lunes, 15 de abril de 2019

¿Eran los nazis de izquierda?




Respuesta rápida: no. Respuesta sincera: no, duh, eso es una estupidez. Respuesta elaborada: claro que le explico, joven, ponga atención…

Los argumentos más comunes para sostener tal afirmación son:
  • Nazi significa nacionalsocialista. ¡Lo lleva en el nombre!
  • Los grupos de izquierda como las feministas, Black Live Matters y los colectivos LGBTTQ+ se comportan igualito a los nazis.
  • La economía en el régimen nazi era una forma de socialismo.
  • La dictadura de Hitler era prácticamente idéntica a las tiranías comunistas, como la de Stalin en la URSS.

Empecemos aclarando conceptos. La distinción entre izquierda y derecha nació en tiempos de la Revolución Francesa, cuando en la Asamblea Nacional los miembros conservadores se sentaban en el ala derecha y los revolucionarios en la izquierda. Desde entonces se ha usado izquierda para referirse a posturas liberales, progresistas o revolucionarias, y derecha para posiciones conservadoras, tradicionalistas o reaccionarias.

Para no hacernos bolas, establezcamos que el nazismo es un tipo particular de fascismo, y que otros subtipos incluyen el fascismo italiano y el falangismo. Tradicionalmente, los fascismos han sido considerados por la historia y la teoría política como ideologías de ultraderecha. El rollo éste de “los nazis eran de izquierda” es algo nuevo, surgido no de ambientes académicos ni de círculos expertos, sino de cuñados en Internet. La ignorancia generalizada sobre historia y filosofía ha creado un terreno fértil para que el mame se difunda entre los incautos. Pero no nos quedemos en apelaciones a la autoridad experta, y analicemos los porqués.

El primer argumento, el del nombre, es el más bobo de todos. Es una falacia etimológica, que consiste en creer que el nombre determina la realidad. Es el equivalente a pensar que el PRI es revolucionario o que la Alemania del Este era democrática. Lo del socialismo en nacionalsocialismo no es lo importante, sino lo de nacional. En la teoría y en la práctica, el nazismo no tenía nada que ver con el socialismo, para empezar porque rechazaba la fraternidad internacional de las clases trabajadoras, para abrazar una visión esencialista de la raza y la patria, que estaba en una ineludible lucha a muerte contra las otras razas.

Propaganda anticomunista hecha por el régimen nazi

Admitido que en todas las ideologías, movimientos o agrupaciones humanas siempre habrá quienes caigan en las contradicciones, el dogmatismo intransigente, el pensamiento tribal, el mesianismo megalómano o la hipocresía convenenciera, las bases filosóficas e intelectuales del fascismo y las múltiples izquierdas, socialistas o no, son diametralmente opuestas. Lo que nos lleva al segundo punto.

Uno de los ejes fundamentales del pensamiento de izquierda siempre ha sido la reivindicación de los oprimidos y la búsqueda de la equidad. Mientras la izquierda piensa en las víctimas reales de la opresión, la exclusión y la explotación (por raza, por género, por clase social, etc.), los fascismos invierten los papeles e inventan ficciones victimistas en las que el grupo propio (la raza maestra, la patria, etc.), que por derecho natural debería reinar sobre los otros, ha sido degradado de su merecida gloria por la decadente modernidad. Como respuesta, pretende retroceder a un pasado glorioso en que las jerarquías estén de vuelta en su orden natural, lo que desde luego implica regresar a todos los demás al fondo de la pirámide, de donde nunca debían haber salido.

Cuando se equipara la opresión real, la que históricamente han sufrido las clases trabajadoras, las mujeres, los migrantes, las minorías raciales y las personas LGBTTQ+, con la persecución imaginaria de hombres blancos que se creen víctimas de una conspiración judía internacional que quiere emascularlos a través del feminismo, se pierde todo punto de apoyo en la realidad y se construyen horrorosas ficciones que sirven de excusa para atrocidades reales.

Para abordar los siguientes dos puntos hay que volver a aquella clásica distinción linear izquierda-derecha, pues sucede que hoy se considera insuficiente. El sitio Brújula Política, por ejemplo, prefiere un sistema de dos ejes; uno social, que va desde lo autoritario a lo libertario, y otro económico, que va de lo socialista a lo capitalista. Así, tenemos gráficos como el que sigue. Otros criterios incluyen todavía más ejes, como progresista-tradicionalista y nacionalista-globalista.



Describir la política económica del Tercer Reich dentro de la dicotomía capitalismo vs socialismo resulta un poco confuso. Por un lado, la participación del gobierno en la economía era enorme, porque quería asegurarse de que toda la actividad económica estuviera dirigida al esfuerzo bélico (como todas las naciones beligerantes del momento, por cierto). Por otro lado, el régimen nazi llevó a cabo una masiva campaña de privatización de industrias y servicios otrora administrados por el estado, acabó con los sindicatos, y otorgó toda clase de concesiones y beneficios a corporaciones privadas.

No se puede decir que hubiera una economía libre, porque un puñado de corporaciones leales al régimen se beneficiaron de monopolios otorgados por el gobierno: Voskwagen, Mercedes Benz, Bosch, Siemens, Philips, Hugo Boss, Ford e IBM. Algunas de ellas incluso se beneficiaron del trabajo esclavo de judíos y prisioneros de guerra. Ello fue en detrimento de los pequeños y medianos empresarios.

Pero mucho menos podemos llamar a eso “socialismo”, pues quien se benefició de ello fue la clase burguesa poseedora en propiedad privada de los medios de producción. Además, los nazis desmantelaron el estado de bienestar heredado de la República de Weimar, pues desde su ideología lo consideraban una detestable forma de “ayudar a los débiles”, lo que iba en contra de sus ideales pseudo-darwinianos sobre la vida como una lucha constante por la existencia, en la que sólo los dignos triunfan.

