jueves, 11 de octubre de 2018

Cuando el gobierno yucateco confundió a Guadalupe Victoria con Santa Anna



Hace casi un mes, el domingo 16 de septiembre, me encontraba paseando con mi familia por el centro histórico de Mérida. Admiraba la arquitectura del primer cuadro de la ciudad y los ornamentos que se habían colocado para celebrar las Fiestas Patrias, cuando de pronto algo llamó mi atención. En la fachada del Palacio de Gobierno se habían colocado vistosos pendones con las imágenes y los nombres de los héroes de la Independencia de México: Miguel Hidalgo, Josefa Ortiz, José María Morelos... Y entonces, sobre el nombre del prócer Guadalupe Victoria, aparecía la inconfundible efigie de su alteza serenísima, Antonio López de Santa Anna.

Para los que no son mexicanos, Guadalupe Victoria no sólo fue uno de los líderes más badass del movimiento independentista, sino el primer presidente de la República Mexicana. Santa Anna, por el contrario, es uno de los peores villanos de la historia nacional, un dictadorzuelo de pacotilla y militar chaférrimo, famoso por perder sendas guerras contra Texas, Francia y Estados Unidos, lo cual le costó al recién independizado país la mitad de su territorio.

Éste sí es Guadalupe Victoria

Le tomé una foto al adornito y la subí a Facebook. No tardó en volverse viral. No sé cuáles habrán sido las reacciones entre los miembros del saliente gobierno priista, pero el caso es que a la semana siguiente, cuando visité de nuevo el Palacio de Gobierno, ya habían quitado el pendón.

¿Cómo había pasado esto? Lo que me parece preocupante es que nadie, entre toda la gente que trabaja en el Palacio de Gobierno, entre los burócratas que le dieron el visto bueno a este proyecto, entre los viandantes del centro histórico, notara que sus espacios públicos estaban celebrando al pinche cojo, hasta que este profesor de historia pasó por el lugar. No me sorprende (después de todo, nos gobiernan los subnormales), pero me preocupa, y no porque ea mamón (ok, no sólo porque soy mamón), sino por lo que dice de la calidad de la educación en este país y del nivel del cultura del mexicano común y corriente.

Puedo imaginar que el diseñadorcete mal pagado (probablemente un becario haciendo su servicio social), a quien encargaron el proyecto no tenía idea de lo que estaba haciendo. Puedo imaginar que esta persona era de ésas que en clases de historia (o de cualquier otra materia) en la prepa decía con fastidio: "Goe, ¿y esto de qué me va a servir si yo voy a estudiar diseño?" Lo cual no me extrañaría en lo más mínimo. Ya les conté de aquel monosabio que decía que la ortografía le valía madres porque él era diseñador. En otra reunión, me lamentaba de que mis alumnos de prepa no tuvieran ni noción de cuándo habían ocurrido las guerras mundiales, y una chava, diseñadora ella, intervino "fue por allá de los 70, ¿no?"

Pero esto no es un despotrique contra el gremio de los diseñadores, ¿eh? Que así como hay estos ejemplos, también conozco a otros que son todos unos eruditos. Esa misma actitud pioja es general en cualquier profesión y está arraigada en la cultura mexicana. No se olviden del tontito que, al escuchar que yo era maestro historia, dijo con desdén: "Pues mira, eso es cultura. Ese conocimiento no lo tengo y nunca lo he necesitado". Todo esto se ve ya desde la escuela.

Alguien me llamó la atención sobre el hecho de que si pones "Guadalupe Victoria" en Google imágenes, aparece el retrato de Santa Anna. Parece ser que también buscar Anastasio Bustamante  (otro personaje histórico de aquellos años, también fue presidente), arroja como resultado el retrato de Toñito. No ayuda que sitios para ignaros que quieren pasar por cultosos, tengan la misma imagen diciendo que es Guadalupe Victoria. Pues eso debió haber hecho el chaval (o chavala) que hizo estos diseños: quedarse con la primera imagen que vio cuando buscó el nombre en Google.




Ahora, les quiero contar dos casos recientes en tareas que marqué en mis clases. En un ejercicio, debían resumir en pocas palabras las acciones importantes de ciertos personajes históricos. Cuando me encontré con este resultado sobre Cleopatra VII (ya saben, LA Cleopatra), pensé "¡vaya fanfic que se aventó esta niña!". Pero luego apareció la misma respuesta en otros salones:




El otro caso fue al mandarlos a hacer una línea del tiempo: varios tenían una fecha mal... por como 400 años, pasando algo que ocurrió después del Yisus, al antes del Yisus. Cuando les interrogué por estas barrabasadas, todos los chicuelos respondieron igual: "es que eso me salió". Facepalm. 

Y ése es el problema principal: adolescentes preparatorianos y jóvenes profesionistas por igual, creen que su única responsabilidad al "investigar" es escribir un nombre en un buscador. Si luego repiten la información más falsa y absurda, no es su culpa porque "así me salió". No les nace la necesidad, no digamos ya de corroborar la información de diferentes fuentes, sino de usar tantito sentido común. Pobrecillos, tampoco ayuda que maestros obtusos y apenas menos zafios que ellos les hayan dicho toda la vida "Wikipidia no es una fuente confiable", pero sin decirles cuál sí lo es, y lanzándolos a las fauces del primer pasquín de marras que se encuentren en Google.

Antes de estas tareas, ya les había dado la clase y contado la historia completa, la habíamos leído conjuntamente en el libro de texto, les había puesto diapositivas con imágenes y tablas del tiempo, y hasta les había puesto videos. Por lo menos tenían que saber que Alejandro Magno no pudo haber sido contemporáneo de Cleopatra, o que la última gran persecución de los cristianos no podía haber pasado 200 años antes de que naciera Cristo, chingados. Pero no, "así me salió", como al creador de Guadalupe López de Santa Victoria. 

Para los que no lo sepan, Victoriano Huerta fue un traidor, golpista y dictador sanguinario.
Ojo, no me consta que este tuit sea real.


Hace unos años, al principio de mi carrera como profesor, cuando tomaba cursos de docencia y pedagogía, me topé con que el discurso dominante era el de entusiastas integrados (en el sentido que Umberto Eco les da), que profetizaban con triunfo "el fin del conocimiento". En el futuro ya ni siquiera sería necesario aprender información, porque todo el conocimiento estaría disponible en la red y sólo habría que aprender a encontrarlo y procesarlo. 

Bueno, jenios, es ese conocimiento disponible en Internet el que está formando toda una generación de tierraplanistas y nenonazis. Si un mexicano promedio es incapaz de reconocer a un personaje básico para su propia historia, de poner en práctica un conocimiento sencillo adquirido en sus años de bachillerato, ¿cómo podemos esperar que pueda identificar noticias falsas, argumentos falaces o narrativas absurdas?

