martes, 10 de octubre de 2017

El origen de los vampiros



Hay algo de fascinante y perturbador en la figura del vampiro, el no-muerto. Es esa violación a un principio que consideramos inviolable: la muerte es definitiva. Lo muerto que regresa es una aberración, una blasfemia contra el orden natural del mundo. Si lo muerto, además, se alimenta de lo vivo, la transgresión a ese orden se hace completa. El vampiro representa el triunfo de la muerte sobre la vida.

Para comprender la evolución de este personaje hay que irnos al pasado, antes de los metrosexuales u homoeróticos, antes de Bela Lugosi y Max Schreck, antes incluso de Bram Stoker y su Conde, al momento justo del arribo del vampiro a la literatura occidental…

Vampiros legendarios



Existen en el folclor y las mitologías de muchos pueblos alrededor del mundo, desde Mesopotamia hasta Mesoamérica, desde África hasta Australia, historias de seres sobrenaturales que se alimentan de la sangre o la energía vital de los mortales. De todos los mitos y leyendas en las que aparecen vampiros o seres análogos, todo parece apuntar a que el que influyó de forma más directa en la literatura vampírica es el que aparece en los países de Europa Oriental. Rastrear su origen y desarrollo  sería una tarea titánica. Bástenos con saber que para el siglo XVIII la leyenda se presentaba de la siguiente forma:

Los vampiros eran cadáveres que por las noches escapaban de sus tumbas y chupaban la sangre de los vivos mientras éstos dormían, tras lo cual volvían a su lugar de descanso. Ahora bien, la víctima en cuestión no veía al vampiro, sino que sentía los efectos de sus ataques: debilidad inexplicable, palidez, pesadillas, etc. Cuando, junto a parientes y vecinos, caía en la cuenta de que la causa del mal era un no-muerto, se revisaban de inmediato las tumbas de los recién fallecidos para dar con él. Entonces encontraban algún cuerpo que, a pesar de las semanas o meses de enterrado, no había sufrido corrupción alguna; presentaba lodo en sus pies o zapatos, como si hubiera salido a caminar, y si se le cortaba, la sangre fluía. Para evitar que el vampiro se levantara de su tumba, se le clavaba al fondo del ataúd con una estaca de madera o metal; para destruírsele de una buena vez, había que decapitarlo e incinerar el cuerpo. La víctima podía comer la tierra de la tumba del vampiro o bañarse con su sangre para evitar ulteriores ataques. Pero había que tener cuidado, porque quien moría por causa de los ataques del vampiro podía convertirse en uno y continuar el ciclo indefinidamente. Además, también podían convertirse en vampiros los suicidas, los asesinos brutales y las personas injustamente acusadas y ejecutadas por un crimen no cometido.

Grosso modo, ése es el mito ya formado al momento de la conquista de amplios territorios en la Península de los Balcanes por parte del Archiducado de Austria, que hasta entonces estaban bajo el poder del Imperio Turco Otomano. Hacia 1718, con la ocupación austriaca, las leyendas y supersticiones de estas remotas zonas del continente pudieron alcanzar los países de Europa Occidental.[1]



En 1728, Michael Ranft (1700-1774), un teólogo y académico alemán, escribió un reporte sobre el vampirismo titulado Über das Kauen und Schmatzen der Todten in Gräbern. Ranft intentaba explicar el fenómeno vampírico mediante la razón, y atribuía los extraños sucesos a causas naturales mal interpretadas por los supersticiosos. Éste es sólo un ejemplo de la fascinación que el tema produjo en Austria y Alemania, donde aparecieron muchos otros textos al respecto, incluyendo reportes oficiales.