Sin embargo, al cabo hasta los nazis tuvieron que recurrir a programas sociales keynesianos para paliar los estragos de la Gran Depresión. Es que, de hecho, ningún país que no quiera colapsar por completo puede prescindir de este tipo de programas (hasta los Estados Unidos invierten billones en gasto social). Pero en la Alemania Nazi estaban dirigidos exclusivamente a los miembros de la “raza aria”, y eran administrados por instituciones semiprivadas.

El empresario Henry Ford recibe una condecoración de oficiales nazis

Uno de los mejores argumentos contra “los nazis eran socialistas” es el hecho de que la clase empresarial vio con buenos ojos el ascenso del nazifascismo, no sólo en sus países de origen, sino en todo el mundo, pues esperaban que los fascistas usarían su mano dura contra los socialistas y comunistas y echarían para atrás las políticas que protegieran a la clase trabajadora. Los fascistas cumplieron dichas expectativas.

Tanto Henry Ford como Thomas Watson (el presidente de IBM) recibieron condecoraciones del régimen nazi. Ford, el héroe del capitalismo yanqui y uno de los héroes de Hitler, promovía la ideología nazi en Estados Unidos, hizo todo lo posible por mantener a su país neutral en la Segunda Guerra Mundial y publicó El judío internacional, uno de los libelos antisemitas más infames de la historia.

Entonces, en el eje económico, ¿eran los nazis de izquierda o de derecha? Según Brújula Política, están ligeramente a la derecha del centro, aunque ciertamente más a la izquierda que Thatcher y Friedman. Y muy, muy lejos del comunismo soviético representado por Stalin.


Hey, ¿pero qué hay del parecido entre los regímenes de Hitler y Stalin? Después de todo, ambos eran dictadores genocidas, cuyas ideologías eran implementadas por la fuerza, y sin tolerancia de ninguna otra, en todos los aspectos de la vida pública, incluyendo la educación, el arte y la ciencia. Ambos regímenes emprendieron guerras de conquista, abolieron las libertades civiles y destruyeron a sus opositores en nombre de un credo que aspiraban a convertir en la única Verdad admisible.

Todo ello es cierto, pero es aquí cuando se aplica la falacia de la asociación. Ésta va más o menos así: X es A y B. Y es A. Por lo tanto, Y es B. O sea: Stalin era un dictador genocida y era socialista. Hitler era un dictador genocida. Luego, Hitler era socialista. Es un razonamiento tan burdo que su invalidez salta a la vista: Los gorriones vuelan y son aves. Los murciélagos vuelan. Luego, los murciélagos son aves.

¿Qué da cuenta de las similitudes entre la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin? De nuevo miren la gráfica. Si estos dos asesinos de masas se hallan bastante lejos en el eje económico, verán que casi se superponen en el eje social: ambos están en el extremo del autoritarismo, es decir, son totalitarios. Los diferentes grados de autoritarismo pueden ser tanto de izquierda como de derecha.



Pero hagamos algo más contundente: preguntémosle a los neonazis, supremacistas blancos y demás de hoy: ¿es usted de izquierda? ¿Es usted socialista? Una expresión de asco y enojo llegará a su rostro y se pondrá expresar su odio al socialismo, al marxismo cultural y a toda la izquierda. Ellos mismos se reconocen como derecha, al igual que los nazis y los fascistas de antaño lo hacían. ¿Por qué estamos teniendo esta discusión ahora? ¿De dónde viene esta necia insistencia en que los nazis eran de izquierda?

Viene de los conservadores tradicionales y de los libertarianos, es decir, de la derecha que no es fascista. Su motivación puede ser desvincularse de algo tan obvia y universalmente malvado como el nazismo, achacándoselo tramposamente a los del otro lado, y es posible que lo hagan porque de fondo también rechazan el fascismo y lo que implica. Pero muy comúnmente se trata de algo más insidioso y siniestro: el vendernos fascismo como si no lo fuera.

En la lucha por la memoria siempre está en juego el presente. O sea, lo que importa es cómo catalogar los movimientos políticos que estamos viendo consolidarse frente a nuestros ojos, los que muchos han llamado fascismo, neofascismo o postfascismo. Resulta que la derecha, cuando no se alía descaradamente con los fascistas, sí que dedica sus energías a minimizar el peligro que representan o a entorpecer los esfuerzos de quienes se opondrían a ellos.



Porque si por lo menos de dientes para fuera la mística del nazismo despreciaba la mera acumulación de riquezas y rechazaba la vida acomodada del burgués en aras de una existencia heroica de lucha y sacrificio, lo cierto es que este nuevo fascismo viene más capitalista que nunca. Los demagogos como Trump y Bolsonaro, que con una mano prometen a las masas aterrorizadas que los van a salvar de las garras de inmigrantes invasores y de los horrores del mundo moderno y progre, con la otra entrega a las corporaciones libertades inauditas para explotar a seres humanos y recursos naturales por igual (de ahí el negacionismo del cambio climático).

Quieren reducir el espectro político a una falsa dicotomía que va del libre mercado a la dictadura total, para que sólo quepa la conclusión de que lo que se aleja de un extremo se acerca ineludiblemente al otro. “¿Cómo podemos ser fascistas si ellos eran socialistas y nosotros estamos siendo ultracapitalistas?”, nos dicen.

