domingo, 31 de diciembre de 2017

Los últimos Jedi



Fui a ver Los últimos Jedi la misma noche en la que se estrenó. No había hecho una reseña porque quería verla una segunda vez; desafortunadamente no he podido. En el ínter, he estado reflexionando y reflexionando sobre lo que vi en las pantallas de cine esa media noche. He estado leyendo muchas reseñas, críticas y análisis de la película, tanto de los que la amaron como de los que la odiaron. Como quería que ésta fuera mi último texto del 2017, aquí lo tienen. Empecemos por establecer ciertos puntos…

SPOILERS ARE THE PATH TO THE DARK SIDE
SPOILERS LEAD TO ANGER
ANGER LEADS TO HATE
HATE LEADS TO THE ALT-RIGHT


No me gusta la base de la Nueva Trilogía



No es que no esté de acuerdo con la idea de una nueva serie de aventuras, es que no me gusta el enfoque que desde un inicio le han dado a ésta. La Trilogía de Precuelas narra la caída de una República y su transformación en un Imperio. La Trilogía Original narra el triunfo de una Rebelión contra ese Imperio. En seis películas tenemos una historia redondita (dejando de lado los agujeros argumentales de las precuelas).

Detalles más o menos, el Episodio IV inicia en un mundo creado por los hechos del Episodio III. El Episodio VII no inicia en el mundo creado por lo que sucedió en el Episodio VI. La Nueva Trilogía es retroceso, un reset a una situación demasiado parecida a la de la Trilogía Original. Lo peor, ni siquiera nos dicen cómo se llegó a esta situación. Para eso hay que leer las nuevas novelas y cómics (que obviamente voy a terminar haciendo, tal es mi nivel de ñoñez).

El conflicto es esencialmente el mismo: una banda de rebeldes oponiéndose a una tiranía fascista. Digan lo que digan de las precuelas, en cada una de ellas se esforzaron por mostrarnos situaciones diferentes, incluso cuando hacían paralelismos con la Trilogía Original. La Guerra de los Clones era un conflicto de escala y motivos muy diferentes a los de la Rebelión; las fuerzas beligerantes, la República y la Confederación, eran muy distintas a la Alianza Rebelde o al Imperio. En cambio, la lucha entre la Resistencia y la Primera Orden es prácticamente idéntica a lo que ya vimos en los Episodios IV-VI. Hasta con los mismos uniformes. X-wings y TIE Fighters otra vez. ¡Otra Estrella de la Muerte! Es insultante.



Lo más ofensivo es lo que hicieron con nuestros héroes, con Han y Luke. Leía sigue conservando su dignidad y fortaleza (y la amamos por eso), pero quieren hacernos creer que, estos personajes a los que vimos crecer de un cínico egoísta y un mocoso remilgón a un líder guerrero y un maestro Jedi, ante un fracaso se retirarán del mundo y dejarán a aliados, amigos y familiares solos. Y no, no es que quiera que mis héroes sean infalibles; claro que espero verlos fallar, ser derrotados y luego levantarse para superar las dificultades. Pero tampoco quiero que sean un completo fracaso.

La situación en la que inicia la Nueva Trilogía hace de la victoria de El Regreso del Jedi algo poco menos que insignificante. Sidious y Vader han muerto, pero ¿qué más da? Hay un nuevo Emperador siniestro y deforme; hay un nuevo Caballero Negro que ejecuta sus mandatos. Hay hasta nuevos Stormtroopers.

Las secuelas deben expandir una historia, no repetirla. Yo pienso que la Nueva Trilogía debió tomar a nuestros héroes, con los logros que ya habían conseguido, y enfrentarlos a nuevos desafíos, a situaciones inéditas, que no hubiéramos visto antes.

Por ejemplo, el Canon de Leyendas presentó la guerra Yuuzhan Vong, en la que una raza proveniente de fuera de la Galaxia, que navega planetas enteros, invade la Nueva República unos 20 años tras la caída del Imperio. No digo que las películas debían haber adaptado alguna de las historias del viejo Universo Expandido (muchas de las cuales son también repeticiones de lo mismo: el Imperio renace y construye otra superarma…), pero sí habría preferido que pensaran en algo nuevo.

En fin, ya lo había dicho en mi reseña de El despertar de la Fuerza: las precuelas fueron criticadas porque no se sentían como Star Wars. Esta nueva película tiene tanto miedo de no ser Star Wars que pierde la oportunidad de ser algo más que otro capítulo genérico.

Ahora, dicho todo lo anterior…

Amé Los últimos Jedi



Una vez que acepto que así es la Nueva Trilogía, que ésta es la historia que nos van a contar, tengo que admitir que El despertar de la Fuerza es una muy buena película, a pesar de ser un soft remake de Una nueva esperanza. En la misma línea Los últimos Jedi es una gran película. ¡Es increíble! Grité, aplaudí, lloré y salí del cine con un hype que no se me ha pasado dos semanas después.

¿Por qué me gustó tanto? Bueno, tiene todo lo que ha hecho a la saga de Star Wars grandiosa: aventura, emociones, drama humano, una lucha épica entre el bien y el mal, mundos exóticos y, bajo todo eso, reflexiones acerca de los temas eternos y universales de la humanidad. Se ve Rian Johnson ama esta saga.

Pero sobre todo, estaba marcando un nuevo camino, estaba mostrándonos cosas nuevas por primera vez en años. Fue sorprendente. A partir de cierto punto, yo no tenía ni idea de por dónde iba a ir la película. Cuando parecía que iba a repetir El Imperio contraataca, subvirtió la fórmula y canceló incluso la posibilidad de que se repitiera El regreso del Jedi. Es la única que deconstruye la mitología creada por estas películas y que se pone hasta metaficcional. De hecho, si algo no me gusta de esta peli es que empezó un poco tarde con eso de irse por lo nuevo.

