viernes, 3 de marzo de 2017

1984: Las pequeñas distopías cotidianas



Mil novecientos ochenta y cuatro, la clásica  novela distópica de George Orwell (1903-1950) alerta sobre la posibilidad de un totalitarismo perfecto, que se presenta no sólo en la forma de un gobierno autoritario y déspota, sino de una fuerza invasiva que vigila las vidas y controla los pensamientos de sus gobernados a través de la manipulación de los hechos y del lenguaje.

En 2013 las revelaciones de Edward Snowden sobre el vasto sistema de vigilancia tecnológica de la NSA estadounidense provocaron un auge en las ventas de la obra de Orwell. La relación entre estos hechos y el Gran Hermano omnisciente de la novela eran más que obvias. Recientemente, con el ascenso de Donald Trump a la presidencia de los EUA y el afán tanto suyo como de su gente para mentir descaradamente sobre asuntos fácilmente comprobables, y en especial la acuñación de la frase “hechos alternativos”, ha provocado una nueva alza en las ventas de Mil novecientos ochenta y cuatro. Parecería que vivimos tiempos orwellianos.

La tarde de ayer tuve el inmenso gusto de participar en una mesa de discusión sobre la novela de Orwell y sus reflejos en el mundo contemporáneo. La pregunta que guiaba la conversación fue “¿qué tan cerca estamos de llegar a ese mundo distópico?”. Mi postura, y creo que en general mis distinguidos compañeros y yo estuvimos de acuerdo, es que no vamos para allá. De hecho, yo no creo que un mundo como el descrito por Orwell sea siquiera posible. Pero ése no es el punto. No hace falta que nuestras sociedades sean distopías perfectas para encontrar en ellas ecos de aquella obra.

Orwell, que además de narrador fue reportero, ensayista y combatiente, era un agudo observador de la realidad social y un pensador político lúcido en un mundo de fanatismo, histeria y ceguera voluntaria. Construye su distopía sumando aspectos presentes e históricos del mundo real. Podemos seguir el proceso inverso y encontrar rasgos orwellianos en múltiples facetas de nuestra vida social y política. La inspiración principal del autor inglés era el estalinismo -la pesadilla en la que la promesa utópica del comunismo se había convertido-, pero también la experiencia del apenas recién derrotado nazifascismo, y en general la lógica del poder político, que siempre lleva intrínseca la tentación totalitaria.



Para hacer este ejercicio retomé unos pasajes centrales de la novela, un supuesto panfleto atribuido a Emmanuel Goldstein, enemigo jurado del régimen totalitario que gobierna el superestado de Oceanía. Se titula Teoría y práctica del colectivismo oligárquico, y nuestro protagonista Winston Smith lee dos capítulos del mismo. El texto es a la vez creación literaria de ciencia ficción y una inteligente pieza de teoría política, que explica la lógica y los propósitos del IngSoc, la ideología totalitaria rige al gobierno de Oceanía. El objetivo principal del régimen era mantener una sociedad jerárquica con una clase dominante que se perpetuara en el poder. ¿Cómo hacer esto, en un siglo en el que el progreso técnico auguraba el final, sino de toda la desigualdad, sí por lo menos de la miseria y las carencias?

Si todos por igual disfrutaran de tiempo libre y seguridad, una gran cantidad de seres humanos que viven aletargados por la pobreza adquirirían conocimientos, aprenderían a pensar por sí mismos; y cuando hicieran eso, tales personas comprenderían, tarde o temprano, que la minoría privilegiada no sirve para nada y se rebelarían para acabar con ella. A la larga, una sociedad jerarquizada sólo es posible con una base de miseria e ignorancia.
Hacia mediados del siglo pasado la tendencia parecía apuntar hacia una reducción entre la desigualdad y a un crecimiento general de las clases medias en el mundo occidental. El avance científico y tecnológico liberaría a los seres humanos de las cargas más pesadas, de los trabajos más alienantes, y facilitarían el acceso de todos a las necesidades básicas. La profecía no se cumplió. En el mundo contemporáneo somos testigos de una desigualdad económica que alcanza niveles brutales: el 1% de la población posee el 40% de la riqueza. El sistema socioeconómico en el que vivimos produce abundancia, sí, pero funciona para concentrarla en pocas manos.