Un supuesto caso de vampirismo en Hungría fue recogido en 1732 en el número de marzo, página 681, de la revista londinense The Gentleman’s Magazine, que aparentemente introdujo la palabra vampyre al vocabulario anglosajón[2]. En dicha publicación se reportaban los ataques de un vampiro en algún lugar de la lejana Hungría. Durante todo el siglo XVIII aparecieron no pocos reportes, artículos, ensayos y demás textos que discutían la posibilidad de que los vampiros existieran en realidad, tanto en Inglaterra como en Francia. Entre aquellos textos destaca el libro de Dom Augustin Calmet, Dissertations sur les Apparitions de Anges, des Démons et des Esprits et sur les revenants et vampires de Hongrie, de Bohême, de Moravie, e de Silésie[3], aparecido en 1740 y traducido al inglés en 1759, que retoma, entre otros, el caso mencionado por The Gentleman’s Magazine.

Aunque el mito tiene un origen balcánico, el hecho de que se conociera en Occidente a través de los territorios austriacos y húngaros, hizo de estas tierras el hogar de los vampiros en el imaginario de los europeos. Como sea, el mito se mantuvo prácticamente inalterado a lo largo de más de ochenta años: los vampiros eran criaturas nocturnas, sin alma ni voluntad, sin poderes especiales o apariencias específicas, que por las noches salían de sus tumbas para alimentarse con la sangre de campesinos supersticiosos. La literatura lo cambió todo.

Vampiros poéticos



Parece ser que Heinrich August Ossenfelder (1725-1801), un obscuro poeta alemán, fue el primero en introducir el tema del vampiro en la literatura creativa. En 1748 la revista alemana Der Naturforscher publicó un poema de Ossenfelder titulado El Vampiro. En él, el enunciante lírico es un hombre a quien su amada ha rechazado por seguir las enseñanzas moralinas de su devota madre. Entonces, el amante amenaza a la muchacha con tomar venganza sobre ella, al entrar en cuarto durante la noche, como un vampiro, y poseerla en un arrebato apasionado, tras lo cual le preguntará “son mejores mis enseñanzas que las de tu madre”.

Como se ve, Ossenfelder usa al vampiro en un sentido metafórico. El acto de depredación vampírica es comparado con el acto sexual, empezando por la irrupción a media noche en el cuatro de la doncella; “beber el púrpura de tus mejillas” se refiere a la pasión de los besos, “tirites exhausta y como muriente caigas en mis brazos”, habla del agotamiento físico después del orgasmo. Esto es muy interesante porque muestra que ya desde esta primera obra se hace la relación entre vampirismo y sexualidad, en oposición al mito original en el que los vampiros eran seres aborrecibles y repugnantes.

Por otro lado, el poema presenta el triunfo del deseo y la sensualidad sobre la represión religiosa (no es gratuito que la joven amada se llame Christiane, es decir “Cristiana”), al tiempo que compara la devoción de la piadosa madre con las supersticiones del vulgo que cree en vampiros. Es también de llamar la atención que Ossenfelder se esfuerza por incluir referencias que remiten a Hungría, el hogar de los vampiros por excelencia: el río Tisza, la ciudad de Tokaj, y la figura de los Heydukes, un cuerpo de infantería del ejército húngaro.

Este breve pero significativo poema constituye la iniciación perfecta para la carrera literaria de los vampiros, que en los primeros años se dio en el terreno de la lírica. Por ejemplo, en 1797 Johann Wolgang von Goethe (1749-1832) publicó La novia de Corinto.

Aparentemente, según una nota de John Aster, el traductor al inglés de este poema (la traducción data de 1835), Goethe se inspiró en un episodio relatado por el autor griego Flegón de Tralles (siglo II), en el cual una doncella visita a su amado después de muerta[4]. Lo novedoso es que Goethe convierte a su doncella en un vampiro (en el original en alemán no aparece la palabra, que sería Vampir, pero en su traducción Aster no duda en escribir vampire) que busca beber hasta la última gota de sangre de un hombre que se deje seducir.


Goethe parte de algunos rasgos del mito vampírico original (la vampira es víctima de una muerte injusta) y le agrega un par de atributos nuevos, principalmente que es hermosa y seduce a su víctima (recuérdese que en el mito original el vampiro no era visto, sino que sólo se sentían los efectos de sus ataques), lo que prefigura obras posteriores, en las que la vampiresa será una criatura voluptuosa y seductora, una especie de súcubo. La otra novedad es que la vampira queda en posesión de la vida de su víctima apropiándose de un rizo de su cabello, algo que remite más bien a leyendas relacionadas con la brujería, con las que Goethe debía estar familiarizado.

En 1773 Gottfried August Bürger (1747-1794) escribió Lenore, una balada gótica de fantasmas y castigo del más allá. No se trata de una historia de vampiros, pero dos versos del poema inspiraron un par de las obras vampíricas más importantes: de Laβ tuhn die Toten, viene el título del cuento Dejad a los muertos en paz, de Ernst Raupach; mientras que Die Toten reiten schnell (“los muertos viajan rápido”) es mencionado en Drácula.

George Gordon, Lord Byron (1788-1824) hizo una mención al mito del vampiro en su poema narrativo The Giaour (1813), en el que se dice que un asesino puede convertirse en vampiro después de la muerte y depredar a sus seres queridos en castigo por sus crímenes. Esta obra podría constituir la primera mención de la palabra vampire en la literatura inglesa.

En el poema Christabel (la primera parte fue compuesta en 1797 y la segunda en 1800) Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), narra un historia sobrenatural y misteriosa: la heroína epónima se encuentra con una enigmática muchacha de nombre Geraldine, que dice haber sido raptada por bandidos y abandonada en el bosque. Christabel lleva a Geraldine a hospedarse en su castillo, donde ella vive con su padre, el barón Leoline. Una visión, experimentada por el bardo del barón, sugiere que Geraldine es maligna y está por depredar a Christabel. El poema queda inconcluso. No se trata de una historia de vampiros, por lo menos hasta donde Coleridge reveló, pero la trama sirvió de inspiración a Sheridan Le Fanu para la creación de su famosa Carmilla.

Vampiros narrativos



John William Polidori (1795-1821) era hijo de un distinguido académico italiano que residía en Inglaterra. En 1816 se convirtió en el médico personal de Lord Byron, el poeta por excelencia del romanticismo inglés. Ese mismo año, Polidori acompañó a Byron y a su amante Jane ‘Claire’ Clairmont en su viaje a Suiza, donde se encontraron con Mary Wollstonecraft Godwin y su futuro esposo, Percy Bysshe Shelley.

La anécdota es bien conocida: una noche tormentosa Byron propuso una concurso sobre para escribir la mejor historia de fantasmas. Shelley y Clairmont no presentaron obras, Byron dio a conocer el boceto de una historia que nunca terminó[5], Mary concibió Frankenstein (publicada en 1818) y Polidori planteó la trama de su única novela, Ernestus Berchtold, y retomó el esbozo de Byron para realizar la que sería su obra más famosa, The Vampyre (ambas publicadas en 1819).

The Vampyre deja de lado la imagen del cadáver maloliente que se arrastra de su tumba durante las noches para atormentar a los campesinos, y presenta por vez primera la imagen del vampiro aristocrático, seductor y manipulador, con un poder tal que se siente incluso a distancia, y con una malignidad que casi supera lo creíble. Como vampirto, Lord Ruthven tiene también la facultad de ganarse el respeto y hasta el servicio de malandrines, sinvergüenzas y villanos, que cumplen su voluntad con devoción. Lord Ruthven sería, como muchos de los vampiros que le siguieron, un depredador sexual. Y, por supuesto, está el detalle de que bebía sangre y de que para obtenerla mordía la yugular de sus víctimas, aunque no se especifica que tuviera colmillos puntiagudos.

Pero lo curioso es que si Polidori traslada al vampiro de la campiña húngara a los salones de bailes de Inglaterra e Italia, no es porque tuviera la intención de reinventar el mito, sino de utilizarlo para un fin más pedestre: hacer una feroz crítica de su empleador, el mismo Lord Byron. Los atributos del vampiro aristocrático no son más que las características de Byron, aumentadas para efectos macabros y melodramáticos. El nombre del malévolo ente sobrenatural, Lord Ruthven, es una referencia directa a Clarence de Ruthven, protagonista de Glenarvon, novela en la que Lady Caroline Lamb, amante despechada de Byron, se desquita del poeta romántico mostrando al gran público sus peores defectos.

Sin querer Polidori le dio al no-muerto sus características definitorias: desde entonces casi todos los vampiros serían aristócratas seductores, manipuladores y malvados. Asimismo, Lord Ruthven tiene una fuerza física extraordinaria, rasgo tradicionalmente atribuido al vampiro literario. Pero en The Vampyre también planteó otros atributos que se han descartado con el tiempo. Por ejemplo, el vampiro de Polidori podía ser muerto como cualquier ser humano, con un balazo, por ejemplo, pero podía revivir si recibía los primeros rayos de la siguiente luna llena. También debía casarse con una doncella, que moriría en su lugar para que el pudiera continuar con su antinatural y blasfema existencia. Estos últimos atributos continuaron apareciendo en obras inglesas a lo largo del siglo XIX, entre las que destacan las piezas teatrales The Vampyre (1820) de JR Planché, y The Phantom (1856) de Dion Boucicault.

Pero lo más importante es que Polidori le dio al vampiro su característica más aterradora: que destruye a sus víctimas no sólo físicamente, sino moralmente, acaba con sus vidas, su cordura y sus almas. Estas características se desarrollarían y evolucionarían en diversas obras narrativas a lo largo del siglo XIX, entre las que destacan Vampirismo de E.T.A. Hoffman (1821), Dejad a los muertos en paz de Ernst Raupach (1823), La muerte enamorada de Teófilo Gautier (1836), la épica novela de folletín Varney, el vampiro de James Malcolm Rymer (serializada entre 1845 y 1847), La dama pálida de Alejandro Dumas (1849), la excelente novela corta de vampirismo lésbico Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu (1872) y el inmortal cuento de Guy de Maupassant, El Horla (1887) que mezcla elementos de ciencia ficción con el mito vampírico.



Como se ve, antes de que Bram Stocker decidiera nombrar Drácula al vampiro titular de su novela, los no-muertos habían recorrido un largo camino por la literatura. El conde tenía un rancio y distinguido abolengo cuando se convirtió en el arquetipo de los vampiros por excelencia.

Este texto fue publicado originalmente en Memorias de Nómada.




[1] The Cultural –Historical Origins of the Literary Vampire in Germany, artículo de Heide Crawford, aparecido en el número 7 (2005) de Journal of Dracula Studies.
[2] La valiosísima compilación de Margo Collins Before the Count (Zittaw Press, 2007), recoge íntegramente esta nota y otros textos relevantes de la época. Encontré también una versión facsimilar de la revista en Internet Library of Early Journals.
[3] Fragmentos de esta obra aparecen en la misma compilación arriba mencionada.
[4] Un relato titulado “La novia de Corinto” forma parte de La vida de Apolonio de Tania (siglo III), pero narra una historia totalmente distinta.
[5] Actualmente ese esbozo suele incluirse en las antologías de literatura vampírica bajo el título A Fragment of a Novel o Augustus Darvell, nombre del protagonista de este relato incompleto. Aunque Polidori construye su historia a partir del extraño episodio narrado por Byron, en éste no se hace mención alguna al mito vampírico.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Que criterio usas para decidir si traducir o no el título de una obra?

Muy buen artículo, muy interesante.

Curioso, pensaba que el origen de los no muertos tenía algo que ver con los ghoul del folclore oriental.

Maik Civeira dijo...

Hola. Pues como el blog no es algo académico, no me fijo mucho en ser constante, excepto en cada entrada por separado. En este caso, puse el título en español si existía y en su idioma original, si no.

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails