domingo, 29 de enero de 2017

La ciencia en rebeldía

Este texto fue publicado también en Polis.mx

Sobreviviendo en la Era Trump



Creo que a todos nos ha tomado por sorpresa la rapidez con la que Donald Trump, flamante y flamígero presidente de los Estados Unidos está llevando a cabo su agenda para la distopía. Quienes pensaban que el señor sólo hacía alharaca para ganarse el voto de los rednecks, hillbillies y fanáticos reaccionarios pueden darse por desmentidos: su choro era en serio. Hasta lo más absurdo y despreciable de sus promesas iban en serio. Y ahora es peor, porque siente que como ganó, tiene permiso para hacer lo que quiera. Gobierno por, para y a través de sus fanáticos sin hacer caso pero ni al sentido común.

A las pocas horas de que asumiera la presidencia, el sitio oficial de la Casa Blanca cambió notoriamente: desaparecía la opción para leerlo en español (el segundo idioma más hablado en el país). Trump declaraba desde el primer momento una guerra contra todos los medios de comunicación que no hablaran favorablemente de él, tachándolos de mentirosos, hasta el punto de enfrascarse en un debate absurdo por el número de asistentes a su inauguración [aquí]. La cosa se pone espeluznante cuando vemos que Trump, de forma dictatorial quiere establecer una relación directa con sus seguidores, que tomen las noticias directamente de él, sin el filtro de los medios que puedan hacerle preguntas incómodas o desmentir sus declaraciones engañosas. Porque el tipo miente, constantemente, sobre cualquier cosa, y espera que lo que él dice que es la verdad sea tomada como tal [aquí].

En su primera semana como presidente se ha propuesto a gobernar de la forma menos democrática dentro de la ley, mediante el decreto (o, como dicen los vecinos, executive order). Históricamente usada como medida extraordinaria cuando el ejecutivo siente que debe circumpasar a los otros poderes. Los decretos de Darth Naranja incluyen: desmantelar Obamacare; construir el muro fronterizo con México (y ponerse de bravucón para que los mexicanos lo paguemos); retirar fondos federales a las “ciudades santuario” que protejan a los inmigrantes; sacar a los Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico y del Tratado de Libre Comercio para América del Norte; prohibir que se den fondos federales a organizaciones internacionales que apoyen a las mujeres que necesitan abortar; revivir los proyectos de los oleoductos de Keystone y Dakota del Norte, que habían sido cancelados por la administración de Obama tras enérgicas protestas de pueblos indígenas y activistas; quitar regulaciones medioambientales y económicas a las actividades corporativas; vetar la inmigración de países de mayoría musulmana y expandir a las fuerzas armadas [aquí]. Para colmo, ahora amenaza con acabar con los fondos federales para las artes y las humanidades, como parte de su campaña en contra de la Ilustración [aquí].

Por fortuna, los actos de resistencia y rebeldía han llegado desde el primer día con la Marcha de las Mujeres que reunió a millones de personas en Washington y otras ciudades del país y del mundo para mostrar el repudio a las políticas misóginas de Trump [aquí]. Diversos líderes políticos y figuras públicas, así como medios de comunicación han mostrado su solidaridad con México y su repudio a los abusos a los que Trump pretende someternos [aquí] y ciudadanos estadounidenses han expresado su apoyo a nosotros a través de las redes sociales [aquí]. Fuertes protestas han tenidolugar diversos aeropuertos estadounidenses apenas comenzaron las acciones contra personas provenientes de países musulmanes [aquí]; mientras tanto, tres mil académicos han firmado un comunicado en oposición a las órdenes xenófobas y racistas de trump [aquí] y decenas de abogados se han presentado para ofrecer sus servicios gratuitos a los afectados [aquí].  Una jueza federal suspendió temporalmente la orden de Trump para proteger a los migrantes que ya estaban en el país o en camino de regreso [aquí]. Queda decencia en el mundo y se está organizando para enfrentar a la tiranía.

The Rogue Ones



Uno de los más inspiradores actos de resistencia provienen de un sector de la sociedad poco dado a protagonizar luchas políticas: la comunidad científica.

Donald Trump tuvo siempre problemas con la ciencia. Combina una ignorancia culpable con una arrogancia peligrosa [aquí y aquí]. Recordemos que se trata de alguien que dicta lo que es verdad por decreto. Su gabinete está lleno de creacionistas, negacionistas del cambio climático, antivacunas y demás gentuza oscurantista, que él ha colocado en puestos claves donde pueden (y están dispuestos a) hacer mucho daño. Además, dado que la ciencia es una actividad colaborativa, colectiva y global, las políticas nacionalistas y autoritarias de Trump tendrán alcances más allá de sus fronteras y sí, afectarán también a la de por sí muy vulnerable ciencia mexicana [aquí].

