miércoles, 14 de junio de 2017

¿De qué trata Jurassic Park?



El éxito taquillero de Steven Spielberg, Jurassic Park, ha sido una de mis películas favoritas desde aquel lejano 1993 en que vio la luz. Desde entonces la he visto decenas de veces. Pero sólo recientemente me he puesto a pensar, ¿de qué se trata en realidad? No sólo la primera, sino la serie completa, ¿de qué habla realmente? La respuesta me golpeó como un balón de futbol americano en la ingle de Juan Topo: Jurassic Park trata de la FAMILIA.

Putattention: Todas las películas de Jurassic Park tienen como eje central de su argumento la creación o recuperación de la unidad familiar. Todas tienen personajes que descubren o redescubren la felicidad de la paternidad y/o la maternidad; en todas la amenaza del divorcio (disolución familiar) se cierne sobre los protagonistas y en todas al final la familia triunfa. Veamos...

En la primera Jurassic Park tenemos al paleontólogo Alan Grant, nuestro héroe y protagonista, un hombre al que no le agradan los niños. De hecho, ése es uno de los primeros rasgos definitorios del personaje: los niños "apestan" y no quiere tener uno. 


Pero cuando la crisis comienza, Alan se ve obligado a proteger a Alex y Timmy, a los que hasta ese momento había demostrado poca tolerancia. Ya antes se nos había informado que los padres de los chicos estaban enfrentando un proceso de divorcio, y el miedo de los niños a ser abandonados se refleja claramente en el momento del ataque de la tiranosaurio "¡Nos abandonó! ¡Nos abandonó!" gime Alex, traumatizada, refiriéndose no sólo al escurridizo abogado Donald Gennaro, sino a sus propios padres. Pero Alan le brinda seguridad "yo no voy a abandonarlos". 

Alan descubre su lado paternal y asume el rol tradicional de padre protector contra las fuerzas hostiles de la naturaleza salvaje. Al final, mientras los sobrevivientes huyen en helicóptero, su colega Ellie le dirige una mirada significativa cuando lo ve a él acurrucado con los dos niños exhaustos.

En The Lost World el protagonista es Ian Malcolm, de quien sabemos desde la primera película que ha pasado por varios matrimonios y tiene muchos hijos. En esta entrega, conocemos a su hija Kelly, a quien Ian constantemente decepciona y desatiende. Como sabemos, Kelly se escabulle clandestinamente en la expedición a la Isla Sorna, donde habitan los dinosaurios, lo que obliga a Ian a asumir el rol de padre protector en el que había fracasado durante tantos años, ahora junto a su novia Sarah. De esta manera, Ian, Sarah y Kelly conforman una nueva unidad familiar.



En Jurassic Park III tenemos a otra pareja de divorciados, los señores Paul y Amanda Kirby, que llegan a la Isla Sorna en busca de su hijo Eric. Ben, el novio de Amanda, había llevado a Eric a una aventura peligrosa (e ilegal) en la isla de los dinosaurios; finalmente el joven pierde la vida y el niño queda atrapado en la isla. Esta desventura obliga a los padres a unir fuerzas para buscar a su hijo y salvarlo de las garras de los depredadores; a lo largo de la aventura reconstruyen sus relaciones, como pareja y como padres. Además, Paul queda reivindicado como una figura paterna; frente al juvenil y aventurero Ben, cuyas dotes lo hacían atractivo como amante, la prudencia y estabilidad de Paul demuestran que él es la mejor opción para ser el paterfamilias.

Por otra parte, mientras Ellie Satler ya ha formado una familia (y es precisamente ese matrimonio lo que salva a los naúfragos en la isla de los dinosaurios, porque el esposo de Ellie tiene influencias y manda a la marina a rescatarlos), Alan Grant tiene un hijo putativo en la figura de su joven aprendiz Billy. El joven decepciona a Alan al robar los huevos de los velocirraptores, y ambos tienen una pelea poco antes de que el pupilo se sacrifique para salvar a sus compañeros. Alan entonces se da cuenta de que había valor en la forma de pensar de Billy y se lamenta por no haberlo reconocido antes de perderlo. Por fortuna, la vida le da una segunda oportunidad de llevar a cabo un mejor papel como figura paterna, porque Billy sobrevive y al final ambas unidades familiares escapan.

Por último llegamos a Jurassic World, en la que la dinámica se repite una vez más. Los padres de Gray y Zack los envían al parque de diversiones más peligroso del mundo para que los chicos no tengan que estar en casa mientras ellos se divorcian. ¡Menuda sorpresa que tendrán los niños cuando regresen! Son puestos bajo el cuidado de su tía Claire, una mujer absorbida por su trabajo a quien los niños le son indiferentes y que los subarrenda al cuidado de su asistente (a la cual tampoco le importan mucho los chamacos). Como era de esperarse, en el momento en que la crisis golpea, Claire y el adorable patán Owen se ven obligados a asumir el papel de padres protectores de los chicos, y en el proceso sientan las bases de una nueva unidad familiar.



¡Pero eso no es todo! El tema de la familia no esta presente únicamente entre los personajes humanos. ¡Es también recurrente para los dinosaurios! Chequen: en Jurassic Park todos los dinosaurios son creados hembras para impedir la reproducción; en otras palabras, para impedir que formen familias. Pero estas lagartas terribles superan la homofobia y transfobia de sus creadores y, con ayuda de los genes de rana que les permiten cambiar de sexo, comienzan a reproducirse. Habrá familias, lo quieran o no los patriarcas del parque.

En The Lost World tenemos a una pareja de tiranosaurios y a su joven cría, secuestrada por malvados humanos. La película puede leerse como la historia de un padre dedicado en busca de su cría. Después de sembrar el caos en San Diego, el tiranosaurio y su bebé tienen un momento de unión filial cuando el pequeño mata y devora a su primer humano y el padre lo mira con orgullo. Al final, la familia feliz se ve reunida en libertad.



En Jurassic Park III los velocirraptores persiguen a nuestros héroes porque el joven Billy había robado sus huevos. La tensión se resuelve cuando Alan devuelve los huevos y la familia de raptores se reúne de nuevo. 

En Jurassic World tenemos a un engendro, la Indominus rex, una criatura que ni siquiera debería existir. La única de su especie, no sólo en el presente, sino en toda la historia natural de la vida en la Tierra, esta bestia no tiene ni podría tener familia, y desquita sus frustraciones contra todos los seres vivos que encuentra (a su única familia, su hermana, la había devorado cuando ambas eran crías). En un momento pretende y logra convencer a las velocirraptoras de que ella es no sólo parte de la familia, sino su matriarca legítima, ya que comparte ADN con ellas. Pero hacia el final de la cinta Owen, su entrenador, les recuerda que no es el ADN sino las relaciones afectivas lo que forman a una verdadera familia y las raptoras se vuelven contra la Indominus




Por lo anterior podemos concluir que la saga de Jurassic Park es una defensa de los valores familiares. Aunque esto podría tomarse como una postura conservadora y tradicionalista (y lo es, hasta cierto punto), hay otros elementos que nos permiten apreciar la defensa de la diversidad en la configuración familiar, como podemos apreciarlo en las familias trans de dinosaurios en Jurassic Park, o en la familia interracial de Malcolm (padre judío, madrastra caucásica, hija mulata) de The Lost World y la reiteración constante de que los miembros de una familia no necesariamente tienen que tener lazos de sangre. Pero definitivamente, el mensaje central en Jurassic Park es que la familia es lo más valioso de la vida y la unidad de significado de todas nuestras relaciones sociales. Y si no se han dado cuenta todavía, todo lo anterior es mame.

Repito: sí, es mame. No creo ni un poquito (bueno, quizá un poquito) en todo lo que les acabo de exponer. Un día noté que el divorcio es un tema presente en las cuatro películas, y por los lulz me puse buscar y rebuscar detalles en la serie para armar una interpretación que coincidiera con una hipótesis lo suficientemente creíble para hacerla pasar como legítima. 

¿De qué se trata Jurassic Park? De dinosaurios que comen gente. Bueno, la primera se trata también de cómo el control humano sobre la vida es siempre una ilusión, que la naturaleza es caos y que la vida se abre camino. Pero sobre todo se trata de dinosaurios que comen gente. 

This!

