viernes, 19 de mayo de 2017

Por qué decimos que nos duele México



Hola. Hoy quiero mostrarles una simple gráfica. Sencilla, basada en estadísticas. Pero contundente, porque muestra el camino que ha seguido nuestro país en la última década. No proviene de ningún sitio alarmista, ni de medios que se la pasen criticando a nuestro gobierno sólo porque sí. No son invenciones de chairos que mejor deberían ponerse trabajar. Son datos duros y fríos. Aquí la tienen:

Fuente


Nos muestra la incidencia de muertes violentas en México. Como en todo el mundo durante el siglo XX la tendencia iba hacia una baja gradual pero constante. A partir de 2006, sin embargo, la violencia se disparó hacia arriba otra vez. ¿Por qué? Porque ese año el entonces presidente, el panista Felipe Calderón Hinojosa, inició la "Guerra contra el narco". 

Eso es lo que nos ha dejado esa guerra, continuada por el actual presidente Enrique Peña Nieto. No menos drogas, sino más violencia y más muerte, violaciones a derechos humanos de civiles inocentes, el resentimiento de la clase militar y miles de cadáveres en fosas clandestinas [aquí]. Cien mil muertos y 30 mil desaparecidos [aquí]. 

Cuando alguien les diga que extraña a Calderón y que quiere reelegirlo en la figura de su esposa, muéstrele esta gráfica. Quizá no lo conmueva, quizá responda "pues así son las guerras", quizá sea de las personas que, por privilegio de clase, no han tenido que poner los muertos de este conflicto. Pero si tienen algo de consciencia, empatía y honestidad intelectual, alguna fibra les tocará.

Estamos en 2017. Miroslava Breach, periodista de Chihuahua, fue asesinada en marzo, mientras llevaba a su hijo a la escuela. Había dedicado su carrera a escribir sobre el narco; era una periodista incómoda [aquí]. 

Ema Gabriela Molina se había separado de Martín Alberto Medina, involucrado con el gobierno del priista Andrés Granier en Tabasco. Él secuestró a los hijos de ambos y ella luchó años para conseguir la custodia. Poco después de que lo lograra, fue asesinada en Mérida el pasado mes de abril  [aquí].



El 10 de mayo (parece que fue la fecha fue escogida con un sentido del humor enfermizo) fue asesinada Miriam Rodríguez en Tamaulipas. Tras la desaparición de su hija, ante la ineptitud o falta de voluntad de las autoridades, ella se dedicó a buscarla. Encontró sus restos dos años después y tras ello se dedicó a seguir ayudando a las personas a buscar a sus seres queridos desaparecidos [aquí].

A los pocos días fue asesinado el periodista Javier Valdez, querido y admirado por muchos en el gremio. Le había dedicado varios libros y reportajes al narco en México. Consideraba que su misión era darle voz a las historias que pasaban desapercibidas en los medios. Había que luchar contra la indiferencia y el olvido [aquí]. Poco después fueron atacados a tiros Sonia Córdova y Jonatha Rodríguez, ambos periodistas de Jalisco. Él perdió la vida, ella acabó en el hospital [aquí].

Como bien dice Jan Jarab, todo asesinato es una tragedia y una injusticia, pero cuando se mata a periodistas o activistas, se matan oportunidades para hacer un mundo mejor. Pero eso duele tanto y por eso da tanto miedo y tanta rabia. Porque en México pedir justicia es causa de muerte.




Más de 120 periodistas han sido asesinados en México en la última década. Trenta y seis en lo que va del sexenio de Peña Nieto. Seis de ellos sólo en los últimos dos meses [aquí]. Nuestro país es el más peligroso para el periodismo después de Siria y Afganistán, ambos en situación de guerra [aquí]. De hecho, México es el segundo país del mundo con más muertes en el contexto de un conflicto que amenaza la seguridad nacional [aquí]. Aunque cabe aclarar otros países tienen más muertes violentas relacionadas con otros fenómenos sociales (Brasil y Honduras tienen más muertes por delincuencia, por ejemplo), no es de mucho consuelo .

