jueves, 28 de enero de 2016

Una entrada de blog no cambiará al mundo



Si los humanos fuéramos seres perfectamente racionales, como los nobles Houyhnhnms de Los viajes de Gulliver, sería muy fácil convencernos mutuamente de lo que es correcto y verdadero, pues bastaría presentar hechos demostrables y argumentos bien razonados. Alas! No lo somos. 

El científico, filósofo y divulgador Massimo Pigliucci llama "falacia racionalista" a la noción ingenua de que basta explicar algo a la gente con toda honestidad para que ésta vea la luz. Años de experiencia debatiendo con creacionistas (por su formación, Pigliucci es biólogo evolutivo), le han mostrado que la cosa no es así de fácil. Somos bastante menos racionales de lo que nos gustaría creer, menos dados a razonar que a racionalizar

En un largo y ya clásico artículo de la revista online Vox, titulado How politics makes us stupid, Ezra Klein habla de las investigaciones de Dan Kahan, sobre algo que en realidad parecería bastante obvio: nosotros nos aferramos a nuestras creencias, aún frente a las más sólidas evidencias de que estamos equivocados. Esto no aplica a cualquier creencia errónea que tengamos, desde luego. Si pensamos que los conejos son roedores y alguien tiene a bien explicarnos que en realidad son lagomorfos, no presentaremos mucha resistencia ante la nueva información. Si habíamos creído toda la vida que Napoleón era un chaparrín y algún alma caritativa y con inclinación pedagógica nos cuenta que no es cierto, tampoco creo que la mayoría de nosotros reaccionaría con mucha intensidad.

No, las creencias a las que nos aferramos son aquéllas que están íntimamente relacionadas con nuestra identidad, con los puntos básicos que construyen quiénes somos y cómo entendemos el mundo. Es decir, las creencia religiosas y la ideología política, principalmente. Ello explica por qué por más datos, estadísticas y argumentos honestos y racionales que le presentemos a los creacionistas, los negacionistas del cambio climático, los antivacunas o los antitransgénicos, no vamos a lograr cambiar su opinión. En efecto, tenemos toda clase de mecanismos de autodefensa para que nuestra visión del mundo no resulte dañada por información nueva, desde el sesgo de confirmación hasta el simple y llano autoengaño. De hecho, estas medidas defensivas son tan exitosas que el intento por convencernos de que andamos equivocados bien puede reforzar nuestras creencias previas. Esto es conocido como backfire effect.




Saber esto ha provocado una reacción apocalíptica: no tiene caso tratar de difundir el conocimiento, ni de debatir a los que sostienen creencias erróneas y dañinas; no tiene caso refutar la desinformación que circula por Internet; la gente simplemente es demasiado idiota para cambiar de opinión. Mejor tiremos la toalla y vámonos a dormir. El mejor ejemplo de esta clase de reacciones lo tenemos en el lamentable final de la excelente columna del Washintong Post escrita por Caitlin Dewey, What was fake on the Internet this week, que en su última entrega explicó que a los fanáticos políticos (en particular los derechistas xenófobos seguidores de Trump) no les interesan los hechos verificables, sino sólo las narrativas que se ajustan a sus prejuicios, y por lo tanto no tenía caso seguir luchando. Es en verdad un panorama bastante deprimente.

Pero creo que las personas que están tirando la toalla lo están enfocando de la manera equivocada. Claro que un texto bien redactado o un debate bien sostenido no van a convencer a una persona de que sus creencias más queridas son falsas. Eso es obvio para cualquiera que ha tenido una conversación en los internetz. Pero es que hace falta ver el cuadro completo y a largo plazo.

Veamos, estoy seguro de que estarán conmigo en que todos alguna vez hemos sostenido ideas equivocadas, y a veces muy estúpidas, incluso con bastante vehemencia (se llama "ser adolescente"). Por ejemplo, en mi etapa de darketo proto-emo yo llegué a creer que Hitler era un buen tipo pero incomprendido y tratado mal por la historia; a lo largo de muchos años creí en la criptozoología y en la ufología y estaba segurísimo de que en cualquier momento los misterios más misteriosos del mundo estaban por revelarse; hasta mis primeros veintitantos todavía creía en la existencia de Dios, si bien de una forma cada vez más vaga e impersonal; hasta hace unos cuantos años creía que la transexualidad era un trastorno mental o el capricho de algunos pervertidos. Podría seguir enumerando creencias erróneas de las que ahora me avergüenzo, pero algo deberé seguir ocultando si quiero que ustedes me sigan teniendo algún respeto...



El caso es que estas nociones no me abandonaron de la noche a la mañana ni gracias a una única lectura o una sola conversación. Los cambios en mi forma de pensar fueron el resultado de años de aprendizaje, de lecturas, de charlas, de experiencias, de viajes, de conocer a diferentes personas con diversos puntos de vista y de largas meditaciones para ordenar mis ideas. Estoy seguro de que ustedes han experimentado cosas muy parecidas.

Esto no aplica sólo a jóvenes de mente abierta e inclinación natural hacia el aprendizaje. Recuerdo que mi señora madre, católica y tradicionalista, solía ser ferozmente homofóbica cuando era niño (lo cual, siendo yo ligeramente femenino en mis formas de actuar, podía llegar a ser muy doloroso, pero no estamos aquí para discutir mis traumas de la infancia...). Mi santa madre no distinguía entre un homosexual y un pedófilo; para ella todos eran violadores y pervertidos, y me advertía de no tener amigos de los que se sospechase fueran gays. Hoy por hoy, su postura es más bien "meh, que cada quien haga lo que quiera".