Hay niños en todas ellas porque son películas de aventuras familiares que atraen a los pequeños y se necesita personajes con el que se puedan identificar. En la novela original Alan es un bonachón al que le encantan los niños, pero en la película lo cambiaron porque es más interesante ver a alguien a quien no le agradan los mocosos obligado a convivir con ellos y protegerlos. Por eso la dinámica se repite en Jurassic World. 

Es más fácil que estos niños estén sin sus padres porque si lo estuvieran sabríamos que una película así de comercialona no se atrevería a dejar niños huérfanos o padres deshijados y no habría tanto suspenso. Es más interesante que los niños estén bajo el cuidado de personas que no sean sus padres (por eso Jurassic Park III está de hueva). En el libro The Lost World Kelly ni siquiera es hija de Ian, sino que ella y otro niño están ahí por un proyecto escolar. Todos los demás detalles que les mencioné son circunstanciales.

¿Por qué hice todo esto? Sólo para mostrarles lo fácil que es hacer una interpretación rebuscada y mamona de cualquier producto de la cultura pop, para que aprendamos a no irnos con la finta y buscar significados ocultos donde no los hay. Muchas veces lo que sucede es que los detalles a los que queremos dar enormes significados son en realidad subproductos de decisiones del autor para favorecer la narración o de los corporativos para hacer su producto más comercializable. 

¿Por qué Hugo, Paco y Luis son sobrinos y no hijos de Donald? ¿Por qué Rico McPato es tío de Donald? ¿Dónde están los padres de todos ellos? ¿Es acaso un mensaje para disolver los lazos familiares en pos de un sistema de valores individualista como conviene al capitalismo imperante? No, es sólo que si los patitos fueran hijos de Donald, tendrían que estar con él todo el tiempo, además de que tendrían que casar a Donald con Daisy, y también tendrían que estar juntos siempre. El que Donald sólo sea tío, sobrino y novio, permite una mayor flexibilidad para sus historias y aventuras, pues en ocasiones podría estar con los patitos, con Daisy o con el tío Rico, pero no siempre tendrían que estar todos juntos.



¿Qué significa que el sable de luz de Luke Skywalker en El regreso del Jedi sea verde y no azul como el de Obi-Wan y el de Anakin? Nada, es sólo que para las secuencias de acción en Tatooine el sable azul se perdía en la inmensidad del cielo despejado y se necesitaba otro color para que resaltara. ¿Por qué el sable de Mace Windu es púrpura? Porque ése es el color favorito de Samuel L. Jackson y él lo pidió (y no se le dice que no a ese Bad Motherfucker). Que luego, retroactivamente, le inventaran significados a los colores de los sables de luz es otra cosa. 

¿Acaso Batman tiene a Robin como su protegido porque es secretamente un pervertido al que le gustan los chavitos? Nah, es que la editorial quería un personaje colorido que atrajera a los niños, y ponerle un hijo era narrativamente complicado. Claro está, autores sucesivos le han dado un nuevo significado a esa relación (el optimista y chistín Robin vendría a encarnar la infancia que Bruce perdió al ver morir a sus padres). Pero de entrada la creación del personaje respondía a decisiones editoriales. ¿Por qué los superhéroes son casi siempre huérfanos, hijos únicos de hijos únicos? Por sencillez narrativa y por darles un origen trágico.




Moraleja: cuando quieran abordar el análisis de un producto de la cultura pop tengan en cuenta que muchas decisiones pueden responder a motivos externos a la narración y no necesariamente a significados que el autor le hubiera querido meter o le hubiera puesto inconscientemente. En otras palabras, paren de mamar.

jueves, 8 de junio de 2017

Sabia como Atenea, hermosa como Afrodita... ¡Poderosa como Hércules!



¡Ya era hora! Después de décadas, aquí está por fin la película de la Mujer Maravilla. Justo lo que esperábamos, justo lo que necesitamos... ¿O no?

Les confieso algo: en un principio, apenas terminando de verla, como que no cumplió mis altas expectativas. Luego la estuve repensando y me di cuenta de que quizá estaba siendo demasiado exigente con ella, pidiéndole cosas que no me son necesarias en otras cintas de superhéroes, a las que estoy más bien acostumbrado a darles pase si me entretienen lo suficiente. Supongo que fue mi error esperar de esta cinta, en especial después de todos los elogios que le he leído, una obra revolucionaria que me volara la mente, algo tipo The Dark Knight. En realidad se trata una peli de superhéroes que está por encima del promedio, con una mezcla entre momentos chingones y otros cutres, aunque predominan por mucho los primeros.

Sin ser tan ambiciosa como la fallida Batman v Superman, tiene una narrativa coherente y bien estructurada, y un arco argumental enfocado en el desarrollo de la protagonista, a quien podemos crecer y desarrollarse desde el principio hasta el desenlace. En pocas palabras, es una película bien hecha, bien actuada y visualmente hermosa (BvS  es un desastre desde el punto de vista de la narrativa).

Eso sí, los resultados de Rotten Tomatoes son igual de ridículos que con BvS. ¿28% vs 97%? Ésas son calificaciones para churros de serie B y obras maestras que revolucionan el séptimo arte, respectivamente. Yo le pondría a cada cual, un 7.0 y un 8.5. Sinceramente, veo estos extremos como puro mame.

Si no han visto la película, los redirijo a la reseña que publiqué en Voz Abierta. La que viene a continuación estará llena de spoilers. Han sido advertidos.


WONDER SPOILERS!




Gal Gadot es per-fec-ta como la Mujer Maravilla. La veo tan en el papel como veía a Lynda Carter o a Christopher Reeve como Superman. Logra retratar esa mezcla de valor y furia con la ingenuidad e idealismo que caracterizan al personaje. Ella llena las altas botas escarlata de la Mujer Maravilla. Y se avienta frases como que “los hombres son esenciales para la procreación pero innecesarios para el placer”.

Patty Jenkins se las arregla para dar a su filme un aspecto visual que corresponda con las otras del DCEU, pero con todo mejor logrado. Las secuencias de acción están padrisisímas. Sin ser tan hiperbólicas como las de Snyder en sus pelis de Bats y Supes, se sienten más reales, con más en riesgo para los personajes que luchan. Mi favorita fue la batalla entre las amazonas y los soldados alemanes en la playa. ¿Mujeres con espadas, lanzas, caballos y flechas contra sujetos armados con fusiles? Difícilmente se puede poner más cool que eso.



Chris No-Evans hace un buen papel como Steve No-Rogers, si su objetivo era parodiar un poco el estereotipo de gringo bravucón, pero aun así dejarnos con un personaje carismático que a pesar de todas sus torpezas y sus esperables inseguridades masculinas, es quien le enseña a Diana el potencial heroico de la raza humana: “Puedes hacer algo o puedes no hacer nada. Y yo ya intenté no hacer nada”.

Los personajes secundarios, que en un principio parecían ser caricaturas nacionales (un escocés, un marroquí francés y un indio americano) tienen ciertos momentos respectivos que permiten darles un poco de dimensión y uno termina encariñándose con ellos.

La peli hasta se da el lujo de echar dos que tres gotitas de reflexión, no muy original ni profunda, pero que podrían sacudirle el cerebro a la chaviza y a las personas no acostumbradas a que sus películas pop mainstream den mucho en qué pensar. El contraste entre los ideales y valores de Diana y la crudeza y cinismo del mundo del hombre (representado visualmente hasta en los colores brillantes de Themyscira y los tonos grises de la Europa arrasada por la guerra) constantemente nos invita a ponderar y debatir.



Son un puñado de momentos específicos, pero no pierde la oportunidad de hacer comentarios acerca de a) sexismo: la forma en que las mujeres son relegadas a segundo plano en la sociedad europea; no pueden votar, no pueden combatir, y mientras su ropa está diseñada para hacerlas ver bonitas, la de los varones está hecha para permitirles actuar; b) el racismo: un personaje marroquí quería ser actor, pero terminó siendo carne de cañón del ejército francés porque su color de piel no es el adecuado; c) el colonialismo: por lo anterior, pero también en un personaje nativoamericano que revela a Diana que la gente de Steve No-Rogers hizo con ellos lo que el Reich intenta hacer con el resto de Europa.

