viernes, 9 de diciembre de 2016

Los peligros del sentido común




Sentido común significa el buen sentido; razón tosca, razón sin pulir, primera noción de las cosas ordinarias, estado intermedio entre la estupidez y el ingenio. Decir que un hombre no tiene sentido común, es decir una injuria muy grosera; pero decir que tiene sentido común, también es una injuria, porque es significar que no es completamente estúpido, pero que carece de inteligencia.


Los seres humanos traemos integrados en nuestros cerebros las características cognitivas que nos permiten hacer ciencia. Somos por naturaleza curiosos, nos gusta explorar y experimentar (¿qué pasa si hago esto o si pongo eso con aquello?), observamos y reconocemos patrones, nos agrada contar, medir y clasificar las cosas que nos rodean y somos bastante buenos para inferir información nueva a partir de datos conocidos. Pero sobre todo, tenemos una mente flexible con una gran capacidad de responder a situaciones muy diferentes, lo cual nos ha permitido crear estrategias diversas, herramientas culturales transmisibles a través de las generaciones, para responder a nuestras condiciones medioambientales y sociales.

El Homo sapiens ha existido por 200,000 años aproximadamente, y de éstos sólo hemos practicado la agricultura por los últimos 12,000. Eso significa que pasamos casi 190,000 años como cazadores y recolectores que vivían en comunidades pequeñas. Es decir, un 95% de la historia humana fue, irónicamente, prehistoria. Nuestras habilidades cognitivas básicas, es decir nuestro sentido común, nos permitieron sobrevivir y prosperar durante esos milenios, y tuvieron además el afortunado (o desafortunado, según cada quien) efecto secundario de que, dadas las condiciones adecuadas, pudimos desarrollar sociedades complejas, una vasta diversidad cultural y, claro está, ciencia.

No es de extrañar que desde los albores de la humanidad hayamos tenido ciencia, o por lo menos, rudimentos de ciencia. Aún antes de desarrollar agricultura, escritura y ciudades, ya teníamos astronomía y matemáticas; los monumentos megalíticos prehistóricos se erigen como testimonio de ello. Todas las grandes civilizaciones de la Antigüedad hicieron increíbles avances en ciencias: los egipcios sabían química y medicina; los caldeos dividieron el círculo en 360 grados, y crearon los minutos y los segundos; los mayas y los indios, cada uno por su cuenta, inventaron el cero. En todas las épocas, donde ha habido seres humanos ha habido semillas de ciencia.




Pero aún con nuestra predisposición natural y con todo el conocimiento y técnica que habíamos acumulado a lo largo de milenios, aún hacía falta afinar muchos detalles.  La herbolaria nos decía que ciertas plantas ayudaban a aliviar ciertos males, pero ¿cómo? ¿Qué había en las plantas y cómo actuaba eso con el cuerpo? ¿Quizá un espíritu bondadoso habitaba la planta? ¿Quizá había simpatías y antipatías entre ciertas substancias? La astronomía permitía calcular que si la luna pasa por cierta constelación, entonces es que se acercaba la época de lluvias. Pero, ¿cuál era la relación entre las estrellas, la luna y la lluvia? ¿Es que acaso la constelación era un dios que enviaba la lluvia cuando la luna lo visitaba? ¿Y por qué la luna giraba en el cielo y nunca se caía? ¿Y qué eran las estrellas?

Faltaba establecer el método experimental preciso y un modelo riguroso de razonamiento inductivo; establecer que las matemáticas son la base de toda ciencia y que el razonamiento discursivo no es suficiente para llegar a conclusiones fiables. Faltaba prescindir de las explicaciones sobrenaturales para los fenómenos observados y saber que sería necesario retar a la tradición y a las autoridades. Faltaba desarrollar mecanismos para comprobar y refutar, para reducir los errores individuales y arribar a consensos significativos. Y aunque para llegar a todo eso confluyó la sabiduría acumulada de muchas eras y muchas culturas, la coincidencia de factores históricos permitió que el gran momento se diera en la Europa de los siglos XVI y XVII con la Revolución Científica.