Deja morir el pasado



Ahora, me preocupa que muchos fans hayan entendido que el mensaje de la película sea “Deja morir el pasado; mátalo si es necesario”. No sé si lo notaron, pero quien enuncia esa frase es el villano. Quien sigue esa máxima, Kylo Ren, es un individuo agobiado por sus demonios internos, dispuesto a destruir todo lo que le rodea, incluso a asesinar a sus propios padres, alguien que no le es fiel ni a sus aliados en la maldad. Sólo alguien así está dispuesto a enterrar su pasado, lo bueno y lo malo, sin miramientos.

No, los mensajes de esta cinta son “el mejor maestro es el fracaso” y “no se trata de destruir lo que odiamos, sino de preservar lo que amamos”. En conjunto nos dice que debemos dejar atrás lo que nos impide seguir creciendo, pero que debemos preservar lo que hay de bueno.

El viejo camino de los Jedi (con sus academias, templos y códigos) ya no era viable en el nuevo mundo que había quedado tras la caída de la República (eso lo admite el mismo Yoda en la novelización de La venganza de los Sith), pero no por ello había que dar la espalda a los ideales de los Jedi, de proteger a los débiles, de procurar la paz y la justicia. Yoda quema el árbol sagrado, pero Rey ya había recuperado los libros (y estoy seguro de que nuestro amigo verde lo sabía… por cierto, amé su intervención).

Yo también quería ver a Luke pateando traseros durante tres películas. Yo tampoco quiero pensar que nuestro héroe, después de El regreso del Jedi, se convierte en un viejo amargado y pusilánime (#NotMyLuke). Pero esta película lo redime, como la anterior le había dado a Han la oportunidad de reivindicarse y participar en una última misión heroica. Luke había intentado revivir el pasado (con su academia Jedi); ante ese fracaso, había dado la espalda a todo (hasta se había desconectado de la Fuerza), intentando dejar morir el pasado. Ninguno de los dos caminos era el adecuado.



Luke nos muestra que se había convertido en un gran Jedi con la maniobra con la que salva a los pocos sobrevivientes de la Resistencia. Se sacrifica para que los otros puedan construir un mañana mejor, siguiendo otros caminos. Dándole la espalda al pasado, Luke no había podido encontrar la paz, sólo la amargura y la soledad; es cuando aprende de sus errores, y usa ese conocimiento, ese poder adquirido, para brindar esperanza al futuro, es que Luke pude mirar la puesta de sol (el ocaso de su vida) y hacerse uno con la Fuerza.

Los planes temerarios ya no pueden servir contra un enemigo superior en armas y en números. Ante este panorama, lo más importante es la supervivencia. Por eso Leia degrada a Poe tras sacrificar a tantos pilotos para destruir una nave de guerra enemiga. Por eso el motín de Poe está destinado al fracaso. Por eso es que el sacrificio de la vicealmirante Holdo (uno de mis personajes favoritos de SW ipso facto), tenía sentido, mientras que el Finn no lo habría tenido. Holdo gana tiempo para que la Resistencia se pueda salvar. Finn habría muerto sin que nada bueno saliera de ello. Al impedirle sacrificarse, Rose abre la posibilidad de un futuro para ambos.

En las relaciones paralelas entre Poe y Holdo por un lado, y Rey y Luke por el otro, vemos precisamente que hay situaciones en las que los jóvenes deben respetar la sabiduría y prudencia de los mayores, y otras en las que los mayores deben reaprender el idealismo de los jóvenes. Al mismo tiempo, si Holdo le hubiera confiado sus planes a Poe se habría evitado un conflicto. Pasado, presente y futuro necesitan estar en constante diálogo.

El casino



“Qué hueva que quieran meter comentario social a la fuerza en Star Wars” han dicho los vatos que no han estado poniendo atención los últimos 40 años. Star Wars siempre ha tenido un subtexto político y siempre ha promovido valores liberales y democráticos. Escribí toda una serie de textos al respecto. Aunque ciertamente, el discurso político es más contundente en algunas entregas que en otras (en La venganza de los Sith y Roge One, por ejemplo). La secuencia en Canto Bight es perfectamente consistente con eso.

También lo es con otra tradición starwarsiana. Una de las principales inspiraciones de estas películas son los viejos seriales cinematográficos de los años 30 y 40, tipo Flash Gordon. En este tipo de historias, nuestros héroes pasan de un peligro a otro, de una aventura a la siguiente. No todas se tratan de hacer avanzar la trama, sino de vivir emociones; tal es la estructura del serial. Por eso en cada película sucede alguna o más de una aventura que no tiene que ver directamente con la historia central.

¿Cuál es el punto de que Luke, Leia y Han se queden atrapados en contenedor de basura y se enfrenten a ese monstruo de hentai? ¿No podrían haber sólo salido de allí y la película sería igual? ¿Cómo contribuyó a la trama el episodio en el que Han y Leia quedan atrapados en el vientre de un gusano espacial gigante? ¿Tenía que ser tan larga la secuencia del palacio de Jabba? ¿El viaje por los mares de Naboo, la carrera de vainas, la persecución por las calles de Coruscant?

La secuencia de Canto Bight es sólo otro de esos momentos, aunque admito que quizá fue un poco más largo de lo necesario. Si algo no me gustó fue el diseño del casino. Obviamente hace referencia a Montecarlo (y no a Las Vegas, como han dicho a algunos despistados) y toma inspiración de las películas clásicas de James Bond. Mi problema es que lo hicieron de un aspecto demasiado terrícola; como que le faltó creatividad, exotismo, que se viera un poco más fuera de este mundo, que los juegos no se vieran idénticos a los de un casino terrestre. Pero realmente eso es sólo nitpicking mío.

En cambio, amé la química que había entre Rose y Finn. Me encanta que ellos dos sean los personajes por los que nadie da un peso. Son muy divertidos juntos y me dio mucho gusto verlos pasar de peripecia en peripecia. Además, que sean ellos dos los protagonistas de su propia línea argumental nos regresa a la esencia de la Trilogía Original, en la que los protagonistas eran no los caballeros Jedi en el apogeo de su poder ni los acaudalados políticos de la República, sino un granjero huérfano, un pirata, un viejo ermitaño de una era muerta y una princesa sin planeta. Es decir, los perdedores, los nadie, los que no tienen nada, o que han perdido todo lo que tenían y que con cada Episodio se van ganando un lugar en la historia de la Galaxia.