Ahora quiero mostrarles otra imagen. Se trata de una fotografía de 2012, año de la campaña presidencial y triunfo electoral de Enrique Peña Nieto, que marcó el regreso del PRI a Los Pinos después de 12 años de alternancia. Muchos temíamos que aquel fuera un retroceso histórico, pero los priistas aseguraban que ésta se trataba de una nueva generación de políticos, modernos, preparados y visionarios. La foto muestra a Enrique Peña Nieto presumiendo a los 19 gobernadores priistas. ¿Qué ha sido de ellos?



Diez de ellos están siendo procesados por diversos delitos, se encuentran prófugos de la justicia o han sido señalado por la prensa, ONGs u otras instituciones. Entre ellos se encuentran César Duarte, Javier Duarte, Andrés Granier, Mario Anguiano, Fausto Vallejo, Rubén Moreira, Roberto Borge, Egidio Torre, Rodrigo Medina y Roberto Sandoval. Ésta es una imagen que hay que mostrar cada vez que un priista defienda a su partido. Es una foto que México no debe olvidar.





Hablemos de uno de ellos, Javier Duarte, exgobernador del estado de Veracruz, que estuvo prófugo de la justicia hasta ser detenido en Guatemala. Años antes de que cayera en desgracia, periodistas y organizaciones civiles ya lo acusaban, ante los oídos sordos de las autoridades federales, de corrupción, enriquecimiento ilícito, fraude, de colusión con el crimen organizado en la entidad, y de matar periodistas. Por lo menos 17 de ellos murieron bajo el gobierno de Duarte [aquí]. Es tristemente célebre el caso del fotoperiodista Rubén Espinosa y la activista Nadia Vera, quienes habían huido de Veracruz por miedo a Duarte, y encontraron la muerte en la Ciudad de México, donde creían estar seguros [aquí].

Veracruz, un estado sembrado de fosas clandestinas y cerca de 300 muertos encontrados en ellas, no por las autoridades, que nada han hecho, sino por ciudadanos organizados para buscar a sus parientes difuntos [aquí, aquí, aquí]. Veracruz, uno de los estados con mayor índice de violencia de género [aquí] -pero que todavía no supera al Estado de México, cuya fama es internacional-. Veracruz, estado de los Porkys, los hijos de políticos y empresarios adinerados que violaron a una menor de edad y que de no ser por la presión de los medios y la sociedad habrían salido totalmente impunes [aquí]. Veracruz, donde el gobierno de Duarte dio medicamentos falsos a niños que necesitaban quimioterapia [aquí]. Veracruz es sinécdoque de México.



México está sufriendo la generación de gobernadores más corrupta en su historia [aquí], principalmente priistas, pero también algunos panistas y perredistas. Ya ni siquiera encontré espacio en esta nota (o el ánimo) para abundar sobre el caso Odebrecht, el escándalo de corrupción internacional más grande de los últimos años y en el que parecen estar involucrados funcionarios mexicanos [aquí]. ¿Por cierto, alguien se acuerda de los Panamá Papers?

Esto es solamente una muestra, un resumen del panorama del país. No son problemas inventados, ni casos que sólo afecten a unos cuantos, ni pretextos para "los chairos que siempre protestan por todo". Ésta es la realidad, éste es el país en el que vivimos hoy por hoy. ¿Le extraña a alguien que haya quien de verdad sienta que le duele México?

Mi propósito no es deprimirlos ni desanimarlos. Al hablar de cosas malas siempre se corre el riesgo de generar en quien escucha una apatía producto del sentimiento de impotencia. "Si no puedo hacer nada al respecto, ¿para qué me mortifico?". La tentación es retraerse hacia la vida privada, que de por sí tiene muchos problemas. "Mientras me vaya bien a mí, ¿para qué cargar con el peso del mundo en los hombros?". Pero si la situación sigue empeorando, tarde o temprano te tocará a ti o a tus seres queridos, ya sea en forma de la inseguridad, los problemas económicos o la arbitrariedad del poder corrupto. Cuando los precios se inflen y el sueldo te alcance para cada vez menos, cuando las calles de ciudad se vean invadidas por la inseguridad, no te será de mucho consuelo el ser una buena persona que cumple con sus responsabilidades individuales y no se mete con nadie. Estos problemas no se van a ir pensando "hay que chingarle y trabajar duro" o "el cambio está en uno mismo".




