viernes, 30 de diciembre de 2016

De la Primavera Democrática al Invierno Fascista



Cuando se haga un recuento de la historia de esta década, me imagino que se notará un fenómeno muy curioso, que quizá desde la distancia podrá explicarse mejor que ahora. Es que los dosmildieces iniciaron con una serie de movimientos de protesta prodemocráticos que se extendieron de un extremo a otro del globo, pero tiene pinta de querer terminar con un mundo más autoritario y violento. Iniciamos con una Primavera Democrática y ahora estamos entrando a un Invierno Fascista. ¿Qué fue lo que pasó? Tal vez un recorrido por la historia reciente nos ayude a aclararlo.

Parte I: La Libertad guiando al pueblo árabe



Todo empezó el 17 de diciembre de 2010, cuando Mohamed Bouazizi, un joven de 26 años desesperado, como muchos de su edad desde la gran recesión de 2008, por la falta de ingresos y oportunidades, se prendió fuego frente a los cuarteles de policía de Sidi Bouzid, una ciudad en Túnez. El país estaba gobernado desde 1987 por el presidente Zine El Abidne Ben Alí, quien encabezaba un régimen que favorecía la privatización por un lado y reprimía a la oposición política por otro. La autoinmolación de Bouazizi se convirtió en un símbolo de todo lo que estaba mal con el gobierno y la situación de Túnez, y en las próximas semanas estallaron protestas y motines por todo el país, pidiendo la renuncia del dictador.

Para sorpresa de todo el mundo, Ben Alí cayó en enero de 2011, y su partido político fue disuelto en marzo de ese mismo año. Túnez tuvo un cambio de régimen efectivo hacia una democracia constitucional y sigue siendo hasta la fecha el experimento más exitoso de esa oleada. La inspiración de Túnez llevó a que durante las semanas y meses siguientes los ciudadanos de otros países árabes se rebelaran contra sus respectivos dictadores: Hosni Mubarak en Egipto, Muammar Al Gaddafi en Libia y Bashar Al Assad en Siria.

Los movimientos de protesta se extendieron desde Marruecos en el extremo oeste, hasta Irak en el este y fueron bautizados por los medios occidentales como la Primavera Árabe. Tomaron por sorpresa a jefes de Estado y analistas de todas partes y pusieron de manifiesto el poder de las redes sociales como herramienta del cambio social. Pues en efecto, aunque hubo personas de todas las edades y orígenes sociales en estos movimientos, estuvieron protagonizados por jóvenes en sus veintes y treintas, clasemedieros, educados, con valores liberales y con acceso a Internet, que usaron medios como Facebook y Twitter para organizarse, difundir información y denunciar los abusos cometidos por unos gobiernos que hasta entonces habían prestado poquísima atención a las redes. Estos jóvenes pedían respeto a los derechos humanos, elecciones libres, acabar con el autoritarismo y soluciones a los problemas económicos.

Pero si la caída de Ben Alí, y la de Mubarak poco después, tomaron desprevenidos tanto a los regímenes dictatoriales como a sus aliados occidentales, éstos no estarían dispuestos a dejar que se extendiera el efecto dominó. Mubarak intentó censurar Internet, pero ya era demasiado tarde. No así para Gaddafi y para Al Assad, quienes no vacilaron en hacer uso de la fuerza letal para reprimir las protestas. Mientras tanto, las potencias occidentales, deseosas de asegurarse que estos acontecimientos tomaran el rumbo conveniente, cambiaron su discurso, y si meses antes se deshacían en alabanzas a los dictadores en cuestión y los saludaban como sus aliados, ahora los habían convertido en enemigos a los que la defensa de la libertad demandaba eliminar. Así, al tiempo que la violencia represora era respondida con violencia insurgente y los movimientos de protesta daban lugar a guerras civiles, una coalición encabezada por Estados Unidos, Reino Unido y Francia (con el beneplácito de Rusia y China), bombardearon a la Libia de Gaddafi en apoyo a los rebeldes. El dictador huyó de su capital y murió a manos de fuerzas enemigas en octubre de 2011.

En Siria la situación fue similar, pero diferente. La Rusia de Vladimir Putin respaldó al gobierno de Al Assad y junto con China usó su poder de veto en la ONU para impedir una intervención en el país. Los Estados Unidos optaron por operar más o menos “bajo el agua”, pues ha sido un secreto a voces que el país ha dado recursos y armas a los rebeldes que se oponen al régimen.

Durante décadas la política de las potencias occidentales en algunos países de Medio Oriente había sido apoyar a dictadores militares, pero laicos, para mantener a raya al fundamentalismo islámico. Y si bien Gaddafi y la familia Al Assad había tenido ciertas pretensiones socialistas al inicio de sus mandatos, después de la Guerra Fría tal fachada había sido dejada de lado. De ahí que personajes como Hillary Clinton y Nicolás Sarkozy no escatimaran halagos hacia estos autócratas apenas meses antes del inicio de las protestas. Pero el vacío de poder dejado por la caída de los dictadores permitió el regreso de los islamistas.

En Egipto, las primeras elecciones democráticas dieron el poder a los Hermanos Musulmanes con un gobierno encabezado por Mohamed Morsi. El nuevo régimen se sintió con la vía libre para imponer su visión religiosa y trató de hacer un giro radical hacia el islamismo que resultó intolerable en un país tradicionalmente laico. Nuevas protestas estallaron y en junio de 2013 el ejército intervino para deponer a Morsi. En su lugar fue establecido el gobierno autoritario de Abdel Fattah el-Sisi, miembro del mismo régimen militar que encabezaba Hosni Mubarak. Excepto por una insurrección yihadista en el Sinaí, la situación en el país del Nilo se ha estabilizado, pero a costa de un regreso parcial a los tiempos de Mubarak.

El vacío de poder en Libia también abrió el camino a una guerra civil que continúa, lo cual a su vez ha provocado intervenciones más recientes por parte los Estados Unidos, quienes actualmente bombardean posiciones en el país, tratando de contener el avance de grupos yihadistas. Junto a Siria y Libia, Yemen sufre otra guerra civil que igualmente se ha internacionalizado.

Lo que nos lleva al Estado Islámico. Surgido como una escisión de Al Qaeda, el Dáesh (por sus siglas en Árabe) existía ya desde antes de la invasión de los Estados Unidos a Irak en 2002. Ésta dejó un caos generalizado que el grupo terrorista aprovechó para crecer y hacerse de poder, capitalizando el sentimiento antiamericano que se difundió entre los países árabes debido a la “guerra contra el terror” de la administración Bush. Pero fue la guerra civil en Siria la que creó el ambiente propicio para que el Dáesh irrumpiera en la escena internacional. Así, en Siria de pronto teníamos tres bandos: el gobierno de Bashar Al Assad apoyado por Rusia e Irán, los rebeldes apoyados por Estados Unidos, Europa y los países del Golfo Pérsico, y en tercer lugar, Dáesh, aterrorizando a todos.