Por último, esta secuencia es consecuente con el espíritu de la película. En apariencia esta aventura no sirvió de nada y hasta terminó perjudicando a la Resistencia, pero no olvidemos que el fracaso, y lo que se puede aprender de él, es uno de los temas centrales. Además, aunque no consiguió su cometido, la incursión de Rose y Finn en Canto Bight sirvió para dejar ahí una semilla (entendí que a lo largo de Galaxia habría otras) que crecería para convertirse en una Rebelión contra la Primera Orden. La lucha nunca es en vano.

La representación importa



Decía que Star Wars siempre ha sido progresista. Si la Trilogía Original nos daba por héroes a una guerrilla revolucionaria, y la Trilogía de Precuelas nos dio por villanos a corporaciones interplanetarias, la Nueva Trilogía (y también Rogue One) ha querido resaltar el valor de la diversidad. Aunque tanto la Orden Jedi como la Alianza Rebelde siempre habían tenido una composición diversa (mujeres, minorías raciales y hasta alienígenas) en oposición al Imperio, blanco y masculino, el tema nunca había sido tan importante como ahora.

Nuestros nuevos protagonistas son dos mujeres (Rey y Rose) y dos hombres “de color” –como les gusta decirlo a los gringos- (Finn y Poe). En una época en la que blancos supremacistas y misóginos declarados están en la Casa Blanca y ascendiendo al poder en todo el mundo, un reparto así es una declaración de principios poderosa. Sin embargo, se diluye un poco cuando la Primera Orden también tenga mujeres y people of color entre sus filas, a diferencia del Imperio. Parece que la entidad dirigida por Snoke, aunque fascista, es menos racista y misógina que su predecesora.

Se ha resaltado como uno de los temas de esta Nueva Trilogía que las mujeres son asombrosas, mientras los personajes masculinos son bastante torpes. Algunos entusiastas han exagerado un poco; tampoco los personajes femeninos son infalibles. Pero definitivamente son presentados como bastante más competentes que sus contrapartes varoniles, y la clave está en un rasgo que es resultado de la educación que se nos da a hombres y mujeres en el mundo real: los hombres somos emocionalmente ineptos porque no se nos enseña a lidiar con nuestros sentimientos.

En ello se fundamenta toda la ventaja que tienen los personajes femeninos sobre los masculinos en Los últimos Jedi: las mujeres mantienen la entereza mientras los hombres se desmoronan (Leia frente a Han y Luke); mantienen la serenidad y cabeza fría cuando los hombres quieren lanzarse impulsivamente al peligro (Holdo ante Poe); conservan la esperanza cuando los hombres quieren abandonarla (Rey ante Luke y Rose ante Finn). De nuevo, esto no es tan absoluto; las mujeres también toman malas decisiones, y no olvidemos que había varias de ellas apoyando el motín de Poe, que también fue un conflicto entre generaciones.



Sin embargo, creo que se pueda ver la fuerza de este tema en la reacción del público. Hay una curiosa intersección entre perfil ideológico y apreciación de la película: muchos de sus haters más acérrimos (no todos, aclaro) han sido los antifeministas, los enemigos de la corrección política y derechairos en general. Para feministas entusiastas, la Vicealmirante Holdo es una mujer fuerte que no admitirá tonterías de ningún onvre temerario como Poe. Para los detractores, Holdo es una líder torpe que provocó un motín al no comunicar sus planes a sus subordinados.

Admitiendo que Holdo pudo haber informado a Poe de lo que iba a hacer, tengamos en cuenta que ella es la oficial de más alto rango en la Resistencia y que Poe acababa de ser degradado por idiota. Ella no tenía obligación de decirle nada a ese chavo, pues el alto mando sí sabía qué onda. La reacción de los haters nos dice mucho de su misoginia interiorizada: para ellos un hombre no tiene que seguir las órdenes una mujer, aunque ésta sea su jefa indiscutible, a menos que ella le rinda cuentas; si el hombre la desobedece poniendo en peligro todo el trabajo hecho, es culpa de ella por no haberlo convencido.

Respuestas así por parte de personas con inclinaciones reaccionarias han sido comunes ante las nuevas películas: los blancos supremacistas que han dicho “¡genocidio blanco!” por ser Finn uno de los protagonistas; los seguidores de Trump que llamaron a boicotear Rogue One; los hinchas que se quejan de los colores del reparto y dicen que “es sólo por corrección política”. ¿Y saben qué? Me da un chingo de gusto que estén tan ardidos.

Los caminos de la Fuerza son misteriosos



En Una nueva esperanza nos hablan de la Fuerza como la energía omnipresente creada por la vida, une la Galaxia y que le da su poder a los Jedi. En ese mismo episodio, deja muy ambiguo qué es capaz de hacer alguien que tiene el poder de la Fuerza. Algunas de las habilidades Jedi que luego damos por sentadas, en especial la de mover cosas con la mente, no aparecen sino hasta El Imperio contraataca, mientras que los rayos de Sidious y el lanzamiento bumerán de Vader sólo se dejan ver hasta El regreso del Jedi.

El caso es que no creo que la intención fuera establecer un número de poderes limitados y definidos. Así, no me molesta para nada, antes bien me encantó, que nos mostraran nuevas posibilidades del poder de la Fuerza: como el contacto interestelar entre Rey y Kylo o la magnífica actuación de Luke en el duelo final.

El vuelo de Leia sí se ve un poco bobo, pero me refiero a su aspecto, no al concepto en sí. Que Leia es poderosa en la Fuerza es algo que ya estaba establecido en las películas y los cánones viejo y nuevo. Que ella no necesitaba blandir sables de luz ni dar maromas, sino que la Fuerza se manifestaba en su fortaleza personal y en su capacidad para ser líder e inspiración a pesar a de las dificultades, no quita que no fuera capaz de usarla, aun sin entrenamiento, de forma casi intuitiva, para salvar su vida. No me parece que hubiera inconsistencia allí, además de que en el Canon de Leyendas hay un antecedente del uso de la Fuerza justo de esa manera (aunque por Luke).

Los misterios que no lo eran



Snoke (o, como me gusta llamarlo, Darth Gollum) es un villano aburrido. Una versión fea y barata de Darth Sidious. Sí creo que nos deberían explicar de dónde demonios salió y cómo llegó al poder, pero sólo porque es necesario para entender cómo el statu quo que dejamos en Episodio VI se convirtió en lo que vemos al inicio del Episodio VII, y no porque el personaje tenga algún interés en sí mismo. Agradecí que lo despacharan, de verdad.

También me pareció brillante el “misterio” de los padres de Rey (y eso que tenía mi propia teoría con todo y árbol genealógico). Fue una pintada de dedo para todos los fans y sus teorías en las que todo mundo tiene que ser pariente de alguien más. Pero también es consistente con la esencia de Star Wars. Luke y Leia eran los hijos de un legendario caballero Jedi, pero Anakin era un esclavo que vivía en un rincón inhóspito de la Galaxia.

En la ideología de Star Wars existen individuos con habilidades y talentos superiores a los de los demás; los malvados las usan para sus propios fines egoístas y los bondadosos se convierten en líderes que trabajan para el beneficio de los demás. Pero estos individuos pueden surgir de cualquier parte, sus orígenes pueden ser los más humildes o los más ilustres, lo mismo de la nobleza de Serenno que de un establo en Canto Bight. Sus orígenes no importan: son sus acciones y sus decisiones lo que los definen.

Me gusta que hayan dejado de lado esos dos “misterios” inútiles. Star Wars nunca se ha tratado de resolver enigmas. La identidad de Vader fue un giro argumental, una sorpresa, no un misterio sobre el que todo mundo estuviera especulando. Espero que a Abrams no se le ocurra meter otro misterio que luego vaya a dejar sin respuesta (no olvidemos que él nos vio la cara de pendejos por años con Lost). Ahora sólo falta ver cómo rayos el sable de Anakin llegó a manos de Maz Kanata después de haber caído al interior de un gigante gaseoso.

Los villanos de Star Wars y los fans



Hay una tradición de fans de Star Wars por enamorarse de villanos cuyo único mérito es verse chidos y creer que eso los hace grandes personajes. Como no lo son y nunca se pretendió que lo fueran, la película los despacha rápido y fácil. Entonces los fans se rasgan las vestiduras y reclaman que hayan “desperdiciado”. Así con Boba Fett, con Darth Maul y ahora con Phasma.

Pero no, ñoños, no son “grandes personajes” (por lo menos, no en las películas, el EU es otra cosa), sólo se ven chidos. No los desperdician; los quitan porque no tienen nada que hacer ahí. Que luego aparezcan encabezando en las listas de “los mejores villanos de Star Wars” nos dice mucho de la superficialidad del fan promedio, que en cambio es incapaz de apreciar a otros personajes mucho más interesantes como Tarkin o Dooku, porque ellos no se ven chidos.

Lo que quiero decir es que me tiene sin cuidado que se hayan echado a Phasma y a Snoke tan fácil y que a ustedes tampoco debería importarles mucho.

Hace mucho tiempo, en una Galaxia muy lejana…



Me sorprendió mucho el odio que despertó esta cinta en buena parte de la fanaticada. Puedo entender que hubiera gente a la que no le gustara tanto, pero cuando supe que algunos andaban diciendo que la odiaban, que era una porquería, que se habían salido del cine y demás, me quedé pasmado. Las cosas se han puesto feas desde entonces, con ataques personales: “los que no opinaron sobre la cinta como yo son unos imbéciles” o “los verdaderos fans son los que piensan así y no asá”.

Pero aunque lamento que esto haya pasado, saludo lo que significa: estemos ante un trabajo osado. Es mejor que una película provoque controversia a que se quede en la “zona de confort” como Episodio VII. Lo dicho, muchas de las cosas que molestaron a los detractores me parecen lo mejor de la película.

El caso es que si Los últimos Jedi causó reacciones tan fuertes es porque se trata de una película rica en contenido. Es una de las mejores de la saga, de las que presenta sus temas con mayor contundencia, de las que permite crecer más a sus personajes, una que tiene tantas aristas y ángulos que seguramente seguiremos hablando de ella por meses y por años. De hecho, este análisis podría prolongarse por muchas líneas más.


Esperemos que el Episodio IX sepa mantener el estándar. Y por favor, que incluyan a Mara Jade.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Ad verecundiam: ¿Acaso las fuentes no importan?



Digamos que en un enlace hay una lista de crímenes brutales cometidos por negros contra blancos. Todos son documentados y comprobados, reales más allá de toda duda razonable.
Pero resulta que ese enlace es de la página oficial del Ku Kux Klan... ¿igual lo compartirías? ¿Por qué lo harías? Claro, esos crímenes en particular no dejan de ser menos reales porque estén en la página del KKK, ¿verdad? Nadie quiere cometer una falacia ad verecundiam, ¿cierto?
Esta falacia consiste en validar o rechazar un argumento o una información basándose exclusivamente en la fuente de la cual proviene. Se dice que un argumento es inválido o válido, o se determina que una información es falsa basándose únicamente en sus fuentes, o en características irrelevantes de éstas. Lo importante aquí es recordar que un hecho es un hecho y existe independientemente de quien lo enuncie o lo crea, y que la validez de un argumento debe analizarse en sí misma y no por circunstancias periféricas. 
Entonces, aunque lo diga el Ku Kux Klan, esos crímenes ocurrieron, ¿cierto? Al compartirlo tú sólo estarías difundiendo información verificada y objetiva, ¿no? Pero en realidad la cosa no es tan simple…