A sabiendas de que Trump por sus huevos dice que el cambio climático no existe (y sus colaboradores son apenas menos sutiles al respecto), el sábado antes de que el magnate anaranjado tomara posesión un grupo de científicos, hackers, bibliotecarios y archivistas de la Universidad de Pensilvania se iniciaron la tarea titánica de descargar información al respecto de los sitios gubernamentales y ponerlos a salvo en servidores a los que podría accederse libremente [aquí]. Se trata de un acto admirable que recuerda un poco a los Rebeldes robándose los planos de la Estrella de la Muerte.

Tenían razón estos rebeldes, porque apenas Trump llegó al poder desaparecieron todas las referencias al cambio climático en los sitios web oficiales. Días después, su gobierno giró una orden para que todas las agencias científicas dejaran de comunicarse con el público y los medios, y que toda información que saliera de ellas tuviera que ser revisada antes por la presidencia. Estaba claro que Trump no quería que nada que él no aprobara fuese dado a conocer.

Esto, claro está, va en contra de toda ética del quehacer científico. Sólo se necesitó una chispa para iniciar la ignición de una resistencia: una modesta cuenta de Twitter del Parque Nacional de Badlands, en Dakota del Sur, se dedicó a compartir información sobre el cambio climático en las redes sociales. Las autoridades del parque retiraron los mensajes, así que el rebelde creó una nueva cuenta:  @AltBadlandsNPS. Luego se dio un efecto dominó: comenzaron a aparecer cuentas de Twitter rebeldes de las agencias científicas gubernamentales, incluyendo la NASA y la EPA (@Alt_NASA@RogueNASA y @altUSEPA), para burlar la orden presidencial y continuar informando al público sobre lo que debe ser informado [aquí, aquí y aquí].

Eso no es todo. Después de la Marcha de las Mujeres y las protestas espontáneas contra la política antimigratoria de Trump, la próxima gran manifestación estará protagonizada por los hombres y mujeres de ciencia [aquí]. Como el conocimiento corre peligro, y no se puede dejar en manos de los ignaros y los fundamentalistas, ahora científicos están lanzándose a ocupar puestos públicos [aquí] y sus contrapartes de Canadá les están ofreciendo ayuda [aquí]. Y es que no se puede separar ciencia de política cuando la política quiere someter y ningunear a la ciencia. Trump es como el bravucón escolar que quiere abusar de los nerds porque, en el fondo, sabe que son mucho más listos que él. Pero los nerds están dispuestos a dar pelea.



Pueden seguir los pormenores de la organización de la marcha en esta página. Además, si están interesados en armar una réplica (ya hay iniciativas para hacerlas en distintas ciudades), pueden comunicarse con los organizadores al correo marches.marchforscience@gmail.com y si les interesa, tengo un grupo de Facebook ¡Yo pinches amo la ciencia! para compartir y conversar de diversos temas relacionados.

Porque la realidad no puede ser alterada por la simple voluntad de los poderosos, porque el conocimiento debe servir a la humanidad, porque nos ha costado mucho llegar a donde estamos para que un grupo de fanáticos medievales nos echen hacia atrás, y porque lo que está en juego es la misma habitabilidad de nuestro planeta. La ciencia, dijo el gran Carl Sagan, puede ser una vela en la oscuridad. Como especie, nos ha dado el poder de curar enfermedades, hacer más largas y seguras nuestras vidas, viajar a otros mundos; destruye con datos, hechos y pruebas los prejuicios más rancios y las supersticiones más añejas. Vienen tiempos oscuros. Mantengamos la luz encendida.

Actualización: La marcha mundial por la ciencia ya tiene fecha: el 22 de abril de 2017, Día de la Tierra. Estaremos pendientes.

Leer más sobre la importancia de la ciencia en este blog:

miércoles, 18 de enero de 2017

El centésimo mono y la consciencia universal



Cien monitos 
  
La anécdota circula por aquí y por allá desde hace muchos años. La primera vez que la escuché fue en un cómic e la Liga de la Justicia escrito por Grant Morrison y la más reciente, en un video de la página Psiconautas. Ambas fuentes tienen en común que no son precisamente científicas y que se las truenan bien rico, pero ello no necesariamente es relevante para emitir un juicio sobre el caso. Veamos:

Se cuenta que los científicos que observaban el comportamiento de los macacos japoneses de la especie Macaca fuscata hicieron un experimento curioso que arrojó resultados extraordinarios. Proveyeron de patatas a los monos de cierta isla, y mientras que unos las comían así tal  cual, otros aprendieron que era mejor lavarlas para quitarles la arena y tierra que se pegaba a su cáscara. Aparentemente fue una mona joven la que hizo el descubrimiento y le enseñó a otros de su propio grupo. Poco a poco, los monos fueron aprendiendo este comportamiento; el conocimiento adquirido por la experiencia se transmitía mediante el ejemplo y la comunicación.

Luego sucedió lo extraordinario: a partir de que cierto número de monos de la misma especie había aprendido a lavar sus patatas (se maneja el número cien, pero algunas fuentes admiten que es una cifra simbólica), de pronto todos los monos de otras tribus, e incluso de otras islas estaban mostrando la misma conducta. Es decir, que monos de grupos que no habían tenido ningún tipo de contacto con los de la primera isla habían aprendido la misma conducta sin que mediara la comunicación. ¿Cómo era esto posible?

La conclusión obvia era que una vez que cierto número de individuos de una especie adopta una conducta, todos los miembros la aprenderán gracias a alguna forma de “consciencia colectiva” que conecta inconscientemente a toda la especie. ¡Las posibilidades de este descubrimiento son estimulantes! Piensen: si suficientes seres humanos interiorizan valores positivos como la paz, la cooperación, la igualdad y la tolerancia, llegará un momento en que toda la humanidad lo practique. ¿Acaso no es hermoso?



Pues sí, pero desgraciadamente no es verdad. La historia del centésimo mono es muy bonita, pero no tiene bases reales. Se cita a menudo de fuentes terciarias, cuyas referencias son otras fuentes terciarias; por lo general se trata de una de esas leyendas favoritas de la Nueva Era, que publicaciones con inclinaciones esotéricas aprenden unas de las otras sin volver a la fuente original.

Ésta sería el doctor Lyall Watson, etólogo británico, quien en la segunda mitad de los 70 decía estarse basando en el trabajo que primatólogos japoneses habían hecho en los 60. Es decir, Watson no hizo dichas observaciones de primera mano, sino que alegaba que los científicos japoneses que habían hecho los estudios originales tenían miedo al ridículo y que por eso no los habían publicado. Es más, admitió que para completar los detalles de la historia tuvo que recurrir a anécdotas personales y rumores. ¡Vaya ciencia!

De hecho, sí hubo macacos que lavaron sus patatas y se enseñaron los unos a los otros (un fascinante ejemplo de que hasta entre los animales existe cultura, es decir, conocimiento y comportamientos no instintivos, transmitidos de un individuo a otro y que permanece a través de las generaciones). Pero todo aquello de los monos que aprendieron sin tener contacto físico es puro mito que ha sido desacreditado muchas veces, empezando por la investigación de Ron Amundson a finales de los 80, quien contactó a los científicos japoneses, los cuales declararon que no tenían ni idea de lo que hablaba Watson. O sea, éste se lo sacó todo del bolsillo.

Pero el daño estaba hecho. El misticismo de la Nueva Era retomó el mito del centésimo mono como una demostración de que la consciencia universal es posible, esperando a que si un número suficiente de personas “despierta”, el resto lo hará. Y como buen mito zombi, éste se levanta de su tumba una y otra vez.

La consciencia universal

Algunas reflexiones sobre la “consciencia universal” me parecen pertinentes. Ésta no llegará gracias a la magia, la telepatía ni a ningún otro fenómeno paranormal, así que por favor dejemos de esperar que eso suceda. Sin embargo, como especie sí tenemos la capacidad de organizarnos colectivamente para alcanzar metas que ninguno de nosotros podría lograr por sí mismo; como sociedades hemos creado los medios de acumular, perfeccionar y transmitir un cuerpo de conocimientos que supera vastamente lo que cualquiera de nosotros podría llegar a saber individualmente. La cultura sería nuestra “consciencia colectiva”, porque permite la suma de nuestros conocimientos, capacidades y esfuerzos, no porque conecte directamente cada mente individual con otra (y, no se asusten individualistas, tampoco va a pasar que la propia consciencia se funda y pierda entre las demás). La ciencia es la actividad colectiva por excelencia, que ha llevado a la humanidad a realizar logros impresionantes, y resulta un ejemplo para otras empresas humanas.