Estos son problemas colectivos que requieren de soluciones colectivas. Necesitamos reencontrarnos los unos a los otros, recomponer nuestro tejido social, organizarnos como sociedad civil en contra tanto del crimen organizado como de la clase política. De los partidos podemos esperar de poco a nada. A lo mucho, podríamos calcular bajo qué gobierno resultaría más fácil organizarnos para empezar a componer esta sociedad; sobre qué gobierno sería más efectivo ejercer presión para que hagan lo que se necesita. Hay cierta esperanza en las candidaturas independientes, pero recuerden que alguien sin partido puede ser igual de imbécil o corrupto que un político de carrera.

No puedo ofrecerles soluciones. Pero estoy seguro que el seguir atomizándonos, el seguir con el individualismo sin empatía por nuestro prójimo, con el desinterés por los temas políticos y sociales, con la ceguera elegida ante la situación del país, con la cerrazón ideológica y el tribalismo, no nos va a llevar a ningún lado, sino a más dolor para todos.

martes, 9 de mayo de 2017

El día en que marchamos por la ciencia



El pasado 22 de abril se celebró un evento inaudito, una Marcha por la Ciencia. Por primera vez en la historia, científicos y legos, estudiantes y entusiastas, salieron a las calles de más de 600 ciudades en todo el mundo para defender a la ciencia del avance de las ideologías irracionales y las políticas anticientíficas que vienen con la oleada demagógica que está cerniendo su sombra sobre todos nosotros.

Se trataba de defender la importancia de los hechos científicamente comprobables y comprobados ante la imposición de ideologías que los niegan y que desde el poder buscan silenciar las voces de la razón y el conocimiento.

Se trataba de defender la importancia de la inversión en proyectos investigativos y educación de calidad, frente a acciones de políticos que, sin entender la importancia de la ciencia para el bienestar de las sociedades, recortan el presupuesto público a estas áreas.

Se trataba de abogar por una política basada en evidencias y no en ocurrencias, de defender una visión racionalista y naturalista del mundo frente al avance de la superstición, el negacionismo, las teorías conspiratorias, el fundamentalismo religioso y el fanatismo ideológico. De exigir que los políticos basen sus decisiones y acciones en el mejor conocimiento disponible y con vistas en el bien común.

Se trataba, finalmente, de defender a la Tierra, el único hogar que hemos conocido, en su día, pues la humanidad, nos indica el consenso científico, colectivamente la está volviendo inhabitable, destruyendo sus ecosistemas y alterando su clima.



Como les conté en un texto anterior, todo inició con los Rogue Scientists, los científicos rebeldes. La administración de Donald Trump, lo sabíamos desde su candidatura, se iba a caracterizar por una pobre apreciación del conocimiento científico. Trump ya había declarado no creer en el cambio climático y apoyar la conspiranoia de los antivacunas. La resistencia, pues, inició desde antes de que el anaranjado asumiera el poder.

Un grupo de científicos, hackers, bibliotecarios y archivistas de la Universidad de Pensilvania se dieron a la tarea titánica de descargar información al respecto de los sitios gubernamentales y ponerlos a salvo en servidores a los que podría accederse libremente [aquí].