Entonces no: no podemos prescindir de tener conocimiento en nuestras cabezas. La educación debe ser comprensión, análisis y desarrollo del criterio, no memorización automática, es cierto. Pero para poder realizar análisis, para poder tener opiniones de valor, para poder distinguir entre fuentes confiables y patrañas, tiene que haber unos conocimientos que sirvan de base para poder ejercer todas esas habilidades intelectuales.

En conclusión, dos moralejas:
  1. No importa cuál vaya a ser tu profesión o carrera, la podrás ejercer mejor si tienes cultura general y conocimientos que vayan más allá de lo estrictamente relacionado con ella.
  2. No podemos dejar el conocimiento en manos de Internet; para procesar esa información es imprescindible que cada quien tenga un acervo personal que le permita navegar este mundo.
Y ya, es todo lo que voy a decir al respecto.


martes, 2 de octubre de 2018

Ni perdón ni olvido: Un mosaico narrativo



Para no olvidar, hoy les traigo un mosaico narrativo que nos lleva desde los orígenes del movimiento hasta la noche del 2 de octubre.



El Movimiento Estudiantil de 1968 no nació en ese mismo año; no surgió así nomás por generación espontánea. Sus demandas habían sido planteadas anteriormente por innumerables organizaciones políticas revolucionarias y por importantes grupos estudiantiles. La libertad a los presos políticos es en México una demanda tan vieja como el fenómeno mismo. También la lucha por derogar el artículo 145 que se refiere a la disolución social y por que desaparezca el cuerpo de granaderos. El Movimiento de 1968 recogió todas esas demandas y no sólo se pronunció por la solución de su pliego petitorio sino que se hizo el vocero de las demandas más sentidas por los estudiantes, los trabajadores y los intelectuales de México.

Antes, en muchas partes del país, los estudiantes habían encabezado a todo el pueblo en luchas cuyo contenido general tiene mucha relación con el Movimiento de 1968. Los más importantes movimientos de este tipo son los de Puebla en 1964, Morelia en 1966, Sonora y Tabasco en 1967… Junto a lo anterior las manifestaciones de solidaridad con Cuba, Vietnam y la República Dominicana movilizaron a grandes grupos de estudiantes principalmente de la ciudad de México, y la conciencia de la opresión de otros pueblos elevó el nivel de su politización y los hizo conscientes de su propia fuerza. Ejemplos de esto son la lucha en Morelia, durante los años de 1962 y 1963; el movimiento por el reforma universitaria en Puebla en 1962; la huelga de la UNAM en 1966; las constantes huelgas estudiantiles por reivindicaciones económicas y académicas realizadas en diversas partes del país (dentro de las que destacan las normales rurales); el movimiento de los estudiantes de la Escuela de Agronomía de Ciudad Juárez, Chihuahua, que fue apoyado por el reto de las escuelas de agronomía y por los estudiantes del IPN, y muchas otras luchas estudiantiles.

Yo no creo que estas luchas estén aisladas las unas de las otras. Por el contrario, creo que podemos decir que, a partir de la huelga nacional de abril de 1956, se abrió en México un proceso de ascenso de las luchas estudiantiles. El Movimiento Magisterial de 1958, el Ferrocarrilero de 1958-1959 y las manifestaciones de solidaridad con Cuba fueron hechos que impulsaron dicho proceso, que tiene un punto culminante precisamente en 1968. Probablemente el Movimiento Estudiantil espera ahora el “relevo” del movimiento obrero y de las luchas campesinas.



Desde 1967 el bello Parque Hundido de la Ciudad de México tuvo una fugaz condición de centro jipiteca, donde los chavos se atizaban, meditaba, hacían yoga, conectaban o intercambiaban ondas, ¿ya oíste a Vanilla Fudge?, ¿ya leíste Vida impersonal? ¿o El Kybalion? Un día se les ocurrió organizar una especie de “be-in”, que en México más bien tuvo características de mitin de oposición. Se reunieron varios cientos de greñudos y oyeron los rollos de Horacio Barbarroja, de Darío el Pintor, de Gagarín el de la Lira y de Juan el de las Flores. Todos sentían que la represión estaba en el aire y procuraban no dar motivo para que los macanearan. Sin embargo, la policía no necesitaba razones y procedió a dispersarlos. Los macizos, cuya ingenuidad era proverbial, muy correctos pidieron tiempo para recoger la basura que habían tirado, y después de barrer y trapear las honduras del parque, a la voz de “All together now”, la canción de los Beatles, se reagruparon en Insurgentes y marcharon, cantaron y dieron flores a peatones y automovilistas. Al llegar al Ángel de la Independencia los granaderos los recibieron a macanazos.


A partir de ese momento se incrementó la represión antijipiteca. Algunos decía que el presidente Gustavo Díaz Ordaz, alias el Mandril, detestaba a los greñudos porque su hijo Alfredito le salió mariguano y seudorrocanrolero. Había quien juraba haberlo visto Huautla, comiendo hongos. En todo caso, las autoridades mexicanas, como antes los reporteros de Excélsior, mostraron una particular fobia hacia los jipiosos. Los arrestos tenían lugar sin motivo alguno, simplemente porque los agentes veían a jóvenes con el pelo largo. Los rapaban, los golpeaba, los extorsionaban y después los consignaban por “delitos contra la salud”.



El 22 de julio [de 1968], en la Plaza de la Ciudadela, dos pandillas delicuenciales, Los Arañas y Los Ciudadelos (más los alumnos de la escuela Isaac Ochoterena), se enfrentan a los estudiantes de las Vocacionales 2 y 5 del Politécnico, ubicadas en La Ciudadela. Al día siguiente, la bronca se reinicia. Al regresar los Poli a sus escuelas, aparecen los granaderos, que incursionan provocadoramente en las Vocacionales, maltratando a quien pueden. Al cabo de un rato, los granaderos se van de las escuelas, sólo para regresar minutos después lanzando macanazos y bombas lacrimógenas. Exasperados, los estudiantes acuden inesperadamente a la acción insurreccional. Casi de la nada, la desesperación adolescente extrae garrotes, gases, diluvio de piedras. De las diez de la mañana a la una de la tarde, tres mil politécnicos riñen con cientos de granaderos. A la brutalidad policiaca se opone el deseo de restablecer la justicia como se pueda.

A los detenidos se les libera en unas cuantas horas, pero abundan los golpeados, entre ellos maestros.



El movimiento estalló como un gran zafarrancho en el centro de la Ciudad de México. Entre el 23 y el 30 de julio hubo, casi a diario, enfrentamientos entre miles de estudiantes y policías; levantaron barricadas, el tráfico de la ciudad se trastornó y la alarma cundió entre los habitantes de la urbe. La calma volvió cuando el ejército ocupó los principales recintos escolares, detuvo estudiantes e impuso, en forma tácita, un estado de sitio; patrullaron y vigilaron la ciudad. Estos sucesos vertiginosos derrumbaron estrepitosamente la imagen de tranquilidad interna que proyectaba el país hacia el mundo; faltaba tres meses para celebrar los XIX Juegos Olímpicos en la capital de la República y era una etapa delicada para el gobierno de Díaz Ordaz.

Sus agentes tuvieron un desempeño muy eficaz. Sobornaron, intimidaron. A ciertos alumnos les ofrecían trabajo, a otros les advertían que si levantaban la huelga el presidente Díaz Ordaz iba a suprimir la autonomía. O sea que hubo una campaña de persecución, otra campaña en los medios de comunicación, y en la contradicción más absoluta, una campaña “negociadora” para encubrir y asestar el golpe de gracia.



Durante el movimiento estudiantil de 1968 los jipitecas no parecían muy interesados en salir a manifestarse con los estudiantes. No sólo los habían golpeado la única vez que lo hicieron, sino que más bien los jipis mexicanos, como los indios, eran muy introvertidos por naturaleza, a diferencia de los estadounidenses, y no concedían gran atención a los sucesos del país. Por tanto, para ellos la militancia política no era la forma adecuada de hacer la revolución, pues para empresas de ese calibre estaban los ácidos. Además, muchos de los estudiantes no eran proclives a la contracultura. De hecho, en ese sentido el movimiento fue una típica evolución de las actividades contestatarias de la izquierda mexicana, que, debido a su entusiasmo por la revolución cubana, era sumamente latinoamericanista. Cualquier cosa que se relacionara con Estados Unidos tenía que ser un horror del imperialismo, y dejaban de ver que la contracultura era una reacción profunda, humanizante, en contra de la naturaleza imperialista, explotadora, de Estados Unidos. Para la izquierda mexicana, el rock y los jipis eran “infiltración imperialista” o una forma de “colonialismo cultural” (“colonialismo mental” le llamó Carlos Monsiváis). Por tanto, no hubo rock en el movimiento estudiantil, sino canciones de guerra civil española y corridos de la revolución, especialmente el de Cananea.

Sin embargo, el movimiento estudiantil fue de tal magnitud que nadie en México, lo quisiera o no, se sustrajo a su influencia. En un principio el movimiento del 68 estuvo compuesto casi exclusivamente por estudiantes (a pesar de que el gobierno insistía en la aburridísima tesis de que “fueras extrañas de ideologías exóticas” manipulaban a los pobres estudiantes aztecotas), pero para el mes de agosto se había vuelto un gran movimiento popular que conjuntó a distintos sectores de la sociedad mexicana. Algunos jipitecas, que no eran aferrados a los dogmas de la revolución sicodélica, apoyaron al movimiento de los estudiantes y participaron en las manifestaciones, con todo y su rocanrol y su mariguana. Además muchos de los estudiantes que militaban en el movimiento también habían sido impactados por todo el revuelo de la sicodelia y, aunque no eran jipis (pues no creían en la panacea de los alucinógenos) les gustó el rock (de Beatles a Creedence), fumaron mariguana, ocasionalmente probaron hongos o LSD, se dejaron el pelo largo y, morral al hombro, se vistieron con faldas cortísimas o con chamarra y pantalones de mezclilla. De esa forma se acortaron un poco las distancias entre los jóvenes que en los sesenta querían hacer la revolución, unos dentro del individuo, otros en el mundo social. En realidad, aunque en un principio no era tan fácil advertirlo, tanto unos como otros dejaron huellas profundas en México.


Santiago su nieto, en cada marcha, en cada discurso, en cada asamblea universitaria, encarnaba el cambio y su abuela lo seguía, lo fotografiaba, él era insensible al hecho de ser fotografiado y Laura lo veía con cariño de camarada: ella grabó con su cámara todos los momentos del cambio, a veces cambio por la incertidumbre, a veces cambio por la certeza, pero al final toda certeza –en los actos, en las palabras- era menos cierta que la duda. Lo más incierto era la certeza.

Laura sintió en las jornadas de la rebelión estudiantil, a la luz del sol o de las antorchas, que el cambio era cierto porque era incierto. Por su memoria pasaron los dogmas que había escuchado durante su vida desde las posiciones antagónicas, casi prehistóricas, entre los aliados franco-británicos y los poderes centrales en la guerra de 1914, la fe comunista de Vidal y la fe anarquista de Basilio, la fe republicana de Maura y la fe franquista de Pilar, la fe judeo-cristiana de Raquel y también la confusión de Harry, el oportunismo de Juan Francisco, el cinismo voraz de Dantón y la plenitud espiritual del segundo Santiago, su otro hijo.


[El 27 de agosto] 37 campamentos con unos 3 500 estudiantes dispuestos a pasar la noche en el Zócalo de cualquier manera, ya sea dormidos o jugando a la víbora de la mar, cantando o caminando alrededor de a plancha tal como se había acordado originalmente, todos frente a un gran retrato del Che Guevara colgado de uno de los postes. Se anuncia que a las cuatro de la madrugada se va a presentar un grupo musical y se reparte la cena para todos los brigadistas que estén hambrientos.

Poco antes de las doce de la noche, estudiantes de la Facultad de Medicina retiraron los cartelones pegados a las puertas del Palacio pero algunos otros los criticaron fuertemente, 400 jóvenes empezaron a correr desde el atrio de la Catedral hasta 20 de Noviembre, de lado a lado del Zócalo y de regreso otra carrera… y así una y otra vez.

Cuando se pusieron en marcha los motores de las tanquetas del Ejército estacionadas en Licenciado Verdad y en Moneda cundió la noticia y estado de ánimo empezó a cambiar.

Desde los magnavoces del Zócalo se ordenó a los estudiantes abandonar la plaza, Se les ha permitido hacer su manifestación y su mitin, ya han permanecido demasiado tiempo en este lugar, el Zócalo es de uso común, la permanencia de ustedes es contraria al artículo noveno constitucional, ¿Qué?, Se les invita a retirarse, tienen un plazo de cinco minutos. Chiflidos y mentadas de madre. Nadie se mueve.

Infantería con bayoneta calada, blindados, policías y bomberos entraron en acción para lograr el desalojo. Miles de estudiantes se tomaban de las manos y se retiraban de esa forma como protegiéndose de alguna posible agresión. Madero era un río de estudiantes en retirada, los cuales fueron agredidos por los soldados en el Caballito donde se concentraron después del éxodo. Vámonos a CU. La victoria se había transformado en derrota. El desalojo del Zócalo valía más que el esplendor de la mayor manifestación de masas del movimiento estudiantil de 1968, unas ciento cincuenta mil personas sin contar el público que aplaudía en las aceras y desde los edificios.

El secretario de la Defensa manifestó que no había sido necesario que las tropas hicieran uso de las armas de fuego. La prensa capitalina, acusada la tarde anterior de vendida, acreditó una vez más su naturaleza y se lanzó contra el movimiento, profanadas, la bandera y la catedral.



La mañana siguiente al desalojo, el 28 de agosto, los burócratas fueron avisados de que tendrían que asistir al desagravio que el gobierno ofrecía al lábaro patrio. Si la obligada asistencia, bajo pena de perder el empleo o ver reducido su suelo, a todas las ceremonias oficiales es tolerada con disgusto por los trabajadores al servicio del Estado, esta nueva exigencia les pareció humillante e inaceptable. No en vano había pasado ya un mes de lucha y manifestaciones, un mes de gritar sin temor lo que se piensa sobre los “democráticos procedimientos” del gobierno. Los burócratas fueron a la ceremonia de purificación cívica, pero no con la tradicional indiferencia con que van en los desfiles de apoyo a la política presidencial; no, ahora habían aprendido de las manifestaciones auténticas y espontáneas el valor… y algunos métodos. No opusieron resistencia, pero salieron de los ministerios y oficinas al grito de “Somos borregos”, “Nos llevan, somos borregos, bee, bee.” Cuando se concentraron en el Zócalo, en torno al asta central, algunos brigadistas repartían volantes y hablaban sobre el acto montado por el gobierno, en particular por las autoridades del Departamento Central. Los burócratas no necesitaban más. El mitin comenzó, pero no era el programado: se pedía la salida de los presos políticos, la destitución de los jefes de policía, la desaparición del cuerpo de granaderos. El tinglado se venía abajo y sus brillantes organizadores quedaban atrapados. […]

El acto de público repudio a la profanación, la lección de civismo a los sacrílegos, organizada por el gobierno, tuvo que ser disuelta con tanques y tropas del Ejército. Los asistentes, llevados contra su voluntad, eran ahora dispersados con tanques.



El CNH perdió su capacidad de dirección desde el 27 de agosto, al resentir la escalada de violencia. La fuerza pública salió a la calle, tomó por asalto la Vocacional 7 (con soldados encapuchados que llevaba un guante blanco) y otras escuelas de enseñanza superior, hasta llegar a Tlatelolco.

En su cuarto informe, Díaz Ordaz había amenazado que de continuar el movimiento utilizaría toda la fuerza del Estado para reprimirlo. Vino la manifestación silenciosa, que fue un acto de resistencia. Los periódicos dejaron de publicar desplegados del CNH. El rector llamó a suspender las acciones que ya habían entrado en una dinámica difícil –y más con la ocupación militar de Ciudad Universitaria.

El general García Barragán afirmó que al entrar en Ciudad Universitaria, el ejército descubrió un lupanar y pruebas de que se faltaba a las reglas elementales de moralidad, y que las universidades se habían convertido en nidos de guerrilleros bajo el control de profesores comunistas. Una muestra terrible del abismo entre gobernantes y sociedad. El engaño que sostuvo Díaz Ordaz desde el principio: la intromisión extranjera gobernaba a los jóvenes, culpables de la agitación que dañaba al país. Años después, Alfonso Martínez Domínguez –regente de la Ciudad el 10 de junio de 1971- me preguntó qué había provocado el movimiento estudiantil- Le contesté que la represión. Él volvió a preguntarme –y no creo que fingiera-: “¿Cuál represión?” Me quedé estupefacto.



En la mañana del viernes 13 de septiembre, tres días antes de que las tropas debieran desfilar ante el presidente de la República en el Zócalo con motivo de la celebración del inicio de la lucha por la independencia de México, la pregunta era, ¿cuántos irán a la manifestación silenciosa?, Ha llegado el día en que nuestro silencio será más elocuente que las palabras que ayer callaron las bayonetas.

Los estudiantes empezaron a llegar desde varias horas antes al punto de reunión que era el Museo de Antropología. Morelos, Hidalgo, Villa y Zapata iban delante de la marcha. Si de patriotismo se trata, cada quien tiene su propia versión de los héroes nacionales. Empezaba a salir la gente al Paseo de la Reforma y una comisión recordaba que había que guardar silencio. Estos estudiantes no tienen ya costumbre de callar pero todos callan. Los contingentes no eran tan grandes como en la marcha anterior pero se fueron nutriendo en la medida en que la columna avanzaba hacia el Zócalo. Muchos miles de personas sobre las aceras aplaudían a los estudiantes y se escuchaba gritos de apoyo, pero los jóvenes se mantenían sin decir palabra. Por momentos solamente se escuchaban los pasos. Muchos, con la V de victoria o de venceremos, como se quisiera ver. Esfuerzo más grande es difícil pero todo sea por la causa.

A la entrada del Zócalo, la cual duró más de dos horas, había una explosión de alegría. Cada contingente, al ingresar a la gran plaza, estallaba en gritos de júbilo y de triunfo. Era como si durante la marcha se hubiera una energía que finalmente salía de las gargantas de más de cien mil personas conforme iban entrando. En realidad era un triunfo de la capacidad de convocatoria, unidad, combatividad y, sobre todo, ausencia de represión. Durante todo el movimiento de 1968 el Zócalo fue símbolo del derecho de reunión y manifestación ya que como baluarte del Estado estaba vedado a los ciudadanos en tanto tales. La reivindicación de las libertades democráticas tenía un emblema en la vieja Plaza de las Constitución. Estar ahí era ejercer un derecho negado, era arrancar ese derecho de una forma material, era derrotar por un momento al régimen antidemocrático y represivo, era disfrutar la libertad.




En los días siguientes, soldados vestidos de civil ejecutaron actos terroristas contra El Colegio de México, la Vocacional 7, la Preparatoria 4. El 18 de septiembre, contingentes militares tomaron por asalto Ciudad Universitaria, lo que produjo un clima de violencia e inseguridad en el Distrito Federal. Por último, el 2 de octubre en Tlatelolco, atacaron un mitin pacífico y fueron recibidos a balazos con armas de distintos calibres por policías y militares vestidos de civil (el Batallón Olimpia) desde el edificio que los estudiantes usaban como tribuna.



El mitin en la Unidad Habitacional Nonoalco-Tlatelolco ocurre al cabo de una etapa de reiteraciones y desgaste del Movimiento. Para los que acuden, parece un acto más: vendedores de la revista ¿Por qué? y de libros marxistas, niños y señoras que pasean, curiosos, atención intermitente a los discursos, vendedores de dulces y refrescos. Todo entre ruinas prehispánicas, señales del virreinato y ruinas inminentes de la modernidad. Cinco o seis mil asistentes, con el ánimo suficiente para que no se note el desánimo.

El acto transcurre un tanto somnoliento aunque emotivo. Parte de la prensa, los oradores y la dirigencia del CNH están en el lugar que sustituye al templete, el tercer piso del edificio Chihuahua. Se reclama el diálogo, menospreciado por el gobierno que nada más admite la rendición. Se nota un ir y venir de personas “no identificadas” o identificadas como sospechosos, con un pañuelo o un guante blanco en la mano izquierda. Se concentran en escaleras, pasillos y entradas del Chihuahua. A las seis y diez de la tarde, se disparan desde un helicóptero dos luces verdes de bengala. Casi de inmediato, sin otro aviso que el ruidero de las botas, si prevenir o intentar un diálogo, entran miles de soldados.

El propósito de la incursión militar, que se desprende de la lógica del estado de sitio, es preciso: si la policía es impotente, que sea el ejército el que arreste a los integrantes del Consejo Nacional de Huelga y acabe con el “foco subversivo” diez días antes del inicio de los Juegos Olímpicos. Pero un elemento inesperado radicaliza la operación. Desde el Chihuahua y otros edificios actúan los francotiradores, recibe un balazo en el glúteo el general Hernández Toledo (al día siguiente, declara desde el hospital: “Si quería sangre, con la que yo he derramado es bastante”), y se inicia el tiroteo. Alguien dice desde el micrófono: “No corran, compañeros. Es una provocación”.

De acuerdo con el testimonio del general García Barragán, “surgieron francotiradores de la población civil que acribillaron al Ejército y los manifestantes. A éstos se sumaron oficiales del Estado Mayor Presidencial que una semana antes, como lo constatamos después, habían alquilado departamentos de los edificios que circundan a la Plaza de las Tres Culturas y que, de igual manera, dispararon al Ejército que a la Población en general”. No ha testimonios de “los francotiradores de la población civil”, salvo cinco o seis aventureros que nada significaron con sus pistolitas. Lo otro, lo de la provocación oficial, es avasallador. El fuego es incontenible, con la intervención de ametralladores y armas de alto poder. Se cierra la Plaza, el Batallón Olimpia detiene a quienes están en el Chihuahua. La gente se tira al suelo, los que pueden huyen, los periodistas se identifican para salvarse, a un fotógrafo un soldado le traspasa la mano con una bayoneta, se llama a gritos a los amigos y los familiares, el llanto se generaliza, la histeria y la agonía se confunden.

Mueren niños, mujeres, jóvenes, ancianos. El grito coral que exhibe la provocación se multiplica: “¡Batallón Olimpia; no disparen!” Los policías y soldados destruyen puertas y muebles de los muebles y departamentos mientras detienen a los jóvenes; a los detenidos en el tercer piso, se les desuda, maniata y golpea; a dos mil personas se les traslada de la Plaza de las Tres Culturas a las cárceles. Queda claro: la provocación no es ajena al plan aplastamiento, está en su centro.



Iban entrando centenares de jóvenes por un lado, los iban cercando docenas de soldados por los otros lados, aparecieron sombres agitadas en las azoteas, puños de guante blanco se levantaron y Laura fotografió la figura de su nieto Santiago, su camisa blanca, su estúpida camisa blanca como si pidiera él mismo ser blanco de las balas y su voz diciéndole abuela, no cabemos en el futuro inventado por mi padre y Laura le dijo que sí, al lado de su nieto ella también había entendido que toda su vida los mexicanos habían soñado un país distinto, un país mejor, lo soñó el abuelo Felipe que emigró de Alemania a Catemaco y el abuelo Díaz que salió de Tenerife rumbo a Veracruz, soñaron un país de trabajo y honradez, como el primer Santiago soñó con un país de justicia y el segundo Santiago con un país de serenidad creativa y el tercer Santiago, este que entraba entre la multitud de estudiantes a la Plaza de Tlatelolco la noche del 2 de octubre de 1968, continuaban el sueño de sus homónimos, sus “tocayos”, y viéndolo entrar a la plaza, fotografiándolo, Laura dijo hoy el hombre al que amo es mi nieto. […]

La cámara de Laura Díaz subió a las estrellas y no vio nada, bajó temblando y se encontró el ojo de un soldado mirándola como una cicatriz, disparó la cámara y dispararon los fusiles, apagando los cantos, los lemas, las voces de los jóvenes, y luego vino el silencio espantoso y sólo se escucharon los gemidos de los jóvenes heridos y moribundos, Laura buscando la figura de Santiago y encontrando sólo los guantes blancos en el firmamento que se iba cerrando en puños insolentes, “deber cumplido”, y la impotencia de las estrellas para narrar nada de lo ocurrido.



Escuché gritos a mi espalda, levanté la vista que tenía fija en la plaza y vi que todos los ocupantes del piso habían sido puestos de cara a la pared en que se encuentran las puertas de los elevadores. Metralleta en mano unos individuos rompían a jalones los alambres del motor que usábamos para el aparato de sonido. ¡Contra la pared, hijos de la chingada! ¡Ahorita les vamos a dar su revolución! Más que los empujones cuando me ponían contra la pared y con las manos en alto, me indignaban las necedades proferidas por aquellos individuos que habían irrumpido en la tribuna.

-¡No voltees o te vuelo la cabeza!, ¡que no voltees! ¿No entiendes? –escuché el golpe, dado seguramente con la culata, y un quejido ronco-. ¡La cara contra la pared!



Yacían los cadáveres en el piso de concreto esperando a que se los llevaran. Conté muchos desde la ventana, cerca de sesenta y ocho. Los iban amontonando bajo la lluvia… Yo recordaba que Carlitos, mi hijo, llevaba una chamarra de pana verde y en cada cadáver creía reconocerla… Nunca olvidaré a un infeliz chamaquito como de dieciséis años que llega arrastrándose por la esquina del edificio, saca su pálida cara y alza las dos manos con la V de la victoria. Estaba totalmente ido; no sé lo que creería, tal vez pensó que quienes disparaban eran también estudiantes. Entonces los del guante blanco le gritaron: “Lárgate de aquí, muchachito pendejo, lárgate, ¿qué no estás viendo? Lárgate”: El muchacho se levantó y confiado se acercó a ellos. Le dispararon en los pies pero el chamaco siguió avanzando. Seguramente no entendía lo que pasaba y le dieron en una pierna, en el muslo. Todo lo que recuerdo es que en vez de brotar a chorros, la sangre empezó a salir mansamente. Meche y yo nos pusimos a gritarles como locas a los tipos: “¡No lo maten!... ¡No lo maten!... ¡No lo maten!” Cuando volteamos hacia el pasillo ya no estaba el chamaco. No sé si corrió a pesar de la herida, no sé si se cayó, no sé qué fue de él.



El movimiento estudiantil, la matanza de Tlatelolco, el campo militar, la cárcel, el exilio, esta sucesión de eventos dramáticos y dolorosos tuvo un efecto traumático en mí. Al regresar del breve exilio de 1971 (en Perú y Chile) me esforcé por recuperar mi vida académica, reconstruir mi vida íntima y encontrar un equilibrio interior. Me recibí de biólogo en julio de 1971 (dos meses después de haber obtenido mi libertad) con una tesis que había redactado en la cárcel. Me enamoré y me casé en diciembre de ese año. De esa unión nació, en 1973, mi hija Amaya.

Quería construir una familia. Pronto me di cuenta de mis dificultades para hacerlo. Salí de la cárcel con sentimientos de culpa, obsesiones persecutorias y síntomas de depresión. Me fue imposible volver a la vida “normal”. Me puse a estudiar y trabajar (obtuve una plaza temporar de profesor en Filosofía y Letras, con el apoyo generoso del doctor Ricardo Guerra) pero mi mente volvía una y otra vez a lo ocurrido en 1968 y la culpa me arrasaba en corazón. Vivía permanentemente en zozobra. Nunca usé drogas. Pero recurrí al alcohol como falsa salida. Aprovechaba cada fin de semana para tomar y hablar, hablar y hablar, una y otra vez sobre el mismo tema. Me enredaba en un infantil egocentrismo y tenía problemas evidentes para ver a los demás. Nunca fui “bueno” para beber (si es que esa cualidad existe), de modo que el alcohol alteraba mi conducta en exceso y me inducía a veces a confrontaciones absurdas que anímicamente me destrozaban. Mi vida interior era una tormenta permanente, aunque trataba de superar mis debilidades con el estudio y el trabajo.



El movimiento estudiantil fue aplastado inmisericordemente, con lo que de nuevo se manifestó la naturaleza autoritaria y represiva del régimen priísta mexicano, en la noche de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968. Los horrores de Tlatelolco, con su carga de asesinatos, desaparecidos, torturas y encarcelamientos, tuvieron efectos profundísimos en la vida del país. A partir de entonces muchos jóvenes creyeron que las vías para llevar los cambios en México tenían que ser violentas, y por eso surgió la guerrilla en el Estado de Guerrero y la llamada guerrilla urbana en las grandes ciudades. Pero muchos jóvenes, que no se animaban a ir tan lejos, consciente o inconscientemente simpatizaron con la rebelión pacífica de los jipis y, sin llegar a tomar religiosamente los postulados básicos de la sicodelia, adoptaron muchos rasgos de la contracultura, especialmente en el pelo, el atuendo y el lenguaje. Los jipitecas, por su parte, después de presencial, impresionados, los sucesos del 68, también atenuaron el sectarismo sicodélico y ampliaron su conciencia social.



Como movimiento político, el movimiento estudiantil de 1968 fue derrotado pero también fue el inicio de la lucha en favor de la democracia política en el México posterior a la Revolución Mexicana. Los numerosos movimientos sindicales democráticos no plantearon nunca la lucha por las libertades democráticas en general, como tampoco lo hizo el movimiento agrario de los años sesenta. El programa primordial de la democracia mexicana, enarbolado por la izquierda independiente del país, estuvo presente en el pliego petitorio del movimiento, especialmente en tres demandas: libertad a los presos políticos, derogación del delito de disolución social por l que se encontraban en prisión los dirigentes de la huelga ferrocarrilera de 1959, Demetrio Vallejo y Valentín Campa, y desaparición del Cuerpo de granaderos que era una forma de exigir el respeto a la libertad de manifestación pública, así como también en la consigna general del movimiento, libertades democráticas. A partir del movimiento estudiantil, el tema de la democracia política no volvería a pasar a un plano secundario, por lo que, en tal sentido, aquél fue una conquista de la izquierda democrática, la que había proclamado unos años antes, bajo el desprecio o la condena de oficialistas y radicales de izquierda, que la cuestión más importante del país era justamente la democracia política.




1968 fue muchas cosas a la vez: un fenómeno de expansión juvenil, una expresión antiautoritaria, una semilla revolucionaria, una lucha política de carácter democrático, una fiesta juvenil. Con frecuencia, todos estos significados se confunden y confunden a quienes pretenden evaluar el 68. En esencia, fue una reivindicación de la política como práctica central de nuestra convivencia, ahí donde los derechos son inalienables e irrenunciables (los grandes desastres de nuestra convivencia se relacionan de modo muy estrecho con la ausencia del ciudadano en el escenario político, o con el silencio ante los atropellos por parte de la autoridad).

Hay certezas y adyacentes o complementarias: la hazaña militar y popular de nuestro siglo XX es la Revolución Mexicana; la Expropiación Petrolera es la movilización afirmativa de la soberanía, Y ahora el Movimiento del 68 resulta la gesta civil y estudiantil de la segunda mitad de nuestro siglo. No se trata de comparaciones, y sin duda la Revolución Mexicana es, en cuanto a personajes, transformación nacional del país, inhumaciones y resonancias, el acontecimiento de la centuria, pero en las décadas últimas, ¿qué otro hecho se equipara en profundidad simbólica y producción de imágenes al Movimiento del 68?





Lo que traté de hacer aquí fue armar una narrativa del movimiento del 68 usando fragmentos de algunos de los libros más notables sobre el tema. El color de cada párrafo corresponde al de los títulos enlistados a continuación:


La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska
La contracultura en México, de José Agustín
El 68: Las ceremonias de agravio y la memoria, de Carlos Monsiváis
1968: Largo camino a la democracia, de Gilberto Guevara Niebla
Los años con Laura Díaz, de Carlos Fuentes
1968: La historia también está hecha de derrotas, de Pablo Gómez
Los días y los años, de Luis González de Alba



miércoles, 26 de septiembre de 2018

Superman: 80 años del Hombre de Acero




En abril de este año se cumplieron 80 años de la publicación del histórico Action Comics #1, la revista de historietas en la que debutó Superman. Es motivo para celebrar. Superman fue el primer superhéroe de cómic propiamente dicho y un ícono cultural reconocible en todo el mundo. Pero, ¿quién es Superman y cómo llegó a ser?

Superman ha sido muchas cosas a lo largo del tiempo. Un vigilante en pos de la justicia social, una encarnación del statu quo estadounidense, un símbolo de tiempos ensoñadores más simples, o una metáfora de la cultura popular en su conjunto. Partamos desde un inicio.

En aquel ya octogenario número de Action Comics, los creadores Jerry Siegel y Joe Shuster nos presentan a Superman, textualmente, como un “campeón de los oprimidos”. ¿De qué hablan? En sus primeras apariciones, Superman no combatía robots gigantes, monstruos extraterrestres ni científicos locos. Él defendía a los débiles contra los poderosos: un hombre condenado injustamente a la silla eléctrica o una mujer apaleada por su marido. Castiga a los corruptos e intocables: una pandilla de gángsters y un cabildero que manipula a los políticos para favorecer a los fabricantes de armas.



Así, vemos que Superman nace de un anhelo por parte de quienes carecen de poder y son oprimidos por los que sí lo tienen; nace como una oportunidad para que aquéllos sublimen sus sentimientos de impotencia y su deseo de justicia, imaginando que un superhombre puede venir a deshacer estos males.

Superman nació en una época difícil. En 1938 la Gran Depresión no tenía ni una década de haber ocurrido, y los años 30 fueron la era dorada de la mafia. Tanto Siegel como Shuster eran hijos de inmigrantes judíos y les tocó vivir una era en la que el antisemitismo era común, incluso en el país que años más tarde se alzaría como vencedor de la Alemania nazi. Pero también era una sociedad en la que el progresismo de Franklin D. Roosevelt, y su abierta oposición al nazismo inspiraba confianza.

Desde la década de los 40 un Movimiento por la Tolerancia había surgido en los Estados Unidos como una defensa contra la ideología nazi, también en auge por aquellos días. Incluso después de la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial, muchas personas y organizaciones consideraban importante mantenerse en lucha contra las ideas racistas y xenófobas, para impedir que recuperaran terreno.

Así, en 1949 el ya espectacularmente popular Superman protagonizaba un póster en el que decía a un grupo de niños: “Y recuerden, chicos y chicas, su escuela –como nuestro país- está conformada por americanos de muchas diferentes razas, religiones y orígenes nacionales. Así que si ustedes escuchan a alguien hablar mal de algún compañero, o de cualquiera, por su religión, raza u origen, no lo duden: díganle que esa forma de hablar es anti-americana”.



No todo el mundo pensó así, sin embargo. El estilo de patriotismo tolerante de Superman y su visión de unos Estados Unidos diversos y multiculturales, fueron vistos con sospecha. Las organizaciones que impulsaban el Movimiento por la Tolerancia cayeron bajo la mirada de legisladores suspicaces, que veían toda expresión de progresismo como peligrosa propaganda comunista. El macartismo estaba a punto de empezar.

En 1954 el psiquiatra Fredric Wertham publicó su infame La corrupción del inocente, en la que usaba argumentos falaces para culpar a los cómics de todos los males de la sociedad. Una gran campaña contra las historietas fue lanzada en nombre de preservar los valores conservadores de una sociedad que vivía bajo el temor de la Guerra Fría. Para sobrevivir, los cómics se volvieron más infantiles, con historias repetitivas y francamente bobas. De ahí viene la mala fama de Superman y de los personajes de DC en general, como personajes infalibles y acartonados.

Con todo, la censura y autocensura obligó a los creativos a usar su imaginación. Aquella época podría ser muy campy, pero en retrospectiva se aprecia como algo completamente alocado que raya en lo surrealista. Superman enfrentaba a villanos de caricatura,  sufría por kryptonita de todos los colores del arcoíris y tenía que mantener a raya a una Lois Lane que nomás andaba todo el tiempo intentando casarse con él.



En la segunda mitad de los 60, la llegada de Marvel Comics y las creaciones de Stan Lee, Jack Kirby y Steve Ditko cambiaron el escenario y DC también tuvo que reformarse. La década de los 70 fue una de mucha experimentación, en la que Superman se topó con situaciones diversas y dilemas morales. En una entrada anterior, hablé de cómo unas historietas de Superman en los 70 lo muestran enfrentando problemas del mundo real, como el racismo y el maltrato a los migrantes.

Esa fue la misma década en la que apareció la película dirigida por Richard Donner y protagonizada por el inmortal Christopher Reeve, quien nos dio una de las versiones más emblemáticas de Superman (1978). El reparto, que incluía a actores consagrados de la talla de Marlon Brando y Gene Hackman, junto a nuevos talentos como Margot Kidder y Terence Stamp, y el tono épico, casi bíblico, de la cinta, marcó un estándar de lo que se podría esperar del cine de superhéroes y sin el que sería imposible imaginar el actual boom que se vive en nuestros días. Además, el Superman era al mismo tiempo más humano y más adulto que su contraparte de las historietas.

En conjunto, los cómics de aquella década y la película sentaron las bases de la renovación que vendría en los 80, que trajeron un rediseño total del Universo DC y de Superman. Sus poderes se hicieron más limitados y sus historias se volvieron más realistas y adultas. Esto fue gracias al trabajo de John Byrne en The Man of Steel (1986), la miniserie que dio inicio a esta nueva era. Durante las décadas siguientes, y hasta la fecha, escritores y artistas se han debatido entre las aproximaciones que serían adecuadas. ¿Con bases realistas o absolutamente fantástico? ¿Retro y nostálgico o innovador y revolucionario? ¿Más humano o más divino?



Pero desde su creación hay una constante. Los fans y autores estadounidenses a menudo insisten en que el Big Blue Boy Scout es la representación de lo que debería ser el sueño americano, un ideal que demasiado a menudo ha quedado en el olvido o utilizado como fachada cínica de intereses mezquinos. Pero como niño mexicano que ama Superman, yo siempre lo sentí como la encarnación de un ideal universal y cosmopolita.

Se ha vuelto lugar común menospreciar a Superman. Que si es demasiado poderoso, que si es aburrido o si es demasiado bonachón. Tales acusaciones por lo general están hechas por quienes no han leído a Superman en muchos años y no han entendido de qué va el personaje. Su bondad intrínseca no es un defecto, sino lo que marca su esencia, lo que lo hace tan indispensable en un mundo cínico y desesperanzado.

Los ochenta, en particular tras la obra de Alan Moore y Frank Miller, nos dejaron un gusto por superhéroes oscuros y atormentados. Eso está muy bien e incluso algunas de historias de Superman han llegado a ser bastante oscuras. Pero lo importante es que, si bien el escenario al que se enfrente nuestro héroe puede ser sombrío en extremo, él tiene que ser esa luz en la oscuridad.



La comparación de Superman con Batman, a menudo en detrimento del primero, es también ya un lugar común. Es cierto, Batman tiene algunas de las mejores historias que se han escrito para el noveno arte; incluso algunas de las que han influido directamente en el desarrollo y evolución del medio. Pero Superman no es Batman y no se puede esperar que lo sea. Si Batman es un agente de la justicia punitiva, el demonio que castiga y aterroriza a los pecadores, Superman es un símbolo de la esperanza, una deidad solar que protege e inspira.

Lo cierto es que Superman no cuenta con una bibliografía de clásicos tan impresionante como la de Batman. Es un personaje difícil de trabajar y pocos escritores lo han entendido bien a lo largo del tiempo. Las mejores historias de Superman no tratan de sus poderes, sino de su personalidad; son profundas, moralmente complejas y conmovedoras. Así lo han demostrado John Byrne en la ya mencionada El Hombre de Acero, así como Alan Moore en ¿Qué le pasó al Hombre del Mañana? (1986), Paul Dini en Superman: Paz en la Tierra (1998), Grant Morrison en All-Star Superman (2008) y Mark Landis en Superman: American Alien (2015), por mencionar sólo algunos títulos.



Además, a pesar de lo que diga el viejo cliché, Superman no es infalible. Se equivoca, duda, se tarda en actuar, siente dolor y miedo. Es cierto que es muy poderoso pero no es ello lo que lo define. Superman se ha enfrentado a seres mucho más poderosos que él, y ha seguido siendo heroico incluso cuando sus poderes se han visto reducidos o eliminados. La gran fortaleza de Superman es menos física que moral. Es decir, lo más importante de este personaje no son sus poderes, su traje, su origen extraterrestre o los villanos a los que enfrenta. Lo que lo hace ser Superman es que, ante todo, es un buen hombre.

A nivel personal, Superman me ha enseñado que hay que dar lo mejor de uno mismo; que cuando se tiene una habilidad especial no debe usarse para ponerse por encima de los otros, sino para beneficio de todos; que a veces te vas a estar muriendo de miedo, o de ira o de tristeza, pero no puede perder la entereza: tienes que levantarte y seguir peleando contra Doomsday.

Eso es lo importante: que Superman nos regala la esperanza de que el bien existe y puede triunfar. A pesar de las dificultades, a pesar de la oscuridad, a pesar de la asimetría de poder. Superman es un reflejo de lo mejor que hay en todos nosotros, la mejor versión de lo que podamos llegar a ser como humanidad.

Por eso, ahora que cumple 80 años de edad, le digo:

Felicidades, Superman,
y muchas gracias.


Publicado originalmente en Soma

jueves, 20 de septiembre de 2018

Los mexicanos somos bien intensitos y estas canciones lo prueban



¡Hola! Éste es el post del año para las fiestas patrias. Oigan, ¿han notado que los mexicanos somos bien dados al melodrama? Está en nuestro Cine de Oro, en nuestras telenovelas y hasta en nuestros memes de Internet. Pero sobre todo, está en nuestras canciones clásicas, esas rancherotas que nos gusta escuchar y cantar cuando estamos tomando tequila la noche del 15 de septiembre. 🎉

Hoy traigo una selección de versos escogidos de entre algunas de las canciones mexicanas más representativas y aptas para la borrachera. La neta es que les tenemos un cariño bien profundo, a pesar de todas las ideas enfermizas sobre el amor y la masculinidad que se cargan. Y es que si nuestro país fuera una persona, y esas canciones fueran sus publicaciones de Facebook, cualquier amigo le mandaría un inbotz para decirle "¿We, estás bien?" No más chequen...

"Ay, quiero que se oiga mi llanto,
como me dolió perderte,
después de quererte tanto.

Ay, después de quererla tanto,
Diosito dame consuelo,
para sacarme de adentro
esto que me está matando.

Ay, ay, ay..."

México no sólo está triste: quiere que todos lo sepan. Que el mundo lo oiga tan fuerte como le duele el haber perdido a su chava. Pos sí, el desamor se siente como que mata. Hasta aquí todo normal. Lo que me puse a pensar si es que hay otras culturas o lenguas en las que llaman al Todopoderoso Creador del Cielo y la Tierra con el diminutivo "Diosito", para pedirle que les cure el corazón. También, ¿ya vieron cómo la interjección "ay", que denota dolor, es una constante en la música mexicana? Digo, yo nunca escuché un blues en el que el cantante dijera "ouch" y ésas también son rolas tristes.



"Quisiera abrir lentamente mis venas,
mi vida entera ponerla a tus pies,
para poderte demostrar
que más no puedo amar
y entonces, morir después"

¡Santo guacamole! México, bájale, tranquilo. Nadie necesita que te cortes las venas. ¿De dónde sacas esa idea? No te cortes, por favor, no seas emo, que ya pasaron de moda. Ok, sé que la canción originalmente es un tango argentino, pero Javier Solís la popularizó como ranchera en nuestro país y si la adoptamos tan bien es porque pega con nuestra idiosincrasia de las mil maravillas. Especialmente esa otra parte, la de "entre lágrimas viviendo los pasajes más horrendos de este drama sin final". Creo que sí sé lo que se siente...



"Me dijo: yo soy uno de los seres
que más ha soportado los fracasos
y siempre me dejaron las mujeres
llorando y con el alma hecha pedazos.

Mas nunca les reprocho mis heridas;
se tiene que sufrir cuando se ama.
Las horas más hermosas de mi vida
las he pasado al lado de una dama."


Conozco eso de estar "llorando y con el alma hecha pedazos". Te lo juro que sí, compadre, lo entiendo. ¿Pero por qué se tiene sufrir cuando se ama? ¿Por qué tanto fatalismo, caray? Y no, México, no hay que morirse en las cantinas, no la muelas.



"No vale nada la vida,
la vida no vale nada
comienza siempre llorando
y así llorando se acaba"

Bueno, eso es existencialismo y no mamadas. A Albert Camus casi le gusta esto. Lo que no sé es cómo creen que después de empezar así la canción luego vamos a poner atención a lo que dice de que la feria de León está bonita o que sé yo.


Dicen que por las noches
nomás se le iba en puro llorar.
Dicen que no dormía,
nomás se le iba en puro tomar.

Juran que el mismo cielo
se estremecía al oír su llanto.
Cómo sufrió por ella,
que hasta en su muerte la fue llamando.

¡Alaverga! 😧 ¿El mismo cielo se estremecía al oír su llanto? Porque no sólo eres dramático, México, eres hiperbólico, y siempre tienes que traer a las divinidades judeocristianas a cuento, ¿eh? Ay, México, tienes muy metida la idea de que para demostrar amor, hay que estar todo dado en la madre. Que si estuvieras tranquilo y pasándola chido es que no amas lo suficiente. Necesitas terapia, bro.



Pero si hay una canción que refleja lo intensitos que somos los mexicanos, ésa tiene que ser La llorona. We, no puedo ni siquiera escoger sólo una estrofa.

"Ay, de mí, llorona, llorona,
llorona de azul celeste
aunque la vida me cueste, llorona,
no dejaré de quererte"

Pero, ¿por qué te tiene que costar la vida querer a una chava, México? ¿Por qué tienes esta idea de que el amor es tan desgarrador. Bájale la espuma a tu chocolate. Y bájale a la autocompasión. Esto no es sano, carnal.

"A un santo Cristo de fierro, llorona,
mis penas le conté yo,
Cuáles no serías mis penas, llorona,
que el santo Cristo lloró"

Nomamar. Esto, esto tiene que ser el non plus ultra. La idea de que está el vato (creo que le dicen el Negro, negro pero cariñoso), contando sus cuitas, y que su historia está tan triste, que hasta el Yisus, clavado en una cruz y escarnecido, se conmueve y se pone a llorar. "No, pos lo tuyo sí está cabrón", habrá dicho el Yisus. Wow. Los mexicanos sí que nos tomamos en serio eso del mal de amores.

"Dos besos llevo en el alma, llorona,
que no se apartan de mí:
el último de mi madre, llorona,
y el primero que te di"

Chale, ketriste deberas. 😥 Me voa llorar en un rincón. ¡Viva México!



"Yo sé bien que estoy afuera,
pero el día que yo me muera
sé que tendrás que llorar,
llorar y llorar, llorar y llorar.

Dirás que no me quisiste,
pero vas a estar muy triste
y así te vas a quedar."

Claro que sí, campeón 👍


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