Podemos difundir y practicar una cultura basada en los valores de la generosidad, la cooperación, la empatía, la solidaridad, el aprecio al conocimiento y el diálogo entre grupos humanos diversos, más allá de la competencia, el egoísmo y las lealtades tribales que nos lo siguen obstaculizando. Esto se logrará mediante las herramientas culturales y tecnológicas que hemos desarrollado para transmitir el conocimiento y expandir “el círculo empático” (es decir, el conjunto de los seres a los que consideramos dignos de nuestra empatía). Pero no sucederá de un día para otro, sino que será un proceso lento que tendrá que ir avanzando generación tras generación.

Esperar a que suficientes personas “despierten” para cambiar el mundo por un proceso mágico puede ser peligroso, una falsa esperanza que tiene su origen en una superstición. Pero es que además brinda el falso consuelo de que basta con “ser bueno” y anhelar que otros lo sean para cambiar el mundo. El cambio inicia en uno mismo, es cierto, pero no es suficiente con ser bondadosos de forma pasiva y justos en nuestras relaciones directas: hace falta promover la bondad y oponerse a la injusticia.



Para saber más:

martes, 10 de enero de 2017

¡Con toda violencia!



Ante el panorama desalentador del mundo y nuestro propio país, me parece que cada vez más personas tienen en claro que hacen falta diversas formas de resistencia contra los regímenes corruptos, autoritarios y opresivos que joden las vidas de los ciudadanos comunes y corrientes. Ya sea para enfrentar a Trump en Estados Unidos o a Peña Nieto (o lo que le siga) en México, he visto a quienes abogan por la necesidad de una lucha activamente violenta. La protesta pacífica, argumentan, es inefectiva, además de que quienes la predican son clasemedieros liberales sin cojones suficientes para pelear como se debe. Después de todo, nos recuerdan, las grandes gestas históricas se han ganado mediante la violencia, no con buen rollo.

Creo que quienes hacen estos llamados tienen algunos puntos a su favor, pero creo que también hace falta recordar otros factores, y que por lo que puedo ver de sus publicaciones, nos caería bien pensar las cosas en frío. Voy a dejar de lado cuestiones éticas e idealistas para concentrarme en un enfoque pragmático. Pensemos en lo que puede ser efectivo. Esto significa que argumentos como “todo violencia es mala”, “la violencia genera más violencia” y “no puedes caer en lo mismo que combates” no cuentan, pero tampoco cuentan otros como “el pueblo tiene derecho a ser violento porque la violencia del sistema es peor”, “la no-violencia es ideología burguesa”.

En efecto, la violencia puede acabar con la violencia; sólo se necesita que uno de los bandos sea tan bueno ejerciéndola que destruya o minimice a sus enemigos con tal eficiencia que éstos queden imposibilitados de volver a ejercer violencia. Entonces la pregunta es, ¿qué violencia serías tú capaz de ejercer? ¿Serías capaz de vencer a las fuerzas armadas y derribar a un gobierno? ¿O por lo menos de tomar un territorio y resistir de forma que dicho régimen no tenga poder dentro de éste? ¿Cuentas con los recursos (armas, tropas, entrenamiento, insumos, etc.) para ejercer violencia que dañe, debilite o mantenga a raya al gobierno que pretendes combatir? Teniendo en cuenta que una vez que inicies la lucha habrá una respuesta, ¿qué violencia por parte del enemigo serías capaz de resistir? ¿Es realmente preferible ser vencidos intentándolo que seguir tolerando esta situación? Y conste que puedo concebir sin problemas situaciones en las que las respuestas puedan ser claramente positivas o negativas.

Y no, no estoy pidiendo que cites ejemplos de revoluciones históricas o guerrillas y autodefensas actuales que han podido derribar gobiernos o puesto a temblar a los poderes fácticos. Te pregunto a ti, ¿qué es lo que puedes hacer? Pues tampoco vale hacer apologías de “la violencia” en abstracto. Tienes que construir un caso para defender una estrategia violenta específica, misma que podría ser llevada a cabo en la realidad, por ti o por alguien más.



Aclaro esto porque veo que en general cuando aparecen defensas de la violencia como medio de lucha, éstas en realidad se refieren menos a una revolución armada con tropas organizadas y más bien a justificar los disturbios y motines que ocurren en protestas que “se salen de control” y que terminan con la destrucción de propiedad pública y privada.[1] Claro, como bien se ha dicho, la violencia no se realiza contra las cosas, sino contra las personas, por lo que la destrucción de objetos no se define como tal… a menos que tengamos en cuenta que esos objetos pueden ser los medios de subsistencia de personas más o menos igual de jodidas por el sistema, y que esos actos de violencia las perjudican a ellas y no al poder que las está oprimiendo. Por eso vuelvo a preguntar, ¿la violencia que ejerzas, será capaz de combatir la violencia del poder? ¿O afectará sólo a quienes no son tus enemigos mientras el poder sigue indemne?