Al compartir el enlace estarías dando tu espaldarazo al sitio en cuestión, estarías contribuyendo a legitimarlo a los ojos de los demás. Estarías diciendo “éste es un sitio en el que se puede confiar, es uno que vale la pena leerse”. Quizá tú sólo vayas a poner esa lista en tu muro, pero estarás llevando a otras personas a la página del KKK y algunas de ellas podrían querer quedarse a leer lo demás que ese egregio grupo de odio tiene que decir.
Eso no es todo. La lista en cuestión no está ahí sólo como información estadística. Es parte de un discurso, de una argumentación cuyo propósito es convencer a la gente de ciertas conclusiones moralmente aberrantes. Con esa lista el KKK pretende darle fuerza a sus opiniones racistas.
Claro, tú no comulgas con el resto de barbaridades que dice el sitio del KKK, pero al compartir el enlace estás llevando a que más gente lo lea, alguna de la cual podrá dejarse infectar por su odiosa doctrina. Y aunque, para bien o para mal, el KKK tiene tanto derecho de tener su página como Amnistía Internacional o tu tía la del videoblog de cocina, tú puedes decidir a quién le quieres dar más visibilidad.
Claro, los hechos son los hechos, y lo son a pesar de quién los diga. Pero el ACTO de enunciar un hecho no es siempre neutral ni inocente. Tú tienes una responsabilidad respecto a qué tipo de discursos ayudas a difundir.
No tiro piedras sin haber pecado. Yo mismo he caído en esta trampa muchas veces, sobre todo por no conocer bien la línea de sitios de los que a veces he compartido contenidos. Los errores no pueden evitarse por completo; uno sólo puede tratar de ser honesto al respecto.
El problema es que vemos algún texto que nos emociona porque reafirma nuestros prejuicios y, aunque sean de sitios que de otra manera nos parecerían despreciables, se nos apaga el pensamiento crítico y le damos share. Así, contactos míos de izquierda izquierdísima durante las elecciones gringas de 2016 estuvieron compartiendo alegremente un texto que argumentaba que la Hillary era peor que Trump. No les importó que el texto fue de un sitio de extrema derecha conspiranoica que allí mismo decía que el movimiento LGBT era una conspiración judía paraprovocar la decadencia de Europa.


Hay compas izquierdistas, liberales y progres a los que el feminismo les irrita mucho, y bueno, eso es otro asunto. Pero me exaspera que no tengan ni tantito pudor para compartir memes pendejos con tal de poder cagarse en las feminazis, aunque eso implique darle circulación a sitios de derecha que dicen (qué original) que el feminismo es promovido por los judíos para provocar la debacle de occidente. Mismos liberales, progres, izquierdistas que a la voz de ¡bravo! contribuyeron con likes y shares al video de Laura Southern, notoria racista trumpetera y simpatizante de la alt-right en la videósfera.

Este sitio tiene más de 42 mil "me gusta".

El caso más triste que me he topado recientemente ha sido de admirables divulgadores de la ciencia y maestros del pensamiento crítico compartiendo de un sitio negacionista del cambio climático.
Todo empezó con la noticia del oso moribundo captado en video por un periodista de la National Gaographic, que se convirtió hace unos días en el más reciente símbolo del cambio climático. Sin duda se trataba de un rollo sensiblero y manipulador, pero lo que retrataba el video era verídico, así como es verídico que el cambio climático es real, es antropogénico y nos está matando lentamente.
Pero algunas personas no pueden resistir la tentación de cagarse en los chairos, los pachamamertos, la izquierda feng shui, y mostrar que ellos son la verdadera Izquierda Heredera de la Ilustración©, superiores a todos esos hippies comeflores cursis y ridículos. Y si para hacerlo hay que compartir de un oscuro blog negacionista, pues ni modo. Tampoco importaba si con ello se iba en contra de una institución del tamaño de la National Geographic y a favor de un sitio derechairo que difunde las mismas falsedades que ellos se dedican a combatir. La oportunidad de poner en su lugar a la chairiza no podía dejarse pasar. 
Y sí, el sitio en cuestión dice algo cierto: que el caso del animal captado en video no es evidencia del cambio climático ni es estadísticamente representativo de la condición de los osos polares en el mundo. Pero el problema es que ese dato verídico es usado por los negacionistas para avanzar sus argumentaciones acerca de que el cambio climático o no es real o no es antropogénico o no es un problema. Dado que SÍ es todo eso, a mí me parece claro que un mínimo de decencia implica no darle más foro a sitios como aquél.
[El sitio negacionista usa datos de la WWF para decir que las poblaciones de osos polares en general están bien. Pero la National Geographic señala que el caso de ese oso no pretende ser una muestra de lo que está pasando, sino una imagen del futuro que les espera a los osos polares con las proyecciones de cambio climático para mediados de este siglo, mismas a las que también hace referencia en su sitio la WWF. Pueden revisar información fidedigna aquí, aquí, aquí y aquí].


Esto no quiere decir que sólo debas enlazar a sitios con los que estés 100% de acuerdo con el 100% de su contenido. Eso tampoco es humanamente posible. Puedo no estar de acuerdo con todas las columnas, artículos y reseñas de diferentes medios a los cuales enlazo.
Por ejemplo, me desesperan los textos conspiratorios y anticientíficos de La Jornada cuando habla de transgénicos, pero en otros temas tienen textos valiosos. En ocasiones puedo encontrar algo que me parece sensato de un medio como Reason, aunque por lo general no comulgue con su línea libertariana. Es más, a menudo comparto textos con los que no estoy de acuerdo al cien por cien, pero que tienen planteamientos intrigantes sobre los que vale la pena reflexionar e iniciar discusiones constructivas.
Es inevitable en medios en los que hay varios autores con libertad de expresarse que estaremos de acuerdo con algunas cosas y otras no. Es más, incluso tratándose de un medio hecho por una sola persona, como éste, habrá cosas con las que concuerden y otras a las que consideren que no vale la pena ni darle una pensada. Tampoco puedo esperar que estaré contento con todo lo que dicen otros colaboradores en los medios en los que yo publico. No se crea que no me da escozor que una página en la que he publicado también tenga horóscopos.
Pero en algún punto tenemos que poner una línea, algo tiene que ser un dealbreaker para nosotros: los sitios racistas, los neonazis, los que niegan los problemas que amenazan nuestra existencia, los que no se dedican a otra cosa que difundir falsedades, los que a pesar de una o dos cosillas buenas que puedan decir tienen una línea general que es absolutamente detestable… En algún momento tenemos que decidir “No, con esto no me quiero ver relacionado”. Un poco de criterio y congruencia hemos de tener, caray.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Lo malo cuenta y cuenta mucho



Este diciembre se han cumplido cinco años de la presidencia de Enrique Peña Nieto. Siendo sinceros, yo tenía la esperanza de que no durara tanto, pero ya ven. He procurado hacer la crónica de lo mal que nos ha ido durante este sexenio que va en la recta final.