Esto nos lleva al momento actual. El resultado de la Primavera Árabe fue, por un lado, una transición democrática exitosa en Túnez y algunos cambios constitucionales hacia una mayor apertura en países como Marruecos, Argelia y Jordania. Por otro, el regreso del autoritarismo y un futuro incierto en Egipto, sendas guerras civiles en Libia, Siria, Yemen e Irak, y el espectacular ascenso del Estado Islámico, una hidra que extiende sus cabezas por todo el mundo musulmán y que ha llegado a vulnerar a Occidente.

Parte II: Okupa el mundo



En Europa y Norteamérica se vivían todavía las consecuencias de la gran recesión de 2008. Ya entonces se registró el primer antecedente a la gran oleada de movimientos de protesta que vendría después. El escenario sería Grecia, donde en diciembre de aquel año el asesinato de Alexandros Grigoropoulos a manos de la policía desencadenó motines que llegaron a la violencia. Brotes que estallaban y luego se desvanecían han aparecido de forma intermitente en el país helénico desde entonces todos los años.

Otro antecedente se daría en Islandia, país que entre octubre de 2008 y enero de 2009 se vivieron protestas contra el gobierno nacional, al que se le acusaba de corrupción y de favorecer a las empresas y bancos por encima de la ciudadanía. El primer ministro islandés, Geir Haarde, renunció y se convocó a elecciones. La “revolución de las cacerolas”, porque los manifestantes usaban utensilios de cocina para hacer ruido durante las protestas, se consideró un éxito, pues llevó a referendos ciudadanos y cambios constitucionales de forma pacífica.

La gran oleada de protestas masivas iniciaría en 2011. En marzo, manifestaciones contra las medidas de austeridad en respuesta a la crisis económica se llevaron a cabo en el Reino Unido y en Portugal. Pero fue España en mayo de ese año, con la acampada en la Puerta del Sol de Madrid, que los movimientos se proyectaron internacionalmente. En junio estallaba el movimiento estudiantil chileno en contra del gobierno de Sebastián Piñera, y en septiembre inició el Occupy Wall Street en Estados Unidos, con su epicentro en Nueva York, pero que se extendió rápidamente por todo el país y se convirtió en el más grande de su tipo.

La universalidad de un sentimiento de indignación ante el statu quo y de esperanza de un futuro mejor quedó patente el 15 de octubre de aquel año, cuando se organizó una magna protesta global que se replicó en 900 ciudades de 80 países. En invierno la ola llegó hasta Rusia, donde se protestó contra la corrupción del régimen de Vladimir Putin y unas elecciones a las que se tachó de fraudulentas. Fue tan contundente la oleada de protestas globales, que alcanzaron hasta China y la India, y la revista Time tuvo en su portada como persona del año 2011 a los manifestantes.

En mayo de 2012 inició en México el movimiento Yo Soy 132, en contra de lo que se percibía como una colusión de los poderes fácticos para asegurar el triunfo de Enrique Peña Nieto y el PRI en las próximas elecciones presidenciales. Al mismo tiempo, en Canadá se daba un movimiento estudiantil contra el gobierno conservador de aquel entonces. En 2013 hubo protestas en Brasil con el llamado Otoño Carioca, en contra de los gastos gubernamentales para la organización del Mundial de Futbol y las Olimpiadas. Los manifestantes consideraban que había necesidades populares más urgentes que atender. Por esos mismos días se daba también la Primavera Turca, en la que una parte de la población se manifestó contra el gobierno autoritario, represivo y ultraconservador de Recep Tayyip Erdoğan.

En 2014 hubo movimientos de protesta en Tailandia, Taiwán y Hong Kong. En este último, la Revolución de las Sombrillas, buscaba mantener la autonomía de la isla y su estructura democrática ante la creciente injerencia autoritaria desde China. En Estados Unidos surgió Black Lives Matter como respuesta a los asesinatos de afroamericanos civiles a manos de la policía, y que ha llevado a una amplia discusión sobre temas raciales en ese país; en México los movimientos de protesta se vieron revitalizados tras la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa; en Venezuela el movimiento SOS se alzaba contra la carestía, la corrupción y el autoritarismo del régimen de Nicolás Maduro, y en Ucrania las protestas del movimiento Euromandian, que habían iniciado en noviembre de 2013, llegaban a un punto álgido en febrero y derribaban al gobierno de Viktor Yanukovych.

Dichos movimientos fueron muy plurales y diversos, descentralizados y horizontales. Tenían mucho en común con la Primavera Árabe -de hecho, tomaron inspiración de ésta-, en particular que sus protagonistas fueron jóvenes, clasemedieros y educados que hicieron uso extensivo de las redes sociales y reivindicaban la ocupación de los espacios públicos (de ahí los nombres de muchos movimientos: Okupa, con K anarquista).

Pero si en el mundo árabe había regímenes dictatoriales muy concretos contra los que se estaba actuando, el “enemigo” en Occidente era vago y difuso. La percepción era que las élites gobernantes, los partidos de siempre (usaran colores de izquierda o derecha), la casta política, o como quisiera llamárseles, eran corruptos y gobernaban para beneficio de los bancos, las corporaciones, las trasnacionales y en general para las élites económicas locales y del mundo. El rescate de las instituciones financieras por parte de los gobiernos tras la recesión de 2008, mientras se dejaba a los ciudadanos normales sufrir desempleo, desahucios y acceso bloqueado a los servicios de salud y educación, se consideraba una traición.

Los movimientos congregaron a una gran diversidad de grupos con distintas agendas y objetivos, pero todos eran de una u otra forma antisistémicos: desde socialdemócratas hasta anarquistas, desde feministas hasta ambientalistas, y desde personas muy lúcidas que en entrevistas ofrecían una comprensión muy clara de la situación y de los objetivos de las protestas, hasta teóricos de la conspiración que exigían que los gobiernos revelaran la verdad sobre los extraterrestres.

En general se clamaba por una “democracia real”. Las definiciones sobre lo que constituiría tal democracia son variadas y contradictorias, pero en una cosa estaban de acuerdo: las democracias burguesas contemporáneas estaban al servicio de grupos privilegiados y no de la ciudadanía. El sentimiento general era que el destino de las personas comunes no estaba en sus propias manos sino en la arbitrariedad de dictadorzuelos, políticos corruptos y corporaciones con demasiado poder. Algunos experimentos de participación ciudadana y democracia directa fueron llevados a cabo, desde las asambleas de barrio en España hasta el debate presidencial ciudadano organizado por el Yo Soy 132 en México.

Estos movimientos se fueron apagando y diluyendo con el tiempo: las acampadas, marchas y convocatorias no podían mantenerse indefinidamente. El debate se trasladó de las calles de vuelta a los medios y redes sociales. Algunas de las personas que participaron en ellos después se integrarían poco después a la dinámica de la política partidista.

