jueves, 23 de marzo de 2017

No hay justicia como la de una turba iracunda



Era principios de 2012, si la memoria no me falla, cuando empezó a circular en las redes el caso del Gentleman de las Lomas, el adinerado empresario Miguel Sacal. Un video lo mostraba siendo prepotente y culero contra un empleado, al que luego se cargó a madrazos al tiempo que profería insultos clasistas. La indignación en las redes sociales fue tremenda y el caso fue retomado por varios medios de comunicación. Sacal no sólo se ganó el repudio público, sino que pisó la cárcel por el delito de lesiones dolosas y tuvo que pagar una fianza.

Creo que él fue uno de los primeros personajes que pasó a ser conocido públicamente con el mote de Gentleman. Desde entonces se ha vuelto una costumbre cansina, cero original y de hueva el motejar como Lord y Lady a casi cualquiera que hace algo indignante, ridículo o siquiera notorio en las redes sociales. Pero por lo que más recuerdo este asunto fue porque me emocionó. En este país de impunidad y clasismo, las personas con poder abusan constantemente de los que no lo tienen y rara vez reciben un castigo por ello. La viralización del caso del Gentleman hizo imposible que las autoridades correspondientes ignoraran el problema y se hizo necesario actuar. 

Desde entonces otros casos de prepotencia por parte de personas adineradas, políticos o funcionarios se hicieron el blanco de la indignación pública. Parecía que la transmisión rápida de la información a través de las redes sociales podría convertirse en un instrumento de la democracia en contra del abuso de poder y la impunidad. Los ciudadanos podrían usar los nuevos medios a su alcance para exponer a los bravucones que de otra forma se saldrían con la suya, y así asegurar que recibieran un justo castigo.

Pero, ¿qué pasó? Pues que fui demasiado optimista (¡una vez más!). Resultó que si bien las redes sociales siguen teniendo ese potencial, mucha gente prefiere usar el poder de la covigilancia para joder. Sí, de vez en cuando se ha usado para viralizar información sobre las acciones perversas de figuras de autoridad que deberían responder a la ciudadanía por sus acciones, pero lo cierto es que llaman más la atención las historias pendejas que permiten a intensos y aburridos subirse al tren del mame.

Los blancos ya no son los ricos y poderosos sino cualquier hijo de vecino que tome una mala decisión, cometa un error, diga algo equivocado o sostenga una opinión impopular. Algunos ejemplos famosos a nivel internacional incluyen: Justine Sacco, una joven neoyorkina que tuiteó un chascarrillo racista; Tim Hunt, el científico ganador del premio Nobel que hizo un chiste sexista durante un almuerzo como parte de un congreso de periodismo científico; y Matt Taylor, un científico de la Agencia Espacial Europea que usó una playera con imágenes de mujeres semidesnudas en una entrevista sobre la misión Rossetta (la que puso una sonda robótica en un cometa). En México, tenemos al inmamable Nicolás Alvarado que criticó al finado Juan Gabriel con un par de adjetivos considerados homofóbicos y clasistas.

Todos ellos recibieron la ira de los Internetz. Insultos, amenazas, exigencias para que fueran despedidos y cosas así. Cada uno de ellos se vio afectado de manera distinta. A Taylor no le fue tan mal: pidió perdón con lágrimas en los ojos ante las cámaras y el asunto quedó olvidado. Tim Hunt perdió fue obligado a renunciar a sus puestos en el University College, la Royal Society y el Consejo Europeo de Investigación. Justine Sacco perdió su trabajo y se sumió en la depresión y el estrés postraumático. Alvarado fue separado de su cargo como director de TV Unam, pero no pasó a más.

¡Ojo! Que no se trata aquí de discutir si lo que hicieron estos personajes y algunos otros estuvo mal. Lo que quiero es invitarlos a reflexionar en lo que sigue…




La despersonalización de la justicia es uno de los más importantes procesos civilizatorios en la historia de las sociedades humanas. Implica que la reparación de los daños cometidos por un individuo a alguien más no dependerá ni de la facultad de cada uno de ellos para hacer que el otro pague, ni de las emociones (ira, tristeza, deseo de venganza) del agraviado, sus allegados o terceros, sino de un sistema impersonal con leyes escritas que dictan qué tan grave se puede considerar esa falta y qué rango de castigos se puede aplicar por ella. Eso es lo que impide (idealmente, que nada es perfecto) que se caiga en castigos desproporcionados o ciclos de venganzas y represalias (estilo Montesco vs Capuleto y así).[1]

Entonces el punto no es si Justine Sacco, Matt Taylor, Tim Hunt o Nicolás Alvarado hicieron mal. El punto es preguntarnos si la supuesta falta que cometieron es proporcional al castigo que recibieron. Hacer chistes sexistas, clasistas o racistas puede ser de mal gusto, ofensivo y una torpeza social tremenda, pero ¿merece uno ver arruinada su reputación y su carrera por ello? Lo que pasa aquí es que el criterio para castigar eso que muchos perciben como faltas no es nunca el posible daño real que hicieron, sino la reacción emocional que tales acciones provocan, la cual es proporcional al número de personas que se enteran, es decir, qué tanto se viraliza. Y como estamos bien pendejos, la viralización de una noticia no depende de su importancia, sino de su valor como espectáculo y de nuestro pinche morbo.

Cuando firmamos una petición en Change.org para que alguien que dijo alguna imbecilidad sea despedido o boicoteado, en vez de reglas y estatutos, nos guía la tripa. Pero la ira es mala consejera. Volvamos a México, con el caso del profesor que parecía estar diciendo barbaridades sexistas a sus alumnos, fue grabado y viralizado. En seguida empezó el linchamiento virtual y las peticiones de que rodara su cabeza. Pero luego, oh sorpresa, resultó que el video no estaba completo, y que el fulano sólo estaba ejemplificando esas actitudes que le criticamos.

Vaya, pues nos vimos como unos pendejos. Y digo nos, porque cometí el error de confiar en que si los medios estaban compartiendo la noticia era porque ya la habían investigado bien. Y no, todos nos lo creímos a la primera. Pero aunque algunos sí admitieron la metida de pata, otros se negaron a creer la nueva versión de los hechos, o dijeron que de todos modos el profesor merecía que lo corrieran porque esa no era forma de enseñar, y terminaron hasta diciendo galimatías como que reproducir violencia (en el sentido de emularla) es ante todo reproducir violencia (en el sentido de multiplicarla), lo cual da cuenta de lo mensa que está la gente que escribe en medios nacionales hoy en día porque se les confunde bien gacho la semántica.