Insisten en presentar una imagen torcida de las ideologías, hecha a su conveniencia

Quieren centrar el debate en similitudes superficiales del tipo “la izquierda se preocupa por las identidades colectivas como género y raza, igual que los nazis se preocupaban por la supremacía aria”, sin atender a principios éticos (que no se trata de supremacía, sino de equidad) o a contextos sociales que han resultado de procesos históricos (que dichos grupos de hecho han estado oprimidos). Quieren desviar la atención del racismo, la misoginia, la xenofobia, la homofobia, el culto a la fuerza y la violencia que predicaron y predican los fascistas, de antes y de hoy. Entonces pueden decirnos: “Preocúpate más por esos grupos colectivistas, que quieren que el estado gobierne la economía y privilegie a ciertos grupos: ellos son los verdaderos fascistas”.

Se trata de hacernos creer que lo que hacen los fascistas no es fascismo; que lo que hacen quienes se oponen al fascismo sí lo es. Es una jugada orwelliana; manipular las palabras para controlar el entendimiento: la guerra es la paz, la libertad es esclavitud, la ignorancia es la fuerza.




Publicado originalmente en Plumas Atómicas

lunes, 8 de abril de 2019

¡El poder de Shazam!



Este fin de semana fui a ver Shazam!, la más reciente entrada en el Universo DC (el cual amo profundamente aunque lo mainstream sea ser marvelita). Como hacía mucho tiempo que no veía una peli en su semana de estreno, por primera vez en años podré reseñar una película mientras todavía sea relevante.

Iniciemos con una reseña histórica, una rápida explicación de por qué el héroe que ustedes, bola de neófitos, conocen como Shazam en realidad se llamaba Capitán Marvel, aunque fuera de DC; cómo la que ustedes conocen como Capitana Marvel se llamaba Miss Marvel, y sí es de Marvel, y todo ese desmadre:




Para los que sí tienen vida sexual, Shazam! trata de un chavito huérfano, Billy Batson, medio gandalla pero valeroso, que poco después de ser adoptado por la familia más diversa y multiculti de las viñetas, es elegido por el hechicero Shazam (que en el original era un viejito tipo Merlín, en New 52 era un chamán aborigen australiano, y ahora es Djimon Houson), el último del Concejo de Magos, para defender al mundo de las amenazas mágicas. Así, al gritar la palabra mágica “Shazam”, Billy se convierte en un doppelgänger mágico de Superman, con más o menos las mismas habilidades que el Azulote, pero con traje rojo y poderes de origen místico (lo cual, dicho sea de paso, le da una ventaja sobre Supes, quien es vulnerable a la magia): la sabiduría de Salomón, la fuerza de Hércules, la resistencia de Atlas, el poder de Zeus, la valentía de Aquiles y la velocidad de Mercurio.

Porque estoy viejo y por los lulz, en esta reseña me voy a referir al superhéroe como Capitán Maravilla. Los cómics de este personaje siempre se caracterizaron por ser coloridos, de tono alegre y con aventuras muy extravagantes. Incluso la encarnación New 52 de Geoff Johns, con un tono más grimdarkserious, conservaba mucho de ese ángel. La presente película se basa precisamente en ese arco argumental. Si la leyeron, nada les va a sorprender: hasta la escena mid-créditos está sacada de ahí. Lo agradezco, porque es una buena historia.



Lo que hace Johns en ese cómic, y lo que hace esta película de David F. Sandberg, es darle mayor realismo al personaje de Billy Batson: de ser un niño modelo que no rompe un plato, a un adolescente de buen corazón, pero que se ha endurecido por una vida difícil en la orfandad y el circuito de familias adoptivas en Estados Unidos (que, tengo entendido, es una cosa espantosa).

Shazam! nos muestra el tipo de cosas que en verdad haría un adolescente si de pronto se viera en el cuerpo de un superhéroe adulto: no ir a luchar por la verdad y la justicia, sino vengarse de los bravucones de la escuela, apalear delincuentes con una sonrisa, alardear de sus poderes ante el público y obtener beneficios de adultez como comprar cerveza o entrar a un bar de strippers.

Eso también significa que nuestro Billy tendrá que seguir una curva de aprendizaje para convertirse en un verdadero héroe y no sólo un fortachón con mallas. Ello implicará reconocer que no puede hacerlo todo solo y que necesita de una familia que lo apoye. El amor familiar, que se puede construir entre personas que no tienen lazos de sangre (cuando incluso nuestros consanguíneos son capaces de abandonarnos), es uno de los temas centrales de la cinta, y la Familia Marvel, uno de sus elementos mejor logrados.



Mientras más pasa el tiempo, más soy fan de las películas de Zack Snyder, pero es claro que el tono desenfadado y chabacano al estilo Marvel es lo que le está funcionando a DC, y no las pretensiones intelectuales y los dilemas filosóficos que planteaba el Snyderverse. Ni modos, es lo que le gusta a los normies y pues ellos son los que tienen el dinero para comprar boletos.

De todas formas, Shazam! no podía ser otra cosa que una película ligera y divertida, y en ese sentido es estupenda (aunque, a mi gusto, el humor se pasa de bobo en ocasiones). Por otra parte, no está exenta de momentos bastante oscuros y hasta siniestros: los Siete Pecados quedaron perronsísimos. ¿Lo mejor de todo? Angel Asher y Jack Dylan Grazer como Billy y Freddy. Tienen un montón de química y son súper carismáticos.

Es una peli que me habría encantado ver a los 12 años; me hizo sentir como el escuincle noventero que veía Jumanji y esa clase de cosas. Las reacciones de chavitos con los que he platicado dan cuenta de que salieron todavía más extasiados.