Sólo se necesitó una chispa para iniciar la ignición de una resistencia: una modesta cuenta de Twitter del Parque Nacional de Badlands, en Dakota del Sur, se dedicó a compartir información sobre el cambio climático en las redes sociales. Las autoridades del parque retiraron los mensajes, así que el rebelde creó una nueva cuenta:  @AltBadlandsNPS. Luego se dio un efecto dominó: comenzaron a aparecer cuentas de Twitter rebeldes de las agencias científicas gubernamentales, incluyendo la NASA y la EPA (@Alt_NASA@RogueNASA y @altUSEPA), para burlar la orden presidencial y continuar informando al público sobre lo que debe ser informado [aquíaquí y aquí].



La marcha por la ciencia era el siguiente paso. En un principio el proyecto sólo contemplaba una gran manifestación en Washington, pero la solidaridad internacional no se hizo esperar. Marchas hermanas comenzaron a ser organizadas en diferentes ciudades del mundo y, para mi sorpresa y alegría, en mi natal y provinciana Mérida. Personalidades de la ciencia, la educación y la divulgación dieron su espaldarazo al proyecto.

Siempre he pensado que toda protesta tiene, además de ser una lucha guiada por el sentido de justicia, un poco de celebración. Incluso antes de topar físicamente con otros en las calles, al ver cuántas personas en todo el mundo se sumaban a la lucha, es imposible no contagiarse del entusiasmo de descubrir que no estamos solos, que no somos sólo unos pocos a los que nos importa la causa, que estamos dispuestos a unir nuestros esfuerzos.

Hubo críticas a la marcha, por supuesto. La comunidad científica no suele ser políticamente activa y algunos temían que esto pudiera politizar la ciencia aun más. De por sí en Estados Unidos temas como el cambio climático y la evolución son considerados por los conservadores como agendas de izquierda; ideología liberal y no hechos objetivos. Una marcha que obviamente se dirigía en contra de la administración Trump sólo reforzaría esa imagen. Ante ello algunos respondieron que tal daño ya estaba hecho; la ciencia y estaba politizada, y ahora había que defenderla por medios políticos. De cualquier forma, como dije en un tuit por ahí, cuando la política es anti-ciencia la ciencia no puede ser apolítica.




En México -y en Mérida- la Marcha por la Ciencia se enfocó en los recortes a las becas de posgrado del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnlogía (Conacyt) y el incumplimiento del presidente Peña Nieto de su promesa de aumentar paulatinamente el gasto público en ciencia hasta alcanzar el 1% del PIB.

En la capital yucateca la marcha partió a las 4 de la tarde (bajo un sol abrasador) desde el Monumento a la Patria hasta llegar al Remate de Paseo de Montejo. Fue breve, rápida y festiva. Al final, algunos científicos establecieron pequeños puestos para exponer y platicar con el público interesado acerca de sus investigaciones y por qué son importantes. También hubo un micrófono abierto para quien quisiera compartir sus pensamientos.

En esta batalla contra el oscurantismo del que Donald Trump es el heraldo más notorio ya ha habido algunas victorias parciales. Sus proyectos para imponer una prohibición a personas de algunos países musulmanes, para quitar presupuesto federal a las ciudades santuario que protegen a los migrantes, y para recortar los fondos para la ciencia han sido bloqueados por jueces de la Suprema Corte y por el Congreso [respectivamente, aquí, aquí y aquí].




Pero el riesgo permanece mientras los paleoconservadores y criptonazis que acompañan a Trump en la Casa Blanca sigan en el poder. La Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés), ahora bajo el control de un negacionista del cambio climático, ha despedido a cinco científicos de su panel de expertos, y anunciado que planea sustituirlos con representantes de las industrias a las que se supone que esa institución debería regular [aquí]. El proyecto para construir un oleoducto en territorio sioux en Dakota del Norte, que gracias a las protestas de los indígenas americanos y otros activistas aliados fue echado para atrás por la administración Obama, ha sido revivido autoritariamente por Trump [aquí]. Otro proyecto detenido por Obama, para acabar con la neutralidad de red y desregular la actividad de las empresas proveedoras de servicios de Internet, también ha sido revivido por Darth Orange [aquí].

Una cosa que me sorprendió –y decepcionó un poco- en la Marcha por la Ciencia que tuvo lugar en Mérida fue la falta de una visión global por parte de algunos de los manifestantes. Estaban concentrados en los temas de las becas del Conacyt y del presupuesto federal en ciencias y algunos hasta desconocían por completo las causas de la lucha en otros países o los antecedentes con los Rogue Scientists. Es la misma decepción que sentí cuando en las marchas locales por el movimiento Yo Soy 132 muchos participantes ignoraban o tenían un interés nulo en cómo ello se insertaba en el clima de movimientos okupa y primaveras democráticas a nivel global.

Es importante que aquí superemos nuestro provincianismo y hagamos conciencia de que estas luchas son globales e históricas, y que el éxito de los capítulos locales contribuye y depende en gran parte al éxito de los demás. Podríamos aprender de algunas estrategias que han sido adoptadas en otros países. Por ejemplo, en Estados Unidos se están organizando encuentros entre científicos y personas de a pie, teniendo en cuenta que, fuera de sus médicos, la mayoría de las personas no conocen ni a un científico [aquí]. También algunos profesionales de la ciencia están lanzando sus candidaturas a puestos de elección popular [aquí]. Dada la tendencia a ser gobernados por analfabetos funcionales y completos ignaros, y dada la oportunidad recién abierta a candidaturas independientes, podemos pensar que ya es tiempo que profesionistas preparados, libres de las agendas partidistas, empiecen a presentarse para cargos públicos en nuestro país.

Su seguro servidor en la marcha de Mérida

El día de la manifestación, aprovechando el micrófono abierto, y ya que estaba marchando con el libro de mi sensei Carl Sagan, El mundo y sus demonios, quise leer un pasaje de éste, que reproduzco a continuación, pues me parece muy relevante para los tiempos que estamos viviendo:

El etnocentrismo, la xenofobia y el nacionalismo están actualmente en boga en muchas partes del mundo. La represión gubernamental de puntos de vista impopulares todavía está muy extendida. Se inculcan recuerdos falsos o engañosos. Para los defensores de estas actitudes, la ciencia es perturbadora. Exige acceso a verdades que son prácticamente independientes de tendencias étnicas o culturales. Por su naturaleza, la ciencia trasciende las fronteras nacionales. Si se pone a trabajar a los científicos del mismo campo de estudio juntos en una sala, aunque no compartan un idioma común, encontrarán una manera de comunicarse. La ciencia en sí es un lenguaje trasnacional.
Los científicos tienen una actitud natural cosmopolita y son más conscientes de los esfuerzos que se hacen por dividir a la familia humana en muchas facciones pequeñas y enfrentadas. “No existe la ciencia nacional –dijo el dramaturgo ruso Antón Chéjov-, como no existe la tabla multiplicar nacional”.
Luego Sagan cuenta algunos casos de científicos comprometidos con causas de justicia social y cómo se enfrentaron al poder que quería imponer su propia versión de la verdad (o, como la llamaríamos ahora, posverdades y hechos alternativos). El pasaje termina con el siguiente párrafo:

Los poderes sin precedentes que la ciencia pone ahora a nuestra disposición deben ir acompañados de una gran atención ética y preocupación por parte de la comunidad científica… además de una educación pública basada fundamentalmente en la importancia de la ciencia y la democracia.



La ciencia es más que un cuerpo de conocimientos, es más que un método; sus beneficios van más allá de la mejora material en nuestra calidad de vida. La ciencia es una actitud ante la existencia, que funciona mediante la construcción colectiva del conocimiento, que derriba dogmatismos y prejuicios, celebra la duda y la curiosidad; es una empresa humana que, como el arte, exalta nuestro potencial como individuos y especie, traspasa fronteras y va más allá de las divisiones artificiales que nos hemos creado. Desde tiempos de la Ilustración se sabía fundamental para la construcción de sociedades más prósperas, libres y justas.  Es increíble, aterrador y excitante a la vez, que nos toqué vivir, en estos tiempos, una de las grandes batallas para defenderla.

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