Quizá alguna vez te has encontrado en la siguiente situación. Te molestas con tu pareja (o viceversa) por algo que hizo y cuando empiezas a regañarle, te responde “pero si yo no hice eso que tú piensas”, y hasta caes en la cuenta de que en efecto no lo hizo, pero la ira sigue en ti, respondes algo como “bueno, ahora no, pero esa aquella vez de hace dos meses…”

Sucede que la ira es un sentimiento muy poderoso que no se aplaca fácilmente, ni siquiera cuando nos dicen que el objeto de nuestra ira no existe. La indignación moral es un tipo muy peculiar de enojo, porque nos permite sentirnos superiores a los demás y con la facultad de juzgarlos y hasta castigarlos. Por eso los indignados con el profe del sexismo en seguida encontraron formas de racionalizar y justificar el hecho de que siguieran emputados. El chiste es que la indignación no pare. Es natural, claro, pero no es racional ni digno de gente pensante.



Pero aguanten, que la cosa se pone peor, porque en realidad no cualquiera se ve castigado por las turbas iracundas, sino sólo los que no pueden defenderse de ellas. Vean a Donald Trump. Envuelto en varios escándalos de acoso sexual, con todo y audios en los que alardea de ser un manotas. Hay indignación, claro, pero ésta no bastó para impedirle ser presidente de los Estados Unidos. ¿Por qué un científico que hace un chiste idiota arruina su vida mientras que un bravucón insolente puede salirse con la suya tras decenas de declaraciones abiertamente sexistas? Porque el primero no tiene tanto poder como el otro. Entonces la turba iracunda se comporta como los bravucones del patio de la escuela: descarga su furia no contra quienes más lo merecen, sino contra aquellos a los que puede lastimar. Venga, el alcalde de Nayarit que dijo que “robó poquito” y le levantó la falda a la señorita en un bailongo público, ahí sigue. Son los cualquieras los que pagan con reputación y carrera los deslices.

Los izquierdistas, liberales, progres y gente a favor de la justicia social (que entiende por “justicia social” no ofender a nadie) se defienden de esas críticas diciendo que es “tone policying” (fiscalización del tono). Que a menudo cuando una víctima de discriminación o abuso (como una mujer o miembro de una minoría racial) reclama o se defiende de quien lo insulta o pretende mangonear, se le dice que “esa no es la forma” o que “debe pedirlo de buena manera”. Esto parece absurdo porque es una forma en la que el opresor le ordena al oprimido que, si se va a quejar, lo haga de una manera que no incomode.

Pero no creo que señalar que es exagerado joderle una parte de la vida a un ser humano por un chiste pendejo o por una elección de guardarropa desafortunada sea un caso de fiscalización del tono. Porque para empezar los linchadores ni son los oprimidos que reciben la ofensa, sino gente que quiere sumar sus fuerzas para el castigo. Para continuar, porque no podemos caer en el extremo de decir que cualquier reacción, por más drástica que sea,  es válida contra cualquier expresión, por más insignificante que sea, de actitudes discriminatorias. Es renunciar a todo sentido de la proporción.

Los conservadores y derechistas quieren hacer pensar que estas reacciones histéricas son propias y exclusivas de Social Justice Warrios, feminazis y policías de la corrección política. Pero eso no es así, como muestran los casos de acoso masivo en línea contra personalidades feministas. Una científica anónima, informa The Guardian, quien criticó los comentarios de Tim Hunt, después recibió amenazas y acoso en las redes sociales. Eleanor Robertson una vez hizo una crítica muy visceral y muy poco inteligente de unos tuits de Richard Dawkins, acusándolo de ser un pendejo sexista. A cambio, recibió amenazas e insultos en las redes sociales. Anita Sarkeesian, que se gana la vida diciendo que todo en la cultura pop es sexista, también ha sido víctima de torrentes de amenazas de muerte. Corte a México, donde el caso más reciente es el de Tamara de Anda, contra quien los machitrolls se han movilizado con furia y rapidez. La voluntad es la misma: castigar a la persona, destruirla por completo, porque sus palabras y sus acciones nos hicieron enojar. Como la ofensa es simbólica y no hay reparación posible, el ataque continúa hasta que los castigadores se sientan satisfechos o el asunto sea atropellado por el siguiente tren del mame.



A las personas que linchan por indignación moral, porque de verdad aspiran a un mundo sin sexismo, racismo y homofobia, se les puede tratar de apelar con argumentos éticos para que procuren comportarse con decencia, pero a los que lo hacen por culerez irraccional, ¿qué se les puede decir? ¿Y cuántas de éstas no le entrarán al mame sólo por el placer sádico de poder castigar a alguien?

Lo intentaré: el punto no es si opinas que los análisis de la Sarkeesian son estúpidos, o si piensas que la denuncia de Tamara por acoso fue una reacción exagerada. Es que la ira que se desata en su contra ha sido mucho más dañina, estúpida y barbárica que cualquier cosa que ellas hubieran podido hacer con sus escritos. Hay que tener muy poca racionalidad y sí mucha ardidez y amargura para sumarse a un ataque masivo como los que han sufrido; y hay que tener muy poca empatía para no reconocerlos como actos injustos que rozan lo criminal. El asunto no es dejar de criticar lo que nos parece criticable o dejar de defender nuestras posturas. El problema es que nos estamos portando como unos chingados salvajes.

Y antes de que salgan con la mamada de “Ah, pues a mí también me han insultado y no lloriqueo”, (y sí a todos en Internet nos pasa, en especial a los que escribimos para un público), tengan en cuenta que no es lo mismo que pase de vez en cuando a que ocurra un diluvio constante de amenazas e injurias hasta el punto que no puedas conectarte sin recibir decenas de ellas. Y sí: causa daño psicológico y emocional. No seas el cavernoide que dice “eh, si a mí me hicieron bullying y no me traumé”, porque no eres el infortunado que sí se traumó. Pinche ojete sin empatía.

Ahí hallamos una de las raíces del problema: la falta de empatía. No vemos en las víctimas de linchamientos virtuales a personas reales. Vemos sólo acciones que nos parecen moralmente despreciables o que incitan nuestra ira porque las tomamos como si fueran agravios personales. Para juzgar a una de estas personas nunca se toman en cuenta todos los aspectos de su vida, no importa conocerlas ni detenerse a pensar si a lo mejor fuera de esta pendejada particular que hicieron son buenas personas, comunes y corrientes, que pasan la vida sin hacer daño a nadie. No, nos basta con saber que una vez hicieron algo estúpido y que eso es todo lo que tenemos que conocer de sus personas para catalogarlos para siempre como parias merecedoras de toda nuestra furia, todo nuestro desprecio y todo el daño que seamos capaces de infligirles.

Muchas veces ni siquiera se trata de hacer de justicia. Sólo de humillar y ridiculizar. ¿Recuerdan el caso de Lady Coralina, la novia próxima a casarse que fue grabada besando a otro güey en su despedida de soltera? Mira, no importa tu opinión sobre el caso… No, en serio, de verdad no importa, porque era un pedo entre ella y su prometido, a lo mejor con el consejo  de sus familiares y amigos, pero nada más. Pues en México los medios y los usuarios hicieron de su caída en desgracia un lamentable espectáculo morboso, que habla mucho peor de nosotros que de ella.