Pero como lo que más me gusta es despotricar, aquí están mis quejas mamonas sobre la peli, de la menor a la mayor…



3.- El doctor Thaddeus Sivana es el clásico científico loco pelón de los cómics, antecediendo a Lex Luthor (además, Luthor originalmente no era calvo). Su rollo es básicamente que odia la magia porque no puede acceder a ella y usa su ciencia demente para combatir al Capitán Maravilla. Las descabelladas invenciones de Sivana son parte del encanto de los cómics de Shazam!

Pero en la peli casi no vemos a Sivana en su faceta de científico loco. Casi desde un inicio obtiene el poder de los Siete Pecados Capitales y se convierte en alguien capaz de volar y devolverle los trancazos al Capitán Maravilla. O sea, si Black Adam va a salir en la segunda parte, sus habilidades serán las mismas: volar y dar tortazos. Eso como que le quita lo especial a Sivana.



2.- El pobre Sivana fue traumatizado de niño por su familia abusiva; de ahí surge un interesante paralelismo con su némesis: uno tenía una familia biológica que lo excluía y el otro tenía una familia adoptiva que le dio amor. Pero el pequeño Thaddeus también fue tratado injustamente por el Mago, que en su afán de encontrar a una persona de corazón completamente puro (algo imposible, porque todos los humanos somos falibles), aterrorizó a quién sabe cuántas personas, incluyendo al joven Sivana. Lo que le pasó a Thad es una tragedia y en algún momento la culpa del Mago y su obsesión con la pureza moral deberían haber sido abordadas. Pero nunca se hizo; el Mago ni siquiera pareció entender su error, mucho menos haberse arrepentido. Si el mago hubiera mostrado algo de contrición ante Sivana, la cosa habría sido más interesante.



1.- No me creo que el Billy Batson de Asher Angel y el Capitán Maravilla de Zachary Levi sean la misma persona. O sea, me cuesta mucho pensar que Billy está en el cuerpo de ese grandulón. Es que Angel retrata a su Billy como un chico de pocas palabras, astuto, audaz y maduro para su edad; Levi retrata a su Capitán como un fanfarrón parlanchín bastante bobo y torpe que gesticula en exceso. Los dos actores debían haber entrenado juntos hasta tener la misma forma de hablar y el mismo lenguaje corporal; que parecieran la misma persona en dos cuerpos distintos. No se logra y creo que ése es el punto más flaco de la película. El Capitán Maravilla y Billy Batson son dos personajes completamente aparte.

No me digan que no era posible: cuando Adam Brody se presentó como el Capitán Maravilla Junior (¡voy a usar los nombres clásicos, aguántense!), se nota que en sus gestos y su forma de hablar estaba imitando lo más fielmente al Freddy del joven Jack Dylan Grazer. Lo mismo pasa con el personaje de Darla, y sus versiones infantil y adulta, respectivamente interpretadas por Faithe Herman y Meagan Good.

Y ya. Sigo esperando la edición de Zack Snyder de Justice League. Culeros.



PD: Siempre me ha hecho ruido que, entre dioses y semidioses helénicos, dos de ellos se presentaran con sus nombres latinos (Hércules y Mercurio, en vez de Heracles y Hermes). Pero lo que no me cuadra para nada es que entre ellos esté un rey hebreo, Salomón. ¿Acaso el hijo de David se codeaba con los dioses del Olimpo cuando decidieron otorgarle sus poderes al mago Shazam? ¿No es como blasfemo ese pedo? ¿Yahvé no se molesta con Salomón por eso? Meh, ya sé que es un personaje inventado en 1940 y que sus creadores ni repararon en la contradicción, pero me gustó más cuando en New 52 cambiaron a los dioses por otros que quién sabe quiénes son, y entonces si algo no cuadra, pues ni importa.

martes, 2 de abril de 2019

Homenaje a Adam West




¡Este año Batman celebra su octogésimo aniversario! Para celebrarlo, recordemos a uno de los hombres más carismáticos que portó la capucha del Caballero de la Noche: Adam West, quien dio vida en la pantalla chica al Batman más groovy que haya existido.

Desde que West falleció en junio de 2017, los homenajes no han faltado, y quizá el más emotivo de todos fue el encabezado por el alcalde de Los Ángeles, quien encendió una batiseñal el 15 de junio de aquel año, en un evento en el que habló el viejo amigo y compinche Burt Ward, quien interpretara a Robin. Las muestras de cariño han sido muchas y no podía ser de otra manera pues, sin importar nuestra edad, West fue para muchos fue nuestro primer Batman.

William West Anderson nació el 19 de septiembre de en Walla Walla, Washington. Su madre era una cantante de ópera y pianista que se había visto obligada a abandonar su carrera artística para atender a su familia en la granja de su esposo. Cuando sus padres se divorciaron, West se mudó con su ella a Seattle. En la universidad practicó la oratoria y el debate.

Durante la Segunda Guerra Mundial, sirvió como anunciante en emisiones oficiales de la televisión de las Fuerzas Armadas. Más tarde se mudó a Hawaii, donde obtuvo su primer papel en un show infantil para televisión. Tras mudarse a Hollywood con su familia, West consiguió papeles secundarios en cine y televisión, por lo general en historias policiacas y de vaqueros.



Su gran oportunidad le llegó en 1966 cuando fue escogido para interpretar a Batman en la legendaria serie de TV. Después de que su cancelación en 1968, West hizo la voz del Encapotado en la serie animada que fue sucesora espiritual de la original, aquella otra de Los Superamigos y un par de encuentros con Scooby-Doo, más una que otra aparición especial.

