jueves, 29 de marzo de 2018

Los talibanes de América. Parte II




En mi entrada anterior hice un breve esbozo de la historia del evangelismo en los Estados Unidos, de su evolución desde ser un movimiento espiritual que buscaba aliviar el sufrimiento de las personas en la tierra, a uno que se fue caracterizando por posturas retrógradas y un coqueteo peligroso con el poder. Ahora pasemos a hablar de estos talibanes en nuestras tierras, nuestra América Latina.

En nuestro continente la institución religiosa con más poder e influencia ha sido durante siglos la Iglesia Católica, sobre todo gracias al celo de la monarquía española. Al mismo tiempo que Lutero estaba rompiendo el poderío del Vaticano en Europa, España se convertía en el gran bastión del catolicismo y estaba dispuesta a hacer lo mismo de las nuevas tierras que conquistaba a sangre y fuego. Cuando en el siglo XIX nos sacudimos el yugo de España, todavía no nos quitamos el de Roma.

Sin embargo, desde finales del siglo XX, las religiones protestantes han ido creciendo en número de adeptos, como The Economist ha reportado: desde la década de los 70 han pasado de ser aproximadamente el 8% de la población a ser alrededor del 20%, y en países de Centroamérica han llegado al 40%. Esto ha resultado en una fragmentación del monopolio católico sobre la fe de los latinoamericanos.

América Latina está experimentando actualmente el mismo proceso regresivo que el resto del mundo, un giro hacia la derecha populista y autoritaria, producto de una desconfianza hacia las instituciones políticas tradicionales (sobre todo los partidos). Esto es en gran parte una reacción a la crisis económica y la profundización de la desigualdad en las últimas décadas. Pero también, en el caso particular de AL, a los experimentos fallidos de la izquierda, que han terminado en escándalos de corrupción o de plano desastres absolutos como en Venezuela. Las democracias latinoamericanas son especialmente frágiles, principalmente porque para empezar nunca han sido plenas.



¿Qué tiene que ver el avance de las iglesias evangélicas con todo esto? No se les debe confundir con la derecha fascistoide y los neonazis, pero parte central del discurso que los evangélicos han impulsado, basado en la intolerancia contra ciertos grupos, es compartido por aquéllos. 

El mismo proceso que hemos visto en Estados Unidos se repite en América Latina, con las élites de las iglesias evangélicas formando alianzas con las clases poderosas. En un ambiente de desencanto con la realidad política y la fragmentación social producto de décadas de individualismo salvaje, la fe religiosa puede actuar tanto como respuesta a quienes están en busca de una identidad como para quienes requieren de una estructura ideológica bien definida que se traduzca en acción política. 

Algunos credos, reporta El Confidencial recogen el temor económico de los feligreses para transformarlos en promesas de prosperidad:

“En el giro conservador en América Latina, el neopentecostalismo es un factor importante, porque sus iglesias son corrientes de masa que recogen el sufrimiento de la población que no tiene salidas económicas. ‘Coge este coche, esta moto, este camión y colócalo en el altar. Sacrifícalo y, en breve, tendrás dinero para comprarte un Lamborghini. Si no quieres un Lamborghini, tendrás dinero para comprar lo que quieras’. En el pomposo Templo de Salomão de São Paulo, Rogério Formigoni, pastor evangélico de la Iglesia Universal del Reino de Deus, pide a sus fieles que donen su vehículo y vuelvan a casa a pie.”



De nuevo The Economist nos dice que:

“Los protestantes evangélicos son una fuerza emergente en muchos países, a la vez que ‘guerras culturales’ abren nuevos campos de batalla políticos. Esto aplica a Brasil, Guatemala y Perú, y es mal presagio para los derechos de las mujeres y los gays. La fragmentación política está creciendo, especialmente en Brasil y Colombia. Los viejos partidos se han convertido en cascarones vacíos, pero en muchos países aun no han sido reemplazados.”
Como ya habíamos visto en el caso de Estados Unidos, en tiempos pretéritos las iglesias evangélicas se mantenían al margen de la política mientras los partidos conservadores buscaban alianzas con el catolicismo. Pero hubo un punto en que los evangélicos decidieron romper ese aislamiento y entrar de lleno a la política, ya fuera aliado con los partidos derechistas existentes, o creando sus propias plataformas. Javier Corrales en el New York Times nos lo explica:

“Las iglesias evangélicas protestantes, que por estos días se encuentran en casi cualquier vecindario en América Latina, están transformando la política como ninguna otra fuerza. Le están dando a las causas conservadoras —en especial a los partidos políticos— un nuevo impulso y nuevos votantes.
El ascenso de los grupos evangélicos es políticamente inquietante porque están alimentando una nueva forma de populismo. A los partidos conservadores les están dando votantes que no pertenecen a la élite, lo cual es bueno para la democracia, pero estos electores suelen ser intransigentes en asuntos relacionados con la sexualidad, lo que genera polarización cultural. La inclusión intolerante, que constituye la fórmula populista clásica en América Latina, está siendo reinventada por los pastores protestantes.”
La fórmula del éxito es la ya probada en Gringolandia: las iglesias evangélicas traen los votos de sus feligreses; los políticos les ofrecen impulsar políticas que vayan de acuerdo con sus valores conservadores. Los políticos y los pastores obtienen puestos, poder, influencia y dinero. Los feligreses no obtienen nada, excepto que les aseguran que nuevas corrientes de pensamiento, los fantasmas del “marxismo cultural” y la “ideología de género” no van a destruir sus vidas porque hombres fuertes van a protegerlos. ¿De qué otra manera conseguirían que personas de clases muy jodidas votasen por partidos y candidatos que ofrecen políticas económicas que terminarán perjudicándolos a ellos? El opio del pueblo, señoras y señores.



Algo importante hay que recordar: las élites latinoamericanas fueron siempre cercanas a la Iglesia Católica. Las iglesias protestantes iniciaron como underdogs, movimientos minoritarios cuya feligresía se compuso principalmente por gente de clase trabajadora. Es precisamente ese sector de la población, que había sido olvidado y ninguneado por las élites, el que constituye la fuerza política del movimiento evangélico. Del mismo artículo del New York Times:

“Los grupos evangélicos están resolviendo la desventaja política más importante que los partidos de derecha tienen en América Latina: su falta de arrastre entre los votantes que no pertenecen a las élites. Tal como señaló el politólogo Ed Gibson, los partidos de derecha obtenían su electorado principal entre las clases sociales altas. Esto los hacía débiles electoralmente.
Los evangélicos están cambiando ese escenario. Están consiguiendo votantes entre gente de todas las clases sociales, pero principalmente entre los menos favorecidos. Están logrando convertir a los partidos de derecha en partidos del pueblo.”
Tanto el catolicismo como el evangelismo son denominaciones que incluyen a un número amplio de personas, con muy distintas posturas en el espectro ideológico, por lo cual no se puede generalizar sin caer en injusticias. Aquí estamos hablando de aquellos sectores más férreamente conservadores y en especial de sus dirigencias y jerarcas, los que están dispuestos a envenenar las germinales democracias latinoamericanas y a ir contra los valores de la modernidad y los derechos humanos básicos.

Si el catolicismo y el evangelismo habían sido rivales, pueden concertar alianzas cuando se trata de temas que les competen, en especial la paranoia sobre el feminismo y la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ, a los que meten en esa etiqueta quimérica llamada por ellos “ideología de género” (básicamente, cualquier postura progresista respecto a la sexualidad y el género).



En México podemos ver esta alianza en la conformación del Frente Nacional por la Familia, un movimiento político que se opone al matrimonio entre personas del mismo sexo y a la adopción por parte de parejas homosexuales, así como al aborto y a la educación sexual.

Como nos explica Antonio Salgado Borge:

“En los hechos, el FNF, organización integrada por muchos católicos, se ha distanciado cada vez más de la mayoría de católicos mexicanos que rechazan la discriminación o están a favor de una educación seria que incluya todos los temas que permitan el desarrollo intelectual de un ser humano. Para ser claros, son cada vez menos quienes suscriben este tipo de ideas y están dispuestos a marchar por ellas.
En esta ocasión, el contingente del FNF, todavía más reducido que en ocasiones anteriores, estuvo reforzado por personas afines a redes de iglesias en Latinoamérica que The Economist ha identificado como un peligro para los derechos y para la democracia en el continente.”
Por ello resulta preocupante para cualquier progresista mexicano la alianza entre Morena de Andrés Manuel López Obrador, que se supone de izquierda, con el partido más derechista del país, el Partido Encuentro Social, cuyas propuestas son contrarias al estado laico:

“i) El derecho humano a ser definido por su naturaleza y no por la cultura; ii) el reconocimiento del matrimonio como una institución fundamental de carácter social definida original, etimológica y naturalmente como la unión entre un hombre y una mujer para salvaguardar la perpetuidad de la especie humana; iii) el derecho de los padres a decidir sobre la educación de sus hijos conforme a sus convicciones éticas, de conciencia y de religión; iv) prohibir, con base en la laicidad del Estado, que la educación obligatoria desvirtúe la idea de matrimonio propuesta, y v) la obligación de proteger la vida desde la fecundación hasta el término de su ciclo natural.”
Si la alianza entre el derechista PAN con el izquierdista PRD se antojaba un descaro que ponía en evidencia la falta de congruencia ideológica entre ambos (los cascarones vacíos antes mencionados), la que se da entre el PES y Morena parece una aberración. Esto es, hasta que uno toma en cuenta que Amlo mismo es cristiano protestante.



El fenómeno de grupos evangélicos que apoyan el ascenso de la derecha populista se extiende por toda América Latina. En Brasil, por ejemplo, la bancada evangélica, compuesta por más de 90 miembros, tuvo un papel importante en la destitución de Dilma Rousseff. Recientemente, en Rio de Janeiro, fue electo un político evangélico y otros quieren seguir sus pasos. Éste es un país en el que los crímenes de odio contra los homosexuales han venido en aumento.

Sin embargo, el “Trump brasileiro” no es evangélico, sino católico, pero sus posturas son muy similares a las de los ultraderechistas protestantes. Se trata de Jair Bolsonaro, quien dedicó su voto a favor del impeachment a la memoria de un general de la dictadura, un infame torturador. El currículo de Bolsonaro es resumido en este artículo de El Universal: ex militar, defensor de la tortura y la pena de muerte, abiertamente racista, misógino y homofóbico. Claro, es un enemigo del estado laico que piensa que la política debe estar guiada por Dios. Se perfila como candidato para las elecciones de 2019 y es el segundo más popular.



En Colombia, con lemas como “Jesucristo es el único que puede traer la paz que tanto anhelamos”, los evangélicos (y también muchos católicos) hicieron campaña en contra del acuerdo de paz con las FARC, difundiendo absurdas noticias falsas acerca de cómo el acuerdo implicaba también permitir que los menores de edad se cambiaran de género sin permiso de sus padres (bulo que el FNF difundió también en México).

Colombia es uno de los países en los que más han crecido las iglesias evangélicas, a costa del catolicismo, cuya participación directa en la arena política había sido más discreta. Los pastores evangélicos no temen alzar la voz en materia de política, y en el caso de Colombia no faltaron los que abiertamente se pronunciaron en contra de Hillary Clinton (y, por ende, a favor de Trump). Aunque la elección estadounidense se trataba de un asunto ajeno a la política colombiana, tales expresiones dan cuenta de las simpatías de estos grupos religiosos.



En Costa Rica Fabricio Alvarado, un pastor evangélico, fue candidato a la presidencia del país; estuvo muy cerca de ganar las elecciones presidenciales en abril de 2018, tras pasar a segunda vuelta (al final fue derrotado). Alvarado, abanderado del partido Restauración Nacional, recibió un enorme impulso cuando la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos emitió un dictamen en favor del matrimonio igualitario en el país centroamericano.

Alvarado construyó su campaña en torno a la “defensa de la familia”; prometió revindicar los valores tradicionales de Costa Rica frente a las injerencias modernizadoras el organismo internacional, que impone con la “ideología de género” ideas “contrarias a la naturaleza humana”. Alvarado llegó hasta el punto de amenazar con retirar a Costa Rica de la CIDH. Su influencia entre el electorado de clase baja y poco acceso a la educación ha sido enorme.

En Perú el movimiento “Con mis hijos no te metas” llevó a la dimisión de una ministra de educación y a la reforma en la educación sexual que estaba tratando de implementar. Algo similar sucedió en Colombia.



Básicamente, la forma en la que estos grupos ultraconservadores obtienen votos para los partidos de derecha es agitando frente a sus feligreses el fantasma de la “ideología de género”; los aterrorizan con historias exageradas o falsas sobre el infierno que sobrevendría si se deja que el feminismo o la lucha pro LGBTQ gana terreno. El fenómeno ha sido recogido también por The Economist:

“Detrás de estos eventos yace una larga campaña por los conservadores en la Iglesia Católica contra el feminismo, desencadenada por la Convención de la ONU contra la Discriminación, de 1979. Esta campaña se ha extendido y ganado energía por la oposición al matrimonio gay y otros derechos, una causa que apela tanto a protestantes evangélicos como a católicos. ‘Esta gente trata de establecer un pánico moral y la idea de que la familia se está disolviendo, lo cual no tiene bases factuales’, dice Maxine Molyneux, socióloga de América Latina en el University College de Londres.”