El problema es que aprovechamos cada tontería para convertirla en un campo de batalla de nuestras guerras culturales entre liberales y conservadores, feministas y antifeministas, animalistas veganos orgánicos y carnívoros especistas, y demás. En el momento en el que aparece un punto sobre el cual pelear afloran nuestros instintos más primitivos y queremos demostrar lealtad a nuestra tribu. Por eso veo con alarma la actual tendencia de querer convertir en batalla pública hasta una discusión privada surgida en un ambiente familiar y privado. Así vemos encabezados como Esta chica hizo callar a su tío que despotricaba contra los Millennials, o esos casos de Papá deja que su hijo se vista como princesa. Repito, tus opiniones, favorables o reprobadoras, no pinches importan. Como tú, yo no puedo evitar simpatizar con uno u otro lado, pero hay que reconocer que no tenemos nada que opinar ahí. El punto es que estos casos ni siquiera deberían haberse vuelto públicos, porque a menos que se estuvieran cometiendo delitos que debieran ser denunciados y dados a conocer, estos eran asuntos estrictamente privados. Pero nooo, tenemos que meter nuestra cucharota, tenemos que hacer de unos héroes y de otros villanos para que todos vean de qué lado estamos. Pero, ¿qué clase de relaciones podemos esperar tener con nuestros familiares, vecinos y seres más cercanos si los convertimos en el blanco de discusiones que involucran potencialmente a cientos de personas?

Necesitamos más empatía, recordar la vieja máxima errare humanum est, y que en una de ésas nosotros o alguien que nos importa puede estar del otro lado del dedo que acusa. Necesitamos tener un sentido de la proporción, de la importancia de los acontecimientos que vaya más allá de lo que visceralmente sentimos en el momento. Necesitamos pensar serenamente antes de compartir una información: ¿es verídica? ¿es relevante? ¿qué consecuencias tendrá compartirla? Si nos sumamos a una campaña, aunque sea una simple firma en Change.org, debemos detenernos a reflexionar, ¿esto que exigimos es lo justo, o adecuado, lo razonable?

Pueblo chico, infierno grande. La Aldea Global debía hacernos a todos más cosmopolitas, pero en cambio la estamos convirtiendo en un pueblucho y nos estamos comportando como los aldeanos ignorantes, que se meten al chisme de los pleitos familiares, que por todo agarran sus antorchas y tridentes, y que creen que no hay justicia como la de una turba iracunda.




[1] Por eso los casos de linchamientos y de “vengadores anónimos” aparecerán en climas de inseguridad e impunidad: si el Estado no cumple con la impartición de justicia, las personas la buscarán por su propia mano, aunque sea por medios barbáricos. Y la solución no es decir que son bien salvajes, sino que las instituciones les aseguren que se hará justicia.

lunes, 13 de marzo de 2017

Logan: El ocaso de los héroes



No estaba seguro de cuál era la mejor forma de empezar esta reseña, así que mejor iré al grano. This is it! Esta es la película de Wolverine que necesitábamos. Después del churro soperútano de Origins y la ok, pero aburrida e irrelevante The Wolverine, ésta es la película que de verdad capta la esencia de uno de los personajes más icónicos del mundo del cómic. Su tono sórdido, oscuro y trágico es el que debieron haber tenido las otras (la violencia en esta película es her-mo-sa), y es casi doloroso pensar en lo que pudieron haber sido las dos primeras de haber sido tratadas con la fidelidad y el respeto que este film le tiene al personaje.  Y eso que el director es James Mangold el mismo que el de The Wolverine, así que supongo que la mejora se debe a que los estudios le dieron más libertades. Agradezco eso.

Sinopsis sin spoilers: es el año 2029 y el mundo se ve todo jodido. No sé si porque la mayor parte de la peli ocurre en la frontera mexico-gringa, o porque se supone que así quedará todo después del gobierno de Trump. Estaríamos mejor con los Sentinels. Logan y un mutante llamado Caliban cuidan en secreto al profesor Charles Xavier, quien sufre alguna enfermedad degenerativa que hace que pronto se le bote la canica y tenga ataques telepáticos. De pronto, hasta ellos llega la pequeña Laura, que no es otra que X-23, Lobeznita o, como me gusta llamarla, Eleven-Wolverine porque es básicamente el mismo personaje que el de Stranger Things. Guepardita está siendo cazada por una organización que experimenta con niños para convertirlos en armas vivientes (les digo: es Eleven), así que juntos deben armar un road trip para llevarla a un lugar seguro. El problema: los enemigos que los persiguen son despiadados, están armados hasta los dientes y tienen algunas sorpresas desagradables, mientras que Logan ya está muy viejito y su factor de curación mutante comienza a fallar.

Después de Days of the Future Past y Apocalypse, con historias épicas, acción pantagruélica y peligros de escala global, se agradece esta historia tan humana e íntima que se centra en los personajes y sus relaciones entre sí y con las situaciones que les han tocado enfrentar. De hecho, ¿es siquiera una película de superhéroes? Es una historia de gente con súperpoderes, pero no hay en ella trajes coloridos, lucha contra el crimen ni planes ridículos para conquistar el mundo. Es una película sobre seres extraordinarios enfrentando lo que a todos nos toca: la vejez, la enfermedad, la pérdida de la esperanza, la soledad, la cercanía con la muerte. Ahí está la fuerza principal de la película, y en ese sentido es tremendamente emotiva.



Las actuaciones son grandiosas. Hugh Jackman hace su mejor interpretación de Logan; no digo que no lo hubiera hecho bien antes, pero nunca había sentido con tanta viveza al personaje que hemos aprendido a amar en los cómics. ¡Qué manera de despedirse de un papel! La pequeña Dafne Keen me encantó como Agujita Dinámica: la intensidad de su actuación te hace creer que es de verdad una fierecilla salvaje y eso se ve en sus gestos, sus miradas, sus gruñidos y sus gritos. En este trío de grandes interpetraciones, quien se roba la pantalla es el enorme Patrick Stewart, como el Profesor X (dice el actor no descarta interpretarlo una vez más). Es descorazonador ver a este hombre sabio y benévolo en decadencia, carcomido por la pérdida y la culpa.

Cierto, la historia no es nada original. Está armada con tropos, lugares comunes y elementos que hemos visto una y otra vez en el cine. Es la clásica historia del viejo guerrero retirado a quien la situación le obliga a cuidar de un niño y al mismo tiempo tener una última batalla; es la clásica road movie con una panda de inadaptados que ni siquiera se llevan bien entre sí. Es predecible para cualquiera que lleve más de 10 años viendo películas. Uno puede saber qué personajes va a morir desde el primer momento que salen en pantalla. Pero estos elementos reciclados no habían sido usados en este género en particular y están casi siempre muy bien armados. Nunca habíamos visto al héroe tan jodido y sin esperanzas. 



No es que no tenga defectos y uno que otro tropezón narrativo: recurre a un par de deus ex machina y abre sin querer alguna subtrama que no lleva a ningún lado. Los villanos son planos y aburridos. Es una lástima, porque en general la serie de X-Men había tenido buenos antagonistas (Magneto, Stryker, Bolivar Trask), o a lo menos, vistosos y memorables (Apocalypse). Estos son totalmente genéricos e intercambiables. Pero en realidad no importa mucho porque, como dije, la película se centra en la tríada de Logan, Glotoncita y Charles. ¡Por favor, denle todos los Oscar a Patrick Stewart!