Tras el final de la serie, West quedó tan encasillado en su papel que prácticamente no pudo hacer otra cosa. Su carrera se vio reducida a papeles menores en diferentes series de TV.  Pero en los 90 ya era una leyenda, y muchos los nuevos creativos de la televisión eran ellos mismos fans del show sesentero que habían crecido admirando a West. Nuestro héroe empezó a aparecer en papeles que eran a la vez homenajes y parodias del rol que lo hizo famoso.

Por ejemplo, en Batman: The Animated Series, hizo una entrañable aparición especial como el actor que encarna al Fantasma Gris, un superhéroe de TV que había sido el ídolo del pequeño Bruce Wayne. El capítulo es tremendamente conmovedor y uno de los mejores de toda la serie. Otras series animadas en las que apareció incluyen Los Simpson, Futurama, Rugrats, Johnny Bravo, Bob Esponja, Los padrinos mágicos y Padre de familia.



Si ustedes eran niños antes de 1992, entonces lo más probable es que su primer acercamiento a Batman fuera esa serie o algunos de sus spin-offs animados. Todos recordamos el encanto kitsch de aquel programa de televisión, una mezcla entre aventura y comedia, con un poco de misterio, una cosa bien extraña, ligera, bonachona y, hoy por hoy, fascinante. Es como un escaparate a lo más locochón de una época de por sí locochona. Podría gustarnos o no, pero no se puede negar que resulta hipnótica. A veces es tan inverosímil que hasta los que crecimos con ella nos preguntamos “¡¿de verdad existió eso?!”.

La reelaboración de Batman en la década de los 80, en especial de las plumas de Frank Miller (The Dark Knight Returns, Year One) y Alan Moore (The Killing Joke), pretendía deliberadamente alejarse de esa visión campechana y volver a los orígenes noir del cómic creado por Bill Finger (visión que el artista Bob Kane, partidario del tono colorido, nunca comprendió). Lo agradecemos porque definitivamente muchas de las mejores historias del Señor de la Noche sólo fueron posibles cuando Miller y Moore llevaron el personaje a la madurez. El Batman atormentado que se mueve en un mundo oscuro y violento ha sido la norma, ya sea en los cómics, en las adaptaciones cinematográficas de Tim Burton o de Christopher Nolan, o en la serie animada de Paul Dini y Bruce Timm.

Pero a veces es inevitable sentir que tanta oscuridad termina por saturarlo a uno, que tanta sordidez, tragedia y muerte pueden llegar a ser excesivas. Entonces agradecemos también que exista esa visión brillante y divertida, de una época en la que creíamos puramente en la bondad y el heroísmo, en la que el gran detective y peleador también nos recordaba que debemos estudiar, comer verduras y usar el cinturón de seguridad. A veces se siente que las historias de superhéroes en la actualidad han perdido alegría, el disfrute sin pretensiones de aventuras que sabemos que son absurdas y no deberían tomarse demasiado en serio, y entonces es bueno poder volver a ver a Adam West usar el traje azul y gris.



Hace un tiempo un amigo planteaba la pregunta de si Adman West había sido EL Batman como Christopher Reeve fue EL Superman. Yo no lo creo, pero sí estoy seguro de algo: el Batman de West es único; no es simplemente una encarnación más del conocido personaje de las historietas, sino que Adam West nos dio un arquetipo nuevo. Michael Keaton, Christian Bale y Ben Affleck han tratado de darnos sus mejores versiones del atribulado Caballero Oscuro, cada uno con sus fortalezas y debilidades. Pero Adam West nos dio un Caballero Luminoso, un héroe que podía ser un ejemplo a seguir, y le quedamos eternamente agradecidos por ello.

Ya te veremos Adam, en el próximo episodio, a la misma batihora y por el mismo baticanal.


lunes, 25 de marzo de 2019

Capitana Marvel



A dos semanas de su estreno, y dado que no se me ocurre mejor forma de empezar esta reseña, vámonos directo con los comentarios sobre la más reciente entrega del Universo Cinemático de la Casa de las Maravillas: Captain Marvel.

La peli tiene varias cosas que juegan a su favor y algunas en su contra, tanto textuales como contextuales, y no se puede hablar de esta película sin abordar ambos aspectos. Por ejemplo, se trata de una historia de origen, que como tal sigue una estructura muy tradicional. Está bien manejada, eso sí, y los realizadores hacen todo lo posible por evitar los lugares comunes y sorprendernos. Pero tiene en contra que aparece en un momento en el que el MCU está por llegar a su clímax.

Antes he dicho que el MCU es sobre todo parecido a una serie de TV, y que por tanto no se puede juzgar cada capítulo sólo en sí mismo, sino por cómo hace avanzar la trama global. Sacar Captain Marvel justo entre Infinity War y Endgame es un poco como que el penúltimo capítulo, de la última temporada, de una serie que se ha prolongado por 11 años, sea un luengo flashback que sirva para incluir un nuevo personaje justo antes del episodio final. Es algo que te desbalancea el ritmo por completo, porque una historia de origen es, por necesidad, lenta: hay mucho de nuevo que se debe presentar gradualmente al público. Ojalá Marvel hubiera tenido el valor y la confianza de haber lanzado esta peli antes de Infinity War.


Lo que me lleva a hablar del elefante en la habitación: Captain Marvel es la primera película del MCU protagonizada por una mujer (y con una mujer como codirectora). Claro que eso debió haber pasado con Black Widow, por lo menos desde la Fase 2, y la verdad es que los de Marvel se vieron muy pusilánimes por no hacerlo antes (¡tuvieron que pasar veintiuna películas!). Si cada año hubiera tantas películas de superheroínas como las hay de superhéroes, y fueran de la misma calidad promedio, Captain Marvel no habría destacado mucho. Pero el caso es que el contexto no puede ignorarse. 