La evolución de su opinión no se debió a ninguna brillante conferencia en TED o algún artículo del diario local. Fue un proceso lento y largo, que va de la mano con un fenómeno general: el cambio de actitud de la sociedad mexicana en general hacia los gays, que poco a poco van ganando en el terreno de la aceptación. Cambia el punto de vista de la sociedad y los individuos van adaptándose a ella.

"Oye, Ego, pero todas ésas son anécdotas personales y no tienen el valor de pruebas de nada". Y tienen ustedes toda la razón, mis estimables contertulios. Es por eso que también les traigo datos. O más bien, les dirijo a dónde hallarlos, porque ponerlos aquí me da flojera. Por ejemplo, resulta que hay una apreciable tendencia actual en la sociedad estadounidense hacia volverse cada vez más liberal y progresista, como muestra ese artículo de The Atlantic (hace falta un análisis así en México). Esto se debe en gran parte a que los Millennials son más progres que ninguna otra generación anterior, pero también sucede que las generaciones mayores, que antaño eran más conservadoras, van cambiando sus posturas poco a poco. Vaya, incluso los conservadores de hoy son más liberales que los conservadores de ayer. Es decir, no es el caso de que los viejos vayan a morir con sus viejas ideas y que el panorama cultural cambie porque son sustituidos por generaciones más jóvenes que piensan distinto: hasta los mayorcitos pueden modificar su forma de pensar. El caso de mi sacrosanta progenitora no es único ni excepcional.

No voy a poner una foto de mi madre, así que aquí está Sara García

Esta tendencia a ser cada vez más liberales ya había sido advertida por Steven Pinker en su monumental The Better Angels in Our Nature, excelente libro sobre la reducción de la violencia en la historia humana, y que no me canso de recomendar. ¿Cómo se explican estos cambios? Es una retroalimentación entre personas que se esfuerzan por transformar la cultura, y de personas que se van adaptando a esa transformación.  

En un capítulo titulado The Humanitarian Revolution, Pinker muestra con números cómo la difusión de las ideas a partir de la invención de la imprenta, y en particular desde la Ilustración, contribuyó a generar una "revolución humanitaria" que dio inicio a un proceso de reducción significativa de la violencia en Occidente. La aparición de numerosos libros que defendían audaces ideas, el clima del libre intercambio de opiniones en las "repúblicas de letras", los esfuerzos para divulgar el conocimiento y la formación de un público lector cada vez más amplio, fueron factores que permitieron esta transformación cultural.

De hecho, el libro es un regalo para los progres porque demuestra el valor de las ideas en la transformación de la sociedad. Por ejemplo, en la narrativa derechista la liberación femenina se dio exclusivamente debido a factores económicos (la necesidad por parte del capitalismo de que las mujeres trabajaran y dispusieran de su dinero) y tecnológicos (avances como los anticonceptivos y los electrodomésticos que las liberaron de su función de procreadoras y amas de casa). Pinker demuestra cómo las luchas de los feminismos, desde la divulgación y defensa de sus valores hasta el activismo político, tuvieron una importancia fundamental para que se lograra un cambio. No es tan simple, claro, nunca lo es tratándose de la sociedad humana, y por supuesto que también entran otros factores políticos, económicos y tecnológicos. Pero lo cierto es que en estos procesos la divulgación y asimilación de las ideas juegan un papel de importancia innegable.

Si de verdad fuéramos todos tan necios, incapaces de aprender y modificar nuestro pensamiento, estos cambios no habrían sido posibles. Caray, la misma educación no sería posible.



No digo que haya que desperdiciar tiempo y sacrificar el estado de ánimo para discutir con los millones de perfectos imbéciles que pululan por Internet. Uno debe saber escoger sus batallas. Pero aún si con todos tus datos y tus razonamientos claros no logras convencer al cristiano creacionista de que no mame y que la evolución es un hecho científico como que a los niños no los trae la cigüeña, igual y algún incauto que atestigüe tal debate, y que no esté absolutamente cerrado del cerebro, se acuerde de sus palabras y de algo le sirvan para irse formando el propio pensamiento.

La columna de Caitlin Dewey no iba a cambiar la opinión de los trumpistas xenófobos, pero por lo menos a mí me enseñó que debo ser súper cuidadoso con la información que circula en Internet, incluso la que parece más inocua y en la que no se pueda imaginar quién se beneficiaría de difundir tales falsedades. Y dudo mucho que yo fuera el único que le estuviera sacando provecho.

Pues no es necesario ser pefectamente racionales, basta con ser los suficientemente racionales. Hasta las personas muy convencidas de una causa pueden mudar su parecer. Piensen en un ambientalista greenpeacero como Mark Lynas o en un libertariano capitalistillo como Michael Shermer, que poco a poco aceptaron la evidencia científica y cambiaron sus ideas erróneas sobre los transgénicos y el cambio climático, respectivamente. Me inclino a pensar sólo los más recalcitrantes fanáticos (que siempre son minoría) crecerán, envejecerán y morirán aferrándose con intransigencia y furia a sus mismas ideas equivocadas.

Aprender sobre historia brinda perspectiva y una de las cosas que mejor he aprendido es que el cambio es lento. No es para desesperarse si nuestros esfuerzos no rinden resultados en unos cuantos años. A veces se necesita toda una vida; a veces más. La mayoría de los filósofos ilustrados no vivieron para ver las revoluciones que sus ideas inspiraron: Montesquieu, Voltaire y Rousseau murieron todos antes del estallido de la Revolución Francesa.

Así que no, un texto, un libro, un discurso no van a cambiar por sí mismos al mundo. Vamos, probablemente no logren ni cambiar la opinión de una sola persona. Pero pueden formar parte del panorama intelectual y cultural que acabará por traer esa transformación necesaria. Una entrada de blog no cambiará el mundo. Será solo una gota de agua, cuando lo que se necesita es un océano. Pero, después de todo, ¿de qué están hechos los océanos sino de millones de gotas de agua?


martes, 19 de enero de 2016

¿Por qué estudiar la cultura pop?



