miércoles, 26 de septiembre de 2018

Superman: 80 años del Hombre de Acero




En abril de este año se cumplieron 80 años de la publicación del histórico Action Comics #1, la revista de historietas en la que debutó Superman. Es motivo para celebrar. Superman fue el primer superhéroe de cómic propiamente dicho y un ícono cultural reconocible en todo el mundo. Pero, ¿quién es Superman y cómo llegó a ser?

Superman ha sido muchas cosas a lo largo del tiempo. Un vigilante en pos de la justicia social, una encarnación del statu quo estadounidense, un símbolo de tiempos ensoñadores más simples, o una metáfora de la cultura popular en su conjunto. Partamos desde un inicio.

En aquel ya octogenario número de Action Comics, los creadores Jerry Siegel y Joe Shuster nos presentan a Superman, textualmente, como un “campeón de los oprimidos”. ¿De qué hablan? En sus primeras apariciones, Superman no combatía robots gigantes, monstruos extraterrestres ni científicos locos. Él defendía a los débiles contra los poderosos: un hombre condenado injustamente a la silla eléctrica o una mujer apaleada por su marido. Castiga a los corruptos e intocables: una pandilla de gángsters y un cabildero que manipula a los políticos para favorecer a los fabricantes de armas.



Así, vemos que Superman nace de un anhelo por parte de quienes carecen de poder y son oprimidos por los que sí lo tienen; nace como una oportunidad para que aquéllos sublimen sus sentimientos de impotencia y su deseo de justicia, imaginando que un superhombre puede venir a deshacer estos males.

Superman nació en una época difícil. En 1938 la Gran Depresión no tenía ni una década de haber ocurrido, y los años 30 fueron la era dorada de la mafia. Tanto Siegel como Shuster eran hijos de inmigrantes judíos y les tocó vivir una era en la que el antisemitismo era común, incluso en el país que años más tarde se alzaría como vencedor de la Alemania nazi. Pero también era una sociedad en la que el progresismo de Franklin D. Roosevelt, y su abierta oposición al nazismo inspiraba confianza.

Desde la década de los 40 un Movimiento por la Tolerancia había surgido en los Estados Unidos como una defensa contra la ideología nazi, también en auge por aquellos días. Incluso después de la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial, muchas personas y organizaciones consideraban importante mantenerse en lucha contra las ideas racistas y xenófobas, para impedir que recuperaran terreno.

Así, en 1949 el ya espectacularmente popular Superman protagonizaba un póster en el que decía a un grupo de niños: “Y recuerden, chicos y chicas, su escuela –como nuestro país- está conformada por americanos de muchas diferentes razas, religiones y orígenes nacionales. Así que si ustedes escuchan a alguien hablar mal de algún compañero, o de cualquiera, por su religión, raza u origen, no lo duden: díganle que esa forma de hablar es anti-americana”.



No todo el mundo pensó así, sin embargo. El estilo de patriotismo tolerante de Superman y su visión de unos Estados Unidos diversos y multiculturales, fueron vistos con sospecha. Las organizaciones que impulsaban el Movimiento por la Tolerancia cayeron bajo la mirada de legisladores suspicaces, que veían toda expresión de progresismo como peligrosa propaganda comunista. El macartismo estaba a punto de empezar.

En 1954 el psiquiatra Fredric Wertham publicó su infame La corrupción del inocente, en la que usaba argumentos falaces para culpar a los cómics de todos los males de la sociedad. Una gran campaña contra las historietas fue lanzada en nombre de preservar los valores conservadores de una sociedad que vivía bajo el temor de la Guerra Fría. Para sobrevivir, los cómics se volvieron más infantiles, con historias repetitivas y francamente bobas. De ahí viene la mala fama de Superman y de los personajes de DC en general, como personajes infalibles y acartonados.

Con todo, la censura y autocensura obligó a los creativos a usar su imaginación. Aquella época podría ser muy campy, pero en retrospectiva se aprecia como algo completamente alocado que raya en lo surrealista. Superman enfrentaba a villanos de caricatura,  sufría por kryptonita de todos los colores del arcoíris y tenía que mantener a raya a una Lois Lane que nomás andaba todo el tiempo intentando casarse con él.



En la segunda mitad de los 60, la llegada de Marvel Comics y las creaciones de Stan Lee, Jack Kirby y Steve Ditko cambiaron el escenario y DC también tuvo que reformarse. La década de los 70 fue una de mucha experimentación, en la que Superman se topó con situaciones diversas y dilemas morales. En una entrada anterior, hablé de cómo unas historietas de Superman en los 70 lo muestran enfrentando problemas del mundo real, como el racismo y el maltrato a los migrantes.

Esa fue la misma década en la que apareció la película dirigida por Richard Donner y protagonizada por el inmortal Christopher Reeve, quien nos dio una de las versiones más emblemáticas de Superman (1978). El reparto, que incluía a actores consagrados de la talla de Marlon Brando y Gene Hackman, junto a nuevos talentos como Margot Kidder y Terence Stamp, y el tono épico, casi bíblico, de la cinta, marcó un estándar de lo que se podría esperar del cine de superhéroes y sin el que sería imposible imaginar el actual boom que se vive en nuestros días. Además, el Superman era al mismo tiempo más humano y más adulto que su contraparte de las historietas.

En conjunto, los cómics de aquella década y la película sentaron las bases de la renovación que vendría en los 80, que trajeron un rediseño total del Universo DC y de Superman. Sus poderes se hicieron más limitados y sus historias se volvieron más realistas y adultas. Esto fue gracias al trabajo de John Byrne en The Man of Steel (1986), la miniserie que dio inicio a esta nueva era. Durante las décadas siguientes, y hasta la fecha, escritores y artistas se han debatido entre las aproximaciones que serían adecuadas. ¿Con bases realistas o absolutamente fantástico? ¿Retro y nostálgico o innovador y revolucionario? ¿Más humano o más divino?



Pero desde su creación hay una constante. Los fans y autores estadounidenses a menudo insisten en que el Big Blue Boy Scout es la representación de lo que debería ser el sueño americano, un ideal que demasiado a menudo ha quedado en el olvido o utilizado como fachada cínica de intereses mezquinos. Pero como niño mexicano que ama Superman, yo siempre lo sentí como la encarnación de un ideal universal y cosmopolita.

Se ha vuelto lugar común menospreciar a Superman. Que si es demasiado poderoso, que si es aburrido o si es demasiado bonachón. Tales acusaciones por lo general están hechas por quienes no han leído a Superman en muchos años y no han entendido de qué va el personaje. Su bondad intrínseca no es un defecto, sino lo que marca su esencia, lo que lo hace tan indispensable en un mundo cínico y desesperanzado.

Los ochenta, en particular tras la obra de Alan Moore y Frank Miller, nos dejaron un gusto por superhéroes oscuros y atormentados. Eso está muy bien e incluso algunas de historias de Superman han llegado a ser bastante oscuras. Pero lo importante es que, si bien el escenario al que se enfrente nuestro héroe puede ser sombrío en extremo, él tiene que ser esa luz en la oscuridad.



La comparación de Superman con Batman, a menudo en detrimento del primero, es también ya un lugar común. Es cierto, Batman tiene algunas de las mejores historias que se han escrito para el noveno arte; incluso algunas de las que han influido directamente en el desarrollo y evolución del medio. Pero Superman no es Batman y no se puede esperar que lo sea. Si Batman es un agente de la justicia punitiva, el demonio que castiga y aterroriza a los pecadores, Superman es un símbolo de la esperanza, una deidad solar que protege e inspira.

Lo cierto es que Superman no cuenta con una bibliografía de clásicos tan impresionante como la de Batman. Es un personaje difícil de trabajar y pocos escritores lo han entendido bien a lo largo del tiempo. Las mejores historias de Superman no tratan de sus poderes, sino de su personalidad; son profundas, moralmente complejas y conmovedoras. Así lo han demostrado John Byrne en la ya mencionada El Hombre de Acero, así como Alan Moore en ¿Qué le pasó al Hombre del Mañana? (1986), Paul Dini en Superman: Paz en la Tierra (1998), Grant Morrison en All-Star Superman (2008) y Mark Landis en Superman: American Alien (2015), por mencionar sólo algunos títulos.



Además, a pesar de lo que diga el viejo cliché, Superman no es infalible. Se equivoca, duda, se tarda en actuar, siente dolor y miedo. Es cierto que es muy poderoso pero no es ello lo que lo define. Superman se ha enfrentado a seres mucho más poderosos que él, y ha seguido siendo heroico incluso cuando sus poderes se han visto reducidos o eliminados. La gran fortaleza de Superman es menos física que moral. Es decir, lo más importante de este personaje no son sus poderes, su traje, su origen extraterrestre o los villanos a los que enfrenta. Lo que lo hace ser Superman es que, ante todo, es un buen hombre.

A nivel personal, Superman me ha enseñado que hay que dar lo mejor de uno mismo; que cuando se tiene una habilidad especial no debe usarse para ponerse por encima de los otros, sino para beneficio de todos; que a veces te vas a estar muriendo de miedo, o de ira o de tristeza, pero no puede perder la entereza: tienes que levantarte y seguir peleando contra Doomsday.

Eso es lo importante: que Superman nos regala la esperanza de que el bien existe y puede triunfar. A pesar de las dificultades, a pesar de la oscuridad, a pesar de la asimetría de poder. Superman es un reflejo de lo mejor que hay en todos nosotros, la mejor versión de lo que podamos llegar a ser como humanidad.

Por eso, ahora que cumple 80 años de edad, le digo:

Felicidades, Superman,
y muchas gracias.


Publicado originalmente en Soma

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