Esto tiene como consecuencia que la cinta sea importante, independientemente de si como tal no es la mejor de todas. La representación importa, como nos lo habían mostrado Wonder Woman y Black Panther, y el hecho de que haya muchas niñas (ni no tan niñas), fascinadas con esta cinta, y con la Carol Danvers de Brie Larson, es veredicto más que suficiente. Además, es muy loable la actriz haya usado los micrófonos que se le han dado para enviar mensajes a favor de la inclusión.

También me topé con que Jeannie Leavitt, quien fue la primera piloto de combate en la historia de la U.S. Air Force, sirvió con consultora en esta cinta. Leavitt se convirtió en piloto en 1993; antes de eso a las mujeres se les había impedido volar en misiones de combate, lo cual es de hecho mencionado en la cinta.



Aunque la peli en sí no es precisamente un panfleto feminista radical (más adelante volveremos a ello), sucesos a su alrededor contribuyeron a que se convirtiera en un símbolo en las “guerras culturales”. La campaña de odio por parte de machitrolls patéticos sólo consiguió que muchas más personas quisieran ir a verla. El éxito en taquilla y las buenas reseñas que ha tenido son una victoria bastante satisfactoria contra los ridículos que gritaban “¡propaganda feminazi! ¡ideología de género! ¡marxismo cultural!”. Da gusto ver rabiar a estos machitos beta, mientras sus opiniones y valoraciones sobre la cultura pop, que solía ser su feudo y dominio, se diluyen en la irrelevancia.

Además, hay algo que me gustaría hacer notar: a las películas de superhéroes, de ésas que inundan nuestras pantallas de cine todos los años, se les da pase libre con sólo ser divertidas y emocionantes. No se espera de cada una de ellas que sea un The Dark Knight. En cambio, cuando se trata de la película de una superheroína, la actitud de muchos es “pues más le vale que sea una puta obra maestra”. Como si necesitara ser extraordinaria para justificar su existencia. Es casi como si las mujeres tuvieran que hacer esfuerzos sobrehumanos sólo para lograr la aceptación y reconocimiento que se le da a un hombre medianamente competente… Hmmm…



Pero hablemos de la película en sí. Hay un par de cosas que no la hacen ni buena ni mala, pero que constituyen detalles entrañables. Uno, la nostalgia noventera. Cualquiera crecido en esta década se va a derretir de emoción. En particular, amé la escena del Blockbuster, mientras que mi novia se emocionó por el soundtrack. Dos, el hermoso homenaje a Stan Lee, tanto en los títulos iniciales, como en su cameo, que bien puede ser el más hermoso de todos los que ha hecho. Les hará soltar una lagrimita.

En cuanto a la trama, como dije, se trata de una historia de origen, lo cual casi obliga a seguir una estructura muy básica en la que el personaje debe descubrir poco a poco su potencial y su lugar en el mundo. En ese sentido, no puede evitar caer en ciertos lugares comunes y resulta un poco como regresar a esas historias de origen de la Fase 1. Como la primera de Thor, en la que ni los elementos de épica-espacial, ni los de intriga terrestre se desarrollan del todo y no llegan a ser tan impresionantes como podrían haberlo sido.

Con todo, los realizadores hacen lo posible por probar nuevos caminos. Por ejemplo, en una cinta habitual habríamos visto algunos antecedentes de la protagonista para a finales del primer acto atestiguar el momento en el que adquiere sus poderes, y de ahí en adelante ver cómo se convierte en heroína. Captain Marvel, en cambio, inicia con la historia ya considerablemente avanzada y nos revela información importante a lo largo de la peli, sobre todo usando flashbacks, que paulatinamente cambian la lectura de los eventos que hemos presenciado.

La gran fortaleza de la película está en el carisma de su personaje principal. La Carol Danvers de Brie Larson se muestra a la vez ruda y compasiva, sarcástica e irreverente en ciertos momentos, pero capaz de asumir compromisos morales cuando se enfrenta ante dilemas. Creo que Wonder Woman fue mucho mejor película en casi todos los aspectos, pero entiendo por qué Carol es más inspiradora para el público que Diana. Mientras que la Mujer Maravilla es una semidiosa, princesa amazona criada en una utopía feminista, Carol es una chica común y corriente, con defectos y debilidades tanto como virtudes y fortalezas. De nuevo la representación importa. Yo amo las películas de Spider-Man porque como ñoño socialmente inepto me siento identificado con el Peter Parker de Tobey Mguire, a pesar de que sé que no son las mejores películas de la vida, o siquiera del género.

El Nick Fury de Samuel L. Jackson es aquí más encantador que nunca, como segundo personaje en importancia (me parece que de todas las películas del MCU ésta es la que le da más tiempo en pantalla). Es 13 años más joven que cuando lo conocimos en Iron Man, y por eso lo vemos más optimista y bienhumorado. Con Carol tiene una muy divertida relación de “pareja dispareja” con mucha química, al estilo clásico de comedia de acción.



El otro personaje con quien Carol tiene una relación importante, y que se ganó la simpatía del público, es su mejor amiga Maria Rambeau, interpretada por Lashana Lynch. Mujer afroamericana, piloto de pruebas y madre soltera, demuestra ser tan badass como Carol y tiene un rol muy importante en el último acto. Además, ella es la mamá de Monica, quien en los cómics, se convierte también en Capitana Marvel y puede ser que tenga un futuro en el MCU.