Para seguir con esa tradición hoy les presento aglunos puntos por los que deberíamos estar escandalizados, indignados y encabronados con la clase política mexicana. Porque no todo es culpa de Peña, claro está. Es más, también deberíamos estar decepcionados de nosotros mismos, que como sociedad civil nos hemos sabido organizarnos para crear una mejor cultura política y reconstruir el tejido social.

Pero antes, un repaso rápido por estos últimos cinco años:

·         Indígnate, México
·         México en llamas

No hay muchísimo de nuevo que decir. Las mismas tendencias de las que ya hemos hablado en resúmenes anteriores han seguido acentuándose a lo largo de este año: corrupción gubernamental, crecimiento de la desigualdad económica, aumento de la violencia delictiva en general, y de la violencia de género en particular, y violaciones a los derechos humanos por parte de autoridades que no sienten que deban rendir cuentas.

I. A los mexicanos nos explotan




México es un país con un alto índice de desigualdad económica: el 10% más rico posee tanta riqueza como el 70% más pobre. Las medidas para paliar la desigualdad son insuficientes y a este ritmo tardaríamos otros 120 años para remediar el problema [aquí]. Un 70% de los mexicanos ve con suma desesperanza el futuro del país, el más desesperanzado de América Latina después de Venezuela [aquí].

Esto se da como parte de un fenómeno global generalizado, producto del dogma ideológico impuesto desde hace algunas décadas a la economía, cuyo propósito era precisamente permitir que los ricos acumularan más riquezas. No es de extrañar que los Millennials sean la primera generación desde la Segunda Guerra Mundial que tendrá una vida adulta menos prometedora que la de sus padres [aquí].

Los adalides de la libre competencia aseguran que si hay mexicanos que ganan menos es simplemente porque lo que hacen vale menos. Pero resulta que los mexicanos somos de los que más horas trabajan en el mundo. Un mexicano trabaja 875 horas más al año que un Alemán. Además, los mexicanos tenemos menos días de vacaciones al año. Para ganar el derecho a tener un mes de vacaciones tendrías que laborar por 30 años. Mientras tanto, un francés sólo tiene que trabajar un año para recibir el derecho a un mes de vacaciones pagadas. Pero, a pesar de todo producimos menos riqueza que un alemán o un francés… ¿qué pasa? [aquí y aquí].



Algunos dicen que trabajamos mucho, pero que no trabajamos bien, que seguro la mayoría se la pasa en la oficina todo el día, pero perdiendo el tiempo en el chisme, las redes sociales y la comida chatarra. Quizá, pero si es así la cosa, si nos la pasamos echando la hueva, ¿cómo es que los mexicanos somos de los trabajadores más estresados y agobiados del mundo? El 75% de nuestros compatriotas padece síndrome de fatiga por estrés laboral [aquí].

A pesar trabajamos más horas, descansamos menos días y estamos más agobiados incluso que los chinos y los estadounidenses, los sueldos en México son de los peores de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Mientras que la paga por la mano de obra en un país promedio es de 50 dólares, en México es de menos de 15; incluso por debajo de otros países que se consideran “baratos” y cuyas economías son más pequeñas que las nuestra, como Chile [aquí]. Y aunque el desempleo se ha reducido, esto ha sido a costa de una precarización del trabajo; o sea, que hay más trabajos, pero cada vez peor pagados. La cosa está tan mal que sólo un 21% de los mexicanos alcanzan a comprar una canasta básica con su sueldo. [aquí].

Ya hemos dicho que “los que ricos son ricos porque trabajan más, mientras que los pobres son pobres por flojos o tontos” es un mito que se ha sido desmentido en decenas de estudios socioeconómicos [aquí]. La realidad es que si los trabajadores mexicanos producen menos es precisamente porque nos tienen en las oficinas, fábricas, talleres, maquiladoras y demás, por más horas a cambio de menos dinero, en un estado de estrés y agotamiento constantes que termina por afectar nuestro desempeño.

II. México misógino



Hace unos meses, el feminicidio de la joven Mara Fernanda por parte de un conductor de Uber causó una oleada de indignación en México, lo que resonó en el mundo de habla hispana [aquí]. Desafortunadamente, el caso no es excepcional. De hecho, los casos de feminicidios en México han aumentado, como también ha aumentado el porcentaje de los mismos que quedan impunes. En promedio, 5 mujeres son asesinadas en México todos los días; unas 6,500 perdieron la vida de forma violenta entre 2013 y 2015 [aquí].

El fenómeno va aunado al hecho de que la cultura machista, que culpabiliza a la víctima y normaliza el crimen, permea las instituciones encargadas de impartir justicia, pues la mayoría de los jueces carece de nociones básicas de perspectiva de género [aquí y aquí].

No se trata solamente de casos aislados; las mujeres son víctimas de un sistema cultural a la vez que económico y político, pues a la violencia de género se suman la explotación y la corrupción gubernamental. Los casos de la trata de mujeres son el mejor ejemplo de ello. Mujeres, especialmente jóvenes, son raptadas y obligadas a prostituirse por cárteles del crimen organizado.



En este escenario, la exsenadora panista Rosi Orozco ha monopolizado el activismo en contra de la trata, cuando lo que en realidad ha construido una red de influencias que le permiten sobornar o chantajear actores políticos y obtener fondos públicos millonarios, sin hacer nada en contra del delito que supuestamente combate [aquí].