Como dice Neil DeGrass Tyson en el primer capítulo de la nueva Cosmos, es tal el poder del método científico, que en cuatro siglos desde que Galileo miró por vez primera a través de su telescopio, ya hemos puesto hombres en la luna. Y, añado, encontrado la cura a múltiples enfermedades y aumentado nuestra expectativa y calidad de vida (el que hasta ahora no todos se hayan beneficiado de estos avances es un problema de desigualdad económica y justicia social).



El problema es que así como en nuestra mente están las capacidades que nos han permitido desarrollar las ciencias, también
hay toda una serie de predisposiciones al error: tendemos a ver patrones donde no los hay, a atribuirle agencia e intencionalidad a los eventos fortuitos, a hacer generalizaciones precipitadas y a creer que nuestras propias experiencias personales son muestras de toda la realidad; nos inclinamos a aceptar lo que nos dicen quienes percibimos como figuras de autoridad o lo que cree nuestra propia tribu; nos aferrarnos a nuestras propias creencias porque son nuestras y descartamos la información que las contradice mientras enfatizamos la que nos las reafirma.

Sucede que nuestra mente no evolucionó para comprenderlo todo, sino para permitirnos sobrevivir, y en realidad nos ha sido bastante útil. Llamamos sentido común a esa capacidad básica de razonar que todos tenemos (a menudo sin estar conscientes de cuáles son nuestros procesos de razonamiento). Para los asuntos más prácticos de la vida cotidiana, el sentido común nos es suficiente, como nos lo ha sido a lo largo de la mayor parte de nuestra historia.

La ciencia, como actividad social y colectiva que se autocorrige constantemente, nos permite neutralizar las tendencias al error de cada uno como individuo y nos da las herramientas que nos han facultado conocer y comprender el mundo de formas que serían inaccesibles para nuestro set original de capacidades cognitivas (y los instrumentos que nos empoderan más allá de nuestros sentidos).



Pero conforme la ciencia avanza y se sofistica, el cuerpo de conocimientos que acumula se va haciendo tan complejo que se aleja más y más de lo que podríamos comprender simplemente con nuestro sentido común. Aquella frase de Thomas Huxley, “la ciencia es el sentido común en su mejor forma”, deja de ser precisa conforme nos adentramos en terrenos más complicados. Como dijera Carl Sagan:

“La realidad puede ser desconcertante. Puede costar trabajo lidiar con ella. Puede ser contra-intuitiva. Puede contradecir prejuicios profundamente arraigados. Puede no ser consistente con lo que desesperadamente deseamos que sea verdad. Pero nuestras preferencias no determinan lo que lo es.”

Los objetos sólidos que te rodean están compuestos de innumerables partículas que se mueven sin cesar. Esta es una realidad que escapa a lo que pueden informarnos nuestra percepción sensorial y nuestro sentido común. Pero no es una conjetura, una opinión o un dogma de fe, sino un hecho demostrable y demostrado empíricamente, y que seguiría siendo real aunque toda la humanidad lo ignorara.

Pero como esto es difícil de asimilar de buenas a primeras, nuestra propensión a confiar excesivamente en el sentido común nos lleva a ser víctimas de demagogos antiintelectuales. Como todos los demagogos, manipulan a la gente de a pie y la predisponen contra una élite a la que se quiere ver como corrupta y malvada. En este caso, la élite son los científicos, y en general los expertos, de quienes se dice que no saben nada, porque el sentido común de la gente puede entenderlo todo.



La manipulación se da mediante el halago: usted, señor padre de familia, usted señora ama de casa, puede entender lo que es bueno y verdadero mejor que esos expertos con sus estudios y sus laboratorios, que al fin y al cabo dicen puras tonterías ¿Cómo va a ser que inyectarte una enfermedad te haga bien? ¿Cómo pueden decir eso de que el hombre nació del mono? ¿Cómo vienen a decirnos que el mundo se está calentando cuando podemos ver que hace frío? ¿Cómo no va a ser una aberración que le pongan los genes de un animal a una planta? ¿Cómo va a ser que mi aerosol, que me pongo dentro de mi cuarto cerrado, dañe a la capa de ozono?