Algo muy curioso está sucediendo con la cultura pop contemporánea. Una máscara proveniente de un cómic y popularizada por una película que realizaron los creadores de Matrix se convirtió en símbolo de protesta alrededor del mundo. Algunas de las series de TV con mayor audiencia a nivel global se caracterizan por su complejidad moral en tonos grises, ya sea por retratar la vida al interior de una cárcel de mujeres o por explorar el miasma de corrupción en las altas esferas del poder estadounidense. La cuarta entrega de una vieja serie fílmica de ciencia ficción posapocalíptica es aclamada como un gran manifiesto feminista. Tres de las caricaturas infantiles más exitosas de Cartoon Network incluyen relaciones homoeróticas, cuestionamientos a la autoridad y críticas al orden social. La saga de libros y películas más popular de esta generación trata de una joven de origen proletario que encabeza una revolución contra una oligarquía que manipula a su población a través del espectáculo.

La cultura pop, la de masas, la mediática, ha sido siempre considerada por su misma naturaleza un frívolo vehículo de los valores del orden establecido ("pan y circo"), y ni siquiera a propósito, por oscuros fines de adoctrinamiento, sino que sencillamente para tener éxito con las mayorías había que reducir todo al mínimo común denominador y no generar controversia. Ahora, vemos en la cultura pop más pop pequeñas manifestaciones, si no de rebeldía, sí de crítica, y definitivamente del lado izquierdo del espectro liberal-conservador.



¿Qué está pasando?  Bien puede ser que la cultura mainstream esté absorbiendo y neutralizando esas chispas de crítica y rebeldía. Después de todo, como dicen por ahí, que “rebelarse vende” y que hasta la contracultura se puede convertir en un negocio redituable. O bien puede ser que esas semillas de insurrección haya logrado sembrarse por aquí y por allá en los productos de la cultura pop, gracias a una generación que creció con ella y no está dispuesta a soltarla, pero que también ha desarrollado una actitud crítica ante su entorno y su actualidad. Quizá es un poco de ambas cosas. Después de todo, esta generación tan nostálgica que no quiere dejar de ver entregas de Marvel y de Star Wars, es la misma que armó un Occupy Wall Street y un Yo Soy 132.

En esa gran enciclopedia colectiva que es TV Tropes existe una entrada de un fenómeno conocido como “The man is sticking it to the man”, que se podría traducir como “El sistema se está chingando al sistema”. Se refiere a que a menudo el establishment convierte a la rebeldía y sus símbolos en productos de consumo capitalista. Pero también advierte que las mentes creativas detrás de las obras que se venden como cultura pop no son parte del establishment, sino muchas veces personas igual de críticas con él que logran introducir sus mensajes de rebeldía en esos productos, que los amos corporativos dejan pasar porque, resulta, son muy taquilleros.



Pero además, esto me lleva a preguntarme, ¿qué pasará con esta generación de adolescentes que están creciendo con Los juegos del hambre? ¿Los televidentes (o más bien, netflixvidentes) de hoy desarrollarán una visión más sofisticada de la política o de la ética gracias a House of cards o Breaking Bad? ¿O estos productos simplemente son consumidos como formas entretenidas e interesantes de pasar el rato? Una pregunta que engloba todas las anteriores sería, ¿la cultura pop es un simple reflejo de tendencias existentes en la sociedad que la produce y que la consume o puede de hecho incidir en la forma en la que esa sociedad concibe el mundo?

Alguna vez alguien me preguntó que para qué servía saber sobre cultura pop, y respondí que la verdad no tenía idea, pero que es muy satisfactorio. Desde entonces he estado pensando, ¿por qué vale la pena estudiar la cultura pop? No me refiero a conocer los nombres de todos los personajes incidentales de Star Wars o a saber de memoria todos los hechizos de Harry Potter, sino a estudiar el pop como manifestación cultural de la misma manera en que lo hace un crítico literario o de cine. ¿Tiene algún propósito avocarse seriamente a la comprensión de algo que se considera por su misma naturaleza frívolo e intrascendente?

Bueno, hoy propongo algunas respuestas, pero básicamente podemos partir de una: conocer el pop nos ayuda a conocernos a nosotros mismos. La cultura mediática está diseñada para gustarle al mayor número de personas posibles, a diferencia de, digamos, obras de arte pensadas para una élite educada y culta. De cierta forma, el pop es más representativo de su época y de las sociedades que lo producen y lo consumen que muchas otras expresiones culturales. Estudiando las manifestaciones del pop podemos observar los cambios que se dan en nuestras culturas, podemos atisbar tendencias que surgen, triunfan y decaen, podemos ver las transformaciones en nuestras costumbres y valores. De entrada, sólo por eso valdría la pena estudiarla.



Pero la cosa va más allá: estudiar algo significa intentar comprenderlo más allá de la apreciación superficial y pasiva de lo que se percibe con los sentidos. Es importante aprender a aproximarnos con sentido crítico a lo que consumimos, y en ese sentido quienes tienen más experiencia con ello pueden ayudar a los demás a desarrollar esa facultad para "ver más allá de lo evidente". De ahí la importancia de la crítica pública de la cultura pop. Mediante ella se puede ir formando un público más crítico, que analice lo que consume de forma más consciente. Esto ha sido obvio en el caso de todas las artes desde hace mucho tiempo, pero la cultura pop había sido dejada de lado, denostada como mero producto de consumo de masas, no diferente a cualquier baratija fabricada en serie, y que por lo tanto no merece más atención de la intelectualidad erudita que para denunciar los bajos niveles a los que se rebaja la sociedad, y quejarse de que no estén todos disfrutando de la "alta cultura" en vez de esas atrocidades. 