También nos muestra, como ninguna película de superhéroes desde la primera Iron Man, los horrores reales de la guerra. Los campos devastados convertidos en desiertos de lodo, el uso indiscriminado de formas de matar cada vez más atroces, el trauma psicológico que deja profundas cicatrices en los soldados, la indiferencia con la que los altos mandos envían a sus tropas a morir, o el sometimiento de la población civil al abuso de los militares (lo de los civiles belgas esclavizados para trabajar en fábricas alemanas es históricamente cierto).

Por supuesto, está la nunca suficientemente enfatizada moraleja de que la humanidad no es buena ni mala en sí, sino que hay luz y oscuridad en cada uno de nosotros, y que así como somos capaces de grandes crueldades, también somos capaces de grandes heroísmos, como se lo demuestra a Diana el sacrificio de Steve. Sobre todo, Diana aprende que no se puede resolver el problema de la maldad simplemente eliminando al malo, que la realidad humana es más complicada que eso, lo cual para una película de superhéroes es casi  una epifanía.



Claro que ese mensaje se diluye un poco al final, en que Diana pelea con Ares y lo destruye. No tenía mucho caso combatir y matar al dios de la guerra si ya establecimos que con o sin él los hombres se van a matar los unos a los otros, pero realmente no podíamos tener una peli de superhéroes sin que al final hubiera catorrazos entre dos seres ultrapoderosos, en especial cuando los otros dos villanos de esta película estuvieron tan chafas.

Lo anterior reafirma la ambición de DC de ser algo más que el entretenimiento ligero; bien o mal logradas, las tres películas de este universo (voy a ignorar Suicide Squad) han sido intelectualmente más ambiciosas que cualquiera de la Maravillosa Competencia (las de X-Men se cuecen aparte). Para bien o para mal estas pelis han generado discusión y comentarios como ninguna de las otras. Es decir, ¿qué tanto más le vas a analizar a Ant-Man?

Y tengo que decir que, a pesar de los inevitables clichés en una historia de origen y de lo cutre que siempre es el tropo de “el poder del amor”, la película me sorprendió en más de una ocasión. No sabía para dónde iba a ir. La revelación final me tomó desprevenido. Nunca me esperé que el profesor Lupin fuera Ares.

Un momento… Marte es el nombre romano de Ares. En la mitología romana, Marte es padre de Rómulus y Remus, los fundadores de Roma… Remus, como Remus Lupin… Ahora todo tiene sentido. Rayos, debí haberlo visto venir.




Como decía, peor de la peli fueron los antagonistas. Que hayan tomado a una figura histórica real como Erich von Ludendorf y lo hayan convertido en un malo de Rocky y Bullwinkle, con todo y risa malvada y retorcerse las manos, me producía un facepalm cada vez que aparecía en la pantalla. Sólo faltaba que le pusieran la musiquita tipo “Ludendorff malvados y asociados”.

Es bastante malo que hayan hecho un villano tan chafa, pero que hayan convertido a un personaje histórico en ese villano chafa es como para repartir lapos. Para eso mejor hubieran inventado un personaje ficticio con un nombre alemán ridículo, como siempre hacen los gringos, algo tipo Barón Gustav von Tottengötter. Y que tuviera un monóculo y una cicatriz en la mejilla, para redondear. Él y la Dra. Veneno aburren más que dar miedo o inspirar odio. Después de la revelación final, este par de dos son todavía menos interesantes y relevantes, sobre todo si ves la peli por una segunda vez, y francamente importa un comino lo que pase con sus vidas.



Qué bueno que se revela que al final el verdadero villano es Ares porque habría sido anticlimático quedarnos con esa pelea tan mensa entre Diana y el Ludendorff puesto perico con venom. Qué malo que sea el profesor Lupin. Es que miren, fue muy astuto esconder a Ares en un caballero inglés de mediana edad y buenos modales, en vez del general megalomaniaco. Pero ya que se convierte en el Ares de los cómics que conocemos, pero sigue teniendo la cabeza del profesor Lupin, toda a arrugada, pelona y con ese bigotito ñoño, se ve más que ridículo. Mínimo le hubieran puesto barba postiza para que se vea como el Dios de la Guerra, o hubieran creado un personaje CGI que mantuviera los rasgos de Lupin, pero que no siguiera viéndose como el caballero inglés de mediana edad y buenos modales.



Como ñoño de las guerras mundiales, desde que supe que esta cinta se situaría en la Primera, y no en la Segunda como en los cómics originales de la Mujer Maravilla, me sentí decepcionado. Para empezar porque la Alemania del Káiser no es ni de lejos un villano tan perfecto como la Alemania de Hitler. A diferencia de la 2GM, en la que había claramente un bando agresor con una ideología perversa, la 1GM fue más bien una competencia entre potencias europeas para ver quién la tenía más grande. Los soldados en las trincheras, fueran alemanes, franceses o ingleses, dan más pena que ganas de verlos derrotados. Sobre todo, se perdió una gran oportunidad, en estos días de nacionalismos y neofascismos renacientes: la de tener a una mujer pateando nazis en la pantalla grande.

Sé que lo hicieron para que no pareciera que le estaban fusilando a Marvel con su Capitán América, pero de todos modos es una lástima (y de todos modos los marvelitas siguen diciendo que es fusil… pendejos ¬¬). Supongo que la 1GM se prestaba más a uno de los mensajes centrales de la película, que “todos somos responsables” por el infierno en el que hemos convertido al mundo.



Finalmente, Wonder Woman es una cinta importante. No es la primera cinta de superheroínas, pero sí es la primera, hasta ahora, que ha sido honestamente buena. Viéndola pienso que a lo mejor hicieron bien en esperar hasta este momento, en que el género ha madurado, para darle una película a la Mujer Maravilla. De otra forma, podía haber quedado algo tipo Gatúbela. Ugh.

Desde 1977 hemos tenido: 8 películas de Batman, 7 de Superman, 7 de Iron Man, 7 de Wolverine, 6 de Spider-Man, 6 del Capitán América y sendas películas para personajes de los que nadie fuera de la nerdósfera había escuchado hablar, como Ghost Rider, Punisher, los Guardianes de la Galaxia o el Doctor Strange. Fuera de una película para la TV de 1974 (en la que Diana ni siquiera usa su traje distintivo), la Mujer Maravilla nunca había tenido un protagónico.

Esta es la película de superheroínas que necesitábamos; no es sermoneadora ni panfletera, no es tan “radical” que pueda espantar al público regular, pero lo suficientemente atrevida como para hacer rabiar a los machirrines (como ya lo ha hecho) y tan llena de heroísmo que ya está inspirando a mujeres y niñas de todas las edades alrededor del mundo. El simple hecho de que sea una buena película de superheroína ya la hace un parteaguas. Sobre todo, responde a las necesidades de una sociedad en pleno proceso de transformación y que requiere con urgencia de modelos femeninos positivos y fuertes en la cultura pop; necesidades que, por cierto, llevó a William Moulton Marston a crear a la Mujer Maravilla en aquel lejano 1941.



Después de pensarlo estos días, me di cuenta de que la Mujer Maravilla le ha quitado a Superman el papel de símbolo de la esperanza y muestra de lo mejor que hay en los seres humanos. El viejo boy scout fue pervertido por la ideología randiana de Snyder y Goyer, no sólo incompatible, sino opuesta a la filosofía que hace del Hombre de Acero el héroe benévolo, generoso y empático que es en los cómics. Bajo la batuta de Patty Jenkins, en cambio, Diana conserva la pureza del personaje. 

Wonder Woman es hasta ahora la mejor de la franquicia y superior a la mayoría de las de Marvel. Diana ya se había robado la película de Batman v Superman, y ahora con esta cinta se roba todo el Universo DC. 

viernes, 2 de junio de 2017

Lo que a ti te gusta es mover el culo



Buenos días, Internet. Agárrense porque va a haber arena. Voy a hablar de algo que levanta muchas costras y pone a la gente a mostrarse los dientes unos a otros. Voy a hablar de reguetón. No realmente, voy a hablar del mame alrededor del reguetón (y otros géneros similares), en especial cuando sus fanses sienten que deben defenderlo de las acusaciones de gente mamona y malaondosa. Sí, te estoy hablando a ti, que te gusta perrear; a ti, que te gusta mover el culo.