Así que en conclusión es una película de superhéroes hermosa. Espero que sirva para subir el estándar, porque últimamente el género se había vuelto rutinario. No tengo más que añadir que recomendarla antes de pasar a los ¡comentarios con spoilers!


X-POILERS AHEAD!



Si están leyendo esto es porque ya vieron la peli o no les molestan los spoilers. Así que, como sea, lo diré: resulta que, en uno de sus ataques, el Profesor mató accidentalmente a siete mutantes de la escuela e hirió a varios cientos de personas, razón por la cual Logan ahora lo oculta y lo protege. Si la película no sorprende por lo que pasa en ella, sí logra shockear por completo con sus revelaciones acerca de lo que pasó antes.

Hay una simetría muy interesante en la situación de Logan: por un lado, se encarga de un anciano enfermo (aunque, recordemos, Charles es más joven que él) que es su pasado, sus mejores días, en los que tuvo una familia y un propósito. Por el otro, está una niña, que es su futuro, la posibilidad de vivir más allá de su propia vida en un legado de heroísmo, de encontrar un propósito en la protección de la esperanza. 

Logan se ve a sí mismo en ambos personajes. En su enfermedad, Charles se ha vuelto mortalmente peligroso; Logan sabe cómo es eso, sabe lo que es ser un monstruo sin desear serlo, y enfrentar la incomprensión de los otros y el propio autodesprecio. Por eso es hermosa la dinámica entre estos dos y, como ya dije, el capitán Picard se roba la película, lo que no es fácil porque es una a la que no le faltan las buenas actuaciones.



Logan ve que X-23 tiene la posibilidad de convertirse en lo mismo que él (y que Charles), por eso resulta tan importante protegerla, hacerla saber que no está sola, que puede haber esperanza a pesar de todo, que puede encontrar el cariño de un padre (aunque sea momentáneo) y el de los amigos. Y por un instante, Logan prueba lo que se siente ser un papá.

Tengo un poco de nitpicking. Como es tradición en las pelis de X-Men desde First Class, a ésta le vale madre la continuidad y la cronología. No sólo me da por mencionar que el Instituto Xavier estaba de maravilla unos años antes y que ahora, de pronto ahora nos dicen que "hace 25 años que no nace ningún mutante". Es que igual en Days of the Future Past nos enseñaron que Charles y Hank McCoy habían desarrollado un suero que inhibía sus poderes y le permitía recuperar la movilidad, y si esto hubiera estado ahí, la mitad del conflicto en Logan no existiría.

Pero bueno, pasa. También pasa que, una vez más, el enemigo a derrotar sea una especie de versión alterna del mismo Wolverine, con poderes de regenración, garras de adamantio, o ambas: Sabertooth, Lady Deathstroke, el otro Sabertooth, el infame primer Deadpool, Silver Samurai y ahora, un clon literal. Hueva mil. Pero bueno, como dije, pasa.



Lo que me molesta es otra cosa. Como película, a secas, es buenaza. Como película de Wolverine es genial. Como película de X-Men... es como que nos pintaran el dedo a todos. Quiero pensar que los siete mutantes a los que mató Xavier eran milleninials de nuevo ingreso, pero todo parece indicar que fueron precisamente Scott, Jean, Hank, Ororo, Bobby, Rogue y Kitty. Entooonces, ¿lo que nos están diciendo es que a estos personajes que hemos estado viendo por OCHO películas previas, con los que hemos reído y llorado, a los que creímos perdidos y recuperamos, se mueren de un plumazo inceremoniosamente fuera de la pantalla? 

Jódanse, neta, váyanse a la verga, no pueden hacerme a esto. No es así como acaban los insólitos Hombres X, no es así como muere Charles Francis Xavier. El sentimiento de desolación que me dejó esta película es justo lo contrario de cómo me sentí después de Days of the Future Past. Se supone que habrá una película más con el equipo joven, ambientada en los 90, pero no sé cómo van a hacer que nos importe lo que pasa en ella si ya sabemos cómo acaba todo. 

En fin, sólo quería dejarlo salir porque está roto mi kokoro. Sigue siendo una buena película de todas formas. Vamos a llorar juntos y saludemos de pie a Logan. Esperemos que por fin haya encontrado la paz.




miércoles, 8 de marzo de 2017

Damiselas en peligro y caballeros en apuros



Quizá se han topado con esa foto en las redes sociales. El cartel original fue parte de una campaña estudiantil para concientizar sobre las diferentes formas en las que el machismo se manifiesta en nuestra sociedad, en este caso, en el cine de Hollywood. Luego alguien tomó uno de los carteles, lo intervino y lo exhibió triunfalmente en las redes sociales como uno de esos jaque mate, feminazis. Alguien en twitter respondió con mucho ingenio a ello negando la legitimidad de esos ejemplos. Pues bien, como soy un friki conocedor de la cultura pop, y además me encanta subirme al tren del mame, he decidido abordar el tema.

Primero, para ser justos, el cartel pedía ejemplos de mujeres que salvaran a hombres en películas de acción, y las respuestas cumplieron en muchos de los casos, aunque en muchos otros no, y eso que incluyeron series de TV y películas que no son de acción, lo cual es un poco hacer trampa. No se pedía que la mujer en cuestión fuera la protagonista, o que fuera un gran ejemplo de rol femenino o que tuviera motivaciones heroicas; sólo que hubiera salvado en algún momento a un personaje masculino. Así, una chica que ha sido salvada tres veces en la película por el héroe, puede salvar a éste en una ocasión y con eso ya contaría como botón de muestra.

Por ejemplo, en La Sirenita Ariel salva a Erik de morir ahogado, pero creo que estaremos de acuerdo en que una adolescente que renuncia a tener voz por un güey al que ni conoce y ni es capaz de reconocerla cuando está afónica, no es precisamente un role model. Es por esto no conviene utilizar un único criterio para definir si estamos ante un contenido sexista o no (como vimos cuando hablamos del Test Bechdel).

Por otra parte, habría que ser un machirrín muy idiota para no reconocer que las películas de acción protagonizadas por mujeres son un fenómeno reciente y excepcional. Sus ejemplos son casi todos del siglo XXI; en tiempos pasados eran mucho más esporádicos y el hecho de que puedan recordarlos me parece más bien la marca de lo notables que son. A lo mucho, ahora sucede que los personajes femeninos y masculinos se necesitan y socorren mutuamente, siendo raro (si es que existe) el caso en el que una heroína salve a un hombre desvalido que no ha hecho más que esperar en lo alto de la torre a que vengan por él (que tampoco creo que sea lo que nadie esté esperando).



Con todo, hay algunos ejemplos por ahí que son perfectamente legítimos, y las personas que respondieron en Twitter hicieron muchos ajustes de criterio para negarlo, con tal de apegarse a la narrativa de que no, no y no, no existen heroínas verdaderas en esta cultura machista. Eso tampoco me parece razonable. Sarah Connor en The Terminator es la damisela en peligro, pero en Judgement Day es una guerrera. Es cierto que los protagonistas son John y el T-800, y no vamos a negar que Arnie es el colmo de la masculinidad ochentera; pero eso de que el T-1000 es un personaje que representa lo femenino porque es líquido es no más buscarle tres pies al gato.

A Ripley no le hacen caso los machos idiotas, pero ésa es la idea de la película, dejarlos a ellos como idiotas para hacerla resaltar como la heroína. Y todo el punto de la historia de Juana de Arco (supongo que se refieren a la versión de Luc Besson) es que ella sobresale y se convierte en líder y figura de admiración en un mundo controlado por machos (que finalmente acaba destruyéndola). No es lo mismo una historia que retrata una sociedad machista que una obra que pretende divulgar valores machistas. En muchas ocasiones está tratando de denunciarlo o de hacer más heroica a la heroína por tener que superar los obstáculos de vivir inmersa en un ambiente así.

Finalmente, no veo por qué el que la motivación de una heroína sea el amor le quite legitimidad: en un inmenso número de casos es la motivación del héroe masculino.

Para abordar el tema de las mujeres en las películas de acción tenemos que empezar por reconocer que no es tan simple como parece a simple vista. Primero debemos recordar que lo importante no es sólo a nivel particular, de si esta obra tiene personajes femeninos así y asá, sino más bien a nivel colectivo, de cuán común es que se repitan tales o cuales patrones. Unos pocos contraejemplos no niegan tendencias generales, y por cada Ellen Ripley o Sarah Connor hay decenas de James Bond, John Rambo, Jason Bourne y similares.

Para propósitos de esta entrada voy a ignorar series de TV, cómics y videojuegos, por falta de espacio y porque son medios distintos al cine. En cambio, seré laxo con los géneros cinematográficos; ya que se proveyó de ejemplos que vienen de películas que estrictamente no califican como acción, voy a seguirles la corriente. Eso sí, el requisito será que estos personajes femeninos sean heroínas que recurran a la violencia física para combatir a sus enemigos.

Al analizar a un personaje femenino podemos fijarnos en cómo está construido, es decir, en sus características (si es tonta o lista, débil o fuerte, frívola o profunda, si cumple o subvierte los estereotipos de belleza, etc.) o en el papel que juega en la historia (si es protagonista, coprotagonista, secundaria, incidental, etc.). Podemos tener a un personaje femenino que sea irreprochable, una verdadera heroína fuerte y valerosa, una líder sabia que inspire a sus seguidores, o una científica eminente y esforzada, pero que sólo ocupen un lugar secundario en la narración. Es decir, puede ser que nuestro personaje sea una amazona, la presidenta de los Estados Unidos o la emperatriz del universo, pero que en la historia sólo tenga la función de ayudar al héroe masculino a cumplir con su misión.



La Princesa Leia de Star Wars, por ejemplo, es un gran personaje: fuerte, valiente, astuta, compasiva, una de las principales líderes de la rebelión, que en el último acto de la trilogía está de guerrillera dando y recibiendo disparos en medio de la selva para derribar a una dictadura fascista. Incluso cuando es humillada y cosificada por Jabba, ella misma se libera y mata a su captor. Wow. Pero con todo, el protagonista de esta saga es Luke, no ella, que además es la única mujer, aparte de la tía Berú y Mon Mothma, personajes menos que secundarios y con las cuales por cierto nunca habla, y claro, en varias ocasiones tiene que ser rescatada por los hombres.

En la trilogía de precuelas hay más personajes femeninos y más interacción entre ellos. Padmé es también un gran personaje (excepto en Episodio III, en el que lo único que hace es llorar por su macho), pero Anakin es el protagonista, e incluso Obi-Wan tiene más reflectores apuntándole. Y justo cuando la cosa cambia en la nueva trilogía con Rey, que es una chingona y es la protagonista (cuando llegan Han y Finn a rescatarla, ella ya se había rescatado solita), la nerdiza reacciona diciendo que es un personaje inverosímil por estar haciendo las mismas cosas inverosímiles que los protas masculinos han estado haciendo inverosímilmente a lo largo de seis películas.



Ellen Ripley, de la serie de Alien, es otro asunto. Ella tiene un arco que se expande por dos películas (en mi mente, las demás nunca ocurrieron), en el que pasa de ser una sobreviviente asustada (aunque nunca débil ni cobarde) hasta convertirse en toda una guerrera. Es cierto que en la primera película sólo logra salvar al gato, pero si tenemos en cuenta que se estaba enfrentando sin armas a un PUTO ALIEN, tendrán que admitir que no es poca cosa. En la segunda, ella es sin lugar a dudas la heroína, y hasta salva la vida al chico guapo y rudo. De hecho, podría clavarme con cómo Aliens es un duelo entre dos “mamás luchonas”: Ripley, que encuentra e Newt un substituto para su hija perdida años antes, y la reina alien, quien pelea para proteger y después vengar a sus horribles vástagos.

Sin embargo, Ripley es una excepción, en un par de películas excepcionales (sobre todo en una época en la que el cine de acción estaba dominado por los Arnolds y Sylverters). Como Ripley, hay un puñado de heroínas que son realmente las protagonistas de su historia. Mulán me parece otro ejemplo legítimo: es la protagonista, crece como personaje, es inteligente, valerosa y hábil y en efecto salva no sólo al guapo, sino al Emperador y a toda China. Llegamos al presente con Katniss, de Los Juegos del Hambre, otro ejemplo legítimo de heroína de acción, protagonista de su propia historia, que se desarrolla como personaje multidimensional y que salva a chicos y chicas por igual (y eso, sin ser la Elegida, ni nada por el estilo: es la hija de un minero). Me vienen algunos otros ejemplos a la mente -Tomb Raider, Underworld, Divergent- que siguen siendo un puñado, pero confío en que se irán haciendo más frecuentes.

Furiosa, en Mad Max no es la protagonista, aunque bien que se roba la película. En una historia en la que Max tenía que ser el héroe porque su nombre está en el título, no dejó de sobresalir ese  personaje interpretado por Chalize Theron. Ultimadamente Max termina salvándola (le da de su sangre), pero a lo largo de la historia, Furiosa es más bien su aliada y no una damisela que necesite ser rescatada. La película ha sido elogiada como una épica feminista, y aunque ciertamente no es muy radical, sí tiene un subtexto súper interesante en el que una sororidad de guerreras (con un par de aliados masculinos) se opone a una sociedad hiperpatriarcal que cosifica a las mujeres y convierte a los varones en carne de cañón.