Una crítica de la cultura pop no la tira toda de una vez a la basura, como se hacía antaño, o como aún hacen los pretenciosos. Por el contrario, habría que seguir el ejemplo de Umberto Eco, pionero del estudio serio del pop (y gran lector de historietas y novelas de James Bond), y atreverse a conocerla para descubrir sus lenguajes, sus códigos, sus estructuras, sus sistemas de valores, sus potencialidades y todas esas implicaciones que pasan desapercibidas hasta para los mismos creadores. El crítico de la cultura pop no puede ser ajeno a ella, no puede ser el erudito que baja de su torre de marfil para tomarla con pinzas y decir "¡oh, qué cosa tan espantosa!", pues lo más probable es que solo derrame prejuicios que de nada servirán para comprenderla. El crítico de la cultura pop tiene que haber crecido en ella, pero al mismo tiempo tener las herramientas intelectuales para disecarla fríamente.

Un público crítico será capaz de incidir en la dirección que toman los productos culturales de su consumo, y no solamente ejerciendo su derecho a la fruición, sino, en esta era digital, a través de la posibilidad de expresar con toda altisonancia sus opiniones, sus argumentos, sus debates, desos y repulsiones. En esta época de multidireccionalidad y retroalimentación inmediata, el público está empoderado ante la cultura pop como no lo había estado desde que los creadores dejaron de tener una relación directa con su audiencia y se convirtieron en lejanos artífices de productos para el consumo masivo a través de canales unidireccionales. Así, el público puede contribuir a hacer que los productos de la cultura pop sean mejores, más inteligentes o que reflejen valores positivos (o puede suceder al contrario).



Finalmente, para bien o para mal, la cultura pop es la única que tiene el potencial para convertirse en una verdaderamente universal. Cuando de Tokyo a Johannesburgo medio mundo (o por lo menos las clases medias y altas con acceso a los medios) conoce Star Wars, ha jugado Super Mario o ha bailado con la música de Scandal, se construyen puntos de encuentro potenciales entre personas de muy diversas latitudes y bagajes culturales. La cultura pop tiene el potencial de hacernos más cosmopolitas, de hacernos ver que tenemos mucho en común con los demás seres humanos con quienes compartimos este planeta. El arte siempre ha tenido ese potencial, pero en el pop es aún mayor por su capacidad de infiltrar en donde sea y su relativa accesibilidad.

Éste no es un canto de amor y alabanza hacia la cultura pop. Como muchos, yo creo que puede (y por lo general es) frívola y estúpida, y a menudo dañina. También hay que reconocer el peligro de que las más dominantes de estas culturas de masas sean manufacturadas para todo el mundo desde unos epicentros muy reducidos (la anglósfera -en particular Estados Unidos-, Europa occidental y, en las últimas décadas, Japón), que amenazan con empobrecer o suplantar las culturas locales.

Pero nada ganaremos con desdeñarla e ignorar su importancia en el mundo contemporáneo. Necesitamos conocer aquello sobre lo que pretendemos influir. Entonces, ¿cuál será el futuro de la cultura pop? ¿Se estancará en la idiotez y nos dará un futuro como en Idiocracy? ¿Seguirá refinándose y produciendo generaciones de espectadores más críticos y exigentes como ha hecho esta Edad Dorada de la Televisión? ¿Seguirá todo igual? Pues para poder saberlo, y quizá para poder incidir en el rumbo, es que hay que estudiarla a conciencia.

miércoles, 13 de enero de 2016

La literatura de las ideas



¿Por qué leer ciencia ficción? Esta pregunta se me presentó cuando preparaba una clase sobre este género para el curso de historia de la literatura que impartí en un bachillerato. ¿Cuál es el punto de dedicarle nuestra atención a historias que sabemos que no son reales? A partir de aquella clase preparé una presentación que después evolucionó en conferencia y que he estado retrabajando una y otra vez desde hace poco más de un año. Aquí les ofrezco algunas respuestas.

A la ciencia ficción se le ha llamado "la literatura de las ideas". No que no haya ideas en toda la literatura, claro está, pero es en este género en el que las éstas tienen un papel central. Es decir, si en otras formas de creación elementos tales como el manejo del lenguaje prosístico, la psicología de los personajes, la representación de la realidad social o la experimentación con la estructura narrativa pueden tener papeles protagónicos, en la ciencia ficción las ideas se encuentran al centro. 

Esto no significa que aquellos otros elementos queden necesariamente descuidados (no lo están en los mejores autores), aunque es cierto que en mucha de la ciencia ficción clásica sucede: Isaac Asimov es un ejemplo primordial, pues sus personajes suelen ser planos y su estructura muy lineal. Lo que sucede es que aquí la especulación, la exploración de conceptos variados, los experimentos mentales, la creación de mundos, las alegorías sobre la realidad presente y el afán de llevar premisas hasta sus últimas consecuencias, por lo general tienen un mayor peso que los demás. La ciencia ficción es por lo tanto, literatura que hace pensar, que desencadena reflexiones y cavilaciones que pueden ser el inicio de un viaje, incluso de una revolución de la propia mente. Cierto que toda la gran literatura (y todo el gran arte) puede hacer esto, pero en la ciencia ficción es precisamente su punto fuerte.



Mucho se discute sobre el origen de la ciencia ficción y cuál puede ostentar el título de LA primera obra del género, pero lo cierto es que, como todo, ha tenido una lenta evolución desde la mitología y las alegorías filosóficas. En lo personal, considero que no hay ciencia ficción sin ciencia, y que las primeras obras a las que podemos dar inequívocamente el nombre son aquellas que surgieron en el contexto de la revolución científica, es decir, el siglo XVII. La Nueva Atlántida  de Francis Bacon y el Sueño Astronómico de Johannes Kepler, como muchísimas obras de ciencia ficción que les siguieron, tenían el propósito de presentar y explorar ideas científicas y filosóficas. 