Hay dos ejes temáticos interesantes en la película, que la hacen sobresalir un poco de entre el montón. Uno es el de girl power, el empoderamiento femenino, que se encuentra en la historia de Carol, a quien a lo largo de su vida los hombres la han tratado con condescendencia y han negado su potencial. Pero Carol siempre se ha levantado, literal y figurativamente, después de caer. El “yo no tengo que probarte nada” significa la aceptación definitiva de su propia fortaleza e independencia.

Hasta aquí he hecho lo posible por reseñar la película sin spoilers, pero para pasar a lo que sigue es necesario revelar algunas cosillas, así que si no la han visto, sáltense los siguientes párrafos:

INICIAN SPOILERS
______________________

Una de las revelaciones más importantes de la película tiene que ver con ese mismo tema del empoderamiento femenino. Que Mar-Vell, sea interpretada por la gran Annette Benning es uno de los giros más brillantes de la cinta. No es sólo que el personaje masculino original es cambiado a una figura mentora femenina, sino es el hecho de que se trate de una científica buscando una solución pacífica para ayudar a un pueblo perseguido, y no un guerrero tratando de vencer violentamente a un enemigo. Eso además subraya la otra línea temática interesante…

Los Skurll. Esta raza de extraterrestres metamorfos ha sido uno de los villanos de utilería más socorridos del Universo Marvel en las historietas. Uno asumía que iban a ser los malos de la película, pero en cambio se subvierte esta expectativa. Hasta la elección del actor Ben Mendelsohn, quien ha hecho el papel de tipo malo genérico en un montón de películas en los últimos años, forma parte de este giro sorpresivo, pues su Talos es un personaje carismático por cuya tragedia uno siente empatía.

Aunque parezcan reciclados de la serie de Star Trek de los 90

Los Skrull son refugiados que huyen de la expansión imperialista Kree, y sus actos violentos son meramente de autodefensa. Esto no es sólo un giro argumental inteligente: es un comentario sutil sobre el imperialismo y las crisis migratorias que enfrenta el mundo. En una época en la que los discursos de odio tildan a migrantes y refugiados de ser terroristas infiltrados que “¡nos destruirán a todos!” (y a los Skrull los llegan a llamar “terroristas”), presentarlos en la película como víctimas que sólo quieren vivir en paz con sus familias es bastante osado.

He sabido que algunos se quejan de que “desperdiciaron a los Skrull”. ¿Desperdiciarlos para qué? ¿Para una hipotética adaptación de Secret Invasion? Pfff. Ni a los comiqueros les gustó ese arco argumental.

Pero, a pesar de que disfruté cómo la peli subvierte las expectativas, lo del gato que le saca el ojo a Nick Fury sí me pareció, y perdonen mi griego ático, una mamada. Está bien sorprender, pero la sorpresa tiene que ser mejor, o por lo menos más interesante, que la expectativa, y lo del gato es una estupidez. Consigue que ese momento en The Winter Soldier, en el que Fury dice “la última vez que confié en alguien perdí un ojo” se vuelva la punchline de un chiste de los Tres Chiflados. Horrible.

Iba a quejarme de que los personajes de Korath (Djimon Hounsou) y Coulson (Clark Gregg) no tuvieran más que cameos glorificados cuando se hizo mucha alharaca por ellos en la promoción de la película. Pero lo cierto es que Korath no podía importarme menos y que Coulson, a quien todos amamos porque es un pan de dulce, tiene su propia serie en caso de que lo echemos de menos.



Pero hay un par de personajes subutilizados. Ronan, interpretado por Lee Pace, que tampoco es como que le tenga mucho cariño, pero sí esperaba que se revelara algo más de él, para darle fuerza como antagonista en Guardians of the Galaxy. Pero nada, totalmente desperdiciado en una escena mínima, en la que pudo haber sido intercambiado por casi cualquier otro villano del catálogo.

Pero si eso lo puedo dejar pasar, algo que irrita es cómo relegaron al Yon-Rogg de Jude Law. Al final se revela como el verdadero enemigo de Carol, pero no su rivalidad no se desarrolla casi nada, pues pasan la mayor parte de la cinta separados el uno de la otra. Además, no sé si lo notaron, pero ahora ya están los dos Sherlocks y los dos Watsons en el MCU y a nadie se le ha ocurrido el ponerlos a todos juntos en la misma escena. Qué poca imaginación.

TERMINA SECCIÓN CON SPOILERS
___________________________________

Entonces, ¿qué concluimos? Las fortalezas que acabo de describir, y la importancia que el contexto cultural le da la película, salvan a Captain Marvel de ser una cinta más de superhéroes. Está bastante bien y es muy divertida. No se cuela entre las excelentes, tipo The Winter Soldier o Black Panther, pero es tan buena como cualquiera de la Fase 3, que ha sido la mejor del MCU, y Captain Marvel es parte de esa grandeza.

Pero también tiene sus debilidades. Si no te súper emocionan las pelis de Marvel, o si no te interesa la “guerra cultural”, entiendo que te dé muy igual una cinta que no tiene mucho que aportar, y eso también es válido.

Como yo sí soy fan y sí me interesa todo ello, quedé muy contento y complacido, y estoy seguro de que muchas personas también salieron de la sala de cine zumbando con la boca e imaginando que lanzaban rayos de energía con las manos.



viernes, 22 de febrero de 2019

Test: ¿Eres un snowflake fácilmente triggereable?




Mucho se ha dicho que vivimos en un mundo de “copitos de nieve”, de una generación de pusis, debiluchos de piel ultrafina que creen especiales, que todo trata de ellos, que todos deben tenerles deferencia, que se ofenden (se triggerean, usando el anglicismo) por todo, que a cualquier incomodidad o contravenencia les llaman opresión. Para saber si tú eres una de estas personas, aquí tenemos un sencillo test. Podrías ser un snowflake fácilmente triggereable si…

Cuando te topas con una opinión que consideras errónea, especialmente en temas como sexismo, racismo, homofobia, etc. no puedes dejarla pasar, sino que tienes que entrar a “rebatirla”. El sólo haberla encontrado puede dejarte rabiando el resto del día.

