martes, 24 de julio de 2018

Lucy en el Cielo con Diamantes


Publicada originalmente en Memorias de Nómada



Ésta es una historia real. Le sucedió al amigo de un amigo. O tal vez no. O sí. Vaya usted a saber.

Corría el año 2008. O sea, a cuatro décadas de aquel mítico, funesto, romantizado y satanizado 1968, año medular de la era hippie, la contracultura, los movimientos estudiantiles revolucionarios y el estreno de tres de mis películas favoritas (2001: Odisea del espacio, El planeta de los simios y La noche de los muertos vivientes, por si tenían la curiosidad).

Como soy medio extravagante, me da por llenar las fechas con significados simbólicos y por honrar las efemérides, porque dice la Ley que “Santificarás las fiestas”. O sea, en ese cuadragésimo aniversario de 1968 quería ponerme bien hippie. Además, tenía un año desde que acabé la universidad, y al igual que todo joven que pasa por esas instituciones, acabé bien chairo.

Cris (llamémosla así, aunque no es su verdadero nombre, o tal vez sí) llegó a mi depa a la mitad de una nuevo capítulo de Lost (la serie ya andaba chafeando cada vez peor) con la noticia de que me había conseguido el LSD con el que tanto la había estado chingue y chingue. Había leído algunos textos sobre la psicodelia sesentera y la historia (y la ciencia) del LSD, así que tenía muchas ganas de probarlo, además de que quería que un personaje de uno de mis textos se diera un viaje de LSD y debía tener la experiencia para poderla describir adecuadamente. Todo sea por el arte.

Cris me dio algunas recomendaciones: que me mantuviera tranquilo, que buscara estímulos visuales y que recordara que, pase lo que pase, el efecto del LSD se va tarde o temprano. Que no iba a ver dinosaurios ni cosas raras. En fin, era justo lo que yo había leído. Me dio el papelito en una bolsita ziplock y se fue.

Primero me comí una esquinita, menos de un cuarto. No sentí nada. Me puse a trabajar en la compu. En el Messenger (no el de Facebook, sino el de MSN, figúrense) me topé con Cris y le dije que el ácido no me había hecho efecto. Me dijo que esperara y así lo hice, pero nada. Me exhortó a comerme una mitad y así lo hice. Nada. Me dijo que me lo comiera entero. Nada. Me dijo que fumara mota para conectarme. ¿No se me cruzaría? Nel, así funciona mejor. Va, lo hice. Todo tranquilo. Sentí el relax de la mois y apagué mi lap. Me di una ducha relajante, puse música y me eché en mi hamaca con intenciones de dormir rico. Estaba decepcionado de que el ácido no me hubiera hecho efecto.

De pronto me di cuenta de que llevaba ya varios minutos en la hamaca sin poder dormir, y que los pensamientos me daban vueltas frenéticos en la cabeza. El sueño se me había pasado. Abrí los ojos y en la oscuridad vi una serie de ondas de luces de colores tan hermosas que me dibujaron una sonrisa en el rostro. Ya estaba ácido.



Me levanté y seguí el consejo de Cris, buscar estímulos. Escuché mi colección de música psicodélica. Esta música está diseñada para estimular la imaginación y los sentidos, pero nunca la había disfrutado tanto como en mi viaje de ácido. Si cerraba los ojos veía ondas, líneas y puntos que se movían al compás de las rolas, o comenzaba a imaginar escenas surrealistas que podían o no tener que ver con la letra. El LSD no te hace ver cosas, pero sí potencia tu imaginación de tal manera que lo que dibujas en tu mente se siente my real.

Por momentos estaba eufórico. Quería saltar, gritar, aullar. Por momentos me relajaba y sólo quería escuchar música y comer bolis (debí haber comido como diez esa noche). Si trataba de dormir, comenzaba a temblar y no podía mantener cerrados los ojos: mi cuerpo me pedía que me levantara y me pusiera a hacer cosas. Extrañé mucho a la novia en esos momentos, quería compartir esa experiencia con ella. Me arrepentí de que nuestra primera vez no fuera juntos, aunque luego fe conveniente que, semanas después, cuando ella se me unió, tenía cierta ventaja y la pude guiar. También sentí deseos de estar con todos mis amigos. ¡Sentía que quería a todo el mundo! Ahora me explico por qué los hippies creían que lograrían cambiar el mundo si ponían ácidos a todos.

Como no podía dormir, me dediqué a repasar mi colección de imágenes en la compu. Parecían salirse de la pantalla y cambiar de forma frente a mis ojos. Como si se volvieran líquidas y se deslizaran más allá de los marcos que las contenían.

Me puse a jugar Mario 64 y ése sí que fue un viaje. Sentí como si estuviera dentro el juego: sentía cuando Mario saltaba, corría o nadaba. Sentía el vértigo cuando se caía. Los colores y sonidos del juego penetraban en mí mucho más profundo de lo que antes les habían permitido mis órganos sensoriales.

Apagué el Nintendo para escuchar más música. Era todo lo que quería, lo que necesitaba: música, música, música. Desistí de mi intento de dormir. Entendí, por primera vez, toda la letra de Lucy in the Sky with Diamonds. Miré alrededor de mi casa: las cosas parecían respirar u ondular por momentos. Me clavé viendo el agua del bacín que parecía subir y bajar.



Llegó la mañana y me tuve que ir al trabajo. Hacia el final de un viaje, después de esos momentos en los que realmente te pierdes, el LSD te da una gran lucidez. A las 7:00 AM llegué a trabajar todavía con algo de ácido en mi sistema.

"Te ves raro." me dijeron algunos. Yo sólo estaba muy contento, parloteando sobre poesía. Tuve una hora libre y me lancé a buscar más música. NECESITABA la música. Fui a un centro comercial cercano y tuve la inmensa fortuna de toparme con Surrealistic Pillow, el primer álbum de Jefferson Airplanes y uno de los iniciadores del rock psicodélico. Di varias vueltas en mi coche, sólo para poder sentir el aire acondicionado y escuchar la música a todo volumen. No podía evitar reír y por momentos me puse a aullar literalmente.

Volví al trabajo. A esas alturas podía adoptar una conducta perfectamente normal si lo necesitaba, que de cualquier forma los efectos estaban desapareciendo rápidamente a cada momento. Hice todo lo que tenía que hacer y cumplí mi horario sin problemas y con muy buen humor.

Cuando terminó el día laboral salí a caminar por la calle, a escuchar a los pajaritos y sentir el viento (aun no empezaba lo peor del verano). ¿Y les digo algo? nunca había visto el cielo tan cerca. De verdad, el cielo se veía tan bajo que sentía que casi podía tocar su piel color azul eléctrico. Todo era hermoso.

Dicen que el LSD lleva a la persona a enfrentarse con lo que lleva dentro, y que es por eso que personas depresivas, paranoides y esquizofrénicas no deben tomarlo. También si tienes muchos pedos te puedes dar un mal viaje. Pero si estás bien contigo mismo, puedes hasta tener una epifanía. Yo no tuve ninguna, sólo me sentí bien. Supongo que eso significa que mis demonios andaban tranquilos ese día.


2 comentarios:

Daniel Méndez Cárdenas dijo...

Wow...hiciste que se me antojara, aunque no sé. Eso de los demonios internos podría ser un problema, aunque también podría coincidir con un día en que estén relajados. Qué chingón viaje, y aún mejor, qué genial que lo disfrutaste.

Maik Civeira dijo...

No fui yo, fue el amigo de un amigo.

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