Esa misma conspiranoia alimenta las fantasías de la derecha filonazi, que por el momento es marginal en América Latina (a diferencia de Europa y Estados Unidos, donde viene creciendo recio). De nuevo, no podemos llamar nazis a los evangélicos y católicos ultraconservadores, pero al legitimar el discurso de odio contra las personas LGTBQ y fomentar los temores paranoides sobre un apocalipsis social provocado por la “ideología de género”, tienen cierta responsabilidad al envalentonar a los sectores más radicales, que parten de esos mismos choros. 

No olvidemos que en la Marcha por la Familia, organizada por el FNF, los neonazis mexicanos hicieron su aparición. Ya comparten algunas las mismas causas y, ultimadamente, lo más probable es que, como sucedió en Estados Unidos con Trump, neonazis y fundamentalistas religiosos en América Latina terminen dando su respaldo a los mismos políticos.




Los no creyentes como yo tenemos motivos obvios para estar alarmados. Pero los creyentes moderados también deberían estarlo. En América Latina se presenta de nuevo el dilema del que el conservador Eric Sapp habló en The Christian Post: la búsqueda del poder por parte de los cristianos, católicos o evangélicos, es un pacto con el diablo.

Sí, obtendrán el respaldo político para reprimir a los homosexuales y a las feministas, pero ¿a cambio de qué? De otorgar el poder a políticos corruptos, autoritarios que erosionen la democracia, envalentonen a los grupos de odio más radicales y reviertan el avance a los derechos humanos. ¿Es de verdad tan importante la lucha contra la “ideología de género” que vale la pena dejar de lado la búsqueda de la paz, el alivio del sufrimiento terrenal, el combate a la pobreza, o el acceso a los servicios básicos?

Fui educado como católico y fui creyente hasta mis veintitantos. Aunque ahora ya no tengo creencias religiosas, conozco bien los Evangelios y otras partes de la Biblia (mejor que muchos creyentes, por lo que he visto). Recuerdo que en mi adolescencia leí con emoción las palabras de Jesús sobre amor universal, compasión por los débiles, reparto de los bienes entre los necesitados, perdón a los pecadores y aquello de “benditos los que tienen sed de justicia, porque será satisfecha”. No me parece que el mensaje de Cristo tenga algo que ver con tomar el poder por cualquier medio posible para convertirse en represores de los demás. ¿De verdad es ésa la lucha que quieren hacer en nombre de su fe?

"“Otra vez le llevó el Diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adoraras.” Mateo, 4: 8-9


FIN

1 comentario:

ldecaso dijo...

A mi también me preocupan estas coaliciones contra-natura. En México hay que entender el contexto. Del lado de la coalición PRD-PAN, la dirigencia del cascarón PRD no tenia nada que perder, es un partido ya de prescencia testimonial, con la salida de sus fundadores y peronajes históricos, infiltrado por el gobierno desde que el antiguo TRIFE le quitó la dirigencia a Alejandro Encinas entregandoselas a los chuchos. Es bastante deprimente ver que el aniversario de ese partido estuvo presidido por el impopular ex jefe de gobierno y el cadidato de la derecha panista, ningno de ellos militante. El lado de Morena con el PES tiene que ver con el pragmatismo. En el desigual sistema electoral mexicano, para ganar y ser reconocido, se necesita estructura electoral, gente que vote, cuide casillas etc. La pura nobleza ideológica no alcanza, como lo vimos en 2006. Morena compró el membrete del PES mucho mas caro de los 2 o 3 puntos porcentuales que vale, ṕara tener esa parte de votantes y estructura. Esa busqueda de estructura hace que haga alianzas con todo tipo de personajes. Ante la probable victoria del peje, habría que ver si hay retorno y se pueden sacudir a esa derechona. Haciendo un ejercicio de pensamiento deseoso, sabemos que el peje invoca mucho a Lázaro Cárdenas, quién llegó al poder por designio de Calles y sin estructura propia y que después pudo tejer sus propias alianzas para deshacerse de Calles y los callistas, veremos si a la larga AMLO se puede deshacer de la mocheria del PES aunque nos quedemos con su etraña mocheria moderada barnizada de juarismo.

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