A mí, Maik, el reguetón me parece horrendo. El ritmo me es insoportable y las letras me parecen abominaciones. Pero sé que el que a ti te guste no te hace una persona menos inteligente, ni menos íntegra, que no socava en lo más mínimo la validez de tus convicciones éticas, y que ultimadamente no necesitas mi aprobación y que puede valerte madres lo que yo opine. También ya superé esos pruritos moralinos de apocalíptico que ve en toda moda que no le agrada signos de la decadencia cultural de Occidente.

La música fea me viene importando un comino mientras nadie me obligue a escucharla.  Lo que me caga es la deshonestidad intelectual. Porque es muy fácil y cómodo encontrar la mierda ideológica en los gustos de los demás, pero blindar los tuyos propios contra toda crítica. Espérate, no te vayas, que esto, con todo y las palabrotas, pretende ser un ejercicio de reflexión para beneficio de todos los interesados. Hear me out.

Las defensas de la música reguetonosa se pueden reducir básicamente a dos: a) sí es sexista, pero también lo son muchos otros géneros musicales y nadie se escandaliza; y b) detrás de las críticas al reguetón hay prejuicios clasistas, porque se trata de música populachera.



A la primera queja suele seguir una buena dosis de cherry picking, un sumergirse en décadas y décadas de rock, pop, blues y metal para rescatar del fondo de los baúles una que otra canción más o menos olvidada, la cual, analizándola detenidamente, tiene algún mensaje más o menos velada o abiertamente sexista. Y esto se pretende presentar, en una bonita falsa equivalencia, como comparable con lo que las canciones de reguetón hacen abiertamente, estribillo tras estribillo, hoy en día, en todas partes y sin pelos en la lengua.

Pero es que además ése es un argumento falaz del tipo tu quoque. Aun aceptando, for argument’s sake, que la música de otros géneros y otras épocas está tan llena de sexismo como el reguetón, esto no lo hace menos criticable. Que si fuéramos a aceptar como válida la justificación de “pues sí, el reguetón es sexista, pero todo lo es”, vale, está bien, pero si así está la cosa no quiero volver a leer de tus dedos críticas a las princesas Disney, los videojuegos de GTA, los cómics de Batichica, los comerciales de Tecate, el porno de Internet o las comedias románticas de Hollywood. Porque si el argumento va a ser que no podemos criticar algo porque todo es sexista, entonces no podemos criticar nada.



Pero no queremos eso, ¿verdad? Queremos analizar diferentes manifestaciones culturales, y si encontramos en ellas características que nos parecen propias de formas de pensar negativas, queremos poder señalarlo sin temor, con el objetivo de comprender mejor nuestra cultura y, quizá, mejorar un poquito como los monos vestidos que somos.

Claro, no es de mucha confianza el criterio de quien se alarma por el sexismo del reguetón pero le tienen sin cuidado las innumerables (y mucho más graves) muestras de sexismo que chorrean por todos los poros de nuestra cultura. Entonces es razonable sospechar que quizá no es el sexismo lo que más le molesta en el reguetón. Es más, no dudo que muchos de ésos nomás estén buscando agarrar el primer ejemplo de incongruencia para joder al prójimo: jaque mate, feminazis.

Es cierto también que muchas veces los chistes que denigran al reguetón van acompañados de insinuaciones sobre la clase social de quien escucha esa música (también muy a menudo, van sobre su inteligencia y cultura, o falta de ambas).



Lo que nos lleva a hablar del segundo argumento, el del clasismo. Sí, puede ser que haya clasismo en quien se caga en el reguetón. Pero no puedes afirmar que ésa sea la única razón para que a alguien no le guste. Puede ser por conservadurismo, por mochismo, por esnobismo intelectual, o porque sea una persona mayor a quien todo lo nuevo le horroriza. Puede ser un poco de todo. Puede ser que a alguien simplemente le parezca feo, mientras otros géneros igual de origen popular y guapachoso, como la salsa o la cumbia, le son muy agradables (es mi caso). No soy fan del hip hop ni del rap. ¿Me hace eso racista aun cuando sí me gustan el jazz y el reggae? Es como decir que si no te gusta el k-pop es porque eres racista contra los asiáticos. O que si no te gusta el calypso eres despectivo contra los jamaiquinos. O qué sé yo.

Además, dudo mucho que un género musical que está haciendo millonarios a sus intérpretes, que se toca en los antros más fresas y hip, que ha conseguido que a la moda se sumen artistas pop como Shakira y demás, pueda ser clasificado como música del pueblo.

Pero si así fuera, si estuviera mal criticar el sexismo en algo que es “expresión del pueblo bueno”, entonces no valdría ofenderse de las portadas de los pastiches sensacionalistas que ponen a chamaconas semiencueradas junto a brutales escenas de violencia o accidentes. No habría que ofenderse por los comentarios de Julión Álvarez ni las letras de la música de banda. No habría que rasgarse las vestiduras por el humor sexista de los comediantes de teatro regional. Porque, al fin y al cabo, el pueblobueno es el público de estos materiales.



Curiosamente, la apelación al clasismo es la que sacan seguido los machirrines para defender el piropo. ¿Acaso se puede condenar a los taxistas o albañiles por piropear a las señoritas, si el piropo es parte de su cultura populachera y han sido educados así? ¿Acaso no fue un acto de prepotencia clasista cuando Tamara de Anda hizo que ese pobre taxista pasara una noche en detención por gritarle “guapa”? Mis respuestas: sí y no.

Pero, como siempre, se trata de una argumentación comodina y conveniente. Si alguien te acusa de un pecado (sexismo), tú lo puedes acusar de otro (clasismo, xenofobia, eurocentrismo colonialista, seguidor del cultor de Cthulhu, guarever). El chiste es pasarle la carga de la culpa y la vergüenza a otro para no tener que ver las contradicciones propias. Entonces es razonable sospechar que no es el clasismo lo que más te molesta en los criticones del reguetón.

Mira, lo honesto sería decir algo así como: “Pues sí, las letras de reguetón son muy sexistas y vulgarzonas, pero me vale madre, porque el ritmo está bien sabroso y me gusta bailarlo y sentirme sexy y sin inhibiciones; no necesito la aprobación de ningún listillo porque mi cuerpo es mío y hago con él lo que me da la gana, y además no tenemos que ser puristas ni que cada forma de entretenimiento o relajo que disfrutamos esté hasta el último detalle en concordancia con nuestras posturas éticas”.



¡Enhorabuena si tienes esa claridad de pensamiento! Me consta que muchas personas a las que les gusta el perreo están bien conscientes de esto y no necesitan que nadie les explique nada.

Lo cierto es que a todos nos gustan cosas bien pendejas. A mí me encanta la película 300, con todo y que es racista, xenófoba, capacitista, randiana, militarista, fascistoide e hipermasculinista, amén de históricamente inexacta (además es involuntariamente gay, pero eso lo tomo como algo bueno). Pero está bien chida, y la acción está poca madre, y me emociona. Sobre todo, sé que no me vuelvo menos progre-chairo-mangina porque me guste. Puedo reconocer la mierda ideológica en cosas que me gustan sin que por ello que dejen de gustar.

El problema, por el cual imagino que muchas personas temen aceptarlo de esta manera, es que abre ciertas puertas. Pues si aceptas que una persona no deja de ser feminista porque le guste el reguetón a pesar de sus letras sexistas, entonces tendrías que aceptar la posibilidad de que el ñoño al que le gustan los cómics de Milo Manara, el vatito que cuenta un chiste de humor negro que refuerza estereotipos, la bandita que no quiere dejar de corear y brincotear al ritmo de Ingrata, tampoco son necesariamente monstruos misóginos. Y eso es lo que te asusta: el ya no tener la autoridad moral para juzgar y condenar los gustos estúpidos de todos los demás.




Lo que de fondo sucede aquí es que quieres exentar al reguetón de toda crítica porque es lo que a ti te gusta. En eso es en lo que consiste tu deshonestidad intelectual.

Haré una apuesta arriesgada: te gusta no porque te hayas sumergido en toda la variedad de los géneros musicales de la humanidad y descubierto que el reguetón es lo que realmente expresa tu identidad; te gusta porque es lo que te tocó que estuviera de moda en tu juventud, como los tatuajes, los mason jars, los ukeleles y las fotos de Instagram en colores pastel. Y eso no tiene nada de malo: generación tras generación de seres humanos hemos sido así.