Lo cierto es que hablando de las mujeres en la cultura pop, hay muchos puntos intermedios entre la misoginia deliberada y reivindicación feminista, pasando por el androcentrismo inconsciente. A lo largo de toda la historia de la narrativa ha habido muchísimos arquetipos, estereotipos, tropos y clichés relacionados con el género, que hoy podemos encontrar en la cultura pop y en particular el cine. La damisela en peligro es uno de los más antiguos y frecuentes, pero no el único, y en las últimas décadas han surgido otros nuevos. También hay que tener en cuenta que un mismo personaje puede ser difícil de clasificar en alguno de los estereotipos, lo cual es señal de que estamos ante una obra un poco más rica de lo usual.

Por ejemplo, Éowyn, de El Señor de los Anillos es una típica doncella guerrera, que disfrazada de hombre parte al campo de batalla como un soldado más. Es un arquetipo muy viejo, presente en diversas leyendas y mitos. A diferencia de la amazona, que basa su identidad en ser guerrera de por vida, la doncella sólo lo es por una temporada, y una vez que concluye su misión, si no muere en combate, regresa a casa y reasume su rol tradicional de mujer. Tolkien no estaba creando a un personaje femenino extraordinario, sólo echando mano de un arquetipo tan viejo como la poesía épica. En lo personal no le pongo peros al personaje de Éowyn: es fuerte, valiente, heroica y, carajo, vence a Rey Brujo de Angmar (“I am no man!”). Pero, de nuevo, está muy lejos de ser la protagonista, y de hecho es la única de tres mujeres (Galadriel y Arwen son las otras) que tienen alguna participación más o menos relevante en una trilogía de 10 horas (y eso que en la película se esfuerzan por darle agencia a Arwen, que en los libros hace poco más que ser bonita). De todos modos, quizá no hacemos bien en esperar mucho más de una saga basada en unos libros que escribió un católico devoto en la década de los 50 inspirándose en la tradición épica de la Europa medieval.

Volviendo a Aliens, hay un estereotipo que surge de allí: la Vásquez, haciendo referencia a la infante de marina del mismo nombre. Ésta es siempre una mujer de aspecto andrógino, por lo general una soldado u oficial de policía, usualmente negra o latina (y a menudo interpretada por Michelle Rodriguez). Nunca es la mujer principal de la historia, quien no suele ser una guerrera tan experimentada pero sí tener un aspecto más femenino (Sigourney Weaver no cumplía mucho con el estereotipo de feminidad de la época, pero definitivamente estaba más cerca que Vásquez). Lo más importante: Vásquez casi siempre muere, dejando el campo libre para la otra, ya sea protagonista de la historia o, más frecuentemente, el interés romántico del héroe.



¿Qué nos quiere decir este estereotipo? ¿Acaso es que la cultura contemporánea dicta que las mujeres poco femeninas deben morir? No creo que sea algo tan simplón, sobre todo porque la Vásquez por lo general es presentada como un personaje simpático, en definitiva del lado de “los buenos”, por quien se supone que el público se conmueva si muere. Quizá tiene sentido dado que un personaje así es más propensa a ponerse en situaciones de peligro y sacrificarse por los demás. Quizá es que en general los personajes más acordes a los ideales de belleza son los protagonistas y por tanto los que sobreviven al final. Quizá porque matar a un personaje competente y capaz aumenta la tensión sobre nuestros héroes menos hábiles. Quizá es una mezcla de todo. Nunca debemos dejarnos llevar por la tentación de interpretar un producto cultural como A = 1, si puede haber otras explicaciones alternativas igualmente plausibles.

Otro estereotipo moderno es la Trinity, haciendo referencia a la heroína de The Matrix. Como su epónimo, este personaje sería extraordinariamente chingona en todo, desde repartir karatazos hasta hackear las computadoras de Dios. También es muy hermosa y sensual, por supuesto, aunque su cuerpo de modelo no parezca el más apto para derribar a gorilones de dos veces su tamaño (en The Matrix supongo que no importa, porque era una simulación y lo que contaba eran los poderes mentales y wara wara). Pero, y esto es lo importante, nunca es la protagonista. El héroe de la película es un hombre, y aunque al principio parezca medio pendejo y necesite de la Trinity para que le explique qué pasa y lo entrene (puede ser que en un principio ella hasta lo vea con desdén), finalmente el güey será el Elegido para salvar al universo o lo que sea, superando por mucho a la heroína y, OBVIO, ganándose su corazón. La Trinity puede ser un personaje súper chingón, siempre y cuando no sea más chingona que nuestro héroe.



A esto me refería con que estos estereotipos pueden ser androcéntricos sin ser necesariamente misóginos: no es tanto que pretenda ser despectivo con las mujeres como que privilegie los puntos de vista e intereses de los hombres. No creo que ni The Matrix, ni ninguna otra obra que tenga una Trinity o alguno de los otros estereotipos mencionados sea particularmente sexista. Como ya he dicho antes, me parece completamente válido que un autor escriba desde su punto de vista y según sus intereses como varón. Lo que detecto y lamento en estas tendencias es que haya habido tan poco espacio para experimentar con otras formas de construir personajes femeninos y explorar sus perspectivas.

Estos fueron sólo algunos ejemplos de cómo pueden ser tratadas las mujeres en las películas de acción: no solamente damiselas en peligro, pero tampoco heroínas que rescaten al caballero en apuros. Hay muchos otros y el propósito de esta entrada ha sido mostrar su diversidad para que vean que la cosa siempre es más compleja de lo que parece. Pueden seguir ampliando sus perspectivas en la siempre recomendada TV Tropes.


Es necio y deshonesto negar que haya un sesgo sexista generalizado en la construcción de personajes femeninos en las películas de acción y en la cultura pop. Pero tampoco podemos negar que sí ha habido una evolución, y tampoco ayuda insistir en una narrativa según la cual todo es horrible y nada mejora. Sigamos prestando un ojo crítico a los productos culturales comerciales, atendiendo a sus complejidades, que ultimadamente así nos comprendemos mejor como la sociedad que los crea y consume.

Publicado originalmente en Antes de Eva

viernes, 3 de marzo de 2017

1984: Las pequeñas distopías cotidianas



Mil novecientos ochenta y cuatro, la clásica  novela distópica de George Orwell (1903-1950) alerta sobre la posibilidad de un totalitarismo perfecto, que se presenta no sólo en la forma de un gobierno autoritario y déspota, sino de una fuerza invasiva que vigila las vidas y controla los pensamientos de sus gobernados a través de la manipulación de los hechos y del lenguaje.

En 2013 las revelaciones de Edward Snowden sobre el vasto sistema de vigilancia tecnológica de la NSA estadounidense provocaron un auge en las ventas de la obra de Orwell. La relación entre estos hechos y el Gran Hermano omnisciente de la novela eran más que obvias. Recientemente, con el ascenso de Donald Trump a la presidencia de los EUA y el afán tanto suyo como de su gente para mentir descaradamente sobre asuntos fácilmente comprobables, y en especial la acuñación de la frase “hechos alternativos”, ha provocado una nueva alza en las ventas de Mil novecientos ochenta y cuatro. Parecería que vivimos tiempos orwellianos.