Para entender a cabalidad todo lo anterior, hace falta un mínimo de conocimientos científicos y de pensamiento crítico y racional, porque el sentido común no basta. Hay una razón por la cual los negacionistas de la ciencia no llevan sus debates a instituciones científicas, sino a lugares donde mandan los legos: están tratando de convencer a la gente común, vulnerable a tales manipulaciones, y de usar sus números para neutralizar la influencia de los expertos. Y la tendencia antiintelectual va más allá de las ciencias naturales o exactas, sino que llega hasta cuestiones políticas, económicas y sociales.

La situación es peligrosa porque nos lleva a renunciar a los mejores conocimientos que tenemos disponibles, para en cambio abrazar las respuestas simplonas y equivocadas. Y esos conocimientos pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte, no sólo de cada uno de nosotros como individuos, sino de toda nuestra especie.



¿Cómo podemos evitar la manipulación? Como legos, es decir como personas ajenas al conocimiento de los expertos, debemos tener en cuenta que nuestro sentido común no es suficiente para comprender una realidad tremendamente compleja, y que para ello se requiere mucho trabajo y estudio. Podemos tomarnos un tiempo para entrenarnos en el pensamiento lógico y aprender aunque sea un poco de aquello de lo que queremos opinar, el mínimo para reconocer cuándo nos están engañando y cuándo podemos confiar en lo que se nos dice. A nosotros nos corresponde la responsabilidad de aprender y educarnos para defendernos de las manipulaciones demagógicas de quienes apelan a nuestro sentido común para negar a la ciencia. 

Pero sobre todo, los expertos no pueden seguir adoptando una actitud de desdén hacia la gente común, ni menos ponerse en plan de “nosotros lo sabemos mejor que ustedes, hágannos caso, idiotas y cállense”. Carl Sagan, recordando la Biblioteca de Alejandría destruida por la plebe, señalaba que es muy fácil juzgar a ese montón de ignaros, pero ¿qué hacía la Biblioteca por todos ellos? ¿Cómo podrían tener idea del valor de lo que en ella se guardaba? En la Biblioteca sólo trabajaba y estudiaba una élite intelectual; la mayor parte del pueblo veía a esos eruditos (hombres y mujeres), entrar y salir de la Biblioteca, pero no tenían ni idea de qué era lo que hacían allí. El conocimiento guardado en ese magno templo sólo estaba al alcance de algunos elegidos, y en general no hacía ningún bien al pueblo hambriento y harapiento. "Los sabios de Alejandría" dice Carl Sagan de forma ominosa "nunca cuestionaron el orden social y político de su época". ¿Cómo esperar que el populacho sintiera algún respeto o reverencia por ese lugar?



Stephen Hawking recientemente publicó en The Guardian un conmovedor texto en el que empieza por reconocer la posición privilegiada en la que ha vivido a lo largo de su vida. Pero el orden social y político de nuestra época ha creado una terrible desigualdad y eso llena a las personas de inseguridades, temores y resentimientos contra la élite que vive en sus burbujas. Hawking -probablemente el científico vivo más conocido a nivel mundial- junto a otros expertos advirtió que el Brexit dañaría la investigación científica en el Reino Unido y que la elección de Donald Trump en Estados Unidos haría peligrar el combate al cambio climático. Aún así, la gente no escuchó y votó por los demagogos que prometían soluciones fáciles a problemas complejos.

Hawking advierte que aunque sus elecciones sean terriblemente equivocadas, no se puede desestimar sus muy legítimas preocupaciones. Las élites del mundo, intelectuales, económicas y políticas “de Londres a Harvard, de Cambridge a Hollywood”, tienen que aprender una lección de humildad y reconocer que le han fallado a la mayor parte de la humanidad.

Ahora necesitan volver la atención a los problemas de la gente común. Si la élite de expertos quiere ser escuchada, necesita algo más que tener la autoridad que da el conocimiento, sino también la autoridad moral que viene de ser percibido como alguien que se preocupa y trabaja para el bien de los demás. El futuro de nuestro planeta se nos va en ello.

2 comentarios:

Ce Acatl dijo...

Y puedes estar seguro, Ego, que con tus textos contribuyes a mejorar ese futuro que nos espera

Anónimo dijo...

Ego, ¿quiere sexo oral?

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