Se les llama “placeres culposos”, pero no deberíamos sentir culpa ni pena por ellos. Lo que tampoco tendríamos que hacer es rebuscar y hacer malabares mentales para hacerlos pasar por cosas filosóficamente sofisticadas o políticamente comprometidas, y así dotarlos de un aura de prestigio que no necesitan. O sea, cuando hablamos de perrear, lo que está de hueva es que te pongas a hacer racionalizaciones mamonas acerca de “liberación sexual” y “música del pueblo”, como si al defender el perreo estuvieras luchando por la justicia social.

Lo que a ti te gusta es mover el culo. ¡Albricias! No necesitas darle muchas vueltas, ni necesitas justificarlo ante nadie. Aceptémoslo con sinceridad y dejémonos de mamadas.


lunes, 29 de mayo de 2017

Un golpe de retórica no abolirá la ciencia



La ciencia es imperfecta e incompleta. Siempre está corrigiéndose a sí misma. Eso es lo que la hace diferente a otras formas de conocimiento, como la religión, que se consideran a sí mismas completas y perfectas y que sólo basta interpretar el mundo bajo su mirada.

Los científicos, como seres humanos que son, se equivocan. Tiene sus propios sesgos, prejuicios, debilidades y ambiciones personales. En la historia de la ciencia conocimientos que se aceptaban como verdades sólidas han sido modificados o de plano desechados. Podemos esperar que esto siga sucediendo por siempre.

La ciencia ha cometido grandes errores en el pasado. Ha sido usada para racionalizar prejuicios sociales como el sexismo y el racismo. Estos antecedentes nos advierten que debemos estar alerta.

Los postulados científicos a menudo contradicen las creencias más atesoradas de las personas. Éstas pueden ser religiosas, pero también seculares, como en el caso de las ideologías políticas. Por ejemplo, la teoría evolutiva causa mucho escozor en personas de ambos extremos del espectro ideológico. Como dice Reza Ziai de Areo Magazine:

Izquierda y derecha son compañeros extraños. La derecha tiende a creer que la evolución es una afrenta a su sentido de la moral, porque contradice el diseño inteligente. La izquierda tiende a creer que la evolución es una afrenta a la moral porque de alguna manera justifica el sexismo, la esclavitud y el genocidio.

No hace mucho me topé con este ejemplo, presentado por la página de facebook Spanish Revolution (de inclinaciones anarquistas).



Si nos fijamos en el video de Spanish Revolution notarán que en ningún momento ofrece evidencias, o siquiera argumentos sólidos, para rechazar la evolución darwiniana y abrazar la tesis alternativa de Kropotkin. Simplemente se reduce a plantear que, ya que la teoría de la evolución por selección natural tiene como base la competencia, y por lo tanto está acorde con la ideología capitalista, debe ser falsa. Dicho en pocas palabras, lo que están diciendo es: este postulado científico no va de acuerdo con mi ideología y mi moral, por lo tanto no puede ser verdad.

Pero la cosa no funciona así. El que una hipótesis científica concuerde con una postura ideológica que te parece repugnante, no significa que esté equivocada en sí misma. Puede ser causa para una sospecha razonable y que amerite revisarla, pero no es suficiente para rechazarla en sí misma. Los postulados científicos, nos agraden o no, deben ser sometidos al mismo rigor, y aceptados (y siempre de forma provisional), mientras pasen esas pruebas. Los errores de la ciencia se han corregidos desde la ciencia misma, y no desde la pseudociencia, la religión ni la apología ideológica.

La falacia moralista es una forma de argumento ad consequentiam, que pretende juzgar la veracidad de una afirmación con base en las consecuencias que tendría si ésta fuera verdad. Si estas consecuencias son inmorales, entonces no puede ser verdad. Su contraparte es la falacia naturalista, que consiste en querer tomar lo que sucede en la naturaleza como guía de lo que es ético. Si en la naturaleza hay competencia y dominio de los unos por los otros, entonces es moralmente correcto que entre los seres humanos lo haya. O sea, la falacia moralista nos dice que lo que debe ser dicta lo que de hecho es, mientras que la falacia naturalista nos dice que lo que de hecho es dicta lo que debe de ser.



Una moral anarquista valora la cooperación voluntaria y horizontal, y rechaza las jerarquías, la coerción y la competencia. Sería más fácil (o más facilón) justificar sus valores morales si éstos correspondieran con lo que científicamente se ha observado respecto a cómo funciona la naturaleza. Sin embargo, un pensamiento ético autónomo no necesita que el mundo natural se ajuste a sus concepciones morales, y por lo tanto no teme que lo que de hecho es no corresponda con lo que debería ser.

Dicho de otra forma, no necesitamos que la naturaleza sea toda cooperación benévola para que nosotros, seres racionales con libre albedrío, podamos construir una sociedad basada en la cooperación voluntaria y horizontal (ideales con los que yo simpatizo de todo corazón). Como dice Steven Pinker en La Tabla Rasa, el hecho de que existan tendencias innatas y diferencias entre los cerebros (y por lo tanto, las mentes) de los seres humanos, no es motivo para dejar de creer en la igualdad, la libertad o el progresivo mejoramiento de nuestras sociedades.



Esto, amén de que Spanish Revolution tiene una noción sobre la teoría evolutiva simplista y errónea, y que plantea un falso dilema entre cooperación y competencia. En realidad, la síntesis moderna de la evolución contempla ambos procesos para explicar cómo cambian las especies (por ejemplo, es la cooperación la que nos permitió pasar de seres unicelulares a los organismos complejos que somos ahora). Esa “falsa evolución que nos enseña el sistema capitalista” es un hombre de paja, no existe; y lo sabrían si leyeran más sobre ciencias.

No es la primera vez que se ha atacado a la tesis darwiniana basándose únicamente en la ideología. El dictador de la Unión Soviética, Iósif Stalin, decidió que la teoría de la evolución por selección natural y la genética de Mendel contravenían el dogma marxista de que el carácter humano es infinitamente moldeable a través de la educación e independiente de la herencia genética. Por tanto, no podían ser verdaderos.

Aquí entra en escena Trofim Denísovich Lysenko, un ingeniero agrónomo que planteó un paradigma alternativo acorde a la ideología soviética, armado con retazos de diferentes teorías científicas, ya fueran válidas u obsoletas. La ciencia de Lysenko se convirtió en la oficial del régimen estalinista y se aplicó a la agronomía. Quien criticaba el lysenkismo o defendía la selección natural y la genética, podía ser acusado de promover ideologías burguesas o fascistas (y enfrentar las consecuencias). ¿El resultado? Un desastre para la agricultura soviética y para la ciencia rusa, por supuesto.



¿Cómo podemos reconocer una crítica legítima a un postulado científico con un rechazo meramente basado en la ideología? Aquí hay una pista: el segundo utiliza sólo retórica. Una crítica seria podría señalar que la metodología de los estudios no fue rigurosa, que la muestra no fue representativa o que los resultados no sustentan la conclusión. Mientras, el rechazo ideológico sólo dice que las conclusiones no pueden ser ciertas porque concuerdan con posturas que se perciben como peligrosas o inmorales.

Por ejemplo, las neurociencias son de los campos de estudio más fascinantes de la actualidad. Tanto, que algunos comentaristas sostienen que representan la gran revolución científica de estos tiempos. Esto, por supuesto, la hace también vulnerable a incomprensiones, desconfianzas, abusos, sensacionalismo y charlatanería en su nombre. Como se trata de un campo de estudio muy difícil de comprender (el cerebro humano es uno de los sistemas más complejos que existen), los legos como su seguro servidor no pueden hacer mucho más que confiar en el consenso científico.

El caso es que hay mucha neuro-basura por ahí en los medios, como nos explica la neurocientífica Molly Crockett. Pero también hay mucha resistencia ante descubrimientos científicos sólidos porque contradicen posturas ideológicas. ¿Cómo podemos ver la diferencia?