El invierno fascista



¿Cómo se dio el giro desde las oleadas revolucionarias hacia el panorama actual? La crisis económica de 2008 generó un descontento social profundo y un desencanto con las clases gobernante en distintos países en todo el mundo. Pero si por un lado, esto ocasionó movimientos antisistémicos basados en la esperanza de un cambio y en ideales de igualdad y libertad, por el otro creó la situación de inseguridad propicia para que los demagogos culparan a los chivos expiatorios usuales. Sí, la élite política era la culpable, pero porque había abandonado a los “verdaderos ciudadanos” del país en cuestión para ayudar a los inmigrantes, a las minorías, a los aliados de otros países, a la Unión Europea o a la OTAN. Se identificó a los expertos, ya fuera en cuestiones económicas, políticas o científicas, como parte de esa élite corrupta y decadente, a la que no valía la pena escuchar porque estaba ajena a las necesidades de la gente de a pie (cuyo “sentido común” era más confiable que el conocimiento profesional).

Es decir, mientras se desarrollaban los movimientos populares progresistas e incluyentes, en relativo silencio emergían grupos demagógicos, reaccionarios, nacionalistas, autoritarios y violentamente discriminatorios; si por un lado surgían un Occupy Wall Street y un Bernie Sanders, por el otro ascendió un Tea Party y un Donald Trump, tan rápidamente, tan inverosímilmente, que cuando nos dimos que esto no era una payasada sino un peligro real ya era demasiado tarde.

La guerra civil siria, con la subsecuente oleada de emigrados de Medio Oriente hacia Europa, y el ascenso del Dáesh, contribuyeron a exacerbar los sentimientos xenófobos e islamófobos -en particular tras los ataques terroristas en el Viejo Continente-,  que han sido aprovechados por partidos políticos de ultraderecha, desde el Frente Nacional en Francia y el Partido por la Independencia del Reino Unido, hasta la candidatura de Donald Trump en Estados Unidos. La misma crisis ha sido aprovechada por el gobierno de Erdoğan en Turquía, que ha endurecido el autoritarismo, la violencia contra los kurdos y la represión contra sus opositores políticos, especialmente después del fallido golpe de Estado de este 2016.

El triunfo del movimiento Euromaidan en Ucrania, apadrinado por diplomáticos estadounidenses y europeos, era visto como una amenaza para la Rusia de Putin, pues significaba la posibilidad de que la Unión Europea incluyera al país vecino y con ello llegara hasta las fronteras de la misma Rusia. Mientras los Estados Unidos y Europa apoyaban a los manifestantes, Putin apoyó al gobierno y a organizaciones de ultraderecha, incluyendo grupos de choque noenazis que violentaban a los manifestantes. Finalmente, Rusia invadió Ucrania en febrero de 2014 y se anexó la península de Crimea (apoyado por la fuerte presencia de grupos rusófilos en la región), punto de estrategia vital tanto para la defensa de Rusia como para las ambiciones expansionistas de Putin.

En respuesta a la propaganda que desde Occidente exacerbó las protestas contra su gobierno entre 2011 y 2013, Rusia ha fortificado su propio aparato de propaganda y sus influencias. Con el propósito de debilitar las coaliciones de sus rivales en Occidente, en particular a la OTAN y a la Unión Europea, ha apoyado a organizaciones de ultraderecha y movimientos euroescépticos. De ahí el financiamiento de Putin al Frente Nacional y su intervención inaudita en el proceso electoral que dio el triunfo a Donald Trump.

Las filtraciones de WikiLeaks a finales de 2010 contribuyeron al estallido tanto de la Primavera Árabe como de los movimientos Okupa. Junto con las ulteriores revelaciones de Edward Snowden sobre el aparato de vigilancia online estadounidense (que el gobierno de Obama llevó a niveles insólitos) y las acciones de Anonymous a nivel internacional (que dieron apoyo a las revueltas), parecían anunciar el futuro de una mayor vigilancia por parte de la ciudadanía hacia los gobiernos y poderes fácticos a través de Internet y con ayuda de los hacktivistas. Sin embargo, la persecución del gobierno de Obama a estos actores a llevó algunos de ellos a los brazos de Rusia. Julian Assange, de por sí con personalidad ególatra y paranoide, nunca hizo las prometidas filtraciones que revelarían la suciedad de los gobiernos de China y Rusia, y ha sido acusado por Estados Unidos de colaborar con Putin para amañar las elecciones de Estados Unidos, enfocando sus ataques a Hillary Clinton, quien como canciller ameriacana había hecho énfasis en la persecución contra el australiano. Si estas acusaciones son ciertas o Assange está siendo usado como chivo expiatorio por el establishment centrista estadounidense, que se niega a ver las razones de su derrota en el propio agotamiento de su sistema, queda por verse.

En América Latina también se ha apreciado un giro hacia la derecha, tras el agotamiento de varios experimentos de izquierda, que en la Venezuela de Chávez y Maduro acabó en desastre, mientras que en Argentina y Brasil terminó en escándalos de corrupción (y el regreso de la derecha más reaccionaria, misógina y racista). Es a la sombra de esa reacción conservadora que los movimientos de corte fascistoide pueden florecer, especialmente ante el crecimiento de grupos religiosos de línea dura, protestantes y católicos, cuya influencia se ha dejado sentir en la victoria del “No” en el referendo sobre la paz en Colombia y la aparición del Frente Nacional por la Familia en México.

Estos son sólo algunos factores que explican el resurgimiento y empoderamiento de la ultraderecha en Occidente, de lo cual el triunfo del Brexit en el Reino Unido, del “No” a la paz en Colombia, y de Donald Trump en los Estados Unidos son sólo tres de los ejemplos más notorios de este 2016. Estos grupos tienen en común una vena autoritaria y antiintelectual, a menudo relacionada con el fundamentalismo religioso, y niegan la ciencia que no respalde sus posturas ideológicas; son ferozmente nacionalistas y xenofóbicos, se oponen a la inmigración y a menudo son abiertamente racistas; se manifiestan en contra de la integración global y de la coexistencia de diferentes culturas; desprecian el feminismo y los movimientos por la diversidad sexual; tienen poco respeto por la verdad y los hechos, predican teorías conspiratorias y echan mano de desinformación transmitida a través de las redes sociales.

El futuro inmediato pinta oscuro, pero no olvidemos que la generación que participó en la Primavera Global no se ha ido a ningún lado ni ha cambiado de colores. Los votantes de los nuevos movimientos de ultraderecha son casi siempre miembros de generaciones mayores. Por ejemplo, los Millennials votaron abrumadoramente en contra del Brexit, y en las primarias le dieron más votos a Bernie Sanders que a Clinton y Trump juntos. Constituyen la generación mejor educada, más diversa y cosmopolita, y menos religiosa y nacionalista de la historia. Las protestas que encabezaron no habrán logrado cambios espectaculares en la sociedad, pero pusieron sobre la mesa de discusión temas importantísimos que habían estado siendo dados por sentado como parte del orden natural de las cosas (como la penetración de las corporaciones en los gobiernos) y marcaron el debut en la vida pública y la experiencia histórica de toda una generación, misma que en pocos años empezará a ocupar puestos de poder e influencia. Estoy seguro de que a esta generación le  tocará combatir la oleada de fascismo que viene. Esperemos que esté a la altura de tan formidable enemigo.


POSDATA: Llevo años recopilando información al respecto. Tengo una colección de enlaces como referencias a todo lo anterior en mi blog, aquí.

viernes, 23 de diciembre de 2016

Las rebeliones se fundan en la esperanza



Rogue One, la primera película de Star Wars que no forma parte de los Episodios (si descontamos las ahora apócrifas películas de los Ewoks) cerró un año lleno de secuelas, refritos y adaptaciones de cómics y videojuegos. ¿Cómo justifica su existencia la octava película de una saga que ha estado presente desde 1977? ¿Corremos el riesgo de que Star Wars, uno de los íconos más grandes de la cultura pop del siglo XX, se convierta en algo rutinario, como el Universo Cinemático de Marvel, que cada año nos entrega dos o tres capítulos entretenidos pero irrelevantes? Bien, yo creo que esta cinta se justifica porque Rogue One no sólo es, a mi criterio, la mejor película de Star Wars desde la Trilogía Original, sino que es justo la que esta generación necesita.

La comparación con El despertar de la Fuerza es inevitable, y tengo que empezar por decir que aunque el Episodio VII me gustó bastantito, tampoco me entusiasmó mucho que digamos. Es demasiado igual a Una nueva esperanza, está llena de agujeros argumentales (“misterios” innecesariamente crípticos, propios del creador de Lost) y, sobre todo, al plantear que nuestros personajes siguen haciendo más o menos lo mismo en un escenario casi idéntico 30 años después, vuelven irrelevante todo lo que pasó en la Trilogía Original, todas las luchas, las victorias y los sacrificios.

Rogue One, en cambio¸ nos cuenta una historia importante. Quizá no imprescindible: realmente no necesitamos saber cómo los rebeldes se robaron los planos de la Estrella de la Muerte, pero vaya que nos gustaría saberlo.[1] Así, en vez de expandir innecesaria y artificialmente una historia que ya estaba concluida (la nueva trilogía), o de desperdiciar con una narrativa torpe la oportunidad de conocer un pasado que sí era relevante (la trilogía de precuelas), Rogue One nos coloca en tiempos de la saga original, para mostrarnos aspectos poco explorados de un universo inmenso lleno de posibilidades.



Lo que hace Rogue One para los fans de Star Wars es precisamente eso: mostrarnos otra cara de algo que ya conocíamos y amábamos. Nos muestra la Guerra Civil Galáctica ya no desde el punto de vista de la princesa y el caballero Jedi, de los Sith y los altos oficiales del Imperio, sino desde el ángulo de los rebeldes anónimos, esos que veíamos morir sin gloria en las batallas de Yavin, Hoth o Endor. Rogue One baja a Star Wars al nivel de la calle, literalmente, y nos muestra que la guerra siempre es un asunto sucio, en que hasta “los buenos” se ven obligados a llevar a cabo acciones moralmente cuestionables, y en que los inocentes pueden quedar atrapados en el fuego cruzado. La realización de las secuencias de batalla parecen salidas de películas bélicas y de inmediato traen a la mente nombres como Vietnam o Irak, y he allí uno de los más grandes aciertos de la dirección de Garreth Edwards.

Visualmente, recupera la estética de la Trilogía Original (aunque, para ser justos, eso ya lo había hecho El despertar de la Fuerza). De nuevo estamos en una Galaxia en la que se ven las huellas de décadas, siglos y milenios de historia, expandiéndose mucho más allá de lo que actualmente nos están narrando; ahí están las ciudades atestadas y las grandes extensiones con apenas algunos habitantes; mundos en la que la tecnología, los edificios y la indumentaria de los personajes, en su suciedad y su imperfección, crean la ilusión de vida, de que en este mundo se ha vivido, se ha luchado, se ha padecido o triunfado, en contraste con el aspecto flamante, pulcro y estéril de la trilogía de precuelas.

¿La gran debilidad de Rogue One? Sus personajes. Planos, poco dibujados, sin un arco que nos permita verlos evolucionar. Con cierta simpatía, pero sin mucho carisma, ni mucha química entre ellos tampoco. Es una novedad y un progreso que la protagonista sea una mujer, pero hasta Jyn Erso (interpretada por Felicity Jones) es el cliché del personaje sufrido que ha caído en el cinismo y que redescubre el significado de la vida al entregarse a una causa noble. Hasta el villano principal es bastante blandengue, pero bueno, igual es que está a la sombra de un inesperado Tarkin y de un glorioso Darth Vader. Quizás el personaje más memorable de la cinta sea el cáustico droide K-2SO, interpretado por Alan Tudyk.

Sin embargo, creo que esa debilidad queda compensada porque me parece que la intención de la cinta no es tanto caracterizar a cada personaje individual sino darnos un retrato de la Rebelión en su conjunto: así vemos a los “radicales” de Saw Gerrera (Forest Withaker) que no temen usar métodos drásticos, pero efectivos, para enfrentarse al Imperio; al temerario Cassian Andor (Diego Luna), que hace el trabajo sucio de la Rebelión; al desertor Bodhi Rook (Riz Ahmed), que ha visto demasiados horrores y busca la redención; a los restos de la antigua religión Jedi, el cínico Baze Malbus (Jian Wen) que ha perdido la fe, y su camarada Chirrut Îmwe (Donnie Yen) que se aferra a ella. La próxima vez que vean Una nueva esperanza, al aparecer en pantalla el texto inicial, notarán que ahora tiene una mayor carga emotiva. El Imperio es aún más aborrecible, la Estrella de la Muerte es aún más aterradora, y los sacrificios que han sido necesarios para que al final, rayando, Luke Skywalker logre destruirla, hacen esa victoria todavía más significativa. En otras palabras, Rogue One enriquece la saga de Star Wars.



Pero aunque esta cinta está llena de referencias y conexiones a las películas originales y al Universo Expandido (chequen los cameos de los personajes de la serie Rebels), la película es perfectamente disfrutable para los no iniciados. Incluso me parece un excelente primer acercamiento a la saga, si tienen alguna amistad que no sepa nada de ella.

Sobre todo, Rogue One es, como dije al principio la película de Star Wars que esta generación necesita (y que, sin saberlo, yo había deseado ver durante años). En un ambiente en el que crece el odio y el autoritarismo gana terreno, nos presenta la lucha de un grupo de marginados (los personajes principales pertenecen a alguna minoría étnica y están liderados por una mujer), contra una tiranía fascista compuesta por militares que son hombres blancos. Los mismos escritores de la cinta, Chris Weitz y Gary Whitta, tuitearon al respecto el mismo día de la victoria de Donald Trump en los Estados Unidos, y la relevancia política de esta cinta quedó de manifiesto cuando los blancos supremacistas de la alt-right llamaron a un boicot en su contra por considerarla “propaganda feminista y racismo contra los blancos”.

Rogue One, la película más adulta y sombría desde El Imperio contraataca, la que no tiene mascotas adorables para vender a los niños ni historias de amor forzadas, es la que esta generación necesita porque nos recuerda que las revoluciones se fundan en la esperanza, esperanza de que no serán en vano los sacrificios de quienes no vivirán para ver la victoria, esperanza de que la tiranía puede ser derrotada y un mundo mejor puede construirse, esperanzas que pueden derrotar a la apatía y al miedo.





[1] En el Universo Expandido había toda una serie de historias “oficiales”, a menudo contradictorias, sobre cómo habría sucedido esto. Ninguna es tan buena o tan interesante como Rogue One

jueves, 15 de diciembre de 2016

El complejo de Galileo



La historia es bien conocida por cualquier escolapio: Galileo Galilei, gran científico italiano del Renacimiento e inspiración para los coros de Bohemian Rapsody, anunció ante el mundo que, plot twist! la Tierra se mueve alrededor del sol, como ya había dicho Copérnico, y no al revés, como decían todos los demás. Pero Galileo se enfrentó al fundamentalismo religioso de aquella época y la Santa Inquisición lo invitó a retractarse porque aquello del heliocentrismo contradecía a las Sagradas Escrituras y hacía llorar al niño Jesús, no fuera a ser que se vieran obligados a darle el mismo trato que a Giordano Bruno y quemarlo vivo con todo y sus libros.

La historia se plantea no sólo como una oposición entre la ciencia y las creencias religiosas, sino además como una lucha entre el individuo capaz de pensar con autonomía y una sociedad que lo persigue y reprime por no ajustarse a los mandatos del rebaño. Esto último ha sido fuente de inspiración para algunas personas que sienten que ocupan en la actualidad el sitio de Galileo: genios perseguidos porque la masa insensata no soporta que le lleven la contraria. Ahí tienen a toda clase de charlatanes, magufos o simplemente gente muy confundida que no sabe lo que dice, segurísima de que si sus locas ideas no han encontrado el apoyo de la comunidad científica es porque son los Galileos modernos. Y he ahí el problema.

Creacionistas, negacionistas del cambio climático, antivacunas y proponentes de medicinas alternativas, inventores de máquinas de energía infinita y movimiento perpetuo… Todos gustan presentarse a sí mismos como Galileos de hoy, enfrentándose al establishment científico, rebeldes que han encontrado una verdad incómoda y a quienes los poderosos están tratando silenciar. Después de todo, si la ciencia del siglo XVII estaba equivocada mientras que Galileo estaba en lo correcto, tal vez la ciencia actual está equivocada y estos valerosos insurgentes tienen la razón, ¿no?

No, en realidad no. Para empezar ahí hay una falacia de asociación:

·         X es A y B
Y es A
Por lo tanto, Y es B

·         Galileo fue perseguido y tenía la razón
Yo soy perseguido
Luego, yo tengo la razón

Pero pos no: el que “persigan” (que es más bien, ninguneen, critiquen, refuten, ignoren o ridiculicen) a alguien por sus ideas no significa que esa persona tenga la razón, pero ni de pedo. Todavía tiene que demostrar  que tiene la razón, y el caso es que estos “rebeldes” no han logrado demostrar nada. A veces se ríen de alguien porque lo que dice es risible.



Pero sobre todo, hay algunas diferencias grandes e importantes entre la historia de Galileo y la de estos modernos enemigos de la ciencia, y la principal es que Galileo no se estaba enfrentando al consenso científico sino al dogma religioso

En tiempos de Galileo el pensamiento estaba dominando por el dogma católico y una corriente filosófica conocida como Escolástica. Los escolásticos rechazaban la experimentación, la observación y la comprobación, y creían que solamente basándose en lo que habían dicho las autoridades (la Biblia, Aristóteles, los padres de la Iglesia) y aplicando la lógica rigurosa se podía llegar a conclusiones firmes.

Galileo Galilei fue uno de los principales protagonistas de la Revolución Científica, y uno de los que más aportó al desarrollo del método científico moderno, que antes de su tiempo prácticamente no existía. Las observaciones de Galileo, junto con sus precisos cálculos matemáticos, demostraban que la Tierra giraba alrededor del sol.

Los clérigos y filósofos de tiempos de Galileo, en cambio, tenían solamente las sentencias de las autoridades, a partir de las cuales querían llegar a conclusiones sobre casos particulares pero a las que no se podía cuestionar. Varios de ellos incluso se negaron a mirar por el telescopio las lunas de Júpiter que Galileo había descubierto. El dogma decía que los cuerpos celestes eran siete[1], un número sagrado, y no se podía contradecir el dogma, viera lo que se viera con el dichoso aparatejo. La Biblia, en el libro de Josué, daba a entender que el Sol se mueve alrededor de la Tierra, y no se puede cuestionar a la Biblia. Es decir, por un lado Galileo tenía pruebas y datos, y por el otro sus perseguidores tenían dogmas y choros (y el poder político para imponer su versión de la verdad).



Ahora sucede al revés: el consenso científico tiene las pruebas, datos y evidencias, mientras que los negacionistas de la ciencia tienen falacias argumentales, verdades a medias y dogmas religiosos o ideológicos. Los negacionistas son repudiados y ridiculizados por la comunidad científica porque sus hipótesis tienen todas las evidencias en su contra. Estos individuos quieren equiparar el consenso científico al dogma religioso, señal de que no habría que tomarlos en serio cuando hablan de ciencia.

Apelar al consenso científico no equivale a hacer una falacia ad populum, porque el consenso no se logra nada más juntando a todos los científicos para que digan qué opinan y que gane el que tenga más votos, sino a través de la elaboración y replicación de experimentos, recopilación de datos, revisión por pares, estudios, análisis y meta análisis, comprobaciones y refutaciones.

Por supuesto, la cosa escala bastante rápido para los negacionistas de la ciencia: si todas esas instituciones científicas alrededor del mundo están de acuerdo en algo, no puede ser porque hayan llegado a las mismas conclusiones mediante estudios rigurosos, sino porque todos son parte de la misma conspiración, dominada por el heterocapitalismo global integrado, los sabios de Sión, el Nuevo Orden Mundial, el marxismo cultural o vaya usted a saber qué locura. O sea, que para justificar por qué las personas que mejor conocen del tema no toman en serio sus debrayes, se inventan una justificación aún más masiva e inverosímil que abarca a miles de personas alrededor del mundo y contra la cual ellos se presentan como una heroica resistencia (formada por líderes religiosos, políticos de carrera y CEOs de grandes corporaciones, todos unos underdogs).

Sí puede darse el caso de que un equipo de científicos[2] haga un descubrimiento que ponga en entredicho lo conocido hasta entonces por la ciencia. En esos casos, el escepticismo no sólo es natural, sino muy sano, y nada tiene que ser aceptado de buenas a primeras a menos que se demuestre con el mayor rigor posible, máxime si contradice lo que ya está bien establecido. “Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias” decía sensei Carl Sagan. Lo cierto es por cada genio que en un principio fue puesto en duda porque sus ideas eran muy radicales, hay cientos de miles de charlatanes y chiflados cuyas ideas se rechazan porque son absurdas.

Claro, los científicos no son menos proclives a los errores de juicio que cualquier otra persona, y pueden aferrarse a ideas erróneas por costumbre o por ideología, y hasta rechazar el trabajo de otros o falsear el propio por ambición personal. Es para eso que la ciencia tiene mecanismos de autocorrección y verificación: tarde o temprano la verdad se impone. Ni el poder de la industria tabacalera pudo detener de forma definitiva la ciencia que demostraba que fumar causa cáncer y adicción. Por eso los negacionistas de la ciencia no debaten con los científicos de verdad, sino que apelan a la ignorancia de los legos y halagan su “sentido común” para convencerlos de que los científicos o no saben nada o forman parte de una conspiración para ocultar la verdad.