Claro, bien puede ser que una situación con disturbios, saqueos, vandalismo, golpizas y demás, no pueda ser contenida por las fuerzas habituales del orden público, y que para reprimirla se necesite de tanta brutalidad que no pueda sino resultar en un baño de sangre (es decir, que el gobierno use una violencia muy superior a la de los amotinados). En este caso, dependiendo de la clase de gobierno, país o sociedad, imagino que puede irse por una entre tres opciones (con sus respectivas variantes y posibles combinaciones): a) el gobernante cede ante la presión y dimite o hace los cambios que se le exigen; b) el gobierno ejerce la violencia con toda su fuerza y el asunto termina en matanza; c) el régimen espera a que el amotinamiento consuma sus energías y se apague por sí mismo.

En el primer caso habría una victoria[2]; en el segundo el gobierno podría debilitar más su imagen y perder su legitimidad, acelerando con ello su caída, o podría quedar impune por décadas y sólo ser condenado por la memoria histórica (pero de cualquier forma a los muertos los tendríamos ahora); en el tercer caso podría ser la revuelta la que quede sin legitimidad ante los ojos de una población que la juzgue como un desmadre que no sirvió para nada y decida que esas luchas no valen la pena.

Ahora, tengan en cuenta que cualquiera de los tres resultados podría ocurrir con una estrategia no violenta. El punto es conocer la situación presente y la histórica, las características del propio gobierno, la opinión pública, el contexto internacional, y todos esos factores para juzgar cuál resultado es más probable para cada método, porque si se puede obtener lo mismo (victoria o fracaso) con menos porrazos valdría la pena hacer el balance. Que la causa sea justa, el estar convencido de tener la razón y la superioridad moral, no hace automáticamente que una estrategia sea efectiva.

Eso es lo que quiero poner como base de toda discusión sobre métodos de lucha (violentos o no violentos): ¿Qué es lo que se quiere lograr y cuál es la mejor forma de conseguirlo? ¿Qué es lo que va a funcionar?  ¿A qué se puede aspirar siendo realistas? ¿Qué riesgos podemos asumir? ¿Qué costos, aún en el caso de la victoria, estamos dispuestos a aceptar? Sea cual sea la estrategia a elegir, debe hacerse pensando seriamente, con organización, planeamiento, disciplina y compromiso, no solamente con ardor y visceralidad, que esto último puede producir mucho heroísmo pero pocos resultados.




[1] Es discusión aparte si esos actos son justificados no como estrategia de lucha sino como expresión legítima de descontento, independientemente de su valor práctico.
[2] Que a su vez presenta nuevos problemas. Si dimite el gobernante, ¿quién lo sucede? Si “da su brazo a torcer” y podría ser percibido como débil. En cualquier caso, ¿no podría otra revuelta, con objetivos opuestos a los de la primera, hacer lo mismo? ¿Cómo prevenirlo?

martes, 3 de enero de 2017

Los mejores libros que leí en 2016



¡Feliz año, estimados habitantes de la Tierra! Siguiendo la tradición iniciamos un nuevo periodo de 365 días recapitulando los mejores libros que cayeron entre mis manos durante el periodo anterior, para proporcionarles unas bonitas recomendaciones, y a ver si se animan. 2016 fue, como todo mundo sabe, un año horrendo para todos, en el que pasé los últimos seis meses llorando con el corazón roto. Pero por lo menos las lecturas fueron buenas, muy buenas, de ésas que te edifican y te quitan un poco lo pendejo. Como es costumbre, divido este Top 10 en dos categorías, ficción narrativa y no ficción. Haciendo click sobre la imagen de cada libro pueden leer su respectiva reseña más amplia completa. Pásenle a lo barrido.

No ficción:


5.- Por qué no soy cristiano de Bertrand Russell: Se trata de una colección de textos escritos por uno de los intelectuales más importantes del siglo XX, el filósofo, matemático y activista político Bertrand Russell. El primer ensayo de la colección es el que da título al libro. En él Russell expone brevemente sus argumentos críticos hacia la religión cristiana. Opina, por supuesto, que todas las religiones (incluido el comunsmo soviético) son falsas, pero centra su análisis en el cristianismo. Sus argumentos se pueden dividir en dos clases: de tipo intelectual y de tipo moral. En una primera parte demuele los argumentos filosóficos tradicionales que pretenden demostrar la existencia de un dios creador; en la segunda demuestra cómo las religiones cristianas han hecho y continúan haciendo mal a la humanidad. Los otros ensayos siguen una línea similar. El libro cierra con una pormenorizada narración del proceso que se siguió en Nueva York para impedir que Russell enseñara en la Universidad. Fue escrito por Paul Edwards, el mismo compilador del volumen y constituye un ejemplo, de mucha actualidad y mucha relevancia, sobre cómo los fanatismos y la intolerancia de los dogmas se oponen a la libertad de pensamiento y son siempre una amenaza al progreso intelectual de las sociedades.

4.- El cerebro accidental de David Linden: Es una breve introducción a la neurociencia, a lo que sabemos sobre cómo funciona el cerebro. De forma amena pero rigurosa, Linden presenta al lector los conocimientos científicos que se tienen sobre el fascinante cerebro humano. Éste es, resulta, no una maravillosa pieza de ingeniería, sino al contrario, una maquinaria imperfecta y defectuosa, que a lo largo de la historia evolutiva se ha ido poniendo partes según la necesidad de la especie. Los temas incluyen la percepción, la memoria, el sexo, el amor, la identidad de género, la orientación sexual, el acto de dormir y el misterio de los sueños. Linden aporta algunas luces que sobre estos inquietantes temas han logrado encender las neurociencias. Después de mucha información valiosa y detalles curiosos, Linden termina el libro con una réplica al creacionismo (tan en boga en esos años de la Era Bush), y demostrando que no hay forma de que el cerebro humano, tan deficiente como es, pueda ser el resultado de ningún diseño inteligente.

3.- Evolution for Everyone de David Sloan Wilson: Se trata de un libro que pretende introducir al lector en los principios del pensamiento evolucionista. Así es, no de explicar cómo han evolucionado las especies, sino de enseñar al público a entender la realidad a través del prisma de la teoría evolutiva. Según Wilson, no se necesita tener conocimientos científicos muy avanzados para entender los fundamentos de la teoría evolutiva, pues es tan sencilla y de sentido común que cualquier estudiante, sin importar el perfil de su carrera, puede comprenderlos y aplicarlos en sus actividades de investigación. Los primeros 10 capítulos están dedicados a exponer esos fundamentos, desde cómo funciona la evolución hasta cómo sabemos que es verdad, para lo cual Wilson brinda una gran cantidad de ejemplos maravillosos que lo dejan a uno boquiabierto. En los restantes, de un total de 36, se dedica a explorar diversos aspectos de la vida que, bajo el lente del evolucionismo, toman nuevo significado. Podemos entender el significado de las estadísticas sobre infanticidio, las condiciones que generan mayor violencia o mayor cooperación en las sociedades, el origen de las religiones, de la moral o del arte. Muchas de esas revelaciones son contraintuitivas y chocan con principios ideológicos, tanto de la derecha como de la izquierda. El libro sienta las bases para iniciar una gran conversación que seguramente se volverá más relevante y central con el paso de los años.

2.- Darwin's Cathedral de David Sloan Wilson: Si ya terminaron el libro anterior, éste es el paso que les recomiendo. Aquí Wilson plantea una teoría muy coherente de las religiones, que tiene que ver con la selección a multiniveles y con la novísima disciplina de la evolución cultural. Sucede que la selección natural no opera solamente sobre los individuos, sino sobre los grupos completos. Los grupos con indivuos que cooperan y se ayudan mutuamente tienen más posibilidades de sobrevivir y crecer que los grupos divididos por la competencia interna. Los seres humanos tenemos mentes muy complejas y somos capaces de crear culturas. Las culturas serían respuestas adaptativas a las condiciones naturales y sociales en las que los grupos humanos se han encontrado a lo largo de la historia. Las religiones, en concreto, son fenómenos culturales que evolucionan para resolver el problema de la cooperación al interior de los grupos para adaptarlos mejor a su entorno. Por mi parte, me quedé con una reflexión: ¿cómo podemos construir un sistema de valores capaz de hermanar a toda la humanidad, o por lo menos a la mayoría, de la misma forma en la que las religiones hermanan comunidades, pero sin desviarse de la realidad factual de la que nos informa la ciencia? 

1.- Trilogía del siglo XIX de Eric Hobsbawm: La magna obra de uno de los grandes intelectuales del siglo pasado es una historia del “siglo XIX largo”, el periodo de tiempo que va desde la Revolución Francesa en 1789 al inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914. Hobsbawm divide su siglo XIX largo en tres eras: la Era de la Revolución, laEra del Capital, y la Era del Imperio. Cada tomo se escribió con casi una década de diferencia respecto al anterior, y se nota pues cada entrega está mejor escrita y estructurada por un lado, y más balanceada y menos sesgada por el otro. El libro está escrito pensando en un lector informado que ya conoce los sucesos históricos acaecidos en este periodo. Hobsbawm asume que sus lectores saben quién fue Robespierre, qué decía Jeremy Bentham y qué sucedió en Waterloo. De modo que como texto introductorio a estos temas no serviría de mucho. En cambio, el historiador se concentra en explicar las causas, las consecuencias, el significado de los sucesos históricos. Con el detalle y el rigor que lo acaracterizan, Hobsbawm aborda múltiples temas, pero siempre centrado en cómo se dio el cambio: social, cultural, político y económico. Más que presentarnos una narración de hechos históricos, su esfuerzo está en hacernos comprenden cómo esos hechos cambiaron el mundo y forjaron lo que llamamos "Historia contemporánea". Empezar a comprender los procesos de cambio social, político y cultural a lo largo de este periodo puede resultar fascinante. En especial me llamó la atención el capítulo sobre la conexión del mundo a través de las nuevas tecnologías (¡un mensaje podía ser enviado en sólo 5 minutos de Londres a Bombay a través del telégrafo!); las corrientes ideológicas en pugna y la influencia del pensamiento evolucionista en el desarrollo de las ideologías racistas y colonialistas; o el cambio del papel y el valor de las artes en la nueva sociedad burguesa, por mencionar algunos tópicos. Los últimos capítulos son muy útiles para comprender cómo Europa se precipitó hacia la guerra después de casi un siglo de paz y prosperidad. He ahí lecciones que se pueden aprender para el mundo contemporáneo. Curiosamente, de lo que más se me grabó fue que en el tiempo en que el autor escribe (la década de 1980) ya se hacían paralelismos entre esos días y los anteriores a 1914. Digo que es curioso porque esas mismas analogías se quieren trazar para estudiar la situación actual.


Ficción narrativa:

5.- Lo mejor de la ciencia ficción rusa de varios autores: Es fascinante echar un vistazo a la ciencia ficción soviética. ¿Es diferente a la tradición anglosajona? Sí, sí lo es, y de forma bastante notoria. Las diferencias se notan desde el primer relato de esta colección. La mayoría están inmersos en la cultura soviética: los científicos forman parte de instituciones de gobierno y su trabajo es siempre colaborativo (nada de genios que crean maravillas en el sótano de su casa gracias a su fortuna privada). Todos son aquí son "camaradas", sin importar cuán lejos en el tiempo nos encontremos. Pero sobre todo, los temas abordados me resultaron auténticamente novedosos. Nada de invasiones extraterrestres, robots con sentimientos o aventuras interplanetarias de las que hay ejemplos por centenas en la literatura anglosajona. Más importante aún, hay un verdadero deseo de especulación científica más o menos rigurosa: en cada relato se plantea un problema científico verosímil y se examina como experimento mental hasta sus últimas consecuencias.

4.- El barón rampante de Italo Calvino: Cosimo, hijo del barón de Rondò, no quiere un día comer el estofado de babosas que ha preparado su hermana. Escapa de casa y se sube a un árbol; jura jamás volver a bajar de él y cumple su palabra. Así empieza esta multifacética novela de Calvino, una historia no propiamente fantástica, pero sí con algo de realismo mágico, llena de peripecias fascinantes y personajes entrañables: la amistad con el bandido Gian dei Brughi, que se enamora de los libros al final de su vida; la correspondencia con los filósofos de la Ilustración, que forman poco a poco sus ideas; su romance con Viola, una mujer de extremada belleza, cuya crueldad emocional es sólo equiparable a la sinceridad de su amor. Desde su individualidad, Cosimo se acerca a la colectividad. A pesar de su condición de aristócrata y a pesar de vivir sobre los árboles, participa en la vida comunal de su pueblo; ayuda a apagar los incendios, colabora en la recolección de las cosechas y, finalmente, forma parte de una insurrección cuando la ola revolucionaria llega a tierras italianas. Es una novela muy hermosa, de ésas que me habría gustado leer más joven, de ésas cuyos sentimientos se quedan con uno durante días después de terminarla.

3.- El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad: Esta novela breve de Joseph Conrad trata del viaje de un hombre joven al Congo belga cuando acepta un trabajo como piloto de un vapor para navegar río arriba. Para él los sueños de aventura se convertirán en una odisea hacia el corazón de las tinieblas. Con una prosa increíble, evocadora de atmósferas y sentimientos sobrecogedores, Conrad hace un crudo retrato de los horrores del imperialismo europeo en África, y del ideal que lo justifica: grandiosas palabras, bonitos sentimientos y causas nobles, pero que en realidad, se trata de algo corrupto y decadente, una fuerza a favor de una barbarie incluso más brutal e inhumana de a que alega redimir a los pueblos del mundo. Pero no quiero hablar sólo de la novela, sino de la edición crítica de Norton, que es una maravilla. Para que tengan una idea, el texto de Conrad en sí consta de menos de 80 páginas. El resto de las más de 500 incluye una plétora de documentos fascinantes, entre textos contemporáneos para entender la cultura de la época, pasando por un compendio de cartas y ensayos del mismo Conrad, para finalizar con una colección de ensayos críticos y analíticos de la novela.

2.- El Conde de Monte-Cristo de Alejandro Dumas: Aquí tenemos un libro extraordinario en todos los sentidos. Es tanto una novela de aventuras que rayan en lo fantástico como una reconstrucción de los hechos históricos que marcaron el siglo XIX (en particular las Guerras Napoleónicas) y un retrato de la sociedad francesa en medio de la Revolución Industrial y transformándose hacia el capitalismo pleno. Es un relato personal que apela a los sentimientos más básicos de todo ser humano, pero también una novela profundamente política. Es por momentos una obra maestra e intemporal, y por otros una pieza cursi anclada en el más rancio de los romanticismos. Es un libro en el que aparecen duelos de honor, batallas en la lejana Grecia otomana y escenas sacadas de “Las mil y una noches”, pero en el que también juegan un papel importante los ferrocarriles, los telégrafos y las bolsas de valores; que por igual hace referencias al vampiro lord Ruthven como al banquero Rotschild. Apasionante, llena de suspenso, drama y sorpresas, es de esos libros que capturan al lector. Por momentos uno no sabe para dónde va la historia, hasta que después de cientos de páginas empieza a ver cómo todo va cayendo en su lugar, como si apareciera una hermosa pintura pieza por pieza frente a uno. Es uno de los mejores libros que he leído en años.

1.- El nombre de la rosa de Umberto Eco: Vuelvo a uno de los libros que marcaron mi vida, y a uno de mis autores favoritos, fallecidos en ese horrible 2016. Nadie lee dos veces el mismo libro, y más si han pasado casi 20 años. Ahora, después de haber aprendido un poco más de historia, de filosofía, de literatura, después de haber leído las otras obras de Eco y, sobre todo, después de haber leído a Borges, el libro se presentó ante mí como el increíble mosaico de filosofía, teología, teoría política, lógica y epistemología que es. Fray William de Baskerville, franciscano que es medio Sherlock Holmes medio William de Ockham, investiga una serie de crímenes inexplicables en una abadía del norte de Italia en el siglo XIV. Estos crímenes están de alguna forma conectados con un secreto que guarda la biblioteca de la abadía, una de las más grandes y ricas de la cristiandad. Al mismo tiempo, la abadía será la sede de un acalorado debate sobre la pobreza de Cristo, defendida por los franciscanos y repudiada por la Iglesia, que en realidad es sólo parte de la lucha de poder entre el papa de Aviñón y el emperador del Sacro Imperio Germánico. Exquisitas intertextualidades (desde el bestiario medieval hasta Conan Doyle; desde Santo Tomás hasta Borges), estimulantes diálogos sobre cuestiones filosóficas y políticas, y un fascinante retrato de la vida en la Edad Media, quedan envueltos en la trama de un relato policiaco extraordinario. El nombre de la rosa es un libro tan rico, con tantas aristas y niveles de lectura e interpretación, que puede ser leído muchas veces sin agotarse, y que mueve a reflexiones muy pertinentes para la vida actual. Por todas sus cualidades y porque no tiene desperdicio, le doy el primer lugar al que seguirá siendo uno de mis libros favoritos de toda la vida.


Para finalizar esta entrada, e iniciar bien un año que se plantea difícil y requiere de mucha reflexión y esfuerzo, les dejo estas palabras de Eric Hobsbawm, extraídas de su gran historia del siglo XIX:


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