Fíjense en dos textos que quiero presentarles. El primero habla de Neurosexismo, la tendencia a justificar ideas sexistas usando las neurociencias. Léanlo bien y verán que no se trata simplemente de afirmar que si un postulado científico es sexista debe ser falso. Por el contrario, aclara:

No es sexista reportar posibles diferencias entre el cerebro masculino y femenino; ni tampoco lo es en la mayoría de ocasiones buscarlas. Es una línea de investigación muy válida e interesante que puede ayudarnos a entender más sobre las funciones (y las disfunciones) de uno de los órganos más desconocidos a día de hoy; amén de contribuir al avance del conocimiento médico y científico de cualquier otro tipo, ya que en cualquier investigación se suele considerar el sexo y el género como factores relevantes que pueden interferir o modificar los resultados. El neurosexismo ocurre entonces cuando las asunciones e ideas preconcebidas sobre las diferencias innatas entre sexos sesgan el diseño del estudio, el análisis y la interpretación de los resultados, o la comunicación de los mismos en los medios.
De lo anterior puede deducirse que los estudios científicos que demuestran diferencias neuroanatómicas o neurofuncionales intergénero con metodologías sólidas, por tanto, no se pueden considerar neurosexistas per se.

El problema no es si las conclusiones son sexistas o no, sino si la metodología fue sólida. Si no lo es, y aun así los investigadores las usan para defender sus conclusiones, es muy probable que los prejuicios sexistas fueran su punto de partida y hubieran hecho toda clase de malabares con tal de probar que eran ciertos. El texto incluso ofrece una lista de factores que pueden indicar cuándo nos encontramos ante uno de estos casos: existencia de sesgos diversos, falta de análisis de variables, inclusión de explicaciones ad hoc, extralimitación de las conclusiones, malinterpretación de las relaciones entre los fenómenos estudiados y divulgación sensacionalista de los resultados, entre otros.

El segundo texto se llama Las neurociencias: un intento de colonizar la subjetividad, de la psicoanalista y politóloga Nora Merlin. Según ella, las neurociencias no son más que un arma del neoliberalismo para imponer su visión de la realidad, dotándola de la legitimidad que da la ciencia. Sus argumentaciones contra las neurociencias andan muy difundidas por medios digitales en Sudamérica, y podrán encontrar fácilmente otros textos suyos que van en el mismo tenor.



¿Cómo construye Merlin su argumentación? Pues básicamente tiene dos ejes: 1.- Que los postulados de la neurociencia se corresponden con los intereses del neoliberalismo, el cual, como bien sabemos, es una ideología perversa. 2.- Que la teoría psicoanalítica de Freud, Jung y Lacan ya había desestimado cualquier relación entre la mente y el sistema nervioso (cerebro incluido).

En el primero tenemos un ejemplo típico de rechazo ideológico obvio: algo no puede ser verdad porque concuerda con una ideología enemiga. El segundo es un poco más sutil, porque pareciera decir que autoridades científicas ya han refutado con sus investigaciones lo que ahora las neurociencias están tratando de revivir. En realidad, es el psicoanálisis freudiano el que se considera superado; es más, se le considera una pseudociencia, y precisamente porque la mayoría de sus postulados no pueden ser probados científicamente (aquí y aquí).

O sea, el psicoanálisis es más una doctrina cuasi filosófica que un campo de estudios científicos. La señora Merlin, en pocas palabras, lo que dice es que las neurociencias no pueden ser verdaderas, porque no concuerdan con la doctrina que ella sigue. En ningún momento habla de estudios científicos que refuten los postulados de las neurociencias, sino solamente que van en contra de lo que Freud y Lacan dijeron (eso sin mencionar que condena sin distinciones todo un campo de estudios y que confunde neurociencias con psiquiatría).



Quiero poner un ejemplo más. La ciencia de la felicidad que ha estado tan de moda fue refutada por alguien ajeno al mundo de las ciencias de la mente: un ingeniero en informática de 52 años llamado Nick Brown. Él detectó anomalías en los números del artículo científico que constituía la base de la millonaria industria de la felicidad. Después contactó con el científico Alan Sokal y profundizaron su análisis, con lo que hallaron graves problemas en la metodología y el marco teórico del estudio.

La mal llamada ciencia de la felicidad tiene cierto tufo a capitalismo consumista, ideología según la cual cada quien es responsable de su propio bienestar y por lo tanto las condiciones sociales no son importantes. Pero Brown y Sokal no se limitaron a denunciar esto, sino que se concentraron en lo científicamente relevante.

Creo que el meollo de todo este asunto es que mientras las ciencias experimentan, ponen a prueba, investigan, analizan, contrastan, refutan y corrigen, las ideologías sólo dicen cosas. Y como hablar no cuesta nada, pueden literalmente decir lo que quieran.

Pueden decir que, tratándose del cambio climático, el consenso científico no cuenta para nada porque está influido por los progres. Pueden decir que si la evidencia científica no respalda a la medicina alternativa, es porque a la industria farmacéutica le beneficia. Pueden decir que si los estudios psicológicos no encuentran ningún problema con que las parejas homosexuales críen niños, es porque el lobby gay los está presionando para imponer la ideología de género. Pueden decir que si la seguridad de los alimentos transgénicos está firmemente demostrada, es porque es lo que le conviene a las grandes empresas capitalistas. Pueden decir que la ciencia es sólo invento de los liberales para negar a Dios o que es un arma colonizadora del capitalismo occidental y que por eso no hay que creer en ella. Pero ultimadamente, sólo es retórica, burda o sofisticada, pero retórica al fin y al cabo.

Para seguir reflexionando:

viernes, 19 de mayo de 2017

Por qué decimos que nos duele México



Hola. Hoy quiero mostrarles una simple gráfica. Sencilla, basada en estadísticas. Pero contundente, porque muestra el camino que ha seguido nuestro país en la última década. No proviene de ningún sitio alarmista, ni de medios que se la pasen criticando a nuestro gobierno sólo porque sí. No son invenciones de chairos que mejor deberían ponerse trabajar. Son datos duros y fríos. Aquí la tienen:

Fuente


Nos muestra la incidencia de muertes violentas en México. Como en todo el mundo durante el siglo XX la tendencia iba hacia una baja gradual pero constante. A partir de 2006, sin embargo, la violencia se disparó hacia arriba otra vez. ¿Por qué? Porque ese año el entonces presidente, el panista Felipe Calderón Hinojosa, inició la "Guerra contra el narco". 

Eso es lo que nos ha dejado esa guerra, continuada por el actual presidente Enrique Peña Nieto. No menos drogas, sino más violencia y más muerte, violaciones a derechos humanos de civiles inocentes, el resentimiento de la clase militar y miles de cadáveres en fosas clandestinas [aquí]. Cien mil muertos y 30 mil desaparecidos [aquí]. 

Cuando alguien les diga que extraña a Calderón y que quiere reelegirlo en la figura de su esposa, muéstrele esta gráfica. Quizá no lo conmueva, quizá responda "pues así son las guerras", quizá sea de las personas que, por privilegio de clase, no han tenido que poner los muertos de este conflicto. Pero si tienen algo de consciencia, empatía y honestidad intelectual, alguna fibra les tocará.

Estamos en 2017. Miroslava Breach, periodista de Chihuahua, fue asesinada en marzo, mientras llevaba a su hijo a la escuela. Había dedicado su carrera a escribir sobre el narco; era una periodista incómoda [aquí]. 

Ema Gabriela Molina se había separado de Martín Alberto Medina, involucrado con el gobierno del priista Andrés Granier en Tabasco. Él secuestró a los hijos de ambos y ella luchó años para conseguir la custodia. Poco después de que lo lograra, fue asesinada en Mérida el pasado mes de abril  [aquí].



El 10 de mayo (parece que fue la fecha fue escogida con un sentido del humor enfermizo) fue asesinada Miriam Rodríguez en Tamaulipas. Tras la desaparición de su hija, ante la ineptitud o falta de voluntad de las autoridades, ella se dedicó a buscarla. Encontró sus restos dos años después y tras ello se dedicó a seguir ayudando a las personas a buscar a sus seres queridos desaparecidos [aquí].

A los pocos días fue asesinado el periodista Javier Valdez, querido y admirado por muchos en el gremio. Le había dedicado varios libros y reportajes al narco en México. Consideraba que su misión era darle voz a las historias que pasaban desapercibidas en los medios. Había que luchar contra la indiferencia y el olvido [aquí]. Poco después fueron atacados a tiros Sonia Córdova y Jonatha Rodríguez, ambos periodistas de Jalisco. Él perdió la vida, ella acabó en el hospital [aquí].

Como bien dice Jan Jarab, todo asesinato es una tragedia y una injusticia, pero cuando se mata a periodistas o activistas, se matan oportunidades para hacer un mundo mejor. Pero eso duele tanto y por eso da tanto miedo y tanta rabia. Porque en México pedir justicia es causa de muerte.




Más de 120 periodistas han sido asesinados en México en la última década. Trenta y seis en lo que va del sexenio de Peña Nieto. Seis de ellos sólo en los últimos dos meses [aquí]. Nuestro país es el más peligroso para el periodismo después de Siria y Afganistán, ambos en situación de guerra [aquí]. De hecho, México es el segundo país del mundo con más muertes en el contexto de un conflicto que amenaza la seguridad nacional [aquí]. Aunque cabe aclarar otros países tienen más muertes violentas relacionadas con otros fenómenos sociales (Brasil y Honduras tienen más muertes por delincuencia, por ejemplo), no es de mucho consuelo .

Ahora quiero mostrarles otra imagen. Se trata de una fotografía de 2012, año de la campaña presidencial y triunfo electoral de Enrique Peña Nieto, que marcó el regreso del PRI a Los Pinos después de 12 años de alternancia. Muchos temíamos que aquel fuera un retroceso histórico, pero los priistas aseguraban que ésta se trataba de una nueva generación de políticos, modernos, preparados y visionarios. La foto muestra a Enrique Peña Nieto presumiendo a los 19 gobernadores priistas. ¿Qué ha sido de ellos?



Diez de ellos están siendo procesados por diversos delitos, se encuentran prófugos de la justicia o han sido señalado por la prensa, ONGs u otras instituciones. Entre ellos se encuentran César Duarte, Javier Duarte, Andrés Granier, Mario Anguiano, Fausto Vallejo, Rubén Moreira, Roberto Borge, Egidio Torre, Rodrigo Medina y Roberto Sandoval. Ésta es una imagen que hay que mostrar cada vez que un priista defienda a su partido. Es una foto que México no debe olvidar.





Hablemos de uno de ellos, Javier Duarte, exgobernador del estado de Veracruz, que estuvo prófugo de la justicia hasta ser detenido en Guatemala. Años antes de que cayera en desgracia, periodistas y organizaciones civiles ya lo acusaban, ante los oídos sordos de las autoridades federales, de corrupción, enriquecimiento ilícito, fraude, de colusión con el crimen organizado en la entidad, y de matar periodistas. Por lo menos 17 de ellos murieron bajo el gobierno de Duarte [aquí]. Es tristemente célebre el caso del fotoperiodista Rubén Espinosa y la activista Nadia Vera, quienes habían huido de Veracruz por miedo a Duarte, y encontraron la muerte en la Ciudad de México, donde creían estar seguros [aquí].

Veracruz, un estado sembrado de fosas clandestinas y cerca de 300 muertos encontrados en ellas, no por las autoridades, que nada han hecho, sino por ciudadanos organizados para buscar a sus parientes difuntos [aquí, aquí, aquí]. Veracruz, uno de los estados con mayor índice de violencia de género [aquí] -pero que todavía no supera al Estado de México, cuya fama es internacional-. Veracruz, estado de los Porkys, los hijos de políticos y empresarios adinerados que violaron a una menor de edad y que de no ser por la presión de los medios y la sociedad habrían salido totalmente impunes [aquí]. Veracruz, donde el gobierno de Duarte dio medicamentos falsos a niños que necesitaban quimioterapia [aquí]. Veracruz es sinécdoque de México.



México está sufriendo la generación de gobernadores más corrupta en su historia [aquí], principalmente priistas, pero también algunos panistas y perredistas. Ya ni siquiera encontré espacio en esta nota (o el ánimo) para abundar sobre el caso Odebrecht, el escándalo de corrupción internacional más grande de los últimos años y en el que parecen estar involucrados funcionarios mexicanos [aquí]. ¿Por cierto, alguien se acuerda de los Panamá Papers?

Esto es solamente una muestra, un resumen del panorama del país. No son problemas inventados, ni casos que sólo afecten a unos cuantos, ni pretextos para "los chairos que siempre protestan por todo". Ésta es la realidad, éste es el país en el que vivimos hoy por hoy. ¿Le extraña a alguien que haya quien de verdad sienta que le duele México?

Mi propósito no es deprimirlos ni desanimarlos. Al hablar de cosas malas siempre se corre el riesgo de generar en quien escucha una apatía producto del sentimiento de impotencia. "Si no puedo hacer nada al respecto, ¿para qué me mortifico?". La tentación es retraerse hacia la vida privada, que de por sí tiene muchos problemas. "Mientras me vaya bien a mí, ¿para qué cargar con el peso del mundo en los hombros?". Pero si la situación sigue empeorando, tarde o temprano te tocará a ti o a tus seres queridos, ya sea en forma de la inseguridad, los problemas económicos o la arbitrariedad del poder corrupto. Cuando los precios se inflen y el sueldo te alcance para cada vez menos, cuando las calles de ciudad se vean invadidas por la inseguridad, no te será de mucho consuelo el ser una buena persona que cumple con sus responsabilidades individuales y no se mete con nadie. Estos problemas no se van a ir pensando "hay que chingarle y trabajar duro" o "el cambio está en uno mismo".




Estos son problemas colectivos que requieren de soluciones colectivas. Necesitamos reencontrarnos los unos a los otros, recomponer nuestro tejido social, organizarnos como sociedad civil en contra tanto del crimen organizado como de la clase política. De los partidos podemos esperar de poco a nada. A lo mucho, podríamos calcular bajo qué gobierno resultaría más fácil organizarnos para empezar a componer esta sociedad; sobre qué gobierno sería más efectivo ejercer presión para que hagan lo que se necesita. Hay cierta esperanza en las candidaturas independientes, pero recuerden que alguien sin partido puede ser igual de imbécil o corrupto que un político de carrera.

No puedo ofrecerles soluciones. Pero estoy seguro que el seguir atomizándonos, el seguir con el individualismo sin empatía por nuestro prójimo, con el desinterés por los temas políticos y sociales, con la ceguera elegida ante la situación del país, con la cerrazón ideológica y el tribalismo, no nos va a llevar a ningún lado, sino a más dolor para todos.

martes, 9 de mayo de 2017

El día en que marchamos por la ciencia



El pasado 22 de abril se celebró un evento inaudito, una Marcha por la Ciencia. Por primera vez en la historia, científicos y legos, estudiantes y entusiastas, salieron a las calles de más de 600 ciudades en todo el mundo para defender a la ciencia del avance de las ideologías irracionales y las políticas anticientíficas que vienen con la oleada demagógica que está cerniendo su sombra sobre todos nosotros.

Se trataba de defender la importancia de los hechos científicamente comprobables y comprobados ante la imposición de ideologías que los niegan y que desde el poder buscan silenciar las voces de la razón y el conocimiento.

Se trataba de defender la importancia de la inversión en proyectos investigativos y educación de calidad, frente a acciones de políticos que, sin entender la importancia de la ciencia para el bienestar de las sociedades, recortan el presupuesto público a estas áreas.

Se trataba de abogar por una política basada en evidencias y no en ocurrencias, de defender una visión racionalista y naturalista del mundo frente al avance de la superstición, el negacionismo, las teorías conspiratorias, el fundamentalismo religioso y el fanatismo ideológico. De exigir que los políticos basen sus decisiones y acciones en el mejor conocimiento disponible y con vistas en el bien común.

Se trataba, finalmente, de defender a la Tierra, el único hogar que hemos conocido, en su día, pues la humanidad, nos indica el consenso científico, colectivamente la está volviendo inhabitable, destruyendo sus ecosistemas y alterando su clima.



Como les conté en un texto anterior, todo inició con los Rogue Scientists, los científicos rebeldes. La administración de Donald Trump, lo sabíamos desde su candidatura, se iba a caracterizar por una pobre apreciación del conocimiento científico. Trump ya había declarado no creer en el cambio climático y apoyar la conspiranoia de los antivacunas. La resistencia, pues, inició desde antes de que el anaranjado asumiera el poder.

Un grupo de científicos, hackers, bibliotecarios y archivistas de la Universidad de Pensilvania se dieron a la tarea titánica de descargar información al respecto de los sitios gubernamentales y ponerlos a salvo en servidores a los que podría accederse libremente [aquí].

Sólo se necesitó una chispa para iniciar la ignición de una resistencia: una modesta cuenta de Twitter del Parque Nacional de Badlands, en Dakota del Sur, se dedicó a compartir información sobre el cambio climático en las redes sociales. Las autoridades del parque retiraron los mensajes, así que el rebelde creó una nueva cuenta:  @AltBadlandsNPS. Luego se dio un efecto dominó: comenzaron a aparecer cuentas de Twitter rebeldes de las agencias científicas gubernamentales, incluyendo la NASA y la EPA (@Alt_NASA@RogueNASA y @altUSEPA), para burlar la orden presidencial y continuar informando al público sobre lo que debe ser informado [aquíaquí y aquí].



La marcha por la ciencia era el siguiente paso. En un principio el proyecto sólo contemplaba una gran manifestación en Washington, pero la solidaridad internacional no se hizo esperar. Marchas hermanas comenzaron a ser organizadas en diferentes ciudades del mundo y, para mi sorpresa y alegría, en mi natal y provinciana Mérida. Personalidades de la ciencia, la educación y la divulgación dieron su espaldarazo al proyecto.

Siempre he pensado que toda protesta tiene, además de ser una lucha guiada por el sentido de justicia, un poco de celebración. Incluso antes de topar físicamente con otros en las calles, al ver cuántas personas en todo el mundo se sumaban a la lucha, es imposible no contagiarse del entusiasmo de descubrir que no estamos solos, que no somos sólo unos pocos a los que nos importa la causa, que estamos dispuestos a unir nuestros esfuerzos.

Hubo críticas a la marcha, por supuesto. La comunidad científica no suele ser políticamente activa y algunos temían que esto pudiera politizar la ciencia aun más. De por sí en Estados Unidos temas como el cambio climático y la evolución son considerados por los conservadores como agendas de izquierda; ideología liberal y no hechos objetivos. Una marcha que obviamente se dirigía en contra de la administración Trump sólo reforzaría esa imagen. Ante ello algunos respondieron que tal daño ya estaba hecho; la ciencia y estaba politizada, y ahora había que defenderla por medios políticos. De cualquier forma, como dije en un tuit por ahí, cuando la política es anti-ciencia la ciencia no puede ser apolítica.




En México -y en Mérida- la Marcha por la Ciencia se enfocó en los recortes a las becas de posgrado del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnlogía (Conacyt) y el incumplimiento del presidente Peña Nieto de su promesa de aumentar paulatinamente el gasto público en ciencia hasta alcanzar el 1% del PIB.

En la capital yucateca la marcha partió a las 4 de la tarde (bajo un sol abrasador) desde el Monumento a la Patria hasta llegar al Remate de Paseo de Montejo. Fue breve, rápida y festiva. Al final, algunos científicos establecieron pequeños puestos para exponer y platicar con el público interesado acerca de sus investigaciones y por qué son importantes. También hubo un micrófono abierto para quien quisiera compartir sus pensamientos.

En esta batalla contra el oscurantismo del que Donald Trump es el heraldo más notorio ya ha habido algunas victorias parciales. Sus proyectos para imponer una prohibición a personas de algunos países musulmanes, para quitar presupuesto federal a las ciudades santuario que protegen a los migrantes, y para recortar los fondos para la ciencia han sido bloqueados por jueces de la Suprema Corte y por el Congreso [respectivamente, aquí, aquí y aquí].




Pero el riesgo permanece mientras los paleoconservadores y criptonazis que acompañan a Trump en la Casa Blanca sigan en el poder. La Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés), ahora bajo el control de un negacionista del cambio climático, ha despedido a cinco científicos de su panel de expertos, y anunciado que planea sustituirlos con representantes de las industrias a las que se supone que esa institución debería regular [aquí]. El proyecto para construir un oleoducto en territorio sioux en Dakota del Norte, que gracias a las protestas de los indígenas americanos y otros activistas aliados fue echado para atrás por la administración Obama, ha sido revivido autoritariamente por Trump [aquí]. Otro proyecto detenido por Obama, para acabar con la neutralidad de red y desregular la actividad de las empresas proveedoras de servicios de Internet, también ha sido revivido por Darth Orange [aquí].

Una cosa que me sorprendió –y decepcionó un poco- en la Marcha por la Ciencia que tuvo lugar en Mérida fue la falta de una visión global por parte de algunos de los manifestantes. Estaban concentrados en los temas de las becas del Conacyt y del presupuesto federal en ciencias y algunos hasta desconocían por completo las causas de la lucha en otros países o los antecedentes con los Rogue Scientists. Es la misma decepción que sentí cuando en las marchas locales por el movimiento Yo Soy 132 muchos participantes ignoraban o tenían un interés nulo en cómo ello se insertaba en el clima de movimientos okupa y primaveras democráticas a nivel global.

Es importante que aquí superemos nuestro provincianismo y hagamos conciencia de que estas luchas son globales e históricas, y que el éxito de los capítulos locales contribuye y depende en gran parte al éxito de los demás. Podríamos aprender de algunas estrategias que han sido adoptadas en otros países. Por ejemplo, en Estados Unidos se están organizando encuentros entre científicos y personas de a pie, teniendo en cuenta que, fuera de sus médicos, la mayoría de las personas no conocen ni a un científico [aquí]. También algunos profesionales de la ciencia están lanzando sus candidaturas a puestos de elección popular [aquí]. Dada la tendencia a ser gobernados por analfabetos funcionales y completos ignaros, y dada la oportunidad recién abierta a candidaturas independientes, podemos pensar que ya es tiempo que profesionistas preparados, libres de las agendas partidistas, empiecen a presentarse para cargos públicos en nuestro país.

Su seguro servidor en la marcha de Mérida

El día de la manifestación, aprovechando el micrófono abierto, y ya que estaba marchando con el libro de mi sensei Carl Sagan, El mundo y sus demonios, quise leer un pasaje de éste, que reproduzco a continuación, pues me parece muy relevante para los tiempos que estamos viviendo:

El etnocentrismo, la xenofobia y el nacionalismo están actualmente en boga en muchas partes del mundo. La represión gubernamental de puntos de vista impopulares todavía está muy extendida. Se inculcan recuerdos falsos o engañosos. Para los defensores de estas actitudes, la ciencia es perturbadora. Exige acceso a verdades que son prácticamente independientes de tendencias étnicas o culturales. Por su naturaleza, la ciencia trasciende las fronteras nacionales. Si se pone a trabajar a los científicos del mismo campo de estudio juntos en una sala, aunque no compartan un idioma común, encontrarán una manera de comunicarse. La ciencia en sí es un lenguaje trasnacional.
Los científicos tienen una actitud natural cosmopolita y son más conscientes de los esfuerzos que se hacen por dividir a la familia humana en muchas facciones pequeñas y enfrentadas. “No existe la ciencia nacional –dijo el dramaturgo ruso Antón Chéjov-, como no existe la tabla multiplicar nacional”.
Luego Sagan cuenta algunos casos de científicos comprometidos con causas de justicia social y cómo se enfrentaron al poder que quería imponer su propia versión de la verdad (o, como la llamaríamos ahora, posverdades y hechos alternativos). El pasaje termina con el siguiente párrafo:

Los poderes sin precedentes que la ciencia pone ahora a nuestra disposición deben ir acompañados de una gran atención ética y preocupación por parte de la comunidad científica… además de una educación pública basada fundamentalmente en la importancia de la ciencia y la democracia.



La ciencia es más que un cuerpo de conocimientos, es más que un método; sus beneficios van más allá de la mejora material en nuestra calidad de vida. La ciencia es una actitud ante la existencia, que funciona mediante la construcción colectiva del conocimiento, que derriba dogmatismos y prejuicios, celebra la duda y la curiosidad; es una empresa humana que, como el arte, exalta nuestro potencial como individuos y especie, traspasa fronteras y va más allá de las divisiones artificiales que nos hemos creado. Desde tiempos de la Ilustración se sabía fundamental para la construcción de sociedades más prósperas, libres y justas.  Es increíble, aterrador y excitante a la vez, que nos toqué vivir, en estos tiempos, una de las grandes batallas para defenderla.

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