La misoginia no se expresa solamente en estos casos más obviamente violentos. México va de mal en peor en materia de equidad: la brecha de género está hoy por hoy en su nivel más alto desde 2013. Esto ha llevado que el Foro Económico Mundial degradara a México de la posición 66 a la 81 (de 144 países) en la escala de equidad de género. En América Latina, México ocupa el lugar número 20 de 24 países, por debajo no sólo de los países más desarrollados de la región, como Argentina o Chile, sino superado también por Belice, El Salvador, Venezuela, Cuba y Bolivia [aquí y aquí].

¿Ahora entienden por qué las mujeres en México están tan molestas? ¿Seguirán los necios diciendo que la igualdad de género ya se logró? ¿O captarán por qué hay tantas feministas indignadas y en pie de lucha?

III. Corrupción internacional



Resulta que los mexicanos somos los más corruptos de América Latina. El 51% de nuestros conciudadanos ha admitido haber pagado sobornos a alguna autoridad. Esto habla muy mal de nosotros: ¿cómo podemos esperar que nuestros políticos sean honestos si nosotros como ciudadanos? Pero luego entendemos que no se trata de simple malignidad por parte de los mexicanos: la mayoría de los sobornos del ciudadano común se da en la prestación de servicios, como en escuelas, centros de salud y documentación personal. En otras palabras, la mayoría de los mexicanos se ven obligados a pagar “mordidas”, porque de otra manera no reciben los servicios que necesitan. El aparato estatal es tan ineficiente que sólo funciona a base de palancas y sobornos [aquí].

No se trata de minimizar la responsabilidad del mexicano promedio. Uno tiene el deber cívico de ser honesto para construir una mejor sociedad. Pero también es ingenuo esperar que simplemente con mantener las manos y la conciencia limpias el problema de la corrupción política institucional se resolverá. Es necesario exigir rendición de cuentas y castigo para los infractores, no sólo entre quienes son funcionarios públicos, sino entre los empresarios ricos. Porque, ultimadamente, la corrupción que más nos daña a todos no es la de quien le pagó un dinerillo al policía para evitar una infracción, sino la del alcalde que negoció con el empresario constructor cómo se dividirían el moche de un proyecto de obra pública sobrepreciado.

Ya habíamos visto que México está padeciendo la generación de gobernadores más corrupta de su historia, y que la inmensa mayoría vienen del PRI [aquí y aquí]. Pero la corrupción va más allá de lo local y lo estatal. Políticos y empresarios mexicanos forman parte de redes de corrupción, tráfico de influencias, lavado de dinero y evasión de impuestos que trascienden las fronteras.



Ya lo habíamos visto en el caso de los Panamá Papers y los Bahama Leaks, y ahora tenemos los Paradise Papers [aquí, aquí y aquí]. Estos escándalos revelaron la existencia de paraísos fiscales en los que los más ricos del mundo tienen sus fortunas para evitar pagar impuestos en sus propios países. Aunque el asunto es turbio, no es del todo ilegal. Lo que sí es que es una canallada: los más ricos se libran de pagar impuestos, mientras que las clases medias y bajas están cautivas por el régimen fiscal. Las inmensas cantidades que los ya de por sí asquerosamente ricos dejan de pagar en impuestos podría haber servido para mejorar los servicios de educación, salud y seguridad. La riqueza no es solo producto del esfuerzo individual, sino de las condiciones sociales; al evadir impuestos, estos millonarios están dejando de contribuir a las sociedades a las que deben su fortuna.

Más grave y trascendente (y menos discutido) ha sido el caso Odebrecht. Qué mejor que este artículo de El País para resumirlo:

“En junio de 2015, la policía brasileña encargada de investigar la macrotrama corrupta de la petrolera estatal Petrobras arrestaba, en su lujosa casa de São Paulo, a uno de los empresarios más poderosos de Brasil, Marcelo Odebrecht, quien al final aceptó cantar y delatar a cambio de rebajar diez años la condena (de 19 años). Con él, otros 77 altos cargos de la empresa se prestaron también a dar nombres, fechas y cuantías a la policía a cambio de años de libertad. 
Además de pedir perdón públicamente, la empresa también se avino a pagar la mayor multa impuesta a una compañía acusada de corrupción: 3.500 millones de dólares, repartidos entre los Gobiernos de BrasilEE UU y Suiza (países que también investigaban a Odebrecht por sus prácticas corruptas). A cambio, dejaba de estar proscrita y volvía a poder concursar a obras públicas, su principal fuente de ingresos.Pero una vez que las investigaciones se hubieron puesto en marcha, nada iba a impedir que el torrente de revelaciones siguiera arrasándolo todo. Desde EE UU y pasando por las fiscalías locales, ya afecta, fuera de Brasil, al presidente colombiano Juan Manuel Santos y a varios expresdientes de Perú, incluso ha rozado al mexicano Felipe Calderón. 
Odebrecht empleó una secreta, pero totalmente funcional, unidad de negocios de la empresa –un departamento de sobornos, por decirlo de alguna manera– que sistemáticamente pagó cientos de millones de dólares para corromper a funcionarios del Gobierno en países de los tres continentes’, afirmó en diciembre de 2016 Sung-Hee Suh, fiscal general asistente de la División Criminal del Departamento de Justicia norteamericano.”

Independientemente de la mención al expresidente Calderón, quien ha resultado más enlodado por este escándalo ha sido el exdirector de Pemex, Emilio Lozoya. El exdirector de Odebrecht en México, y uno de los arrestados por la policía brasileña, Luis Alberto de Meneses Weyll, ha denunciado a Lozoya como uno de varios funcionarios de Pemex que recibieron un total de 10 millones 500 mil dólares en sobornos [aquí].



El caso de Lozoya es importante, dado que el sujeto es muy cercano al presidente Peña Nieto y, como colaborador en su campaña electoral, uno de los principales responsables de haberlo llevado hasta la presidencia. De nuevo, el presidente se ve más que rozado, embestido por las evidencias de corrupción de la gente que lo rodea.