La tarde de ayer tuve el inmenso gusto de participar en una mesa de discusión sobre la novela de Orwell y sus reflejos en el mundo contemporáneo. La pregunta que guiaba la conversación fue “¿qué tan cerca estamos de llegar a ese mundo distópico?”. Mi postura, y creo que en general mis distinguidos compañeros y yo estuvimos de acuerdo, es que no vamos para allá. De hecho, yo no creo que un mundo como el descrito por Orwell sea siquiera posible. Pero ése no es el punto. No hace falta que nuestras sociedades sean distopías perfectas para encontrar en ellas ecos de aquella obra.

Orwell, que además de narrador fue reportero, ensayista y combatiente, era un agudo observador de la realidad social y un pensador político lúcido en un mundo de fanatismo, histeria y ceguera voluntaria. Construye su distopía sumando aspectos presentes e históricos del mundo real. Podemos seguir el proceso inverso y encontrar rasgos orwellianos en múltiples facetas de nuestra vida social y política. La inspiración principal del autor inglés era el estalinismo -la pesadilla en la que la promesa utópica del comunismo se había convertido-, pero también la experiencia del apenas recién derrotado nazifascismo, y en general la lógica del poder político, que siempre lleva intrínseca la tentación totalitaria.



Para hacer este ejercicio retomé unos pasajes centrales de la novela, un supuesto panfleto atribuido a Emmanuel Goldstein, enemigo jurado del régimen totalitario que gobierna el superestado de Oceanía. Se titula Teoría y práctica del colectivismo oligárquico, y nuestro protagonista Winston Smith lee dos capítulos del mismo. El texto es a la vez creación literaria de ciencia ficción y una inteligente pieza de teoría política, que explica la lógica y los propósitos del IngSoc, la ideología totalitaria rige al gobierno de Oceanía. El objetivo principal del régimen era mantener una sociedad jerárquica con una clase dominante que se perpetuara en el poder. ¿Cómo hacer esto, en un siglo en el que el progreso técnico auguraba el final, sino de toda la desigualdad, sí por lo menos de la miseria y las carencias?

Si todos por igual disfrutaran de tiempo libre y seguridad, una gran cantidad de seres humanos que viven aletargados por la pobreza adquirirían conocimientos, aprenderían a pensar por sí mismos; y cuando hicieran eso, tales personas comprenderían, tarde o temprano, que la minoría privilegiada no sirve para nada y se rebelarían para acabar con ella. A la larga, una sociedad jerarquizada sólo es posible con una base de miseria e ignorancia.
Hacia mediados del siglo pasado la tendencia parecía apuntar hacia una reducción entre la desigualdad y a un crecimiento general de las clases medias en el mundo occidental. El avance científico y tecnológico liberaría a los seres humanos de las cargas más pesadas, de los trabajos más alienantes, y facilitarían el acceso de todos a las necesidades básicas. La profecía no se cumplió. En el mundo contemporáneo somos testigos de una desigualdad económica que alcanza niveles brutales: el 1% de la población posee el 40% de la riqueza. El sistema socioeconómico en el que vivimos produce abundancia, sí, pero funciona para concentrarla en pocas manos.

El sistema totalitario imaginado por Orwell encuentra la solución al problema de la abundancia en la guerra, que permite el continuo funcionamiento de la maquinaria industrial, pero que destruye sus productos constantemente, de forma que el trabajo de personas y máquinas no genere una riqueza que beneficie a la mayoría de la población.

La función esencial de la guerra es la destrucción, no necesariamente de vida humanas, sino del producto de la mano de obra humana. La guerra es un medio para hacer pedazos, lanzar al espacio o hundir en las profundidades del mar los materiales que, de lo contrario, podrían usarse para hacer que los pueblos fueran demasiado prósperos y, en consecuencia, demasiado inteligentes […] Se entiende que la guerra no sólo consigue la destrucción necesaria, sino que lo consigue de un modo psicológicamente aceptable.
El estado de guerra constante permite a los gobiernos mantener controles excepcionales sobre la población. Con la excusa de la guerra contra el terrorismo, el gobierno de George W. Bush, y posteriormente el de Barack Obama, expandieron un sistema de vigilancia hasta niveles inéditos, mismo que ahora está en manos de Donald Trump. En una versión a menor escala, la guerra contra el Narcotráfico iniciada por Calderón y continuada por Peña Nieto, desvía recursos para mantener en la ilegalidad algo que ni siquiera debería estar prohibido, a la vez que sirve como excusa para mantener un estado de excepción y de permanente presencia militar en los espacios civiles.



No es que las amenazas del terrorismo y el crimen organizado no sean reales, es que los gobiernos las usan como excusa para afianzar el control sobre las poblaciones, a la vez que destinan cuantiosos recursos que podrían ser usados para mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos. Discursos patrioteros se enarbolan para hacer de esta lucha algo aceptable. Quien no apoya a “nuestras heroicas fuerzas armadas” es un mal patriota.

Fuera de los prisioneros de guerra, el ciudadano común de Oceanía no ha puesto jamás los ojos en un ciudadano de Eurasia o Estasia, y tiene prohibido aprender un idioma extranjero. Si le permitieran tener contacto con un extranjero, descubriría que es un ser humano igual que él y no un monstruo del que le han contado mentiras. De ese modo, se destrozaría el mundo sellado en el que vive y podría desaparecer el odio, el temor y la petulancia de los que depende su estado de ánimo.
Exacerbar el miedo al otro, al extranjero, al inmigrante, al miembro de una minoría étnica, religiosa o sexual, es una característica típica de todos los regímenes autoritarios independientemente del color que adopten, pues redirige las pasiones en contra de un enemigo fácilmente identificable. La demagogia de derechas, cuyo auge estamos atestiguando alrededor del mundo acusa a “los otros” de los males que aquejan al “pueblo verdadero” y promete proteger al mundo de estos peligros. Lo curioso es que esas actitudes tienen más éxito en las zonas en las que se tiene menor contacto con esos extraños enemigos. No es en las ciudades cosmopolitas, en las que se ven rostros de todos los colores y se escuchan lenguas de todos los acentos, sino en los pueblos pequeños del interior de los países en donde se cuentan historias de horror sobre cómo los extranjeros están destruyendo a la madre patria y violentando a los verdaderos hijos de la nación.



Orwell expone brevemente un esquema que corresponde con una visión dialéctica de la historia, en la que revoluciones y guerras entre las clases Alta, Media y Baja sólo han traído el cambio de amos, pero nunca el fin de las jerarquías, mientras que la clase Baja ha sido usada como carne de cañón y, aunque la lucha se hiciera en su nombre, nunca ha llegado a ver sus necesidades realizadas. Esto hemos podido verlo en las muchas revoluciones armadas que terminan convirtiéndose en tiranías, desde la Inglaterra de Cromwell y la Francia de Robespierre hasta la Rusia bolchevique y la China de Mao. El sistema totalitario IngSoc tiene el propósito consciente de acabar con ese ciclo y establecer de una vez por todas una clase dominante que permanezca en su lugar para siempre.