Es en esa capacidad para desencadenar el pensamiento reflexivo, creativo y analítico, en donde se nota con mayor fuerza la influencia de la ciencia ficción en la cultura. Dejemos de lado la capacidad predictiva del género: cuando un autor adivina qué nuevas tecnologías pueden surgir o cómo éstas impactarán la sociedad puede ser impresionante, pero vieran ustedes que no muy a menudo los escritores le atinan a lo que predicen, y en realidad poco importa si es así. 

Obviamente, mucha de la tecnología de la que disfrutamos actualmente existió como mera especulación en la literatura durante mucho tiempo, desde la inteligencia artificial hasta los viajes espaciales. Pero más importante es que algunos conceptos útiles para comprender la realidad fueron introducidos al imaginario colectivo a través de la ciencia ficción, ya sean en el campo de la tecnología (como la palabra robot, introducida por Karel Capek en una novela de 1920) o en el del lenguaje político (como la neolengua o el doblepensar de George Orwell en 1984).



Pero importa sobre todo que vivimos en un mundo de ciencia ficción, en el que adelantos apenas imaginados por algunos visionarios (Arthur C. Clarke describió algo muy parecido a Internet) afectan profundamente nuestras vidas a nivel individual y colectivo. Vivimos en un mundo en el que se discute con toda seriedad cómo será posible colonizar Marte y en qué momento ocurrirá la Singularidad (es decir, cuando la inteligencia artificial adquiera conciencia de sí misma). La premisa primordial de toda obra de CF es ¿Qué pasaría si...? Desarrollar la capacidad de imaginar escenarios variables y sus consecuencias es vital en un mundo en el que el cambio es constante y lo imposible se va haciendo realidad.

Esas posibilidades no son necesariamente tecnológicas; pueden ser sociales. Las utopías y distopías (formas básicas del género, desde el Renacimiento) nos han mostrado los mundos con los que soñamos y las posibles realidades a las que tememos. Una de las maestras, Ursula K. Le Guin, imaginó cómo podría funcionar una sociedad anarquista a nivel planetario, o una civilización sin géneros. La ciencia ficción brinda conceptos que estimulan la imaginación y la alientan hacia la osadía; poco importa si todos ellos resultan aplicarse al mundo real, lo trascendente es que nos mantienen pensando, soñando, imaginando. 

La ciencia ficción se ha alimentado de los conocimientos científicos disponibles en tiempos de cada autor, pero también han inspirado a muchos futuros científicos, pues no han sido pocos de ellos los que han crecido leyendo el género. Konstantin Tsiolkovski, el padre de los cohetes modernos, fue siempre un declarado fan de Julio Verne y Carl Sagan, el mayor divulgador del siglo XX, siempre mencionó el impacto que las novelas de John Carter de Marte tuvieron en su imaginación infantil, dirigiéndolo hacia el estudio de la astronomía.



Los ejemplos de personas que encontraron inspiración la CF son muchísimos, pero me gustaría reparar en un caso espectacular: Star Trek. Estrictamente hablando, aquí nos salimos del terreno de la literatura, pues se trata de una serie de televisión, si bien una que fue aclamada por los grandes del género, y en la que colaboraron algunos escritores consagrados: muchos episodios eran prácticamente muy buenos cuentos de ciencia ficción. Pues esta serie cuenta entre sus fans a científicos de la talla de Stephen Hawking, quien hasta tuvo la oportunidad de aparecer en un episodio de The Next Generation.

Leonard Nimoy, el famoso Sr. Spock, contaba que a veces científicos profesionales, seguidores de la serie se le acercaban para discutir con él cuestiones complejas, esperando que, como oficial científico del Enterprise, entendiera de estos temas. El actor, por supuesto, no sabía de que hablaban, pero por amabilidad (y por los lulz) se ponía muy serio y les seguía el juego.

Arriba: científicos de la NASA durante el lanzamiento del Mariner, en 1967
Abajo: Stephen Hawking jugando al póker con Einstein, Newton y Data, en 1993


Pero la inspiración va más allá de las ciencias. Nichelle Nichols, quien interpretaba a la oficial de comunicaciones del Enterprise, Nyota Uhura, fue la primera mujer afroamericana en tener un papel principal en una serie de TV estadounidense. Además, fue la primera en protagonizar un beso interracial en televisión. Eso ya era de por sí inspirador, pero hubo más. La actriz y cantante quiso unirse al movimiento de Martin Luther King quien, resulta, era un gran admirador de Star Trek. King le dijo que no abandonara la serie, pues su papel era muy importante como símbolo  para la lucha por los derechos civiles de las personas negras. Nichols siguió su consejo. Muchos años después, Mae Jemison se convirtió en la primera mujer afroamericana en viajar al espacio, y siempre citó a Uhura como su primera inspiración.

Nyota Uhura (Nichelle Nichols) y la astronauta Mae Jemison


Hay un botón de muestra más que quisiera presentarles. No hace mucho, el escritor británico de Neil Gaiman viajó a China para asistir a la primera convención de ciencia ficción en la historia de este país. Durante muchos años la ciencia ficción había sido vista con malos ojos por el gobierno comunista chino como un género potencialmente subversivo, y Gaiman lo sabía, de modo que se acercó a un funcionario y le preguntó por curiosidad a qué se debía que el gobierno ahora se había decidido no sólo a permitir una convención, sino a organizarla.