La falacia de Galileo puede ser muy peligrosa porque es capaz de engatusar a muchas personas y, si logra engañar a las suficientes, la fuerza de sus números puede contrarrestar la influencia de los expertos y, mediante el poder del voto o la presión social, echar para atrás los esfuerzos que deberían hacerse guiados por el mejor conocimiento científico disponible. Como en Estados Unidos, donde con la victoria de Trump han llegado los creacionistas y negacionistas del cambio climático al poder. En ese caso sí nos encontraremos ante un escenario digno de tiempos de Galileo: una gran masa confundida e iracunda, que se ha dejado manipular por el halago y el miedo, dirigida por un grupo que ostenta el poder político y económico, reprimiendo o ninguneando a una minoría que posee el conocimiento científico. Y eso da miedo, mucho miedo.

Sólo para que lo tengamos muy claro:

·         La evolución es un hecho.
·         Las vacunas no causan autismo.

Más sobre la falacia de Galileo:

·         RationalWiki: Galileo Gambit




[1] El Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, que son visibles a ojo pelón. Los demás planetas, planetoides y satélites sólo podían ser vistos mediante el telescopio.
[2] Eso de los científicos solitarios que trabajan en el sótano de sus casas es de caricaturas y cómics. La ciencia es una actividad colectiva y social, y los descubrimientos los hacen equipos que trabajan en instituciones (públicas o privadas).

viernes, 9 de diciembre de 2016

Los peligros del sentido común




Sentido común significa el buen sentido; razón tosca, razón sin pulir, primera noción de las cosas ordinarias, estado intermedio entre la estupidez y el ingenio. Decir que un hombre no tiene sentido común, es decir una injuria muy grosera; pero decir que tiene sentido común, también es una injuria, porque es significar que no es completamente estúpido, pero que carece de inteligencia.


Los seres humanos traemos integrados en nuestros cerebros las características cognitivas que nos permiten hacer ciencia. Somos por naturaleza curiosos, nos gusta explorar y experimentar (¿qué pasa si hago esto o si pongo eso con aquello?), observamos y reconocemos patrones, nos agrada contar, medir y clasificar las cosas que nos rodean y somos bastante buenos para inferir información nueva a partir de datos conocidos. Pero sobre todo, tenemos una mente flexible con una gran capacidad de responder a situaciones muy diferentes, lo cual nos ha permitido crear estrategias diversas, herramientas culturales transmisibles a través de las generaciones, para responder a nuestras condiciones medioambientales y sociales.

El Homo sapiens ha existido por 200,000 años aproximadamente, y de éstos sólo hemos practicado la agricultura por los últimos 12,000. Eso significa que pasamos casi 190,000 años como cazadores y recolectores que vivían en comunidades pequeñas. Es decir, un 95% de la historia humana fue, irónicamente, prehistoria. Nuestras habilidades cognitivas básicas, es decir nuestro sentido común, nos permitieron sobrevivir y prosperar durante esos milenios, y tuvieron además el afortunado (o desafortunado, según cada quien) efecto secundario de que, dadas las condiciones adecuadas, pudimos desarrollar sociedades complejas, una vasta diversidad cultural y, claro está, ciencia.

No es de extrañar que desde los albores de la humanidad hayamos tenido ciencia, o por lo menos, rudimentos de ciencia. Aún antes de desarrollar agricultura, escritura y ciudades, ya teníamos astronomía y matemáticas; los monumentos megalíticos prehistóricos se erigen como testimonio de ello. Todas las grandes civilizaciones de la Antigüedad hicieron increíbles avances en ciencias: los egipcios sabían química y medicina; los caldeos dividieron el círculo en 360 grados, y crearon los minutos y los segundos; los mayas y los indios, cada uno por su cuenta, inventaron el cero. En todas las épocas, donde ha habido seres humanos ha habido semillas de ciencia.




Pero aún con nuestra predisposición natural y con todo el conocimiento y técnica que habíamos acumulado a lo largo de milenios, aún hacía falta afinar muchos detalles.  La herbolaria nos decía que ciertas plantas ayudaban a aliviar ciertos males, pero ¿cómo? ¿Qué había en las plantas y cómo actuaba eso con el cuerpo? ¿Quizá un espíritu bondadoso habitaba la planta? ¿Quizá había simpatías y antipatías entre ciertas substancias? La astronomía permitía calcular que si la luna pasa por cierta constelación, entonces es que se acercaba la época de lluvias. Pero, ¿cuál era la relación entre las estrellas, la luna y la lluvia? ¿Es que acaso la constelación era un dios que enviaba la lluvia cuando la luna lo visitaba? ¿Y por qué la luna giraba en el cielo y nunca se caía? ¿Y qué eran las estrellas?

Faltaba establecer el método experimental preciso y un modelo riguroso de razonamiento inductivo; establecer que las matemáticas son la base de toda ciencia y que el razonamiento discursivo no es suficiente para llegar a conclusiones fiables. Faltaba prescindir de las explicaciones sobrenaturales para los fenómenos observados y saber que sería necesario retar a la tradición y a las autoridades. Faltaba desarrollar mecanismos para comprobar y refutar, para reducir los errores individuales y arribar a consensos significativos. Y aunque para llegar a todo eso confluyó la sabiduría acumulada de muchas eras y muchas culturas, la coincidencia de factores históricos permitió que el gran momento se diera en la Europa de los siglos XVI y XVII con la Revolución Científica.

Como dice Neil DeGrass Tyson en el primer capítulo de la nueva Cosmos, es tal el poder del método científico, que en cuatro siglos desde que Galileo miró por vez primera a través de su telescopio, ya hemos puesto hombres en la luna. Y, añado, encontrado la cura a múltiples enfermedades y aumentado nuestra expectativa y calidad de vida (el que hasta ahora no todos se hayan beneficiado de estos avances es un problema de desigualdad económica y justicia social).



El problema es que así como en nuestra mente están las capacidades que nos han permitido desarrollar las ciencias, también
hay toda una serie de predisposiciones al error: tendemos a ver patrones donde no los hay, a atribuirle agencia e intencionalidad a los eventos fortuitos, a hacer generalizaciones precipitadas y a creer que nuestras propias experiencias personales son muestras de toda la realidad; nos inclinamos a aceptar lo que nos dicen quienes percibimos como figuras de autoridad o lo que cree nuestra propia tribu; nos aferrarnos a nuestras propias creencias porque son nuestras y descartamos la información que las contradice mientras enfatizamos la que nos las reafirma.

Sucede que nuestra mente no evolucionó para comprenderlo todo, sino para permitirnos sobrevivir, y en realidad nos ha sido bastante útil. Llamamos sentido común a esa capacidad básica de razonar que todos tenemos (a menudo sin estar conscientes de cuáles son nuestros procesos de razonamiento). Para los asuntos más prácticos de la vida cotidiana, el sentido común nos es suficiente, como nos lo ha sido a lo largo de la mayor parte de nuestra historia.

La ciencia, como actividad social y colectiva que se autocorrige constantemente, nos permite neutralizar las tendencias al error de cada uno como individuo y nos da las herramientas que nos han facultado conocer y comprender el mundo de formas que serían inaccesibles para nuestro set original de capacidades cognitivas (y los instrumentos que nos empoderan más allá de nuestros sentidos).



Pero conforme la ciencia avanza y se sofistica, el cuerpo de conocimientos que acumula se va haciendo tan complejo que se aleja más y más de lo que podríamos comprender simplemente con nuestro sentido común. Aquella frase de Thomas Huxley, “la ciencia es el sentido común en su mejor forma”, deja de ser precisa conforme nos adentramos en terrenos más complicados. Como dijera Carl Sagan:

“La realidad puede ser desconcertante. Puede costar trabajo lidiar con ella. Puede ser contra-intuitiva. Puede contradecir prejuicios profundamente arraigados. Puede no ser consistente con lo que desesperadamente deseamos que sea verdad. Pero nuestras preferencias no determinan lo que lo es.”

Los objetos sólidos que te rodean están compuestos de innumerables partículas que se mueven sin cesar. Esta es una realidad que escapa a lo que pueden informarnos nuestra percepción sensorial y nuestro sentido común. Pero no es una conjetura, una opinión o un dogma de fe, sino un hecho demostrable y demostrado empíricamente, y que seguiría siendo real aunque toda la humanidad lo ignorara.

Pero como esto es difícil de asimilar de buenas a primeras, nuestra propensión a confiar excesivamente en el sentido común nos lleva a ser víctimas de demagogos antiintelectuales. Como todos los demagogos, manipulan a la gente de a pie y la predisponen contra una élite a la que se quiere ver como corrupta y malvada. En este caso, la élite son los científicos, y en general los expertos, de quienes se dice que no saben nada, porque el sentido común de la gente puede entenderlo todo.



La manipulación se da mediante el halago: usted, señor padre de familia, usted señora ama de casa, puede entender lo que es bueno y verdadero mejor que esos expertos con sus estudios y sus laboratorios, que al fin y al cabo dicen puras tonterías ¿Cómo va a ser que inyectarte una enfermedad te haga bien? ¿Cómo pueden decir eso de que el hombre nació del mono? ¿Cómo vienen a decirnos que el mundo se está calentando cuando podemos ver que hace frío? ¿Cómo no va a ser una aberración que le pongan los genes de un animal a una planta? ¿Cómo va a ser que mi aerosol, que me pongo dentro de mi cuarto cerrado, dañe a la capa de ozono?

Para entender a cabalidad todo lo anterior, hace falta un mínimo de conocimientos científicos y de pensamiento crítico y racional, porque el sentido común no basta. Hay una razón por la cual los negacionistas de la ciencia no llevan sus debates a instituciones científicas, sino a lugares donde mandan los legos: están tratando de convencer a la gente común, vulnerable a tales manipulaciones, y de usar sus números para neutralizar la influencia de los expertos. Y la tendencia antiintelectual va más allá de las ciencias naturales o exactas, sino que llega hasta cuestiones políticas, económicas y sociales.

La situación es peligrosa porque nos lleva a renunciar a los mejores conocimientos que tenemos disponibles, para en cambio abrazar las respuestas simplonas y equivocadas. Y esos conocimientos pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte, no sólo de cada uno de nosotros como individuos, sino de toda nuestra especie.



¿Cómo podemos evitar la manipulación? Como legos, es decir como personas ajenas al conocimiento de los expertos, debemos tener en cuenta que nuestro sentido común no es suficiente para comprender una realidad tremendamente compleja, y que para ello se requiere mucho trabajo y estudio. Podemos tomarnos un tiempo para entrenarnos en el pensamiento lógico y aprender aunque sea un poco de aquello de lo que queremos opinar, el mínimo para reconocer cuándo nos están engañando y cuándo podemos confiar en lo que se nos dice. A nosotros nos corresponde la responsabilidad de aprender y educarnos para defendernos de las manipulaciones demagógicas de quienes apelan a nuestro sentido común para negar a la ciencia. 

Pero sobre todo, los expertos no pueden seguir adoptando una actitud de desdén hacia la gente común, ni menos ponerse en plan de “nosotros lo sabemos mejor que ustedes, hágannos caso, idiotas y cállense”. Carl Sagan, recordando la Biblioteca de Alejandría destruida por la plebe, señalaba que es muy fácil juzgar a ese montón de ignaros, pero ¿qué hacía la Biblioteca por todos ellos? ¿Cómo podrían tener idea del valor de lo que en ella se guardaba? En la Biblioteca sólo trabajaba y estudiaba una élite intelectual; la mayor parte del pueblo veía a esos eruditos (hombres y mujeres), entrar y salir de la Biblioteca, pero no tenían ni idea de qué era lo que hacían allí. El conocimiento guardado en ese magno templo sólo estaba al alcance de algunos elegidos, y en general no hacía ningún bien al pueblo hambriento y harapiento. "Los sabios de Alejandría" dice Carl Sagan de forma ominosa "nunca cuestionaron el orden social y político de su época". ¿Cómo esperar que el populacho sintiera algún respeto o reverencia por ese lugar?



Stephen Hawking recientemente publicó en The Guardian un conmovedor texto en el que empieza por reconocer la posición privilegiada en la que ha vivido a lo largo de su vida. Pero el orden social y político de nuestra época ha creado una terrible desigualdad y eso llena a las personas de inseguridades, temores y resentimientos contra la élite que vive en sus burbujas. Hawking -probablemente el científico vivo más conocido a nivel mundial- junto a otros expertos advirtió que el Brexit dañaría la investigación científica en el Reino Unido y que la elección de Donald Trump en Estados Unidos haría peligrar el combate al cambio climático. Aún así, la gente no escuchó y votó por los demagogos que prometían soluciones fáciles a problemas complejos.

Hawking advierte que aunque sus elecciones sean terriblemente equivocadas, no se puede desestimar sus muy legítimas preocupaciones. Las élites del mundo, intelectuales, económicas y políticas “de Londres a Harvard, de Cambridge a Hollywood”, tienen que aprender una lección de humildad y reconocer que le han fallado a la mayor parte de la humanidad.

Ahora necesitan volver la atención a los problemas de la gente común. Si la élite de expertos quiere ser escuchada, necesita algo más que tener la autoridad que da el conocimiento, sino también la autoridad moral que viene de ser percibido como alguien que se preocupa y trabaja para el bien de los demás. El futuro de nuestro planeta se nos va en ello.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Kennedy y los cañones de agosto



La historia es bien conocida: en octubre de 1962 un avión espía americano descubrió en Cuba misiles nucleares soviéticos que apuntaban hacia los Estados Unidos. Durante 13 días de enorme tensión, en los que Estados Unidos y la Unión Soviética medio negociaban y medio buscaban intimidarse el uno al otro, el mundo estuvo más cerca que nunca de vivir el estallido de una guerra nuclear.

Realmente muy cerca: los asesores militares del presidente John F. Kennedy lo instaban a lanzar un ataque nuclear total contra los rusos. Aniquilarlos antes de que ellos dispararan primero. "Si no hacemos nada, ellos podrían destruirnos antes. Los misiles soviéticos podrían estar ya en el aire mientras hablamos."

Pero para fortuna del mundo por ese entonces Kennedy había apenas leído Los cañones de agosto de Barbara Tuchman (publicado ese mismo año), una historia de los orígenes y causas de la Primera Guerra Mundial. Tuchman explicaba cómo las grandes potencias se precipitaron a una guerra apocalíptica por el miedo que tenían unas de las otras, instadas por jefes militares que aconsejaban ser el primero en disparar sus cañones, "no sea que los otros nos disparen antes".


Impresionado por la obra de Tuchman, Kennedy ignoró a sus asesores. Decidió asumir que el otro bando tampoco quería una guerra total. Los diálogos con el líder soviético Nikita Kruschev prosperaron; se llegó a acuerdos y cada parte tuvo que ceder un poco.

Claro, no podemos atribuir al libro de Tuchman todo el crédito; no todos los asesores de Kennedy estaban a favor de pasar a las acciones bélicas y también se tuvieron en cuenta análisis de situaciones más recientes. Por supuesto, habría que agradecer que del otro lado del "teléfono rojo" estaba Kruschev y no alguien menos sensato. Sin embargo, la anécdota queda como ejemplo de lo importante que es para quienes lideran las naciones conocer la historia y aprender de ella. La Tercera Guerra Mundial se evitó porque en ese momento de crisis hubo quienes comprendieron las causas de la Primera.




Los grandes líderes, los de la clase que dejan huella (para bien o para mal) en el devenir de la humanidad, han sido también profundos conocedores de la historia. Algunos de ellos incluso han sido historiadores, desde Julio César con su Crónica de la guerra de las Galias (de la que Napoleón hizo una edición anotada) hasta Winston Churchill con su Historia de los pueblos anglosajones. Las personas cultivadas a lo largo de las eras veían en el estudio de la historia no sólo el placer de conocer datos curiosos, sino una fuente de enseñanzas prácticas para la vida.

Si alguien hubiera preguntado, ninguno de esos líderes históricos habría tenido problemas en responder el título de algún libro que les hubiera impactado. El México actual, por el contrario, nos da un panorama muy distinto. El conocimiento histórico es desdeñado por el ciudadano promedio y dejado en la irrelevancia por el sistema educativo (como se ve en los nuevos programas de la Uady).

Recuerdo que en una ocasión me quejaba con el conocido de una amiga sobre lo mal que mis alumnos de preparatoria aprendían historia y que era muy difícil enseñarles porque no tenían ninguna base, ni siquiera nociones que bien habrían podido adquirir del cine o la televisión. El sujeto en cuestión me respondió “Eso es sólo de cultura general”, lo que quería decir “no tiene la menor importancia”. Con paciencia traté de explicarle la relevancia de conocer la historia, aunque fuera sólo para la mera acción de escoger un candidato por el cual votar. Mi argumento cayó en oídos sordos. “Te repito: eso es sólo de cultura. A mí nunca me ha servido y nunca lo voy a necesitar”.



Eso no es lo peor, sino que se acepta que los gobernantes no tienen que ser “cultos ni grandes lectores”. Vicente Fox dijo alguna vez “a mí no me interesa el pasado, lo que me importa es el presente” (similar a lo que más de un alumno poco interesado en la materia me llegó a decir), y cuando Peña Nieto hizo el ridículo en la FIL, alguno de sus minions lo justificó diciendo “pues no tiene que ser un intelectual, es un hombre de acción”. Pues bien, señores: César, Napoleón, Churchill y Kennedy se interesaron en el pasado porque les importaba el presente y todos ellos fueron intelectuales además de hombres de acción.

Pero la realidad mexicana nos muestra un caso muy reciente y concreto de los peligros de no saber historia. Seamos generosos y asumamos que Felipe Calderón de verdad quería librar a la sociedad del flagelo de las drogas y el crimen organizado y no que, por decir algo, se estaba sacando de la manga cualquier cosa con tal de legitimar su cuestionada presidencia. Si tal fue el caso, Calderón metió la pata estrepitosamente con errores que bien podría haber evitado si hubiera extraído algunas lecciones del pasado.



A menudo se ha comparado la prohibición actual de las drogas con la era de la prohibición del alcohol en los Estados Unidos de los años 30. Barack Obama incluso llamó a Calderón "el Eliot Ness mexicano". En lo personal pienso que por “Eliot Ness” quiso decir “personaje histórico que ha sido romantizado más allá de su verdadera relevancia”. Y con “mexicano” quiso decir “chafa”.

Para los que nunca vieron la película, Eliot Ness fue el policía que atrapó al poderoso gángster Al Capone. Ness intentó en un principio usar la fuerza directa para acabar con los criminales, pero sus primeros planes (como redadas y cateos) fueron frustrados porque la policía de Chicago estaba corrompida e infiltrada hasta la cocina, y los mafiosos siempre iban un paso adelante. Entonces Ness decidió armar un equipo de policías incorruptibles (los legendarios "Intocables"), que hacían sus planes y orquestaban sus golpes sin decirle a los demás, para que la información no se filtrara, y poco a poco debilitaron a Capone. Calderón, por otra parte no aprendió la lección de Ness y trató de hacer lo mismo: atacar con la fuerza sin antes depurar las instituciones de gobierno.

Más importante es que Capone fue finalmente capturado no mediante una redada que lo descubriera con las manos en la masa, sino porque los Intocables lograron echar mano a sus finanzas y así pudieron probar su enriquecimiento ilegítimo y su evasión de impuestos, con lo que metieron al mafioso a la cárcel. Sólo después de un par de años y varios miles de muertos, Calderón decidió rastrear las cuentas bancarias y actividades financieras de personas y grupos relacionados con el narco, cuando medio mundo le dijo que eso era lo que debía hacer desde el principio.



Pero aún más importante es saber que jefes criminales como Al Capone se hicieron tan poderosos porque traficaban con alcohol y eso porque a alguien se le ocurrió la maravillosa idea de prohibir el alcohol en la Unión Americana (prohibición estúpida que se quitó hasta final de la década). La legalización del alcohol no acabó con el alcoholismo, pero sí con los Al Capones. La legalización de la marihuana seguramente ocurrirá en la próxima década, y la despenalización de otras drogas sin duda les seguirá. Calderón no sólo ignoró la historia: la estaba retrasando.

Así pues, mexicanos, dejemos de poner excusas para la ignorancia de nuestros gobernantes: ya vieron que nos pueden llevar entre las patas. Cuando algunos nos hemos quejado de su incultura, no es sólo que esperemos que sepan algunos datos pedantes que los hagan pasar por literatos: es que queremos que posean conocimientos necesarios para llevar a cabo su función como líderes. Claro que, para poder darnos cuenta de esto, tendremos nosotros mismos que aprender historia.


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