El conocido péndulo iba a regresar una vez más y después a detenerse. Como de costumbre, la clase Alta había de ser derrocada por la clase Media, que después se convertiría en la clase Alta; pero esta vez, mediante una estrategia consciente, la clase Alta sería capaz de mantener su posición de manera permanente.
Las distopías juveniles modernas, como Los juegos del hambre o incluso una clásica como Farenheit 451, dejan cierto espacio a la esperanza y el heroísmo, pero Orwell tiene en mente la distopía perfecta, una en la que no cabe esperanza de cambio o evolución, una en la que el fin de la historia de hecho se logra para alcanzar un estado perenne de opresión y escasez. Esto es porque su totalitarismo no consiste en que un grupo específico de personas tenga el poder; no hay un tirano al que matar, un ejército al que derrotar en combate, o una camarilla a la que destruir. IngSoc es más que un partido político o una oligarquía; es un sistema de vida y de pensamiento.

La esencia del dominio oligárquico no es la herencia de padres a hijos, sino la persistencia de cierta visión del mundo y cierto modo de vida, impuestos por los muertos sobre los vivos. Un grupo dominante se mantiene como tal mientras pueda nombrar a sus sucesores. Al Partido no le interesa perpetuar su sangre, sino perpetuarse a sí mismo. No es importante quién ejerce el poder, siempre y cuando la estructura jerárquica se mantenga igual.
Los dictadores tarde o temprano mueren. Los sistemas, no tan fácilmente. Un partido puede perpetuarse en el poder porque no depende del liderazgo de una sola persona (aun cuando existan figuras señeras); lo importante es el que el sistema jerárquico se mantenga igual. El partido absorbe a las distintas instituciones sociales (sindicatos, colegios, think tanks) que podrían convertirse en poderes competidores; le da un lugar a los ambiciosos y talentosos para que puedan hacerse de privilegios pero en posiciones en las que nunca podrían cambiar al sistema mismo; y coopta, elimina o neutraliza a líderes sociales e intelectuales que pueden volverse incómodos. Pues es justo así cómo el PRI pudo mantener la hegemonía en México a lo largo de tantas décadas, y la sigue manteniendo en muchos lugares del país.



Orwell también pone especial cuidado en describir el dominio psicológico que el sistema tiene sobre sus gobernados. Los términos están construidos en la ficticia Neolengua, pero en realidad describen características comunes de la mente humana, sesgos que nos ponemos más o menos conscientemente para apagar nuestro pensamiento crítico y así convertirnos fieles seguidores del dogma que hayamos escogido o que alguien más haya escogido para nosotros. Estos rasgos psicológicos pueden encontrarse tanto en los conservadores que defienden el statu quo, como en personas que se creen disidentes y transgresoras, pero que en realidad son también incondicionales y acríticos devotos de sus propios dogmas.

Evitardelito significa la facultad de pararse en seco, como por instinto, en el umbral de un pensamiento peligroso. Incluye la fuerza para no comprender las analogías, para dejar de percibir los errores lógicos, para malinterpretar los razonamientos más sencillos si son contrarios al IngSoc, y para sentir fastidio o aversión ante cualquier serie de ideas que puedan conducir en una dirección desleal. En resumen, evitardelito significa estupidez protectora.
Negroblanco significa la buena voluntad de fidelidad para decir que negro es balnco cuando el Partido lo exige así. Pero también ignifica la capacidad para creer que lo negro es blanco y, además,  saber que lo negro es blanco y olvidar que uno siempre ha creído lo contrario.
Doblepensar significa la fuerza para mantener dos creencias contradictorias en la mente de uno, al mismo tiempo, y aceptarlas ambas. […] Mediante cada nuevo acto de doblepensar uno borra el conocimiento; y así se continúa eternamente, con la mentira siempre un paso delante de la verdad. A fin de cuentas, es por medio del doblepensar que el Partido ha podido –y hasta donde sabemos, podrá hacerlo durante mil años- detener el curso de la historia.
Insisto, no es necesario vivir en un régimen totalitario como el estalinista; en una sociedad polarizada en la que cada quien se comporta como miembro leal a una tribu ideológica y considera a todos los miembros de la otra tribu como enemigos apenas humanos, nos entregamos voluntariamente a versiones menores del Gran Hermano.



Un tema fundamental de Mil novecientos ochenta y cuatro es la importancia de la verdad. “Libertad es la libertad de decir que dos más dos son cuatro”, escribe Winston Smith en su diario. El mismo Orwell dijo famosamente “En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario”. El reconocimiento de que existen hechos objetivos independientes de la voluntad humana, a los que incluso el poder no puede cambiar por más que pueda mentir y falsear la información al respecto, es un asidero indispensable para la libertad humana. Si caemos en la ilusión de que la realidad no existe en sí misma, sino que sólo existe lo que se dice de ella, hacemos posible que el poder se convierta en omnipotencia.

La mutabilidad del pasado es el principio fundamental del IngSoc. Se aduce que los eventos del pasado no tienen una existencia objetiva, sino sólo sobreviven en los registros escritos y en las memorias de las personas. Y como el Partido tiene un control absoluto de todos los regristros y también controla por completo las ideas de sus afiliados, es lógico que el pasado sea cualquier cosa que el Partido decida que sea.
La mentira siempre ha existido. Algunos famosos textos falsos han sido políticamente influyentes, desde la Carta del Preste Juan hasta Los protocolos de los Sabios de Sión (y este último tiene todavía quien se lo crea). Todos los políticos mienten y han mentido siempre, en mayor o menor medida. Lo que es inaudito del gobierno de Donald Trump es su voluntad para decir lo obviamente falso, lo fácilmente refutable, y encontrar un público amplio que le cree. Ya sea que invente ataques terroristas que no ocurrieron o diga que cuando habló el día de su inauguración las nubes se apartaron para que el sol iluminara su rostro, Trump miente todo el tiempo. Lo más aterrador es que sus seguidores le creerán, aunque se les presente con la información verdadera y con datos fríos y objetivos: su respuesta es que toda información contraria a su visión del mundo es parte de un complot de los enemigos de su glorioso líder.



Estos son sólo algunos ejemplos de nuestras pequeñas y grandes distopías cotidianas. Podría haber abundado en el inmenso aparato de espionaje tecnológico que Obama le heredó a Trump, y me faltó tratar de la manipulación del pensamiento a través de la alteración deliberada del lenguaje en lo que se conoce como Neolengua, pero creo que ya nos prolongamos demasiado (y eso último da para tooodo un tema).


Mientras tanto, aquí estamos y ante nosotros está la opción de defender y transmitir la verdad, como nos alentaba Orwell a hacerlo; la verdad que existe en sí misma, digan lo que digan todos los ideólogos, todos los propagandistas, todos los defensores de “hechos alternativos” y teorías conspiratorias. Aquí estamos, dispuestos a resistir las distopías en las que estamos atrapados. En palabras de Winston y Julia, “nosotros somos los muertos”.

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