El sistema totalitario imaginado por Orwell encuentra la solución al problema de la abundancia en la guerra, que permite el continuo funcionamiento de la maquinaria industrial, pero que destruye sus productos constantemente, de forma que el trabajo de personas y máquinas no genere una riqueza que beneficie a la mayoría de la población.

La función esencial de la guerra es la destrucción, no necesariamente de vida humanas, sino del producto de la mano de obra humana. La guerra es un medio para hacer pedazos, lanzar al espacio o hundir en las profundidades del mar los materiales que, de lo contrario, podrían usarse para hacer que los pueblos fueran demasiado prósperos y, en consecuencia, demasiado inteligentes […] Se entiende que la guerra no sólo consigue la destrucción necesaria, sino que lo consigue de un modo psicológicamente aceptable.
El estado de guerra constante permite a los gobiernos mantener controles excepcionales sobre la población. Con la excusa de la guerra contra el terrorismo, el gobierno de George W. Bush, y posteriormente el de Barack Obama, expandieron un sistema de vigilancia hasta niveles inéditos, mismo que ahora está en manos de Donald Trump. En una versión a menor escala, la guerra contra el Narcotráfico iniciada por Calderón y continuada por Peña Nieto, desvía recursos para mantener en la ilegalidad algo que ni siquiera debería estar prohibido, a la vez que sirve como excusa para mantener un estado de excepción y de permanente presencia militar en los espacios civiles.



No es que las amenazas del terrorismo y el crimen organizado no sean reales, es que los gobiernos las usan como excusa para afianzar el control sobre las poblaciones, a la vez que destinan cuantiosos recursos que podrían ser usados para mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos. Discursos patrioteros se enarbolan para hacer de esta lucha algo aceptable. Quien no apoya a “nuestras heroicas fuerzas armadas” es un mal patriota.

Fuera de los prisioneros de guerra, el ciudadano común de Oceanía no ha puesto jamás los ojos en un ciudadano de Eurasia o Estasia, y tiene prohibido aprender un idioma extranjero. Si le permitieran tener contacto con un extranjero, descubriría que es un ser humano igual que él y no un monstruo del que le han contado mentiras. De ese modo, se destrozaría el mundo sellado en el que vive y podría desaparecer el odio, el temor y la petulancia de los que depende su estado de ánimo.
Exacerbar el miedo al otro, al extranjero, al inmigrante, al miembro de una minoría étnica, religiosa o sexual, es una característica típica de todos los regímenes autoritarios independientemente del color que adopten, pues redirige las pasiones en contra de un enemigo fácilmente identificable. La demagogia de derechas, cuyo auge estamos atestiguando alrededor del mundo acusa a “los otros” de los males que aquejan al “pueblo verdadero” y promete proteger al mundo de estos peligros. Lo curioso es que esas actitudes tienen más éxito en las zonas en las que se tiene menor contacto con esos extraños enemigos. No es en las ciudades cosmopolitas, en las que se ven rostros de todos los colores y se escuchan lenguas de todos los acentos, sino en los pueblos pequeños del interior de los países en donde se cuentan historias de horror sobre cómo los extranjeros están destruyendo a la madre patria y violentando a los verdaderos hijos de la nación.



Orwell expone brevemente un esquema que corresponde con una visión dialéctica de la historia, en la que revoluciones y guerras entre las clases Alta, Media y Baja sólo han traído el cambio de amos, pero nunca el fin de las jerarquías, mientras que la clase Baja ha sido usada como carne de cañón y, aunque la lucha se hiciera en su nombre, nunca ha llegado a ver sus necesidades realizadas. Esto hemos podido verlo en las muchas revoluciones armadas que terminan convirtiéndose en tiranías, desde la Inglaterra de Cromwell y la Francia de Robespierre hasta la Rusia bolchevique y la China de Mao. El sistema totalitario IngSoc tiene el propósito consciente de acabar con ese ciclo y establecer de una vez por todas una clase dominante que permanezca en su lugar para siempre.

El conocido péndulo iba a regresar una vez más y después a detenerse. Como de costumbre, la clase Alta había de ser derrocada por la clase Media, que después se convertiría en la clase Alta; pero esta vez, mediante una estrategia consciente, la clase Alta sería capaz de mantener su posición de manera permanente.
Las distopías juveniles modernas, como Los juegos del hambre o incluso una clásica como Farenheit 451, dejan cierto espacio a la esperanza y el heroísmo, pero Orwell tiene en mente la distopía perfecta, una en la que no cabe esperanza de cambio o evolución, una en la que el fin de la historia de hecho se logra para alcanzar un estado perenne de opresión y escasez. Esto es porque su totalitarismo no consiste en que un grupo específico de personas tenga el poder; no hay un tirano al que matar, un ejército al que derrotar en combate, o una camarilla a la que destruir. IngSoc es más que un partido político o una oligarquía; es un sistema de vida y de pensamiento.

La esencia del dominio oligárquico no es la herencia de padres a hijos, sino la persistencia de cierta visión del mundo y cierto modo de vida, impuestos por los muertos sobre los vivos. Un grupo dominante se mantiene como tal mientras pueda nombrar a sus sucesores. Al Partido no le interesa perpetuar su sangre, sino perpetuarse a sí mismo. No es importante quién ejerce el poder, siempre y cuando la estructura jerárquica se mantenga igual.
Los dictadores tarde o temprano mueren. Los sistemas, no tan fácilmente. Un partido puede perpetuarse en el poder porque no depende del liderazgo de una sola persona (aun cuando existan figuras señeras); lo importante es el que el sistema jerárquico se mantenga igual. El partido absorbe a las distintas instituciones sociales (sindicatos, colegios, think tanks) que podrían convertirse en poderes competidores; le da un lugar a los ambiciosos y talentosos para que puedan hacerse de privilegios pero en posiciones en las que nunca podrían cambiar al sistema mismo; y coopta, elimina o neutraliza a líderes sociales e intelectuales que pueden volverse incómodos. Pues es justo así cómo el PRI pudo mantener la hegemonía en México a lo largo de tantas décadas, y la sigue manteniendo en muchos lugares del país.



Orwell también pone especial cuidado en describir el dominio psicológico que el sistema tiene sobre sus gobernados. Los términos están construidos en la ficticia Neolengua, pero en realidad describen características comunes de la mente humana, sesgos que nos ponemos más o menos conscientemente para apagar nuestro pensamiento crítico y así convertirnos fieles seguidores del dogma que hayamos escogido o que alguien más haya escogido para nosotros. Estos rasgos psicológicos pueden encontrarse tanto en los conservadores que defienden el statu quo, como en personas que se creen disidentes y transgresoras, pero que en realidad son también incondicionales y acríticos devotos de sus propios dogmas.

Evitardelito significa la facultad de pararse en seco, como por instinto, en el umbral de un pensamiento peligroso. Incluye la fuerza para no comprender las analogías, para dejar de percibir los errores lógicos, para malinterpretar los razonamientos más sencillos si son contrarios al IngSoc, y para sentir fastidio o aversión ante cualquier serie de ideas que puedan conducir en una dirección desleal. En resumen, evitardelito significa estupidez protectora.
Negroblanco significa la buena voluntad de fidelidad para decir que negro es balnco cuando el Partido lo exige así. Pero también ignifica la capacidad para creer que lo negro es blanco y, además,  saber que lo negro es blanco y olvidar que uno siempre ha creído lo contrario.
Doblepensar significa la fuerza para mantener dos creencias contradictorias en la mente de uno, al mismo tiempo, y aceptarlas ambas. […] Mediante cada nuevo acto de doblepensar uno borra el conocimiento; y así se continúa eternamente, con la mentira siempre un paso delante de la verdad. A fin de cuentas, es por medio del doblepensar que el Partido ha podido –y hasta donde sabemos, podrá hacerlo durante mil años- detener el curso de la historia.
Insisto, no es necesario vivir en un régimen totalitario como el estalinista; en una sociedad polarizada en la que cada quien se comporta como miembro leal a una tribu ideológica y considera a todos los miembros de la otra tribu como enemigos apenas humanos, nos entregamos voluntariamente a versiones menores del Gran Hermano.



Un tema fundamental de Mil novecientos ochenta y cuatro es la importancia de la verdad. “Libertad es la libertad de decir que dos más dos son cuatro”, escribe Winston Smith en su diario. El mismo Orwell dijo famosamente “En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario”. El reconocimiento de que existen hechos objetivos independientes de la voluntad humana, a los que incluso el poder no puede cambiar por más que pueda mentir y falsear la información al respecto, es un asidero indispensable para la libertad humana. Si caemos en la ilusión de que la realidad no existe en sí misma, sino que sólo existe lo que se dice de ella, hacemos posible que el poder se convierta en omnipotencia.

La mutabilidad del pasado es el principio fundamental del IngSoc. Se aduce que los eventos del pasado no tienen una existencia objetiva, sino sólo sobreviven en los registros escritos y en las memorias de las personas. Y como el Partido tiene un control absoluto de todos los regristros y también controla por completo las ideas de sus afiliados, es lógico que el pasado sea cualquier cosa que el Partido decida que sea.
La mentira siempre ha existido. Algunos famosos textos falsos han sido políticamente influyentes, desde la Carta del Preste Juan hasta Los protocolos de los Sabios de Sión (y este último tiene todavía quien se lo crea). Todos los políticos mienten y han mentido siempre, en mayor o menor medida. Lo que es inaudito del gobierno de Donald Trump es su voluntad para decir lo obviamente falso, lo fácilmente refutable, y encontrar un público amplio que le cree. Ya sea que invente ataques terroristas que no ocurrieron o diga que cuando habló el día de su inauguración las nubes se apartaron para que el sol iluminara su rostro, Trump miente todo el tiempo. Lo más aterrador es que sus seguidores le creerán, aunque se les presente con la información verdadera y con datos fríos y objetivos: su respuesta es que toda información contraria a su visión del mundo es parte de un complot de los enemigos de su glorioso líder.



Estos son sólo algunos ejemplos de nuestras pequeñas y grandes distopías cotidianas. Podría haber abundado en el inmenso aparato de espionaje tecnológico que Obama le heredó a Trump, y me faltó tratar de la manipulación del pensamiento a través de la alteración deliberada del lenguaje en lo que se conoce como Neolengua, pero creo que ya nos prolongamos demasiado (y eso último da para tooodo un tema).


Mientras tanto, aquí estamos y ante nosotros está la opción de defender y transmitir la verdad, como nos alentaba Orwell a hacerlo; la verdad que existe en sí misma, digan lo que digan todos los ideólogos, todos los propagandistas, todos los defensores de “hechos alternativos” y teorías conspiratorias. Aquí estamos, dispuestos a resistir las distopías en las que estamos atrapados. En palabras de Winston y Julia, “nosotros somos los muertos”.

3 comentarios:

franco goncalves dijo...

Mmm... No soy de comentar pero allá voy, por eso de que sino el intercambio de ideas no funciona.
Primero que nada, perdon por no haberlo hecho en el año que llevo leyendo este blog, ni en las ocacionales incursiones a las entradas más viejas (por cierto, para quitarme la duda nomas ¿Qué decia la entrada de apología a los churros de verano?). Sobre todo porque he aprendido bastante y me ha hecho reflexionar sobre montones de temas que de otro modo hubiera tardado más en comprender. Honestamente envidio a tus alumnos. En fín.