Pero peor aun es la descarada impunidad con la que este caso se ha desarrollado en México. Mientras en otros países de América Latina han rodado cabezas, en el nuestro el silencio es casi absoluto; no sólo no hay arrestos, ni siquiera hay cargos formales. Lozoya hasta se da el lujo de amenazar con demandas a quienes simplemente repiten lo que los medios internacionales están señalando en su contra [aquí y aquí]. Quizá es que estamos tan perdidos entre tanto escándalo que cada uno silencia al anterior y terminamos acostumbrándonos a la jodidez en la que nos tienen los poderosos.

IV. Más poder al poder



El propósito de la guerra, decía Hugo Zemelman, es mantener un constante estado de excepción que le permita al ejecutivo gobernar por decreto pasando por encima de las instituciones democráticas. A nivel internacional, esto se ha dado con la guerra contra el terrorismo encabezada por los Estados Unidos. A nivel de México, con la guerra contra el narco encabezada por Calderón.

Ya les había mostrado la gráfica que muestra el índice de asesinatos en México. Aquí se puede ver cómo había habido una paulatina reducción de los homicidios a lo largo del siglo XX (una tendencia global, por cierto), pero que justo en 2007, con el inicio de la guerra calderonista, la violencia se disparó. A diez años de que iniciara esta guerra las cosas no han mejorado en lo absoluto: ni hay menos drogas llegándole a nuestros hijos y la violencia sólo se pone peor.



De hecho, 2017 superó todos los récords en homicidios de años anteriores, incluyendo al más violento anterior, que había sido el 2011. Solamente el pasado mes de octubre fue el más violento en 20 años, registrando más de 2,300 homicidios [aquí y aquí]. ¿Por qué nos va tan mal? ¿Es porque el gobierno no ha tenido la suficiente mano dura? No, es porque todo este mitote estuvo hecho con las patas desde un principio, como nos lo explica un análisis del New York Times [aquí]. Aunque el origen de la crisis se remonta a hace 20 años, es decir, mucho antes del sexenio de Calderón, durante su mandato se privilegiaron acciones a corto plazo y todo ello provocó mayores problemas a largo plazo:

“La solución del problema parece obvia: tener un cuerpo policial y procuradores de justicia sólidos, supervisados por políticos a quienes los ciudadanos exijan rendir cuentas, podría acabar con el vacío en el que florecen las bandas de delincuencia y los funcionarios corruptos. En vez, el desorden y la violencia han aumentado.”

Ante este panorama se perfila la Ley de Seguridad Interior, que regulariza el actuar del ejército mexicano en sus funciones de policía. En efecto, desde hace 10 años las fuerzas armadas han estado haciendo las veces de agencias policiacas, dado que estas instituciones se encontraban rebasadas o infiltradas por el crimen organizado. El problema: el ejército no está capacitado para tales funciones y no existía un marco legal que justificara su actuar. La respuesta viene en esta ley, recientemente aprobada por la Cámara de Diputados, la cual se puede resumir en ocho puntos [aquí]:

1.       El presidente tendrá la facultad de ordenar la intervención del ejército en zonas en las que se considere que existen amenazas a la seguridad interior.

2.       Al expedir una Declaratoria de Protección a la Seguridad Interior debe tener el “visto bueno” del Consejo de Seguridad Nacional, pero a la Comisión Bicameral de Seguridad Nacional y a la Comisión Nacional de los Derechos humanos sólo tendría que hacerles una “notificación”.

3.       Con todo, si el presidente cree que así lo amerita, podrá ordenar la intervención inmediata del ejército, pasando por alto el mínimo protocolo mencionado antes.

4.       Eso sí, dice que las acciones de las fuerzas armadas deberán respetar rigurosamente los derechos humanos…

5.       A menos que la perturbación a la paz pública sea tan grave que para atenderla se requieran suspender los derechos; entonces, ni modo, habrá que hacerlo (pero apegados a la Constitución).

6.       Esto es lo sabroso: si hay movilizaciones de protesta social que no se consideren “pacíficas”, se podrán tomar como amenazas a la seguridad interior.

7.       De antemano debe fijarse cuánto durará la intervención del ejército, que no podrá durar más de un año… A menos que el presidente decida que el plazo se debe aumentar porque todavía existan la amenaza. O sea, que esta ley pone todos los límites, pero deja a la discreción del presidente cómo y cuándo es válido pasarse esos límites.

8.       Durante la emergencia, las fuerzas armadas podrán recolectar la información que crean pertinente… Lo cual incluye el espionaje a ciudadanos.

Diversas organizaciones no gubernamentales, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos y hasta un grupo de exrelatores de las Naciones Unidas han alertado en contra de esta ley [aquí, aquí y aquí]. Básicamente esta ley permitiría mayores violaciones contra los derechos humanos por parte del ejército (que tiene un historial terrible al respecto), significa la renuncia a hacer funcionar las agencias policiacas para en vez de ello recurrir a las fuerzas armadas y no ayudaría a mitigar el problema de la violencia en el país, sino que antes bien serviría para escalarla [aquí y aquí].



Simplemente darle poder a las instituciones de gobierno, no ha traído nada bueno. Recordemos el caso (bastante reciente, pero enterrado por otros escándalos) que se llamó #GobiernoEspía. El gobierno de Peña Nieto (a través del secretario del Consejo Técnico de Seguridad Nacional, Tomás Zerón de Lucio) contrató el infame software Pegasus de la igualmente infame empresa italiana Hacking Team, que le permitía espiar a los ciudadanos de forma ilegal. ¿Lo usaron para vigilar a los criminales? No, lo usaron para espiar a activistas sociales, rivales políticos y periodistas incómodos, que fueron tratados como enemigos del Estado. Lo peor: este chistecito nos costó 32 millones de dólares [aquí, aquí y aquí].



Hemos visto que cuando el gobierno comienza a amasar más poder, no es porque planee usarlo para protegernos, sino para protegerse a sí mismo. Se trata de mantener sus privilegios, sus riquezas, su capacidad de actuar impunemente, de preservar el sistema político del que se benefician. Ya lo dice sabiamente la canción: “si le das más poder al poder, más duro te van a venir a coger”.

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