El funcionario respondió que los chinos eran muy buenos para copiar la tecnología de otros países. La veían, la analizaban y podían producirla a mucho menor precio. Pero no eran buenos innovando. La creatividad original les fallaba mucho. Así que unos años antes habían enviado unos analistas a Silicon Valley y al indagar sobre qué leían los técnicos de las empresas de vanguardia, se toparon con que todos ellos habían sido lectores de ciencia ficción en su infancia. El gobierno chino ahora quería preparar generaciones capaces de innovar, y para ello empezaba a impulsar la lectura de ciencia ficción entre los niños y los jóvenes.



Doy una razón más para tomarse la ciencia ficción en serio. En 1959 el científico y novelista C.P. Snow advirtió que uno de los grandes problemas de la civilización occidental contemporánea es que su vida intelectual se encontraba dividida en dos culturas: la científica y la de las humanidades, muchas veces ininteligibles entre sí, que se miran con desdén o desconfianza. Pues bien, la ciencia ficción puede ser uno de los puntos de encuentro entre ambas culturas, pues desde siempre ha sido el territorio de literatos apasionados por la ciencia, de científicos apasionados por la literatura y de los lectores apasionados por ambas. La ciencia ficción puede ser una herramienta para acercar estas dos tradiciones que han estado divergiendo en los últimos siglos.

Pero más allá de todas estas razones prácticas, quizá lo más importante de la ciencia ficción es que es asombrosa. Es una fuente inagotable de maravillas, de ensueños y fantasías. Es un tipo de literatura que te hace soñar, que te hace viajar y, finalmente, que te hace disfrutar de la lectura. Y sobre todo, que las grandes obras de ciencia ficción son en sí mismas grandes obras de la literatura, punto.

lunes, 4 de enero de 2016

Los mejores libros que leí en 2015



Buenos días y feliz inicio de año, mis queridos habitantes de los Internetz. Una vez más empezamos este arbitrariamente delimitado ciclo solar con una lista de lecturas recomendadas, los diez libros que por alguna razón y otra me parecen los mejores que leí durante el año 2015.

Como en ocasiones anteriores, dividí el Top 10 en dos Top 5, para ficción y no ficción. También aclaro, como todos los años, que estos no son libros que hayan sido publicados en 2015, sino libros que por azares del destino cayeron en mis manos durante ese año. Y es que sigo formándome como lector y tratando de llenar vacíos en mi educación. Notarán que este año mis lecturas se centraron en la filosofía y la historia por un lado, y la literatura del siglo XX, por el otro.

Pueden leer comentarios más detallados de cada libro haciendo click en su imagen correspondiente. Además, pueden estar al pendiente de las reseñas que subo constantemente en mi fanpage de Facebook.

Ensayo, divulgación, etcétera:

5. 50 clásicos de la filosofía de Tom Butler-Bowdon: Uno de mis alumnos me prestó amablemente este libro. Se trata de una brevísima introducción al pensamiento filosófico de 50 autores "clásicos", ordenados alfabéticamente desde Aristóteles hasta Slavoj Zizek. Lo que más me gustó fue que me introdujo al pensamiento de muchos autores contemporáneos, de los que para ser sincero hasta la fecha conozco muy poco. Otra de sus virtudes es que interrelaciona muy bien las ideas de autores muy lejanos entre sí, lo que contribuye a que uno vaya armando su propio rompecabezas del pensamiento. Es un buen libro, uno de los que más disfruté y de los que más aprendí este año, y lo recomiendo a quienes quieran tener una primera y muy sencilla aproximación a las ideas de algunos filósofos imperdibles.

4. Para acabar con la Edad Media de Régine Pernoud: Es obra de la eminente medievalista francesa Régine Pernoud y, como su nombre lo indica, su objetivo es desmentir mitos y concepciones erróneas sobre los 10 siglos de historia que siguieron en Europa a la caída del Imperio Romano y que erróneamente (según ella) se catalogan todos en un solo bloque como "Edad Media". Habría que entender primero, que "Edad Media" es una construcción cultural de los siglos XVI en adelante, no fue ni mucho menos un bloque homogéneo. Pernoud, como historiadora, reconoce que existe el progreso, pero advierte que nunca se trata de un proceso continuo, uniforme y determinado. Por ejemplo, la esclavitud, que había desaparecido durante la Edad Media (y demuestra que, con todo, la vida del siervo feudal no era TAN mala como se pinta), reapareció con el Renacimiento, en gran parte gracias al redescubrimiento del derecho romano, que naturalmente avalaba la posesión de un ser humano. Muchas de las preconcepciones que tenemos sobre la Edad Media nacieron en épocas en las que el estudio de la historia no era muy riguroso. Bastaba para que alguna fuente dijera alguna cosa, y ésta se repetía y reproducía en muchas otras. Pernoud insiste en el rigor de la historia como una ciencia, en que para obtener un dato certero es necesario pasar tiempo prolongado estudiando un solo documento. Pero estos descubrimientos que hacen los historiadores profesionales tardan décadas en alcanzar la visión compartida del gran público. Ya sólo añado que todas las ediciones de El Barquero están muy bonitas.


3. Gulag de Anne Applebaum: Impactante y esclarecedora historia del Gulag, el sistema de campos de concentración soviético. La autora es la periodista estadounidense de origen polaco Anne Applebaum; para escribir este libro dedicó años a una exhaustiva investigación, leyó decenas de memorias y libros al respecto, entrevistó a los sobrevivientes, visitó los campos y tuvo acceso a documentos desclasificados de la era soviética. El resultado es un trabajo monumental, que debería ser una referencia para la historiografía del siglo XX. El relato no podía ser otra cosa que estremecedor. La forma en la que el poder absoluto de unos seres humanos sobre otros se ejerce hasta el punto de convertirlos en animales, en propiedad, son material de pesadilla. Y sin embargo, fue la realidad de millones de personas entre 1930 y 1953, e incluso más allá del fin del estalinismo, hasta la caída misma de la Unión Soviética. La exposición de estos hechos sólo me es comparable a lo que he leído sobre los campos de concentración nazis, las plantaciones de esclavos negros en Estados Unidos, las haciendas del Porfiriato y, en ciertos momentos, a la novela distópica “Mil novecientos ochenta y cuatro” de George Orwell. Hay cierto sesgo ideológico en la narrativa. Es obvio que la autora se concentra en lo más monstruoso de la historia soviética y es difícil saber qué tan representativas son algunas de las anécdotas más cruentas que cuenta. Con todo, no pueden negarse los hechos, los datos duros, esa realidad que se hace aún más atroz porque los crímenes fueron cometidos en nombre de la Utopía.

2. Man and Society de varios autores: Parte de la colección "The Great Books of the Western World", estos dos volúmenes reúnen textos breves de temas diversos que tienen en común al ser humano y su papel en la sociedad: desde historia, política y critica social, hasta educación, divulgación del conocimiento y psicología. Aunque tiene los defectos de ser muy androcentrista y anglocentrista, la colección es excelente y casi no tiene desperdicio. Cada uno de los textos es de gran interés y de cada uno se puede aprender y reflexionar sobre asuntos muy importantes y, sobre todo, tener una mejor comprensión sobre cómo ha ido evolucionando el pensamiento político y social a lo largo de los siglos. De entre todos, los 10 textos que más me impactaron fueron los de John Stuart Mill, Mark Twain, Thomas Carlyle, Henry David Thoreau, Alexis de Tocqueville, David Hume, William James, Michael Faraday, Voltaire y Malthus. Además de sendos ensayos interesantísimos de Dante Alighieri, Jean-Jacques Rousseau e Immanuel Kant sobre la unión de las naciones de Europa y una paz duradera en el continente. Pueden leer comentarios de los textos de cada uno de estos autores, con lujo de detalle, haciendo click en la imagen del libro.


1. A History of Western Philosophy de Bertrand Russell: Pues guau, éste ha resultado ser no sólo el mejor libro que leí en el año (contando ambas categorías), sino que es uno de los mejores libros que he leído en la vida. Se trata de una brevísima historia de la filosofía en Occidente, empezando por los antiguos griegos hasta llegar al presente del autor, quien escribe entre 1942 y 1944, es decir, en plena guerra mundial, mientras su país se encontraba siendo bombardeado por la Luftwaffe. Esto último es interesantísimo, pues a menudo Russell interrumpe su relato de acontecimientos históricos para recordarnos que el mundo se estaba cayendo a pedazos. Uno de los principales atractivos del libro, aparte del delicioso estilo de Russell, es que no se limita a ser una exposición de las ideas de los principales pensadores que ha dado Occidente, sino que lo relaciona todo con las circunstancias políticas y sociales de cada época. De hecho, el título completo de la obra es "A History of Western Philosophy and Its Connection with Political and Social Circumstances from the Earliest Times to the Present Day". Esto significa que no sólo habla de los filósofos en sí mismos (de Sócrates a Marx), sino de acontecimientos y movimientos distintos que de alguna manera influyeron en la cultura y en el pensamiento humano de cada época. El otro gran encanto de este libro es que no es simplemente un recorrido por la historia de la filosofía, sino que es una obra filosófica en sí misma. Russell no se resiste a analizar críticamente (aunque sea de forma muy breve y de pasada) las ideas y sistemas de pensamiento de cada uno de los filósofos cuyo trabajo expone, y no deja de relacionarlos unos con otros y con la situación que vive su mundo. Varias de las nociones que yo tenía estaban en tinieblas y fue gracias a este libro que muchas cosas me quedaron claras. Creo que algunas personas se soprenderían, al leer esta obra, de descubrir el origen y procedencia de sus propios pensamientos e ideologías.

Ficción narrativa:


5. El castillo de los destinos cruzados de Italo Calvino: No es propiamente una novela, pero tampoco se puede decir que sea una colección de relatos. Se trata de una obra muy peculiar: Calvino tomó un juego de cartas del Tarot y se puso a escribir relatos basándose en lo que le iba saliendo al barajarlas. Pero no sólo es interesante la premisa, sino la forma en la que está estructurado el relato. Como marco de las narraciones se encuentra un castillo en medio de un bosque. Este castillo onírico de forma indescriptible tiene la atmósfera a la vez de una lujosa corte real y de una taberna del camino. Ahí se encuentra un desfile de pintorescos personajes, cada uno de los cuales tiene una historia que contar. Ah, pero por alguna magia nadia en el Castillo nadie puede hablar: para dar a conocer su historia recurren a las cartas del Tarot. De modo que el lector asiste a la construcción de las narraciones, pues seguimos con Calvino las cartas que van saliendo una a una, y junto con él vamos interpretando qué historia es la que nos quieren contar.


4. A Feast for Crows + A Dance With Dragons de George R.R. Martin: Después de leer la primera trilogía de "Canción de Hielo y Fuego" en 2013 decidí tomar un descanso de la obra de Martin, porque la verdad es que el hombre tiene sus propios clichés y ya me había cansado. Había escuchado y leído opiniones negativas por parte de los fans acerca de los libros cuarto y quinto, pero la verdad es que estos me han gustado bastante. Supongo que los fans esperaban leer más acerca de los personajes más populares y que de una buena vez se resolvieran todas las historias pendientes. En vez de ello, estos libros plantean nuevos conflictos, nuevos personajes y nuevas localidades, y prepara el escenario para que todo ello se desarrolle. Martin sigue con algunos clichés muy molestos, en especial ése de que nadie llegue nunca a ninguna parte. Y tiene la mala costumbre de iniciar nuevas líneas argumentales, nuevos conflictos y subtramas, que la verdad dan flojera porque uno como lector quiere que se resuelvan los que ya fueron planteados. Pero con todo, quiero enfatizar que "Canción de Hielo y Fuego", como ejercicio de creación, como mitopoeia, es un acto de temeridad y ambición tales que sus resultados no dejan de maravillarme. Es un acto demiúrgico tan monumental que me causa hasta escalofríos. No tan a menudo se encuentran mentes capaces de imaginar tanto y con tanta maestría. Ahora, esperemos que Martin no tenga el mal gusto de morirse antes de terminar los dos libros que faltan.  


3. Los mundos de Ursula K. Leguin de Ursula K. Le Guin: Famosa sobre todo por su saga fantástica de Terramar, Le Guin también escribió mucha ciencia ficción en la que explora los temas que más le apasionan: anarquismo, feminismo y ecología. Como autora de sci-fi, se preocupa más por las consecuencias sociales de las premisas que imagina, y la tecnología tiene un papel menos protagónico; sus especulaciones no son del tipo científico (como, digamos, Asimov), sino político. Esta edición incluye las novelas Los desposeídos, El nombre del mundo es bosque y La mano izquierda de la oscuridad.  Las tres novelas (todas ganadoras del premio Hugo) se insertan en el Ciclo del Ekumen; en este universo, la humanidad proviene de un mundo llamado Hain que en algún momento se extendió por la galaxia y colonizó decenas de planetas. Sin embargo, con el tiempo la civilización hainiana se derumbó y la Tierra y otros mundos olvidaron de dónde venían. En un futuro distante, poco a poco los mundos han comenzado a contactarse unos con otros y a formar una confederación de mundos, el Ekumen, con ayuda de una nueva tecnología, el ansible, que permite la comunicación interestelar instantánea. Cada novela se encuentra en un punto distinto del desarrollo del Ekumen, pero fuera de eso no están conectadas entre sí. De forma muy inteligente, Minotauro las editó según la cronología interna del universo ficcional de Le Guin, en vez de seguir el orden de publicación. Pienso que eso me ayudó a entender y apreciar mejor cada una.


2. Sin novedad en el frente de Erich Maria Remarque: Me encantó este libro. Tiene una fuerza emotiva demoledora; desde el primer día en que me sumergí en sus páginas se me humedecieron los ojos, y así me sucedió varias veces hasta que lo terminé. Es la narración en primera persona de un joven alemán, un adolescente en realidad, que es enviado al frente. El entusiasmo patriótico infundido por sus mayores se desvanece casi de inmediato durante el primer combate. La guerra no es heroica ni gloriosa: es sucia, cruel, inhumana y, sobre todo, absurda. Remarque permite asomarnos a la psicología del soldado.Los diferentes aspectos de la lucha son retratados por Remarque: el combate mismo, en el que cada soldado se convierte en un ser de instinto puro; los tiempos muertos, en los que se refugian en el humor y la frivolidad para no descender hacia la depresión y la locura; la convalescencia en el hospital, donde se ven morir de formas terribles a os heridos y mutilados; el tiempo de licencia, en que el soldado no se halla al volver a la casa familiar... En medio del horror, lo único bueno que se saca de las trincheras: la camaradería, las amistades verdaderas que alcanzan una profundidad desconocida para quien no ha luchado y sobrevivido junto a un compañero.


1. Sombras en el paraíso de Erich Maria Remarque: Se trata de la última novela del autor, publicada un año después de su muerte y sorprendentemente me gustó más que su obra más famosa y que cualquier otra novela que haya leído este año. El personaje principal es un periodista alemán que huye de Europa durante la Segunda Guerra Mundial y logra llegar hasta Nueva York (no dice fechas, pero calculo que a mediados de 1944). No sabemos mucho de este personaje, excepto que su nombre de pila es Robert y que entra al país con el falso apellido Ross. Sabemos que huyó por Bélgica y Francia antes de poder escapar de Europa, sabemos que estuvo en un campo de concentración nazi, que se escondió en un museo de arte en Bruselas y que tiene una venganza pendiente que ejecutar en Alemania. Poco más. La novela transcurre principalmente en Nueva York, y algunos capítulos en Los Ángeles. Se centra en la vida de los refugiados en esta extraña "tierra prometida" que son los Estados Unidos, y a la cual algunos no logran adaptarse. El fantasma de la guerra, de la destrucción y la muerte, sigue a los refugiados donde quiera que estén. Aunque el peligro haya pasado no pueden simplemente olvidarlo y borrarlo todo con una sonrisa. Se ven incapaces de tener relaciones sanas y duraderas, y se sumen en la desesperación y la melancolía. No son pocos los que logran sobrevivir a los hornos de Hitler, para terminar suicidándose en un departamento barato en Nueva York. Me gustaron todos sus personajes, tan disímiles y bien construidos, me gustó la relación entre Robert y la misteriosa Natasha, y me encantó la forma en la que el autor aborda tantos temas tan variados en una obra relativamente breve: desde la frivolidad de Hollywood hasta los pormenores del tráfico de arte. Es, además, una novela que valdría la pena leer en estos días de crisis, para recordar que alguna vez fueron los europeos quienes buscaban refugio de la barbarie y que hubo quienes les abrieron las puertas, aún si no los entendían del todo.


Y ustedes, ¿qué cuentan? ¿Qué libros maravillosos se llevan en sus recuerdos del 2015? Compartamos impresiones en los comentarios. Mientras, les deseo un 2016 lleno de hermosas y enriquecedoras lecturas.

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