Desde aquí en mi sucucho en Argentina no veo mucho qué hacer o comentar sobre el asunto, lo veo más como un suceso interesantisimo al no poder hacer más que opinar al respecto. O escribir una historia de humor sobre ello. Despues de todo, me perdí todos los trumps del siglo XX.
Respecto a la comparación con Gran Hermano, hay que ser optimistas. GH no tenia opositores con quienes lidiar. A Trump lo odia tres cuarta parte del mundo. Si no fuera por el sistema electoral yanqui, ni siquiera habría ganado. Hay prensa libre, internet, etc. Si bien las telepantallas moviles vigilan lo que haces y piensas, nadie te apresara por ello. Las similitudes estan más bien en la forma de pensar (piensabien, creo que era en el libro) de sus seguidores, pero eso ya es algo muy universal.
Yo creo que van a salir de este lio y van a reparar los daños que cause (excepto los economicos, esos si tardaran mucho). Y bueno,eso. Ya veremos si la institucion democratica de la principal potencia del mundo puede aguantar el golpe o caera ante el primer lidersucho que aparezca. Luego queda ver por qué aparecio desde un principio, hacer un mea culpa, y evitar que se repita prestando mas atencion a las necesidades y frustraciones de las personas. Al menos todo esa gente que vive en las ciudades no va a ver como le quitan los derechos y libertades sin luchar. Aunque claro estoy pensando solo en gringolandia, tambien habría que ver cómo queda el resto del mundo, que tambien tiene sus chanchullos así que ya eso se me escapa de las manos mentales.
Claro que no tengo datos en los cuales sustentar todo lo dicho anteriormente.
Ni para sustentar la mamarrachada que sigue. No obstante, he aquí mi teoria sobre los planes de Trump:

Teniendo en cuenta detalles como su obsesion por los peluquines, su bronceado y los tintes para el cabello, además de sus acciones claramente autodestructivas, llegué a la conclusion de que no es Donald Trump. O no el mismo. El verdadero se ha de hallar muerto o preso. O algo peor.
Lo que sigue es obvio para todo aquél que sea inteligente, sagaz u ornitologo ¿Quién sino, podria suplantarlo, hacerse con la presidencia y desestabilizar el sistema, generando un caos propicio para que la amenaza asiatica se levante? Es ni más ni menos que otro ardid del diabolico doctor Fu Manchú, en una nueva jugada para destruir la civilización occidental.

Ahora debo hacerme un Twitter, resumir eso a 150 caracteres y publicarlo para que sea verdad.
Nos vemos.


Posdata: ¿De casualidad tendras cuenta de Wattpad? Si no lo conoces es una suerte de red social para escritores donde puedes publicar, leer y comentar historias. Está bajo el dominio hegemonico de feminas adolescentes que escriben fanfics de cantantes pop, pero si rebuscas bien hay cosas buenas por ahí.
Posdata 2: ¿Conoces el blog "El espejo gótico"? Tiene bastantes chorradas ocultistas, pero la parte dedicada a la literatura es una joya.

Marquezdesade dijo...

La verdad no he tenido ni el tiempo ni las ganas, de leer 1984, pero ha que si he notado el infinito altar y enajenamiento que hay entre jóvenes y letrados por el; por mi parte hasta donde se veo y creó en mi opinión que es un lindo ardid toda esa ilusión de que el gobierno hace deshace y planea su permanencia eterna :p... Es realmente gracioso, por que en si los gobiernos desde siempre han hecho lo que hacen y en todas las culturas... Existe conexión?

Claro pero no en los planes, ni en los lideres, la razón por la que son así es por consecuencia del mismo ser y nuestras características.

Algo profundo y natural, que ya pronto explicare con calma. :p

Solo dejo una pregunta en la mesa, por que los chinos en sus inicios, los griegos, tribus africanas y americanas en los inicios de la civilización padecían tanta similitud en los i icios de las civilizaciones... Si no se conocían? Por que esos problemas e intentos gu ernamentales son tan similares a los actuales?

Maik Civeira dijo...

Franco: Ah, esa entrada, la había olvidado. Nada, defendía la cuarta de "Indiana Jones" y la de "Speed Racer", pero luego me dio penita.

Marquez: No, yo tampoco que 1984 se esté haciendo realidad, siquiera que pueda llegar a serlo, ni que los gobiernos o poderes puedan sera tan perfectamente manipuladores para ello. La relevancia de la novela (entre otras cosas) está en los diversos aspectos de su análisis sobre cómo funciona el poder, para encontrar paralelismos con el mundo real. Igual esto responde un poco a lo de Franco sobre Trump, creo...

¡Gracias por leer y comentar! Saludos.

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