Si alguien opina que algo que tú haces o que te gusta es racista, sexista o discriminatorio de alguna forma, en vez de pensar “meh, se equivoca” y seguir con tu vida, lo sientes como un ataque personal y te irritas, lo que te lleva a despotricar e incluso a agredir a quien emitió la opinión.

Cuando alguien critica algo que tú dices o haces, no consideras racionalmente por qué ese cuestionamiento está bien o mal. En cambio, te victimizas al equipararlo con la censura o la persecución, o llegas hasta el punto absurdo de compararte con las víctimas de la Inquisición y la quema de brujas.

A menudo te muestras incapaz de discrepar educadamente, en especial en los temas mencionados; en ellos reaccionas con irritación o con burlas y sarcasmo.

De lo anterior te justificas diciendo que ni la ley ni la Declaración Universal de los Derechos Humanos te prohíben comportarte como un majadero inmaduro, porque por lo visto necesitarías de ello para portarte como gente decente.

De forma paranoide, equiparas la crítica o cuestionamiento a los valores dominantes de la sociedad contemporánea con la intención de establecer un régimen totalitario.

Si el personaje ficticio de una obra de cultura pop que no has seguido en años sufre un rediseño que implica un cambio en su raza, género u orientación sexual, lo percibes como una invasión a tu mundo privado, aunque tengas la opción de simplemente no ver lo que no te gusta.

En general te irrita que hagan cambios en una franquicia para hacerla más “diversa” e “incluyente”, aunque esos cambios la hayan hecho más exitosa en críticas y taquilla, porque piensas que es a ti a quien debían siempre apelar. Multiplícalo por dos si eso pasa en una franquicia que ni sigues.

Cuando eso pasa, dices que a nadie le importa ya la “calidad de la historia” y anuncias a todo el mundo que vas a boicotear dicha obra. Ello no podría importar menos, pero tú sientes que eres especial y que todos deberían tomar tu opinión en cuenta.



En todo ves la influencia maligna y omnipresente del "marxismo cultural" y la "ideología de género". ¿Has leído tus propias publicaciones? Prácticamente, es comunista ir al baño.

Si lees algo escrito en lenguaje “inclusivo” ignoras el contenido del mensaje para despotricar contra la forma en la que está escrito pues, aunque dices que esos cambios son superficiales y no sirven de nada, reaccionas como si de verdad te agrediera; es como si creyeras que el lenguaje es capaz de hacerte daño…

Cuando alguien te pide que te dirijas a su persona de cierta manera, con ciertas palabras o pronombres, enfureces considerándolo una especie de afrente u opresión en tu contra. Es peor si de hecho nunca te has topado con una persona así, sólo has oído que existen quienes eso piden, pero igual te sulfuras por ello.

Cuando te enteras de que personas en un lugar lejano o un grupúsculo sin trascendencia, dejan de hacer algo por considerarlo ofensivo, te sientes ofendidísimo y expresas una profunda indignación del tipo “¿a dónde vamos a llegar?” o “¡nos destruirán a todos!”, aunque nada de ello te afecte en realidad.

Consideras que la libertad de expresión incluye el derecho a ofender, pero no el derecho a expresar el sentimiento de estar ofendido; esas personas deberían guardárselo para no irritarte. Te ofende que la gente se ofenda.

Consideras que la mera existencia de personas que llevan un estilo de vida diferente al tuyo (ejemplo, que no comen carne, no beben alcohol o no ven pornografía) constituye un ataque a tu propio estilo de vida, sientes que te están juzgando, que se creen mejor que tú, y no lo soportas. Aprovechas cualquier oportunidad para expresar tu desdén hacia ellos, aunque ni se estén metiendo contigo.

Si un discurso por demás mundano y de sentido común que aparece en un medio inocuo de la cultura mainstream (digamos, un comercial de rasuradoras) invita a los hombres a ser decentes, te sientes personalmente atacado y en la necesidad de gritar a los cuatro vientos “¡pero yo sí soy decente!”, en lugar de simplemente decirte “a mí no me queda ese saco”, y desear que a los que sí les viene cambien su actitud.

Cuando se te presenta con el hecho de que, hablando de violencia entre géneros, la abrumadora mayoría de los actos de agresión y abuso son cometidos de hombres contra mujeres, te sientes injuriado, aun cuando deberías entender que a los hechos no les importan tus sentimientos.

Crees fervientemente en el mito de que las universidades en Estados Unidos son centros de radicalismo que censura de maneras dignas de Stalin cualquier discurso “disidente”, aun cuando los datos y la evidencia señalan que este pánico es ficticio.

Te jactas de ser políticamente incorrecto, pero no te has dado cuenta de que en tu círculo de sagaces amigos, ser políticamente incorrecto es lo políticamente correcto, y que ser políticamente correcto es la clase ofensas que hay que atacar y perseguir. Eironeia!

De verdad piensas que hoy en día ya no se puede ser un hombre heterosexual sin que todo el mundo te satanice y criminalice. Te sientes perseguido, quizá porque no tienes ni puta idea de lo que significa estarlo.

Te encuentras profundamente ofendido por cada uno de los puntos anteriores, y estás listo para echar una diatriba monumental al respecto, desde una postura arrogante o burlona, porque no puedes aplicar el “vive y deja vivir”, que sería la reacción del ilustrado ante el estulto.



FIN
😋

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails