lunes, 7 de noviembre de 2011

La Libertad guiando al pueblo árabe




Después del pasado 15 de Octubre, el protagonismo de los eventos revolucionarios que están transformando al mundo volvió a la región que les dio origen: el Mundo Árabe. Lo más trascendente, sin duda, ha sido la captura y muerte del depuesto dictador de LibiaMuammar Al Gaddafi, acaecida el 20 de octubre de este 2011, a manos de una turba iracunda de rebeldes. Se discuten aún versiones sobre su muerte, pues es evidente que el coronel fue capturado con vida y las circunstancias de su ejecución no son del todo claras, e incluso miembros del actual gobierno a cargo del Concejo Nacional de Transición han manifestado dudas al respecto [ver más aquí]. 

Yo no soy quien para condenar a muerte o perdonar a Gaddafi; ello corresponde exclusivamente al pueblo libio. Sin embargo, me permito opinar que habría sido significativo que se hubiese sometido a juicio al ex-dictador, para demostrar que en Libia ahora debe prevalecer el derecho, y no la ley del más fuerte como ocurrió durante la dictadura. El linchamiento del coronel da un mensaje totalmente opuesto. El cadáver de Gaddafi no se había enfriado cuando cientos de personas ya hacían cola para verlo en una macabra peregrinación [ver aquí].

La dictadura de Gaddafi ha caído, y es la tercera en lo que va del año. Ahora hay que pensar en una nueva Libia. ¿Qué destino le espera a este país? ¿Gobierno más o menos democrático, pero títere de Occidente? ¿República islámica? ¿Caos y guerras tribales? ¿O se cumplirán las expectativas de los que en un principio iniciaron el movimiento pacífico, en aquel 15 de febrero que ahora parece lejano, y Libia se convertirá en una democracia liberal moderna? 



Como sea, el 23 de Octubre, el Consejo Nacional de Transición declaró terminada la Guerra Civil y la Libia liberada, y conforme a lo acordado, el Primer Ministro Interino, Mahmoud Jibril, dejó el cargo para cederlo a Alí Tarhouini, tras quien fue nombrado Abdurrahim E-Kaib [ver más aquí y también aquí] Todos ellos son economistas y/o empresarios que simpatizan con Occidente, ninguno estuvo en las calles cuando empezaron las protestas y la represión violenta. Así, parece cumplirse uno de los peores temores de quienes veían en la insurrección libia la oportunidad de que se estableciera una verdadera democracia en ese país: las potencias occidentales han cooptado la revolución y la han encaminado hacia la dirección deseada por aquéllas.

Pero podría no ser tan fácil como esperan. En 2001 y en 2003 los Estados Unidos y sus aliados derrocaron mediante la violencia los respectivos regímenes de Afganistán e Irak. Nadie sensato niega que dichos regímenes eran tiránicos y brutales, como lo era el régimen de Gaddafi en Libia, pero la estrategia llevada a cabo por Occidente no rindió los frutos esperados: el terrorismo islámico se radicalizó, el sentimiento antiamericano en Oriente y Occidente se agudizó, y el ejército estadounidense se ha tenido que enfrentar a insurrecciones mucho más difíciles de aplacar de lo que esperaba.

Imponer mediante la fuerza un gobierno títere en una región con fuertes sentimientos antiimperialistas, y de esa manera defraudar el ideal democrático que en primer lugar originó la revuelta, podría llevar a prolongados conflictos violentos en Libia. Además, las viejas guerras tribales y el fundamentalismo islámico, que la mano dura de Gaddafi mantenían a raya, han empezado a dar signos de querer regresar con el relativo vacío de poder que ha dejado la caída del dictador [ver aquí].

No obstante, queda una esperanza. De entrada una democracia imperfecta es siempre preferible a una tiranía de cualquier color, pues en una democracia queda por lo menos una oportunidad de ir transformando las cosas. Más importante aún, Libia podría seguir el ejemplo de Egipto. La sociedad civil de clase media, principalmente jóvenes con estudios universitarios, inició la revolución en ese país. Ante esta amenaza, el aparato gubernamental decidió sacrificar al dictador Hosni Mubarak para mantenerse relativamente incólume, tras lo que aquellos mismos políticos y militares que había operado durante la dictadura se hicieron cargo del gobierno. Pero los jóvenes de ideales democráticos no tiraron la toalla y se han negado a que sus esfuerzos caigan en manos de militares oportunistas y políticos corruptos [ver aquí].



Pero también Egipto enfrenta el problema del extremismo islámico que, como en Libia, era mantenido a raya por la dictadura. Aunque, como apuntan todos los analistas de los diversos medios a los que sigo, el componente islámico estaba ausente de las insurrecciones populares (conformadas, reitero, principalmente por jóvenes de clase media con ideales democráticos y laicos), el vacío de poder ha permitido a los extremistas religiosos aprovecharse de la situación y ganar presencia, tanto en Egipto como en Libia y, en menor medida, en Túnez. 

Hemos visto antes esta situación: en la Revolución Iraní de 1979, en contra del Sah (un tirano apoyado por Occidente) participaron elementos muy heterogéneos, desde demócratas al estilo occidental hasta comunistas de corte marxista-leninista, pero al final fueron los extremistas islámicos los que se hicieron con el poder y eliminaron a toda oposición, incluyendo a los elementos que habían formado parte fundamental de la lucha. Hoy, Irán sigue siendo una cuasi teocracia islámica, en la que se vive sin libertad y en la que se violan sistemáticamente los derechos humanos. Pero este año, el régimen que fundara el Ayatolah se ha visto perturbado por el mismo espíritu libertario que llevó a la caída de las dictaduras en Túnez, Egipto y Libia [ver más aquí].  



Si los demócratas de Libia se niegan a aceptar la imposición de un gobierno títere, como los egipcios hoy se niegan a aceptar la continuidad del sistema que mantenía a Mubarak, ¿qué hará Occidente? ¿Se atreverá a avalar el uso de la fuerza por parte del nuevo gobierno libio? Si el extremismo islámico en estos países crece hasta convertirse en una fuerza política importante, ¿qué hará la OTAN? ¿Lo apoyará para asegurarse de un aliado, como lo es Arabia Saudita? ¿O, por el contrario, apoyará a un gobierno laico de mano dura para mantenerlo a raya, como lo hizo durante años con las dictaduras de Túnez y Egipto? En todo caso, ahora que vivimos en una comunidad cada vez más global y que cada individuo debe preocuparse no sólo por lo que ocurren en su país, sino por los que sucede en el mundo, creo que los ciudadanos de los países que intervinieron en Libia, es decir, Estados Unidos, Reino Unido y Francia, deberían presionar a sus gobiernos para terminar de una vez con dicha intervención.




Hace mucho que Occidente debería haber aprendido la lección: el Islam brinda identidad y cohesión a los pueblos árabes, y nunca un pueblo se siente tan necesitado de cohesión e identidad que cuando se ve atacado o sojuzgado por un enemigo externo, que además tiene una cultura y religión diferentes. Para controlar al extremismo islámico, Occidente optó por apoyar a autócratas laicos (los Sah de Irán y Saddam Hussein fueron de ellos, al igual que Ben Alí y Mubarak). Pero esto sólo provocó mayor descontento y resentimiento, la radicalización del islamismo y que, al caer dichos dictadores (con o sin beneplácito de Occidente), los sectores de la sociedad que eran reprimidos reemergieran con mayor violencia.

El panorama no es tan desesperanzador como podría parecer. De entre las diversas formas de islamismo político que han crecido desde los últimos meses en los países de la Primavera Árabe, muy probablemente el que se imponga será un islamismo moderado [ver aquí]. En las elecciones para integrar la Asamblea Constitucional de Túnez, llevadas a cabo el pasado 23 de octubre, el partido islamista moderado, Ennahda, resultó vencedor y se comprometió a la democratización del país [ver interesante entrevista aquí]. Ennahda viene a ser más o menos el equivalente islámico de los partidos demócratas cristianos que han existido en diferentes países de Occidente. Es decir, son ciertamente conservadores y ostentan ideales religiosos pero a la vez son democráticos y no son extremistas. Además, otros partidos tendrán presencia en la Asamblea Constitucional, por lo que se puede esperar un gobierno plural.

De hecho, Túnez, el país en el que se inició la Primavera Árabe y la Revolución Global que ahora vivimos, ha demostrado ser todo un ejemplo de transición democrática, en el que se ha encontrado un equilibrio entre la urgencia de cambio y la necesaria continuidad en algunos aspectos. A diferencia de Egipto, y sobre todo de Libia, la transición en Túnez se está dando de una manera pacífica y hasta tersa [ver aquí] y se convierte en el ejemplo que los países de la Primavera Árabe podrían seguir.



¿Y qué sigue? Tras la captura y ejecución de Gaddafi, el dictador de Siria, Bashar Al Assad, ordenó cese al fuego y ofreció negociar con los disidentes que se han manifestado en su contra desde enero del presente 2011, pero casi de inmediato reanudó la represión violenta contra los opositores a su régimen, y ahora los muertos ya se cuentan por los miles [leer aquí]. Por su parte, en Yemén, el dictador Ali Abdullah Saleh anunció el 8 de octubre que pronto dejará el cargo [ver aquí]. Después de la caída de Gaddafi, que hace unos meses parecía improbable, el fin para las dictaduras Al Assad y Saleh parece ser sólo cuestión de tiempo. Antes de que termine el año podríamos estar enumerando al cuarto y al quinto dictadores depuestos. ¿Y después? El tiempo lo dirá...

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