, de lo cual el triunfo del Brexit en el Reino Unido, del “No” a la paz en Colombia, y de Donald Trump en los Estados Unidos son sólo tres de los ejemplos más notorios de este 2016. Estos grupos tienen en común una vena autoritaria y antiintelectual, a menudo relacionada con el fundamentalismo religioso, y niegan la ciencia que no respalde sus posturas ideológicas; son ferozmente nacionalistas y xenofóbicos, se oponen a la inmigración y a menudo son abiertamente racistas; se manifiestan en contra de la integración global y de la coexistencia de diferentes culturas; desprecian el feminismo y los movimientos por la diversidad sexual; tienen poco respeto por la verdad y los hechos, predican teorías conspiratorias y echan mano de desinformación transmitida a través de las redes sociales.

El futuro inmediato pinta oscuro, pero no olvidemos que la generación que participó en la Primavera Global no se ha ido a ningún lado ni ha cambiado de colores. Los votantes de los nuevos movimientos de ultraderecha son casi siempre miembros de generaciones mayores. Por ejemplo, los Millennials votaron abrumadoramente en contra del Brexit, y en las primarias le dieron más votos a Bernie Sanders que a Clinton y Trump juntos. Constituyen la generación mejor educada, más diversa y cosmopolita, y menos religiosa y nacionalista de la historia. Las protestas que encabezaron no habrán logrado cambios espectaculares en la sociedad, pero pusieron sobre la mesa de discusión temas importantísimos que habían estado siendo dados por sentado como parte del orden natural de las cosas (como la penetración de las corporaciones en los gobiernos) y marcaron el debut en la vida pública y la experiencia histórica de toda una generación, misma que en pocos años empezará a ocupar puestos de poder e influencia. Estoy seguro de que a esta generación le  tocará combatir la oleada de fascismo que viene. Esperemos que esté a la altura de tan formidable enemigo.


POSDATA: Llevo años recopilando información al respecto. Tengo una colección de enlaces como referencias a todo lo anterior en mi blog, aquí.

8 comentarios:

master_of_seals dijo...

Me agradó el artículo, pero me llamó la atención tu uso del termino "islamofobia". Hace tiempo leí ésta respuesta de Mauricio José Schwarz, y por ahora no sé qué pensar al respecto: http://ask.fm/elnocturno1ed/answers/130685973808

Maik Civeira dijo...

Estos días está de moda responder con "eso no existe" para un montón de cosas. La respuesta de Schwartz no es muy sensata. Definimos islamofobia sencillamente como ela actitud de prejuicio y discriminación contra las personas musulmanes por el hecho de serlo, por ejemplo el asumir que todos los musulmanes son terroristas o un peligro para las sociedades occidentales. Schwartz admite que es actitud existe, ¿cómo la llamamos? El que no exista un _nombre_ para el odio a otros grupos religiosos no dice nada sobre si el odio a los musulmanes no exista o no esté bien llamarlo "islamofobia". Sus analogías no cuentan como argumentos.

Ciertamente los fundamentalistas islámicos se escudan en eso para desestimar las muy necesarias críticas contra su maldito fanatismo. Igual los sionistas acusan de antisemitismo a quienes critican las acciones criminales del Estado de Israel. Pero eso no quiere decir que el antisemitismo no exista y sea un problema.

Maik Civeira dijo...

Perdón por los dedazos. Escribo desde el cel.

Maik Civeira dijo...

Jejeje, acabo de ver que yo también hice una analogía. Lo que quiero decir es que aunque se abuse de un término no quiere decir que no tenga un uso legítimo.

Alvaro Murga dijo...

Negro se ve el panorama Ego, con pronostico de tormenta. Ojala las cosas mejoren, pero a veces creo que pones demasiada fe en los milenials. Yo soy más cínico en ese aspecto. ¿Son un grupo lo suficientemente numeroso? ¿No cometeran sus propios y desagradables errores en sus propias cruzadas? ¿No se dejaran engatusar por nuevos cantos de sirena? A veces me parece que los millenials son menos propensos a aceptar la crítica y la autocritica a sus ideales, pero pueden ser malinterpreteciones mias. El que alguien sea muy educado no garantiza que tome la decisión correcta.
Ojala aciertes con ellos y yo me equivoque, y ellos logren revertir las cosas, pero por lo general me parece que la humanidad tiende a caer en ciclos de estupidez inevitable.

Anónimo dijo...

Yo creo que los millenials deberían parecerse un poco (o al menos aprender un poco de) la Generación del 68. Es solo una opinión, pero no hay un gran espíritu revolucionario.

Maik Civeira dijo...

Es que a los Millennials nos falta la convicción de algún gran metarrelato ideológico. Lo cual, por otro lado, no sé si sea deseable o posible a estas alturas de la posmodernidad.

Maik Civeira dijo...

Sí son (¿somos?) una generación con poca autocrítica, dada a la self righteousness, a valorar lo simbólico más que los hechos y a creer que está inventando el hilo negro. Hace falta perspectiva histórica también.

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